merceroura

la rebelión de las palabras


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Vivir entre caracoles


chica carretera

A veces se me olvida que no tengo alas y me parto en pedazos intentando volar.

Se me olvida que además de esencia soy sustancia y me duelen las fibras cuando quiero controlarlo todo en mi vida sin apenas dejar de sonreír.

Imagino que soy bruma y que soy ingrávida. Que salto sin esfuerzo y bailo sin casi tocar el suelo toda una tarde, toda una noche, toda una vida. Siempre quise bailar, pero siempre he estado sujeta a unos hilos invisibles tejidos de recelo y rubor que me ciñen las piernas…

Imagino que  floto y que me quedo prendida en los árboles y sólo me alcanzan las cometas y los globos de helio, mientras miro al mundo hacerse diminuto y llorar. El mundo llora porque no entiende sus heridas, porque ya no sabe cómo curar. Y yo tengo que verlas todas, notarlas todas, empatizar con todas sus lágrimas. Yo siempre noto las lágrimas ajenas como si fueran propias, como si inundaran mis sentidos.

A veces olvido que me han tomado el pelo, que a mi costa se han muerto de risa… Mi memoria selectiva borra de mi cabeza los cuentos chinos, pero sigue queriendo a los cuentistas sin poderlo evitar.

No me sirven los sucedáneos de vida. Ya no me sirven porque no se ajustan al tamaño gigante de mis sueños. Cuando vuelo me expando tanto que no quepo en mi cáscara y debo abandonar mi retiro para asumir mi naturaleza dispersa.

A veces olvido que he vivido algunas historias porque aún me arañan y hacen rabiar.

Ya no me llenan los recuerdos por más preciosos que sean… Quiero vidas, muchas, una tras otra, a poder ser repletas de todo, aunque no todo sea hermoso.

La belleza está a veces en la calle, pegada al asfalto y tiene los ojos de un niño que no arranca a llorar porque espera a su madre para derramar las primeras lágrimas.

Otras es un anciano que canta botella en mano una canción de amor a una esposa que ya no abraza sus madrugadas. O el espectáculo que deja una marea baja cuando cubre la arena de conchas y cañas. La belleza no es simetría es osadía. Es rebeldía y fuerza contenidas y concentradas.

Ya no me llena la ausencia de alguien soñando, ni el abrigo dulce de un abrazo que no llega nunca, pero que se anuncia largo…No me bastan sus palabras lisonjeras ni sus prédicas deliciosas…

No quiero vivir nunca más entre caracoles. No quiero que me miren de reojo porque salto al abismo mientras ellos viven a medias sin atreverse a dejar sus caparazones diminutos. Siempre seguros, siempre preparados para ocultarse y quedarse quietos si todo va mal.

Yo no quiero seguros, quiero vida, quiero arrugar la ropa y soltar la presa. Rodar por el margen y quedar suspendida en una rama, para ver lo que hay más allá de donde acaba el camino que los caracoles nunca van a pisar.

A veces olvido los abrazos, porque al soñarlos su recuerdo desuella mi alma cansada de esperar. He llorado por no tener algo que apenas existía, que no valía la pena, que nunca hubiera llenado mis márgenes gigantes.

Ya no me aguanto las ganas de nada, aunque haya promesas de viento y de lluvia.

Ya no me sirve un hueco, quiero un desierto entero cargado de escorpiones.

No me llena la luna por más que quepa en tu ventana, quiero ser las sábanas y las paredes que velen tu sueño…

A veces, camino tan sola que el eco trepana mis sentidos y horada mis oídos tediosos de aguardar susurros…

A veces, tengo tanto miedo de que el miedo me invada que cierro con candados mis esquinas y busco un lugar donde no me encuentren los cobardes. No quiero que laman mis oídos con sus palabras recelosas ni toquen mis pupilas con sus ojos apagados.

Ya no me calma una tarde quieta, ni una noche cerrada. No me envuelve la manta que susurra cuentos ni los cuentos que me recuerdan que antes todo me calmaba…

Ya nada cierra mis puertas, ni arranca los helechos de las paredes de mi alma… Nada me quita la blusa y camina por mi espalda dolorida y blanca.

Ya nada evoca ese canto triste que me recuerda que un día me importaba lo que otros pensaban y ahora ni siquiera existe.

La pasión mece mis días como las olas liman las rocas más afiladas.

A veces, me desnudo tanto que el frío me abrasa y la noche se precipita. He perdido la vergüenza a mostrar mi alma y airear mis temores…

Ya no me acuerdo de cuando era siempre tarde para todo y nunca pasaba nada.

A veces, pienso que todo lo que duele esconde un secreto que necesito conocer. Aunque deseo conocer mucho sin que duela…

A veces, te busco en las esquinas y entre los árboles del camino, por si estás, por si pasabas por ahí, por si no me acuerdo de que ya no existes y finjo que todavía me importas y me arañas…

No escribo para que me compres, sino para que me leas.

Para que sepas que estoy aquí y tengo tanto miedo como tú, aunque me ponga en primera fila y lleve puesta la cara de guasa y felicidad.

No quiero una manta, quiero un abrazo.

No quiero un recuerdo, quiero un momento… Muchos momentos, sin pausa. Todos los momentos que pueda almacenar en este cuerpo pequeño y repleto de habitaciones vacías.

A veces, las palabras calman mis vísceras rotas de tanto amar sin preguntar ni pedir.

Antes de enfadarte por mis palabras, piensa que la risa lo calma todo y ven a mi fuego a contar historias tristes que nos hagan creer que no estamos tan mal. Y luego desaparece,  que no quede ni tu aroma ni tu esencia, para que yo no me salpique de recuerdos…

A veces, se me olvida que no tengo alas y caigo. Conocer el abismo me ayuda a soñar.

A veces, escribo porque sentir es la única forma de saber que estás realmente vivo… Porque no soy un caracol. Porque ya sólo le tengo miedo al miedo.

 

 

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Mala memoria


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Una vez oí decir a un sabio que para ser feliz hace falta tener buena salud y mala memoria. Dijo que los dos conceptos estaban intrínsecamente relacionados. Para estar sano es necesario soltar todo lo que nos amarra al sufrimiento, al dolor, a la frustración, al miedo y al resentimiento. Impedir que el recuerdo nos reconcoma… 

Yo siempre he tenido en mi vida muy presente mi pasado y, en aquel momento, pensé que me iba a ser muy difícil. Levar anclas es un trabajo arduo cuando llevas años hundiéndolas para no perder el amarre por temor… Curiosamente, no hacía demasiado, alguien que no era sabio sino todo lo contrario, se había despedido de mí para siempre con una frase como “quiero que olvides el pasado, no vivas pendiente de él porque te impide ver el presente”. No sé por qué lo dijo, no creo que me hubiera conocido lo suficiente como para saber de mi querencia a los recuerdos y a la pátina dolorosa que a veces siguen encerrando. Ni siquiera creo que su inteligencia emocional estuviera lo suficientemente crecida como para entender el significado extraordinario de la sentencia con la que me dejaba atrás… Con el tiempo, he llegado a creer que era un bárbaro con un momento de lucidez ilustrada inexplicable. Nunca se sabe… Tal vez la oyó en alguna película y la memorizó para decirme algo impactante como despedida. Quizás no supe valorarle. El caso es que mi consejero involuntario me regaló desde la ignorancia un hermoso regalo de adiós. Y durante muchos días, puesto que el mensajero era un poco limitado en esto del desarrollo personal, lo admito, valoré aquella sentencia sin justa medida… Pensando que lo que viene de un tonto, tontería es.

Hoy en día, yo he madurado un poco (eso creo) . Y no sólo sé que la vida está llena y repleta de héroes involuntarios que te salvan sin querer y que, como he dicho en alguna ocasión, no es necesario que tus maestros sean más sabios y emocionalmente desarrollados que tú. Y ya no llamo a nadie tonto, por respeto. Procuro buscar en él siempre algún tipo de inteligencia, todos la tenemos, como mi ignorante necesario.

Aunque, vuelvo al sabio. Mala memoria para ser feliz. Luego me di cuenta, consiste en olvidar lo que duele. Recordar de lo ocurrido esa parte blanda y dulce o esa parte amarga que lleva consigo un aprendizaje valioso. Y borrar culpas, resentimientos, rabias y asco acumulados. Nada cura más que el perdón a quien lo concede… Y es tan complicado de aplicar, a veces. Sobre todo el perdón a un mismo por los desatinos, por las faltas, por no cumplir expectativas que nada tienen que ver con nosotros, por no saber reconocer nuestra autenticidad…

Buena salud y mala memoria. Vivir el día a día. Planificar cosas maravillosas sin agobiarse ni obsesionarse. Tener claro a dónde vamos, pero sin dejar de mirar al paisaje…  Con los pies en el suelo y las manos tocando el cielo…

Olvidar el zarpazo y quedarse con el proceso de superación que nos conllevó cerrar la herida. Olvidar las malas caras y las malas intenciones y quedarse con el resultado del proceso, nosotros ahora, nuestra versión mejorada. Somos el resultado de todos esos golpes.

Y no recrearse en la caída, mejor recordar la bravura que tuvimos al levantarnos. La valentía, la fuerza, las ganas… 

No somos el que cae, sino el que se levanta. No somos el que queda en evidencia, sino el que se atreve a pedir lo que quiere. No somos el que se pone enfermo, sino  el que se cura. No somos el que llora, sino el que consigue volver reír. No somos el que  se equivocó, somos el que aprendió de su fracaso. No somos el que perdió la carrera, somos el que fue capaz de enfrentarse a ella y superarse a cada paso.

Y mi héroe involuntario no es el que me dejó, es el que me dijo la frase mágica que me llevó a olvidar un poco el dolor.

Y Yo… Yo no soy la que no sabía cómo enfrentarse a la vida pendiente de pasado angustioso, soy la que aprendió a hacerlo poco a poco e insiste cada día para superarse.

Mala memoria de la buena…

Como las madres que cuando miran a sus hijos no recuerdan el dolor del parto o la gran espera hasta poder adoptarlos sino la felicidad de tomarlos en sus brazos por primera vez y quererlos sin límites… 

O como las águilas, que me contó una buena amiga que viven setenta años y al llegar a los cuarenta vuelan hasta una cueva  para renovarse por completo y dejar atrás su cuerpo cansado. Allí se golpean el pico hasta arrancarlo, para luego, con el pico nuevo poder arrancarse las uñas y, con ellas renovadas, las alas. El proceso dura cinco meses y cuando termina, el ave se ha desprendido de lo viejo y está totalmente renovada y preparada para vivir treinta años más. Sin lastre… Porque a veces, hay que arrancar lo viejo y gastado que hay nosotros y renovarse. Sacarse los pensamientos tristes y amargos de encima y empezar otra vez… Hace falta tenacidad para dar el vuelco… Porque ser feliz es una tarea de gran envergadura… Las águilas se atreven y lo consiguen.

Buena salud y mala memoria… ¡Qué gran sabio! 

Por cierto,  el sabio era el prestigioso psiquiatra Luís Rojas- Marcos, al que tuve el placer de escuchar en una conferencia hace unos años.

El héroe involuntario… ¿importa? ya sólo existe en mí a través de su frase… ¡Gracias a ambos!


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Cuatro frases sobre el olvido


Al final, nunca se olvida.

Se acaba borrando la imagen o apartándola de la memoria, pero la emoción nunca se marcha. Se suplica no sentir, para no revivir… Nos vamos acostumbrando poco a poco a no echar mano de ella cuando nos baja el ánimo… Y un día, te das cuenta de que ya no le has dedicado ni un minuto en las últimas veinticuatro horas. Sonríes satisfecho, pero cuando te das cuenta, la punzada del recuerdo, aunque sea forzado ante la alegría de su olvido, se te clava de nuevo en el pecho. No olvidamos. El olvido es carnívoro, remolón. Es un león hambriento. Nos devora cuando más le apartamos… Y cuanto más nos agobiamos y forzamos a intentarlo, más lacerante es el dolor, más presente la angustia, más grande es la sombra, más difícil de lavar la mancha. Tal vez porque hay cosas que no se pueden forzar. Es como obligarse a no amar, querer desenamorarse, luchar contra una especie de huracán que todo lo arranca por la raíz. No es que sea imposible, es que no es el momento… Habrá que esperar a que ese huracán sea un vientecito, una ráfaga tímida que apenas arrastre unas hojas a media tarde. Esperar a que el león esté satisfecho y no pida carnaza.

Y a pensar de eso, cuando sople una brisa, siempre habrá una punzada. Será leve, al final, será casi una cosquilla dulce que te recordará que viviste, que amaste, que lo hiciste de veras. Que cuando te das, lo haces por entero; sin fisuras, sin seguros que te permitan retirar el cariño cuando del otro lado se guarde un as en la manga o te quiera sin arriesgar… Recordarás que gozaste y que amando nadie te gana. Y el dolor, más tenue, más apagado, será el precio a pagar por una intensidad que no todos alcanzan.

Olvidar… Olvidar no se conjuga fácilmente porque es un verbo que sabe a resignación, a darse por vencido, a tirar la toalla y aceptar que es imposible. A veces, hay que aceptar que no llega el olvido y de momento, conformarse con no recordar. Y extraer lo hermoso, lo bueno, lo intenso, lo preciado de ese recuerdo y darle la vuelta. Que el dolor sea regalo, que sea recuerdo de algo grato, que traiga una moraleja que nos permita no volver a caer o que al menos caigamos a conciencia. El segundo dolor nos alcanza blindados…

Alguien me preguntaba hoy cómo se olvida. Y yo, que tengo mil recuerdos quemando, almacenados en una cápsula oculta que no quiero abrir, no podía responder. No olvidando, supongo. No forzando. No presionándote para arrancar el recuerdo de tu mente. No olvides, actúa como si ya hubieras olvidado. Eres lo que haces. Lo que piensas que eres. Piensa como el que ya no tiene que preocuparse por su dolor, como el que ya no depende de nada que no surja dentro de él mismo. Imagina que ya no vives pendiente de borrar de tu memoria un momento, una cara, una tarde, un sueño, unas palabras… Anda como si ya no te doliese, respira como si ya fueras otro al que ya no le atormenta ese recuerdo.

Y si no puedes olvidar, no sufras, porque ya no eres el mismo. Valora ese dolor como una muestra de lo grande que eres, de tu gran capacidad para querer, para seguir, para dar.

No cargues tu dolor en la espalda, no lo arrastres, sácale partido, dale la vuelta. Que te sirva para conocerte, para quererte, para saber quién eres y qué buscas. Que no te limite, que te expanda. Que no te amarre, que te suelte. Que no te aparte de lo nuevo, que te acerque a lo que mereces.

Y si no olvidas, no importa. Mientras no vivas de recuerdos que se te coman los días…


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Olvida. Recuerda sólo lo que aprendiste de cada golpe. Piensa que has sobrevivido. Fija en tu cabeza la imagen de ti misma saliendo del lodo y cuenta las cicatrices y no las heridas. Ahora eres elástica y resistente.

Siéntete orgullosa de cada desatino, atesora cada decepción y espera que cada traición sea la última. Guarda el recuerdo de la adrenalina golpeando tus venas antes de dar el salto y amortigua el dolor de la caída pensando en que a pesar del pánico, diste el paso. Si no perdonas, te pudres por dentro. Y nadie merece que te hagas tanto daño…

No recuerdes malas caras, guarda sonrisas, pesan menos y puedes echarles mano mentalmente cuando el tiempo arrecia y escasean las manos tendidas. Escoge a las pocas personas que llenan tu vida de verdad y decide que por ellas vas a todas, que te deslizas por el acantilado, subes a la cumbre y les dedicas cada día unos instantes de cariño. Que vas a ser la gota malaya de la felicidad en sus vidas. Que son tu cordón sanitario ante la náusea, los gritos del mundo y los desengaños… Que el día que te vayas vas a llevarte sus caras prendidas como amuleto y que sus ojos van a ser lo último que crucen los tuyos. Sé su risa, su viento fresco, su poción milagrosa. Sé su consuelo y su abrigo. Diles que les quieres tantas veces que no conciban existir sin oírlo. Di sus nombres hasta saciarte, hasta que se se confundan sus sílabas y muten de sentido.

Sé el bastón y la silla cuando se cansen. Sé la música y el pan. El fuego y la marea que arrastre todo lo que enturbie sus vidas.

Y permite que te quieran. Que te den y te pidan, que te necesiten. Que te recuerden y añoren. Permite que te digan que no y que te digan que sí y que a veces callen, cuando busques silencio. Deja que te busquen y que te encuentren. Que sepan que estás aunque no seas eterna. Que sueñen que lo seas, que te deseen y se rindan a tus ojos brillantes.

Y quiérete a ti misma. Mírate con ojos permisivos pero sin miedo. Entiéndete y enamórate de tu capacidad de querer, de cambiar y bucear en aguas turbulentas. Ama tu forma de encajar las derrotas y convertirlas en victorias. Como te recompones y levantas cuando te tumban las olas, como exprimes cada momento hasta sacar la última gota de felicidad que contiene. Y perdónate por no ser como imaginaste o como imaginabas que otros querrían que fueras. Aquella versión de muñeca perfecta hubiera sido una mala copia. El original que ahora contemplas es infinitamente mejor. Eres tú.