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la rebelión de las palabras


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Eres lo que sueñas


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Llega el momento en el que hay que dejar de buscar fuera, porque te das cuenta de que lo que quieres lo llevas dentro. Ya eres lo que buscas y lo que sueñas y sólo te hace falta ponerte en marcha. Encontrar ese botón que todos tenemos que acelera el mecanismo que nos hace invencibles, que nos da la confianza para no desvanecernos. La palanca que debemos activar para descubrir que la fuerza que necesitamos lleva toda la vida en nuestro interior esperando que la usemos. Que muchas de las respuestas que ibas buscando en miradas ajenas están en ti.

Fuera hay mucho que aprender. De las grandes personas y de las personas diminutas que están creciendo. De lo mucho que amamos. De lo mucho que lloramos. De lo que nos pasa y nos hace felices. De lo que viene a nosotros y nos golpea… Todo ese cúmulo de circunstancias nos impulsa a evolucionar, pero la osadía necesaria para seguir, para caminar, para saltar, está dentro de nosotros. Lo que nos llega y nos sacude es sólo el detonante. Y que funcione y nos sea útil y nos haga ser mejores depende de nosotros.

Estamos cambiando siempre. Cada paso que damos nos modifica. Cada decisión que tomamos nos modela, nos esculpe para estar preparados para escoger la siguiente. Somos el resultado de todo lo que elegimos ayer, lo que captó nuestra atención, lo que observamos con curiosidad, lo que nos llenó de alegría y lo que nos hizo temblar de tristeza. Somos todos y cada uno de los pensamientos con los que hace un rato ocupamos nuestra cabeza y todas las emociones que esos pensamientos crearon en nosotros… Somos las palabras que usamos para definir nuestros momentos, nuestras vidas… Las palabras que dijimos en voz alta y las que dedicamos  a otros. Las que nos hemos callado y ahora anidan en nuestro pecho esperando salir y, si no las dejamos, se convertirán en lágrimas, en dagas afiladas, en piedras pesadas que iremos arrastrando hasta que nos atrevamos a soltarlas.

Cada vez que decidimos, estamos construyendo un nuevo camino. No sólo fuera de nosotros, también dentro. Todo lo que hacemos nos cambia y cambia a las personas que nos rodean. Porque ellos son para nosotros como nosotros escogemos verlos y cumplen el papel que les asignamos hagan lo que hagan. Y lo mismo hacemos con nosotros. Elegimos estar bien o mal. Sentir esa presión en el pecho que nos oprime o cortar con ella, cambiar el por qué de ese dolor, reconducir esa sensación, ese miedo a ser, a perder, a no llegar.  Cuando elegimos crecer en lugar de escondernos, ponemos en marcha mecanismos que ni siquiera conocemos ni sabemos cómo funcionan, pero nos modifican y nos preparan para estar a la altura de lo que queremos, lo que necesitamos. Cuando escogemos afrontar en lugar de salir corriendo o cerrar los ojos para imaginar que no pasa, nuestro cuerpo nos convierte en seres más elásticos, más capaces de saltar obstáculos, de encontrar alternativas.

Cada vez que soñamos con encontrar la solución y creemos que vamos a encontrarla, nos acercamos a ella. Porque todo nuestro ser se pone en marcha para conseguirlo, porque dibuja en camino que deberemos seguir para llegar…

Cada vez que pensamos, creamos. Nuestra realidad se esboza a golpe de pensamiento. Definimos como serán los próximos minutos, los próximas horas… Y cada pensamiento de hoy fabrica un refugio, una cabaña en nuestro futuro. Nosotros escogemos de qué la llenamos para cuando lleguemos a ella, una tarde dura de invierno, podamos encontrar lo que necesitamos. Nos pasa desde siempre… Hemos ido construyendo refugios desde que éramos niños.

A veces los hemos llenado de energía extra para afrontar un momento duro, que puede llegar a ser un momento mágico, de evolución y cambio con esa energía acumulada. Los hemos llenado de confianza, como un amuleto guardado al que sujetarnos para recordar que podemos por si en ese momento nos flaquean las fuerzas.

Aunque también hemos llenado nuestras futuras cabañas de ansiedad sin disolver, de monstruos que nos esperan ocultos tras la puerta, de pereza y desánimo, de lágrimas acumuladas, de complejos por resolver, de malas caras, de conversaciones a medias y palabras por pronunciar.

Somos maestros de la no acción. De dejar pasar a ver si primero se pudre y luego se seca y desaparece. Somos líderes del mirar a otro lado, como cuando los niños se tapan la cara y dicen que no están… Somos genios del escapismo, del no asumir responsabilidades, del pensar que irá mal y que todo es culpa de otros… Somos máster en victimismo y tenemos Cum Laude en resignación, desesperación y catastrofismo.

Asumir que nuestra felicidad depende de nosotros mismos es uno de los grandes retos a los que nos enfrentamos cada día. Una de las asignaturas más complicadas…

Darnos cuenta de que el camino que seguimos depende de nosotros da vértigo, asusta, paraliza… Descubrir tu poder marea, agota, aturde… Aunque abre un mundo de posibilidades en las que siempre eres tú quién toma las riendas y se deja llevar por la imaginación, por la confianza en ti mismo, por las ganas de ser mejor… Que en realidad ya tenemos todo en nuestro interior lo que necesitamos para ser quiénes soñamos…

Hay un día en el que debemos empezar a ejercitar ese poder. Mejor antes que después. Mejor hoy que mañana. Hay muchos refugios que llenar, muchas reservas de entusiasmo y confianza que dejar repletos para el día a día…

Lo de estar bien contigo mismo es un trabajo.  Una carrera de fondo que vamos a ganar sin creemos que podemos, que lo merecemos, que sabremos cómo… Si descubres que eres tu propio refugio y todo lo que necesitas para ganar ya está dentro de ti. Si te enteras de una vez que ya eres lo que sueñas y que sólo te hace falta decir que sí…

 


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No seas un fraude


Uno de los aspectos que me parecen más fascinantes en el mundo de la comunicación es cómo somos capaces de crear estados anímicos en los demás. Con sólo entrar en una habitación podemos mejorar el ambiente o empobrecerlo. Podemos generar ansiedad, calmar, sosegar, dar confianza , alegrar, entristecer…  Somos portadores de emociones y tenemos el poder de trasladarlas a los demás. Aunque, a menudo, no somos conscientes de ese poder. No lo somos porque no nos miramos con perspectiva ni analizamos lo suficiente cómo nos sentimos. No tomamos la distancia necesaria para darnos cuenta de que estamos ansiosos o almacenamos rabia y, aún menos, que proyectamos esas sensaciones. No percibimos la viga en nuestro ojo y para mitigar la angustia que nos supone asumir una conversación abrupta mientras estamos alterados, nos limitamos a señalar la paja en el ojo ajeno.

Comunicamos estados de ánimo que se contagian.

Quienes nos rodean acaban respondiendo de la misma forma, usando el mismo patrón. Seguramente porque conectamos con esa parte que hay en ellos que también necesita desahogarse y soltar adrenalina, desatar la furia o esconder todas las lágrimas acumuladas esperando el momento adecuado. Las personas reaccionan cómo esperamos que reaccionen. Vayamos donde vayamos encontramos siempre lo que esperamos encontrar. En gran parte, porque lo dibujamos nosotros y graduamos nuestra percepción de las situaciones para responder a nuestras perspectivas.

Nos predestinamos a vivir lo que a menudo nos asusta, nos acercamos sin querer a aquello de lo que queremos huir, porque nos focalizamos en ello.

Cuando vamos por la calle con esa sensación de ingravidez porque tenemos un día maravilloso, parece que todos sonríen y, los que no lo hacen, están excusados de antemano. Cuántas veces nos acercamos a un lugar y ya sabemos qué tipo de situación nos vamos a encontrar y presumimos cómo  van a responder a nuestras demandas… Porque notamos que estamos agresivos, malhumorados, con ganas de pisotear y lanzar algo por la ventana. Y luego, el resultado de nuestras conversaciones sigue el patrón que teníamos marcado y las personas obedecen como si se hubieran aprendido ese papel que le reservábamos.

Basta un tono alto, una mirada desafiante, una boca arqueada hacia abajo o simplemente un gesto retraído. Nuestros gestos nos delatan, comunicamos lo que sentimos y somos los más fieles transmisores de nuestras emociones.

Seguramente, visto así, es como si estuviéramos abocados a ser traicionados por nosotros mismos cada día, a cada palabra y cada gesto, cada una de nuestras conversaciones puede verse malograda si tenemos un mal momento. Aunque siempre he considerado este aspecto de la comunicación como algo maravilloso… Sólo es necesario revertir el proceso.

Primero porque aprender sobre ello  y esforzarnos en comunicar mejor, sin agredir, sin poner a otros en situaciones desagradables e incómodas, es un buen ejercicio de auto-conocimiento y de control. Para aprender a sentir cada una de nuestras emociones y hacer que nos sirvan de punto de partida para curar nuestros miedos y acabar con nuestras barreras mentales.  No se trata de reprimirlas sino de conocerlas, dejarlas fluir y aprender de ellas. Saber cómo sacarlas de dentro y transformarlas, no esconderlas, hacer que salgan y sirvan para construir y no para destruir.

Segundo porque eso significa que somos auténticos. Aquellas personas que no son herméticas y pueden transmitir emociones tienen un gran don en sus manos aunque no lo sepan. Parece complicado pero es extraordinario que no tenemos trampa ni cartón, que no finjamos, que nuestras emociones tenga un papel importante en nuestra vida. Porque la emoción es lo que realmente comunica, siempre. No llegan los datos, ni las enseñanzas vacías, ni las caras bonitas… Quienes escuchan necesitan ver al ser humano que comunica y saber que siente. Aunque que para que eso sea positivo, debemos hacer un trabajo previo. Si somos capaces de modular la ira y transformarla y, a cambio, mostrar la ilusión, el cariño o  la pasión que sentimos por algo al comunicar, podemos llegar a  muchas personas y ser grandes comunicadores. Seremos capaces de transmitir nuestra esencia y nuestro valor.

Por último, lo que me parece más importante, el poder de contagiar ese entusiasmo. Siempre he pensado que si podemos entrar en una habitación y ponerla emocionalmente patas arriba, eso nos confiere un gran poder para hacer todo lo contrario. Podemos transmitir seguridad, paz, cariño, consuelo… En lugar de ser portadores de inquietud podemos transmitir felicidad, optimismo, sensación de novedad o de que algo bueno está a punto de pasar.

Hay personas así. Se ponen a tu lado y te dan fuerza y vitalidad. Entran en una sala y la llenan de luz y serenidad. Te dicen esa palabra que hoy justo te hacía falta escuchar. Te dedican la mirada que buscabas en el momento oportuno.

En el fondo, se trata del mismo poder, pero tiene dos caras. La misma energía usada para dos fines distintos. 

Para comunicar y llegar a otros dejando una estela de entusiasmo debemos aprender de nosotros mismos y de cada una de nuestras emociones porque las transmitimos. Debemos educar nuestro lenguaje verbal y no verbal  y, una vez aprendido, darle rienda suelta a nuestra imaginación y necesidad de comunicar.

De lo contrario, de poco servirá lo que nos esforcemos en nuestra marca personal, lo que escribimos en el blog, lo que pone en nuestro curriculum o lo que nos esmeremos en resaltar en nuestra biografía. Seremos una «marca blanca» de nosotros mismos y una «marca blanca» como comunicadores, un híbrido falso y hueco. 

Debemos buscar la coherencia entre nuestros valores y nuestro mensaje, tanto verbal como gestual, debemos conocer nuestras posibilidades de contagiar nuestras emociones y escoger cuáles y hasta qué punto queremos incidir. Debemos vender honestidad y autenticidad. No podemos ofrecer a los demás algo que no tenemos y no llevamos dentro… Debemos conocer y saber usar nuestros poderes (todos los tenemos) y transmitir de forma eficaz quiénes somos y qué nos mueve en la vida…

Siempre he pensado que los buenos comunicadores tienen que hacer un importante trabajo interior para poder conectar con los demás sin interferencias. Para dejar que tu talento fluya, se comparta y propague.

Nadie quiere ser un fraude, ni vender humo. Nadie quiere ir por la vida contagiando ansiedad y negatividad… Y la gente huye de quién lo hace. Es necesario encontrar la coherencia, ya no sólo por el hecho de ser honestos a la hora  de comunicar y por no perder oportunidades profesionales, sino por un tema de dignidad personal.  No seas un fraude, trabaja tus emociones para poder comunicar.

 


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Dale trabajo a tu talento


En mi casa, cuando yo era niña, siempre que se debía llevar a cabo un gran cambio se discutía mucho y luego se acababa diciendo «ahora no, que hace frío, cuando venga el buen tiempo» y así, se postergaban desde las capas de pintura en las paredes hasta las grandes decisiones… Yo cada vez me ilusionaba con la misma intensidad y llegaba a creerme que era posible, pero nunca sucedía, hasta que un día me di cuenta de que si quería cambios, los tendría que llevar a cabo yo misma. Claro está que “el buen tiempo” nunca llegaba y cuando el verano despuntaba hacía ya mucho calor para acometer tales tareas y asumir riesgos poco calculados. Esto me  lo recordó una frase que dijo el otro día Alfonso Alcántara @yoriento en la presentación de su libro #SuperProfesional en Barcelona, hablando de esta ardua tarea de reiventarse y cambiar de rumbo. Alfonso, huyendo de tópicos, decía que cuando no tenemos trabajo  ya no estamos a tiempo para pensar una estrategia de marca personal porque nos urge emplearnos en cualquier cosa y cuando lo tenemos, lo dejamos pasar porque no nos corre prisa… “Como el buen tiempo” que siempre estaba esperando mi abuela. Cosa que me recuerda también algo que no hace mucho leí sobre aquellos que realmente desean cambiar, algun sabio decía que ese tipo de personas nunca espera el momento adecuado. Cosa que me hace saber que mi abuela realmente no quería hacer cambios, pero le gustaba creer que era de ese tipo de personas que los hacen.

Hay tantas ganas de cambio perdidas por el camino. Tantas estrategias a medias, cursos empezados, lecturas pendientes… Una vez me dijo un amigo hablando de amor  que «si alguien te quiere, hace todo lo posible para estar contigo. Si no lo hace, es que no te quiere». Es cierto. Y eso me sirve para aplicarlo a todo desde entonces. La voluntad y el empeño acompañados de la acción separan los mares. Si quieres cambiar, cambias. Lo demás son excusas. A lo mejor tardas un mes o un año, pero durante ese tiempo no paras de maquinar y actuar hasta conseguirlo. Y además descubres que es un trabajo continuo, que ya no para nunca porque siempre evolucionas. Si quieres mejorar, mejoras. Lo intentas desde varios frentes y con estrategias paralelas o cruzadas. Llamas a cien puertas y tomas cien decisiones que afectan a tu vida día a día. Topas contra un muro y buscas una rendija, caes y te levantas, cavas un túnel si hace falta. Si no puedes andar, vuelas. Si no tienes alas, te fabricas unas. Si quieres, haces todo lo que está en tu mano y lo que está en tu ingenio para conseguirlo. Si pasado un año, no hay avances y no se abre ninguna de las puertas y no te ves llamando a otras nuevas o dibujándolas tú mismo si hace falta… Es que no quieres cambiar. Es que sueñas con ello, pero no te importa lo suficiente como para dar un vuelco a tu vida y arriesgar la posición que tienes… Es que te da tanta pereza que no te compensa. La pereza es algo que cuesta mucho admitir, la mayoría preferimos admitir que tenemos miedo antes de pasar por vagos. Cuesta admitir que prefieres hablar de ello a llevarlo a cabo. Planificar una estrategia que te lleve a ser cómo quieres ser no es fácil. Trabajártelo a conciencia tampoco es garantía, pero sí que es condición. Aunque siempre se consigue algo, siempre se gana algo… Alfonso nos recordaba que la vida te lleva a muchas situaciones que nunca habrías imaginado y que no entraban en tus planes. Muchas de ellas, esto lo digo yo, soy maravillosas. Otras, a pesar de no parecerlo, acaban siendo buenas lecciones. Trabajar en ti supone redescubrirte en el proceso, crecer. Tal vez no para llegar a tu meta, pero sí para encontrar otra que te llena del mismo modo. 

Muchas personas se fijan una meta y la miran de lejos. Les encanta decir que tienen un sueño, pero nunca se ensucian las manos amasándolo, nunca se despeinan por conseguirlo. Lo meten en una caja y lo sacan para mirarlo de vez en cuando como los niños que encuentran un pequeño tesoro. Leen un libro, uno bueno, como el de @yoriento para fijar objetivos y estrategia (uno de esos libros que subrayas y dejas llenos de anotaciones). Les gusta la idea, les encanta, casi les roza el alma pero no les apremia lo suficiente cómo para empezar a moverse… O tal vez se muevan poco a poco, pero un movimiento calculado que les permita poder decir que hacen algo, pero que no dé demasiados resultados no vaya a ser que les obligue a dar más pasos y tengan que salir del decorado de vida que han dibujado. A veces, estamos cómodos en la incomodidad de ser algo que no nos gusta y soñamos con cambiarlo por el puro acto de soñar, porque nos gusta pensar que somos otro tipo de personas… Esas que cambian y sobresalen, esas que brillan y hacen lo que les gusta. El cambio exige unos sacrificios que no todos estamos dispuestos a llevar a cabo.

Las redes sociales dan oportunidades a quién ya tiene oportunidades, dijo el otro día Alfonso. Seguramente, porque las oportunidades te las tienes que crear tú mismo. Porque la motivación son un montón de migajas que se van encontrando en el camino y están más en la última palabra que escribes que en la primera frase que se te ocurre. La motivación de verdad es la que te llega al final de la carrera y no en el primer paso. Es el movimiento que engendra la forma, el «por qué» que crea el «cómo», es en el camino que descubres el camino…

Si quieres escribir, debes ponerte a escribir. Deberás ensuciar algunas páginas hasta que lo que sacas de dentro merezca la pena ser leído. Lo que está claro es que el éxito no te viene a buscar al sofá y no se activa con el mando a distancia. Ni tampoco se encuentra encriptado en una frase de un libro… Si sabes verlo, puede estar en todas partes en forma de oportunidad, aunque las oportunidades se fabrican, es casi una cuestión de estadística.

El pensamiento positivo es necesario. Mantiene el ánimo, aumenta la serotonina, te predispone las neuronas… Te ayuda a hacer algo indispensable, gestionar tus emociones y tus palabras. A visualizar tus objetivos e ilusionarte y focalizar tus metas. Aunque no hay conjunción astral que te traiga a casa lo que sueñas por mucho que te concentres. Los sueños se construyen y se trabajan. Los sueños se sudan…

No hace mucho mi admirado José Sánchez-Mota hablaba en su blog del pensamiento positivo. Osaba poner en tela de juicio estas dos palabras mágicas. Lo hacía para poner en valor el optimismo y el esfuerzo. Decía que el pensamiento positivo es necesario pero que de quedarse en este estadio “el de pensamiento” y no actuar no nos acerca a lo que queremos. Los pensamientos pueden ser un motor pero también suponer un ancla, un lastre. Dice Sánchez-Mota que «el llamado pensamiento positivo, por sí solo, no es útil y anula la motivación del optimista compulsivo para cambiar las cosas»… Vamos, que es útil para enfocarse y motivarse viendo lo hermoso y lo positivo de cada situación, pero que si no se acompaña de acción, es como tomar veneno y antídoto al mismo tiempo. Porque además de ver el vaso medio lleno, es necesario levantarse pronto para ponerse a trabajar en nuestro objetivo. 

Y la esperanza… La esperanza nos mueve, pero debe ser un punto de apoyo para actuar y perseverar, una catapulta para seguir con ganas hasta llegar.

Alfonso Alcántara asimila Marca Personal a trabajo, a esfuerzo, a estrategia y sentido común. Habla de ponerse manos a la obra para hacer un cambio en nuestras vidas, con decisión. Nos recuerda que nos debemos tomar nuestra vida profesional como algo personal. Nos invita a aplicar nuestros superpoderes, a poner nuestro talento a trabajar. Y nos deja claro que la mejor actitud es la de hacer.

«Siempre recuerdo que mi madre-dijo Alfonso- lloraba mientras fregaba los platos». Porque a pesar de los malos momentos y  todos los vasos medio llenos o medio vacíos, tiene claro que si se para se le acumulan las tareas. Tal vez mejor lamentarse y actuar para cambiar que pensar en positivo y no hacer nada esperando el momento adecuado y ver si los astros son propicios… Y es que a veces la vida se nos escapa mientras estamos haciendo planes.  

Escribo este artículo porque quería compartir mi reflexión sobre lo que aprendí el pasado lunes escuchando a Alfonso. Espero no haber traicionado el sentido de sus palabras. Y lo hago también porque sigo su recomendación de ser #SuperSocial y hacerme visible. Como dice él en el libro, cuando alguien nos gusta, hay que decírselo de manera especial. ¡Gracias!