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la rebelión de las palabras


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El milagro que esperas


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Cuando llegan estas fechas siempre se dice algo trascendente, algo que te hace sentir esperanzado y que te recuerda que la magia es posible…  Lo hacemos porque, a menudo, es nuestra forma de pedir un deseo más, de decir en voz alta que el balance nos sabe a poco… La forma de arañarle a la vida un poco más de felicidad que nos permita sentir que no hemos perdido el tiempo y no nos hemos desviado del camino… Yo este año no quiero hablar de logros ni resultados. No quiero pesar mis días ni ponerles nota, no quiero valorar mi vida por lo que llevo en el saco… Lo maravilloso no se mide ni pesa nada.. Llego a los últimos días tal vez con ese saco más vacío pero con el alma más llena, más en calma, más en paz…

No necesito mirar mi cuenta para saber que soy rica en mil cosas, para darme cuenta de que he conseguido mucho y de que he crecido una barbaridad… ¡Y lo que me falta por aprender, claro! Voy a hacer balance de sensaciones, de momentos en el camino, de risas, de complicidades, de errores que me han ayudado a ver claro lo que tengo que comprender y aceptar, de ganas e ilusiones… No he llegado a mis grandes metas, lo admito, pero el camino está siendo delicioso y está lleno de pura vida… No he encontrado a nadie que me financie, me salve o me arregle la vida, pero he topado con personas fascinantes que me la regalan cada día con su generosidad y alegría… No poseo todavía lo que posee la persona que quiero llegar a ser, lo asumo, pero me siento bien conmigo, me gusta la persona en la que me voy convirtiendo y lo que soy (a pesar de tener mucho trabajo interior pendiente y a veces no ser mi mejor versión). Físicamente, en algunos aspectos puede que esté en el mismo sitio que hace un años, pero por dentro, estoy a millones de kilómetros, más en calma, más en mí… Al final, uno puede estar en el podio triste o no haber ganado y estar ya en el vestuario con los compañeros riendo y planeando salir a tomar algo… Y yo hace tiempo que me di cuenta de que no quiero la medalla, quiero la risa… Porque, al final, uno demasiado a menudo, necesita la medalla para sentirse digno de esa risa, de esa compañía… Y desde el podio, a veces, cuesta acercarse y sonreír… Y no es incompatible, por supuesto, hay momentos para compaginar ambos logros, pero a la hora de hacer balance de tu vida, las risas cuentan y mucho… 

He conseguido muchas pequeñas metas, es verdad, pero cuando miro atrás, quedan eclipsadas por lo que he aprendido de mí y de otras personas… El año que acaba ha sido increíble. Reconozco que venía de un tiempo deliciosamente oscuro y empecé 2017 casi deseando borrarlo todo para poder seguir… Y en el fondo, eso es lo que ha pasado. No creo que haya año en mi vida en el que haya cambiado tanto, siendo muy sincera. Y no es todo mérito de estos doce meses cargados de emociones y momentos de locura, esto ya venía de antes… Uno cambia el día en que decide confiar y creer que es posible. Y va dando pasos… Deja para el final el paso más grande, casi siempre, porque necesita llegar a ese momento en que el dolor de quedarse supera al miedo de irse, cuando la comodidad de no hacer es más lacerante que el temor arriesgarse y saltar… A menudo, esperamos a que el precio que pagamos por no cambiar sea tan alto que asumir el riesgo nos compense… Aunque entonces a veces te has perdido algunas oportunidades.

He dado muchos pasos. Y estoy satisfecha de todos. De los que me llevaron al abismo y de los que me llevaron a mí misma. Este año he aprendido que no importa a dónde vas, sólo importa qué te mueve a ir, qué te hace querer estar ahí… Si eres honesto contigo, el camino no importa, porque al final la vida siempre hace que se cruce con otro camino donde hay algo que aprender y encontrar. ¿Qué más dan los rodeos si al final te das cuenta de que lo que importa es estar en paz contigo? Para mí que me he pasado la vida forzando milagros hasta quedar rota, descubrir que a veces no hay que hacer nada y sencillamente hay que conectar con uno mismo y sentir, ha sido un choque frontal con la realidad… Este año he descubierto que hay mucho que hacer y decir, pero que también hay que callar y esperar, sentarse y observar la vida a ver qué te dice y por dónde respira… Aprender a esperar sin desesperar es la medicina más útil para los ansiosos como yo que todo lo quieren ahora. 

Lo que pasa es que estamos tan llenos de credos rancios y frases hechas que no sabemos qué queremos y así es muy difícil saber si el camino que empiezas te lleva a dónde quieres tú o dónde te han dicho que deberías querer llegar.

Este año me he arrancado algunos de esos credos. Tenía muchos pegados a la conciencia haciéndome sentir culpable casi por existir… Por no ser, por no llegar, por no parecer… Sé que me quedan, aunque los que siguen ahí serán descubiertos, a su tiempo, cuando haya aceptado que están y pueda trascenderlos…

Algunas de esas creencias que llevamos dentro y que tanto nos limitan se confunden con nosotros. Son muy parecidas a pensamientos lógicos y mantras liberadores. Nos hemos agarrado a ellos tanto que cuando hay que soltarlos nos sentimos perdidos… Arrancarlos hace que todo se tambalee, que se caiga el decorado y la vida se muestre tal y como es… Muchos de ellos son cargas pesadas, pero cómodas, muletas que nos evitan asumir quiénes somos y nos alejan de acercarnos a lo más oscuro que hay en nosotros para no tener que verlo… Y no nos damos cuenta, hasta que un día sabes que la verdad más cruda es infinitamente mejor que la mentira más piadosa, porque sin ver, tocar, aceptar y soltar esa verdad terrible, nunca serás libre.

Si no descubrimos que aún estamos heridos no podemos cicatrizar… Si no asumimos que no nos han amado como merecemos, no admitimos que eso nos ha llenado de rabia y no podemos encauzarla y soltarla… Y no consigues darte cuenta de que el amor que necesitas recibir ya está en ti, porque eres tú… Nos gusta esconder ese dolor porque creemos que así desaparece y lo que hace es crecer y hacerse enorme. Los últimos meses he besado a todos mis fantasmas y les he dado las gracias por estar ahí dando la lata continuamente y permitirme conocer mis miedos para enfrentarme a ellos y descubrir que en realidad eran las piezas de un rompecabezas que nunca completaría sin su ayuda… Nuestros miedos son el camino a la paz, a la libertad, a uno mismo…

Como bien dice mi amigo Juan Pedro Sánchez, el miedo es el espantapájaros que nos ahuyenta, pero también aquella señal que nos indica dónde está la cosecha… (No sé si es exactamente así, perdona Juan Pedro si  he estropeado tu genial sentencia un poco parafraseándote) .

Este año, he descubierto que me complico la vida porque estoy programada para creer que la vida es siempre compleja y todo requiere mucho esfuerzo… Que me atado siempre al sacrificio como si sufriendo ganara medallas y méritos… Y así he vivido… Me he dado cuenta de que creía que yo debía tirar del carro y hacerlo todo porque si no saldría mal… Que si era feliz un rato, tendría que pagarlo caro con un castigo de algún dios enfadado por mi osadía… Que creía no merecer y por eso no pedía lo que deseo… Que mi obsesión por los resultados y las medallas me ha alejado de gozar de la carrera y vivir el momento.. 

Este año he viajado más que nunca y he encontrado a personas maravillosas… ¿Sabéis cómo me di cuenta de que estaba cambiando y de que me quería más a mí misma? Porque empecé a ver cada día que las personas que encontraba eran cada vez más extraordinarias… Cada día veo más belleza a dónde voy y encuentro personas más fascinantes… Últimamente es una constante, cada vez pongo menos pegas a nadie, encuentro personas más amables y generosas… Y ese regalo no es una casualidad sino que creo que es un síntoma de haberme aceptado a mí misma y ser capaz de aceptar a los demás y ver su lado fantástico. Nunca vemos belleza en los demás si no hemos encontrado la propia belleza… Y yo veo mucha, mucha. 

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Este año he aprendido a no esperar, a no tener tantas expectativas y a dejar de desear cambiar al mundo. Me he dado cuenta de que lo sabio es aceptar las cosas como son y amarlas… No, no es terrible, es maravilloso… Y no es resignación, es todo lo contrario… Nada transforma tanto el entorno como el amor… Aceptar es mágico. Era (todavía me falta) mi gran asignatura pendiente… No juzgar, no forzar para que todo sea como deseo… Uf… Algo duro para una persona obsesiva como yo que está programada para demostrar, buscar la perfección y asumir el control… Para actuar… Sujeta a resultados y ávida de méritos… Y a soltar… En ello ando, soltar necesidades… Soltar pasado y futuro y quedarse en el presente. Nada calma tanto como aparcar el futuro y vivir el presente. Nada libera tanto como soltar la carga del pasado… Mi culpa, que era tremendamente gorda, inmensa, voraz… Se quedó por el camino y aún rueda colina abajo mientras yo la miro y a veces la echo de menos y me hago un poco la víctima… Este año me he sorprendido viviendo hoy, ahora, este momento, como nunca lo había hecho y me he dado cuenta de que si no consigues eso, no vives, sencillamente te cuelas por una especie de sumidero de tu vida… Un desagüe donde van a parar tus días sin sentido y dónde todo es desesperación… 

Me queda tanto por aprender, tanto… Estoy dejando de pensar en exceso. Me cuesta, lo admito, me regodeo en pensamientos viejos y hurgo en la basura como una profesional… Llevo media vida haciéndolo y se me da muy bien… Y estoy aprendiendo a confiar. En mí, en la vida, en todo… Pensar en exceso es querer controlar todas las variables posibles, caer en la escasez, el miedo a lo desconocido, el apego, la desconfianza para tener que controlar más y obsesionarse más en un círculo vicioso. Cuánto más te preocupas, más cansado estás y menos haces y más culpable te sientes por no estar a la altura… 

He dado muchas vueltas y cuando he parado un momento no sabía quién era, lo reconozco, porque la mujer que se ha quitado tantas capas de piel gastada y de ideas absurdas parecía no ser yo… En algún momento, confundí al personaje que me había inventado para sobrevivir y no afrontar mis limitaciones con lo que soy en realidad… Y cuando me despojé del personaje, me sentí desnuda…

Os voy a decir algo, la desnudez sólo molesta al principio, luego, descubres que sin quitarte todo lo que te oculta no puede volar…

Me queda, me queda mucho por hacer, pero algo que he aprendido este año es que todo llega. No pasa ni antes ni después. Cada día hay milagros… Uno tras otro. Pasan cosas maravillosas mientras cruzamos el semáforo, leemos un libro o vemos atrocidades en televisión… Lo único que necesitamos es verlos y apreciarlos, ser capaces de percibir que suceden… Y a veces no los vemos porque tenemos que aprender a mirar y percibir… Miramos con los ojos del que busca dolor y malas noticias, en lugar soltar la mirada del que admite que no sabe nada, del que ve belleza en los rincones y del que cuando pasa algo es capaz de creer que no es un paso atrás sino una puerta que se abre con algo grande oculto detrás.

Cuando curemos nuestra percepción nos daremos cuenta de que todo lo que buscamos lleva una eternidad a nuestro lado. Cuando aprendas a mirar al mundo te darás cuenta de que el milagro que esperas está en ti. 

Este 2017 ha sido el año en el que dejé de esperar y aprendí a mirar al mundo de otra forma y conseguí ver el milagro… Estaba él ya allí, esperándome a mí y yo no lo veía porque miraba el saco y esperaba la medalla… 

Gracias, gracias, gracias. 

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La fórmula del éxito


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Un día alguien le preguntó al sabio cómo había llegado tan lejos y él le dijo que seguramente es porque todo en la vida le había resultado muy complicado…

El sabio le dijo que la ventaja seguramente era que mientras sucedía todo, no sabía que iba ser así de duro y no pensaba demasiado en ello porque creer que iba a ser difícil no le ayudaba a seguir adelante…

“Había visto que la gente que se queja siempre se queja y la que no se queja a menudo deja de tener razones para quejarse. De manera que observé qué hacían aquellos que vivían una vida como la que yo soñaba y empecé a imitarles…”

Debió ser frustrante ¿verdad?

“La verdad es que no, ni frustrante ni lo contrario. Emocionante, tal vez. A medida que todo me salía al revés, me percaté de que era mejor no hacerse demasiadas conjeturas de cómo deseaba que salieran las cosas, no agarrarme a los resultados, no esperar nada de nada ni de nadie… Curiosamente, cuando dejé de esperar cosas buenas del mundo y dejé de juzgar si lo que le pasaba era bueno o malo, todo empezó a cambiar. Cuando descubrí que en el fondo no tenía que esperar a recibir nada porque era capaz de conseguirlo todo por mí mismo, la gente empezó a darme lo que nunca me había dado, como si lo hubieran acumulado durante años… La verdad es que me había pasado la vida esperando que los demás me amaran porque yo no me amaba, cuando me acepté y amé tal y como era dejé de mendigar amor… Me sentí libre para estar con las personas sin exigir ni chantajear, sin pedir que me dieran lo que yo mismo me negaba, sin buscar un lugar donde no estorbar. Descubrí que yo era mi refugio… 

Y dejé de querer cambiar las cosas porque me di cuenta de que era una gran pérdida de tiempo y sobre todo de energía. Era como mirar a las rocas cuando lo que quieres es sumergirte en el mar o querer controlar el movimiento de los girasoles… Necesitaba concentrarme en lo que yo podía hacer y no en lo que hacían otros. No tiene sentido querer controlar lo que no se puede controlar. Lo había hecho durante años y estaba roto, agotado y no obtenía resultado alguno.

Y puesto que todo era muy complicado, pensé que era mejor aceptar lo que venía y adaptarse. Cuando algo era cambiable, lo cambiaba. Cuando no, dedicaba un rato a ver qué podía tener de útil la situación y cómo podría sacarle partido… Y así descubrí que todo era una aprendizaje valioso. La vida normalmente te envía el material para fabricarte lo que luego vas a necesitar…  Lo que parece negativo a veces es el preludio de algo maravilloso. La diferencia está en cómo lo percibimos y en la capacidad que desarrollemos para no aferrarnos a un resultado concreto y sepamos abrirnos a posibilidades infinitas… A veces, la vida te trae regalos maravillosos que no vives intensamente porque estás preocupado por mañana o te entretienes en lamentarte por la piedra que llevas en el zapato. No hay más que el ahora, que este momento. Si consigues sentir eso, has ganado esta partida porque has cambiado tu percepción y vives en el presente. Cuando vives en presente estás creando un futuro semejante, lleno de atención, de magia… La vida clona ese momento con momentos igualmente maravillosos porque nota como gozas con él y te da más. Si alcanzas esa paz que consiste en no pensar en el futuro, te regalas el presente… Y el futuro… Para ganar de verdad, para ganar lo que vale la pena, siempre hay que atreverse y arriesgarse a perder primero, soltar, decidir prescindir de lo superfluo y abrazar lo que importa. Dejar de buscar la medalla y gozar la carrera… Si sueltas tu futuro, estás amando y apostando tanto por tu presente que estás abriendo la caja de todos los futuros posibles y eligiendo el que te hace más feliz. Nada te hace tan abundante como renunciar a la necesidad de abundancia porque has descubierto que ya está en ti, que es tu forma de mirar la vida… Que sólo te privas tú de ella sintiéndote pequeño, escaso… 

El camino está lleno de señales para aprender, lo que pasa es que no las vemos porque miramos a otro lado o nos pillan pensando demasiado en lo que no podemos remediar.

Por ello, hace muchos años, tomé la sabia decisión de dejar de pensar. Pensar está sobrevalorado. Hay que moderarse… Al menos, hay que trabajar para no pensar siempre lo mismo, porque nos repetimos tanto… Es como si hurgáramos en la basura cada día… Queremos solucionar un problema y recurrimos al vertedero de pensamientos viejos y podridos de siempre. Y no encontramos nada nuevo y además experimentamos las mismas emociones de siempre que nos llevan a sumergirnos en tristeza y desesperación. Es mejor hacer que el pensamiento calle un rato y notar qué sentimos al conectar con nosotros y escucharnos.

Así descubrí mi método para llegar al éxito, conectando conmigo y preguntándome a mí mismo cuál era la fórmula.

¿Y es así cómo consiguió triunfar?

No, así me desapegué de la necesidad de hacerlo. Solté mis ganas de triunfar para demostrar, para encajar, para ser aceptado y ostentar… Y descubrí al niño que quería dedicarse a jugar y compartir sus sueños. En realidad es el niño en que ha triunfado… Porque juega, porque se lo toma todo como una experiencia… Deja que su cometa vuele y suela cuerda y luego suavemente la reconduce, sin esperar más que dejarse llevar por el viento y disfrutar… El adulto fracasó porque lo hacía para expiar su culpa, para no sentirse imperfecto, para demostrar… El niño lo hacía por amor y el amor lo puede todo. El éxito es soltar necesidades, servidumbres, miedos absurdos, creencias rancias y caducadas… Fluir y dejar el control, ver qué pasa y vivir el milagro de ser y estar. Por eso… 

Dejé de pensar.

Dejé de esperar.

Dejé de hacer planes.

Dejé de necesitar.

Dejé de buscar.

Dejé de luchar para pasar a la acción sin resistencia, sin estar a la defensiva con nada ni con nadie.

Dejé de soñar para tener y empecé a soñar para ser, para aportar…

¿Perdió sus metas?

No, me convertí en ellas desde la aceptación de que si no las conseguía sería igualmente feliz y llegaría a cimas mejores… Dejé de hacer planes tan exigentes y perfectos para que no entorpecieran otros planes que la vida tenía para mí y que eran todavía más maravillosos… Nunca abandoné mis sueños, sencillamente, me di cuenta de que ser yo mismo era más importante… De que eran tan grandes que estaban a mi altura y resistirían mis dudas… De que solo si soltaba la necesidad de conseguirlos y empezaba a vivirlos serían míos… Y ya lo eran, en realidad… Ya somos nuestros sueños. 

¿Y qué hizo que fuera distinto?

Nada. Seguí haciendo lo mismo que antes, pero dejé de hacerlo para ser lo que creía que el mundo esperaba de mí y empecé a hacerlo para amar al mundo…Para amarme a mí, que en el fondo, es lo mismo… Empecé a actuar de forma coherente, sin traicionarme, sin exigirme, con respeto y generosidad. Dejé que mis pasiones ocuparan un lugar privilegiado y les di rienda suelta para crear y hacer locuras necesarias. Me sentí libre, lleno de vida, capaz de todo…

¿Y el mundo cambió?

Nada en absoluto. Cambié yo y miré al mundo con ojos de esperanza… El mundo no cambiará para nosotros, la única forma en que podemos cambiarlo es amarlo… Al amar algo, lo transformamos, lo vemos hermoso y capaz, lo cubrimos de esperanza…

Y cuando nosotros cambiamos, esa pequeña porción de nosotros que ocupa un espacio en el mundo cambia también… Lo mismo sucede con las personas. Son nuestro reflejo… Si les amamos y cambiamos nosotros, les transformaremos sin querer… Les curaremos las penas viéndoles como personas maravillosas capaces de olvidar sus penas…

¿Cómo se hace eso?

Dejando de juzgar y cambiando nuestra forma de mirar… Las cosas son como las vemos, como somos nosotros…

¿Triunfó porque empezó a mirar al mundo de otra forma?

Sí… Porque lo vi como un lugar posiblemente maravilloso… Porque lo acepté total y radicalmente a él y a mí mismo… Porque amé lo más terrible y vi como se convertía en hermoso… Porque amé su sombra y dejé entrar la luz y entonces llegó la magia… En el fondo, un milagro es eso, un cambio de percepción de las cosas… 

¿Haciendo lo mismo de siempre?

Sí, pero con otra intención… La de dar y amar y no la de parecer y aparentar… No importa qué sino para qué… Si no lo haces desde el miedo sino desde ti mismo. 

¿Y todo esto porque la vida ha sido difícil?

Si no, de qué iba a saber yo que en realidad es todo muy simple y muy fácil. Me di cuenta de que la había complicado yo queriendo cambiar lo que debía ser como debía ser y forzando las cosas para que fueran como yo quería… Y eso sólo hacía que impedirme fluir y encontrar lo que realmente necesitaba aprender por el camino.  Yo era un guerrero sediento de pelea que luchaba contra un mundo injusto y con mi lucha hacía que esa injusticia fuera más real, mi mirada hacia esa injusticia la convertía en enorme, gigante… La enfocaba hacía crecer, le daba cuartel y excusa para seguir. Miraba a los demás con ganas de defenderme, de esquivar sus golpes y ellos, que percibían mi dolor, no hacían sino que golpearme para dar coartada a mi percepción de la vida… Cuando sales a la calle buscando guerra encuentras guerra… Las personas siempre responden por lo que les permites que hagan contigo…

¿Y qué pasó con el guerrero?

Dejó de guerrear y de pelear contra la vida y se acabó la guerra… Perdió para ganar… Aceptó para encontrar la magia… 

Ya, pero la fórmula del éxito ¿cuál es?

Dejar de buscar la fórmula y vivir. Sin prisa, sin apego, sin juzgar, sin perder las ganas, sin dejar de ver tu norte y tus metas pero sin aferrarte tanto a ellas que olvides quién eres tú. Vivir en paz contigo mismo y saber que estás de tu parte. 

¿Y ya está?

Es que esto no va de hacer sino de deshacer…  De despojarse de capas de necesidad y prejuicios… En eso consiste crecer y evolucionar, en dejarlo todo y abrir la mente a lo nuevo, a lo esencial… A lo coherente contigo mismo. Descubrir que no hay más camino que el que lleva a ti… Aunque yo todavía soy un aprendiz…”