merceroura

la rebelión de las palabras


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La felicidad


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Nos van a curar de nuestras penas las risas y las ironías. Las tiras cómicas que nos recuerdan que somos necios y un poco patéticos, a veces. Nos rescatarán las primeras notas de la Flauta Mágica y las verdades que los niños dicen cuando los adultos bajamos la guardia y dejan en evidencia que vivimos en un mundo hipócrita, orquestado para parecer más que para existir y sin ganas de remediarlo.

Nos salvará que aún somos capaces de mirarnos al espejo y reírnos, porque en el fondo sabemos que antes éramos más jóvenes, pero bastante más cortos en todo. Y si no somos capaces de concentrarnos en lo bueno, en lo hermoso, en lo dulce, la vida nos dará un golpe, esperemos que suave y tibio, para recordarnos que la suerte nos ronda por estar aquí y notar, por poder hacer recuento de extremidades y seres queridos y caminar cada día por un camino que hemos escogido, aunque a veces, escojamos mal y tarde. Y si el recuento no sale, porque algo o alguien nos falta… Aún nos daremos más cuenta del valor de este momento, del acierto de haber sido capaces de cerrar los ojos e imaginar que somos lo que deseamos con tanta fuerza que nuestros pensamientos cambian el perfil de nuestro camino y el color de nuestra rutina.

Nos sacará de nuestro letargo asfixiante la punzada de un contratiempo que llega en el momento justo para que no nos durmamos más y despertemos de nuestra modorra gigante… Un problema bendito que nos hará agudizar el ingenio y encontrar dentro de nosotros el entusiasmo que perdimos mirando un programa de televisión donde la dignidad se colgaba tras la puerta… Y sabremos que todo pasa por algo, que todo es causal y la vida se vuela a tramos y se muerde a bocados.

Nos salvarán los payasos que llevamos dentro, cuando paseando les veamos de reojo en los charcos y no podamos reprimir saltar y ensuciarnos el traje de personas serias y reprimidas. Nos ayudará el talento que tengamos para construir emociones y confiar en nuestras posibilidades… La empatía para conectar con otros  y contarles historias y la autoestima para no vendernos a cambio de nada.

Nos redimirá que sabemos admitir errores y, a pesar de encerrarnos en el caparazón para protegernos, salimos de vez en cuando, a por provisiones. Y cuando notamos la brisa y encontramos otras caras, nos damos cuenta de que en realidad estamos hechos para afrontar más que para huir… Que es mejor caer y perder que pasarse la vida encerrado.

Nos curarán nuestros hijos con sus muecas preciosas y sus palabras inoportunas e irreverentes. Nos recordarán que la osadía es necesaria, que el miedo a menudo casi se mastica pero también se escupe y que los villanos no siempre fueron villanos, porque hace tiempo querían ser héroes pero no fueron capaces de esforzarse por cambiar el mundo y meterse en un traje tan ajustado.

Nos apaciguarán la rabia y la ira contenidas aquellos que cuando hablan susurran y nos recuerdan que hubo un día en que fuimos libres y no estábamos sujetos a emociones bárbaras. Los que, a pesar de las prisas, nos dedicarán un tiempo a recordarnos que podemos y nos dirán «te quiero» y además será cierto…

Y cuando nos duela el alma por algún desengaño, que pasará seguro, los que nos amen nos llevarán a ver el mar y nos dirán que es nuestro y que somos absurdos si no nos damos cuenta de que podemos escoger si rabiar o sonreír. Si llorar o bailar, si levantarnos o quedarnos dormidos esperando un despertador que nos recuerde que el mundo gira aunque hayamos decidido apearnos de él porque la pena nos comprime el pecho y nos achica la alegría y nos dirige los pensamientos hasta un vertedero de vanidades maltrechas.

Nos salvará la risa y el esfuerzo que hagamos por mantenerla y hacer que nos recorra el cuerpo y la conciencia. Nos curarán los libros y las palabras que encontremos al azar en las redes, en las esquinas, en las recetas de cocina y escritas en la arena de esa playa que nos pertenece, aunque la tengamos olvidada. Nos curarán los abrazos y los besos. Nos consolarán los rayos de sol y los recuerdos dibujados en la memoria que aún vibran, aunque a veces, aún nos rasguen y zarandeen. Nos curarán los sabios cuando nos den ejemplo y nos muestren sus cicatrices… Nos sanará que sepamos quiénes somos, aunque el mundo nos encierre en una caja y nos chille consignas vacías para vendernos algo que no nos hace falta…

Nos curará el amor, cuando lo sintamos sin atadura y siempre sin descuidar el propio, sin regatear cariño ni buscar migajas… Cuando sepamos que guardamos mucho y merecemos lo máximo.

Nos aliviará la lluvia cuando caiga con fuerza para recordarnos que todo cambia y todo se borra. Nos apaciguará el viento, cuando limpie el aire corrupto de nuestros pensamientos tristes y encriptados que sólo sirven para que creamos que no somos capaces de algo para lo que hemos nacido…

Nos salvarán los sueños que nos sujetan a la vida. Nos salvará la vida que nos aferrará a las nuestras metas más firmes…

La felicidad será notarnos las puntas de los dedos y sentirnos llenos de nosotros mismos y de todos aquellos que nos caben en el pecho y se pasean por nuestra cabeza con permiso. Saber que podremos resistir porque estamos en paz con nosotros mismos y que fabricaremos la manera de seguir adelante incluso cuando el cuerpo no nos acompañe…

Y saber cuándo aceptar lo que viene y sacarle punta y cuándo batallar para darle la vuelta. Cuándo mutar por dentro lo suficiente para cambiar nuestro mundo e impregnar todo lo que nos rodea… Cuándo ponernos las gafas que nos permiten descubrir más posibilidades donde parece que sólo hay un camino o un barranco… Cuándo dibujar oportunidades para vivir otras vidas soñadas y abrir puertas donde otros sólo ven paredes blancas.


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Lo que tengo y lo que me falta


Cuando llegan estas fechas, siempre acabamos poniendo en una balanza lo que tenemos y lo que nos falta. Deseamos siempre que nuestros sueños pesen más que nuestros miedos y que en nuestra lista de logros haya más por apuntar que hace un año. Al final, no se trata de tener mucho que apuntar sino de saber si nos sentimos bien con lo que pone en nuestras listas. Si en la de logros falta algo que consideramos básico, una de esas cosas que te llenan la vida, y en la de retos te queda poco por conseguir, algo no marcha bien. Puede que incluso, haga falta cambiar muchas cosas de esa lista, cuando nosotros cambiamos, también mutan nuestros sueños y se modifica nuestra ruta.

Con el tiempo, me he dado cuenta de que a menudo, cuánto mayor es tu sueño, más depende ti conseguirlo. Los sueños grandes son los que tienen que ver con las vueltas que da tu vida, con tu actitud ante ella y tus ganas. Si el sueño es enorme, necesitas más esfuerzo, más empeño, más capacidad para hurgar en tu interior y sacar de ti mismo lo que te lleva a conseguirlo. Algunos sueños que dependen de otros en gran parte. Esos retos en los que estamos pendientes de cómo nos valoran otras personas y estamos sometidos a su juicio son sueños frágiles. Diré más todavía, son superables, secundarios, intercambiables incluso. Los grandes retos se gestan en nuestras almas… Pasan en nuestra cabeza, se viven en nuestros pensamientos y dependen de nuestra forma de ver la vida… Creo que muchas veces la clave para conseguir un reto es descubrir qué pensamientos debemos tener para prepararnos para él. Qué palabras decir para transformar nuestra conciencia y subir el escalón necesario que nos lleva a dónde queremos. Y hacerlo sin perder nuestra esencia y valores, sin dejar atrás lo que somos más que para superarnos.

Ahora es cuando llega ese momento en el que nos preguntamos si somos felices. Y para responder, siempre miramos todo lo que nos falta. Viene alguien y nos recuerda que no debemos preocuparnos porque el dinero no da la felicidad. Yo siempre respondo que depende, que a veces sí, a veces no. Si no tienes nada que dar de comer a tu hijo y consigues dinero para comprar con qué alimentarle, eso te hace feliz. Si puedes comprar un billete de avión para viajar y ver a los tuyos después de meses y meses de ausencia, eso te hace feliz. Si puedes dejar un empleo que te supone suportar situaciones que te menoscaban como ser humano o hacerlo para poder dedicar más tiempo a los tuyos, eso te hace feliz. Aunque nos pese, el dinero compra muchas cosas que necesitamos en nuestro día a día. Cosas básicas que todos deberíamos tener cubiertas por el hecho de existir…

Aunque hay otro tipo de felicidad. Esa que te hace sentir bien aunque las cosas se pongan difíciles. Ese aplomo en la vida, esa paz que se consigue después de haber mirado a tus miedos a la cara y haber decidido que puedes, que quieres y que saltarás cualquier obstáculo que se ponga en tu camino. La felicidad de saber que amas y que te aman, que tienes la conciencia tranquila y la ilusión intacta… Eso no te lo quita nadie.

Y de eso te das cuenta cuando estás en un hospital observando como una máquina ayuda a respirar a un ser querido. En ese momento, lo mínimo es lo máximo. Lo básico que te ayuda a seguir. En ese momento, el rasero con el que medimos cambia y la balanza de sueños se vacía, se queda con lo necesario y aun así, pesa más. En ese instante te das cuenta de que a menudo nos fabricamos una vida hueca y llena de estupideces. Que perdemos mucho tiempo dando categoría a lo absurdo y ocultando lo que importa, que dejamos que el miedo se nos coma el camino. Que dejamos pasar la risa mientras nos preocupamos por lo que otros piensan de nosotros mientras ellos te miran con cara de asco y desaprobación porque les parece que eso llena su vacío y contiene su tristeza insoportable y rotunda.

Justo cuando tienes los ojos llenos de lágrimas contemplando un monitor que marca los latidos de un corazón cansado, te das cuenta de que eres un zombi. De que te has perdido en un laberinto de quejas y críticas. Que lapidas tu alegría renegando de lo que eres. Que te escondes tras una maraña de muecas y excusas. Que dices mucho que no a lo que te asusta. Que dices mucho que sí a personas que no te merecen ni te conocen.

Te das cuenta de que en algún lugar del camino, en un mal momento, te dejaste la coherencia y pusiste el piloto automático. Que te desahuciaste a ti mismo de esperanza y te echaste de tus planes para el futuro. Que perdiste el norte y has estado vagando sin saber a dónde ni por qué. Que estás medio vacío… Ahora, te das cuenta de que necesitas poco, menos de lo que creías, pero que eso que buscas tiene que ser autentico y real. Que quieres lo básico pero que necesitas que sea verdadero, sincero, puro.

Ahora lo ves tan claro… Al final, no importa si en tus listas de logros y retos hay muchas cosas apuntadas. Lo que importa es que sean las correctas y que las vivas intensamente. Que no malgastes tu tiempo en sueños de plástico y de humo porque parezcan más accesibles y deslumbren tus ojos… Que no te dejes vender una vida que no quieres y un destino que ni buscas ni sueñas.

Lo importante es que tus listas sean tuyas y no copiadas. Que te ayuden a levantarte cada día y te hagan mejor… Y a veces, hay que revisarlas y rehacerlas. Decirse la verdad a la cara y remendarse las heridas que llevamos en la espalda. Ser muy honesto contigo mismo, rozar la insolencia cuando no te quieras enterar de la verdad porque sea muy cruda. Ser muy irreverente con algunos de los dogmas más afincados en nuestra mente… Por si están equivocados o no nos sirven ya… Y  atreverte a pedirte lo que realmente sueñas. Y llegado el momento, cuando todo dependa de una máquina o penda de un hilo, te sentirás satisfecho.


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El último día


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Que sepamos agotar la vida hasta la última brizna, hasta el último aliento que deje nuestro cuerpo cansado de batallar y existir. De amar sin preguntar, sin pedir, sin esperar.

Seamos voraces. Que la noche nos pille sin haber decidido aún si somos bestias, pero satisfechos y exhaustos. Que se nos acaben antes las fuerzas que las ganas y el miedo que nos contrae nos deje sueltos para dar abrazos y erguir la espalda para recibir honores justos. Seamos dignos.

Que caminemos sin saber a dónde porque ya sabemos cómo, porque tenemos un sentido y un reto que contar en la punta de la lengua. Que el deseo se acurruque en nuestras entrañas y no deje nunca de morar en ellas para tenernos inquietos y espabilados. Que no importe qué sino cómo y por qué… Porque lo que nos mueva no sea destino sino el paso, el camino, la mirada compartida mientras este viento que arranca conciencias nos sacude ahora las sienes y nos recuerda que el otoño se acerca. Que amemos al otoño como retozamos en la primavera y jaleamos al verano… Que seamos libres, tan libres como nos deje nuestra mente y nos permita la conciencia.

Seamos sublimes. Que el sueño nos alcance la nuca, nos bese tras las orejas y caigamos hechos un ovillo de caricias y de recuerdos aún por engendrar… Llenos de grandes certezas sobre credos inventados, de alegrías por llegar e historias felices que aún tengan que escribirse en mundos que aún no existan pero que podamos soñar sin apenas cerrar los ojos. Y al despertar, que tengamos la risa floja y la mandíbula suelta y ávida de carcajadas sin medida y besos consistentes, de esos que largo rato después de recibirlos aún dejan calor en los labios.

Que el último día nada nos llegue rancio por desuso, que hayamos bebido de todas las copas y surcado todas las gotas de agua que nos quepan en la memoria. Que no haya pedazo de tierra sin pisar o soñar, ni remedio que no hayamos probado contra el desamor y la amargura. Que nadie nos pueda escuchar una mala palabra o un reproche… Seamos justos.

Seamos consistentes. Que los pies estén agotados de baile y los brazos rotos de abrazos. Que los ojos miren aunque ya no vean y los labios busquen beso. Que nos sepamos todas las palabras de todos los libros y todas las melodías que seamos capaces de recordar.

Seamos valientes. Que no nos queden espinas clavadas por lo que podría haber pasado si nos hubiéramos atrevido, que prefiramos acumular fracasos a quedarnos con asignaturas pendientes… Corramos todos los riesgos y caigamos en todas las trampas. Que no nos quede mirada por cruzar ni rostro que escrutar buscando verdades necesarias. Seamos felices… Que nuestro último baile sea el más dulce y frenético, el más sincero. Que se nos rompan las esquinas y las fronteras, que se abran nuestras puertas más cerradas y al aire más puro sondee en nuestros rincones más ocultos.

Seamos eternos. Que nos busquen y ya no nos encuentren porque no quede nada más de nosotros que bruma en el aire y unas huellas en la arena. Seamos mar y que nuestro legado sea la risa y nuestra prenda todo el amor que hayamos dado.