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la rebelión de las palabras


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Operación bikini «mental»


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Foto : Mercè Roura

Desde que era niña que tuve una relación extraña con mi cuerpo. No nos enseñan a aceptarnos, nos alientan para que nos pasemos la vida intentando cambiar lo que somos. Y yo no fui una excepción. Primero porque era muy baja (lo sigo siendo, pero ahora incluso me ha llegado a parecer una ventaja en la vida) y luego porque, a veces, estaba muy delegada y  otras me sobraban kilos. El caso es que esto de la operación bikini lo he vivido centenares de veces… Todos lo comentan y tienes la sensación de que si no haces nada eres el rara, la que se arriesga a «no gustar» o no seguir la norma. Esa norma no escrita que dice que tienes que ser perfecta. Es como una  puesta a punto para pasar una especie de criba con una nota de corte muy, pero que muy, estricta. Y todas caemos en ello y nos presentamos al examen. Caemos una y otra vez. No por salud (ojalá) sino por necesidad de entrar en una horma o en un molde, para que te dejen de reprochar una y otra vez no encajar en ese estándar que parece deseable y cada vez es más inaccesible…

Y vuelta… Otra vez a intentar pasar la prueba y suspender seguro, porque nunca es suficiente y el cansancio siempre te vence..  Si supieras cuántas veces he huido de mí y me he dicho cosas horribles porque no parecía lo que debía parecer… Porque no me sentía cómoda en mi piel e iba por la vida pidiendo perdón por insultar a los demás con mi presencia imperfecta… Qué sinsentido querer ser como otros, compararse y siempre perder, cuando lo que somos es único y maravilloso… ¡Cuánto nos preocupa el cuerpo y qué poco nos detenemos a sentirlo y notarlo! Lo escondemos, lo sometemos a rituales sin sentido, lo maltratamos, lo insultamos, lo negamos, nos avergonzamos de él.  Buscamos que otros nos den el visto bueno para tapar ese vacío enorme que nos genera no poder aceptarnos tal y como somos.

Hoy con la alcachofa, mañana con la piña o con un líquido o ungüento milagroso que es definitivo para adelgazar hasta que sale otro que lo desbanca que parece que es más definitivo todavía.  Y no nos engañemos, no hacemos todo esto para que nuestro cuerpo esté más ligero, más sano, más ágil con la ayuda de un profesional (cosa que me parece necesaria y apoyo desde aquí). Lo hacemos para que otros nos miren como soñamos con mirarnos nosotros mismos.

Y el «para qué» lo cambia todo… Con el paso del tiempo, me he dado cuenta de una cosa importante. Si no soy capaz de aceptarme como soy ahora, no lo haré nunca. Eso no implica no querer adelgazar, sino amarse desde antes de conseguirlo.  El amor que yo siento por mí no puede depender de unos kilos de más o de menos, de mis arrugas, de mis estrías, de las manchas de mi piel, de si me cabe o no un pantalón… Eso no es amor, es conveniencia. Es usarse para soltar la rabia contenida. No hay juez más severo que uno mismo. En esto de criticarse y juzgarse duramente, los demás solo son simples comparsas, actores de reparto, la protagonista cruel que más se exige siempre eres tú.

Si supieras lo que yo me he dicho a mi misma… Lo que me he humillado a la espera de acallar así a los dioses (imaginarios) para que perdonaran mi osadía estética…

No somos sólo un cuerpo, es cierto, pero lo necesitamos para aprender a amarnos y respetarnos. Es el primer peldaño hacia nosotros mismos, hacia nuestra presencia… Nos avergonzamos de él y no nos damos cuenta de que vivimos desconectados de todas las historias que ha venido a contarnos sobre nosotros. Vivimos enganchados a una mente que no cesa, que no para de pensar, de fabricar pensamientos que nos limitan y condicionan, que nos impiden aceptar lo que somos y mirarnos con la dignidad que merecemos. El cuerpo nos ayuda a conectar con este momento que necesitamos para curar nuestras heridas y soltar lastre, para dejar de sujetarnos en creencias absurdas y de esquivar fantasmas. El cuerpo nos conecta con el suelo que pisamos para que nos salgan raíces y nos crezcan las ramas…

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Foto : Mercè Roura

Si nos rechazamos, no podemos reconocernos y  vivimos sin vivir, sin notar, sin ser, sin estar. 

Estamos siempre en bucle, esperando que algo de ahí afuera nos ayude a sentirnos mejor, nos dé la respuesta que buscamos y nos haga sentir bien y en paz. Y no hay nada fuera para nosotros si no miremos dentro, y no nos aceptemos desde ahora mismo… En el antes y el después…

Nadie nos puede dar ni decir nada que nos cambie si no nos damos permiso para bajar l listón y decidimos que ya basta, que ya es suficiente-

Y no se trata de no tener pensamientos negativos, ni dejar de juzgarse y criticarse de la noche a la mañana, eso no es fácil… Se trata de aprender a no rechazar esos pensamientos,  a sobrellevarlos sin reproches, sin culpa, sin que te arrastren ni secuestren. Si aprendemos a observarlos, les quitamos fuerza y podemos gestionar la emoción que nos generan, les quitamos dramatismo y los relativizamos. Eso hace que dejemos de resistirnos. Amar lo que somos nos permite estar presentes en nuestras vidas y no tener que esperar para sentirnos libres.

Cada vez que nos creemos insuficientes, que pensamos que no pasamos la criba de esa operación bikini, nos estamos atacando. Nos dejamos para luego, para el final, para nunca… Nos olvidamos de lo que realmente queremos y nos dejamos llevar por lo que el mundo nos dice que debemos ser o debemos desear.

Nos maltratamos tanto que a veces no nos acordamos de encontrar un rato para estar a solas con nuestros miedos, nuestras inquietudes, nuestra angustia por no conseguir nuestras expectativas. Huimos de lo inevitable pero lo inevitable siempre nos alcanza…

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Foto : Mercè Roura

Voy a decirte algo importante para mí…

Mi cuerpo es maravilloso tal y como es ahora. Aunque a ti no te lo parezca… Me ha costado un siglo verlo así, pero no pienso volver a traicionarme nunca… 

Mi cuerpo y yo hemos vivido una historia de amor extraño que no fue a primera vista, lo reconozco, pero que cada día es más sólido… Me ha dolido mucho, mucho, me asustado hasta unos límites increíbles y a veces insoportables… Y se me ha roto en pedazos, pero ahora veo que era  para que me diera cuenta de que yo estaba muy rota por dentro y recompusiera mis piezas…

Me ha obligado a parar para que pudiera encontrarme y reconocerme. Me ha dado una niña preciosa y perfecta casi sin que yo hiciera nada ni supiera cómo pero pasó… Y todavía hay días que sigo mirándolo con recelo y desconfianza, lo admito… Nuestro amor no es un amor al uso, pero estoy aprendiendo a amarme cada día sin mirarlo de reojo.

A veces, cuando queremos cambiar nuestro cuerpo para que guste más y encaje en una perfección imposible, lo hacemos castigándonos, reprochándonos, obligándonos y negando lo que somos. Si deseamos hacerlo, que sea un regalo que nos damos porque nos hemos dado cuenta de que lo merecemos, que sea un acto de amor inmenso hacia nosotros mismos… No se trata de hacerlo para amarse más, sino de hacerlo porque ya te amas mucho y sabes que te lo mereces. 

Las personas a veces esperan empezar a amarse cuando consigan sus metas o sus sueños. Se dejan para después… Se valoran por sus resultados, por lo que hacen y no por lo que son. Y en realidad, el amor es el principio de todo. El amor es la causa y nunca la consecuencia. Si esperas a cambiar o a ser de otra forma para amarte, no te amarás nunca. 

Porque el problema no eres tú sino tu forma de mirarte. La verdadera operación bikini está en tu mente y consiste en dejarte de reproches y críticas, en parar de pelearte contigo y con la vida y empezar a mimarte y hacerte cosas buenas, hablarte bien y tomar aquello que te llena de salud… No para encajar en ningún molde sino para vivir en paz contigo.

 

GRACIAS POR LEERME E INICIAR CONMIGO ESTE CAMINO COMPLICADO PERO MARAVILLOSO… 

Gracias por compartir y llevar mis palabras hasta el otro lado del mundo… 

Si quieres continuar con este cambio, te invito a profundizar todavía más…

Manual de autoestima para mujeres guerreras

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Acompaño a personas y organizaciones a a desarrollar su #InteligenciaEmocional con formación, conferencias y #coaching

Escritora y apasionada de las #palabras

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Belleza es salud


Como consumidores somos responsables de lo que compramos y de la publicidad que se hace de los productos que consumimos. Hace unos días se prohibió en Gran Bretaña un anuncio porque la modelo que aparecía en él estaba extremadamente delgada.  Era casi una niña y tenía un aspecto de estar enferma. Los ojos hundidos y la piel pegada a los huesos. ¿Es este el ideal de belleza que nos representa? ¿Estamos seguros de querer pagar este precio como sociedad? como consumidores tenemos más poder del que creemos. Podemos decidir qué comprar y qué no y nuestras conductas afectan a los que fabrican y a los que hacen publicidad.
Si decimos basta, dejarán de vendernos ese modelo de belleza irreal que no es belleza, que no tiene en cuenta lo más importante, la salud y la felicidad. Que trata a la persona como objeto y no difunde valores ni se preocupa por cómo afecta a nuestros hijos.
Somos responsables de nuestro poder a la hora de comprar y consumir. Consumamos belleza real y salud, no enfermedad. No fomentemos hábitos que pueden hacer que nuestros hijos acaben perjudicados.


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Consumiendo muerte


Me quedé ayer estupefacta… En Gran Bretaña han prohibido un anuncio porque una de las modelos que aparece en él está extremadamente delgada. Terriblemente delgada. Cadavérica. Y no hablo de la típica chica a la que todo le queda bien porque no le sobra carne en ningún sitio, hablo de una joven de bonitas facciones que sería agradable contemplar si no fuera porque se intuye demasiado su calavera.

Dicen los responsables del organismo que ha tomado la decisión que la chica tiene expresión demacrada y que su torso y sus brazos son tan delgados que pierden la proporción ante su cabeza. La verdad es que la joven no parece sana, aunque podría estarlo porque todos conocemos a personas que están siempre esqueléticas y su metabolismo les permite comer todo lo que desean.

Aunque ese no es el problema. La moda es apariencia. Las chicas que salen en los anuncios son al final el modelo a seguir para muchas personas, algunas de ellas niñas y adolescentes que identifican la belleza con esa imagen enfermiza. El tema de la extrema delgadez de las modelos hace años que se comenta, siempre sale alguien a decir que todo está cambiando pero en realidad, no cambia nada.

Se acentúa más aún. Porque ahora no hace falta que sea la modelo de turno que cuelga en Instragram sus abdominales imposibles, cualquier niña puede hacerse una foto y dar la vuelta al mundo emulando a sus musas. Y ahí empieza la competición. La semana pasada, las chicas debían tener la cintura más estrecha que un DIN A 4. Ahora una modelo que parece que vaya a caerse, a doblegarse, a salir volando  si sopla el viento… Con los ojos un tanto hundidos y el cráneo marcado, al puro estilo Monster High.

De hecho, no hace mucho, Gigi Hadid, una modelo preciosa de cuerpo maravilloso, sano y de medidas posibles, tenía que salir a defenderse porque en las redes la llamaban “gorda”. Os pido que echéis un vistazo a ese pedazo de mujer, delgada sin ofender y guapa a rabiar, con una cara de salud envidiable y os preguntéis qué estamos haciendo como sociedad si alguien cree que a ella le sobran kilos.

Cada día hay más fotos del antes y del después. Sin que eso signifique que no debamos estar en forma, lo debemos estar, haciendo ejercicio y con hábitos saludables. Aunque no ayuda nada a la hora de educar a nuestros hijos esa insana obsesión por contarlo todo y medirlo todo.

Nos pasamos la vida persiguiéndoles manzana en mano ante mil tentaciones de bollería industrial que les ofrecen en dos minutos un subidón de azúcar que les hace sentir que pueden con todo… Hasta que diez minutos después no pueden con nada y todo parece gris.

Como sociedad, primero les atiborramos de grasa saturada y luego les hacemos sentir culpables por no parecer cadáveres andantes.

Y vamos más allá. ¿Quién ha decidido que eso es belleza? Porque, la verdad, y con todo mi respeto por esa modelo a la que definiría como hermosa con un poco más de vida en sus mejillas y sus ojos, a mí me repugna.

Hemos encumbrado nuevos héroes y heroínas cuyo único superpoder es un físico, en este caso muy discutible desde el punto de vista de la salud, sobre todo, y nos hemos quedado tan tranquilos.

No todo vale. No podemos vender muerte por más glamurosa que sea. No podemos decirle a nuestros hijos que si no tienen aspecto de nuñecos vacíos a punto de desfallecer no son hermosos.

Debemos decirles que estén sanos y que la salud es belleza. Y sobre todo, que la autoestima es belleza. Que deben ser ellos mismos y tratarse bien. Que comer es básico para vivir y que hay que aprender a hacerlo bien. Que cuando se quieran a ellos mismos irradiarán esa belleza. Que todos tenemos diferencias y que son maravillosas.

Porque luego, pasan los años. Y un día eres madre o padre y te pasas el día trabajando, sales y te ocupas de tu familia, haces la compra, respondes mensajes, cuidas de tu casa, llamas a tu madre, lees un libro, sales a correr un rato… Y eso no se consigue sin comer… Eso no lo hacen las chicas de ojos hundidos y costillas marcadas. Lo hacen las mujeres de verdad y los hombres de verdad. No los de las revistas…Lo hacen las personas inteligentes en todos los sentidos.

Alguien debe decirles que los verdaderos héroes son ellos y no los torsos perfectos de Instagram ni los que compiten a ver a quién se le marca más la clavícula.

La belleza real es la sonrisa, el gesto de felicidad, la salud de tratar bien a tu cuerpo y tu alma, la inteligencia que brilla a través de los ojos, el destello que desprenden las personas que creen en sí mismas tengan la talla que tengan…

Y madurar como sociedad y como personas. Transmitir autoestima e inteligencia emocional. Dejar de poner en peligro esos valores y educar para amar las diferencias y darse cuenta de que para vender un bolso o una camisa no hace falta pesar 40 kilos ni parecer un zombie.

Y decidir que no nos gustan los modelos imposibles y la belleza sacada del romanticismo cuyo lema era morir joven y dejar un bonito cadáver… Si dejamos de consumir muerte, dejarán de vendernos muerte…

Depende de nosotros.