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la rebelión de las palabras


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No vamos a conseguir todo lo que soñamos y no pasa nada…


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El otro día escribía Elena Arnaiz sobre dejar de decirle a la gente que todo es posible siempre, porque genera mucha frustración… Además es obvio que hay miles de personas que nunca llegan a cumplir sus sueños… La verdad es que yo creo que no hay nada imposible, pero no todo ni todos vamos a conseguirlo y hay que darse cuenta de que no podemos exigirnos sin piedad ni culparnos por no llegar… Al fin y al cabo, lo que realmente importa no es conseguir algo concreto si no llegar a sentir esa emoción que asociamos con ello… Paz. plenitud, felicidad. Y todas esas sensaciones tienen que ver con lo que llevamos dentro,  con la forma en el que nos vemos a nosotros mismos. Lo que hay ahí a fuera es sólo un estímulo que nos muestra un cambio que en realidad se ha gestado en nuestro interior. Con ello no quiero decir que conseguir metas no sea maravilloso, lo es, pero la vida nos enseña que sin conocernos y amarnos, las metas se quedan cortas siempre y el vacío regresa.

El verdadero triunfo es conseguir ese estado de plenitud que deriva de hacer el camino hacia lo que deseamos y ver cómo crecemos sin apegarnos a lo que podremos conseguir. Y será entonces, cuando entre en juego algo que me parece primordial para vivir con sentido y ser feliz, la aceptación… Aceptar es aprender a vivir. Diré más, osaré pensar y creer que aceptar es la única forma de permitir la magia…

Soñamos y eso es necesario, básico… Aunque, tal vez no llegaremos a dónde deseamos y ¿sabes qué? No pasa nada. Nada es para siempre, nada es definitivo, nada es inmutable… Todo cambia si quieres, si eres capaz de comprender que puedes. Si aceptas que no todo va a ser como quieres porque hay mil cosas que no puedes controlar. Porque no todo depende de ti, pero tú sí, tu actitud, tu percepción del mundo, tu interior. 

Porque lo que realmente cuenta es estar bien contigo y evolucionar. Para conseguirlo, hay aprender a gestionar lo que sentimos y asumir que el fracaso forma parte del aprendizaje y que es primordial para tener éxito.

A menudo, no conseguir lo que soñamos es una bendición que no sabemos valorar. La lección que entraña aceptar que de momento no es posible, que no está pasando tal y como desearías, que la vida es incontrolable y que es mejor así es bárbara, inconmensurable… 

¿Significa esto que ya no creo en la magia? ¡No!! Creo siempre… Creo cada vez más y en los milagros, hay miles cada día… Lo podemos contar a puñados… Sin embargo, la vida no nos da lo que queremos sino lo que somos, lo que creemos que somos y pensamos que merecemos, lo que atraemos y, a veces, por más que luchemos por algo y nos dejemos la piel, no pasa. Y no me malinterpretes, no quiero decir que no podamos llegar a todas nuestras metas, pero no siempre tenemos la actitud ni sabemos generar las oportunidades y eso no nos hace culpables de nada… A veces, no conseguimos lo que perseguimos porque antes necesitamos aprender algo que está en ese rodeo que la vida nos obliga a dar… Otras porque desistimos antes de tiempo o porque no confiamos en nosotros mismos.

Porque hay que actuar para llegar,  pero hay que hacerlo con enfoque y con la mentalidad necesaria…

Porque hay que crear el estado de ánimo que te lleva a conseguir y afrontar esos momentos, vaciarse de creencias que te limitan y de las ataduras del pasado… No lo sabemos, pero estamos programados para perder una y otra vez porque no nos creemos ganadores… Y si no somos capaces de detectarlo, estamos dando pasos adelante y pasos atrás al mismo tiempo. Nos saboteamos los planes… 

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Y ¿qué es ganar? ¿a caso la victoria no es crecer y aprender? ¿qué precio le ponemos a crecer, al camino recorrido y sus risas, sus momentos deliciosos, sus pequeños tesoros…?¿Cuántas veces has encontrado un sueño nuevo y maravilloso justo cuando perdías el que estabas buscando? ¿No podemos dejarnos sorprender por otras propuestas que nos trae la vida y que no esperamos?

Si no llegas a la final, pero te lo pasas en grande intentándolo ¿de verdad has perdido? ¿no te sientes ganador? ¿No miras atrás y ves que has podido? ¿Necesitas el podio para sentir que has hecho una gran carrera? Y no te pido con esto que corras para perder y no busques medalla, te digo que valores cada momento y no te quedes amarrado al resultado ni condicionado por el premio… Porque si no, sólo serás feliz y estarás satisfecho si llegas primero. ¿No te das cuenta de que el que corre por el placer de aprender corriendo gana siempre? llegue el primero o el último… Y si además supera su marca y sube al podio, seguro que sabrá gestionar esa grandeza porque nace de humildad de no necesitar nada que la demuestre, de no pretender demostrar nada. Por experiencia sé que a menudo los sueños que perseguimos para demostrar al mundo nuestro valor se vuelven inalcanzables… Y cuando los tocas, saben amargo y se desvanecen o se hacen pequeños porque lo que buscabas no era el sueño en sí mismo, sino la prueba tangible para decirle al mundo que tienes valor, para tapar ese vacío que hay en ti porque te ignoras a ti mismo… 

A veces, no conseguimos lo que deseamos porque para ganar hay que aprender a perder y mucho… Diría más, sólo se gana de verdad cuando no te preocupa el resultado. Si te aferras a él y eres incapaz de ver más allá, tu triunfo es algo pasajero porque no conlleva aprendizaje…

No vamos a conseguir todo lo que soñamos y no pasa nada… Es maravilloso, en realidad. Sin embargo, eso no significa que no vamos a intentar y conseguir mucho. No vamos a dejar de soñar a lo grande, grandísimo, enorme, descomunal… Hasta que la palabra imposible no exista en nuestro vocabulario… Pero sabremos aceptar lo que suceda porque parte del logro del sueño es el recorrido, el cambio de mentalidad que experimentamos andando hacia él. 

Y si no lo consigues, si no llega, dará igual porque ya eres otro y eso te capacita para levantarte al día siguiente y alcanzar algo que no soñabas, pero que también te fascina. Y será más fácil, porque ya eres un experto en aceptar y seguir.

Aceptar tiene magia, la tiene toda. Es el paso previo para conseguirlo todo, la antesala de éxito más rotundo… Ese lugar donde aguardan los ganadores para pasar a recibir el premio. En la aceptación hay un mar de paciencia y una montaña alta, altísima de sabiduría. Es el acto más mágico posible… Porque cuando algo llega nuestras vidas, hay que bucearlo, sondearlo, vivirlo y sentirlo… No huir, no desistir, no arrugarse… Está ahí para desenvolverlo y asumirlo, para ver qué significa y sacarle el sentido y la moraleja, como a los cuentos infantiles… Aceptar cómo eres, lo que implica, cuál de tus miedos saca a la luz, cómo te incomoda… Mirar cómo es tu vida, lo que hay en ella, cambiar tu mirada… Aceptar sin batallar de forma absurda, pero sin resignarse. Asumir que el regalo es tu actitud ante las cosas y no el resultado. Dejar de lado el marcador, la medalla, el premio… Dar las gracias por la adversidad, por la sombra, por el miedo que te paraliza y abrazarlo hasta que desparece o se hace tan pequeño que se esfuma si soplas… Amar al obstáculo porque es un trampolín… Unirse a él, bailar bajo la lluvia y decir sí a lo que más te asusta. Y justo al darse cuenta de que no te importa el resultado porque la actitud es la victoria, dejar que llegue la magia… 

A veces, no conseguimos lo que soñamos porque no aceptamos las etapas previas, porque no nos damos cuenta de que nos equivocamos y no queremos ver que fallamos, que somos vulnerables y que eso en realidad es un regalo.

No vamos a conseguir todo lo que soñamos, pero nos pondremos manos a la obra, que por nosotros no sea, que no nos quede la espina clavada ni pasados los años pensemos que nos quedamos cortos… Y lo haremos sin ansiedad, desde el amor y la paz interior, desde la confianza en nosotros mismos.

No vamos a conseguir todo lo que soñamos porque a veces nuestros sueños son los de otros y los hemos tomado prestados. Han nacido del qué dirán, del querer aparentar y demostrar que somos sin pensar en lo que sentimos. Porque no nos conocemos suficiente como para descubrir qué talento ocultamos y qué podemos aportar al mundo… Porque los hemos escrito a partir de dogmas falsos y prejuicios… Porque los queremos usar para amarnos, porque los vemos como medallas que colgarnos para conseguir un amor que nosotros no nos sabemos dar… Porque no hemos visto qué nos hace distintos y únicos y nos empeñamos en parecernos al vecino… No vamos a conseguir todos nuestros sueños, pero conseguiremos muchas cosas que jamás nos atrevimos a imaginar y que son grandiosas, mágicas… A nosotros mismos. 

Porque hay cosas que no son, que no pasan, porque es necesario que así sea para que nos demos cuenta de muchas otras a las que no prestamos atención… Porque antes tenemos algo que aprender y la vida nos obliga a repetir esa asignatura que se nos resiste. Porque tenemos que entender que hay cosas que no podemos controlar, que casi no podemos controlar nada y que cuando creemos saberlo todo es cuando menos aprendemos en realidad.

A veces cuando sueltas la necesidad de conseguir, te transformas en esa persona que ya es lo que sueñas y todo llega, de repente… Y si no, ¿qué importa? ¿no te has conseguido a ti mismo? ¿no eres a caso una mejor versión de ti?

Es verdad, creamos lo que creemos pero el verdadero sueño es lo que esa creación hace en ti… Si lo imaginas, lo haces posible, pero tienes que ser honesto contigo… Si no comprendemos eso, jamás llegamos a la meta porque es el último empujón que necesitamos. Si no nos damos cuenta de que en realidad la meta es una excusa para crecer, nos apegaremos tanto a ello que nunca podremos alcanzarla.

No vamos a desistir si realmente lo que soñamos nos hace sentir vivos, si nos entusiasma, si va con nuestra esencia, pero aceptaremos lo que sucede porque eso nos permitirá llevar las riendas de nuestras vidas…

No vamos a conseguir todo lo que soñamos, por suerte, porque así nos daremos cuenta de que lo importa es vivir… Porque nos espera algo mucho mejor… Y aceptarlo es hacer magia. Y la magia es la que consigue los imposibles… 

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Ya basta…


Nos preocupa tanto demostrar que ya no somos, parecemos.

Nos exponemos de forma tan calculada al mundo que perdemos la magia y la esencia… Estamos pendientes de si los demás nos cuestionan o de si nos dejan en ridículo que nos concentramos poco en nosotros… Y luego culpamos al mundo por no llegar, cuando en realidad es responsabilidad nuestra por buscar fuera lo que está dentro. Por esperar que nos aprueben y nos acepten cuando antes ni siquiera nos hemos aceptado y aprobado nosotros. 

Mientras te preocupas por aparentar no eres tú y eso te hace perder combustible, perder comba, delegar tu éxito en otros y dejar en manos de la suerte lo que en realidad es fruto de un trabajo… Nos bloqueamos a nosotros mismos porque estamos esperando a ser una versión más aceptable para darnos a conocer, cuando en realidad ya somos nuestra mejor versión esperando ocupar su lugar…

Mientras no eres tú mismo, perdido en parecer e ir dando zascas a los que te inoportunan, pierdes un tiempo valioso para crecer y aprender.

En realidad todo depende de ti y de tu confianza… Sin embargo, nos desalienta tanto no parecernos al molde que otros en su afán de ser mediocres han creado que nos rebajamos para encajar en él.

Nos recortamos las alas para no volar tan alto y no hacer sombra…

Nos apaciguamos el entusiasmo para luego no sufrir decepciones…

Nos achicamos los sueños porque primero nos hemos achicado a nosotros mismos… Y todas esas restricciones están en nuestra mente.

Ya basta de pensar que no merecemos. Basta de sentirnos indignos y de creer que para llegar hay que sufrir y alejarnos de la felicidad porque tenemos esa sensación heredada de que si tenemos un momento dulce, un dios vengativo nos va a castigar…

No hay castigos, ni culpas… Las inventamos  porque no vemos nuestra grandeza. No necesitamos nada de todo eso, sólo soltar y seguir andando. Sólo hay miedo a ser uno mismo y no parecerse el resto del mundo… Por eso, nos imaginamos pequeños y vivimos en una vida de casa de muñecas…

Nos creemos indignos de amor y en consecuencia la vida nos acerca amores diminutos para que nos quede claro que no son los amores que merecemos, para que aprendamos a querernos, para que descubramos que nuestro valor es incalculable y no depende de lo que piensen y opinen los demás…

Nos sentimos culpables por no ser como son otros y nos castigamos cada día cerrándonos puertas y gastándonos las bromas más pesadas… Nos apartamos de lo bueno que nos depara la vida porque no lo aceptamos, porque no permitimos que llegue… 

Ya basta de creer que otros sí y nosotros no. Estamos hecho de la misma sustancia maravillosa… Somos polvo de estrellas reciclado para brillar y apagamos nuestro brillo buscando excusas para no mostrarnos y viendo el horror antes que la belleza.

Basta de firmar en la casilla equivocada y aceptar pertenecer a una casta inferior y desheredada… Todos podemos salir del laberinto porque nosotros creamos el laberinto para entretenernos y alejarnos de lo que amamos cuando nos sentíamos diminutos y culpables… Ahora ya sabemos que merecemos lo mejor y podemos permitirnos abrir los brazos para que llegue…

Basta de no permitirnos subir al tren y besar el destino que deseamos.

Basta de sobrellevar angustias cuando nos toca vivir a rienda suelta.

Aunque suponga decidir y tomar caminos oscuros… Aunque tengamos que elegir no tomar frutas amargas para desayunar como es costumbre en nosotros y decidir arriesgarnos a probar otro menú… A veces, nos acostumbramos a lo amargo y cuando somos libres, nos cuesta soltarlo… 

Devoramos tanto dolor por rutina, por no cambiar ni confiar… Tragamos angustia como una medicina necesaria para expiar culpas y redimir pecados que no existen…

Pensamos que debemos pagar cara la osadía de imaginar que todo puede ser maravilloso para nosotros… Que la felicidad tiene un precio… Creemos que si nos preocupamos, estamos pagando el peaje para que todo salga bien ¿verdad? Y luego resulta que esto va al revés… Macabra ironía de la vida… El único precio a pagar por vivir como deseas es el compromiso contigo mismo… Tomar decisiones y atreverse, asumir la incomodidad de ser tú cuando el resto del mundo te pide que desistas. 

A veces, sufrimos ahora por no sufrir después… Y luego llegamos al después y descubrimos que era un lecho de rosas, pero no podemos disfrutarlo porque acumulamos tanto dolor y desánimo por el sufrimiento acumulado que tenemos el alma hecha jirones y la mente loca de buscar salidas que nosotros mismos nos bloqueamos…

Esa es la palabra, bloqueo. Nos bloqueamos lo hermoso porque nos sentimos horribles, feos, sucios… Nos bloqueamos el éxito porque olvidamos nuestro valor, nuestra capacidad de aportar y servir a otros a descubrir su valor…

Bloqueamos la felicidad por si llega y luego se va y el trance es tan amargo que no conseguimos volver a quedar dormidos y anestesiados y vivir de nuevo este sucedáneo de vida en el que estamos inmersos donde nada es de verdad pero no te tienta la esperanza…

Bloqueamos la vida por si nos gusta tanto que nos acostumbramos a ella y luego no sabemos vivirla desde la mediocridad en la que nos hemos sumergido. Lo hacemos para no sufrir demasiado cuando se acabe “lo bueno” mientras sufrimos de forma controlada por no ser nosotros mismos y volar tan alto como nos apetecería…

Ya basta de quedarse a un palmo de la gloria por si molesta a otros que no tienen previsto moverse.

Ya basta de no levantar la mano y decir aquí estoy por si te miran y piensan ¿Tú, de verdad?.

Basta ya de aceptar chantajes de los que no se atreven para que no te atrevas y abandones esta especie de cueva en la que vivimos a tientas y tragamos lo que toca sin rechistar…

Basta de buscas excusas y delegar responsabilidades para no tener que hacer lo incómodo, lo complicado, lo que hemos dejado pendiente para el día en que decidamos vivir.

Basta de pensar que dependemos de otros, que no hay más remedio, que no está hecho para nosotros, que nos viene grande, que nos queda lejos, que es complicado, que cuando lleguemos no habrá…

Basta de no amarnos suficiente y esperar que otros vean en nosotros lo que nosotros no somos capaces de ver… El amor es el principio de todo. La primera piedra de tu gran fortaleza.

El cielo no son esas nubes negras que nos acechan, es lo que está detrás cuando conseguimos apartarlas… Nosotros dibujamos las nubes negras cuando nos negamos a nosotros mismos y dejamos de confiar en nuestro potencial. Ya basta de ignorarlas y reprimirlas, de mirar al otro lado pensando que marcharán sin que reflexionemos sobre ellas y sintamos qué significan. 

No existe el problema. Lo hemos creado nosotros porque pensamos y sentimos que merecemos un problema, porque estamos convencidos de que no llegaremos… Nosotros construimos el muro que nos separa de lo que soñamos a base de imaginarlo, de creer que existe, de sentirnos separados de lo que deseamos y no confiar en lo que realmente somos… La verdad es que tú eres tu sueño y tu peor pesadilla, la persona que construye la jaula en la que te sientes preso y la que tiene la llave para abrirla y la capacidad de borrarla… Quién se dice que no y cierra la puerta.

Eres el muro que te separa de la vida que sueñas. Asume tu poder para cambiarlo.

El único obstáculo somos nosotros mismos siempre. Lo ponemos ahí para aprender algo justo antes de saltarlo y hacernos aún más enormes… Cuando apartemos nuestras dudas, el camino se abrirá. Cuando dejemos de imaginar que está lejos, nos daremos cuenta de que está muy cerca.

Y a las nubes negras hay que mirarlas de frente y abrazarlas, comprenderlas, saber su por qué y descubrir cómo atravesarlas… Son el regalo, la adversidad a superar, el aprendizaje que nos catapultará de forma inevitable a esa vida que deseamos vivir. 


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Vives de alquiler en ti mismo


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Somos víctimas de nosotros mismos. De nadie más… De nada más.

No somos lo que nos pasa, somos la forma en que decidimos afrontarlo y la enseñanza que sacamos de ello. Las palabras que usamos para contarlo, la música de fondo que le ponemos mientras imaginamos las soluciones y las personas en quiénes nos convertimos al vivirlo.

Somos víctimas de nuestra arrogancia, de nuestra necesidad de demostrar, de ser aceptados y valorados desde fuera… Somos el resultado de nuestra ignorancia sobre los millones de posibilidades de ver el mundo con otros ojos que no sean los nuestros o que sean los nuestros sin estar asustados… Somos la presa de nuestro temor a no ser amados y estar solos.

Somos capaces de rebajarnos hasta convertirnos en una reducida versión de nosotros mismos que sea aceptable para los demás y nos traiga un sucedáneo de amor que mostrar al mundo… Fingimos ser para poder fingir ser amados, para vivir en una ilusión de vida que no existe.

Como si fuéramos esclavos de nuestra propia mirada, de nuestra incapacidad por plantearnos alternativas a la realidad que creemos conocer De nuestra negativa constante a no querer cuestionarnos los cimientos sobre los que hemos construido nuestros sueños y nuestra personalidad… Para no tener que descubrir que vivimos en un engaño y hemos estado intentando cambiar algo que no nos correspondía.

No hay nadie más que nosotros que pueda hundirnos o hacernos tambalear. No, si no le dejamos, e incluso así podemos blindarnos y decidir que no, que no aceptamos esa opción… Aunque no sea fácil. No lo es porque además no nos han educado para ser capaces de darnos cuenta de eso. Nos han dicho que siempre debemos buscar culpables fuera de lo que nos pasa a nosotros en la vida y cargar una gran culpa por no ser cómo los demás creen que debemos ser. El caso es no asumir responsabilidades y pensar que es el mundo el que va a tener que cambiar mientras nosotros nos dedicamos a juzgarlo y esperar a que sea distinto gracias a nuestro sufrimiento.

El sufrimiento es inútil. No sólo no sirve para hacernos dignos de nada, porque ya lo somos de todo, sino que además, se acumula y lo corrompe todo para acabar dando frutos amargos que conllevan más sufrimiento.

El mundo que vemos es un reflejo de nuestro mundo interior… No es lo que te pasa, es lo que eres

Sólo vemos lo que conocemos, lo que llevamos dentro… El mundo es un reflejo de lo que somos… No es lo que te pasa, es lo que eres, la forma en que miras, lo que esperas ver…

Si sales a la calle con ganas de pelea, te peleas. Si sales con ganas de risa, te ríes. Si te sientes pequeño, todo a tu alrededor será grande… Si vas por la vida dando, recibes. tal vez no de la persona a la cual le diste, sino de otra que no esperas. Si te sientes miserable, habrá quién te pise, porque seguramente a salido a la calle con ganas de pisar para demostrarse que puede. Si te sientes culpable, recibirás un castigo imaginario. Si sales a perdonar, recibirás perdón.

A veces, nos desgarramos y herimos tratando de modificar la realidad, cambiar ese mundo que no responde a nuestras expectativas, darle la vuelta a lo que nos rodea, porque nos da mucho miedo mirar en nuestro interior y mucha pereza intentar entenderlo.

Y nada de eso sirve de nada. Sólo respirar hondo y sentir que tienes que moverte y fluir con lo que realmente eres. Vivir de acuerdo a lo que eres… Después de sacar de ti cualquier limitación que lleves arraigada y prendida en la conciencia que te haga creer que nada de lo que quieres en la vida es posible. Lo demás  es una excusa que todos usamos para poder soportar no movernos, no actuar, no ser, no sentir, ceder nuestro verdadero poder y vivir la vida que otros nos han dibujado.

Cuando se acaban las excusas, sólo quedas tú. La soledad absoluta de quién ha huido durante siglos de sí mismo. De quién a evitado volver a casa y limpiar el polvo y abrir las ventanas… Una casa tan abandonada que te esfuerzas en no reconocer… Aunque sólo hay una opción, mirar dentro de ti y empezar a entenderte.

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Siempre cambiamos cuando no hay más remedio y la vida nos duele tanto que nos pone un ultimátum. O tú o la nada. O construir de nuevo o ver cómo cae sobre ti…O dejar de sufrir o dejar de ser.

A veces, te das cuenta de que cada día haces mil cosas que te alejan de ti sin apenas pensarlas y madurarlas, pero no sabes cómo parar porque es como si no fueras tú, como si alguien hubiera conectado un piloto automático cuando tú no estabas… Mientras estabas ocupado intentando ser alguien que no eras para encajar en un mundo al que en realidad no querías pertenecer, el desánimo y las desesperanza se apoderaron de ti y te convirtieron en un robot. Es lo que pasa cuando uno se ausenta de sí mismo, otros ocupan su lugar… Y viven una vida que no tiene  nada que ver con la que tú sueñas… Se acomodan en tu sofá y se calientan ante tu chimenea. Se sientan a tu mesa y comen tu cena… Duermen en tu cama y sueñan tus sueños…

Siempre hay alguien que sueña por ti.

Tiene tu cara y lleva tu ropa, es una versión de ti rota y anestesiada de tanto pensar siempre lo mismo y no encontrar salidas.

Alguien que decide por ti cuando tú no decides. Y siempre decide lo mismo, de la misma forma, en el mismo lugar, en bucle, en círculo, sin más remedio.

Alguien que vive por ti lo que tú no vives…Ni lo notas, ni lo sientes.

No te engañes. No es culpa de nadie. Ni tuya ni suya. Es tu responsabilidad.

Si fueras un tren, no tendrías maquinista y no podrías parar en tu estación favorita.

Si fueras una casa, no tendrías puerta y podría entrar quién quisiera para vivir en ella y ocupar tu lugar.

Si fueras tú con plena consciencia, ahora verías que has dejado de serlo durante demasiado tiempo.

Lo has hecho tanto, que tal vez, ahora te das cuenta, nunca has sido tú realmente, porque siempre has estado condicionado por llegar a una idea de ti que tomaste prestada, que te dijeron que era correcta.

Y ahora descubres que para ser quién eres de verdad, en realidad, tienes que dejar de ser tú… Esta persona que habita tu casa y tu cabeza… Esta que llora por lo que tú has pensado que daba pena y ríe por lo que pensabas que hacía gracia… Esta que ha subido montañas y atravesado caminos como si fueran tus caminos, esta que ha amado pensando que amaba lo que tú amabas.

Para llegar a convertirte en esa que no conoces porque desde que eras niño no la has dejado salir a volar por miedo a caer y no dar la talla.

Acumulas mucho trabajo pendiente, mucho.

La ventaja es que esto ya no depende de nadie más que ti. Y que ahora, lo que descubrirás que quieres cambiar no ese mundo rebelde que por más que quisiste transformar no podías, sino la forma de mirarlo y sentirlo… Tu voz interior, tu emociones, tus manera de abrazarlo y vivirlo… La forma en que lo hace esa persona que duerme dentro de ti esperando que la despiertes.

Siempre hay alguien que sueña por ti… Una versión dormida de ti mismo que no aspira a nada más que existir y que no tiene más sueño que el de sobrevivir y seguir ocupando un espacio .

Aunque no has querido verlo, lo sabes, porque has encontrado pistas que lo hacen evidente… Vives de alquiler en ti mismo. 

Has perdido el poder sobre tus decisiones… Has arrendado tu vida y nada de lo que sientes es del todo tuyo…

¿Hasta cuándo?

 


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Peleando con la vida


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¡Qué complicado no dejarse llevar por la ira!

Dice mi admirado Leocadio Martín que la ira y la rabia son útiles si somos capaces de transformarlas en energía y actuar. Hacer algo con esa sensación de quemazón que se nos instala dentro y crear, usarla para construir en lugar de destruir, para evolucionar… Y no hablo sólo de explorar el por qué de sentirse así y de entender qué suscita en nosotros esa emoción y qué podemos aprender de ella… No es sólo eso sino también verlas como una oportunidad de energía extra para sacar fuerzas y hacer con ellas algo hermoso.

Gestionar nuestras emociones es desaprender. Descubrir lo que realmente eres cuando no dejas de ser tú porque lo que sientes se desborda. Sacarte de encima las limitaciones y dejarte fluir. Nuestras emociones son oportunidades para conocernos, para sentir quiénes somos y decidir sobre nuestra vida. Son utilidad pura. Nos dicen si vamos por buen camino, si lo que hacemos nos hace felices… Si nos traicionamos o nos somos fieles… Lo importante es entenderlas y saber qué quieren decirnos. Y usarlas para tomar decisiones porque llevan mensajes ocultos que nos guían para saber por dónde caminar. Y esos mensajes nunca se descubren a golpes, ni en pleno frenesí, sino cómo resultado de macerar lo que sentimos y escucharnos a nosotros mismos…

Leocadio habla de la ira y de la rabia. Cuántas veces, después de un ataque de rabia, no hemos tomado una determinación importante o hemos tenido la fuerza necesaria que te da “esa intensa sensación de dignidad súbita” para decir que no, que no tragamos más, que ya basta de bajar la cabeza…

Sin embargo, conseguir eso desde la armonía y no poner en riesgo la paz interior es complicado. Al menos, para mí y mucho… Ser capaz de tomar esa rabia ante lo que consideramos injusto y transformarla requiere sabiduría. Necesita de conocerse y aceptar que eso es una de tus debilidades  y que, previo este paso, puede convertirse en una fortaleza.

No se puede decidir ni contestar ante un ataque de rabia. Hay que respirar y responder desde la calma. Y eso, requiere entrenarse. A veces,  se puede contestar en diez segundos, cuando ya eres un alumno avanzado en ti mismo y has aprendido que no hay nada que otro haga que pueda perturbarte porque no le puedes dar ese poder sobre ti… Suena genial ¿verdad? Pero no se consigue en dos días… Hay un camino de aprendizaje hasta contestar desde la serenidad, la comprensión del estado del otro y del propio y tomárselo con sentido del humor… Y luego responder con actos, no encaminados a demostrar nada a esa persona sino a crecer. Entender que esa rabia nos dice algo de nosotros y nos indica una dirección en la cual trabajar… Un camino hacia uno de nuestros miedos y obstáculos a superar. Esta es la oportunidad de ir hacia ellos con una dosis extra de energía, motivación y vitalidad proveniente de esa ira que nos circula por las venas y que es necesario soltar para que no nos acaba destruyendo y haciendo arder…

Nunca he sido de morderme la lengua y considero que hacerlo es terrible. Siempre he pensado que las cosas deben poder decirse  con respeto y serenidad, aunque no lo he conseguido demasiadas veces, lo reconozco. Al final, o lo sueltas con calma o te callas. Lo de callarse creo que sólo se puede hacer desde  la sabiduría, desde un estado de conciencia enorme que hace que lo que te hagan o digan no te afecte, porque gestionas tan bien tus emociones que no necesitas responder a los estímulos exteriores porque lo que realmente te mueve está dentro de ti… Callar sí, tragar no. Si uno traga, debe asegurarse de que lo va a digerir y sabrá expulsar lo que sobra… Esa rabia contenida, ese sufrimiento, ese resentimiento, esa culpa que nos bucean en las entrañas y se hacen nidos dentro, esperando a que bajemos la guardia para que nos sintamos mal física y anímicamente… Y no para fastidiarnos sino para mostrarnos que acumularlos dentro no es bueno para nosotros…

Comunicarse con los demás y con uno mismo de forma adecuada es vital para conocerse.

¿Cómo se suelta la ira? ¿cómo se toma esa energía pura y se convierte en un libro, en un cuadro, en una receta de cocina, en una carrera hasta la meta o en cualquier acto que te libere y sea capaz de mejorar la vida a otras personas?

Y lo más complicado… Ser asertivo. Defender lo que eres y lo que quieres en tu vida sin bajar la cabeza ni dejarte llevar por la adrenalina. ¿Cómo se evita la tentación de no contestar al otro con la misma moneda? Lo digo porque las personas que están siempre a la defensiva, alerta y dispuestas al ataque para protegerse (la que os escribe es y ha sido una de ellas, hace tiempo que trabaja para dejarlo a un lado pero sin perder esa energía) se convierten en pequeños genios de la respuesta rápida y elocuente… Algo que no soportan las personas que se dejan llevar por la ira es ser víctimas de nada ni de nadie, porque la injusticia nos revela, pero a menudo, no nos damos cuenta de que cuando somos incapaces de gestionarla y mirar la situación desde fuera y con distancia, justamente lo que hacemos es prolongar ese estado de victimismo y no ser responsables de nuestra vida porque no tomamos las riendas…

Cuando nos pasamos el día con el “mira qué me han hecho” desviamos la vista de lo que importa “qué quiero hacer yo y qué provecho le saco para crecer”. Como cuando nos señalan la luna y nos fijamos en el dedo… Miramos al mundo con rabia porque lo vemos imperfecto y tremendamente injusto… Nos limitamos a responder con gracia y sorna… Lo hacen tanto y tan bien de practicar que al final les da pena perder esa capacidad adquirida de responder y soltar la rabia y quedarse tranquilo… Al menos en apariciencia, porque eso no te deja tranquilo. Te deja soltar por un rato, pero no sirve de nada. Te permite ganar la batalla pero no ganar la sabiduría. Lo sé por experiencia. Porque al hacer eso, no exploras tu responsabilidad en la situación, no entiendes qué dice esa ira de ti y qué aprendizaje conlleva. Zanjas el tema con un parche, te regodeas en ti mismo y te envuelves en tu rabia, te alimentas de ella y puesto que no la aceptas ni intentas comprenderla, se queda en ti y navega por tus venas. No consigues que te aporte nada y no le das la vuelta…

Cuando entiendes qué dice de ti y qué te ha llevado a esa situación, cuando ves la oportunidad que supone, eres capaz de soltarla… Hay mil formas. Nadando, bailando, corriendo, respirando hondo y sabiendo que lo haces por ti… Y luego, tomar ese subidón y hacer algo nuevo… Construir algo con ella. Vencer uno de tus miedos y dar el primer paso en uno de tus caminos pendientes…

Ya que la llevamos dentro y hay que soltarla, hacer que esa rabia salga de nosotros de forma constructiva y hermosa. Conseguir que antes de que nos devore, la podamos utilizar nosotros para comernos el mundo y evolucionar.

Y al pensarlo, al analizar qué ha pasado, tal vez ya no te ves como una víctima de nada ni de nadie, aguantando y tragando, sino como una persona capaz y responsable de su vida que supo transformar lo adverso en propicio, lo que parecía un obstáculo en un trampolín…

Y esa es una forma maravillosa de recoger nuestra rebeldía e inconformismo y usarlos para evolucionar. Dejar de intentar cambiar al mundo porque nos parece injusto e imperfecto y cambiar nosotros, para aceptar y ser capaces de entenderlo y amarlo tal como es…

Seguro que con nuestro gesto, ese mundo ya cambia un poco.

Para aceptarnos a nosotros cómo somos y usar nuestras debilidades para ser más flexibles y estar en paz.

Sin tener que callar.

Sin tragar nada.

Sin resignarse.

Sin perder la ilusión.

No podemos pasarnos la vida peleando con los demás…

No podemos pasarnos la vida en pie de guerra y enfadados con el mundo.

Eso creo, porque no sé nada… Estoy en ello, cada día, intentando aprender y cambiar sin guerrear y aceptar sin resignarme.

Por cierto, recomiendo leer a diario el blog de Leocadio Martín. Yo aprendo cada día más de sus conocimientos…


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¿Quieres ser feliz?


Ser feliz es casi un trabajo, una gran responsabilidad para vivir como soñamos, ser esas personas que deseamos ser y tomarnos la vida con ganas. Vamos muy perdidos, pensamos que ser felices es estar siempre arriba, en el punto álgido, cuando en realidad es una paz interior, una sensación de amarte y estar bien contigo mismo… Saber que pase lo que pase tu actitud te respaldará y sabrás encontrar la enseñanza que hay en todo lo que pasa. Ser feliz es estar al mando de tu vida.


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Lidera tu vida


No podemos pasarnos la vida culpando a otros de los que nos pasa. No somos lo que nos pasa, somos la forma en que lo afrontamos y lo vivimos. No somos nuestros miedos, somos la manera en que nos enfrentamos a ellos. Somos las palabras que usamos y todas y cada una de las quejas que nos repetimos cada día. Es la hora de no cerrar nuestra mente y tomar las riendas, gestionar nuestras emociones y sacarles partido, porque todas nos traen algo positivo, aunque duelan o asusten. Ha llegado el momento de responsabilizarnos de nuestra felicidad y nuestra vida y dejar de culpar a las circunstancias. Lidera tu vida porque si no la liderarán otros.

 


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Algunos errores son necesarios


Nos asusta equivocarnos y, sin embargo, es casi tan necesario respirar. Sin error no hay evolución, no hay madurez ni crecimiento. Sin fracaso, no hay victoria. Cada vez que nos equivocamos, abrimos un nuevo camino hacia otro lugar donde nos espera algo bueno, un aprendizaje que necesitábamos. Si sabemos sacar lo mágico, lo maravilloso, lo bueno de cada error, nos daremos cuenta de que salimos ganando y nos acercamos a nuestros retos, a nuestros sueños. Lo que cuenta es actuar. Decidir. Renunciar. Arriesgar. Equivocarse es maravilloso…