merceroura

la rebelión de las palabras


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A mil kilómentros de ti


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Mírate. No te miras nunca y no te ves… No como realmente eres. No ves en ti lo que otros buscan y ni siquiera sabes lo que buscas tú. No dejas de medirte y pesarte, cuando en realidad, eres inmenso y no tienes límites…  Te miras a través de los ojos ciegos de aquellos que no saben ver y te pones precio a la baja…  Como si tu valor pudiera medirse o tasarse… 

¿Por qué siempre hablas de lo que te falta?

¿Por qué no ves lo mucho que brillas y lo que aportas? ¿Por qué cuando te buscas en los espejos sueñas con encontrar a otra persona si la que te aguarda allí es perfecta? ¿A qué esperas para valorarla? ¿A qué envejezca tanto que luego te duela no haber amado su juventud? ¿A que se enfade tanto contigo por repudiarla que ya no sea capaz de mirarte ella a ti?

¿Por qué no te das cuenta de una vez por todas de que has llegado a ese punto del camino donde ya no necesitas explicarte ni demostrarte nada? ese lugar donde ya no hay más meta que ser tú en libertad… 

No más excusas ni lamentos. No más buscar historias que sirvan de coartada para esconder imperfecciones que quieres que permanezcan ocultas… No hay nada en ti que no merezca ver la luz… No hay nada en ti que deba esconderse o de lo que puedas avergonzarte.

No más decir que no a lo que deseas porque asumes que no darás la talla.

Sueña pero por soñar no dejes de ver lo que ya has conseguido, lo que está en ti y puedes compartir con los demás, lo que no muestras y tiene un valor incalculable… 

¿Y si dejas de buscar y te concentras en lo que ya eres? en lo que ves, en lo que crees que tienes aunque sea efímero y pasajero… En lo que sientes y notas, en lo que te rodea… ¿Y si resulta que lo que quieres ya está en ti y no lo ves porque no paras ni un instante para sentirlo y notarlo? ¿Y si la belleza que crees necesitar desesperadamente ya está aquí y te invade sin darte cuenta porque has cerrado los ojos, la mente, el alma?

Tal vez podrías usar los sentidos más allá de lo habitual y pasar los límites, ver dónde veías y oler lo que no has conseguido oler nunca… Notar lo que habitualmente no notas, acariciar lo que normalmente tocas sin ganas porque no ves su valor… Tal vez la vida ya te ha dado ese gran tesoro y lo estás buscándolo a mil kilómetros de ti mismo… Tal vez miras tanto al cielo que nos has visto que ya estás en la cima, que tus pies se han despegado de la tierra y vuelas…

Obsérvate. Para para verte. Detente a contemplar cómo todo se mueve y late, cómo baila la vida en movimiento, con qué cadencia se agita el mundo que te rodea… Cómo respiras y te llenas de vida… 

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Eres inmenso. Impregnas el aire con tu entusiasmo cuando dejas que en ti habite ese entusiasmo. Cuando te levantas por la mañana y envías las preocupaciones al cajón del olvido y decides creer que todo irá bien. Y vas por la calle cruzando la vista con un montón de personas que repiten en susurros sus miedos y suplican lo mismo que tú… Tal vez ellos tampoco se han dado cuenta de que ya son lo que quieren. Ya son lo que sueñan pero se miran con los ojos del que pide y no del que da, con el ánimo del que busca y no del que encuentra, con la obsesión del que necesita y no del que sabe que merece.

¿Y si decides acurrucarte en este momento preciso y vivirlo sin pensar en nada más? Sin notar nada más que el aire que entra en tu pecho y el viento que acaricia tu cara… Nada más que la sensación de estar en este ahora y apurarlo sabiendo que se termina y ya no existe, que cuando acabes de leer esto será tu pasado y podrás recordarlo feliz porque sabrás que fue tuyo por completo.

¿Por qué no eres tuyo por completo? ¿Por qué tienes la mente en mañana y los pies en antes de ayer? ¿Por qué buceas en lo que no te gusta de ti ni del mundo y no te centras en lo que te hace brillar? ¿Por qué hablas mal de otros y te olvidas de hablarte bien a ti?

Contempla lo que eres… Un ser por escribir su historia, pendiente de todo menos de él… Ignorando que puede, que sueña, que llegado el momento sabrá qué debe hacer… Que hay un algo maravilloso a punto de suceder y va a pillarlo con un pensamiento triste y amargo en la boca, masticando quejas y los ojos perdido en lugar de hambrientos… Lo que esperas…  Lo que sueñas te ronda y va a encontrarte a mil kilómetros de ti… Y vas a perderte el latido único de encontrarte contigo y notar que estás, que eres, que has llegado a ti después de un largo viaje. 

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Conmigo


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Voy a tomarme vacaciones de mí. No sé hasta cuándo.

Lo más curioso es que cuando uno se toma vacaciones de algo, se va y yo tengo que quedarme. Salir para volver a entrar y llegar más dentro, más profundo, más en mí.

Quiero dejar del todo los pensamientos cíclicos, repetidos, gastados, los que nada aportan y sentir lo que pasa.

Dedicarme a notar sin preguntar. Ser sin esperar. Vivir por vivir sin que por un rato tenga que cumplir ninguna expectativa ni obtener un resultado concreto, ni siquiera un resultado… Ya somos un resultado, el de lo que sentimos y pensamos ayer… No quiero asumir cuotas de nada ni conquistar ninguna meta…

Lo sé, a algunos les parecerá que entonces nada tiene sentido… Sin embargo, para mí lo tiene todo. Porque la meta es ser, es estar conmigo un rato sin analizar, sin evaluar si cada paso es el camino correcto… De hecho, si el camino te hace sentir que estás bien contigo, te lleve donde te lleve, es el correcto.

Porque al final, la verdadera meta es la paz interior, la felicidad de saber que estás contigo sin reservas y te sientes entero, completo… Y eso no se consigue al conquistar una cima sino a cada minuto que pasas siendo tú, el de verdad, el que suelta lastres y deja de preocuparse por encajar y aparentar. Lo que nos construye y nos lleva a nuestros sueños es ese camino y la forma en que transitamos por él.

De nada sirve tocar un sueño si por el camino nos hemos vendido o hemos perdido la esencia porque cuando llegamos descubrimos que ya no somos reales y que no sentimos lo que pensábamos sentir… Es el precio altísimo que se paga por la incoherencia contigo mismo.

Llegar a la meta y descubrir que has conseguido lo que deseabas, pero que te has traicionado tanto para hacerlo que no puedes paladearlo porque el resultado de la experiencia no eres tú sino un sucedáneo triste y agotado de fingir.

Necesito vacaciones de mí. De mi yo absurdo que a veces olvida que estoy en esto de crecer por el puro cielo de crecer y no para llegar a nada. De mi yo triste que deja de confiar en sí mismo cuando no ve resultados. De mi yo guerrero que se hostiga y evalúa de forma constante y se pone nota y se suspende y se castiga cuando cree no dar la talla y cumplir los plazos. De mi yo controlador siempre pendiente de lo que pasa borrando con su obsesión toda la magia de lo inesperado y de lo que pasa sin avisar…

Vacaciones de medir y de pesar. De contar, de ponerse objetivos inflexibles y fustigarse cuando no se alcanzan… Vacaciones de demostrar, de forzar la máquina y perder la autenticidad porque lo quiere hacer todo en dos días cuando necesita dos meses para que sea real y fluya… Vacaciones de exigir sin medida y sufrir sin sentido…

De todo aquello que hace siglos que intento borrar de mi vida, pero que de vez en cuando vuelve a ella cuando me canso y no veo un horizonte asequible… Cuando me vence el miedo y apuesto por forzar una máquina que necesita su tiempo y que ya hace tiempo que va sin freno…

Y con ello no dejo nada, no tiro la toalla,  al contrario, voy a por más. Lo sueño todo… pero sin morir en el intento.

Dejo la desesperación, la obsesión por ser mejor ahora, el deseo de vencer cada día, olvidando que estar y sentir ya es una victoria… 

Dejo la necesidad, el delirio de la inmediatez, el empacho de pasado y la sobredosis de futuro…

Salgo de mí para entrar en mí del todo y notar qué debo hacer de verdad. Para escuchar qué me cuento y actuar en consecuencia. Me voy para amar y amarme sin tiempo ni medida, sin parámetros ni escalas, sin clichés ni moldes… Amar sin ver y casi sin tocar. Amar como medio y como fin.

No abandono mis metas, las honro más que nunca porque decido que lleguen a mí cuando tocan, cuando me haya convertido en la persona que las puede abrazar, cuando esté madura para apreciarlas como merecen… No me alejo de nada, me acerco a mí para besar la coherencia necesaria para poder ser, para asumir el poder que llevo dentro hasta las últimas consecuencias.

Amaré el camino porque ese amor me llevará de forma inevitable a mis sueños.

Amaré mis dudas porque sé de que ellas saldrán mis atinos y fortalezas.

Amaré tanto mis sueños que antes de tomarlos por la fuerza trabajaré para darme cuenta de que ya soy digna de ellos, de que ya son míos, pero la impaciencia me aleja de su lado.

Notaré cada miedo como si fuera el más grande de los regalos, el mapa que me llevará a mis grandes tesoros…

Abrazaré los obstáculos porque sabré que están ahí forjando a ese ser que llevo dentro y que merece lo mejor, pero a veces lo olvida y se esfuerza en parecer algo que ni siquiera le llega a la suela del zapato de todo su potencial…

Visualizaré mis logros con tanta confianza e ilusión que me convertiré en ellos, porque ya soy capaz de tocarlos, pero no me acuerdo a veces. Prestaré atención a lo que importa y no a las copias baratas que a veces nos ciegan. Me enfocaré en lo que me llena y no en lo que me vacía, en la belleza, en la bondad, en la alegría y la risa. Amaré mi libertad aunque asumirla me dé vértigo…

Y, sobre todo, recordaré que no hay meta que valga que me pierda, que me lastime, que me comprima o convierta en una versión inferior a lo que soy… Que sufrir no me acerca a lo que sueño sino que me acerca a lo que temo… Y que no vale la pena si el camino no te hace crecer y aprender.

Me tomo vacaciones de mi yo que espera y me sumerjo en mi yo que ya es, que ya asume su responsabilidad de vivir con paciencia.

Desconecto de la angustia… Me adentro en ese ser que está presente y se suelta lágrimas y prejuicios mirando con atención las pequeñas cosas que le rodean y descubre que son esas pequeñas cosas lo que busca en realidad y no los grandes méritos ni los grandes elogios…Si las grandes metas no conllevan disfrutar del proceso que nos lleva a ellas, en realidad son metas mediocres… Son metas irreales que no van con nuestra esencia. 

La meta siempre somos nosotros mismos, nuestra paz interior y en realidad ya está en nosotros si somos capaces de amarnos y aceptarnos. Si lo que soñamos nos altera hasta perder el sentido, en realidad, nos alejamos de ello.

Me tomo vacaciones de juzgar, de anticipar, de comprobar compulsivamente si rinde, si da, si funciona… Dejo de preocuparme y me ocupo de ser, de aportar, de dar sin esperar recibir más que lo que llega, sabiendo que siempre recogemos lo que sembramos y vivimos lo que hemos imaginado que íbamos a vivir.

Suelto mi necesidad de pelear y defender, puesto que no necesito defensa ni tengo que convencer a nadie de nada… Dejo las excusas y las explicaciones largas y tediosas, los porqués y las razones absurdas.

Me tomo vacaciones del ser que se sobresalta con los ruidos y elude los tiempos muertos y me sumerjo en el silencio delicioso y la calma a ratos para encontrar más palabras maravillosas, para escuchar el latido que me cuenta historias que debo conocer.

Me tomo vacaciones de exigirme que todo tenga una respuesta y una razón y me dedicaré a aceptar cómo es y descubrir a dónde me lleva… Me alejo de culpas, quejas y lamentos en mi yo más gastado en batallas inútiles que perpetúa sus heridas porque quiere llamar la atención y mendigar una compasión que ya no necesita…

Me tomo vacaciones de tiranías impuestas, relojes faltones e irreverentes, complicidades absurdas, rutinas amenazadoras… Y eso no significa que no vaya a hacer lo mismo de siempre, que vaya a dejar mi vida tirada, significa que a partir de ahora voy hacerlo con sentido, notándolo y sintiendo si me colma, maravillándome de cada momento y de su belleza, sea como sea… Haciendo lo que amo y amando lo que hago, para sentir la vida y homenajearla a cada instante. Para dejar de engullir tiempo y momentos y tragar la angustia de querer que todo se adelante y pase cuanto antes, sin saber que todo es perfecto como es… Aunque asuste, aunque duela, aunque tarde tanto que te deje paralizado sin saber a dónde ir, aunque la incertidumbre me bese la nuca… Me tomo un tiempo para encontrar otra actitud que me acerque a mí misma, a plena consciencia, sabiendo que eso también me acerca a lo que sueño… Que en realidad es para mí el único camino para llegar a lo que deseo, a través de mí, siendo realmente yo sin regatearme y escatimarme nada.

Porque noto que la forma de conseguir lo que deseo no es precipitarse a ello sin medida sino darme permiso para recibirlo y ser coherente conmigo.

No cambio de lugar, cambio mi forma de verlo y apreciarlo. No dejo mi vida, al contrario, voy a surcarla, a sentirla, a saborearla. No hace falta siempre ir al otro lado del mundo para encontrar el silencio porque en realidad está a tiro de emoción y pensamiento… No huyo, me quedo, pero sin máscaras ni escudos protectores que te evitan sentir y arriesgarte a notar. No cambio de objetivos ni de camino, descubro que yo soy el camino.

Me doy permiso para fluir y vaciarme de lo que sobra, de lo que acumulo sin sentido… Suelto mis apegos para dejar lugar a lo nuevo, a lo hermoso, a lo maravilloso que descubriré y que tal vez siempre ha estado ahí y no fui capaz de ver porque no noté su brillo.

Me tomo vacaciones de mi incoherencia y mi fatiga crónica, mis parches para todo y mis mentiras piadosas para no asumir lo que soy. De mi  yo que se complica la vida buscando lo fácil sin sentido y la réplica de la réplica en todo. Me abro a todas las posibilidades y me dejo flotar, volar, resurgir.

Suelto el equipaje pesado, el lastre sin sentido y el fardo de reproches siempre apunto. Suelto el dolor, la rabia, la culpa y la necesidad de comprenderlo todo y acepto lo que llega sabiendo que me conviene.

Me tomo vacaciones del ruido para vivir cada momento como merece, como el espectáculo maravilloso que es y el privilegio que supone estar aquí.

Ahora me toca estar conmigo.

No me voy, en realidad, vuelvo.


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Gracias


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Gracias por cada vez que me han dicho que no.

Las tengo todas guardadas en los cajones de mi alma y las miro de vez en cuando para recordar que supe remontar.

Gracias por las noches dando vueltas, porque me han obligado a descubrir porqués.

Gracias por los caminos oscuros y acerbos, porque curtieron mis pies y esponjaron mi alma.

Por cada vez que creí que no podía y supe ver que me equivocaba.

Por los errores maravillosos y los enojos sin sentido que me ayudaron a ver qué tipo de persona no quería ser.

Gracias por los amigos sinceros que no juzgan.

Gracias por los que planearon derrotarme y me hicieron invencible…

Gracias por los sueños…Están todos en el mapa de mi vida.

Gracias por la sombra, porque me impulsó a buscar la luz.

Gracias por todos y cada uno de mis miedos, han sido mis autopistas, mis catapultas… Mis caminos retorcidos hacia una versión de mí más libre, menos cansada.

Gracias por todas las risas.

Gracias por intuir y acertar.

Por todas las oportunidades, sobre todo las ocultas tras un semblante rudo o una capa de dificultad.

Por los saltos sin red que acabaron en fondo mullido.

Gracias por las decepciones, se han convertido en grandes amigas, en confidentes, en palancas…

Gracias por las cajas de tesoros. Gracias por la imaginación que permitió verlos e inventarlos.

Gracias por las lágrimas que sacaron de mí de todas las palabras que llevaba almacenadas.

Gracias por los cuentos y las moralejas.

Por mi amor la lluvia y mi gran necesidad de mar.

Por todas las personas que no me han entendido y han hecho que tuviera que aprender a explicarme mejor…

Gracias por ese viento fresco que viene y se lleva las miradas amargas.

Gracias por el otoño y su inmensidad ocre y roja.

Por el frío insoportable  y el abrigo dulce.

Por la pasión sin cauce y por todos los besos, los recibidos, los dados, los soñados.

Gracias por mis torpezas, porque son las semillas de mis aciertos, las madrugadas de mis amaneceres más hermosos…

Gracias por las caídas y los arañazos, cuando los recuerdo y revivo ya no siento el dolor sino la vida…

Gracias por las cuerdas flojas que he tenido que atravesar y todos los momentos incómodos que me han dejado desnuda…

Por la fuerza que me permite mostrar al mundo que soy vulnerable y que, muchos días, me siento diminuta.

Gracias por sentir.

Por desear.

Gracias por dudar y por vacilar.

Gracias por no saber fingir.

Gracias por no llegar y tener que volver a empezar.

Gracias por ser.

Por existir.

Por buscar sin parar.

Por apreciar lo pequeño.

Por aspirar a lo grande.

Por darme cuenta de que a veces lo grande es lo más pequeño.

Gracias por mis ganas de bailar.

Por el aire en mi cara y la arena en mis pies.

Gracias por amar… ¡El más grande de los regalos!

Por medrar.

Gracias por el camino de cada día.

Por haber aprendido a mirarme con los ojos de la conciencia.

Gracias por tanta belleza en todas partes y por ser capaz de verla sin tener que forzar.

Por aprender a perdonar.

Gracias por mi amor a las palabras ¡menudo lujo!

Gracias por darme cuenta de que debo dar gracias y alegrarme de hacerlo.

 

 


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Cicatrices


Tengo una nueva cicatriz. Tiene forma de sonrisa cansada. Surca mi piel y mi pasado. Posee la belleza de lo roto, de lo cosido y de lo remendado. Sé que estará ahí para siempre para recordarme que es el final de una batalla ganada. Para que cuando la mire y siga su cauce con mi dedo índice recuerde que pude, que supe, que tuve el valor, que cuando confío soy un ser mejor, capaz de todo. Para que sepa que los momentos más oscuros preceden a la luz más intensa, que sé manejarlos porque aprendí cómo hacerlo andando a tientas, con un miedo atroz pero con ganas infinitas de arrancármelo de dentro y buscando la manera de poder continuar sin parar… Para que me vengan a la cabeza de repente todas las palabras que he tenido que usar para sobreponerme y sobrellevar la situación. Para que no me pierda, cuando el pánico me invada los sentidos y la noche sea muy larga… Las noches largas están llenas de momentos en los que ese tú más cobarde te roba los sueños y las ganas y los sustituye por pesadillas y desesperanza.

Esta cicatriz será un refugio, un hatillo de palabras y pensamientos amables, destinados a confiar en mí y en mi capacidad de encontrar la moraleja que subyace en las cosas, el lado bueno, el chiste malo que te ayuda a limar las aristas que se clavan en ti cuando algo va mal…  Será un amuleto para alejar la tristeza y cauterizar el dolor… Será un antídoto contra la desgana y el miedo de afrontar, de seguir… Será el espejo en el que mirarme cuando me caiga, un espejo donde mi imagen siempre estará de pie, con cara de victoria y dignidad infinita.

Será  como una medalla que recuerda la carrera luchada. Una barandilla en la que sujetarse para no caer y mirar al mar y al mundo con unos ojos renovados. Para ahuyentar a los fantasmas que a veces nos rondan y buscan nuestras rendijas para colarse dentro y decirnos que no podemos, que no sabremos, que no llegaremos…

Mi cicatriz será el punto de partida de un mapa nuevo en mi cuerpo, un mapa que lleva a mí misma, sin más cimas que las que yo dibuje, sin más mares que los que me atreva a surcar para llegar a mi sueño. Y cada vez que la mire, sabré que he llegado. Más cansada, más dolorida, más gastada por el uso de mis días, pero infinitamente orgullosa de haber soportado la presión y ganado la batalla.

Me recordará cómo he cambiado para soportarlo. Cómo he tenido que inventar historias hermosas para llegar sin partirme en dos, cómo me he sujetado a mí misma para no caer en un marasmo de angustia y perder mi norte… Me recordará que yo tengo la brújula y marco el camino. Que cuando quiero soy grande, enorme, increíble… Que todos los somos si queremos y lo creemos.

Y le daré las gracias. Por estar. Por existir. Por encontrar en mí la prueba definitiva de que estoy viva y a punto para continuar.  Por marcar un punto y parte en mi camino, una cordillera que separa lo vivido, un antes y un después en mi aprendizaje, en la necesidad de conocerme y amarme. Daré las gracias por la oportunidad de darme cuenta de cómo cambia el mundo cuando tú cambias para poder estar a la altura, para no caer al vacío. Por todo lo que aprendí mientras luchaba por no dejarme llevar por el miedo en un camino oscuro y largo… Daré las gracias por la vida, por notar el sol y al aire y el peso de mis pies en la arena de esa playa que me busca cuando no la visito.

Aquí estoy, me diré, zurcida como un calcetín, remendada como las redes de pesca para salir al mar… Para poder seguir dando gracias, asida a la vida con ganas porque es el material más precioso y deseado. Con rendijas y recovecos, más fuerte, más suelta que nunca… Más sólida y a la vez más ingrávida… Más yo que nunca.

Y ya nada será igual. Y si en algún momento flaqueó y se me olvida lo bella que es la vida, surcaré mi cuerpo menudo para buscarla. Será mi remedio contra la estupidez pasajera, contra la bobada máxima, contra todos los domingos por la tarde de ñoña y desgana… Para que me cuente cómo pasó, para que me recuerde cómo lo conseguí, para que me ate a la vida y me quite a golpe de realidad todas la tonterías que acumulo en la cabeza.

Para que no vuelva sobre mis pasos y pierda fuerza.

Para que no pierda la confianza…

Para que nunca más corra el riesgo de olvidar quién soy.

Nuestras cicatrices están ahí para recordarnos el camino vivido, el recorrido de la evolución que hicimos en nuestras horas más bajas… Para que sepamos para siempre que saltamos, que fuimos capaces de agarrarnos con fuerza a nosotros mismos y vencer al gigante. Con miedo, con recelo, con los ojos llorosos y el corazón casi encogido, tal vez, pero lo que cuenta es el gesto, el ánimo, el salir de la cueva para ver el mundo aunque sepamos que en el mundo nos aguardan momentos duros… Saltar sin saber con certeza si hay suelo… Andar hasta quedar agotado sin conocer cuántos kilómetros quedan para la meta. Confiar…

Ahí estoy ahora. Con un nuevo trofeo de vida que me surca y me dibuja de nuevo… Yo misma, un kintsugi humano, una muestra de ese arte japonés que repara lo roto y agrietado con polvo de oro porque cree que así es más hermoso… Porque le da valor a todo lo que te marca y te deja huella. No hay duda, soy más hermosa, porque nada hay más hermoso que estar vivo…

Gracias.

GRIETA


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Vencer al dragón


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No tengáis piedad de mí, ya no me hace falta. Hace tiempo que dejé los algodones por las cumbres más escarpadas y las tardes plácidas por las montañas rusas de ideas imposibles.
No penséis que no podré, he llegado mil veces a la frontera de mis posibilidades y he engatusado al guarda que custodia la fortaleza para que me deje pasar… A veces, me he quedado a las puertas… Otras veces, he traspasado mis límites con una risa dibujada en los labios y una sensación loca de saber que ese momento es histórico… En mi pequeña historia de retos cumplidos aún por crecer y aumentar.

A veces, las fronteras se borran cuando imaginas que no existen…
No temáis, echad sal a mis heridas que me curtís el alma y me rellenáis los pliegues de noches sin freno pensando demasiado y mal. Ya nada que no esté en mí me para, nada que se imaginé más allá de los muros de mi conciencia araña mis defensas. Nada que no venga de mi esencia me importuna ni hace sentir diminuta…
Que no os importe criticarme ni murmurar a mis espaldas. Me divierte lo que a vosotros os escandaliza. Me gusta lo que a vosotros os parece ridículo. Me vacía lo que a vosotros os parece genial… Me gustan aquellas personas a las que vosotros dais esquinazo y gastáis bromas para recordarles que no caben en vuestro mundo, porque en el mío tienen un lugar preferente. A veces, los grandes se visten con trajes sencillos…
No tengáis miedo, no os voy a morder. Soy inofensiva y me reflejo en los espejos, aunque no dependo de ellos para planear mi vida ni forjar mi autoestima. Mi pasión por no perderme nada me agota tanto, que a veces, tengo que pasar varios días en mi crisálida para recordar que puedo volar. A veces, se me olvida cuando veo vuestros ojos cansados y vuestras pupilas tristes. Cuando recuerdo que un día dudé de todas y cada una de las locuras que ahora dictan mis movimientos, cuando pensaba que necesitaba que me dierais el visto bueno y  huía de los espejos porque no soportaba conocerme y sondar en mis facciones imperfectas… Cuando al bucear en mis entrañas encontraba mil razones para esconderme y no era capaz de ver que cada una de ellas era el reverso de algo hermoso por lo que luchar…

A veces, la belleza está oculta tras una piel llena de escamas…

Me falta mucho recorrido, pero soy más libre y me están saliendo alas, no sé si para volar o para ahuyentar a los moscones que buscan reírse un rato a mi costa, sin tener en cuenta que yo siempre me río con y nunca de… Porque me fascinan las personas que no cuestionan su autenticidad ni se venden a cambio de ser aceptados por la masa.
No sufráis si no me decís adiós, ni susurráis los versos torpes de mis poemas, no escribo para vosotros porque no sentís las palabras… Escribo para los que cuando miran ven más allá de la apariencia y cuando sueñan lo hacen tan a lo grande que crecen hasta sentirse gigantes y si les pilla de noche, al despertar, no caben en la cama.

A veces si no tienes un poco de miedo, no vences al dragón.
No busco vuestras lisonjas sino sus miradas sinceras, soy yo quién les da las gracias a los que toman una de mis palabras y saben construir un mundo más intenso… A los que cuando leen, se sienten a un palmo del suelo y buscan sin parar algo que tal vez no saben cómo es pero tienen claro para qué sirve… Para brillar, para crecer, para sentir, para ser mejores y vivir una vida que no sea copiada ni robada.

A veces, las palabras cosen heridas y hacen que las estatuas cobren vida…
No me preguntéis si siento lo que digo o por qué estoy en otra dimensión inventando historias y soñando nuevas palabras… No me alcanzan vuestros miedos, los míos ya me mantienen ocupada saltando al vacío y subiendo montañas rusas de palabras.
No me busquéis en la cima, no quiero estar allí sola más de un segundo si algún día llego… Estaré en la plaza, comprando fruta fresca, rodeada de cien personas que buscan pedazos de vida y surcan el paso de sus días sin parar de hacerse preguntas y sin dejar que vuestras respuestas les amarguen una tarde de lluvia.
No me busquéis en la arena, estoy en el agua. No me abrazan las rocas ni me esconden las esquinas, ni me encandilan los que venden alhajas donde se reflejan mis ojos llorosos y cansados.
No estaré esperando, nunca me quedo quieta y si me rompo, me habré recompuesto con pegamento y buenas palabras…No estaré inmóvil, seguro, mi imprudencia me habrá llevado a pisar la línea y tal vez habré quedado pegada en un cristal imaginario como los insectos que se golpean en las ventanas cuando vuelan entusiasmados…
No penséis que guardo pena ni rabia, las solté hace tiempo un día soleado y no han vuelto jamás… Creo que no eran para mí, si no, hubieran regresado.

A veces, caminas lento porque llevas un gran peso en el alma…
No os asustéis, esto que me pasa no se contagia si no deseas vivir con tantas ganas que pierdes el sentido del ridículo y descubres que lo que importa es sentir… Si no sentís la necesidad de darle la vuelta a la vida, esto no os afectará, este virus es sólo para los locos que bailan sin música y vuelan sin tener alas… A los demás, sólo les produce alguna molestia en el pecho que se pasa con una buena dosis de monotonía y un par de pensamientos tristes después de cenar…

A veces, poco es mucho. A veces, mucho es nada…

A veces, nada te sacia si cuando te miras no te encuentras ni soportas. A veces, nada te colma ni llena porque buscas algo en el camino que ya está en ti, aunque no lo ves.

No ves porque no miras donde debes… Porque buscas algo que ya tienes y no reconoces,  porque pides algo que sólo puedes darte tú mismo.

A veces, tienes que perderte para poder encontrarte y echarte de menos para saber en realidad te quieres como eres.

 


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Un número finito de amaneceres


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Dice  el gran gurú del optimismo, Emilio Duró, que la mejor forma de vencer el miedo es recordar que vas a morir. Una versión cruda y sin adornos de aquello que nos han dicho siempre de “todo es relativo”. Una frase contundente que ayuda a darse cuenta de que lo que hoy nos parece un drama se queda pequeño ante la posibilidad de que nosotros o las personas a las que queremos abandonen la vida. La verdad es que caducamos, que nos agotamos, que disponemos de una cantidad determinada de horas que pasan y que, a menudo, lo olvidamos. Nos gusta vivirlo como una amenaza de la que huimos y no como una oportunidad de recordar que debemos apurar cada instante y notar cada experiencia como algo único y tal vez irrepetible.

Saber que moriremos hace que asumir pequeños riesgos parezca necesario, básico, asequible incluso… Que no atreverse a ser como deseas parezca locura e irresponsabilidad. Justo todo lo contrario para lo que nos han educado siempre en una sociedad que pretende mantenernos ordenados y cautivos de nuestros miedos. Que no quiere que pensemos por si decidimos cambiarla… Que da de comer a nuestros fantasmas para que engorden y así tenernos asustados, amordazarnos y atarnos a una vida que no nos satisface. Que nos distrae contando calorías para que no contemos las horas perdidas sin ser nosotros mismos y escoger nuestra propia vida…

Y decimos que sí porque nos asusta imaginar que decidimos ver más allá de lo que nos comprime y caminar por la cuerda floja.

Es un sistema que prefiere tener soldados a tener mediadores o filósofos, alumnos rezagados a maestros humildes y sabios, burócratas grises a exploradores hambrientos… Que prefiere jefes a líderes, pesimistas a soñadores…Un mundo fabricado más para consumir que para vivir, para malgastar, para amontonar lamentos y quejas en lugar de atesorar risas y pequeñas locuras que nos mantengan vivos.

Aunque estamos hechos para buscar la felicidad y recorrer la vida. Aunque, a pesar de los momentos duros, algo en nosotros nos ayuda a encontrar la forma de pensar que algo bueno está por llegar. Hemos nacido para desear ser mejores cada día y, cuando nos lo negamos, nos sentimos incompletos y amargados.

Quién sueña siempre tiene algo a lo que agarrarse. Un motivo para seguir y ser capaz de darle a vuelta a su vida. Cuántas veces no hacemos algo por nosotros pero nunca se lo negaríamos a nuestros hijos… Porque ellos son lo mejor de nosotros, un parte de nuestro ser que consideramos que merece más y por la que lo daríamos todo.

Y sin embargo, andamos tan cansados de llevar la carga de no atrevernos a crecer como soñamos que no les ofrecemos, en muchas ocasiones, nuestra mejor versión…   Ni a ellos ni a nosotros mismos.

Nos despertamos por la mañana con prisas, discutimos, chillamos, nos enfadamos por una tostada a medias o por un cuarto desordenado… Nuestra forma de vivir sin encontrar lo que nos llena hace acabemos diciendo a gritos lo que podríamos decir a besos, a susurros… Porque llevamos dentro tanta ira, tanta rabia, tanta ansiedad que necesitamos liberarlas… Aunque si tenemos presente, sin angustia y sin dolor, que tenemos un número finito de mañanas, de tostadas y de habitaciones desordenadas, la forma de abordar el problema cambia.

De repente, todo adquiere un color distinto, sobre todo cuando no tenemos ni idea cuánto tiempo vamos a vivir…

Maldecir la lluvia no tiene sentido si sabes que tal vez es la última lluvia que notas sobre tu pelo y tu cara…

Es curioso como la sensación de ser finito te da fuerza, te concede casi poderes para poder hacer algunas cosas que crees que te están vetadas. Una sensación poderosa que, vaya paradoja, te hace sentir ilimitado, infinito, enorme… Te reviste de un halo de coraje y te das cuenta de que vas a poder enfrentarte a todo e intentar alcanzar lo que antes creías que se te escapaba.

Eso nos pasa porque normalmente transitamos por la vida sin notarla. Sin percibir todo su potencial. Nos arrastramos y la arrastramos sin darnos cuenta de su precioso valor. Preferimos perderla a cachos mientras nos negamos lo que nos conmueve y nos hace felices a enfrentarnos a nuestras batallas pendientes.  Cuando acumulamos muchas de ellas, la carga que llevamos es tan pesada que nos es imposible alzar la vista y contemplar lo que hay más allá del muro que construimos cada día.

Y la verdad es que tenemos un número finito y limitado de amaneceres, de noches, de sueños, de besos, de caricias, de palabras… Un baúl que se acaba de tardes de tormenta, de vestidos blancos, de bailes y puestas de sol, de patos de goma en la bañera, de cafés y de charlas, de libros, de errores necesarios… Se nos acaban rápido las primeras veces y los paseos junto a la playa… Las carreras apresuradas para no perder el tren… El rato perdido en el tren parece un mundo de posibilidades por descubrir cuando sabes que se termina…

El monstruo más terrible se hace pequeño, si sabes que es el último obstáculo que te separa de tu sueño cuando el tiempo que tienes para conseguirlo se consume.

Es justo cuando nos damos cuenta de que somos finitos que luchamos por lo que queremos y eso nos hace inabarcables, enormes, eternos.

Nuestras pasiones nos definen. Nuestros retos nos hacen aumentar de tamaño. Nuestras dudas nos hacen elásticos. Nuestras debilidades nos hacen fuertes… Nuestros miedos nos dibujan oportunidades…

No hay nada que nos asuste que no nos ayude a crecer… Vencer nuestros miedos, aunque sea con el cruel y sabio truco de recordar que vamos a morir, nos hace trascender, perdurar, nos ayuda a vivir intensamente.

¡Qué lástima tener que recurrir a trucos para engancharnos a la vida que merecemos!