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la rebelión de las palabras


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Hechizo de amor para la noche de San Juan


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Estamos hambrientos de magia… De llenar con fantasía lo cotidiano, lo rutinario, lo que nos parece gris porque cuando lo hacemos se nos ha gastado el entusiasmo…

Buscamos en las estanterías de las librerías libros que nos hablen de cambiar nuestras vidas, rebuscamos en las redes las fórmulas mágicas para atraer a nuestra vida lo que soñamos, lo que nos morimos casi por acariciar… Queremos que la pasión nos vuelva locos porque necesitamos una excusa para soltar lastre y vivir de una vez esa vida que tenemos pendiente…

Nos pasamos la vida escondiéndonos de la vida, arrancándole los botones a la camisa para quedar desnudos y luego nos tapamos porque nos asusta esa desnudez… Queremos que alguien nos salve, nos saque del marasmo de miedos que nos oprimen la garganta, que nos llenan la cabeza pensamientos tristes y opacos… Queremos bailar pero nunca nos calzamos las zapatillas ni salimos a la pista.

Nos apuntamos a mil cursos para que otros que se han decidido a vivir nos cuenten cómo lo consiguieron, pero sabemos que nunca estaremos dispuestos a hacer sus renuncias ni tomar las decisiones que ellos han tomado porque nos parecen bárbaras…

Queremos aventura de salón, vida de armario, pasión de vagón de tren, contenida y ahogada mirando un cristal mientras imaginas que vives y vuelves a casa pensando que algún día, que tal vez, que cuando ya no puedas más te atreverás y serás capaz…

Nos ahogamos en nuestros suspiros, nos desvanecemos entre nuestros abrazos imaginarios y en cada uno de los besos sin destino que no damos…

Y la noche de San Juan nos volvemos locos quemando en la hoguera nuestras vidas perdidas, achicharradas por nuestra cobardía, por nuestros deseos reprimidos, por ese vacío tan grande que nos habita…

Encendamos nuestra hoguera imaginaria o real… Lancemos al fuego las penas y las miserias… Veamos como se consumen nuestros lamentos y quejas… Quememos las culpas y desnudemos nuestra sombra para ver que en realidad es hermosa y mágica… Que nuestra plegaria se oiga en todos los cielos y llegue a oídos de todas las piedras… Que el mundo sepa que estamos cansados de vagar y no sentir… Pidamos libertad para decidir sobre nuestras vidas y sabiduría suficiente para usarla sin temor a caer, a perder, a vacilar y equivocarnos…

Hagamos cuántos rituales necesitemos para ser auténticos, para atrevernos a salir del cascarón,  y valor para abandonar la crisálida eterna en que nos hemos encerrado nosotros mismos…

Encendamos la velas para nuestro conjuro de amor… Supliquemos al cielo que esa persona nos ame para siempre por completo… Escribamos su nombre en un papel para que arda con intensidad y luego entréguemoslo a la noche para que obre el milagro… Para que haga su magia… Pero asegurémonos que el nombre que hemos escrito es el nuestro, porque es la única forma de que surta efecto la magia… Empezar a querernos, a amarnos sin tregua, a encontrarnos las alas y a dar el paso para aceptarnos de forma incondicional, con una sonrisa en los labios, con el corazón ardiendo por saber que ya somos todo lo que necesitamos… Y saber que nos tenemos para lo que haga falta… Ese es el gran ritual a repetir todos los días… Amarse. Ese es el gran hechizo que consigue transformar todos los días y las noches de tu vida, el que perdura, el que te lleva a vivir con ganas e impregnarlo todo de alegría, de fantasía, de belleza… 

Y así decidir que la magia somos nosotros… 

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Pequeño catálogo de ausencias


NOCHE

Le lloran en el hombro los fantasmas olvidados. Los libros viejos que nunca relee por si le recuerdan lo que no hace y desea con todas sus fuerzas…

La queman por dentro las culpas y las cargas…

La devora la impaciencia de todas la ilusiones almacenadas en el pecho.

Le susurran al oído los ausentes… La invaden los presentes que no saben notar su tacto suave y su ademán recio.

Le sangran los sueños no perseguidos…

Le sangran los miedos acumulados.

Le sangra la noche sin risas que no vistió de fiesta y el violín de voz rota que llora porque ya no lo toca.

Le llueven las noches sin noche.

Le llueven las rosas sin perfume esperando tras la puerta cerrada.

Le rompen el corazón ya desgajado los caminos que no pisa. La brisa que no cruza su cara de niña perdida… Los besos que sólo ensaya y nunca llegan a destino.

La parte en dos el roce sin roce,  esa caricia que no llega. Le astilla el alma rota la calma que no cesa, que no para, que no estalla y no se convierte en música, en palabras, en ruido insoportable para poder desconectar.

Le corroen las entrañas las palabras que no dice.

Le saquean la conciencia aquellas cosas que no supo ver y dejó pasar.

La vacían las tardes sin dueño, las madrugadas sin sábana del piel y de beso… Los cuentos sin moraleja.

La buscan los recuerdos sin piedad, los quejidos sin pausa… Los lamentos perdidos que un día lanzó al aire esperando que el viento se los llevara y ahora vuelven a su cara para reventar.

Todo le vuelve. Todo le repasa la lección y le invade los sentidos aturdidos de tanto notar…

Todo rebota. Todo salpica… Le salpican los olvidos y los lamentos. Le salpican las culpas y las sombras…

Todo gira… Siempre vuelve a pasar de largo. Siempre vuelve a sentir que debería detenerse…

Siempre hay algo o alguien que llama a la puerta si la conciencia no está quieta y la noche se lleva dentro…

 


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Di que sí


 

Di que sí y me vuelvo loca.

Me convierto en espuma y golpeo las rocas, me diluyo en el mar y abarco el mundo entre mis dedos hasta ponerlo en tus pestañas.

Di que sí y prometo risa. Prometo baile. A veces sin sentido. A veces sin fuerzas pero siempre con ganas.

Prometo encontrar el lado sencillo de la vida y complicármela al máximo en lo importante. Nunca supe quedarme mirando desde la barrera. Prefiero el error al misterio, el fracaso a la ignorancia… Prefiero perder a vacilar. El dolor a la indiferencia. El riesgo a la hipocresía. El exceso al defecto. El remedio a la ausencia de todo. Caminar hacia ningún lugar a quedarme parada… Prefiero el miedo a la desgana.

Caminaré lenta por tu mirada de plata, tan brillante, tan fría, tan arisca a veces, tan absurda y extraña.

Buscaré tu talón de Aquiles y entraré en tus defensas para anidar en tus sienes y bucear en tus sombras.

Prometo lluvia. Prometo sueño y avalancha de pensamientos y palabras. No puedo dejar de pensar. No sé estar callada. No consigo olvidar ni dejar de sentir… No lo intento. Soy de un material irreverente e irascible, altamente combustible cuando le llevan la contraria… Aunque resistente y maleable con caricias… Extremadamente poroso con las emociones y las malas caras…

Di que sí y me callo. Un rato, al menos, más no pidas… No diré más palabra que no sea mejor que este silencio mientras te miro y te esculpo con mis miradas curiosas y desgastadas. Mis pupilas furiosas por no tenerte cerca golpean tu piel suave y bailan ante tu cara. No tengo miedo de mirarte, no tengo miedo de nada cuando te rondo y noto que me salen alas.

Prometo hacerme pesada en lo necesario y lo básico. No me cuesta nada, me sale solo y sin entrenar. Prefiero pasar por loca a quedarme dormida. Prefiero ser una duna a una roca.

Prometo cansancio. Prometo torpeza. Prometo tardes soleadas haciendo nada y noches sin descanso fabricando utopías que nos avergonzarán por la mañana… No me molesta la vergüenza, me asquea la apatía…

Prometo rarezas innombrables y todas las susceptibilidades posibles. Eso sí, prometo dejar de buscar excusas y escudos imaginarios. Prometo intentar un ayuno de quejas y de rabias contenidas. Prometo error y también acierto.

Di que sí y prometo seguir prometiendo aunque me quede exhausta y vacía… Aunque me falte el aliento y me quede llena de escamas.

Busco cariño, a ráfagas intensas o pequeñas olas acariciando mis pies en esta playa imaginaria. Busco consuelo, todo de golpe o a pequeños sorbos como una medicina para mi alma.

Prefiero caer, prefiero rodar y seguir rodando sin conocer el final de la cuesta a estar sentada mirando el acantilado y soñando con el agua.

Prefiero lanzarme sin saber el fuego que me queda dentro para soportar la vergüenza necesaria como para conseguir mis sueños.

Que me miren mal, que susurren y mi vida plena llene de chismorreos y brillo sus vidas insulsas… Prometo soportar sus miradas de madera astillada y sus palabras de espinas. Prometo bailar sobre sus risas congeladas y cantar ante las tumbas de sus corazones encogidos y muertos de ganas de ser el mío…

Prometo que no habrá ni un solo segundo de aliento ni descanso.

Prometo un ridículo espantoso, un apetito gigante por todo, un baúl vacío por llenar de cachivaches inútiles que nos recuerden quiénes somos para cuando la memoria nos falle.

Di que sí y le doy la vuelta al mundo y donde hay sol pongo luna, donde hay agua pongo tierra. Pongo sueño en la histeria y risa en las estatuas… Bailo sin suelo y respiro sin aire…

Di que sí… Prometo un cielo asequible, una luna roja y fundirte la noche y la mañana.


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Lo que somos


 

Somos suspiro y materia que busca otra materia para fusionarse, reconciliarse con el mundo y apaciguar la soledad. Gotas minúsculas de agua de lluvia que se escurren en el cristal, una en busca de la otra, haciendo maniobras extrañas para encontrarse pero que en el último momento cambian de trayectoria. Bailamos como peonzas en un tablero inclinado, condenados a encontrarnos en una esquina, pero siempre dando vueltas, sin que nuestras manos se toquen, con sólo un instante para que nuestros ojos se posen uno en otro y balbuceen una palabra, desconocida aún y por determinar. Dos ramas que salen del mismo tronco y se buscan erguidas hasta encontrar el cielo, que se pierden y retuercen para que sus hojas vean el sol y acaban alejadas, rozándose casi… Buscando la sombra, buscando la brisa.

Somos dos océanos que mezclan sus aguas y bañan el mismo acantilado. Somos las dos rocas que están en su cima y dibujan formas humanas hasta darse la espalda. Dos caminos que llevan al mismo lugar, que sueñan con cruzarse pero que siempre transitan el paralelo. Mirándose de reojo y haciendo muecas.

Somos la mezcla de luz y oscuridad del crepúsculo, el incesante ir y venir de las olas para tocar la orilla… Agua y arena, siempre acariciándose, nunca en contacto permanente.

Somos aire y agua. Sobredosis de oxígeno en las venas que acumula euforia y genera magia. Sol y lluvia, ahora rebotando en la ventana y sacudiendo la tarde.

Somos piel y piel que se atraen y devoran con la vista, casi tan cerca que se respiran, pero eluden el contacto.

Somos fieras que buscan arrumaco, apenas se acercan y sus garras afiladas separan sus ganas de abrazo.

Somos beso, en la distancia. Un sendero de calor imaginario que nos cruza la espalda, la nuca, el pecho y que llega a los labios… Somos tierra y frontera, helecho en la pared desnuda, luna reflejada en el agua.

Somos sueño y vigilia. Vivimos en ese momento en el que los ojos cansados ceden y abandonamos los sentidos a la noche hasta que llega la mañana. 


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Esta noche


Loca, a menudo. Casi exiliada de la risa, esta noche. Con la esperanza cosida a la falda y la cara de satisfacción puesta por si llega la suerte, que no pase de largo. Que la encuentre hermosa y dispuesta. Siempre dispuesta. Ya no puede perder un segundo. La vida se acelera, los goces pasan de largo, si no tienes las pupilas alerta y las orejas puestas para ver y oír pasar los trenes. Para no perderse un minuto de nada y devorar cada palmo del camino. Aunque duela, a veces.

Revuelta como las charcas. Ansiosa. Harta de imaginar finales felices y de que, de momento, todo sean interludios amargos y eternos. Zarandeada. Amarga de golpe pero deliciosa a pequeños sorbos. Sin ser capaz de dosificarse las fantasías. Sobreviviendo a golpe de ilusión y sujetándose en la barandilla, para no saltar.

Buscando una copia de todo y un original de la copia. Por si luego hace falta. Siempre está deseando con ganas omnívoras encontrar algo auténtico. Algo a lo que aferrarse y no soltar hasta que se le pase la soledad y le hayan cambiado las facciones y al mirarse se de cuenta de que ya es otra. Que puede dejar que se vaya su presa porque ya no le importa.

Cansada y hambrienta de guasa. Ida, muy ida de ella misma cuando imagina. Muy alejada porque se evade de todo y se calma. Extenuada de contenerse y mirar a ambos lados pensando si lo que sueña es bueno o malo, si debe o no debe… Si sale de caza o se queda mirando desde el otro lado a las fieras. Algunas fieras tienen mandíbulas afiladas. Otras, un pelaje suave que invita a la caricia.

Impaciente y ávida de placer y cariño. 

Camina dando vueltas. Buscando no encontrarse, verse la cola y saber que no es una gata. Dejar el tejado y arañarle la cara a la luna para meterse en la cama. Saborear las sábanas hasta la madrugada. Bailar hasta apagar todas la velas… Apagar todas las luces a ritmo de suspiro. Caminar sobre terciopelo oscuro y fundirse hasta cambiar de materia.  Desde el tejado la vista es hermosa y la tentación es bárbara. No hay más noche que esta noche y ella lo sabe y ya no lo aguanta.

Tendente al llanto cuando no está satisfecha. Menuda y frágil. Con tacto de arena. Piel pálida y caliente. Con el corazón de fósforo y el pecho de lata. De risa metálica y boca arisca. Profundamente justa, hasta la injusticia. Encerrada en una jaula por piadosa. Irónica. Maniática. Obsesiva hasta rozar la demencia. Con la conciencia intacta.

Con un ojo que mira a través de una ventana, pendiente de las miradas de otros. Con el otro, consumiendo siempre palabras.

Despierta. Atormentada. Con ese gesto de niña y un lamento de anciana perdida. Como las bestias… Sin capacidad para la hipocresía y una habilidad extraña para soportarla. 

Sin más miedo que el miedo a no atreverse. A quedarse en la puerta y pasarse la vida mirando a través de la cerradura todo lo que pasa.

Más rebelde que nunca. Más polémica. Más ácida. Más ridícula.

Más histérica. Más lista, pero más ilusa. Más ligera y más harta de todo. Con la necesidad insaciable de justificarse por todo para quedar siempre frustrada. Con una excusa en la boca y un abrazo pendiente.

Ella es más de lo mismo, siempre, pero con ganas de no repetir en nada. 

Al final, ha aprendido a no esconderse. Mirar al frente y seguir caminando. Aunque el estómago se le encoja y le silben los oídos. Aunque el aire contenido en el pecho arda y parezca que va estallar en sus pulmones. A pesar de desear con todo su ser desvanecerse, ser humo o caber en la rendija de una puerta antes de traspasarla. 

Se he dado cuenta de que son más las veces que falta que las que sobra. De las ocasiones en las que se quedó corta nunca podrá lamentarse, ni recordar nada. Nada es más vacío que lo que no existe. Nada es tan rotundo como carecer de errores a los que aferrarse para sobrevivir. Y saber que, aunque pierda, el riesgo vale la pena… Porque al llegar el momento estuvo preparada y presentó batalla.

Ya no se esconde. No puede, el tiempo pasa. Se le agota, se le escapa. Esta noche más que nunca.