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la rebelión de las palabras


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Negociar, dialogar, ganar y perder…


Me recordaba hace poco alguien que para negociar hay que estar dispuesto a ceder. Esto que parece tan básico, a veces, es difícil de conseguir. Dialogar y llegar a acuerdos es un arte y lo dominan las personas que saben perder. Diría aún más, aquellos que saben perder y no ven esa pérdida como una derrota, porque saben que para ganar no hace falta figurar o quedar el primero. Porque ponen la vista en objetivos  pero también en valores y buscan el consenso, la concordia, la sintonía o el buen ambiente. Saben que la victoria no es sólo un resultado, que no es un número, que no siempre se cuantifica. Que puedes salir de la contienda vencido, sin nada más en las manos de lo que tenías al entrar, pero con una sensación de triunfo agradable porque has crecido, porque has conseguido hacer que una de tus propuestas se tenga en cuenta. Porque los resultados a valorar no son sólo activos o pasivos, haberes o deberes, son sensaciones, son alianzas, son emociones, son proyectos y principios de algo grande que nunca de sabe dónde puede llegar. Esa sensación de estar en algo bueno, de haberse metido en algo difícil pero que gratifica a nivel humano o profesional, que puede mejorar la vida de a las personas o dar un pequeño paso… Eso es la victoria para ellos.

Saben que ceder no les hace débiles, sino fuertes y que les ayuda a ganar el respeto de los demás. El respeto sólo se gana siendo justo y poniendo esfuerzo, nunca engendrando miedo, nunca atacando, cohibiendo o coartando la libertad… Saben que para negociar y llevar a buen puerto un bien superior, hay que valorar al oponente, no dejarse avasallar ni menospreciarle. Estar dispuesto a escuchar e incluso aprender de él, creer que un día puede estar en el mismo bando… Quien dialoga con éxito, piensa que tal vez no tiene toda la razón, sabe que al otro lado puede haber ideas interesantes por conocer  y, sobre todo, sabe escuchar. El buen negociador tiene los oídos y la mente abiertos. Respeta las razones ajenas. Su recompensa es el pacto aunque el resultado de su victoria tal vez se aleje de sus expectativas iniciales, pero lo ve como una concesión necesaria, como un triunfo. A veces, ganar es perder a conciencia para poder pacificar, para poder encontrar un punto de encuentro. Renunciar a una parte de ti mismo para obtener un bien común.

Los que saben dialogar dan pasos atrás para poder dar pasos adelante más tarde, esperando el momento propicio. El buen negociador calcula los tiempos, sabe esperar sin desesperar y tomar impulso cuando hace falta. Sabe retirarse para dejar paso, dar la cara y levantar la vista. Sabe encajar y disculparse cuando no acierta. Los que dialogan bien no sólo calculan el gasto sino también las emociones. Valoran los daños y el estropicio que suponen sus acciones y palabras. Usan adecuadamente las palabras porque saben que tienen poder y hay que administrarlas con cordura y prudencia, pero sin temor.

Para negociar hay que salir de uno mismo y meterse en la cabeza del antagonista, notar cómo siente, saber cómo piensa y conocer sus puntos fuertes y sus puntos débiles. Saber qué necesita y qué está dispuesto a soltar… Dominar el arte de planificar y al mismo tiempo dejarse llevar. Tirar y aflojar. Ser firme y contundente, pero también generoso y amable. Y usar dos de las grandes capacidades que poseemos como seres humanos, la intuición y la empatía. La primera nos dirá cuándo actuar y la segunda cómo, para no pasarnos de listos ni quedarnos cortos, para no tirar tanto que la cuerda se rompa, para no arañar ni hacer daño, para no ceder más de lo necesario ni quedar a un milímetro del pacto. El buen negociador seduce, persuade, convence, nunca somete ni chantajea. El buen negociador sabe que las formas son tan importantes como el contenido de sus mensajes. El buen negociador siempre sale de la reunión sabiendo que no ha hecho nada que le impida aguantarle la mirada a su adversario la próxima vez.


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El centinela cobarde


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Cuando nos encontramos a nosotros mismos. Cuando estamos a punto de sacar de dentro esa persona que somos al sentirnos acordes con lo que tenemos y buscamos. Cuando tenemos la sensación de que vamos por el camino correcto para conseguir lo que deseamos… El centinela absurdo y cobarde que habita en nosotros se despierta. Es un guardián celoso de todo lo oscuro, lo triste, lo retorcido. Todo lo que nos asusta y nos reprime. Lo cómodo, lo que te permite lamentarte y despreocuparte de seguir, de luchar, de coger el timón de tu vida. Lo que no requiere cambio y te permite observar sin mojarte, sin caer, sin saltar, sin decidir. Todo lo que te hace sentir pequeño y torpe, lo que te hace callar y tragar, lo que te obliga a permanecer quieto y soñar pequeño.

Llevas largo tiempo intentando llegar a tu primera meta. Ya la acaricias. Es un primer lugar donde ser más tú, donde te has permitido soñar y pedir, un espacio donde esa persona que lucha por salir y no tener miedo puede pensar y crecer, donde arriesga y gana… Donde arriesga y pierde pero asume la pérdida como una parte importante de una inmensa ganancia llamada aprendizaje. Un lugar interior al que llegas después de topar contra muros mentales y conseguir descubrir qué quieres y adónde vas, qué buscas y qué clase de persona quieres ser el resto de tu vida. En esa primera meta del camino eres un poco más parecido a esa persona ilimitada, aún no eres ella del todo pero empiezas a notar que puedes, que te transformas, que llegado el momento sabrás cómo. Es un lugar donde el acierto es sólo un paso más y el error es un material extremadamente valioso.

Y cuando más satisfecho te sientes por el esfuerzo, por el cambio y el camino recorrido, más inquieto tienes al centinela. Está enfadado. Se agita, se pone nervioso y te contagia su ansiedad. Te recuerda lo fácil que era ser tú cuando no soñabas con librarte de él. Te pasa la película de tus tardes de lamento y tus excusas sin freno. Te pide pista para quedarte dormido, te pide sueños asequibles y noches plácidas. Te cubre la mirada de lágrimas y te eriza la piel para que tengas presente que fuera de sus fronteras hace frío. Que sin él, tal vez estés solo… Te invade de dudas, te arrolla con pensamientos oscuros y te reclama pánico. A veces, incluso te baja las defensas y te mete en la cama.

El centinela cobarde que controla que vivas a medias te busca sueños alternativos, diminutos, facilones. Te trae a la cabeza, agotada de ideas funestas, los nombres de otros cuyos centinelas cobardes han ganado la batalla. Te muestra lo felices que son con sus vidas asequibles y limitadas, con sus parodias de ilusión programada, sus miradas congeladas, sus risas de lata… Con sus existencias de plástico y sus pasiones colocadas en el horario a modo de receta. Los martes toca caricia, los jueves beso… El fin de semana tal vez incluso conversación. Sin desbordarse demasiado, sin pensar en exceso, sin plantearse nada incómodo.

El centinela está asustado. Sabe que en este momento, aún puede tenerte en sus manos, pero también sabe que si no lo consigue, corre un gran riesgo de perderte. Sabe que cada vez te domina menos, que ese tú asustadizo que piensa que no lo conseguirá está quedando en evidencia cada vez que el tú que se dibuja de nuevo sale cada día a la calle y logra vencer miedos. Cada vez que descubre que hay otra forma de ver las cosas, que lo que creía que era un obstáculo es una plataforma para lanzarse, que si miras con atención hay más barandillas a las que agarrarse… Que más veces de las que crees, cuando saltas caes de pie, porque hay riesgos necesarios, errores necesarios, dolores ineludibles y tramos estrechos del camino por los que debes pasar aunque los arbustos te arañen las piernas.

El centinela sufre. Se le acaba el tiempo y decide embestirte. Te tiene calado. Sabe qué hacer para frenar tu ansia de ser libre, de sentirte pleno, de escoger el camino. Hace salir a la fiera de dentro, al esclavo de sí mismo, al amargado, al envidioso, al perfeccionista enfermizo, al que siempre dice sí aunque no quiera, al que siempre dice no aunque se muera de ganas… Al que pone en cuarentena los deseos, al que siempre está cansado y dolorido. Al receloso, al susceptible que cree que el mundo urde tramas en su contra, al inseguro que no se atreve a existir, al de la autoestima baja que se pisa antes de que le pisen por no osar a vivir… Al que araña antes de ser arañado por si acaso, al que llora por adelantado…

Todos esos personajes que habitan en ti y en todos, en mayor o menor medida, y que se van apagando cuando les muestras que su forma de ver la vida ya no te sirve. Que su desdicha no te alimenta.

Y después de tanto trabajo por reconstruirte y dejarles atrás, el centinela es más duro, más agresivo. Parece a veces que arranque de cuajo todo lo que llevas tiempo cambiando, que el trecho andado hasta el nuevo tú se achique… Que haya vuelto a construir el hotel de los horrores que derribaste en el precioso campo de amapolas que quedó libre donde te tumbas a imaginar imposibles…

Sin embargo, no ha construido nada, no sabe, no es capaz porque sólo se construye con esfuerzo y con ganas y el centinela cobarde no los posee. Tan sólo dibuja formas, espejismos alimentados a ráfagas de pánico y momentos de debilidad. Le pone filtros a la realidad para deformarla y hacer que parezca terrorífica. Crea vacíos, arrastra tempestades a lugares donde reina la calma.

No sabe más, tiene miedo de desaparecer, de despertar de su sueño incapaz, de descubrir que ha vivido engañado y engañando.

Casi te vence, está apunto. Su triunfo es tu propia desesperación, tu rendición, tu mirada atrás pensando que no vale la pena, que no lo conseguirás. Sin embargo, su lucha, su asedio a tu nueva forma de vivir es a la vez la muestra más evidente de tu victoria. Porque sabe que te has dado cuenta de que ya no te intimida, ya no te importa lo que piensa, porque sabe que pierde la batalla. Su miedo es la evidencia de tu cambio. Su cobardía es la muestra de tu valentía. Cuánto más apenado y asustado está el centinela cobarde, más cerca estás de ti mismo… Si le ves atacar ahora, mira adelante, toma impulso y no aflojes, es que vas ganando. 

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