merceroura

la rebelión de las palabras


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Suelta


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Hace un rato alguien me preguntaba cómo se perdona. Y no se me ocurre otra forma de explicarlo que responder “amándote mucho”. Perdonar es amarse porque supone quitarse una espina clavada que nos sigue desgarrando, una punzada que nos recuerda el dolor y el desengaño… Perdonar es arrancarse la mirada del otro de encima y dejar de pedirle que te valore, que te mida, que te tase y te ponga precio… Es decidir que dejamos de mirar al espejo esperando que nos diga quiénes somos y buscamos dentro de nosotros para amar lo que ya es… Es un acto de amor contigo mismo, un acto de respeto por lo que eres y por lo que son las personas. Un acto de comprensión hacia otro que acaba rebotando en ti y llenándote de paz.

¿Cómo se perdona? Queriéndote tanto que te des cuenta de que la opción de no hacerlo supone seguir atado a alguien que sigue horadando tus heridas cada vez que recuerdas su agresión y renuevas tu votos de no perdón… Valorar tanto tu tiempo que sepas que no hay un segundo que perder recordando la ofensa, que no hay un minuto de tu vida que ocupar pensando en las razones de otro y dejando tus ilusiones. Abrazando tus errores y dándote cuenta de que todos somos imperfectos y nos equivocamos y que eso forma parte de una aprendizaje infinito que la vida nos pone delante.

Se perdona porque el dolor de no perdonar es tan intenso que rompe y erosiona por dentro y escribe palabras terribles en las paredes de tu alma… Porque empieza a desgajar tus momentos felices y romper tus risas… Cuando dependes tanto de esa persona por no ser capaz de soltar el recuerdo que a cada paso se abre el suelo bajo tus pies. Cuando te das cuenta de que no perdonar te duele más a ti que a nadie.

Perdonar es dejar de esperar que te acepten para empezar a aceptarte. Asumir tu poder sobre tu vida y dejar de poner en manos de otros tu felicidad… Perdonar es vivir en el presente y dejar de visitar el pasado para reabrir heridas y culparse por no alcanzar una perfección insoportable e inasequible. Perdonar es vencer sin luchar y hacer las paces contigo. Es arriesgarse a vivir por entero en un mundo donde muchos viven a medias por si vivir duele o te ensucia las manos… Mirar a esa persona que nos ha hecho daño y descubrir que late y vibra como tú y que pase lo que pase, si no la soltamos y liberamos de nuestra rabia, nos seguirá ofendiendo una y otra vez… Incluso cuando ya no esté, porque nuestro rencor nos ata a ella más que su ofensa.

Perdonar es decidir que no nos importa lo que digan ni piensen porque somos lo que necesitamos ser y vivimos la vida que nos llena, aunque al mundo le inoportune nuestra dicha y se sienta incómodo con nuestra forma de ser felices.

Perdonar es darse permiso a uno mismo para que las palabras de otro no te arañen, desactivar la tecla que otros tocan para alterarnos y modificar nuestro ánimo. Es recuperar tu poder para decidir cómo y cuándo actuar. Dejar de ser reactivo para tomar las riendas y ser consciente de qué emociones viven en ti y de todo lo que puedes aprender de ellas.

Perdonar para sacarse de encima la excusa de sus palabras para recordarse las culpas que llevamos pegadas y dejar de usarle para descubrir miedos. Es decidir que lo que nos hace vulnerables nos da la oportunidad de crecer y aprender y que mostrar nuestras debilidades sin temor las convierte en fortalezas. Perdonar es ponerse en el lugar de otro y poder ver que la realidad tiene muchas caras.  Es deshacer el nudo que mantenemos prieto y que nos ahoga y comprime. Es desandar el temor a no gustar y no merecer… Es dejar el camino de guijarros que insistimos en pasar con los pies desnudos para empezar a usar las alas que ignoramos tener asidas a la espalda.

¿Cómo se perdona? decidiendo que no te duele porque no va contigo. Que no se puede cambiar el pasado pero que el presente depende exclusivamente de ti.  Que no permitimos que nadie nos diga quiénes somos ni qué debemos sentir, que vamos a coser nuestras heridas y descubrir nuestra grandeza… Que sepamos que estamos de nuestra parte y no nos ponemos la zancadilla, ya nadie podrá decirnos nada que nos aparte de nosotros mismos…

¿Cómo se perdona? Amándote y decidiendo que no hay nada en ti que merezca reproche porque cada día trabajas para crecer… Y asumiendo errores como puertas necesarias que cruzar y cerrar… Diciendo no a seguir enquistado en el absurdo.

Amando la noche para saber apreciar el día… Conociendo la sombra para descubrir la luz… Entendiendo que tal vez todo esto sea una lección necesaria que nos cuesta aprender y aceptar porque lo que conlleva y supone superarla es tan grande que se nos escapa a la comprensión…

Se perdona cuando se comprende que a veces no hay nada que perdonar. Que si quieres salir adelante no hay más remedio que quitarse la capa del miedo que te hace invisible y ponerse la persona que confía en sí misma, la de persona extraordinaria que escoge sentirse siempre digno pase lo que pase… La que en el fondo no necesita capas para esconderse.

¿Cómo se perdona? eligiendo seguir adelante a pesar de todo. Dejando de buscar excusas para autosabotearse y quedase anclado en el pasado, soltando la carga pesada de una autoexigencia tiránica, permitiéndose cortar los hilos que te convierten en marioneta de otros y de tus propias emociones por comprender, por conocer, por gestionar.

Se perdona cuando te das cuenta que perdonar es perdonarse. Cuando aceptas que a veces para seguir adelante hay que renunciar a tener la razón y a ganar una guerra que no tiene sentido.

Se perdona soltando el amarre que nos ata al dolor en el que a veces nos sentimos cómodos porque buscamos compasión y dándonos cuenta de que merecemos más que eso… Merecemos lo mejor, el amor de verdad que nosotros mismos somos capaces de darnos. Se perdona soltando el lastre y dejando que lo que lleva el río llegue al mar.

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Llueve


Llueve en mi mundo hoy. Es una lluvia fina que no se cansa de recordar y medir, de observarlo todo con ojos de búho triste, esperando una señal para respirar y descansar… Para que sepa que toca renovarse y sacar al sol los trapos viejos y lavarse la cara, la otra cara… La verdadera cara… 

Llueve con unas ganas lentas, como si quisiera borrarlo todo sin dolor ni aspaviento y sin que te dieras cuenta se hubiera llevado los tatuajes del alma y los momentos de angustia. Llueve bordando cicatrices y bailando sobre los cristales rotos y las muecas amargas que necesitan risas. 

Llueve y me vienen aromas pasado y rutinas que se me incrustaron en el día a día y que en algún momento desaparecieron, nadie sabe cómo ni por qué. Intento recordar cuándo dejé de hacer esto o aquello, cuando dejé de pasar por aquella calle y de visitar aquella tienda en aquella plaza… Y las personas, las que se fueron. Algunas se fueron un día concreto, a golpe seco, como si la vida las barriera. Otras se fueron borrando poco a poco hasta que dejaron de tener sentido en este nuevo pedazo de vida. Lo que hoy nos parece dogma, mañana es recuerdo, es aroma, es nada.

La vida siempre te astilla el sillón cuando te acomodas para que sepas que hay que moverse y levantarse. Para que tengas que dejar de pasar por esa plaza y cambies de caras y tal vez un día como hoy vuelvas a verlas, a rescatarlas y te des cuenta de que no las echabas de menos pero, a tu modo, sigues amándolas.

Llueve hoy en mi mundo cargado de cuentos e historias maravillosas. Las brujas son ahora preciosas y las princesas son más guerreras que nunca… La lluvia fina cae sobre un manto verde, cada vez más verde gracias a la lluvia fina… Porque todo es causa y efecto y  el fin y los medios se mezclan hasta que todo tiene sentido y cobra forma. Llueve para sacar de dentro ese llanto acumulado que te quiebra e irrita la garganta y al mismo tiempo lloras porque llueve y te recuerda que no lloras… No lloras suficiente y por lo tanto no puedes sonreír con ganas. Llorar para darse cuenta de que duele y decidir soltar ese dolor y convertirlo en pasión, en motivo, en magia.

Llueve como si fuera a llover siempre, pero no importa porque la lluvia acumula tanta belleza que podrías acostumbrarte a vivirla y amarla. Llueve a sorbos, a caricias… Llueve lágrimas de plata que se posan en los objetos más cotidianos y lo convierten todo en un escenario posible y ávido de sorpresa… Llueve una lluvia eterna pero no importa porque te das cuenta de que si decides abrazarla y sentirla, la vida sabrá apartarla de ti para que comprendas que no dependes de ella, que no la necesitas. Y entonces, la tendrás siempre, hermosa, abundante, infinita… Lloverá a placer cuando sueñes lluvia, cuando respires lluvia, cuando busques lluvia…

Llueve sin culpa para que suelte mi culpa. Para que me perdone los sueños perdidos y los escalones que no puede subir… Para que me lama las heridas y me acurruque a mí misma. Llueve para que entienda que no hay más errores que el de creer que los errores no son necesarios y anclarse a ellos y llevarlos siempre en las botas… Llueve con afán de borrar recuerdos y desbordar emociones pero con una calma que apenas agita las cortinas y golpea cristales. Llueve lento y agarrado, sin más prisa que la necesidad de soltar lastre, a ritmo de tango y de canción olvidada… A compás de taza de café e historia de amor sin final, sin beso, sin roce, sin más eternidad que el deseo latente y la noche en vela pensando por qué. 

Llueve en mi mundo de caras gastadas y la cabeza estalla buscando almohada y consuelo. No encuentro mar que calme mis pensamientos insistentes y corruptos, husmeo entre la basura de ideas que no saqué ayer ni antes de ayer ni hace un siglo. Me meto en el vertedero de pensamientos angustiosos de toda mi vida buscando algo nuevo sin querer darme cuenta de que todos están viejos, cansados, gastados, rotos, podridos… Que no hay en ellos ninguno que le sirva a esta mujer que ya se mira a la cara y se dice la verdad más cruda porque son todavía pensamientos de niña triste y asustada que no se atreve a nada… Llueven palabras sin tregua y sin boca, sin lecho y sin más destino que ser escuchadas, asumidas y amadas… 

Llueve y la lluvia fina me invita a sacar ese baúl de creencias rancias y putrefactas, me pide que las arrastre hasta el porche de mi vida y las olvide… Que me arranque de una vez por todas los no puedo, los nunca me pasa a mí, los yo no soy de esas personas, los no merezco y los qué dirán de mí… Y que sobre todo, cuando encuentre nuevos pensamientos y creencias, los remueva poco, sólo lo necesario, y los lleve con calma sin hacerlos centrifugar y dar vueltas eternamente…

PUENTE LLUVIA

Llueve en mi mundo para que abra la puerta y saque los fantasmas más antiguos, las culpas rancias, los miedos con cara de amigo, las necesidades inventadas y las noches sin tregua de ansiedad y sábanas heladas. Para que no me quede más remedio que tirar la casa por la ventana y ver la vacía, nueva y maravillosa.

Para que me quede sólo con lo que me alienta… Para que suelte las muletas y confíe en mis piernas… Para que desborde mi alma cansada y repleta de tanto pensar.

No importa si no crees que puedes, a dónde no llegas tú, la vida siempre te hace llegar con un empujón.

Llueve en mi mundo de cartón piedra y es para que se rompa, para que se caiga… Para que tenga que fabricarme uno nuevo con nuevas emociones, para que tenga que sacar los trastos viejos y vaciar los armarios de amarguras. Llueve para que se borre mi guión estructurado y perfecto de todo lo que debe pasar y a mi manual de andar por al vida se le mojen las hojas donde tengo escritas las normas más estrictas… Llueve para que note el agua en mi piel y me sienta tan insegura que tenga que encontrarme las agallas… Llueve para que sepa que puedo cambiar de forma para adaptarme a lluvia y que eso no me hace perder la esencia, el aroma, el alma. Llueve para que me dé cuenta de que lo que necesito ya lo llevo a cuestas y pueda despojarme de cachivaches y artilugios que me tapan la perspectiva… Llueve lento, sin pausa, sin miedo, sin lastre, sin más sentido que el de la propia lluvia y sin más refugio que mi propia alma.

Llueve hoy en mi mundo, es una lluvia maravillosa que se se llevará el lamento y la angustia y me recordará que tengo tanto por hacer y vivir que este baile vale mucho la pena… 


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Si perdonas…


Cuando no perdonas, te quedas atado al pasado. Una nube de dolor empaña tus días, tus pensamientos, tus decisiones… Dejas que alguien usurpe tu vida y anide en ella…  Vives a través de otros ojos… Cuando no perdonas es porque en realidad lo que esa persona siente por ti o dice de ti es un reflejo de lo que tú crees de ti mismo, aunque no lo quieras ver y admitir… De otra forma, no te afectaría ni causaría dolor. Si no perdonas es porque la estocada recibida viene a traerte un mensaje sobre ti que aún no has aceptado y soltado… Sea o no sea real esa visión de ti, eso no importa… Si no perdonas, es porque no has asumido que el otro es como es y no lo vas a cambiar y, por tanto, eso te impide asumir que tú también eres como eres y  aceptarte…

Aceptar también es admitir el cambio y prepararse para él. De hecho, es el paso previo a que todo empiece a dar vueltas a tu alrededor y des un nuevo paso… Cuando aceptas cómo eres, amas tus debilidades y tus fortalezas, adquieres el poder de decidir sobre ti mismo y volver a tu esencia. Y desde la conciencia más pura de lo que eres, puedes notar si cada paso que das va contigo o contra tu naturaleza…

El que no perdona, sin embargo, sigue atado a la mirada del otro. A la visión que esa otra persona tiene de él. Se ve a través de sus ojos y por ello es incapaz de perdonar la ofensa y “el atrevimiento y la osadía” de hacer que yo me vea como tú me ves y que eso me duela porque aún no he conseguido cambiarlo y asumirlo”.

Leí el otro día que la falta de perdón es la culpa que arrastramos por no ser como soñamos y por el hecho de que los demás nos lo hagan ver… La culpa porque no nos amen como creemos necesitar que nos amen, en una sociedad que educa para que el amor sea dependencia y necesidad pura… La culpa es dolor. Dolor en el alma y el cuerpo. La rabia, el resentimiento, el odio en algunos casos, se nos acumula en los pliegues y nos estalla…

Decía el texto que si no necesitáramos culpar al mundo ni a nosotros mismos de nada, no habría dolor… Porque esa herida abierta es la forma que tenemos de mostrar al otro el daño que nos ha hecho, de recordarle constantemente que actuó mal según nuestra forma de ver la vida, según nuestro mapa mental y vital. Sin necesidad de vengarnos sacando a relucir nuestro dolor, ese dolor no tiene sentido… Sin reproche, no hay herida.

A veces, la herida abierta es la forma en la que nos recordamos también a nosotros mismos lo culpables que somos por no ser como deseamos, por no llegar al altísimo listón que nos hemos impuesto… Nos miramos con tanto desprecio que esa energía negativa tiene que rebotar forzosamente en nosotros y en lo que nos rodea.

Todo lo que le pedimos al mundo es lo que nos pedimos a nosotros mismos.

Lo que criticamos al mundo es lo que vemos en nosotros, lo que soñamos tener y creemos que no podremos alcanzar.

Lo que detestamos de otros es lo mismo que detestamos en nosotros y no queremos admitir…

Las personas que nos rodean son ante nuestros ojos una proyección de nosotros mismos…

Nuestras quejas son las quejas que salen de sus labios y llegan a nuestros oídos.

Vemos al mundo tal y como nos vemos, como decía Kant: “Vemos las cosas, no como son, sino como somos nosotros”

La vida que apuramos cada día es un reflejo del estado en que se encuentra nuestra autoestima… Un ejemplo claro de lo que creemos que merecemos…

Lo que deseamos para otros es lo que acaba llegando a nuestras vidas.

Por ello, cuando no perdonamos, no nos perdonamos. Nos quedamos sumergidos en una materia viscosa en la que no nos podemos mover ni pensar.

Perdonar es cerrar las heridas que son testigo de algo que fuimos antes y ya no somos. Es comprender, ponerse en el lugar del otro en un acto de empatía extraordinario que nos ayuda también a entendernos a nosotros mismos y comprender que a veces las personas vienen a nosotros porque lo vamos pidiendo a gritos…

Atraemos lo que somos y lo que necesitamos… Visto así, no tiene sentido enfadarse porque alguien venga a nuestra vida a ayudarnos a entender que merecemos más de lo que creemos y que nos amamos muy poco…

Las personas que llegan a nuestra vida vienen a empujarnos a dar un paso más, a que comprendamos más sobre nosotros…

Perdonar es decidir amarse tanto que ya no nos importe lo que mundo piensa de nosotros. Si no lo hacemos, no encontramos la quietud para seguir. La sensación de estar contigo mismo y saber que estás comprometido con tu felicidad.

Perdonar es hacerse feliz. Decidir que es mejor amar que ganar, que la paz que sentimos al cerrar puertas que quedaron entreabiertas vale más que tener razón e imponerse.

Perdonar es asumir tu responsabilidad y aceptar que no hay culpas porque cada persona vive su verdad y actúa en consecuencia.

Mientras no somos capaces de encontrar esa paz deliciosa de “no necesitar”  ganar, imponernos, demostrar o encajar, somos un híbrido entre lo que ya no somos y lo que soñamos ser…

Hasta que no asumimos el perdón como un regalo y no como una pérdida no podemos agradecer la enseñanza y el valor de cada experiencia…

Si no perdonamos, no nos perdonamos porque seguimos dando poder a los demás sobre nuestras vidas… Les damos capacidad de gestionar e incidir en lo que sentimos, en  lo que soñamos, en lo que merecemos y nos miramos a través de sus ojos…

Nos volvemos tan duros que nos rompemos y nos agrietamos con la esperanza de que algo de luz entre en nosotros…

No es fácil. El ego siempre necesita justificar y medir, comprobar y calcular… Siempre quiere vencer y necesitar. Siempre encontrará la excusa para demorar el momento y te hará creer que no ha llegado aún la hora… Te confundirá para que sustituyas tu autoestima maltrecha por un orgullo hinchado que no te deje ver más allá de tu nariz y te dirá que no hay más verdad que la tuya… Te hará creer que perdonar es sacrificio en lugar de la maravillosa recompensa de estar en paz contigo. Te susurrará consignas para que sigas luchando en una guerra sin sentido cuya victoria es la derrota más absoluta para tu capacidad de amar, tu generosidad y tu grandeza.

De todas las decisiones pendientes que tenemos, la de perdonar es la más complicada y valiente… La más dura, tal vez, pero es sin duda la que más cambia nuestras vidas. El mayor regalo que podemos hacernos a nosotros mismos es perdonar.

Perdonar es rescatarse a uno mismo de una muerte lenta de reproches y pensamientos amargos… Abrirse de par en par y dejar que corra el aire limpio y entren sensaciones nuevas y maravillosas. Perdonar es vivir en paz.

Si perdonas, encuentras todas las piezas del puzle y descubres que sólo depende de ti mismo que encajen.

 

A muchas personas no les gusta la palabra perdonar porque les suena a estar por encima del otro. Cada uno hace las cosas como sabe a cada momento y según su nivel de conciencia… Lo podemos llamar comprender y soltar ese dolor, cerrar la herida y desearle lo mejor a esa persona. Lo llamemos como lo llamemos, todos sabemos qué significa y hasta dónde nos compromete. Porque el compromiso real es siempre con nosotros mismos.

 


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Yo no quiero la culpa


No es culpa de nadie. Nada lo es. La culpa no existe, nos la inventamos para fastidiarnos, porque nos encanta boicotear nuestras vidas e impedirnos ser felices… Porque cuánto más asustados estamos más solidas son las barreras mentales que construimos.

La culpa es sólo un fardo inútil que decidimos cargar en un mal momento. A veces, la cargamos por iniciativa propia, otras porque algunos estaban cansados de llevarla en su equipaje y necesitaban repartir ese peso atroz o eliminarlo y deciden pasárnosla. Aunque la decisión de asumirla o no es siempre cosa nuestra, nadie nos obliga a nada o no debemos pensar que lo es. Muchas veces, nos la pegamos a la espalda y la arrastramos incluso cuando el alma nos pide tregua, a sabiendas de que nos amedranta el ánimo y nos carcome las ilusiones. Aún cuando duele tanto su peso que nos amarga esos momentos hermosos que nos salpican los días…

La culpa es avariciosa, se instala en tu pecho y se va haciendo gorda, rotunda, gigantesca. Se alimenta como el odio de emociones negativas acumuladas, esas que esperan que les demos un vistazo  pero que no queremos recordar, que no queremos mirar a la cara ni estudiar porque duelen.  Devora todo aquello que nos asusta y decidimos no sentir ni racionalizar, lo que no aceptamos ni maduramos, lo que no queremos afrontar… Se cuelga en nuestros ojos y hace que los párpados queden eternamente caídos. Anida en nuestras manos y las deja muertas… Se nos columpia en los brazos y ya no ajustan cuando abrazan. Nos redibuja los labios y los pone mirando al suelo y hace que el asco viva en nuestros pensamientos… Lo impregna todo, lo censura todo, lo invade  todo de ideas lúgubres y pasos perdidos.

La culpa es una correa, una losa atada a una cuerda, un corsé que te oprime el pecho. Es una bocanada de aire sin oxígeno, un habitación oscura de la que nunca crees poder salir… Un universo perfecto en el que jamás puedes equivocarte ni ensuciar nada… Un suelo repleto de raíces que te engullen tus pies…

Y nos culpamos por todo. Por no ser cómo creemos que deberíamos ser. Por no ser cómo otros creen que deberíamos… Por no llegar, por no querer, por querer demasiado… Nos culpamos por decir que no y por decir que sí. Por decidir y por postergar. Nos culpamos por no destacar y por destacar demasiado. Nos culpamos por atacar, por huir y por quedarnos paralizados. Cuando en realidad, lo que nos falta es comprendernos, aceptarnos, conocernos.

Sin embargo, en el fondo, no hay culpa. Es algo inútil. No tiene sentido, ni sirve para nada más que para causar angustia y dolor. Nadie la tiene y nadie la lleva. Cuando decides preguntar por ella y hacer el ejercicio de sentirla para analizarla, se desvanece, se esfuma, se licua y cae sin ver a dónde va.  La culpa no es más que una mala versión de nosotros mismos esperando una colleja, una revisión, una reparación. Basta un simple ejercicio para dejarla sin vida, para fulminar su voraz hambruna por controlar nuestros pensamientos. Basta con nombrarla en voz alta, airearla y ponerle un nombre para que desaparezca.

Cuando llevas el timón de lo que sientes y de lo que te duele, cuando haces revisión y preguntas qué falló y lo aceptas, te aceptas a ti mismo y decides mirar al futuro y notar el presente en lugar de regodearte en el pasado y quedarte encogido por el miedo… La culpa vuela.

No hay culpables, hay personas que se responsabilizan de lo que sienten y de lo que hacen y personas que no saben cómo o deciden esconderse.

No sirve nada cargar culpas ni cargárselas a otros.  No sirve de nada acrecentar nuestra rabia por lo que otros han hecho y cargarles el peso de nuestro dolor. A veces, las personas hacen cosas que nos perjudican porque no saben más, no pueden o creen que no pueden, porque no están preparados para hacerlo mejor… Algunos atacan porque tienen miedo otros porque no conocen las palabras suficientes para dialogar…

Mejor soltar esa carga, aligerar el paso, pensar cómo resolverlo, cómo arreglarlo, cómo vivir con lo que hemos aprendido y respirar. Dejar de castigarse, ser responsables de nuestras vidas… Los culpables arrastran su culpa. Los responsables escogen el camino. Deciden cómo reponer su falta, cómo superar el bache y asumir lo que conlleva… Cómo responder y dar la cara, saltar el obstáculo y crecer con él.

Cuando culpas a otras persona de lo que te pasa le das riendas de tu vida, le concedes poder sobre tus emociones y sentimientos… Le permites decidir qué te molesta y qué no, qué te duele y qué te hace feliz. Cuando te culpas a ti, permites que tu pasado aniquile tu futuro y corrompa tu presente. Te privas de escoger, de sentir, se vivir, te condicionas, te atas.

Afloja las correas que tú mismo te ciñes a la conciencia.  Disculpa tus errores y construye con ellos una balsa que te permita salir de este pantano cenagoso.

No hay culpas, hay posibilidades, hay oportunidades, hay responsabilidades. No hay culpables, hay quién mira adelante y quién se obsesiona con mirar atrás. Hay quién vive atado y quién vive libre…

Hay quién decide arrastrarse para siempre y llevar un estigma y quién sabe perdonarse y perdonar.


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Planta cara a tus fantasmas


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No huyas de nada. Busca armas para vencerlo. Están todas en ti. Son tus palabras y tu forma de ver la vida. Lo que has aprendido luchando por ser tu mismo. Tus ratos de felicidad y tus esfuerzos por llegar a conseguir lo que quieres. Cuando huyes de tus fantasmas, siempre acaban regresando a ti. Son como puertas mal cerradas, hasta que no deshaces el camino, tomas el pomo y cierras con fuerza, siguen dejando pasar una corriente de aire que a veces te zarandea y con cada ráfaga se te lleva algo. No huyas de nada, sobre todo, no huyas de ti…

Si no afrontas el pasado, vendrá siempre a ti, como una marea que devuelve a la orilla lo que ya no pertenece al mar… No puedes construir nada porque todo lo que construyes es como un castillo de arena que se llevan las olas agitadas por esas corrientes de aire perpetuas a las que te someten tus puertas mal cerradas. Todo lo que queda sin concluir, permanece vivo en tu conciencia, como un recuerdo que se resiste a quedarse dormido… Como una luz roja que te hace siempre tener presente que en un tramo de tu vida, algo no quedó bien soldado o no tiene consistencia.

Mira a los ojos a tus miedos. Cuando los fantasmas del pasado llaman a la puerta, si no les abres, se quedan allí, medio ocultos, agazapados, esperando cada vez que intentas pasar página… Llamando y aporreando tu puerta y gritando tu nombre. Sea lo que sea, si no puedes olvidarlo, si reverbera en ti hagas lo que hagas, es mejor ponerse a recordar cada detalle y averiguar por qué, hacer revisión y cauterizar la herida. Todo lo que no puedes digerir se queda dentro de ti e intoxica tu vida, sale de tus poros, se infiltra en tus pensamientos, se posa en tus sueños, se refleja en tu cara… En cada gesto que haces, en cada palabra que dices. Lo que no sellas bien, acaba haciendo ceder las compuertas que lo ocultan y desata una marea que te arrolla. Si no cierras tu pasado, vives en él… 

No son lo que parecen. Están deformados por el dolor y miedo. A menudo, nuestros fantasmas son más pequeños de lo que imaginamos. El recuerdo les da un halo de grandeza irreal, como los juegos de luces y sombras en la oscuridad o tu misma silueta tras la estela de una vela en un candil. En la penumbra todo es gigante… Lo mínimo es máximo…

Si no se afronta el pasado, el paso del tiempo deforma situaciones, cambia el sentido de las palabras y modifica la cadencia de las frases. Convierte en ogros a los genios y alimenta la ansiedad hasta convertirla en algo insoportable.

Sin embargo, si cada vez que uno de esos recuerdos llama a la puerta, abrimos y le miramos de frente, se hace pequeño. Se convierte en fantasma asequible, en temor inocuo. Cada revisión de lo que aún nos araña, duele menos. Hasta que un día, abres la puerta y no ves nada y te das cuenta de que nunca hubo nada más que tú mismo ahí detrás. Que el fantasma no venía a fastidiarte sino a echarte una mano para zanjar cuentas pendientes contigo. Que quién aguardaba oculto tras los mil candados que habías puesto para no desatar el pasado, eras tú, esa parte de ti que quería dejar de sufrir y que te pedía que afrontaras quién eres. Esa parte de ti que quiere respirar hondo y mirarse al espejo sabiendo que no se recrimina nada, que no se oculta nada, que se perdona por no haber sido algo que tal jamás debió ser, que no guarda resentimiento a nadie… Ese tú que quiere llevar las riendas y no hacerse trampas. El que reventó el cerrojo y dejó salir a las bestias inmundas que atormentaban tu cabeza y tu pecho para mostrarte que podías con ellas, que ya eras adulto, que ya tienes armas suficientes para vencer… Que no hay más batalla que librar que el perdón y la responsabilidad de tus actos.

Perdona. A ti y todos. No sabían más y en su torpeza te ofrecieron la oportunidad de mejorar, de superarte, de tener que sacar lo mejor de ti y convertirte en lo que eres ahora. Al final, acabarás dándole las gracias a tus fantasmas. Por haber insistido en recordarte lo que te falta para estar completo, por haber traído a ti situaciones del pasado que tapaste bajo una capa de incomprensión y dolor y que debías afrontar. Por perdonarte y perdonar a otros. Por mirar con los ojos del presente a un pasado desdibujado por el miedo y la ansiedad. Porque te han permitido tomar el timón y decidir el rumbo sin tener que mirar atrás más que para sentir el calor acumulado y las caricias.

No menosprecies a tus fantasmas porque pueden llegar a ser grandes oportunidades para crecer. No temas mirar atrás si te lo debes… Y una vez cerrada la puerta sin deudas pendientes, olvida el dolor y disfruta del saldo de madurez que te ofrece cada momento. Piensa en lo que has conseguido con la valentía de afrontar, piensa en lo grande que puedes llegar a ser cuando perdonas a otros y te perdonas a ti mismo. Piensa en lo oportuno que has sido decidiendo escuchar a tu conciencia… Date cuenta de cómo has sabido darle la vuelta a la situación para tomar lo bueno y dejar atrás el dolor. Planta cara… Enfréntate a tus miedos y verás como se hacen pequeños…


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Millones de besos


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La vida es ese ejercicio que consiste en aguantar los noes y arrastrar los síes que hemos comprometido. Soportar y sobrellevar que algunas cosas no puedan ser y asumir la responsabilidad de seguir pase lo que pase. Darse cuenta de cuando hay que perseverar y cuando hay que ceder. Un paso atrás es a veces la mejor manera de tomar impulso y carrerilla para encauzar la segunda parte de un camino que se torcía. Asumir nuestras debilidades y errores nos hace más flexibles. Lo flexible se mece con el viento, lo duro se rompe. Saber cuando resistir la embestida y cuando dejarse llevar. Soltarse y contenerse, deslizarse y observar.

Lo importante es aprender a distinguirlo. Saber cuando te toman el pelo y cuando te has pasado tú de rosca. Cuando apretar para sujetar lo que es tuyo y te pertenece por derecho y cuando soltarlo para saber si viene hacia ti. Saber si es por inercia o por decisión propia. Discernir entre una defensa de tus derechos o una imposición tus deseos. Darse cuenta de si eres tú quién genera los conflictos y las frustraciones o de si permites que vengan a ti porque eres incapaz de decir no cuando sabes que cedes sin querer, cuando te dejas pisar y la rabia  hace nido en tu pecho.

La vida es saber distinguir cuando ese impulso que te sale de dentro es una buena intuición o un idea pésima que deberías madurar porque puede traerte problemas. Es saber si debes apartar tus sueños a un lado por un rato para conseguir una comunicación más fluida con otra persona o si debes exigir que se tengan en cuenta. Ver la diferencia entre necesidades y caprichos.

Saber si tienes que disculparte aunque estés convenido de que no te has equivocado porque eso calmará las aguas que han salido de su cauce. O si hacerlo es arrastrarte más y exponerte a ceder libertad y autonomía.

Vivir es decidir. Sin parar. Todo el rato. Decidir si lloras o ríes. Si hablas o te callas. Si ayudas o miras hacia otro lado. Si besas o eludes el beso. Si abrazas o esquivas. Decidir si dices sí o dices no. Si eres víctima o tomas las riendas. Si eres el pastor o el rebaño. Si te lanzas o te quedas rezagado. Si miras o cierras los ojos. Si vives o te dedicas a observar como viven los demás. Si actúas o sólo criticas… Y no hay fórmulas acertadas o equivocadas. Cada momento es único y no sirve de nada lo anterior más que para sujetarse en algo al caer y saber que has podido, que has aprendido a leer el lenguaje de las pequeñas cosas y los guiños de otras personas y puedes saber por donde parar el golpe. Y decidir fiarse o no fiarse, dejarse llevar por las palabras o las miradas. Aprender a darnos cuenta de si el cariño o el amor nos ciegan. Reconocer si aquella persona a la que amamos nos quiere de verdad y luego escoger entre apartarse o insistir…

A veces esas decisiones se tienen que tomar en segundos. Hay momentos que cambian el resto de una vida, que tienen más peso en el cómputo final que algunos años enteros.

Decidir en un instante si giras el volante, si subes al tren, si llamas por teléfono, si giras la cara, si doblas la esquina, si pides perdón, si entierras el hacha, si llegas al final de camino, si subes al ascensor.

Momentos de esos que sabes que lo determinan todo. Y hay que arriesgar, sin saber cuál es la decisión correcta…

Aunque luego, caprichos del azar, a menudo las decisiones incorrectas son las adecuadas. Los errores que necesitábamos para aprender la lección, conocer la moraleja, conocer a alguien que nos cambia la vida… Darnos la bofetada más grande contra nosotros mismos y topar con la certeza de que si no cambiamos nos extinguimos.

Hay personas que debemos conocer para saber cómo amar y otras que nos enseñarán cómo no hacerlo. Algunos nos ayudarán a querernos y otros nos obligarán a aumentar la autoestima para sobrellevar sus exigencias y superar el dolor que nos causan.

Hay cosas que al final son buenas y que cuando llegan a nosotros están vestidas de tragedia, de problema monumental, de laberinto sin salida. Si el riesgo nos lleva a subir al tren equivocado, seguro que en algún vagón hay un mensaje que debíamos conocer. Una mirada que no podremos esquivar, un paisaje que debemos contemplar mientras avanza. A menudo tengo la sensación de que no hay destinos equivocados. Hay un entramado infinito de posibilidades que se mezclan e interrumpen, muchas de ellas llevan al mismo lugar pero por caminos distintos… Cada camino es una experiencia, cada experiencia es una prueba.

En ocasiones es muy complicado distinguir entre si lo que te pasa es bueno o malo, la única solución que nos queda es abrir los ojos, sentir y estar atentos para que no se nos escape nada. Por si resulta que tras la puerta errónea está el amor que buscamos o en la esquina que no íbamos a doblar alguien toca una canción que nos conmueve o dice la frase que necesitábamos oír para modificar el rumbo.

Si al principio era que sí o que no, bueno o malo… Qué más da… Hay millones de formas de encontrarse a uno mismo. Millones de maneras de saber lo que no quieres, lo que te duele, lo que necesitas para seguir. Millones de posibilidades  y millones de rostros con los que cruzarte… Hay millones de besos que no son el beso que buscas. Bienvenidos sean si al final te permiten distinguir al verdadero.


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Cinco minutos


Siempre hay cinco minutos para detenerse a pensar y dar la vuelta. Para decir “adiós” y dedicar una mirada cuando se cierra la puerta.

Cinco minutos para encajar una crítica amable y dar un abrazo. Para frenar y a echar un vistazo, secar unas lágrimas y pedir perdón, si hace falta. Para compartir un bostezo y pedir un consejo.

Cinco minutos para tomar ese café postergado y alargar una carcajada.

Siempre hay cinco minutos para decir sí, recomponer el puzzle y deshacer el camino cuando es absurdo, cuando tienes la sensación de que no deberías haberlo andado nunca. Cuando sabes que cada paso que has dado ha generado una herida. Para ponerse en lugar de otro y estremecerse con sus miedos y cantarle al oído con voz suave. Cinco minutos para notar el frío y el calor, saber qué llevas en el hatillo de viaje y hacer recuento de daños y arañazos. Para darte cuenta de si te has quedado solo en el camino y de si los que te acompañan lo hacen por amor o por interés.

En cinco minutos se puede descubrir un gran secreto y aliviar un gran dolor. Escuchar un quejido, tomar la mano y chapotear en el agua buscando una mirada cómplice.

En cinco minutos se firman sentencias, se admiten derrotas, se asumen victorias… Se suelta lastre y se cierran puertas y ventanas para que no entre en invierno. Se sale a la calle a buscar el sol y se dibuja una silueta en la arena mojada.

Siempre hay cinco minutos para remediar una decepción y acurrucarse buscando consuelo. Dar la vuelta a la esquina y borrar una falta imperdonable. En cinco minutos se salva una vida y se rompe un silencio que parecía inquebrantable.

Cinco minutos más para gritar y suplicar, correr por las calles buscando encontrarte y decir lo siento y seguir la estela que forma tu cabello … Y saber que no dejará pasar un momento más sin estar a tu lado.

Cinco minutos para darte cuenta de que has sido necio. Cinco minutos para rectificar.

Siempre quedan cinco minutos para un paseo corto, un baile precipitado, un beso apasionado, un trago largo y una mueca divertida que te calme la angustia.

Cinco minutos para una caricia y un gracias. Cinco minutos para saber más de ti. Para hacerte más preguntas. Para escucharte y saber qué buscas y qué deseas.

Cinco minutos más para detenerse a mirar tu cara y saber que la podrá dibujar de memoria el día que ya no estés.

Cinco minutos para decirte que te quiere. Para que notes que te quiere. Para que sepas que desea que ese sentimiento dure siempre…

Siempre hay cinco minutos… Ahora, algún día ya no los habrá.

A Isabel y su forma maravillosa y positiva de afrontar la vida. Gracias…