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la rebelión de las palabras


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Carta a mi yo del presente


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Querida Mercè, 

antes que nada, perdona. Me he pasado mucho contigo. Lo sé, no hay excusa, aunque sea tan dada a las excusas siempre para todo pero, esta vez no quiero parapetarme tras una… He sido muy dura contigo y ya está. Lo asumo y te libero de esta carga. 

No supe hacerlo mejor, ya sabes que me he pasado la vida intentando que me acepten, buscando que me elijan y valoren, y cuando te pedía que dieras más y fueras mejor, pensaba que eso te haría más feliz. No es cierto, nunca hay suficiente para alguien que no se siente suficiente. Nunca es perfecto para quién necesita que sea perfecto. 

Hace años te metí en una espiral de demandas y exigencia máxima y te dejé sola en ese laberinto. Te pedí que encontraras el tesoro oculto y no me di cuenta de que cada vez te ponía el listón más alto. Siempre pendiente de un resultado hasta que la propia ansiedad para conseguir el resultado lo hizo imposible… Siempre asustada por evitar el fracaso hasta que el propio miedo lo hizo inevitable. Siempre intentando ser tan fuerte que la propia fortaleza se convirtió en debilidad porque no te permití caer ni descansar. 

Ya basta compañera, ya está. Ahora nos paramos en medio del camino y nos miramos la cola. Vamos a lamernos las heridas un rato y ver que no somos nuestros desengaños ni nuestros miedos ni nuestros pensamientos obsesivos. Somos la mujer que supo seguir adelante a pesar de ellos. ¿Sabes? Ni siquiera somos nuestros méritos, sobre todo eso, porque nos hemos desgarrado tanto por dentro para conseguirlos que no compensan…  Me he dado cuenta de que no importan todos los gritos de rabia que hemos lanzado a la vida ni lo que hemos ganado, ni lo que hemos perdido porque lo único que importa es cómo decidimos vivirlo por dentro. Podemos mirar atrás, pero sin quedarnos pegadas a esos momentos en los que la vida nos dio zarpazo. Podemos mirar al futuro, pero sin tratar de controlarlo ni aferrarnos a una versión de la vida concreta que nos haga sufrir… Tan sólo tenemos este momento, que es el principio de todo y el fin. Vamos a vivirlo como si no hubiera un mañana, pero con la absoluta certeza de que nos espera algo hermoso.

Vamos a ponernos un “me gusta” a nosotras mismas y escucharnos un rato. No para quejarnos, sino para saber qué nos gusta y qué nos molesta e intentar acercarnos o alejarnos de ello en la medida que esté en nuestra mano. Y si hay un lamento, no pasa nada, tenemos derecho, lo que realmente marca la diferencia a veces, no es lo que haces sino ser consciente de para qué. 

Amiga, vamos a soltar lo que no depende de nosotras. Lo sé, te cuesta, nos cuesta mucho, nos educaron para creer que si nos preocupamos por todo la vida nos recompensará en una calamidad menos y los demás no nos juzgarán como irresponsables. Nos programaron para hacer siempre todo lo posible y más, pero no podemos forzar a la vida y cuanto más lo intentamos, más rebelde y arisca se pone ante nosotras. Ya basta de huir de que nos señalen con el dedo, dejemos que piensen lo que quieran, ellos también son libres… 

Vamos a sentarnos y no hacer nada un largo rato. Nada que produzca nada, que suponga un premio, un resultado… Nada que nos lleve a obtener nada. Vamos a ver qué pasa si dejamos pasar algunos trenes a los que antes hubiéramos considerado insoportable no subir. Vamos a esperar al tren que realmente nos guste, al que lleve a dónde deseamos ir de verdad. Diremos no al tren del trabajo seguro pero estresante, al del amigo inteligente que nos critica siempre, al de llevar siempre tacones altos para estilizar la figura, al de llegar siempre veinte minutos antes y al de la perfección absoluta. Esperaremos, aunque nos quedemos solas en la estación y en algún momento parezca que el tren que deseamos no vaya a pasar nunca. Esperaremos y si llega un tren inesperado, con destino incierto, pero algo de él nos atrae, podemos subirnos. Porque vamos a apostar por lo que realmente soñamos, pero también vamos a confiar en la vida a ver qué nos propone. Abramos la mente y al corazón a ver qué pasa. 

Tal vez renunciemos a algunas cosas subiendo a ese tren. A esa falsa sensación de seguridad y control que tanto nos gusta y domina, que nos ha llevado a besar tantos sapos que nunca se convirtieron en príncipes. Cuando la incertidumbre nos ahogue, recordaremos que la seguridad absoluta no existe, que es una invención a la que nos sujetamos para poder soportar el vértigo, que la vida es vaivén y equilibrio y que cuando aprendes a vivir con ello, consigues algo maravilloso que se llama confianza. 

Estoy contigo. Ya lo sé, he pasado de ti muchas veces. Te he dejado con la tarta de cumpleaños para soplar las velas y has desperdiciado tu deseo pidiendo que los demás te hicieran caso, que te vieran, que te aceptaran, porque yo no estaba y no te veía. Porque yo no supe ver tu gran valor y belleza y te tuve esperando reconocimiento ajeno durante siglos. Te vi llorar y no te dije nada porque yo acumulaba mucho llanto y no era capaz de sentirlo. Te vi rabiar y no te calmé porque yo sentía tanta rabia que tan sólo deseaba golpear al mundo para vengarme por no haber tratado como merezco… Mientras yo nunca te trataba como mereces, “no nos trataba como merecemos”. Siempre vemos ahí afuera lo que reprimimos por dentro, ¿verdad?

Esto va a salir bien, amiga. De hecho, ya ha salido bien, perfecto (como a ti te gusta), maravilloso… ¿No te das cuenta? Ahora estamos juntas y eso nos asegura el éxito. No sé cómo, ni dónde, ni cuándo pero vamos a lograrlo. Tampoco sé qué exactamente y no hace falta, ya hemos llegado a ese punto en el que dejamos de buscar y empezamos a encontrar y nos damos cuenta de que siempre ha estado ahí, pero no lo vimos porque era demasiado evidente, demasiado sencillo como para que lo valoráramos. Siempre pensamos que la vida era complicada, cuando en realidad es simple pero la complicamos nosotros. 

Gracias por tanta paciencia, por tantas ganas, por tanto trabajo mirando dentro y por la humildad de asumir errores y seguir adelante. Gracias por haber sabido esperarme el tiempo necesario como para que yo de me diera cuenta de lo mucho que te amo y respeto y te aceptara tal y como eres. Gracias por haber sabido siempre que yo estaba ahí, aunque no me notaras ni vieras ni te diera muchas satisfacciones. Gracias por tenderme la mano y sonreírme cuando nadie lo hacía y ver en mí algo hermoso cuando yo era incapaz. Por mirarme a los ojos cuando yo miraba a otro lado esperando que la vida me devolviera todo el esfuerzo acumulado. Gracias por existir y sentir tanto amor por todo y no haber desistido nunca en este camino que siempre es de vuelta a uno mismo. Gracias por todas la veces que te he fallado y tú has seguido creyendo en mí. 

Ya no estoy sola, no estás sola… Vamos juntas en esto, amiga.

Te quiero… 

Atentamente 

 

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¿Confías?


¿Confías en ti mismo? ¿confías en tus posibilidades de convertirte en la persona que sueñas ser? si no crees en ti, en tu talento y tu capacidad para seguir el camino que deseas, es poco probable llegar al destino que planeas… Has conseguido mucho hasta ahora, mira a tu alrededor y da las gracias por lo que tienes, por lo que eres, sobre todo, por lo que sueñas… Si no confías en ti, no confías en la vida para que ésta te lleve a base de aprendizaje a dónde quieres para poder llevar a cabo tu propósito vital… ¿Confías?

 

 


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Tu vida, tus palabras…


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Ya lo sé. He escrito mucho sobre palabras, me pongo muy cansina tal vez, pero es que son muy importantes en nuestras vidas. Las cambian, las reconducen, las hermosean y las llenan de esperanza.

Son armas poderosas que no nos enseñan a usar como deberíamos.

Ayer alguien me decía que lo importante son los actos, no las palabras. Gran parte de razón lleva, porque si no actuamos nos estamos rindiendo, cedemos a la pereza nuestras vidas y dejamos que nuestro presente y futuro no sean un ejemplo de nuestros valores y principios.

Sin embargo, cuando hablo del efecto terapéutico de las palabras, de cómo nos cambian, lo digo de forma literal. No me refiero a decir que eres valiente y actuar como un cobarde. Me refiero a que decirse a uno mismo que es valiente y sentirlo, le convierte en una persona más predispuesta a serlo.

Como esas personas que se pasan la vida arrastrando el mote que les pusieron cuando eran niños, como si lo llevaran en una etiqueta. Alguien se lo dijo, ellos se lo creyeron y eso se ha convertido en su realidad.

El lenguaje que usamos nos modifica, nos transforma. Las palabras positivas activan zonas de nuestro cerebro que nos abren a nuevas posibilidades, que ponen en marcha el proceso de generar nuevas neuronas y mejoran nuestras defensas. Por eso es tan importante lo que nos decimos a nosotros mismos cada día porque nos capacita para ser como deseamos, para conseguir lo que queremos. Las palabras son la palanca que nos ayuda a desplegar nuestro potencial, la contraseña que abre los archivos donde se ocultan las claves para superar nuestros miedos y dar el gran salto que todos soñamos…

Nuestras palabras pueden hundirnos o conseguir que nos elevemos. Pueden hacer que nos arrastremos a ras de suelo o que creamos que podemos volar… Lo de volar es en sentido figurado aunque hace tiempo alguien creyó que nos hombres podía volar e inventó el prototipo de un artefacto para conseguirlo. Hoy en día circulan miles de esos artefactos en un modo más sofisticado por el cielo cada día.

Seguro que se dijo mil veces antes de hacerlo realidad. Seguro que antes de creer que era posible, supo encontrar las palabras que lo definían para ponerse a actuar.

Las palabras que usamos generan nuestra realidad porque crean escenarios, crean momentos, nos transforman por dentro para ser más capaces de llegar a ese futuro.

Aunque esto parezca magia, es ciencia. Es una realidad que las palabras tienen el poder de actuar sobre nosotros si las dejamos hacer su trabajo… Si nos dejamos invadir por las emociones que llevan adheridas. Si cuando las escuchamos o las decimos somos capaces de trasladarlas a la realidad, de verlas, de vivirlas…  Y no sólo sucede sobre nosotros, también tienen efectos sobre otras personas, sobre las personas que nos rodean que tal vez necesitan que alguien les diga lo maravillosas que son porque no lo recuerdan.

Condicionamos a las personas que tenemos a nuestro alrededor. Una palabra hermosa puede cambiar el curso de un día, de una vida. Tu vida o la de alguien que no soporta más su existencia porque no se siente aceptado o querido… La vida te cambia en un momento si alguien te dice “tú puedes” porque tú no eres capaz de decírtelo aún. Y se abre una ventana hasta ahora cerrada ante ti y tu cabeza empieza a imaginar que tal vez pueda. Y esa parte de tu cerebro que se ocupa de hacerte capaz y activar al superhéroe que llevas dentro se pone en marcha. Y el corazón recupera su ritmo y te notas distinto… “y si fuera cierto?” piensas  y te das cuenta de que había opciones, había oportunidades, que puedes intentarlo…

Y en ese momento, cuando lo imaginas y vibras, cuando lo ves y casi lo tocas, ya eres otra persona. Y aire está más limpio y el gesto más erguido. El mundo cambia porque tú cambias.

Las palabras que dejamos que nos toquen y nos hagan sentir nos modifican. Levantan muros o dibujan puertas en las paredes para poder abrirnos paso. Muestran caminos o nos llevan a acantilados… Las palabras hacen que pongamos el acento en lo que nos gusta o lo que nos disgusta. Nos ayudan a enfocar la realidad de mil formas. Nos recortan las posibilidades o las amplían hasta el infinito…

Cuántas más palabras positivas usamos, mejores son nuestras vidas.

Las palabras hermosas nos alargan la vida y nos hacen estar más sanos y felices.

Las palabras adecuadas despiertan esa parte que tenemos dormida y que necesitamos para vivir con intensidad y pasión.

Las palabras dibujan nuestro mundo. Nosotros decidimos cómo usarlas.

Escribimos nuestra propia vida con palabras. La fabricamos desde el primer aliento y la vamos haciendo más fuerte a en la medida que somos capaces de expresar qué sentimos, cuando nos comunicamos con otros y con nosotros mismos…

¿Si supieras que puedes escribir tu vida qué palabras usarías?

Si te dieras cuenta de que puedes escribir las escenas de tu existencia ¿cómo encontrarías las palabras? ¿cómo las escogerías?

Las palabras que escojas escribirán tus días. Somos los autores de nuestras vidas… Incluso en los momentos más duros y adversos, aceptando la situación sin resignarse, podemos trabajar para modificarla…

Por eso, la próxima vez que abramos la boca o en nuestro diálogo interior vayamos evocarlas en nuestros pensamientos, estaría bien que descubriéramos si son las más hermosas posibles… Si son las más motivadoras, las más emocionantes, las que nos curan y ayudan a perdonarnos y perdonar a otros, las que nos hacen darnos cuenta de que podemos, de que somos capaces, las que nos recuerdan que somos extraordinarios y sirven para recordar a los demás que el mundo es mejor con su presencia…

La próxima vez, seamos exigentes con nuestras palabras. Las palabras nos convertirán en esa persona que soñamos que somos y que está dentro de nosotros esperando a que aprendamos a usarlas y sentirlas.