merceroura

la rebelión de las palabras


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Antes de que la tierra tiemble


Si lo tocas un instante, agárralo. No te lo pienses mucho, ese momento de magia se agota. Lo bueno es altamente combustible y se consume rápido. Lo breve hay que apurarlo, lograr que se meta en tu piel y puedas retenerlo. No te pierdas un segundo de su rostro mirando tus zapatos y pensando si das el paso, si te atreves a cruzar la calle, si doblas la esquina. Surca sus facciones y bucea en sus venas. Degústalo con avidez. Salta sin mirar al suelo porque sólo te interesa lo que hay al otro lado. Que no se escape lo que deseas, que no demore más el tacto de tus esquinas descuidadas y deseosas de caricia. Que no le alcance el viento a lo que sueñas y acabe en un rincón olvidado, en una calle oculta esperando ser encontrado por otro o tragado por el tiempo.

Si casi lo notas, haz que exista. Que sea algo más que una idea. Que habite en ti como sensación, como una punzada que quema y arrastra. Que tus entrañas no se resistan más a ser ocupadas por su calor dulce, su mirada tibia, sus palabras duras con voz sinuosa. Mécete en sus sílabas, déjate llevar por sus pupilas. Sucumbe. Mejor ahora que mañana. No pierdas tiempo.

Si lo buscas, que sea con todas las consecuencias. Que no temas encontrarlo y vaciar todo el asco que pueden acumular tus sienes agotadas de esquivar rutina, de sacudirse las lágrimas. Que lo sujetes con todo tu ser y sea capaz de hacerte dar la vuelta y dejar atrás todas esas tardes sin poder evitar preguntarte por qué. Que te coja con cariño por tus costuras deshilachadas para no romperte en mil pedazos y te convierta en un ser elástico y maleable al abrazo y firme en las convicciones.

Que te ocupe las sombras y los huecos. Que te revista de besos y te esculpa de caricias. Que no te falte, ni sobre. Que no te endurezca ni derrita. Que disipe tus nieblas y condene tus temores a la nada absoluta.

Sé tan grande a su lado que se sienta grande. Sé tan brillante que no tenga más opción que brillar. Sé tan libre que no pueda más que ser libre.

Y si lo sueñas aún, sucumbe otra vez. Frota la lámpara imaginaria y que salga ese genio que hay en ti que todo lo puede cuando lo imagina. El que todo lo vive de cabeza y lo toca antes que exista.

Que todo tu ser acabe exhausto de intentarlo. Que todo tu empeño lo consiga. Que lo celebre antes de tenerlo, que lo viva cinco minutos antes de alcanzarlo. Que tu carne suave note el roce y la efervescencia antes del contacto… Que tu columna vertebral se arquee esperando saltar la duna … Ve por delante de todo. No te conformes con las vistas, sé la montaña. No sueñes sólo con llevar la barca, sé la marea. Eterniza el beso, prolonga el abrazo. Haz que el paseo no se acabe nunca y toca todo lo tocable incluso antes de tenerlo cerca. Que se te acabe el fuelle por falta de aire no por falta de ganas. Que se te rompa el misterio y no el deseo.

Ama antes de ser amado. Ríe antes de que haga gracia. Baila antes de que la música suene. Siente lo bueno antes de que suceda. Ese es tu patrimonio. Esa es tu conquista. Y cuando debas esperar, espera, pero espera con entusiasmo, sin apatía, mirándolo todo con ojos de niño curioso, con la sonrisa puesta y notando cada fibra de vida que roza tu cuerpo. Sin perder detalle, sin dejar de lamer la brisa… Sin perder la mirada de león hambriento, pero sin la angustia… Que tu silencio sea fácil de quebrar. Que te pille la risa facilona. Que la alegría encuentre un camino recto a tu pecho y tu cuerpo baile al primer compás de la música. Goza ya, porque sabes que lo bueno se acerca. Que esta espera deseosa ya es parte de la recompensa. No aparques la emoción para más tarde. No postergues tu dicha. Que hay prisa por reír y sentir… Toda gira gran velocidad. Todo se apura nada más empezar. 

Suéltate. Deja las riendas. Cae en la tentación. Paladea tu sueño antes de que llegue a tus labios.  Sé tu sueño. Hazlo ya. Mejor ahora que mañana. Vibra antes de que la tierra tiemble…

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Vivir hacia dentro


vestido blanco

Se pondrá un vestido nuevo. Ese que espera ocasión eternamente colgado en el armario y sabe que no llegará el momento. Se contemplará largamente en el espejo para dibujarse un rostro y buscará esa piel perdida de terciopelo que dejó olvidada hace tiempo, cuando decidió que ella ya no se importaba tanto. Cuando se sustituyó por una autómata.

Cuando salga al mundo, se dará cuenta de cada minúsculo detalle que abarque su vista. Todo lo que se cuele por las esquinas de sus ojos será escrutado y vivido, sometido a prueba para saber si cabe, si brilla, si es bello, si produce dolor o placer o todo a la vez. Y si no nota nada, lo arrancará de su mirada para que no ocupe espacio en su mente, siempre sobreocupada, siempre sometida a ritmo vertiginoso… siempre pendiente de pequeñas pugnas y guiños ajenos. Quiere sentir.

Se le quedarán prendidos a la nariz los olores y en los hombros decidirá si lleva el peso de todas las caras de angustia que crucen su camino… tal vez algunas sí, otras no… todas jamás, nunca más, eso seguro. Ella decide.

Caminará cuanto desee y se cansará cuando quiera. Cuando lo haya visto todo y las ganas le pidan descanso por un rato, cuando sus ojos lo hayan devorado todo y el pecho le estalle de emoción. Y se sentará a mirar, a sentir como el viento le pone la piel de gallina en esta tarde de primavera en la que ella lleva ese vestido que jamás hubiera estrenado de no ser porque ahora escoge lo que quiere y decide lo que hace. Desde que siente que no tiene dueño, que otros no dirigen su vida… pasa frío, pasa miedo, pasa hambre. No duerme ni consigue frenar sus pensamientos. Se estremece al pensar que en las próximas horas, algunas de sus equivocaciones le puedan pasar revista… y tendrá que toparse con ellas de frente, sin vacilar, y sin poder tirar de las cadenas que la sujetaban al amo y pedir ayuda. Una sensación de deslizarse cuesta abajo en patinete le cruza el cuerpo, como un sable afilado que podría partirla en dos y siquiera inmutarse… hasta caer. Sin poder parar, sin evitar el golpe.

Hace frío en el mundo sin red, sin sujetarse a la cuerda. El vértigo es gigante, una noria enorme que no para nunca. La cabeza le da vueltas y oye mil voces. Aquí a fuera es todo intenso, excesivo… hay que saber escoger y encontrar ese punto entre dejarse llevar pero no permitir que te lleven. La libertad conlleva un precio. Le consuela su vestido nuevo, poco adecuado para esta tarde fresca, pero fruto de la insensata decisión propia que toma alguien sin dueño, que baja la cuesta a toda velocidad y asume el riesgo. Alguien que harta de vivir preocupada por las esquinas y las palabras ajenas se ha dado cuenta de que quiere vivir hacia dentro. Sólo se vive hacia dentro y es lo que importa. Lo demás son intentos de vida sin sentido. 

 


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Unos zapatos rojos


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Recogió sus miradas perdidas, sus risas flojas y sus zapatos rojos … Se apartó de ese lado del camino dónde es fácil caer y se acumulan instantes de desesperación máxima. No quería más lamentos, ni quejas, ni excusas, ni historias inventadas. No llevaba nada encima, tal vez ganas de locura, de sorpresa, de perder el aliento y despertar en otro mundo. Ganas de sentirse tan viva que sintiera como si el mundo se hubiera detenido. De gritar para que la oigan los de la última fila que siempre critican, incluso cuando no sale a escena. De salir del escondite y conseguir un imposible. 

Sabía que el camino era largo y que albergaba recodos oscuros, pero estaba segura de haber vaciado lo inútil de su equipaje y haberse quedado sólo lo imprescindible. Lo mágico, lo único… lo bueno. Algunas anécdotas facilonas, dos cuentos tristes, algunos recuerdos de esos que duelen pero emocionan y muchos rostros afables que le daban aliento y serenidad. En el fondo de esa maleta, no podía obviarlo, había quedado alguna migaja de miedo… pero había vaciado el asco y la rabia.

Ahora ya no era de plástico, lo notaba. Era de un material poroso y flexible, capaz de adquirir cualquier forma, altamente maleable, altamente resistente… altamente sensible. Se mecía con el viento y todas las realidades que encontraba en su camino se instalaban en ella, la invadían… pero era una invasión amable. Mientras era de plástico esto no le sucedía, el plástico es impermeable. Nada te agrede ni atraviesa si eres de plástico… nada te llena, nada te impregna ni perturba. El plástico era cómodo pero falto de todo lo que a ella le importaba. Era profiláctico pero frío. No admitía arañazos ni heridas, pero tampoco roces de cariño. No se manchaba, pero tampoco no se reía. No lloraba ni de pena ni de alegría. No podía ahogarse porque flotaba, pero tampoco aprendía nada de lo que era luchar para salir a la superficie. Al final, la carne ganó al plástico y la emoción ganó a la carne… y el miedo se fundió en ganas y deseo y los pies se le escaparon solos por el camino.

No sabía a dónde iba, no sabía del todo qué buscaba pero sí lo que no quería encontrar. No iba prevenida para nada. No se cubriría de la lluvia, ni del viento. Iba a notar el frío y el calor sofocante. Iba a dejarse engañar por confiar. Iba a dejarse querer y odiar. Iba a sentir dolor y placer. Estaba decidida a vivir y a asumir los riesgos que este apasionante ejercicio conlleva. Tal vez volvería a casa sucia, rota, con el corazón desgajado y cubierta de arañazos… como uno de esos gatos que deambulan por los tejados de noche buscando brega… buscando vida.

Lo que le esperaba ahora era incógnita, era sueño, era fiebre, era fuego… un bocado demasiado irresistible como para esperar sentada en el escalón de siempre a que pase el tiempo. Mejor andar, sin parar, encontrarse la vida de cara y darle un buen mordisco. Mejor dejarse llevar por las ganas y los sueños, sujeta al asfalto por sus convicciones y unos zapatos rojos.