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la rebelión de las palabras


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Lo que importa de verdad…


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Son las 9 de la mañana. Mi madre me escribe. Está lejos. Tiene que salir de casa para ir al farmacia… Una pequeña odisea ahora para ella. Tantas cosas a tener en cuenta para no fastidiarla y llevar a casa al bicho sin querer… Va a buscar las medicinas para mi padre, ha esperado todo lo que puede para evitar salir pero ya no da para más… La siento muy lejos, muy lejos. Le pido que tenga mucho cuidado, no puede permitirse descuidos. No puede permitírselos nadie, pero ella menos. Aunque nadie sabe. Hay tanta información, tanta basura que se comparte cada día y que nos mantiene encogidos y asustados… Ella me contesta, en su tono de voz se nota que está triste por todo esto y está asustada, muy asustada… Secuestrada como todos por esos pensamientos recurrentes que huelen a dolor y a tragedia y que nunca ayudan… Demasiado para ella, demasiado para todos.  Sin embargo, me dice algo que me deja perpleja y me revuelve por dentro…

“No te preocupes por mí (dice serena), iré protegida, pero si pasa algo es que mi alma ha decidido marchar”.

Me quedo rota. Llevo días gestionando emociones y mirando dentro… Llevo años mirando dentro de mí para aprender a ver este mundo con compasión y dejar de sentir esos arañazos intensos que antes sentía en mi alma. Digo alma, espero que no te moleste, pero yo creo que tenemos una… Diré más, siento que está conectada con la tuya, seas quien seas, estés donde estés. Estoy gestionando esto como puedo, se supone que sé cómo y que incluso acompaño a otras personas a hacerlo, y tengo grandes momentos de encuentro conmigo misma, pero tengo miedo, como todos, lo reconozco…

Estamos tan lejos de lo que amamos… Ahora nos damos cuenta… No controlamos nada, sólo podemos escoger cómo respondemos a la vida y si al responder, sin querer, nos hacemos daño intentando golpear una pared o usándola para reconocer nuestro valor.

Las palabras de mi madre me hacen… Iba a decir pensar pero diré sentir. Vivimos sin vivir. Vivimos mirando al retrovisor y con la cabeza pensando en aparcar el coche, en quedar bien para que nos miren bien, en conseguir más dinero, en tener un día libre para desalojar de nuestro cuerpo este cansancio eterno que nos acompaña porque no somos lo que somos realmente… Y apuramos esas horas libres en la esclavitud mental de contarlas, de necesitar que sean más porque vivimos una vida de la que siempre estamos esperando hacer vacaciones porque es insoportable.

Vivimos sin vivir mientras esperamos que llegue el día que podamos vivir mejor, a base de dejarnos el hígado en la carretera, en la oficina, ante el ordenador y de tener el corazón en un puño porque a veces parece que se nos para… Vivimos a base de sacar la lengua por agotamiento y perder el norte, un norte que ni siquiera sabemos qué es.

¿Cuál es tu norte? ¿Qué necesitas realmente en tu vida? ¿Qué deseas sentir? ¿Qué sientes de verdad? ¿Estás consciente en tu vida o vas en piloto automático?

Las palabras de mi madre me hacen pensar en lo que realmente importa. Y no es lo que pensamos que importa. No es lo que pensábamos que importaba hace un mes, hace unos días, es otra cosa…

Nos hemos atiborrado de chorradas mentales prefabricadas y nos hemos creído que importaban, pero no era cierto…Lo ves claro cuando lo que realmente importa está al filo del abismo, en plena noche oscura. Cuando el canto de río de la suerte que llevas en el bolsillo desde hace años se precipita por el acantilado te das cuenta de que la suerte no estaba en él sino en ti… Cuando alguien te dice que asume su vulnerabilidad de forma completa y rotunda, te das cuenta de lo vulnerable e indefenso que estás y de que justo en aceptar esa indefensión está tu fuerza.

Cuando todo se desvanece, te das cuenta de que has hecho el tonto intentando parecer lo que no eras… O como ya dije hace unos días, cuando lanzas la moneda al aire, es cuando sabes si quieres que salga cara o cruz… Hasta entonces, vives en tu noche mental. Atrapado en una vida que se parece a la vida pero es un sucedáneo estéril que sólo te lleva a tragar momentos sin notarlos y engullir noticias para sentirte más triste, más asustado, más presa de todo y de todos…

Lo que importa está contenido en este momento. Es esta sensación de caer sin saber a dónde te llevará esta caída sin red y notar que estás contigo. Que por fin has visto que te estabas perdiendo el primer plato mientras soñabas con el postre, que no hay nada que llene ese enorme vacío en tus entrañas salvo tú mismo… Que la noche que ahora ves en tu ventana no es más que el reflejo fiel de la noche que llevas dentro y que hace tiempo que finges que no ves.

Nos hemos tragado una versión de la vida fast food, adornada con falsos halagos, sujeta a unos resultados que ahora ya no importan y se quedarán borrados de nuestro disco duro mental… Hemos estado haciendo méritos para ganar una carrera que ya no se va celebrar y mientras hemos dejado lo que realmente nos hacía sentir vivos de lado…

Hemos dejado de sentir y de caminar por caminar. De hacer el ridículo por si alguien nos veía y se hacía una imagen de nosotros que parecía más real que nosotros mismos… Hemos dejado de escuchar la música… Hemos dejado de contar pecas y dar besos por el puro placer de dar besos y no como algo pendiente antes de contestar un whattsapp… Hemos dejado de mirarnos a los ojos unos a otros porque sabemos que no nos miran por lo que somos sino por lo que nos falta.

Y ahora, añoramos abrazos y nos sentimos lejos de todo y de todos… Tal vez para poder así mirar dentro de verdad… Encontrar el norte, el de verdad… Dejar la carrera y dar pasos hacia lo que nos importa de verdad… Para no tener más remedio que descubrirnos y saber quienes somos y amar lo que encontramos ahí dentro.. Nuestras miserias y miedos, nuestras sombras, nuestros estupideces y nuestros complejos absurdos… Para sentirnos libres de no volver a competir por parecer, por ganar nada que en realidad no queremos ganar pero pensamos que sí porque en el fondo es una imitación barata de esa autoestima que realmente necesitamos…

Ahora podemos ver lo que importa de verdad y dejar de mirar al dedo para poder ver la luna… Caminar sin buscar a dónde nos lleva este camino, sólo caminar a ver qué pasa. La vida es a ver qué pasa… Y ya vemos qué pasa ahora.

Lanzad vuestra moneda al aire y antes de que caiga sabréis si queréis cara o si todavía seguís peleando por la cruz y creyendo que vuestra dignidad y felicidad depende de un resultado. Todo eso ya no tiene sentido ahora.

Gracias por leerme.

Normalmente aquí te cuento lo que hago y me promociono.

Hoy sólo quiero decirte que estoy aquí… www.merceroura.es  y enviarte un abrazo, uno del tipo que todavía nos podemos permitir, virtual.


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Sacar a la “gorda” del armario


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Esta soy yo,  queda claro que no me sobran 500 kilos… Foto : Mercè Roura

Este es tal vez uno de los post que más me cueste escribir y sobre todo publicar. Me pasé media vida escondiéndome para que nadie me viera y la otra media en primera fila para demostrar que todos se habían equivocado al menospreciarme. Y todo eso siempre estuvo solamente en mi cabeza.

Ahora voy a desnudarme mucho y a contar algo que he estado meditado mucho si debía contar. No quería que mis palabras fueran una rabieta o una venganza y, sobre todo, no quería que fueran una vez más una excusa.

El caso es que hace unos días uno de mis amigos de Facebook me envió un mensaje diciéndome que “cómo me atrevía a dar lecciones de entrenamiento mental cuando pesaba 500 kilos”. Me quedé realmente extrañada, puesto que se trata de una persona que publica sobre espiritualidad y autoconocimiento, sobre no juzgar a los demás y respetar. Aquello me parecía una gran incoherencia, la verdad. Los primeros en discriminarnos somos nosotros mismos… Somos nuestros más crueles y despiadados jueces y verdugos. 

A estas alturas de la película de mi vida, ya no hago caso a según qué comentarios (no me acostumbran a decir cosas así) pero esta vez sentí una punzada y quise comprender qué decía esto de mí. No son sus palabras desafortundadas sino lo que yo sentía sobre ellas, si me las creía o no. Hace años, este comentario me hubiera roto la vida, ahora me permito observarlo y sentirlo, comprender por qué a pesar de ver que esa persona y yo no estamos en sintonía, hay algo en ello que me molesta. Me sentí irritada, no por el comentario en sí ( o tal vez sí, lo admito, no es agradable que te hablen así) sino por su osadía y falta de respeto. 

Empecé a caer en la tentación de explicarle (qué ilusa) que los kilos que me sobran no son fruto de atracones a la nevera sino de una enfermedad auto-inmune que ataca a mi tiroides. Entonces me di cuenta de que hacer eso sería caer en su trampa… ¿Y si así fuera qué pasa? pensé en todas las personas que hacen eso y que les cuesta mucho evitarlo y me sentí cerca de ellas. No soy una entendida en el tema y este post no va de grasa, ni de medidas, va de amor, de respeto y de dignidad. Y no quería juzgar a nadie excluyéndome de nada. No tenemos que justificarnos, sólo respetarnos. Fuera culpas ya de una vez por todas… 

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Foto : Mercè Roura

Y si comiera más de lo que quemo, ¿Qué pasa? ¿Eso hace que no merezca respeto? ¿Somos personas o somos etiquetas? ¿No hemos dejado el Instituto? Hay gente por ahí siendo adicta a mil cosas. Dependiente del móvil, de una amigo, de una pareja que les controla o a la que controlar, de los likes en las redes, de algunas substancias que les perjudican, de machacarse en un gimnasio… Todos, absolutamente todos, tapamos el vacío de nuestro desamor con algo. Buscamos un sucedáneo de nuestra autoestima para poder soportar el dolor e ir por ahí sin que se nos note tanto. Y como nuestro sufrimiento es inmenso, nos permitimos ir por la vida señalando a los demás con el dedo porque no son como unas normas estúpidas han decidido que debemos ser. Eso nos hace mitigar el dolor de forma momentánea, pero luego vuelve.

Insisto, este post no va adelgazar ni de engordar. Lo digo porque alguno me dirá que hay que comer sano y hacer ejercicio. Estoy de acuerdo, totalmente, pero todo eso que es muy necesario, no sirve de mucho si mientras lo haces te tratas como si fueras basura a ti mismo. Si cuando te subes a la báscula y no has conseguido bajar de peso te sientes fracasado, indigno en una sociedad que te exige cada día más, eso te hunde.  El que se ama se cuida, se trata bien y se valora. Adelgacemos para vivir mejor y estar sanos, no para que los demás nos quieran o acepten. 

Una de las cosas que más me impactaron del comentario de mi espiritual ex-amigo de Facebook que me considera una foca (por cierto, no me sobran tantos kilos, de verdad y no he podido resistirme a decirlo ) es que me envió fotos suyas mostrando músculo de lo mucho que se entrena cada día y vendiéndome su perfección física.  Lo vende como entrenamiento mental y dice que él si puede dar lecciones porque sabe más que yo de todo esto. Curioso, yo llevo años trabajando mi autoestima  y lo que tengo claro es que todavía no sé nada.

Desistí de hacerle comprender que era el músculo de la empatía y la compasión  el que más tenemos que entrenar porque es importante que no nos quede flácido  y no le dije nada más. No quiero dar lecciones. Pensé que alguien que se entrena tanto para ganar músculo y demostrarle al mundo lo machote que es, en el fondo,  está igual de hundido que yo. Y al igual que yo, necesita que los demás le reconozcan y aprueben. Quién sabe si él también tiene también que tapar el enorme vacío que lleva dentro. Entonces, como hacemos todos, mira afuera y me ve a mí y le molestan mis supuestos 500 kilos de sobrepeso porque le recuerdan lo mucho que le falta para llegar esa perfección inalcanzable que cree que el mundo le reclama… Ya se lo dije, la basura que ves en mí es toda tuya, amigo, disfrútala a tope.

Nos molesta que los demás no hagan lo que nosotros (por elección propia) nos obligamos a hacer. Les criticamos y juzgamos. Por ello hay tantas personas que critican y se obcecan con que los demás sigan un modelo de vida que ellos consideran ordenado y correcto, porque se reprimen mucho y no pueden soportar que otros vivan como desean. Cuando te esclavizas, la libertad ajena te parece insoportable. Les damos tanto poder  los demás sobre nosotros al creernos sus ofensas… Las hacemos reales. 

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Reconozco que he usado algunos filtros de belleza para las fotos, ni siquiera Barbie es perfecta. Foto : Mercè Roura

Sin embargo, quiero ir a lo que sentí.  Quiero ser muy sincera… Sentí rabia, sentí pena, sentí asco… Sentí la necesidad de explicarle lo equivocado que está y lo disciplinada que soy (curioso que alguien crea que no lo soy, cuando mi principal problema en la vida siempre ha sido mi autoexigencia, mi rigidez, mi sensación de culpa por no hacer más y mejor). Le hubiera gritado un buen rato (cuando sale de mí la fiera que llevo dentro es maravillosa, inmensa, rotunda, ancestral) y le hubiera dicho que no tiene ni idea de nada y que justo hace lo contrario de lo que predica… Entonces, me di cuenta de que no hacía falta. Que haciendo eso entraba en su juego y le juzgaba (de hecho, lo acabo de hacer aquí, pero no pasa nada, no soy perfecta y me equivoco mucho). Y esto solo acaba en una espiral de rabia y asco que te lleva a más rabia y más asco y te deja vacío… Caemos tanto en la trampa de excusarnos y disculparnos por cómo somos, caemos tanto en culparnos por no ser como nos han dicho que deberíamos… Ya basta de eso, no tiene sentido.  Usemos esa fuerza que se nos va por la boca para amarnos. 

El caso es que he dado muchas vueltas sobre si escribir esto o no. No quería que fuera un consuelo y una vía de escape. Durante años me he avergonzado mucho de mi misma, de mi físico. No por “gorda” o flaca, sino por mi baja estatura. Eso no puede entrenarse, amigo… Me he pasado años intentado demostrar al mundo que era válida, como si ofreciera siempre un plus para que los demás perdonaran mi insignificancia, mi poco valor, mi imperfección… Y la verdad es que nunca sirvió de nada cada cima conquistada, ni cada medalla, ni cada mérito, ni cada título, porque siempre necesité más y más. Porque el vacío enorme de nuestro desamor no se tapa con reconocimiento ajeno sino propio. Eso sí que se entrena cada día.

No quería que esto fuera una venganza (no diré su nombre, no importa) y no quería ser una víctima y mendigar pena.

Me he dado cuenta de que explicaros esto me daba tanto miedo y tanta vergüenza que debía hacerlo… Que es todo lo contrario de lo que he hecho toda mi vida, esconderme y ponerme a demostrar, a exigirme ser todavía más perfecta. Tal vez, el comentario del hombre musculoso que tanto se entrena para ser perfecto llega ahora porque estoy preparada para culminar una etapa de mi vida, para abrazar lo que soy (con los brazos me alcanzo, de verdad) y decidir que el respeto por mí misma está por encima de todo.

Escribo esto como homenaje a la “gorda” (con perdón, uso esta palabra porque quiero que deje de ser una etiqueta vergonzosa y estigmatizada para mí) y al Ser increíble que está en mí y que soy yo… Un Ser como el vuestro, que no pesa, no se mide, ni necesita ser aceptado… Es una exposición pública de lo que soy, una forma de decirme en voz alta que me quiero tal como soy. Una forma de dejar de mostrar sólo mi lado más correcto y mostrar el lado vulnerable, porque ya no me importa si gusta o no gusta. Escribo esto porque nunca antes lo hubiera contado y ahora siento que puedo, por ella, por mí, porque quiero soltar esa vergüenza.

Este post es una forma de dejar de censurarme… Es un homenaje a todas esas personas que se sienten criticadas por ser distintas y a veces se ven señaladas con el dedo y no respetadas por una sociedad que está tan enferma y desquiciada que culpa a otros para desviar la mirada de ella misma. Que ha creado modelos de vida imposibles y finge en lugar de vivir. A mí me ha pasado muchas veces, construirme una vida no para ser vivida sino escenificada… Para ser mostrada y aprobada, para recibir el visto bueno de otros, pero una vida falsa, vacía, llena de todo lo que no te sirve de nada.

Cuando miras el parche que tapa tu herida y ves que sigue supurando, entonces, te das cuenta de que todavía duele más que si la muestras y dejas que cicatrice… A veces ese parche es comer demasiado o no comer casi nada  y otras ir dando lecciones a los demás sobre coherencia cuando tú te machacas sin parar para satisfacer a una sociedad hipócrita.

No importa cómo eres. Eres maravilloso, todos los que intentan hacerte creer que no, sólo ven su miedo y su basura en ti, sólo intentan desviar su dolor y su culpa hacia a ti porque no soportan mirarse a ellos mismos. Ponen una diana en ti para que nadie la ponga en ellos.

Por eso he decidido mirarme y aceptarme. Con o sin 500 kilos. Vulnerable y rota o entera y firme. Soy yo. Esta que os habla soy yo, desnuda y sincera.

Escribo esto porque me da miedo y me da vergüenza, amigos y amigas. Este es mi mejor entrenamiento, acercarme a lo que molesta y a lo que me asusta. 

Esta es mi forma de salir del armario. De sacar a pasear a “mi gorda” y decirle que es maravillosa digan lo que digan, porque nadie es lo que pesa, ni lo que mide, ni lo que tiene, ni lo que ha conseguido, ni siquiera es lo que hace, es lo que es…

Escribo esto para que personas de un valor incalculable no caigan en creerse que no valen nada porque no alcanzan una cifra, un número, un peso, una talla, porque no entran en un molde o no se parecen a una fotografía. Siempre digo que el amor que sentimos por nosotros no es la consecuencia de nuestros grandes logros, es siempre la causa.

Amigos y amigas, dejemos de pedir perdón de una vez por todas por cómo somos… 

 

 

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Amarse a pesar del dolor


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Hoy quiero hablar de dolor físico. Es algo que me ha acompañado gran parte de mi vida, no recuerdo casi desde cuándo pero siempre que echo la vista atrás allí está. Se me ocurren pocos compañeros más fieles que un dolor crónico… Tan puntual, tan insistente, tan presente, tan incondicional… Las personas que no viven ese tipo de dolor no saben cómo actuar ante las que sí lo habitan, porque llega un momento en el que el dolor te habita y tú habitas en él y no sabes dónde empiezas ni dónde acabas.

El dolor va muy acompañado de rabia, no sé si porque esa es una de mis emociones más habituales o porque va pareja a él. Lo que no sé, la verdad, es si primero llega al dolor y luego la rabia o va al revés. Esa sensación de injusticia, de impotencia, esa ira acumulada con ganas de salir al mundo a gritarle “basta, no puedo más, no me merezco esto”. Ese llanto sordo de súplica para que pare, para pedir una tregua aunque sea corta y recordar quién eras sin dolor, sin quejidos ni lamentos…  Sin sentirse atado a esa imposibilidad de sentir paz o alegrarse o de sentirse dueño de tu cuerpo o de tu risa, de tus horarios o de tus ganas… Amarrada a algo que te estorba y denigra o eso crees.

Siempre he creído que el dolor y la rabia caminan juntos o al menos comparten gran parte del camino. Hay personas que almacenan mucha rabia y no lo saben. Para los que siempre hemos sido de soltar exabruptos y  de enfado habitual como yo es fácil darse cuenta, pero hay personas que acumulan mucha rabia y no se han dado cuenta. Parecen en calma y dentro de ellas hay un mar bravo y tormentoso suplicando salir y desbordarse. Viven una tormenta interior que no consiguen desatar y van por la vida contenidas y sin sosiego. El dolor va ligado a las emociones, en general, a pesar de ser físico y necesitar todo un arsenal médico para calmarlo muy a menudo.

El cuerpo es el mapa del alma. Una especie de pergamino donde podemos ver apuntadas y significadas todas nuestras batallas, miedos, rencores y emociones almacenadas esperando ser sentidas. Mi rabia se queda obstruida en la garganta y mi culpa en la parte superior de la espalda… Y cuando todo va muy mal, una manaza enorme me presiona el estómago y me dice barbaridades para que haga algo que no sé qué es y acabe de una vez por todas con mi sufrimiento.

A menudo nos sentimos tan culpables por no ser como creemos que deberíamos que materializamos esa culpa a cada paso y eso encuentra caminos en nosotros para tomar forma y decirnos que ya no podemos seguir así. Eso no significa que seamos culpables de nada… Esta es la parte importante de este mensaje.

Quiero que se me entienda, el dolor es algo físico, pero a parte de tratarnos con lo que nuestros médicos decidan que es mejor, necesita que nosotros también usemos un antídoto para poder sobrellevarlo. Un trabajo que podemos hacer solos o acompañados, pero que tiene que ver con nosotros mismos y que hace que los tratamientos médicos se optimicen… Y es el amor. Cuando más duele es cuanto más hay que amarse.

El otro día alguien me preguntó en una conferencia cómo amarse a uno mismo. Y la verdad es que me quedé un momento callada antes de proponerle algunos ejercicios que yo pensaba que serían de ayuda y hacerle alguna reflexión sobre esos pequeños actos diarios que nos permiten tratarnos mejor y que son muy necesarios. Sin embargo, me di cuenta de algo al responder… A veces, es muy difícil amarse porque no te conoces, no te respetas y no sabes cómo, al menos para ti mismo, para otros resulta más fácil… Y eso no se puede imponer. Descubrir que no te amas y decidir amarte sin saber cómo puede ser otra carga pesada más que añadir a las muchas que llevamos encima.

Muy a menudo, empezamos un proceso de autoconocimiento destinado a conocernos para incrementar nuestra autoestima y acaba convirtiéndose en una carrera más para obtener resultados. Y eso es todo lo contrario a lo que pretendemos. Amarse es no exigirse más de la cuenta, permitirse ser, permitirse el error, permitirse soltar lastre, permitirse incluso no amarse suficiente por hoy porque no sabes cómo o no puedes más… Es comprender que cada uno tiene un camino.

Culparse por no amarse es amarse todavía menos. La autoestima no es una carrera, es un camino de compasión y paz. Muchos han convertido el pensamiento positivo en una dictadura en la que, con un buen fin, acabamos pervirtiendo los medios y haciendo que no merezca la pena… Te animan a conocerte y confiar en ti para optimizar tus resultados,  cuando el amor a uno mismo es en sí la gran finalidad, la paz de sentir que te respetas y aceptas y a partir de ahí construir sin urgencias. Si sólo te amas cuando llegas a la cima, ese amor de no es de verdad… Si sólo te amas cuando otros te aplauden y reconocen, no te amas como mereces… 

Si sólo te amas cuando estás sano, no te estás respetando como mereces y, por tanto, no te amas de forma incondicional. 

El mundo debería dejar de perseguir sus sueños y empezar a vivir en paz consigo mismo y los sueños llegarían poco a poco. Algunos aparecerían de repente y otros no llegarían nunca y nos daríamos cuenta de que da igual, porque en realidad lo único que necesitamos es ser coherentes con nosotros mismos. El verdadero sueño es vivir de forma coherente. 

Amarse no es el medio para conseguir nada, es el fin. Mientras sólo esperas aceptarte y amarte para obtener algo a cambio ese proceso de autoestima es un fake, una amago de amor exactamente igual que el que usamos cuando tenemos una pareja y dependemos de ella para ser felices, aunque estar con ella no nos llene ni nos haga sentir bien.

Si ahora no te amas, no te agobies, sencillamente date cuenta, toma consciencia, comprende que todavía no te amas y acéptalo. Es un gran paso, un salto enorme hacia tu amor, un salto que hacen las personas que están a punto de amarse… Y no te culpes por no ser capaz (o no sentirte capaz todavía) no pasa nada, tienes tu ritmo y tienes derecho a no poder ahora hasta que descubres que puedes… Basta de exigencias y listones altos, basta de dogmas para perseguir sueños e insuflar confianzas de pacotilla que no surgen de tu gran verdad interior…

Vuelvo al dolor. Porque mientras escribo esto sigue existiendo. Y lo sé, lo tengo claro, no nos gusta, no nos hace bien, no lo merecemos, pero está… Sigue ahí y hay que aceptarlo como todo en la vida y empezar a ver cómo hacer que se pase, se calme, se vaya…

He llegado a la conclusión de que todo en la vida es un aprendizaje, aunque sea terrible, lo sé. Y hay mil cosas que no podemos evitar, a veces, el dolor es una de ellas… Pero podemos aprender a vivirlo mientras no llega la solución, sin pensar que es un castigo por nada (no merecemos castigos) ni sintiéndonos culpables por él. Yo me he sentido culpable a veces porque mi dolor no me ha permitido dar el máximo como yo quería o pensaba que esta sociedad me reclamaba… Y eso duele también, muy dentro, y no ayuda a tomar las riendas y sentirse digno a pesar de todo.

Somos seres dignos de lo mejor con o sin dolor. No tenemos que pasarnos la vida justificándonos por no llegar, no estar en forma y perfectos, por no poder ir o ser siempre la excepción porque algo nos duele o ya no nos duele pero no queremos tentar a la suerte…

El dolor es duro,  pero te invita a escucharte y mimarte, a quedarte contigo y reconocer tu grandeza a pesar de todo, a darte cuenta de que tienes que ponerte como prioridad en tu vida y pensar en ti y ver que no es egoísmo sino amor puro… El dolor es una oportunidad terrible para reencontrarte y descubrir que has estado evitándote y no has contado contigo, con lo que deseas, con lo que disfrutas, con lo que amas… No es culpa tuya que esté pero puedes vivirlo desde el máximo respeto a ti mismo… Tomando tus decisiones, sintiendo de una vez por todas que mereces lo mejor, parando para vivir, aprovechando para darte cuenta de que no te habías dado cuenta…

Lo sé, el dolor es a veces insoportable y nos queremos marchar de nosotros mismos. Incluso entonces, seguimos siendo seres humanos que merecen amor, todo el amor, el amor más grande posible, el nuestro…
¿Por qué comos a veces tan compasivos con los demás cuando sufren y tan poco con nosotros mismos?

Si te duele no te culpes, no te sientas mal por ir al revés, por no parecer, por no llegar, por necesitar parar y desconectar de todo menos de ti… No te excuses ni justifiques ante nadie, quédate contigo y decide amarte… Sin prisas, a tu ritmo, sin que eso de amarte se convierta también en una meta angustiosa sino en un camino por descubrir… Si te duele, no te maltrates y te sientas en evidencia por tu dolor, eso es una carga más que no necesitas y que te lastra para seguir adelante y encontrar tu paz… 

Permítete parar para sentir y suelta esa culpa inventada por no ser como el resto de personas que ahora van por la vida sin dolor… Esto ya es bastante complicado, no te añadas más trabas en el camino.

 

Gracias por estar ahí siempre y compartir este camino. Siempre que escribo espero que a alguien le sea útil compartir este proceso complicado y apasionante. Sin prisas ni fórmulas mágicas, sin agobios ni marcas que cumplir… 

AMARSE ES UN REGALO PARA TI MISMO, UN FIN, UN LUGAR EN EL QUE TE SIENTES COMPLETO Y A SALVO.

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