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la rebelión de las palabras


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¿Por qué no brillas?


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¿Cómo se consigue brillar? es difícil de responder… Tenemos tantas ganas todos de conseguir convertirnos en quién soñamos… A veces, esas mismas ganas nos desesperan e impacientan y acabamos consiguiendo todo lo contrario, reflejar caos y contradicción.

Lo que sé seguro, es que nunca se brilla en solitario. Es verdad que el proceso para conseguir “brillar” y sacar a la luz todo tu talento se hace solo, soltando amarras y descubriéndote a ti mismo, pero siempre tienes compañeros de viaje. Hay muchos, más de los que creemos a veces o podemos contar.

Todo el que se cruza en tu vida lleva un mensaje para que aprendas a brillar, aunque nos cuesta verlo.

La vida nos va poniendo por delante cómplices para conseguir avanzar. Algunos lo hacen con gusto, son voluntarios, otros, apenas se enteran de todo lo que te han aportado pero es mucho. Sin embargo, para salir adelante es necesario reconocerles el mérito y ser capaces de ver su valor. Nunca es todo negro o blanco, hay muchos puntos de vista y muchos mundos en cada ser humano por conocer. Saber agradecer es sin duda un síntoma de que brillamos. Si sabemos compartirlo, aún más… Si tu brillo no ayuda a otros, se apaga.

Si no ves el valor de los demás no comprendes el tuyo. Al menos, no lo ves con la distancia necesaria ni con la mirada que tienen los que brillan.

¿Cuál es esa mirada? La de un niño curioso y hambriento de saberlo todo, osado y un poco imprudente preguntando, con ganas de empezar incluso antes de saber cómo, con energía ilimitada… Esa es la mirada, que quedará matizada por tu experiencia y tu conciencia de que a ese entusiasmo infantil hay que saber encauzarlo, para que no se desborde… Encontrar el equilibrio entre la pasión y la razón, pero sin matar nunca el niño que todo lo ve posible y cree que los obstáculos se podrán saltar.

Manejarse un mismo es un poco esa mezcla entre saber que no va a ser fácil, pero entusiasmarse pensando que encontrarás la manera de capear el temporal. Estar en calma pero preparado para la acción.

Los ojos hambrientos de un niño te permiten ir por la vida lamiéndolo todo con la mirada, atesorando cada instante. Sin estar todo el rato en beta, nervioso y ansioso por lo que vendrá, sin vivir ni notar lo que te pasa. Es necesario pensar en mañana pero no sirve de nada si no sobrevives a hoy y no eres capaz de ver lo que te rodea para aprovechar las oportunidades. Los niños pueden pasarse un buen rato mirando algo que para nosotros carece de sentido y luego ponerse a fabricar algo parecido para ponerlo en su habitación… Y en ningún momento piensan que no vayan a ser capaces… Y cuando acaban, lo exponen al mundo y vienen a ti, orgullosos y emocionados y te enseñan su obra de arte…¿Has visto la cara de un niño que llega a casa con su dibujo para mamá? ¿has visto ese brillo contagioso? el niño se cree un genio, se ve tan valioso que a nadie le cabe duda de que lo es…

Para crear hay que ignorar a los que no crean nunca nada… Con una ignorancia sabia, basada en la inocencia de pensar que todo es posible porque todo puede soñarse e imaginarse. El problema es que a veces “esos que no crean nunca nada” somos nosotros, nuestra voz interior machacona que se ocupa de decirte que lo dejes correr porque no tienes nada que hacer. No eres tú, es tu lado más gris y asustadizo que nunca baja la guardia porque siempre está cansado y no sabe que su cansancio se pasa con movimiento y no con reposo.

Los adultos no queremos “perder el tiempo” imaginando, ni mirando las pequeñas cosas, ni tocando lo que nos llega a las manos, ni recreándonos en lo que nos rodea, ni quedándonos embobados ante lo que nos seduce… Y por eso, nos cuesta tanto crear.  Para ser creativo hay que entrar en un mundo de infinitas posibilidades donde no hay vetos ni restricciones, donde todo se puede imaginar y por tanto, todo se puede hacer realidad. Un mundo que puede ponerse del revés en cualquier momento si hace falta y acabar negándose a sí mismo para descubrir que nada es dogma.

Los niños creen en la magia  y por eso materializan sus sueños. Ven un pedazo de papel y saben que es un avión.  No ven una enorme caja de cartón sino una casa para muñecas o un garaje para coches…Durante las dos horas que van vestidos de superhéroes pueden volar y subir por las paredes…

¿Os imagináis lo que se podría llegar a crear si fuéramos capaces de tener esa visión de la vida? y no hablo de no tocar del pies en el suelo, que es imprescindible, hablo de creer en nosotros mismos y descartar esa versión acomplejada en la que nos hemos quedado tantas veces… Hablo de apostar a que sí, de visualizarlo, de vivirlo, de enamorarse de la oportunidad y confiar…

Por eso, si cuando te miras a ti mismo eres incapaz de imaginarte haciendo lo que sueñas, es que aún no estás preparado para brillar…

Si no ves al gran comunicador, al genial abogado, el artífice de una nueva forma de gestionar los Recursos Humanos, al maravilloso estratega y gestor de Marca Personal, al piloto o al escritor… Si cuando te ves, no ves en ti al líder, es imposible que ese líder salga de ti.

Lo sé, hay momentos en la vida en los que es muy complicado y proponerlo parece casi locura… Sin embargo, me he dado cuenta de algo… Hay muchas personas que han fracasado en lo que se proponían, algunas creían en sí mismas y otras no, pero las que han triunfado creían todas. Además, lo del fracaso es tan relativo como lo del éxito. A menudo para triunfar es imprescindible fracasar primero para descubrir lo que no quieres y tomar las riendas de tu vida.

Hace días que viene a mí una frase. En distintas fórmulas y con distintas palabras  Dice algo así como que el mundo en el que vives es un reflejo de tu mundo interior… Porque lo que vivimos fuera es una versión material de lo que estamos viviendo dentro…

Una buena lección de vida… Si quieres brillar tienes que sentir que brillas y crecer por dentro primero hasta adquirir el tamaño que mereces…

Vivir en la coherencia, vivir a conciencia y hacer lo que sientes que debes hacer.

Conocerte y aceptar todo lo que eres, los errores y los aciertos. Las luces y la sombras.

Dice Francisco Alcaide en el blog de Elena Arnáiz que “En quién te conviertes se refleja en lo que obtienes”.

La vida me lleva a creer firmemente que materializamos lo que somos. Y somos lo que pensamos, lo que hacemos con nuestra vida, lo que soñamos que podemos llegar a ser cuando nos dejamos de soñar pequeño y desplegamos nuestro potencial. Somos lo que aportamos a la vida, a las personas que nos rodean, en cada pequeño gesto…

Por ello, vale la pena pensar cada vez que actuamos, si lo que hacemos, viene desde esa persona que llevamos dentro que puede llegar a brillar intensamente o de esa otra que apaga su brillo porque tiene miedo a fracasar, a perder, a ser valorado por ojos ajenos…

Si actuamos desde el amor a la vida o desde el miedo a vivirla.

Si reflejamos lo que realmente somos o estamos poniéndonos un filtro porque tenemos miedo y eso no deja que mostremos todo lo que podemos aportar.

Comunicamos lo que creemos que somos.

Eso es una mezcla entre lo que somos y los filtros que nos ponemos para poder soportar el pánico que sentimos a no ser aceptados. Si confiamos en nosotros, transmitimos esa confianza. Si nos ponemos caparazones y escudos protectores no podemos mostrar nuestra luz.

Una muestra muy evidente de ello es nuestro lenguaje corporal. Cuando lo cambiamos, poco a poco, cambiamos por dentro y viceversa. Nuestra postura afecta a nuestro estado de ánimo igual que nuestro estado de ánimo hace que nos movamos de forma diferente. Hacen falta pocos segundos para descubrir si una persona tiene el cuerpo encendido o apagado. Se nota cuando camina, cuando se sienta, por si está erguido o encorvado, si levanta la cabeza o la lleva agachada, si gesticula libre, si sonríe sinceramente, si su pose está contenida o abierta, si sus ojos miran hambrientos como los de ese niño que todo lo sueña… Basta un momento para mirar a los ojos de alguien y saber si brilla. A lo mejor aún no brilla al máximo, pero está en camino.

Y cuando no brillamos, no es que no lo merezcamos, ni porque no tengamos talento ni mucho por aportar… No es que los obstáculos con los que tropezamos y las pruebas que nos pone la vida por duras que sean reflejen que no valemos, es que están ahí para demostrarnos todo lo contrario… Para que nos demos cuenta de que cuando los superemos, brillaremos más…

No hay personas sin capacidad para brillar, hay personas que van por la vida encendidas o apagadas… Conectadas a sí mismas o desconectadas…

No hay personas opacas, sólo hay personas que aún no se creen que pueden brillar…

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Tienes que estar solo


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Tienes que estar solo. No siempre, pero sí ahora.

Sabes que te hace falta, aunque huyas de esa idea y te asuste quedarte contigo mismo… Precisamente por eso, tienes que estarlo. Siempre tenemos que acercarnos a conocer lo que nos da miedo, para saber por qué y afrontarlo. Si no, le cedemos las riendas y nos dejamos caer sin saber a dónde vamos.

Tienes que estar solo porque te da miedo estar solo. Aunque tengas personas alrededor que te quieren, necesitas encontrarte a ti para saber quién eres.

Es la única forma de notar por dónde entra el frío en tu casa y hacerte cargo de los muebles rotos. La única forma de saber cómo entra la luz y por qué se pierde… Qué pusiste delante para ocultar tus rincones más sucios y oscuros y qué escondes en ellos…

Tienes que estar solo un rato que parecerá eterno al principio para descubrir que la eternidad es momento en el que bajas la vista y te ves los pies y te preguntas por qué están parados y muertos… Para mirar en el espejo que nunca miras y verte a ti con tanto miedo a mirar que apenas se te dibujan las facciones…

Tienes que estar solo para amar tus huesos tristes y tus milhojas de culpas y resentimiento. Para aceptar que si no hay luz es porque tú no la enciendes, porque no desprendes luz y porque hasta ahora has buscado excusas para no hacerlo y has señalado con el dedo a otros porque decías que no te dejaban brillar…

Sólo brilla el que quiere. Nadie que no conozca sus penas más antiguas brilla… Nadie que no ame sus miserias ni sea incapaz de sacar al sol sus amarguras y debilidades puede brillar.

Nadie que huya de sus miedos ni de sí mismo brilla.

No mires a los lados buscando cómplices de tu cobardía ni culpables de tu desgracia, nadie te impide brillar ahora, dejas de brillar tú porque te escondes y no das valor a lo que eres.

Tienes que estar solo porque temes estar solo. Y sólo abrazando tu soledad conseguirás sentirte siempre bien contigo mismo, acompañado por tu esencia, cerca de las personas a las que amas no por necesidad sino por el regalo de amar.

Tienes que aprender a estar solo para poder elegir libremente estar acompañado, para dejar de someterte a chantajes y relaciones a medias, para escoger con quién quieres estar y no someterte nunca más ni mendigar cariño.

Tienes que estar solo para enamorarte y amarte. Para aceptar cada átomo que hay en ti y descubrir que es maravilloso e imperfecto y que su imperfección es necesaria, útil, fantástica.

Para borrar esa mueca triste que haces cuando te ves, el asco que alguna vez has sentido por tu forma y tu necesidad de esconderla… Para conocer todas tus aristas cortantes y tus esquinas suaves y deliciosas.

Tienes que estar solo para encontrarte y asumirte. Para bucear en tus recuerdos con ojos nuevos y dejar marchar el dolor y la rabia que acumulan. Para encontrar esa parte de ti que te entusiasma y hacerla grande, enorme, inmensa.

Tienes que estar solo ahora, porque te están creciendo las alas y necesitan paz y silencio…

Para entender todos tus errores y besar todos tus aciertos… Para abrir tu mente y hacer callar a tus pensamientos más amargos y tus predicciones más terribles… Para dibujar otra vez tu camino, si hace falta, para que sea más tuyo.

Tienes que estar solo para descubrir tu magia y encontrar la forma de contagiarla, para curarte de ti y curar al mundo de sí mismo si quiere cuando aprendas a volar. Para encontrar esa persona que habita en ti y que cuando quiere no encuentra límites ni se encierra dentro de nada, para convertirte por fin en ese ser libre y maravilloso que realmente eres.

Tienes que hacerlo porque te lo debes. Porque aún no has alcanzado tu tamaño real y el mundo te espera…

Tienes que estar solo para no tener más remedio que quererte y acompañarte. Para topar contigo en todas las esquinas de tu casa y acabar abrazándote y contándote esas historias que nunca te atreviste a contar y llevas incrustadas en las entrañas esperando que las dejes salir… Para coserte las heridas y llorar mil horas, sacando pena acumulada, y riéndote de ti mismo con tantas ganas que te quedes agotado y feliz.

Tienes que estar solo para encontrar tu luz…

Tienes que estar solo para no sentirte solo nunca más.


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¿De qué va la vida?


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Creo que lo he entendido.

Esto va de sonreír aunque duela. De casi fingir que es hasta que sea… De cerrar la puerta al pasado y sólo dejar pasar lo aprendido, lo intuido y lo soñado si aún te conmueve.

Va de saltar al vacío y confiar. De apurar el día hasta que llega el momento de apurar la noche… De mirar siempre a los ojos y afrontar el reto…. De destruir todos tus escondites para cuando el miedo te tiente a retroceder y no dar la cara.

Va de descubrir que el único refugio eres tú mismo.

En el fondo lo sabía, supongo…

Hasta que no te des cuenta de que mereces que te traten bien, aparecen en tu camino mil personas que te tratan mal…  Repites la prueba, una y otra vez, hasta que la pasas, hasta que levantas la cabeza y dices basta y percibes tu valor.

Esto va de derribar muros, de tender manos. Va de abrazos y de palabras, de escuchar y mutar de piel cuando escuchas y ocupar zapatos ajenos para poder contemplar el mundo de mil formas.

Va de aprender cuando debes ser un camaleón y cuando mostrar el brillo de tus alas.

Va de desaprenderlo todo y quedarte con lo que te reconforta y lo que te reta a seguir…

Ya lo veo, ahora me doy cuenta.

Es cuando dejas de ocultarte de la sombra que sale el sol.

Cuando lo sueltas es cuando lo alcanzas…

Cuando dejas de necesitarlo,  aparece. Viene a ti, lo ves y lo notas. Sólo lo alcanzas cuando tienes claro que siempre te ha pertenecido… Si es que algo nos pertenece aunque sea un rato…

Esto va de bailar imaginando la música y caminar dibujando el camino.

Sólo cuando decides que vas a aflojar tu exigencia, cuando vas a aceptar tu imperfección maravillosa, cuando vas amar al mundo tal como es… Entonces desaparecen las ataduras, las pesadas corazas, la hormas rígidas a las que amoldarse…

Esto va de ver tan claros tus sueños que se conviertan el realidades. De darle la vuelta a todo y aferrarse a lo bueno para eternizarlo, para que se te quede tan dentro que ya nunca puedas perderlo… Va de perder para poder descubrir qué te queda, qué buscas, qué necesitas.

Sólo cuando te da igual el premio, eres capaz de ganar la carrera llegando el último.

Si dejas de perseguir lo efímero, empiezas a ver lo sustancial, lo esencial.

Esto va de atesorar tus fracasos y tropezar mucho hasta darte cuenta de que no se trata de no cometer errores sino de entenderlos, abrazarlos, amarlos.

Y a medida que caminas, amas cada paso. Porque esto llamado vida va de andar, aunque no se vea el final o lo que buscas te quede muy lejos.

Porque consiste más en encontrar que en buscar.

Sólo cuando cierras esas puertas a las que estás amarrado, se abre el techo y pasas al siguiente nivel.

Esto a de levantarse y topar con una cara amarga y reírse.

Va de acordarse de cada beso y cada arañazo. De nadar entre tiburones y sembrar entre plantas carnívoras… Y reírse, otra vez, con más intensidad.

Que no te importe si no les importas. Que te moleste si no te ven o no quieren verte.

Va de caer y alzarse a tientas… De cantar para espantar los males…

Porque es cuando empiezas a fluir que todo parece más fácil…

Esto va de llorar para vaciarse de miserias… Y reírse, hasta que se oiga al otro lado de tu conciencia esa risa pegajosa y sepas que puedes.

Cuando renuncias a lo que te limita, eres capaz de crecer, de evolucionar, de aumentar de tamaño.

Esto va de besar y seguir remando cuando las olas te escupen rabia en tu cara y el viento zarandea tu barca hasta que pierdes en sentido. Y de saber cuándo dejar de remar y dejar que el viento te lleve…

Va de quemar naves para estar obligado a quedarse en tu vida para cambiarla si no te gusta.

De vencer  sin pelear, con palabras y conciencia, de  llevar la contraria cuando nadie más se atreve. Va de ser tú mismo hasta las últimas consecuencias… Sin sufrir, sin amargar, sin sujetarse al dolor y quedarse atrapado en él.

Esto va de rodearte de personas  que hacen magia. Que te guían para que veas tus errores pero que nunca  te permiten morar en ellos…

Esto va de amar.

 


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Crucemos la línea roja


No nos damos cuenta, pero todo está cambiando. El mundo en que vivimos da un giro y debemos saber aprovecharlo para mejorar nuestras vidas. Ha llegado ese momento en el que debemos apostar por lo que queremos y dejar que nos muevan nuestros sueños. La personas reclaman tomar las riendas de sus vidas, aunque no se han dado cuenta aún… La insatisfacción por vivir en un mundo donde eres lo que tienes les está desbordando y en su interior hay una lucha por levantar la cabeza y decir que no; que no son lo que tienen, que son lo que buscan, lo que anhelan, lo que sueñan.

Parece que todo se tambalea porque por primera vez en mucho tiempo estamos empezando a cuestionarnos algunas cosas que parecían sagradas. Estamos perdidos, porque aún no hemos visto todo el potencial que tenemos… En realidad es porque empezamos algo grande y distinto. Somos como el niño que inicia sus primeros pasos, cae y se golpea, tiene miedo, pero algo en su interior le impulsa a continuar porque sabe que andará, que puede, que debe hacerlo para conseguir ser autónomo.

Nosotros somos como él. Estamos en una sociedad que se plantea ser mayor, asumir retos como adultos y cambiar las normas para que todos tengan oportunidades.

A veces, parece que aún tenemos ese miedo inculcado durante siglos por algunos poderes fácticos que intenta aplastarnos las ideas y evitar revoluciones. Hemos incorporado en nuestro ADN el temor del siervo que llevo el tributo al señor feudal y suplica que le deje alguna gallina para tener con qué alimentar a los suyos. Ahora llega el momento en el que las personas van a ser dueñas de su destino. Todo ha explotado y va de dar el giro. Vamos a decidir qué queremos ser cuando seamos mayores.. Tenemos la capacidad de escoger qué queremos y elegir camino… Y si no hay ninguno que nos plazca, fabricarlo.

Llega el momento de cuestionarlo todo. Empezando por aquello que más nos asusta y más prohibido hemos tenido siempre. Cada premisa, cada refrán que nos aleja de lo que deseamos y soñamos, cada espacio vedado a nuestro paso, cada rincón oscuro donde siempre se nos ha dicho que el acceso está restringido. Estamos a punto de salir de nuestra macrozona de confort de forma colectiva, pero no lo sabemos. Casi no nos atrevemos a pensarlo porque no nos han educado para creerlo, para imaginarlo. Lo haremos de forma individual. Algunos porque ya no soportan más la jaula que ellos mismos han construido a su alrededor. Otros porque han encontrado la llave de la habitación prohibida. Muchos porque con la crisis han salido de su letargo y se han dado cuenta de que no escriben su futuro o se lo escribirán otros y, conociendo como lo hacen, ya saben que no será una versión que les sea útil ni favorable.

Llega el momento de cambiar el mundo. Con palabras. Con gestos. Con complicidad. Con talento. Con osadía y cierta imprudencia. Sin golpes, ni malas miradas, sin reproches…

Sólo nos hace falta el valor de creernos que valemos la pena. Pensar que aquello que hemos creído imposible hasta ahora, porque nos han insistido en que así era, tal vez esté equivocado. Tendremos que preguntar mucho, hasta la impertinencia. Nos hará falta el valor de decirnos a la cara verdades rotundas, como puños, algunas de ellas nos harán remover las vísceras y nos salpicarán la conciencia como nunca… Deberemos mirar dentro de nosotros con honestidad y dándonos cuenta de todos nuestros prejuicios, sobre nosotros y sobre los demás. Poniendo en tela de juicio por qué a veces no somos como soñamos, releyendo el pasado y teniendo la osadía de mirar al futuro con otros ojos… Con los ojos de ese niño que se da golpes al empezar a caminar pero que aún no sabe que hay cosas que tiene prohibidas. Y tener el valor de plantear alternativas y escribir un guión nuevo para cada escena que no nos haga sentir plenos. Y sobre todo, imaginar, crear, sin parar. Que donde no llegue el esfuerzo, llegue la temeridad de pensar que nada está fuera de nuestro alcance. Porque sólo con imaginarlo y sentirlo, seremos más capaces.

Ha llegado el momento de sacarnos la nube que llevamos en la cabeza y que no nos deja pensar más allá de nuestros miedos. Algunos de ellos son propios y otros importados de una sociedad que ha hecho todo lo posible para que no exploremos nuestro potencial y nos creamos prescindibles para que no se nos ocurra encontrar alternativas. Para que no salgamos el decorado y encontremos el mundo real. Para que no a hurguemos hasta topar con otras realidades que nos lleguen al alma… Para que no descubramos que cuando no estamos atados y sumisos, somos inmensos. Para que no descubramos que cuando queremos no tenemos límites.

Para no tener nunca más la sensación de que no lo merecemos… Para poder tocar la excelencia en todos los aspectos de nuestra vida y saber que lo que buscamos ya nos pertenece.

Tenemos que atrevernos a cruzar la puerta. Traspasar la línea roja, a ver qué pasa. Dejar de pedir permiso por no ser como otros desean. Dejar de lamentarnos por no tener el valor de ejercer de nosotros mismos. Salir del armario de nuestras propias negaciones. Caminar por la cuerda floja. Mojarnos al pasar por el lodo. Caernos y ensuciarnos.  Mirarnos en ese espejo interior donde todo son verdades cruentas y maravillosas… Y descubrirnos para querernos tal como somos, con nuestros talentos y nuestras deliciosas debilidades… Sin edulcorantes ni siliconas, sin tener que ajustarnos a unas medidas concretas ni aceptar sueños prestados, para creer en nosotros, para no estar nunca más pegados a una versión mediocre de nosotros mismos…


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Darle la vuelta al mundo


Hace un rato he estado charlando con una persona increíble. Hay tantas personas increíbles, algunas, como ella, ignoran aún en su totalidad lo maravillosas que son.

Hemos hablado de “discapacidades” y problemas físicos. De lo difícil que es a veces sobreponerse a los tabús de esta sociedad que no ve más allá de la superficie. ¡Cómo son las palabras! Yo siempre digo que curan, pero a veces son mordiscos, arañazos, losas que nos pisan las ilusiones, que nos meten en recuadros, que nos ponen un número y nos colocan en un catálogo. Las palabras pueden llegar a bloquear a las personas porque se transforman en emociones negativas y nos aniquilan por dentro. De eso hemos hablado…

¡Qué repugnantes algunas palabras cuando se usan para limitar a las personas! Cuando se usan para cerrar puertas y, aún peor, cerrar mentes y obligarnos a que todo sea hastiosamente gris y estandarizado, asqueantemente “normal” como dicen algunos…

Lo normal es enemigo de lo mágico, de lo maravillosamente distinto, de lo deliciosamente extraordinario… La rarezas nos obligan a cambiar y dar pasos de gigante… Los grandes remedios y descubrimientos de la humanidad los han llevado a cabo los raros, después de probarlo todo mil veces y acabar rompiendo moldes, superando patrones… Dejando la normalidad a un lado y el miedo encerrado en un armario.

Por eso, cuando nos hemos puesto a hablar con esa persona maravillosa de su discapacidad, he pensado que era imposible que ella pudiera definirse con esa palabra. ¿Discapacitada? ¿por qué? ¿quién lo decide? ¿cómo se mide la capacidad? ¿cómo se mide la belleza?

Si me falta una pierna ¿soy menos persona? ¿y un brazo? ¿y si… ? Si soy bajo, gordo, si voy en silla de ruedas, si no oigo o no veo, si no llego a resolver los grandes paradigmas matemáticos, si no encuentro las palabras necesarias para explicarme a veces, si no tengo memoria, si queda claro que no descubriré la penicilina, si no me puedo mover porque mi cuerpo está atenazado por el dolor… ¿soy menos que otros? ¿menos que quiénes? ¿Que los que no saben amar? ¿Que los que no saben perdonar, ni valorar a los demás, ni aprender de sus errores? ? ¿quién pone las normas para decidir qué seres humanos merecen la pena y cuáles no?

Lo digo porque la persona con la que estaba hablando, con una discapacidad, se había superado tanto a si misma que si tuviera que definirla jamás usaría esa palabra terrible. La llamaría genio, sabia, magnífica, fascinante…

Alguien que nos puede dar lecciones de todo. Lecciones de vida. Y me hablaba de algunos que la habían rechazado por los problemas físicos generados a causa de su enfermedad… Esos sí que son discapacitados, discapacitados emocionales. Personas sin capacidad para entender y empatizar, sin posibilidad de ver más allá de la superficie ni ganas de explorar lo mejor que le pueden ofrecer otros seres humanos… ¡Qué pena! Debe tratarse de personas “normales”. Ese tipo de personas que nunca ha cruzado la línea de lo mágico, de lo que no está escrito ni preparado, que nunca se ha dejado llevar ni ha asumido sus rareza. Personas que se creen perfectas y que ignoran que la perfección, de existir, sería de todo menos deseable.

Todos somos discapacitados. Todos somos imperfectos y nos equivocamos. Todos andamos a ciegas en algo y necesitamos ayuda para hacer mil cosas. Todos tenemos faltas. Todos caemos. Todos tenemos defectos… Aunque nada de todo esto es lo que nos define, lo que nos convierte en personas válidas es la forma que tenemos de vencer esas vicisitudes, de plantar cara a los problemas y superarnos. Lo que nos hace mejores es la inteligencia que nos lleva a hacer de nuestros defectos pequeños trampolines para tomar impulso y crecer.  Una inteligencia que va más allá de repetir fechas y nombres, la inteligencia de los que saben soñar y sentir. La inteligencia de los que saben escuchar y no arrasar con los demás… La inteligencia de los generosos y los humildes. La inteligencia de los que saben perdonar y quieren conocer.

A veces, lo que nos falta, actúa como estímulo para darnos un talento extra si sabemos no rendirnos… Nuestros defectos nos ayudan a madurar. Lo que creemos que nos convierte en discapacitados, en realidad, nos hace ser grandes. Lo que a ojos del mundo podría hacernos “no válidos” nos transforma en seres prodigiosos… ¿Qué importa lo que diga el mundo que somos? ¿qué más da lo que diga un papel que podemos o no podemos hacer? Somos más que un informe, que una categoría o un síntoma. Somos más que una patología o su consecuencia. Llevamos en nuestro interior algo que no se mide ni cataloga, que no se vende ni se encierra… Somos más que nuestras circunstancias porque cada día las superamos y damos un paso más allá de lo que está escrito que podemos hacer.

Salimos de los esquemas. Rompemos moldes y prejuicios. Saltamos lo que era insaltable y llegamos a donde nadie creía que éramos capaces de llegar. Superamos metas inalcanzables y borramos los límites que alguien que no nos conoce había dibujado para nosotros. Somos ilimitados. Somos lo que podemos imaginar. Lo que podemos soñar. Lo que hemos decidido que queremos tocar y disfrutar. Y nuestras discapacidades son el impulso, la energía, lo que nos llena del ímpetu necesario para construir alternativas, para reírnos de lo que dicen las normas y los catálogos… Para salir del mapa reducido y limitado que otros han trazado y que parece nunca podíamos abandonar.

Sólo hay que darse cuenta del valor que llevamos dentro esperando a ser mostrado y compartido y no dejarse encarcelar por las palabras, ni por las personas que no saben ver más allá. Porque lo merecemos… Para que los que esperan poco de nosotros vean que se equivocan,  llevémosles la contraria a los que sólo ven nuestras discapacidades, salgamos del mapa que se nos queda corto y démosle la vuelta al mundo…


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Suplicando lluvia…


Siempre esperando… Y no es nunca el momento. Hoy porque es ya tarde. Mañana porque el sol brilla con demasiada intensidad. De día porque hay mucha gente. De noche porque tienes sueño.

Y en la vida nunca te pasa nada, porque no haces nada para que te pase.

Caminas en circuito cerrado. Respiras aire viciado. Comes lo mismo al mismo ritmo, el mismo día de la semana y mientras pruebas ese sabor conocido piensas lo mismo y llegas las mismas conclusiones. Te tragas los mismos problemas y te haces las mismas preguntas para llegar a las mismas respuestas. Notas la misma punzada en el pecho que te dice que retrasas el reloj de tu vida pero que tú decides interpretar como “estoy cansada”. Siempre a la misma hora, tras el mismo gesto, después de mirar las mismas caras y esperar que algo nuevo pase y te salve del recorrido que te espera, que es el mismo de siempre. Te sientes minúscula, remota, aislada.

Y sueñas que cae un rayo y que diluvia y el camino se inunda y tienes que tomar un camino distinto y juegas a imaginar qué pasa entonces y quién se cruza a tu paso… Esperas que la naturaleza haga lo que tú no te crees capaz de hacer… Cambiar de recorrido, de pensamientos, de rostro, de mirada… Romper con una rutina que te atraganta y te bloquea el alma. Encontrar un rostro nuevo que te diga lo que nunca has escuchado y que su voz te transporte a un lugar que nunca has conocido para sentir algo que jamás has sentido.

Y el rayo no cae, el sol dibuja sus sombras por el camino de siempre y sueñas lo mismo, sueñas que sueñas y que te atreves, que das la vuelta y todo cambia. Que pasa algo inesperado, que te cruzas con tu destino y te pone buena cara. Que cuando pasa a tu lado, te roza la blusa y te sonríe, mientras esbozas tu cara de sorpresa y te sientes especial e inmensa. De una inmensidad encapsulada porque todo es ficticio y nada de eso pasa, nada se nota ni te cala el vestido de siempre.

Sueñas que puedes. Que rompes. Que rasgas. Que puedes arañar un poco esa capa de monotonía que cubre tu entorno y circunda tu vida un metro y medio y hace que nunca pase nada, nada de eso que quieres que pase… Eso que ni siquiera te atreves a nombrar porque no quieres admitir… Porque si entonces no podrías soportar que no tocarlo, no verlo, no olerlo… Sueñas que tienes agallas, que tienes ganas, que te sueltas  y caes rondando sin importar a dónde…

Sueñas que bailas. Sueñas que tu rostro se inunda de carcajadas. Sueñas que arrasas. Que dices lo que piensas y siempre callas… Sueñas que ya nunca más te quedarás quieta esperando que pase lo que deseas.

Aunque sigues andando por tu calle de siempre devorando los minutos y sigue sin pasar nada, porque tú no haces eso que deseas, no te mueves. Porque llevas años, siglos sin moverte más de lo puramente necesario para compensar la gravedad y el asco. Y el rayo no cae, no llega la tormenta, no te lleva la corriente y sigues estancada.

Siempre esperando algo que nunca llega y nunca cambia nada. El camino se hace estrecho y tu cabeza da vueltas a las mismas ideas con las mismas palabras. Posas tus ojos en las mismas flores, reposas tus pies en las mismas baldosas donde las mismas bailarinas burlonas de siempre dibujan extrañas figuras y se ríen en tu cara…

Asqueada de tanta cordura, de tanta moderación y cautela… Harta de una sensatez sin substancia, sin sabor, sin placer ni alma.

Eternamente cansada de estar cansada.

Eternamente triste de estar triste.

Eternamente rota por estar siempre rota.

Eternamente prudente y casi desquiciada.

Eternamente decepcionada. Con la vida y contigo misma por no hacer nada, por no cambiar en nada. Por ser incapaz de llevar la contraria y pedir. Por no dejar de ceder. Por no amar como mereces. Por no negarte a llevar la carga… Por no cerrar esa puerta que hace tiempo que debiste dejar de cruzar. Por no decir no, por estar en silencio sin levantar la voz ni ser capaz de reclamar el pedazo de alegría que te corresponde.

Eternamente frustrada por no saber equivocarte, por no atreverte a saltar y no tener el valor de quedarte a la segunda parte de nada, por no tener valor de tomar el atajo o surcar el lado desconocido de tu vida insulsa.

Eternamente condenada a no cambiar, a no brillar, a no destacar, a no sorprender, a no ser origen ni destino de nada,  a no crear ni modificar, a no escandalizar… Escondida, recóndita, enclaustrada en tu propia cabeza y en tu mínima capacidad por quebrantar las normas que te atan.

Eternamente asqueada porque el rayo no cae y no hay excusa  que te salve de la amargura acumulada… Y te sientes incapaz de fabricarla. Suplicando que llueva… Y que la lluvia te cubra y arrastre a dónde deseas ir. Anhelando que el diluvio te lleve donde tu cobardía y tu escasa osadía no te dejan…

mujer-tormenta


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La medida de tus sueños


A veces no te acuerdas, pero tu vida es tuya.

Tú decides. Tú eres quién escoge si va o si viene. Tú eres quién apuesta por pasarse o quedarse corto.

A menudo, nos dejamos llevar por nuestras emociones antes de explorarlas y sentirlas. Antes de saber qué significan y por qué llegan a nosotros en ese momento preciso. Nos preocupamos por cerrar puertas antes de que se abran. Nos agitamos porque nos insultan personas que ni siquiera nos conocen.

No importa que te digan que no sirves o que sobras, porque ellos no deciden quién eres. No saben qué puedes llegar a conseguir ni qué se mueve en tus entrañas… No saben qué te hace feliz.

A menudo, cedemos a chantajes antes de que se nos planteen. Hacemos de centinelas vigilando fortalezas que tal vez nunca nadie asalte. Nuestros miedos nos asedian y derriban. Se nos comen las alegrías y empañan nuestras experiencias. Nos atan, nos enjaulan, nos impiden nadar más allá de la orilla.

No importa que otros te cierren la puerta o se rían en tu cara, porque tú llevas el timón de tus emociones y puedes educarte para gestionarlas y aprender de ellas. ¿Qué valor tienen sus opiniones para ti si su modelo de vida dista tanto del tuyo?

No importa que te aparten, ellos no deciden tus pasos ni vetan tus sueños. No importa que te vean diferente… Eres diferente, por suerte.

A menudo, nos soltamos después de aguantar mucha rabia, abrimos compuertas y sacamos toda zozobra acumulada. Teñimos de negro nuestras miradas, afilamos nuestras lenguas para clavarnos en algunas yugulares… ¿De verdad queremos rebajarnos a su altura? Entramos en su marasmo de gritos, en esa masa amorfa repleta de reproches y movimientos en círculo… Un amasijo de negatividad y falta de empatía. Nos convertimos en caballos desbocados. Nos disfrazamos de tiburones pensando que así podremos nadar entre ellos y conseguir que nos acepten…

No importa que te castiguen con indiferencia, porque no soportan sus existencias vacías y no sepan soportar sus horas más lúgubres. Ellos no te poseen. Ellos no dictan tus normas. No tienen más capacidad para oprimirte que la capacidad que tú les concedes. Nadie manda en tu vida más allá de lo que tú le permites que mande.

¿Qué más da que te cerquen e intenten controlar tus palabras? Tú controlas tus pensamientos y mueves tus labios. Tú seleccionas a qué le da vueltas tu cabeza y en qué focalizas tus energías. No le concedas el privilegio de que ellos  y sus ideas estén entre tus prioridades…

¿Por qué dejar que nos cambien si no es para mejorar?¿Por qué permitir que nos contagien su apatía y su reducida forma de ver la vida?

¿De verdad es tan importante que  los que no tienen retos valoren tus retos? ¿por qué necesitas que pongan límites a tu realidad si su realidad es tan reducida? No perdamos tiempo pensando qué piensan. No perdamos tiempo intentando entender por qué son como son. No les juzguemos ni valoremos…

No importa si ladran, tú escoges lo que escuchas.

No importa si te miran con ojos inquisidores, sus pupilas no te arañan si no les dejas. Que no te digan qué debes soñar aunque se mofen de tus ilusiones.

No importa si no te consideran a su altura, ellos no tienen criterio para medirte y tasarte. Porque tu valor va más allá de un número o una apariencia. Porque no miden lo que nos pasa en la vida de la misma forma que tú… No lloran por lo que tú lloras, no ríen por lo que tú ríes. No son felices con las cosas que a ti te hacen feliz… Siendo así, casi mejor que no te admiren, que no te aprecien, que no te digan lo bueno que eres si su forma de ver la bondad te hastía.

Si sabes lo que vales, ¿qué más da si ellos te infravaloran y menosprecian?

¿Por qué abrir la puerta a sus pensamientos en tu cabeza? ¿por qué dejar que sus valores desplacen a tus valores? ¿por qué dejar que sus críticas entren en tus resortes? ¿Qué más da que piensen que no tienes talento si sus parámetros para valorarlo no son como los tuyos?

No importa que te recorten, sólo tú te recortas cuando dejas que sus palabras te hieran. No te dejes llevar por sus miedos. No lleves las etiquetas que ellos han decidido colgarte… No te abandones a sus prejuicios.

No importa que digan que no, si tú sabes que sí y luchas hasta conseguirlo.

No importa que no te entiendan cuando les digas que no te importa lo que piensan. Tú eres quién escoge la medida de tus sueños. No les des el poder de escoger por ti…