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la rebelión de las palabras

Todo va a cambiar, aunque no quieras

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Vamos a ser sinceros… No queremos cambiar.

Cambiar es duro y complicado. Supone no solo tomar la decisión de aprender a pensar de otro modo sino también la de evaluar tu vida a ver con qué te quedes y qué dejas atrás. Y eso duele. Renunciar duele. Seguramente porque confiamos tan poco en nosotros mismos y nuestras capacidades que pensamos que si soltamos algo no va a venir nada nuevo a lo que agarrarnos. Y nos aferramos a lo que hay, a lo que está, aunque no nos guste, aunque incluso nos haga daño, por si no llega nada nuevo a nuestra vida o es más de lo mismo.

Cambiar escuece. Hay que dejar tus heridas al sol para que se sequen y cicatricen. Hay que decirse la cruda verdad a uno mismo y ser muy honesto para poder encontrar soluciones a esos problemas de siempre, enquistados y eternos. Esos que fingimos no ver pero que nos acucian y nos mantienen agobiados porque de vez en cuando supuran y asoman bajo las alfombras donde los tenemos escondidos. Eso nos asusta, pero nos mantiene en una calma tensa, en un miedo controlado, un miedo asequible que nos parece poco comparado con el miedo atroz que nos supone sacarlos a la luz y arriesgarnos a buscar una solución y a que los demás vean nuestras miserias y nos juzguen. Aunque mientras nos juzgamos nosotros y nos culpamos… Y duele… Admitir que están, que son, que quedan pendientes y que no sabemos qué hacer o, peor todavía, lo sabemos y no tenemos agallas para hacerlo . Porque tal vez para limpiar todo eso hace falta dejarlo todo, soltar, saltar, poner límites a algunas personas o decir que no a muchas cosas a las que decimos que sí porque no queremos quedar mal…

Algún día vamos a tener que preguntarnos el precio que pagamos por no enfrentar la vida y los miedos pendientes. El peso que cargamos por no levantar alfombras y decirnos las verdades a la cara. El peaje que tenemos que soportar cada vez que dejamos nuestra coherencia y nuestras necesidades reales de lado para satisfacer a otros y quedar bien.

Cambiar cuesta. Es un camino que se cuece lento. Un camino que se dibuja poco a poco creando hábitos nuevos. Que supone dar pequeños pasos para solucionar problemas enormes y de que, seamos salvajemente sinceros, nos se ven frutos inmediatos.

Cambiar asusta porque supone hacer limpieza en tu vida y quedarte en un silencio rotundo, en una soledad onmipresente durante un tiempo, hasta que vuelves a llenarte de cosas diferentes. Porque nos invita a pasar revista y ver los errores para no repetirlos. Porque no pide soltar y dejar ir cosas que no nos llenan pero que mientras no están las cosas que realmente deseamos nos apañan y calientan en invierno.

Lo que sucede es que hay pocas personas dispuestas a soltar lo que no quieren para que llegue a su vida lo que sí desean. Parece una broma pesada, pero no lo es. ¿Por qué no cambiamos si sabemos que lo que nos espera es mejor? ¿Por qué no soltamos lo viejo para agarrar lo nuevo?

Porque no nos amamos suficiente. Porque no nos valoramos ni creemos merecer. Y como no nos vemos como realmente somos, capaces y valiosos, sino asustados e indignos, no nos arriesgamos a soltar porque estamos convencidos de que no podremos conseguir ni atraer a nuestra vida nada mejor…

Y pensamos… «Para más de lo mismo me quedo igual. No me muevo. Me resisto. Me amotino en esta situación hasta que no haya más remedio. Hasta que sea la vida la que me obliga o la otra persona que vea la luz y me suelte…»

Nos asusta ver a el abismo que nos espera y mirar al espejo para descubrirnos. Nos produce terror la soledad de las decisiones difíciles y la absoluta necesidad de cerrar ciclos. Cerrar puertas donde ya no nos queda nada y abrir puertas donde algo nuevo nos espera. Nos asusta lo que viene aunque sea bueno solo porque es desconocido y no lo controlamos… Aunque no controlamos nada, en realidad. Ni lo que llegará ni lo que vivimos ahora. La vida da vuelcos imprevisibles e inevitables. Se pone del revés.

Porque al final pasa. Pasa siempre. Siempre llega el zarandeo. Siempre entra el vendaval que levanta las alfombras y sale todo a la luz. Y se abren las heridas no cerradas y las situaciones pendientes y los miedos por afrontar hacen cola tras la puerta pidiendo la vez. Y ya no hay excusas. Hay que elegir, abrir puertas, soltar, saltar, decidir ya…

Entonces no hay pequeños pasos, son golpes, ciclones, olas gigantes que arrasan tu vida y que cuando han pasado, ves qué dejan y qué no. Y eso, eso que queda es lo que realmente era para ti y debía permanecer.

Al final, acabamos cambiando de un modo u otro. A sorbos o a borbotones. La vida es más tozuda que nosotros.

Todo va a cambiar, queramos o no.

Gracias por leerme… Escribo sobre lo que siento o he sentido y el camino que he hecho hasta llegar aquí (aunque todavía estoy a medio camino de algún lugar). En este camino he aprendido poco a poco a aceptarme y amarme (aún me falta mucho, soy consciente).

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Autor: merce roura

Amo la imprudencia de mis palabras...

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