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la rebelión de las palabras


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Si lo sueñas es que te lo mereces…


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Nos merecemos lo bueno pero, a veces, lo olvidamos.

Nos merecemos confiar en nosotros mismos y apuntar alto.  Pensar que podemos y que, si aún no sabemos cómo, seremos capaces de aprenderlo, de imaginarlo o de inventarlo. Merecemos decir que no y no pasar por el aro, aunque los sesenta anteriores hayan dicho que sí y hayan bajado la cabeza para que no se noten las lágrimas que les caen por las mejillas, ni la vergüenza en los ojos por no saber cómo defender su dignidad.

Merecemos toda la dignidad que podemos desear e imaginar. La merecemos nosotros y todos aquellos que no pisan ni arrollan a los demás… La merecen incluso los que sí lo hacen, porque seguramente ellos están aún más faltados de autoestima y erraron la manera de solucionarlo… Pensaron que denigrando a otros y no respetando, serían más dignos y se sentirían mejores y en realidad sólo alimentan un vacío que les impulsa a seguir por un camino que sólo lleva al un rincón agrio y oscuro.

Merecemos decidir cómo queremos que sea nuestra vida y nos merecemos dibujarla, aunque sea mal y con tachones. Merecemos equivocarnos y corregir. Subir la montaña y darnos cuenta de que en realidad lo que nos hacía felices era el valle… Nadar contra la marea y descubrir que en realidad lo que nos calma es dejarnos llevar hasta la orilla.

Necesitamos caer y rodar y topar con algo que jamás habríamos visto o conocido de no caer nunca. Necesitamos existir en mil mundos que no son el nuestro para encontrar el que nos place y nos hace sentir completos… Y luego, tal vez regresar al principio, o quizás habitar en el último de esos mundos, casi sin explorar, cuando ya pensábamos que no había morada para nuestra inquietud ni techo para nuestras estrellas dormidas.

Merecemos ganar. Lo que sea. El gran premio o el de consolación que tal vez sea mejor y pese menos. El premio de conocernos y encontrarnos. El beso. El abrazo. Pasar al siguiente nivel de consciencia y superar todos los complejos que llaman a la puerta en el momento inoportuno y nos recuerdan que aún no nos queremos tanto como debemos…

Nos merecemos querernos sin parar. Sin trabas. Sin límites. Sin vergüenza. Sin miedo. Sin contar minutos ni poner parches. Sin ocultarnos nada, sin reprocharnos nada… Sin nada que perder. Merecemos querernos de forma esférica e intensa. Tal y como otros se merecen ser amados. No como un sueño que no llega, sino como una realidad que se toca, se palpa, se vive.

Merecemos nuestros deseos aunque tengamos temor a imaginarlos.  Aunque nos asuste estar cerca de ellos y perderlos porque nos han educado para creer que tenemos algunos universos vetados, algunos mundos donde no somos bien recibidos… Si podemos imaginarlo, podemos conseguirlo. Si podemos creer en nosotros, podremos crearlo para nosotros. Sin más límite que nuestra fuerza interior y las ganas que tengamos. Aunque hasta ahora no nos hayamos atrevido, aunque muchos nos dijeran que no y nos cerraran la puerta… A más puertas cerradas, más ganas de seguir, más agallas para abrirlas, más intensidad para continuar este camino que no es de rosas pero huele a sueño…

Y si nos quedamos a medio minuto de lo que soñamos, en la esquina de un gran deseo… No nos creamos las voces que dicen “ya te dije que no era para ti, ten los pies en la tierra”… No, no,  no… Eso no es más que una señal de que la suerte te ronda y cada vez está más cerca… Que te falta el último empujón, un paso más y ya lo tocas. Y la suerte que te falta, es de esa suerte que se fabrica, no que se encuentra. Suerte de esfuerzo, de empeño, de llamar a mil puertas y dar voces para que todos sepan lo que buscas. Suerte de domingo por la mañana practicando, de tarde entera leyendo para aprender, de horas de pie sirviendo mesas para vivir mientras repasas mentalmente los pasos de un baile que te podría ayudar a triunfar. Suerte de libro escrito a pedazos por las noches cuando el mundo se calla y te oyes la conciencia. Suerte de estudiar de madrugada, de hacer la ronda y de cargar cajas pensando en una melodía que componer… La suerte del que sueña y se pone manos a la obra. Suerte del que pone la voluntad y fija un objetivo.

Merecemos esa suerte porque depende de nosotros cogerla y estrujarla para sacarle la esencia. Merecemos vivir la vida que queremos y compartirla y ayudar a otros a conseguirla.

Merecemos darnos cuenta de esto y no perder más tiempo soñando sin crear, sin activar el mecanismo que imaginamos, sin tirar la primera ficha del domino que va a nuestra nueva vida.

Merecemos nuestros sueños porque si no, no los soñaríamos. Si están en nosotros es que somos dignos de ellos, es que podemos alcanzarlos. Merecemos lo mejor, aunque nos quede lejos y haga falta cruzar un océano para conseguirlo…

Merecemos mucho y nos conformamos con poco… Porque nos vemos pequeños y diminutos.

Merecemos lo máximo y no podemos quedarnos con lo mínimo… Confiemos en nosotros mismos y hagámonos dignos de esa confianza.

Merecemos tanto… Aunque lo olvidamos. Y sobre todo, merecemos no dudar más de nosotros mismos y creer que somos capaces.


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El precio de tu libertad


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Todo el mundo habla de ser libre en algún momento de su vida. De poder elegir y decidir qué hacer en cada uno de los pasos que debe dar para llegar a dónde quiere. Ser libre para escoger a qué dedicar tu vida sin estar sometido a cumplir los sueños ajenos o las oportunidades de mercado, a malgastar sus días haciendo algo que no le llena… Ser libre para abandonar un lugar donde no nos sentimos cómodos o dejar una compañía que nos intoxica. Ser libre para cerrar la puerta a envidias, rabias, rencillas, mentes retorcidas y personajes movidos por el odio y la intolerancia.

Muchas veces, decimos, en voz alta y de forma solemne, que no somos libres porque no podemos, porque no nos dejan…  Seguramente, en algunos casos sea bastante cierto, hay lugares del mundo donde uno no puede escoger, aunque en la mayoría de ocasiones, ser libre implica dejar cierta comodidad. Implica salir del decorado y dar un paso en falso que no sabes a dónde te conduce, aunque tenga el valor de ser “tu paso”, tu decisión, tu voluntad.

Duele al decirlo así porque, demasiado a menudo, nos pasamos los días soñando con salir de una situación que nos coarta o nos araña por dentro, que nos recorta las oportunidades y las ilusiones y nos deja tan asqueados que no tenemos fuerzas para disentir… Aunque estar en ella nos hace sentir cómodos. Es una comodidad dentro del hastío, una mezcla entre pereza y miedo que se nos impregna en el cuerpo y no nos deja ni siquiera sentir qué queremos. Todos generamos rutinas que nos hacen más fácil el día a día, incluso en el destierro, en el desconcierto, en el dolor. Creamos hábitos, algunos con sentido y otros no, y luego es difícil dejarlos… Recuerdo una persona, hace tiempo, que me contaba que tras tres largos años visitando a su madre en el hospital día tras día, cuando ésta falleció, tenía la necesidad de acercarse allí de vez en cuando porque aquel lugar formaba parte de su vida y se había metido tanto dentro de su esencia que la hacía sentir arropada y tranquila. Tejemos complicidad con lo que machaca, lo que nos lacera… Es una especie de síndrome de Estocolmo con nuestro propio asco e incapacidad para vencer esas rutinas, auspiciado por un miedo atroz a cortar el cordón umbilical con lo que ya conocemos, con lo que ya hemos aprendido a soportar… Una forma de conformarse con una vida mediocre para no correr el riesgo de caer y quedar al margen de esta sociedad donde la autenticidad es vista a veces como una distorsión y sometida a una monotonía asfixiante.

Cuando algo es rutina, aunque duela, se sobrelleva y aguanta porque encontramos los trucos para que no nos salpiquen demasiado sus consecuencias. Suplicamos que eso cambie, lo imaginamos, lo visualizamos mil veces pero tal vez no hacemos nada para conseguirlo. No hurgamos en la terca realidad para encontrar los resquicios ni buscamos alternativas… No nos aferramos a las oportunidades que surgen para abandonar esa situación, no nos las inventamos… Vivimos de la ilusión de ser distintos y afrontar ese momento, aunque en realidad, nunca llega porque no nos damos permiso. Y no llega porque no lo propiciamos, porque no hacemos nada hoy que no hiciéramos ayer y, en consecuencia, no cambia nada. Caminamos por los mismos lugares y pensamos las mismas cosas. Nos repetimos los mismos mensajes y tarareamos las mismas canciones… Miramos a los árboles del mismo parque… Crecen las hojas, verdean, amarillean, caen y son barridas del suelo… Incluso los pequeños cambios de nuestras vidas están calculados para contrarrestar esas fuerzas de la naturaleza que invitan a que todo mute… Para que todo dé la vuelta y nada cambie, nada perturbe ese devenir calculado de horas y días donde nada evita la rutina. Para vivir por inercia y sin substancia.

Sin embargo, luego mentamos la libertad como algo  precioso. Como un logro que no todos pueden alcanzar ni tener a su alcance… Pero no luchamos por ella, no nos movemos un milímetro de la posición inicial por tocar uno de sus vértices ni acariciarla siquiera. Nos gusta nombrarla y pensar en ella, nos gusta imaginar que corremos hacia ella y nos llena la vida… Nos recreamos pensando que un día será nuestra, que estaremos preparados para alcanzarla y manejarla… Que tendremos el valor de aferrarnos a ella y vivir según sus normas…

¿Normas? Pocas… Siempre he pensado que la libertad igual que la felicidad es un estado mental, una actitud, una forma de tomarse la vida. Todos podemos ser libres ahora mismo, aunque no todos estamos dispuestos a pagar el peaje que supone serlo. No todos hemos llegado a ese punto en que nos importa más dictar nuestras propias normas que estar cómodos… No todos asumimos escoger hoy la salud y salir del lugar viciado o dejar una relación dañina a cambio de no saber qué pasará mañana y abandonar un rincón mullido o una rutina asfixiante pero extrañamente cómoda.

Ser libre es asumir las consecuencias de esa libertad. Escuchar tu estómago y tu intuición. Dejarse llevar un poco por el olfato y confiar en que el diálogo entre nuestros dos hemisferios cerebrales sea válido. Es acatar que tal vez la libertad te supone dejar las corazas, los privilegios, la prebendas y los impermeables imaginarios que nos permiten vivir sin mojarnos, ni mancharnos ni quejarse, ni opinar, ni disentir…

Ser libre es ser consecuente con tus palabras y tus actos y no esconderse tras nada, ni nadie cuando hace frío y amenaza tormenta. No salir corriendo para buscar todos esos lugares cotidianos donde estar a cubierto a esperar que amaine, donde estar calentito y callado sin rechistar para no perder privilegios.

Para ser libre hay que estar dispuesto a caminar por la cuerda floja sin más red que el propio entusiasmo y el ingenio para hacer equilibrios.

Ser libre es abrazar la incertidumbre y ser descaradamente vulnerable ante el mundo y descubrir que no te importa… Someterse al propio criterio y confiar en tu talento para encontrar las respuestas a las nuevas preguntas…

Los que deciden no ser libres siempre tienen esas respuestas preparadas porque sus preguntas raramente cambian.

Ser libre es asumir la aventura de que todo salga mal y tengas que arreglarlo sobre la marcha. Confiar en lo que vas a aprender en cada tramo del camino y en ti mismo…

Ser libre es confiar en ti y saber que pase lo que pase sabrás cómo solucionarlo y, si no sabes, encontrarás la manera de darle la vuelta.

La libertad es un regalo maravilloso sólo apto para aquellos que están dispuestos a tocar el cielo y el infierno para conseguirla y mantenerla. Los que no se someten al pánico, ni están dispuestos a vivir una vida que no les pertenezca. La libertad es cara, carísima… Tiene el precio de asumir la responsabilidad de existir sin depender, sin ocultarse, sin desistir, sin engañarse a uno mismo aunque la verdad sea demasiado cruda… De vivir con la premura de reinventarse para estar a la altura, para ser más tú mismo y conocerte sin miedo ni ataduras… El más libre es el más responsable, el más audaz, el que más arriesga. Las personas libres nunca alquilan su conciencia ni sus valores, no ponen a la venta sus lealtades ni se someten a chantajes a cambio de sillas cómodas ni silencios pactados.

La libertad requiere un esfuerzo continuo. Es decidir que cada día de tu vida vas a levantarte y encontrar donde sea un plus de energía e ilusión para seguir, para motivarte… Saber que cuando caigas, tal vez te rompas con el golpe, pero que habrás escogido tú el cómo, el dónde y el cuándo.

La libertad es escoger el camino y dibujar la meta, estar dispuesto a confiar en tu capacidad para caminar y resurgir. Crearse cada uno sus propias expectativas. Tragarse el vértigo de saber que en algunos momentos estarás solo, sin paraguas ni cobijo, y asumir esa parcela de pánico. Sacrificar lo fácil por lo auténtico, por lo escogido, por lo extraordinario.

Escoger ser libre es una de las más grandes muestras de autoestima que puedes llegar a concederte. La libertad tiene un precio alto, altísimo, pero compensa dejar la rutina para crear magia.


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Excusas para no atreverse a ser feliz


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No te atreves a ser feliz porque tienes miedo de descubrir que esa felicidad depende de ti. Que hasta ahora no lo has sido porque, en el fondo, no querías asumir esa gran responsabilidad.

Porque ser feliz requiere un esfuerzo para mantener una actitud positiva para encontrar todo lo bueno de cada momento y experiencia, porque te gusta estar como estás y tener algo de lo que quejarte… Porque siempre has vivido sumido en el lamento y es tu forma de existir. Porque aunque no eres feliz, estás cómodo así, en este limbo vital y eres demasiado perezoso como para aguantar la disciplina que supone estar predispuesto a seguir batallando siempre… Hasta conseguirlo, hasta caer y volver a levantarte… Porque eso requiere un control de tus emociones y pensamientos, un aprendizaje que te cansa sólo con imaginarlo. No te atreves a ser feliz porque te da pereza.

No te atreves a intentarlo porque la verdad es que tu postura actual te compensa. Porque en realidad, ya eres lo suficientemente feliz como para no arriesgarte.

A veces, no te atreves a ser feliz porque ya tienes una agenda muy apretada y las sorpresas desbordan tus esquemas. Llevas mil años asfixiado por una rutina que no te permite soltarte y ya no recuerdas que era respirar, como si al quitarte las cadenas tuvieras que permanecer amarrado a ellas porque no sabes usar tu libertad. Porque en tu semana no hay hueco para la fantasía y valoras la seguridad  por encima de todo. Te has montado un esquema de vida que no vas a cambiar ni deseas dejar margen para la improvisación. Estás esperando a encontrar el lugar apropiado, el momento apropiado, el compañero o compañera apropiado… Incluso esperas a estar de buen humor.

No te atreves a ser feliz por si dura poco y te acostumbras a serlo y luego no puedes pasar sin esa sensación. Estás convencido de que la felicidad es adictiva, que engancha. Y no quieres depender de nada ni de nadie, ni siquiera de ti mismo.

Porque consideras que la felicidad nunca se eterniza.  No confías en tu capacidad para sobrellevar las situaciones adversas y sabes que algo se torcerá, siempre se tuerce. Prefieres no ilusionarte y luego caer en un pozo sin fondo y no ser capaz de levantarte. Prefieres monotonía a emoción, rutina a aventura,  porque no te fías de tus posibilidades de superación, ni de tu madurez, de tu ingenio. Porque ser feliz es esa paz de saber que pase lo que pase serás capaz de sobrellevarlo y tú prefieres siempre buscar culpables.

Ser feliz te da pánico. Amar te da pánico, por si pierdes ese amor y luego te pierdes a mí mismo recordándolo y entrando en un bucle sin principio ni fin. Por si luego no lo superas, por si no vuelves a encontrarte las fuerzas mientras estás ahogado en tus lágrimas. Por si no vuelves  a sentir nunca más… Prefieres la mediocridad de tus días insulsos a tocar la felicidad con las manos y ver que se escurre entre ellas. No podrías soportar la pérdida, por tanto, prefieres no probar la dicha…

No te atreves a ser feliz porque has aprendido a soñar pequeño y controlado, a poner límites a tus ilusiones y contener las ganas. Porque no quieres dejarte llevar por la pasión y prefieres vivir en una jaula a la inquietud de agitar las alas sin saber a dónde te llevará el vuelo cada día. Volar da vértigo, ilusionarte casi te provoca terror.

A veces, no te atreves a ser feliz por si en plena celebración de  tu nuevo estado de dicha, cae sobre ti una maldición ante tanta ostentación de alegría. Porque crees que no se puede tener todo y en algún lugar hay un duendecillo cruel que siempre compensa la balanza cuando recibes algo bueno y te arranca algo a cambio.

No te atreves a ser feliz porque no sabes qué te hace feliz y casi prefieres no planteártelo, por si no lo consigues nunca, por si es algo demasiado grande o, tal vez, demasiado básico y acabas avergonzándote.

No te atreves a ser feliz porque consideras que no ha llegado el momento oportuno ni adecuado. Porque crees que la felicidad es sólo la meta y no disfrutas del camino porque siempre andas pensando en el momento siguiente. Porque un día todo será maravilloso y perfecto y entonces te sentirás con fuerzas para afrontarlo y sentirte  bien contigo mismo. Aunque ese día nunca llega, nunca. Lo sabes porque hace diez años pensaba lo mismo y todavía no has puesto fecha en el calendario. Porque cuando llega la noche y todo está callado, por más que lo intentas ya no te notas el cuerpo y sabes que hace tiempo te desconectaste de él.

A veces, no te atreves a ser feliz por cansancio… Porque requiere una valentía que no tienes y una resistencia que nunca conseguirás. Porque llegas a casa cansado y quieres desconectar del mundo y de ti. Porque estás cansado de estar cansado y no puedes salir de esa jaula de modorra y ansiedad.

No te atreves a ser feliz porque crees que no te lo mereces. Por si no estás a la altura. Porque crees que la felicidad es para ti un coto vedado. Porque no eres de ese tipo de personas a las que llamas felices… Porque tus genes son los genes de una persona triste que te predestinan a una vida aciaga y lúgubre. Porque tienes  muchos defectos y no vas a cambiar. Porque no saldrá bien si lo intentas y algunos se reirán un rato pensando que te creíste con el derecho a entrar en su club.

No te atreves a ser feliz por si es un espejismo, porque antes que probar lo que es real y asumir mantenerlo, prefieres quedarte con el placebo y seguir quejándote.

No te atreves a ser feliz porque no te quieres lo suficiente a ti mismo, porque no te tratas como mereces y ni siquiera lo sabes…

Si no te atreves, déjalo, no hay prisa, limítate a esperar  ese momento propicio y quemar los días y las horas… Haz como los peces muertos que flotan y siguen la corriente…

Gracias por leerme… Escribo sobre lo que siento o he sentido y el camino que he hecho hasta llegar aquí (aunque todavía estoy a medio camino de algún lugar). En este camino he aprendido poco a poco a aceptarme y amarme (aún me falta mucho, soy consciente).

Si quieres saber más de autoestima, te invito a leer mi libro “Manual de autoestima para mujeres guerreras”.

En él cuento como usar toda tu fuerza para salir adelante y amarte como mereces y dar un cambio a tu vida… Ese cambio con el que sueñas hace tiempo y no llega.

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