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la rebelión de las palabras


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Perdamos el tiempo un rato…


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Se me acaban los sueños antes de saborearlos. Se termina el aroma antes de inspirar… Vamos tan rápido… Bombeamos sangre a toda prisa para vivir sin parar, para llegar a un lugar que aún no se ha construido, ni imaginado… Un lugar que no existe, donde esperamos descansar y detenernos a pensar. Darnos cuenta de que vivimos y sentirnos cada músculo de este cuerpo agotado de correr, de abalanzarse hacia un futuro que aún no está dibujado.

Pruebo bocado sin degustar. El agua cae sobre mí y siquiera puedo sentir si está caliente o tibia, no noto su deliciosa transparencia ni su efecto sobre mí. Porque mientras, pienso sin pensar. Ocupo mi mente. Tengo la cabeza ya en los diez minutos siguientes, en mañana, en pasado mañana. Ese informe. Ese encuentro pendiente que a veces no llega a celebrarse. Una reunión maratoniana. Una discusión pendiente. Tengo cada minuto de vida programado para no vivirla. Cada una de las facciones de mi rostro preparadas para la risa o la pena. Sé qué pensaré cuando pase. Sé cuánto dolerá o el gozo que provocará cada buena nueva en mis neuronas sobreocupadas por la estupidez y la falta de sueño. Mis pensamientos comprimidos sin margen para volar, mis ansias ajetreadas sin saber escoger de qué preocuparse. 

No queda espacio para el momento perdido. No hay un centímetro cuadrado en nosotros para la risa inesperada, el encuentro fortuito, la sorpresa que desencadena un cúmulo de acontecimientos que nos cambia la vida en dos minutos.

No queda margen para el cachondeo ni el verso. Para notarse las puntas de los dedos y darse cuenta de que te estalla la cabeza porque no para, no cesa su actividad esperando más actividad para conseguir llegar a un punto en el que poder descansar.

No hay momento para oír la música, sentir la marea, notar el sol en la cara y el efecto de la luna. No queda espacio para caer, para dar el mal paso que nos lleve a levantarnos con ganas. No queda ningún rincón para recapacitar como los niños y percatarnos de nuestras faltas y carencias. No hay roce intenso en las caricias. Los besos son apresurados, faltos de substancia. Besos sin beso. Caricias sin roce. Abrazos rápidos y sin alma. Despedidas sin conciencia. Saludos sin apenas gesto. No queda sitio para perderse. No queda lugar para propiciar casualidades mágicas, vacilarse a uno mismo y reírse de sus banalidades… Hacer el ridículo y superar la cuesta. No hay paciencia. No hay rebeldía ante ti ni ante nadie… No hay brizna de ilusión en esta fábrica de monotonía generada en nuestras cabezas.

Todo está determinado por la rutina. Por fronteras autoimpuestas y límites absurdos que nos coartan emociones nuevas, nos ocultan senderos interiores por los que llegar a conocernos… Motivos por los que amarnos y amar. No soñamos, almacenamos sueños. No deseamos, imaginamos que poseemos. Lo dejamos todo para más tarde, para un luego que no llega porque el tren pasa con retraso. Fingimos las alegrías como si fueran orgasmos. No llegamos al clímax de nada porque nada se retiene en nuestras pupilas suficiente tiempo como para notar que es casi nuestro. Pasamos de puntillas por la vida en lugar de bucearla.

No queda espacio para la poesía, vivimos sujetos a una permanente prosa… Con palabras repetidas, frases conocidas, comas incrustadas… Puntos y seguido eternos y demoledores.

Si pudiera parar. Existir solamente por existir… Respirar por notar que respiro… Recordar por qué estoy donde estoy y preguntarme si aún me importa o conmueve… Si aún me motiva.

Vivimos casi sin vivir esperando tomar ventaja conseguir llegar a la meta y vivir sin tener que apurar, sin lamentarnos. Esa meta no existe. La vida es hoy. Ahora. Es presente. Es el abrir y cerrar de ojos y la bocanada de aire que te entra en los pulmones en este instante… El sabor del café y el calor de este instante compartido… Esta frase corta. Este momento que se escapa por el desagüe de nuestra vida en el sentido de las agujas de reloj. La perplejidad al pensarlo… La punzada al asumirlo. Ya está perdido.

Y no nos damos cuenta… Nos precipitamos hacia nosotros mismos. No nos dejamos espacio para intentar y sucumbir. Para perder, para fracasar, para luchar. No hay margen para el asombro ni el desliz. No hay margen para la vida, ni el disparate… No hay espacio para la risa tonta y la mirada insinuante. No queda lugar para la utopía. Hay que alimentar al pensamiento flojo y silvestre… Hay que permitirse perder el tiempo un rato.

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Método infalible para no llegar nunca a ser feliz


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No te cuestiones nada.

No preguntes. Calla. Espera.

Dí siempre que sí. Incluso cuando no quieras. Cuando el sí sea la carga más pesada que arrastras.

Traga, siempre. Aunque no tenga sentido. Aunque no sepas la razón y te des cuenta de que mereces mejor trato.

Intenta gustarle a todo el mundo. Cree firmemente que hay espacios de gloria que te están vetados porque sí. Porque eres tú. Como si en tu ADN hubiera un gen repelente a la dicha, a la fortuna, a la capacidad de conseguir lo que anhelas. Como si el mundo se dividiera en ganadores y perdedores y tú estuvieras enjaulado en el segundo grupo.

Esconde tus ideas por si ofenden.

Procura no destacar por si te miran y critican. No opines. No brilles por si a alguien le molesta.

No arriesgues por si te equivocas y eres el blanco de las burlas.

Procura no hacer nunca el ridículo. Ríele las gracias a todos. Siéntete común, vulgar. No te diferencies. 

Esconde tus sentimientos y emociones. Piensa que mostrar lo que sientes te hace débil, que tener miedo es de cobardes y que las dudas no son necesarias.

Cree firmemente que llegará un día en que serás feliz. Que todo estará controlado entonces, como por arte de magia. Que tendrás el hogar perfecto, la familia perfecta, el aspecto perfecto, el trabajo perfecto… Que podrás anotar esa fecha en el calendario como el primer día del resto de tu vida. Y decide esperar sentado a que llegue.

Cree que la felicidad viene desde fuera y no desde dentro. Que es absoluta y que llega del tirón. No escuches a otros. Lleva tu pena en silencio y convéncete de que eres el único que lo pasa mal.

Que no te importe sufrir mientras esperas que llegue ese momento de perfección. Aguanta malas caras y baja la vista. Pásalo mal, que el rencor te carcoma, arrastra una carga esperando que todo cambie por azar. No vivas esperando vivir. No ames si no ves un atisbo previo de amor en los demás.

Siéntete gusano y procura esquivar las pisadas de quienes crees que están destinados a ser mariposas. No confies en nadie.

Posterga el momento de parar y cerrar la puerta al asco que te da todo esto. Postérgalo todo hasta que pierda sentido.

Déjalo para mañana o para nunca. No te esfuerces, piensa que no merece la pena.

Sé altamente desdichado y no te rebeles. Aguanta situaciones injustas porque no hay más remedio que sobrellevarlas. Decide que no puedes cambiar nada. Que el destino está escrito. Que sentir dolor es habitual y necesario. Que encajar golpes forma parte de tu día a día. Que no mereces más.

Piensa que lo pequeño nunca será grande. No imagines. No sueñes.

Cree que no hay elección. Compádecete de ti mismo.

Decide que todo esto no es responsabilidad tuya. Que eres una víctima. Que nada está en tus manos. Que tu vida no es tuya, que no la diriges y que no puedes escoger a dónde va.

Laméntate y quéjate por todo y propaga tu desdicha. Que lo sepan todos, que lo compartan.

Etiquétate como el desgraciado. Que todos lo sepan. Que todos lo digan, el primero tú.

Lleva tu etiqueta con el mayor pesar posible. Regodéate en tu miseria, en tu imposibilidad de dar la vuelta a la situación.

Ah… Más todavía… Busca una excusa convincente para no haber sabido cambiarlo todo, por no haber tenido ganas de frenar a tiempo tu frustración y resignación vital. Y si no la encuentras, acarrea también la culpa y la rabia por no saber cómo llegar a la salida de este sucedáneo de vida. Y si te duelen demasiado estas emociones corrosivas, busca a alguien ajeno que parezca que lucha por vivir a su modo y que se esfuerza por encontrar respuestas. Alguien a quién descargarle tu ira. Sé injusto con él, pisa su dignidad, humíllale, critícale hasta la saciedad como si fuera lo más importante de tu vida, tu único tema de conversación… Y envidia su felicidad si no eres capaz de quebrar sus defensas, si no puedes derrotar su entusiasmo.

Ódiale a él por tu cobardía. Cúlpale y nota los efectos nefastos de este sentimiento en tu propia esencia y tu cuerpo cansado. Pasa de presa a depredador. De cordero sumiso a lobo voraz.

Y cuando termines, prepárate para volver a empezar. Esto es un círculo vicioso que no acaba nunca.

¿O no?

 

AMARSE ES UN REGALO PARA TI MISMO, UN FIN Y NO UN MEDIO, UN LUGAR EN EL QUE TE SIENTES COMPLETO Y A SALVO.

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Escritora y apasionada de las #palabras

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Eternamente insatisfecho


Cuando te dicen que ya basta y sabes que sólo es el principio. Que dentro de ti hay esa inercia que no se detendrá nunca. Que tu apetito por todo es gigante y tu deseo ocupa una enorme llanura por cercar. Que el guerrero dormido tiene suficiente siesta y ahora busca delirio, busca combate y substancia salvaje. Y sabes que no volverá a descansar hasta que sepa que lo ha probado todo y llevará consigo ya siempre el recuerdo de cada momento.

Cuando te piden que pares y sabes que vas a continuar. Un estruendo enorme sonando en tu cabeza que deja claro que no puedes someterte sin traicionarte, que no puedes decir que sí a todo, sin que un no inmenso te salga de los labios desde el pecho, rompiéndote el ego al salir y dejándote desbocado y sin posibilidad de negarte a más. Sin poder escapar de tu propio deseo de no ser uniforme, no vivir muriendo, no morir en cada esquina… No dejar de temblar nunca ante la caricia ni de imaginar que lo que tanto sueñas sucede y tiene un sabor extremadamente dulce, de un dulce eterno, de un eterno que se consume rápido y sin esperar a ceremonias.

Cuando sabes que siempre tendrás ganas, que por más que corras, llegarás de nuevo al punto de partida, porque el único trayecto es el que lleva hasta ti, hasta lo que quieres, lo que necesitas… Hasta tus preguntas pendientes y esas respuestas que darías años de vida por no escuchar pero que sabes que van a hacer eco en tus entrañas porque eres de los que no huyen nunca, de los que se quedan y encajan aunque salpique, aunque de miedo, aunque de vértigo y desde el principio se vea muy claro que van a caer.

Cuando te suplican que calles y la lengua se te suelta porque el silencio impuesto y no quebrado es cobardía, es miseria, es negar lo que te define y conformarse con menos de lo que te llena. Quedarse a medias, vivir sin roce.

Cuando te cierran la puerta y sabes que vas a embestirla como un animal salvaje. Sin esperar a saber si te quedan fuerzas, sin calcular las mofas, los comentarios sin alma y las miradas cáusticas… Cuando te rechazan y sabes que el problema no está en ti sino en ellos, que no saben ver la esencia, que te miran y ven su falta de aliño por la vida, su propia mediocridad, su necesidad de amor y su déficit de risa.

Cuando respiran a tu lado y tiñen el aire de amargura y tú contienes los pulmones para no llenarte con su flema viciada y su espectro oscuro… Cuando se sacuden sobre ti todo el asco que almacenan y el terror te invade pensando que participas en su tragedia, en ese circulo vicioso que han escogido recorrer sin salir, sin pedir ayuda… Sin volver a la linea recta y encontrar la salida.

Cuando sabes que harás lo que debes, aunque duela, aunque suponga tragar condena y consumir consecuencia ajena. Aunque te toque cargar el hatillo de las amarguras de otros y encajar sus bromas, sus ataduras y sus lágrimas. Ser su única escapatoria, su evasión…

Cuando caes y sabes que te has dejado las rodillas en el asfalto, pero no te importa porque no las sientes, no notas que caes porque hacía rato que ya no caminabas sino que flotabas. Cuando ya no te alcanza la vista y sabes que vas a vivir de oído, de olfato y sobre todo, de tacto. De vibrar cada vez que las puntas de los dedos surquen una herida que se sella y te recuerdan quién eres y lo mucho que amas. Si amas en balde y no te sientes idiota porque sabes que no te equivocas sintiendo. Que ese amor rebota en una pared de indiferencia y vuelve… Y lo toca todo sin saber a dónde apuntar. Y cuando eso sucede, tal vez te toque un arrumaco, te acaricie la nuca un beso perdido o recuerdes el calor de unos ojos posados en tu escote.

Cuando ya no esperas nada y llega algo que parece un todo y es delicia y misterio puro. Y todo se prolonga como una llama que arde constante. Y tú te quemas… Y sabes de inmediato que volverás a por más porque estás siempre buscando, no tienes nunca suficiente. Siempre con el deseo puesto, eternamente insatisfecho.