merceroura

la rebelión de las palabras


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La bestia ya no soñaba


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Estaba la bella y estaba la bestia. Ambas eran hermosas. Se acariciaban con palabras pero no se tocaban jamás. Pertenecían a dos mundos separados. La bella se debía a su circunstancia, su hermosura extrema, su elegancia… Su mundo perfecto. La bestia era parda y legañosa, tenía la beldad de las bestias, una fiereza enérgica que le daba presteza y fuerza… Pero era animal. Era pelaje y furia. Era un pedazo de naturaleza contenido en forma difusa. Adoraba a la bella. La quería tomar entre sus garras y notar como la sangre le sondeaba las venas, el calor de su piel dulce y suave… Sus labios mojados. Quería decirle que era suya por entero, que le pertenecía toda su casi humanidad y sentimiento, pero no podía. La bella hubiera huido despavorida, hubiera gritado de pánico al soñar mecerse en sus fauces. La bella era otra materia, otro sueño, otra atmósfera. La bestia era inmunda. Era grandiosa, majestuosa, pero bestia. Y sin embargo, la bella apreciaba su ingenio y calidez, su risa loca, sus ideas… pero no nos engañemos… Era bestia, eso se paga, con la indiferencia. La bella era etérea, era pura pero sabía poco de corazón y mucho de risa. Vivía en un mundo aparente, selecto. Dormía en lecho de rosas y perfumaba el aire a su paso. Era fruta deliciosa sujeta a un árbol gigante, era presa suculenta pero inalcanzable. La bestia la miraba con ojos de cachorro triste. Olisqueaba sus cabellos casi blancos y brillantes y procuraba respirarle cerca para compartir un poco de su aire. La bestia adoraba a la bella y la bella, no lo sabía, pero necesitaba a la bestia. Necesitaba su abrazo tosco, su ademán sincero y su corazón caliente. En sus garras afiladas, que jamás podrían dañarla, era feliz. La bestia la completaba. Era aire fresco en un reducto de aire viciado. Era nada apariencia y todo fondo. Esencia pura, amor real, amor básico. Fuego y arena. Cobijo y sustancia. La bestia lo notaba. Podía adivinar un pequeño atisbo de amor en los ojos de la bella, cuando le hablaba. A pesar de sus desaires y sus indiferencias, en algún momento, al cruzar las pupilas, le había parecido que su mirada le decía “no me importa que seas bestia, bestia” y a su vez la bestia le correspondía diciendo “a tu lado casi no me importa ser bestia, bella”. O lo había soñado…

La bestia ya no soñaba. Algunos sueños duelen.