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la rebelión de las palabras


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Reinvertarte para seguir siendo tú


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Convirtamos el dolor que sentimos en belleza.

Hagamos algo hermoso con lo que nos hiere y nos asusta.

Seamos más sensibles a todo y a la vez más fuertes… Que nuestra sensibilidad nos permita atraer lo entrañable, lo dulce, lo que nos aporta valor… Que nuestra fortaleza nos ayude a aceptar lo que nos disgusta y araña, para poder encontrarle el lado bueno y el aprendizaje necesario.

Seamos bestias maravillosas. Auténticos y diferentes. Seamos absurdos ante un mundo que busca una perfección imposible y se arrastra porque no entiende que ya tiene todo lo que sueña…

Y no lo vive, no lo ve,  no lo nota.

Rondemos tanto la suerte, que seamos la suerte.  No esperemos más que lo que nosotros mismos podamos crear o imaginar y recibamos tanto como merecemos, que es mucho…

Encontremos eso que creemos que nos falta hurgando en nuestras entrañas cansadas… Mirando en los pliegues de nuestra conciencia, que a veces duerme y otras se despierta rabiosa porque no hace los deberes…

Amemos sin tregua. Amémoslo todo sin mirar primero, sin buscar a quién, sin encontrar los defectos ni las etiquetas. Que los besos nos arropen en las noches frías y los abrazos sean el sol que cuesta encontrar las mañanas de invierno…

Y amémonos a nosotros mismos como si ya supiéramos que nunca vamos a decepcionarnos. Como nos amaríamos si no tuviéramos miedo a las miradas ajenas y las propias.

Alegrémonos por todo lo bueno que nos pasa de largo y toca a quiénes nos rodean, porque es la única forma de conseguir que la felicidad se detenga ante nuestra puerta.

Seamos más que un número de afiliación a una sociedad que se pierde conquistando  mercados y vendiendo paraísos embotellados .

Derribemos nuestros miedos a todo. A vivir, a morir, a perder, a encontrarnos tan solos que tengamos que hablar con nosotros mismos y descubramos que no somos quiénes creíamos…

Saltemos los obstáculos que nosotros construimos, descubramos que creemos cosas que nos limitan y acorralan, que no nos ayudan a crecer… Cambiemos nuestros pensamientos por otros pensamientos que nos hagan felices, que nos dibujen un camino que nos lleve a ser quién realmente somos.

Lancémonos al vacío de nuestra incertidumbre, bailemos con la imprudencia de pensar que merecemos lo mejor, juguemos a creer que ya hemos llegado a la meta…

Vaciemos el armario de ropas viejas para personas cansadas y tristes que nosotros ya no somos y vistámonos con nuestra  esencia, sin avergonzarnos de cómo nos vemos, sin temer a qué dirán los que aún se visten de personas que no son…

Cojamos las piedras que nos han lanzado, las de nuestras antiguas fortalezas que en realidad eran muros que nos separaban de sentirnos vivos… Y edifiquemos un refugio donde quepan nuestras ganas inmensas de crecer.

Dejemos de sufrir  y de buscar excusas por no llegar o no aparentar.

Dejemos de llevar esas máscaras amargas para esconder lo que nos asusta

Salgamos de la burbuja que nos comprime y aísla. Rompamos el cerco que nos obliga a fingir y embotellar nuestras risas para cuando sean propicias y adecuadas…

Lloremos, riamos, bailamos sin parar por nada que no sea más grande que nuestra alegría.

Revivamos todo lo llorado para entender el por qué de nuestras lágrimas y cerremos las heridas.

Vivamos cada día todo lo soñado, para que de tanto sentirlo, exista.

Apasionémonos con lo básico, notemos el arrebato y el delirio de vivir en cada esquina lo mágico, lo extraordinario de cada momento único, la barbaridad de vivir sin más red que el sentido del humor.

Seamos quiénes deseamos ser, seámoslo ahora, sin esperar señal, ni ceremonia, sin necesitar súplica ni sacrificio.

Venzamos a la desidia, a la mediocridad y a la desesperanza de un mundo que tiene mucho por ofrecer pero que se esconde y se asusta… Que busca respuestas fuera y no dentro y que sólo encuentra dolor y apariencia.

Un mundo que se cubre el rostro porque se avergüenza y se desespera porque no encuentra maquillaje para el alma…

Vivamos al revés si del revés logramos ver el camino hasta nuestra conciencia, para que cada detalle sea el definitivo.

Reinventémonos sin perder de vista lo que somos, cambiemos para no dejar de ser nosotros mismos… Emprendamos nuestra vida.

 

 


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El precio de tu libertad


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Todo el mundo habla de ser libre en algún momento de su vida. De poder elegir y decidir qué hacer en cada uno de los pasos que debe dar para llegar a dónde quiere. Ser libre para escoger a qué dedicar tu vida sin estar sometido a cumplir los sueños ajenos o las oportunidades de mercado, a malgastar sus días haciendo algo que no le llena… Ser libre para abandonar un lugar donde no nos sentimos cómodos o dejar una compañía que nos intoxica. Ser libre para cerrar la puerta a envidias, rabias, rencillas, mentes retorcidas y personajes movidos por el odio y la intolerancia.

Muchas veces, decimos, en voz alta y de forma solemne, que no somos libres porque no podemos, porque no nos dejan…  Seguramente, en algunos casos sea bastante cierto, hay lugares del mundo donde uno no puede escoger, aunque en la mayoría de ocasiones, ser libre implica dejar cierta comodidad. Implica salir del decorado y dar un paso en falso que no sabes a dónde te conduce, aunque tenga el valor de ser “tu paso”, tu decisión, tu voluntad.

Duele al decirlo así porque, demasiado a menudo, nos pasamos los días soñando con salir de una situación que nos coarta o nos araña por dentro, que nos recorta las oportunidades y las ilusiones y nos deja tan asqueados que no tenemos fuerzas para disentir… Aunque estar en ella nos hace sentir cómodos. Es una comodidad dentro del hastío, una mezcla entre pereza y miedo que se nos impregna en el cuerpo y no nos deja ni siquiera sentir qué queremos. Todos generamos rutinas que nos hacen más fácil el día a día, incluso en el destierro, en el desconcierto, en el dolor. Creamos hábitos, algunos con sentido y otros no, y luego es difícil dejarlos… Recuerdo una persona, hace tiempo, que me contaba que tras tres largos años visitando a su madre en el hospital día tras día, cuando ésta falleció, tenía la necesidad de acercarse allí de vez en cuando porque aquel lugar formaba parte de su vida y se había metido tanto dentro de su esencia que la hacía sentir arropada y tranquila. Tejemos complicidad con lo que machaca, lo que nos lacera… Es una especie de síndrome de Estocolmo con nuestro propio asco e incapacidad para vencer esas rutinas, auspiciado por un miedo atroz a cortar el cordón umbilical con lo que ya conocemos, con lo que ya hemos aprendido a soportar… Una forma de conformarse con una vida mediocre para no correr el riesgo de caer y quedar al margen de esta sociedad donde la autenticidad es vista a veces como una distorsión y sometida a una monotonía asfixiante.

Cuando algo es rutina, aunque duela, se sobrelleva y aguanta porque encontramos los trucos para que no nos salpiquen demasiado sus consecuencias. Suplicamos que eso cambie, lo imaginamos, lo visualizamos mil veces pero tal vez no hacemos nada para conseguirlo. No hurgamos en la terca realidad para encontrar los resquicios ni buscamos alternativas… No nos aferramos a las oportunidades que surgen para abandonar esa situación, no nos las inventamos… Vivimos de la ilusión de ser distintos y afrontar ese momento, aunque en realidad, nunca llega porque no nos damos permiso. Y no llega porque no lo propiciamos, porque no hacemos nada hoy que no hiciéramos ayer y, en consecuencia, no cambia nada. Caminamos por los mismos lugares y pensamos las mismas cosas. Nos repetimos los mismos mensajes y tarareamos las mismas canciones… Miramos a los árboles del mismo parque… Crecen las hojas, verdean, amarillean, caen y son barridas del suelo… Incluso los pequeños cambios de nuestras vidas están calculados para contrarrestar esas fuerzas de la naturaleza que invitan a que todo mute… Para que todo dé la vuelta y nada cambie, nada perturbe ese devenir calculado de horas y días donde nada evita la rutina. Para vivir por inercia y sin substancia.

Sin embargo, luego mentamos la libertad como algo  precioso. Como un logro que no todos pueden alcanzar ni tener a su alcance… Pero no luchamos por ella, no nos movemos un milímetro de la posición inicial por tocar uno de sus vértices ni acariciarla siquiera. Nos gusta nombrarla y pensar en ella, nos gusta imaginar que corremos hacia ella y nos llena la vida… Nos recreamos pensando que un día será nuestra, que estaremos preparados para alcanzarla y manejarla… Que tendremos el valor de aferrarnos a ella y vivir según sus normas…

¿Normas? Pocas… Siempre he pensado que la libertad igual que la felicidad es un estado mental, una actitud, una forma de tomarse la vida. Todos podemos ser libres ahora mismo, aunque no todos estamos dispuestos a pagar el peaje que supone serlo. No todos hemos llegado a ese punto en que nos importa más dictar nuestras propias normas que estar cómodos… No todos asumimos escoger hoy la salud y salir del lugar viciado o dejar una relación dañina a cambio de no saber qué pasará mañana y abandonar un rincón mullido o una rutina asfixiante pero extrañamente cómoda.

Ser libre es asumir las consecuencias de esa libertad. Escuchar tu estómago y tu intuición. Dejarse llevar un poco por el olfato y confiar en que el diálogo entre nuestros dos hemisferios cerebrales sea válido. Es acatar que tal vez la libertad te supone dejar las corazas, los privilegios, la prebendas y los impermeables imaginarios que nos permiten vivir sin mojarnos, ni mancharnos ni quejarse, ni opinar, ni disentir…

Ser libre es ser consecuente con tus palabras y tus actos y no esconderse tras nada, ni nadie cuando hace frío y amenaza tormenta. No salir corriendo para buscar todos esos lugares cotidianos donde estar a cubierto a esperar que amaine, donde estar calentito y callado sin rechistar para no perder privilegios.

Para ser libre hay que estar dispuesto a caminar por la cuerda floja sin más red que el propio entusiasmo y el ingenio para hacer equilibrios.

Ser libre es abrazar la incertidumbre y ser descaradamente vulnerable ante el mundo y descubrir que no te importa… Someterse al propio criterio y confiar en tu talento para encontrar las respuestas a las nuevas preguntas…

Los que deciden no ser libres siempre tienen esas respuestas preparadas porque sus preguntas raramente cambian.

Ser libre es asumir la aventura de que todo salga mal y tengas que arreglarlo sobre la marcha. Confiar en lo que vas a aprender en cada tramo del camino y en ti mismo…

Ser libre es confiar en ti y saber que pase lo que pase sabrás cómo solucionarlo y, si no sabes, encontrarás la manera de darle la vuelta.

La libertad es un regalo maravilloso sólo apto para aquellos que están dispuestos a tocar el cielo y el infierno para conseguirla y mantenerla. Los que no se someten al pánico, ni están dispuestos a vivir una vida que no les pertenezca. La libertad es cara, carísima… Tiene el precio de asumir la responsabilidad de existir sin depender, sin ocultarse, sin desistir, sin engañarse a uno mismo aunque la verdad sea demasiado cruda… De vivir con la premura de reinventarse para estar a la altura, para ser más tú mismo y conocerte sin miedo ni ataduras… El más libre es el más responsable, el más audaz, el que más arriesga. Las personas libres nunca alquilan su conciencia ni sus valores, no ponen a la venta sus lealtades ni se someten a chantajes a cambio de sillas cómodas ni silencios pactados.

La libertad requiere un esfuerzo continuo. Es decidir que cada día de tu vida vas a levantarte y encontrar donde sea un plus de energía e ilusión para seguir, para motivarte… Saber que cuando caigas, tal vez te rompas con el golpe, pero que habrás escogido tú el cómo, el dónde y el cuándo.

La libertad es escoger el camino y dibujar la meta, estar dispuesto a confiar en tu capacidad para caminar y resurgir. Crearse cada uno sus propias expectativas. Tragarse el vértigo de saber que en algunos momentos estarás solo, sin paraguas ni cobijo, y asumir esa parcela de pánico. Sacrificar lo fácil por lo auténtico, por lo escogido, por lo extraordinario.

Escoger ser libre es una de las más grandes muestras de autoestima que puedes llegar a concederte. La libertad tiene un precio alto, altísimo, pero compensa dejar la rutina para crear magia.


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Para héroes


Sufrir es fácil. Hay incluso grados de sufrimiento. De soportable hasta altamente lacerante. Todos sufrimos. Nos golpeamos en la cabeza una y otra vez porque no aprendemos. Aprender es lo difícil. Sacar algo bueno del dolor. Usarlo como palanca para subir un eslabón más en nuestra evolución como seres humanos. Dejar de ser “el despedido”, “la enferma”, “la del corazón roto”, “el que nunca encuentra nadie que le quiera”… Arrancarse la etiqueta que tú mismo, a veces con la nada menospreciable ayuda de otros, te has puesto y dar la vuelta a todo. Coger esa sensación pegajosa y altamente adherente que es el dolor y todos sus acólitos (la pena, el asco, la baja autoestima) y utilizarlos para conseguir la gloria. Saber remover entre esa masa amorfa y encontrar un hilo del que tirar para construir, para levantar una fortaleza, para sacarte de encima una coraza más y no para poner una nueva… Cuando nos hacen daño, debemos sacarnos las corazas porque si las ponemos de nuevo no superaremps la prueba y seguramente volveremos a caer…

Llorar es fácil. Lo duro es convertir las lágrimas en perlas, como las ostras. Encerrarse lo mínimo necesario para recapacitar sobre los daños sufridos, curarse, encontrar un abrazo tibio de alguien querido y luego tomar impulso. Coger esa pena enorme que te hunde los hombros y fabricar algo hermoso. Coger la rabia acumulada y usarla como energía, como una fuerza extraordinaria para levantarse, ni que sea para llevar la contraria al mundo o a uno mismo, a esa parte de ti que cree que no volverás a confiar ni amar sin red. Ese tú que te traiciona y se apunta a criticarse cuando otros te infravaloran, que les allana el camino cumpliendo las expectativas que han pensado para ti sin apenas conocerte.  Ese enemigo silencioso que se queda en casa amargándose, que se esconde, que se cree inferior a no sé qué ser maravilloso que algún día creyó ver. Esa persona que a veces te habita pero que no te quiere como debe, como podría y como mereces. Ese tú que te traiciona y da la espalda…

Ponle a trabajar para ti. Toma su asco, su rabia, sus ganas de fastidiarte y haz que barra tu interior, que se lleve la porquería de la que lo ha cubierto durante mucho tiempo, que limpie cada rincón y te ayude a dar el salto hacia ti mismo. Construye con el material que sea, con lo que pilles, pero construye. Toma dolor y transfórmalo en belleza… Hay tantos tipos de belleza que seguro que tú dominas uno… Hay tantos talentos como seres humanos, seguro que tú tienes talento para mucho.

Sufrir es fácil. No te queda más remedio que sentir. Sacar de ello una oportunidad para crecer y evolucionar es para héroes. Para esas personas corrientes que en realidad son extraordinarias pero no lo saben . Esas que después de caer ya buscan la forma de volver a la carga.

Hay muchos tipos de dolor y todos llevan consigo un mensaje, una moraleja. Aunque no nos guste, aunque no queramos volver a sentirlo porque no lo merecemos… Aunque una vez está ahí, ignorarlo no sirve nada porque nunca se esconde lo suficiente y acaba saliendo a la superficie con más ganas. Es mejor oír su canto, escuchar ese ruido interior y usarlo para salir de esa masa espesa de dolor que nos escama la piel y nos cubre de negatividad.

Sufrir es fácil, terrible pero fácil. Sumirse en ese dolor y quedarse en silencio. Un silencio interior que nos convierte con recipientes vacíos, en almas convexas que repelen y rechazan todo lo bueno que llega por temor a que se esfume, por temor confiar y perder…  Ver como el mundo va de prisa y tú no lo alcanzas. Permanecer callado cuando todos hablan porque en tu cabeza oyes mil pensamientos que te acaban agotando y que se repiten y repiten sin parar. Salir corriendo para encontrarte a ti mismo, encerrarte y rendirte ante la comodidad de no tener que figurar ni sonreír…

Lo complicado es quedarse y no correr. Preguntarse por qué duele y pensar cómo resolverlo. Sentir el vacío e imaginar cómo llenarlo de forma coherente y sin apaños, sin medias tintas, sin remiendos extraños… Y no repartir culpas ni ahogarse en las quejas, por más justas que sean. Aunque otros hayan pateado tus derechos y hayan jugado contigo. Las culpas no sirven de nada. Si les das eses poder, ellos serán incapaces de darse cuenta del daño que hacen y seguirán pateándote y tú perderás la oportunidad de asumir la responsabilidad de dirigir tu vida y cerrarles la puerta. Cierra la puerta y ya está. Olvida. Que en tu mundo no quepan pateadores, farsantes, jugadores con corazones ajenos, arrogantes, maltratadores, ni nadie que no sepa estar a la altura de lo que mereces como persona.

Y luego, convierte el dolor en  belleza, en segunda oportunidad, en algo que mate de una vez tus complejos estúpidos, en el  salvapantallas de tu nueva vida, la energía que construye y abre puertas…

Escribe, dibuja, explica, baila, corre, juega, esculpe, proyecta un edificio maravilloso, crea una red de personas que cambien el mundo… Hazlo con la máxima intensidad, con toda la emoción posible, con todas la ganas que almacenas y eres capaz de sembrar en lo que haces… Ama cada momento que dediques a no pensar en tu tragedia. Cierra  los ojos y date cuenta… La suerte es este ejercicio, este momento. Darse cuenta a tiempo de que puedes, para descubrir cómo y tener claro por qué. Reinventarte. Coger las piedras del camino para construir tu fortaleza. Como usar la fuerza del viento para mover el molino… Como recoger la lluvia para llevar el agua a la tierra más yerma.

Sufrir es fácil. Pocos se escapan. Edificar algo sólido y bello sobre ese dolor es sólo para los que no huyen, para los que son capaces de sobreponerse y levantar la cabeza. Para ti también, aunque a veces lo olvidas y la capa de dolor que te cubre no te deja ver lo mucho que brillas cuando te sacas el disfraz de segundón en tu vida… Usa el bache para tomar impulso…

Sufrir es fácil, lo hacemos todos en algún momento, lo complicado es no convertirlo en forma de vida ni quedarse pegado a ese sufrimiento sino usarlo para fabricarse unas alas.