merceroura

la rebelión de las palabras


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Es inevitable


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Lánzate ya, ahora es el momento, pero no lo hagas sólo para triunfar, hazlo para ser feliz… Sea lo que sea, hazlo porque te transforma.

Porque te llena y llena a otros. Porque si no lo haces, tus estanterías interiores siempre están vacías y tus ojos no brillan.

No lo hagas sólo por ambición por ser y demostrar sino por amor a lo que realmente eres, por ganas, por querer compartir lo que sueñas y quieres para ti. Porque quieres aportar al mundo algo que crees que lo mejora.

Hazlo porque no imaginas vivir de otro modo, porque ya no puedes vivir desde otra actitud.

Hazlo porque buscas sentirte bien con la vida que vives, porque quieres amar lo que haces y sabes que puede ayudar en este camino.

Hazlo para compartir lo que eres.

Porque vibras cuando lo imaginas, cuando te pones la película de tus sueños pendientes y los notas tanto que se te agolpan las lágrimas en las mejillas de felicidad… Porque los tocas, porque los sientes. Porque la locura es no intentarlo y desistir.

Hazlo porque notas que pasará, que es inevitable que tu vida sea maravillosa si actúas siendo tú, ese tú de verdad…

Hazlo por la persona en quién te convertirás si lo consigues, no por el logro en sí y el mérito, sino por la transformación que tendrá lugar en tu interior.

Y a lo mejor te encuentras haciendo lo mismo que antes, con las mismas ganas, pero con otra actitud, con otra forma de mirar lo que te rodea y sin esa obsesión por el resultado… Prescinde del resultado y goza de la experiencia…

No lo hagas por el éxito y tendrás éxito.

Hazlo por ser coherente contigo y con tu forma de ver el mundo… Porque tus sueños te ponen las pilas y tus metas te hacen volar…

No lo hagas por tener, hazlo por ser. Conviértete en esa persona que no necesita demostrar nada porque sabe que es.

No lo hagas por lo que tendrás sino por el sentido que le dará a tu vida.

Ama la incertidumbre de no saber cómo ni cuándo, pero teniendo clarísimo el qué y el para qué.

Abraza la paciencia y deja de preocuparte por qué dirán. Nadie vivirá por ti la vida insulsa que te espera si no lo haces.

El mundo está lleno de ilusiones rotas que toparon con miradas inquisitivas y no supieron pasar de largo… La única mirada que cuenta es la tuya.

No te desesperes, no busques atajos, no bombardees al mundo con incoherencia… No actúes sin notar, sin sentir… No te dejes llevar por esa parte de ti que no confía y no sabe esperar mientras planifica, no te maltrates pensando que no saldrá bien… Sigue trabajando en ti y en tu sueño, sigue sembrando, sigue cuidando de lo que siembras, sigue aprendiendo, sigue sumando, sigue aportando…

Lo que importa es cómo te sientes contigo y cómo te llamas cuando te buscas, qué nombres encuentras para susurrarte, qué momentos llenan tu vida… Que encuentres tu equilibrio, que sepas que estás en ese lugar desde el cual se construye, se crea, se sigue caminando motivado y apasionado por lo que amas.

Vive la belleza del momento en que notas que lo que haces es lo que eres. Que estás en tu camino y ocupas tu lugar en el mundo.

Hazlo perfecto sin buscar la perfección, sino soñando la excelencia… Si sufrir por no llegar sino con la ilusión del que sabe que llega y del que no tiene que preocuparse por la nota final.

Hazlo con ganas sin tener que esforzarte porque te gusta tanto que te sale solo…

Porque lo amas tanto que lo harías gratis, pero es tan maravilloso que mereces recibir lo mejor a cambio.

Hazlo porque asumes que es tu misión, pero sabes que puedes elegir.

Por responsabilidad con tu vida, con las personas que te rodean, por los sueños que te zarandean y consiguen que hagas imposibles…

Hazlo porque no eres capaz de resignarte a no ser tu mejor versión y ceder al miedo.

Porque te sale el talento por los poros y no puedes más que ponerlo a circular y trabajar para que crezca y pueda ser compartido.

Descúbrete , asúmete, nótate… Hazlo porque ya no hay vuelta atrás. Porque llegado a este punto, te das cuenta de que ya puedes fingir que no ves o que no sabes, que no sientes. Porque ya estás comprometido contigo y con esa forma nueva de ver lo que te rodea.

Y si te dejas llevar por la pasión y te dedicas a hacer lo que realmente amas es inevitable que vayas a triunfar.

Planifica desde el corazón, sintiendo cada paso. No te fuerces pero no te pares…

Es inevitable que funcione porque todas tus fibras están en sintonía.

Es inevitable que salga bien porque confías en ti…

Es inevitable que tengas éxito porque ahora sabes quién eres de verdad y has sellado tu compromiso.


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Antes de llegar a la meta


Conocerse a uno mismo es un trabajo. Tal vez el trabajo más duro que hagamos en nuestra vida. Ya que conocerse no es algo que empiece y acabe, es algo que supone un camino que nunca termina.

Tienes que aceptarte, descubrir todo lo maravilloso que almacenas y lo más oscuro que ocultas. Decidir qué quieres cambiar, qué debes asumir y encontrar tus porqués.

Conocer tus heridas y reconocer todos los errores  que has cometido intentando curarlas y que no sirvieron más que para hacerlas más profundas y dolorosas. Y amar esos errores porque son un material precioso para empezar a cambiar.

Nuestras cicatrices, nuestros momentos dolorosos guardados a fuego, esos que a veces ni tan solo te admites a ti mismo, son los que han forjado lo que somos, lo que hemos conseguido, lo que echamos de menos y deseamos conseguir.

A veces, tenemos sueños porque creemos que conseguirlos nos ayudará  a cambiar. Sin embargo, son  sólo máscaras que cubren nuestro rostro triste, baúles donde ocultar nuestros miedos y carencias emocionales… Los sueños de verdad no  nos convierten en nadie distinto sino que son la consecuencia de habernos convertido antes en alguien distinto… No sirven para ocultar debilidades sino para mostrarlas una vez las hemos transformado en fortalezas… No cierran heridas, son el resultado de haberlas cerrado… No nos harán felices, son el efecto de haberlo sido mientras intentábamos llegar a ellos…

El trabajo en uno mismo, la búsqueda interior para superarse y llegar a ser esa persona que llevamos dentro que vence la adversidad y brilla sin dejarse llevar por el miedo, es complicado. Tiene momentos muy amargos en los que nos tambaleamos y sentimos rotos, vacíos, perdidos… A veces, te enamoras de pequeños avances y luego te desesperas porque pasan los días y no mejoras en nada… A veces, te impregna una alegría dulce por haber conseguido dar un gran paso y más tarde ves todo lo que queda por hacer y tu dicha se desmorona en un instante y te arrastra a ti y al paso que has dado antes… Y descubres que era un paso falso… Y crees que no te queda nada… Aunque no es cierto, cada intento, cada paso minúsculo, cada mirada interior que haces, esté bien o mal, es un avance maravilloso hacia ti.

La impaciencia es devastadora. Te llena de desesperanza, te deja sin ganas. Esperamos tanto de todo y de todos… ¡Menos de nosotros mismos!!Nos pasamos la vida poniendo en manos de otros y de las circunstancias que nos rodean nuestra felicidad. Delegamos en otros la consecución de nuestros sueños y cuando no cumplen nuestras expectativas nos enfadamos. Esperamos que nos hagan más fácil el trance mientras nos ocupamos de descubrir quiénes somos, que nos ayuden a seguir… Les damos el poder sobre nuestras vidas y esperamos que nos lleven parte de la carga. Está bien pedir ayuda,  pero nadie puede pasar por nosotros las pruebas que debemos superar… No podemos usarles para saltarnos pasos ni buscar veredas . No hay atajos en el camino a nosotros mismos.

Algo que descubres cuando trabajas en ti mismo es que no hay nada que esté bien o mal, que lo bueno a veces es una calle sin salida y lo que parece malo es una puerta abierta a un mundo de posibilidades… Que lo que pensabas que era terrible en ti, es tu fuerza y tu bandera. Que lo que siempre has mostrado como propio no es tan tuyo, ni tan necesario y que no pasa nada… No pasa nada porque cuanto menos perfecto eres, más extraordinario puedes llegar a ser.

No llegas a conocerte y aceptarte hasta que no te acercas a ti sin prejuicios y estás dispuesto a asumir todo lo que salga de esa caja de pandora que llevas dentro, almacenando lágrimas, heridas y momentos maravillosos… Hasta que no decides que encuentres lo que encuentres ahí dentro no vas a avergonzarte y vas aprender que tiene un lado hermoso y que lo más oscuro que hay en ti puede convertirse en algo que te salve la vida…

Si amas tus rarezas, tus caras amargas, tus aristas más cortantes… Si eres capaz de mirar tu lado más oscuro, eres capaz de dar el gran salto… hasta ti.

Alguien me dijo ayer sabiamente que trabajar en uno mismo es a menudo doloroso, pero que eso es el precio a pagar por no ser alguien superficial. Como el peaje por no pasar por la vida de puntillas…Que las personas sensibles viven a flor de piel y que eso hace que lo amargo sea muy amargo y lo dulce sea más dulce… Y también me dijo que sin embargo, cuando llegas a tu meta, a encontrarte contigo y aceptarte y ser como realmente eres, la recompensa es maravillosa y la calidad de tu vida es mejor.

El día que dejas de desesperar, el día que te sientes realmente cómo eres y confías, el día que notas cada paso del camino… Ese día la vida te acerca a lo que sueñas de golpe… Sólo avanzas cuando sintonizas contigo mismo, cuando crees en ti, cuando confías en tu capacidad y sabes que podrás… Curioso esto de crecer y evolucionar, va de no necesitar, de no rendirse, de no desesperarse por mal que pinte todo…De oír tu voz y no perderla como guía mientras todo se balancea y la tormenta te zarandea mientras pasas por la cuerda floja…

Se trata de ser primero lo que sueñas que eres, antes de conseguirlo.

Se trata de convertirte en ganador, antes de llegar a la meta.

camino-bosque

Mil gracias a Elena Arnaiz por sus palabras maravillosas, por su sencillez, generosidad y su gran talento guiando a las personas…


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Eres más grande de lo que imaginas…


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Vivimos en un universo que nos parece tangible, puramente físico y material. Nos pasamos la vida necesitando tener, poseer, acumular. Y la vida, remolona y silvestre, encuentra la forma de demostrarnos que todo lo que soñamos que es nuestro, en realidad, se puede esfumar en un segundo. No tenemos nada más que lo sentimos…

Cuando nos preguntan quiénes somos, a veces respondemos con nuestra profesión, con nuestro cargo, con nuestras posesiones… Pocas veces con nuestra pasión, nuestro sueño, nuestro empeño. Confundimos el medio con el fin, la posesión con la felicidad, la necesidad con el reto.

No sabemos quiénes somos porque no tenemos clara cuál es nuestra misión o preferimos no saberlo porque eso nos apremiaría a darle un zarandeo a nuestra vida. Aunque lo obviemos, aquello para lo que estamos aquí de paso siempre está ahí, latiendo y buscando la forma de que nos acerquemos a ello. Porque es lo que nos revuelve por dentro, lo que nos llena tanto que haríamos sin pedir nada a cambio.

Cada día que pasa sin hacer lo que nos conmueve por dentro es un día que nos alejamos de nosotros mismos. Cada minuto  que pasa sin que actuemos conforme a nuestra esencia es un tiempo perdido, una distancia entre lo que somos y lo que podemos llegar a ser para sentirnos bien con nosotros mismos.

Si no amamos cada segundo que vivimos, desperdiciamos cada segundo.

Muchas veces porque lo que hacemos para acercarnos a nuestros sueños, a nuestros objetivos, no se toca, no se escribe en un expediente, no se evalúa ni forma parte de un ranking, ni se puede reflejar en el curriculum.

Nos obsesiona tanto el resultado que abandonamos a medio camino para buscar otra meta asequible y acariciable. Y nos conformamos con un sucedáneo de nuestro sueño, porque estamos muy impacientes por saborearlo, por tenerlo, por mostrarlo al mundo y conseguir que nos crea dignos de él que bajamos el listón y recortamos expectativas…

A veces, no perseguimos sueños porque nos hagan sentir felices o enteros como seres humanos, sino porque esperamos la gloria de ser merecedores de ellos. Esperamos que nos reconozcan y nos admiren por nuestros logros para recoger esa admiración ajena y transformarla en autoestima. La autoestima que nos falta, la confianza que no tenemos en nosotros mismos y que pensamos que llegará con el éxito exterior, con el premio del público, con la medalla, con el reconocimiento.

Y si llega, se marcha, siempre.

No llena el vacío porque no nos encuentra preparados para abrazar ese amor que en el fondo creemos no merecer, porque si no ya sería nuestro… Porque el único mérito canjeable por autoestima es interior. Es el trabajo diario de crecer y superar obstáculos. La única carrera que nos reportará felicidad es la que caminaremos hacia nosotros mismos. Porque no necesitamos demostrar nada a nadie más que a nosotros. Porque en realidad no necesitamos tocar para creer. Sin ese paso previo hasta abrazar nuestra esencia y amarla, no habrá camino que nos lleve a nada, no habrá galardón que nos convenza de nuestro valor…

Lo sé, no es fácil. Creo que no lo es casi nunca, porque si fuera fácil no implicaría un aprendizaje. Sólo lo es cuando ya está superado, cuando ya se ha integrado en nosotros. Entonces lo que antes tardaba una eternidad de noches haciéndonos preguntas sin respuesta, entra por la puerta sin aspaviento… Cuando no lo necesitamos para demostrarnos nada, llega sin avisar, en abundancia, con ganas…

A menudo, actuamos con nosotros como actúa el mundo. Si no probamos el oro de la medalla, no nos sentimos dignos. Si no podemos comprar la casa que nos gusta, no nos creemos merecerla. Aunque el camino real es la inversa…

Nos valoramos por lo que nos dicen que somos y parecemos. Aceptamos esa mirada corta y desdibujada. Aunque somos tan intangibles como el universo. Elásticos y etéreos, inconmensurables, inabarcables, incalculables, grandiosos, ilimitados, gigantes…

Hay algo maravilloso en lo que no se toca… Y es que nunca para de crecer y expandirse. Nunca para de cambiar y evolucionar. Lo material, que a su vez es pura energía aunque no lo parezca, se queda corto, pequeño, limitado… No porque lo sea, puesto que puede ser inmenso, sino porque al mirarlo, nuestros ojos cansados  y cerrados a la oportunidad de verlo cambiante y desmaterializarlo, no lo dejan crecer.

Las cosas son como las vemos. La intención con que miramos determina qué vemos y cómo lo vemos.

Nuestras pupilas abren mundos y los cierran continuamente según cómo se posan a nuestro alrededor. La actitud con que miramos decide en qué se convierte lo que vemos.

Vamos transformando el mundo con nuestros ojos a cada instante. Nuestra intención determina nuestra realidad.

Creamos vida a cada instante y matamos posibilidades cada vez que parpadeamos si el desánimo nos arrastra y nos cierra los ojos.

Sembramos con emociones, y si tenemos paciencia, acabamos viendo cómo crecen nuestros sueños, cómo dan sus frutos.

Buscamos que el mundo que nos rodea sea hermoso y nos haga sentir hermosos cuando en realidad somos nosotros quién tiene el poder de hermosear el mundo.

Le damos a las circunstancias el poder de cambiarnos cuando somos nosotros quién puede cambiar las circunstancias o la forma de vivirlas.

Subsidiamos nuestra responsabilidad como creadores de nuestra propia realidad, de nuestra vida…

El miedo nos encoge la capacidad de crear, de ver lo que aún no está pero que ya existe en algún lugar de nuestra conciencia, de nuestro universo interior… Ese rincón maravilloso donde de un momento a otro se gestan tormentas y se construyen realidades paralelas de extrema belleza…

Nos pasamos la vida delegando nuestro poder, sin tomar las riendas… Y la vida se delega en un azar caprichoso que no es azar sino enseñanza pura. Y nos golpeamos una y otra vez con ese aprendizaje pendiente, con ese lado oculto que no queremos ver porque nos supera.

Porque la vida siempre te trae lo que necesitas para construir, para aprender, para expandir ese mundo que llevas dentro.

No te faltan medallas, te falta sólo creer que las mereces.

No te falta mérito, sólo necesitas otorgártelo tú.

Eres el camino porque tú lo dibujas.

No hay nada ahí fuera que te dé o te quite valor, sólo lo hacen tus pensamientos, tus palabras, tus emociones.

Lo más grande está dentro de ti. Es tan enorme, tan inmaterial, tan inmenso, que cuesta entenderlo y abarcarlo con palabras. Cuesta dejar que se expanda, cuesta aceptar su grandeza y rotundidad… Y a veces, nos asusta tanto esa inmensidad que no se ve si no miras con la atención adecuada, que la negamos, la reducimos, la etiquetamos… La convertimos en algo diminuto y la encerramos en una vieja caja de zapatos. Porque amarla nos obliga a ser más libres, ver su poder nos obliga a ser más responsables de su existencia, más sabios, más conscientes de qué implica y a dónde nos lleva…

Nos da tanto miedo ser grandes que decidimos encogernos. Y al final, acabamos pareciéndonos mucho a la copia diminuta de nosotros que tenemos en la mente, una versión ahogada y triste de lo que podemos llegar a ser. Nos vemos pequeños y empequeñecemos para asemejarnos a la idea que tenemos de nosotros, al retrato degradado que construimos en nuestra cabeza.

Nos da miedo darnos cuenta de que lo que somos depende de lo que decidimos que somos. Esa responsabilidad nos aturde, nos desborda… Y decidimos limitarnos para creer que así estamos seguros y somos asequibles y manejables.

Nos da tanto miedo lo que no podemos tocar y comprender que preferimos pensar que no existe. Nos han acostumbrado a medirlo y cuantificarlo todo y esperamos hacer lo mismo con nuestra capacidad, nuestra intensidad, nuestra actitud ante la vida… Y eso es tan grande que se escapa de los parámetros y de los instrumentos para medir… Sólo se siente, se intuye, se percibe cuando se confía, se vive cuando se acepta.

Y cuando dejamos de soñarlo, de imaginarlo, de verlo con  los ojos de la conciencia… Deja de existir. Se pliega sobre sí mismo, da la vuelta y busca otros ojos que sepan verlo, apreciarlo y aceptarlo.

Sólo cuando eres consciente de tu inmensidad empiezas a usarla, a vivirla, a notarla.

Sólo cuando crees que ya eres lo que sueñas, consigues serlo.

Sólo cuando aceptamos lo que somos, aprendemos a explorar las posibilidades que hay en nosotros. No necesitas nada, ya eres lo que buscas.


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Hormigas en los pies


A veces, tienes que coserte el alma a los zapatos para que te siga y otras el alma te lleva. Te desafía a seguir su ritmo y enfrentarte a un mundo que no te entiende. Te saca de tu burbuja y te lleva por los caminos más salvajes para que llegues a dónde notas que pertenece tu esencia… A ese lugar donde te sientes entero y firme.

A veces hay que tambalearse mucho para encontrar el equilibrio.

Hay que ser muy fiero antes de ser manso.

Hay que llevar mucho la contraria antes de darte cuenta de que ceder te da poderes.

Porque no todo tiene que ser perfecto. No tiene porque ser cada día una página redonda de tu historia, aunque sea hermosa, aunque esté repleta de momentos preciosos. Lo que importa es que al acostarte, al pasar revista a tu día, te des cuenta de que has hecho algo que te acerca a tus sueños, por pequeño que sea… Hay detalles diminutos que son el detonante de algo grande, por las ganas que le pones, por el empeño… A menudo, algunas de las zancadas más largas no te acercan a la meta y es un pequeño paso, ese día que estás cansado pero decides no rendirte, que te deja alcanzar un nuevo tramo y conseguir un reto enorme… Hay instantes de tu existencia que son una transición, pero incluso entonces, si pones el alma en ellos, estás dando pasos y subiendo los peldaños de esa escalera que te lleva a crecer. Todo cuenta… Una punzada que te lleva a hacerte preguntas hasta la impertinencia para poder descubrir qué te escondes a ti mismo… Un dolor extraño que te dice que no estás dónde quieres, que no caminas por dónde necesitas caminar. Una ilusión óptica que te hace creer que nunca llegas, que nunca te llenas, que nunca encuentras lo que buscas y te interpela para que busques nuevos caminos.

A veces, lo roto te sirve para zurcirte a ti mismo. Los pedazos están ahí para que pegues las cosas de otro modo y leas el mensaje oculto que llevaban escrito y que nunca podrías descubrir si no las rompes. Los imprevistos, a veces, son la magia que lo precipita todo… Que lo propicia todo… Que te da la pieza del rompecabezas que te falta para llegar al final, que es otro comienzo. El contratiempo es el estímulo, el reverso maravilloso de ese mapa donde puedes encontrar la ruta que buscas. El rodeo que necesitas dar para encontrar un nuevo compañero de viaje o darte cuenta de algo que no ves porque no llevas puesta la mirada de las oportunidades.

El camino erróneo es el maestro necesario. La lluvia inesperada que parece arruinar la tarde limpia los cristales que te dejarán ver el camino… El viento que todo lo arrastra deja al descubierto la montaña que debes subir.

A veces, en los días más oscuros damos los pasos más grandes. Para que así los días luminosos, podamos balancearnos mirando al cielo y al suelo… Para existir sin pedir y sentir el calor y el frío. Para contemplar lo que a menudo se nos escapa y notar las hormigas que deambulan por los dedos de tus pies cuando pisas la hierba mojada.

Lo imperfecto es un maravilloso bálsamo para que busques nuevas respuestas. Para que llames a más puertas. Para que inventes más formas de llegar a ti, a ese tú de verdad que te espera y que sueña con salir a la luz y dejar de esconderse.

Lo lejano es un estímulo para que empieces ya tu carrera.

Lo complicado es una ventaja que va a obligarte a rendir el doble.

Tus supuestos defectos son el punto de apoyo para encontrar las pistas que necesitas al dibujar tu mapa. Las catapultas que te impulsarán hasta tu meta.

Aunque ahora duela. Aunque ahora mires a horizonte y no veas nada. Aunque no sepas por dónde empezar a construir tu futuro. Aunque el presente sea escandalosamente turbio, deliberadamente agotador… Aunque no tengas nada en los bolsillos y empieces a dudar de si te queda algo dentro, muy dentro… Allí donde se desdibuja tu cara.

No importa que hoy te salpique el desánimo. No importa que no veas salida. Respira hondo y mira alrededor. Busca belleza, por salvaje que sea, por sucia que esté, por cansada que parezca, y almacénala en tu interior. Guárdala para cuando no sepas verla porque lloras, porque tienes miedo, porque crees que ya no puedes… Y agárrate a ella para seguir. Agárrate a ti para continuar este camino.

Y siente. Siéntelo todo tanto que valga la pena quedarse siempre en el presente, en el ahora… Que este momento sea tan maravilloso que quieras eternizarlo, dilatarlo, convertirlo en algo elástico que dure siempre y que se te quede prendido en el pecho, refugiado en ti… Ama tanto este momento que no te importe el destino. Siéntete tan bien contigo que no necesites huir de ti nunca más.

Confía tanto en ti que cuando parezca que el mundo te da la espalda en uno de esos días… Sepas que tienes al mejor aliado de tu parte.

Y cuando eso pase, mirarás al horizonte y verás el camino.

Cuando te tengas a ti mismo, no importará que no todo sea perfecto.

Y al llegar al final, te darás cuenta. Lo que buscabas ya era tuyo. Lo que necesitabas ya estaba ahí. Lo bueno te ronda siempre…

Tu sueño ya te pertenecía.
Y no es tuyo porque lo poseas, sino porque lo llevas dentro.

pie-prado


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Alcanzar la luna


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Escuchamos poco. Pensamos demasiado y mal. Damos vueltas como un hámster desesperado que no para nunca, intentando alcanzar algo que no existe o que no nos hemos planteado si vale la pena, sin más objetivo que el de no detenerse, amarrado a su noria sin decidir bajar. Tal vez porque demasiadas veces no sabemos qué queremos… Tal vez porque demasiadas veces nos aterra la ilusión de parar,  sentir y darnos cuenta de lo absurdo que es lo que hacemos.

A veces, cometemos el error de pensar que los demás sienten como nosotros sentimos… Y otras, cometemos el error de dejar que nos dicten cómo y qué debemos sentir. Vivimos pendientes de lo que nos sugieren las imágenes que vemos en una pantalla en milésimas de segundo, construimos mundos con eslóganes prestados para vendernos perfume cuyo aroma ni siquiera importa.

Queremos cambiar el mundo, sin antes empezar por nosotros mismos. Sin saber aún qué ofrecer, o peor aún, pensando que no podemos ofrecer nada.

Queremos cambiar sin hacer el esfuerzo de movernos ni un milímetro. Queremos un cambio exprés, sin concesiones ni sacrificios.

Lo queremos todo y lo queremos ya.

Nos asusta perder. Nos asusta aún más ganar. Nos aterra el compromiso de seguir.

Nos molesta esperar y cambiar de idea, no porque pensemos que sea la mejor idea que jamás hemos tenido, sino por dejar de tener la razón y admitir el error. Porque a veces, nos importa más tener la razón que conservar al amigo o al compañero… O al menos, reaccionamos de tal forma que lo parece. Y cuando nos damos cuenta es tarde. Rompemos relaciones porque se nos inflama el ego para compensar la pérdida de inteligencia emocional que sufrimos cuando queremos imponernos por la fuerza… A veces, actuamos como las bestias, pero sin su coherencia y naturalidad.

Llegamos tarde a las pruebas que nos pone la vida y repetimos la lección, porque no la llevamos aprendida.

Y a pesar de darnos cuenta, volvemos a repetir porque nos gusta lo fácil, aunque sea aburrido, y rutinario, aunque nos llene de asco mientras nos vacía de entusiasmo. Aunque sea la noria de ese hámster, ahora más cansado, de la que nunca puedes apearte. Preferimos un amor a medias que una pasión que nos desborde las expectativas… Aceptamos un trabajo que no nos hace felices porque es seguro, porque ya no nos supone esfuerzo… Y lo hacemos cada día de las misma forma, sin cambiar nada, con los mismos gestos, las mismas bromas, las mismas palabras.

Lo nuevo, lo que rompe y cambia esquemas, nos asusta. Nos provoca ansiedad. La incertidumbre nos asfixia hasta el punto de quedarnos con un dictador conocido antes de seguir a un sabio y tener que levantarnos más temprano y caminar un rato.

Consumimos  rápido sin mirar el qué. Somos poco exigentes a veces con lo que nos llevamos a la boca y al alma. Nos quedamos mirando cualquier cosa que se mueva, aunque nos atomice y, sin embargo, desdeñamos todo lo que se lee o requiere un pequeño esfuerzo. Hemos dejado de lado los libros y la música… Los hemos substituido por ruido y juegos virtuales donde vivir vidas que no nos atrevemos a emprender en el mundo real.

Pagamos caro y, a veces, hacemos pagar caro a otros pensar distinto, vestir distinto, tener otros credos y osamos decir a algunos a quién está bien amar y a quién no…  Nos asusta la diferencia y la rareza. Aunque luego, adoramos hasta mitificar a algunas personas convertidas en iconos, que tuvieron el valor de vivir sus diferencias y abrazar sus rarezas.

No nos gusta que los demás discrepen y nos asusta discrepar por si no caemos bien y suscitamos mofa…

Aunque, hay esperanza.

Porque lo que nos asusta nos motiva a crecer.

Porque lo que nos frena nos da la fuerza para movernos.

Porque lo que nos rompe nos da la capacidad para seguir enteros. Para cosernos y remendarnos y levantarnos cada día con ganas de más.

Porque el esfuerzo que invertimos en escondernos es el mismo que podríamos usar para dar la cara…

Porque lo mismo que usamos para alienarnos nos acerca. Porque hemos suprimido fronteras con un click y transformado venenos en antídotos.

Lo hemos demostrado mil veces antes. Somos flexibles y capaces. Cuando nos dejamos llevar por la intuición y la magia, saltamos al vacío, llegamos a la luna y construimos puentes sólidos. Flotamos con el pensamiento y somos capaces de entender y apreciar aquello que tal vez no conocemos. La piedad nos vence. Nos gana la emoción. Nos cambian las personas a las que amamos y la sensación de que nos quedan muchas por amar y conocer.

Cuando algo nos importa, insistimos hasta quedar exhaustos y no poder más. Y a veces, cuando algo nos toca el alma, los pensamientos callan, y entonces nos escuchamos y conseguimos conocernos. Podemos  incluso oír a otros y saber de sus sueños y sus miedos. Y descubrimos que tenemos los mismos temores y que escondemos los mismos fantasmas.

Justo en ese momento, cuando nos damos cuenta de que lo que nos mueve es más importante que lo que nos impulsa a pararnos… Cuando sabemos que lo que nos zarandea y asusta es mejor que lo que nos paraliza… Que lo que nos da miedo es justo hacia lo que debemos acercarnos… Justo en ese momento se pone en marcha algo dentro de nosotros que ya es imparable y nos acerca a nuestros retos.

Porque la misma energía que usamos para destruir se puede usar para crear, para transformar, para cambiar lo que nos rodea…  Y el primer paso somos nosotros. No nos damos cuenta, pero el tiempo y la energía que perdemos huyendo de nosotros mismos en la noria, nos servirían para conocernos y alcanzar la luna.


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La felicidad


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Nos van a curar de nuestras penas las risas y las ironías. Las tiras cómicas que nos recuerdan que somos necios y un poco patéticos, a veces. Nos rescatarán las primeras notas de la Flauta Mágica y las verdades que los niños dicen cuando los adultos bajamos la guardia y dejan en evidencia que vivimos en un mundo hipócrita, orquestado para parecer más que para existir y sin ganas de remediarlo.

Nos salvará que aún somos capaces de mirarnos al espejo y reírnos, porque en el fondo sabemos que antes éramos más jóvenes, pero bastante más cortos en todo. Y si no somos capaces de concentrarnos en lo bueno, en lo hermoso, en lo dulce, la vida nos dará un golpe, esperemos que suave y tibio, para recordarnos que la suerte nos ronda por estar aquí y notar, por poder hacer recuento de extremidades y seres queridos y caminar cada día por un camino que hemos escogido, aunque a veces, escojamos mal y tarde. Y si el recuento no sale, porque algo o alguien nos falta… Aún nos daremos más cuenta del valor de este momento, del acierto de haber sido capaces de cerrar los ojos e imaginar que somos lo que deseamos con tanta fuerza que nuestros pensamientos cambian el perfil de nuestro camino y el color de nuestra rutina.

Nos sacará de nuestro letargo asfixiante la punzada de un contratiempo que llega en el momento justo para que no nos durmamos más y despertemos de nuestra modorra gigante… Un problema bendito que nos hará agudizar el ingenio y encontrar dentro de nosotros el entusiasmo que perdimos mirando un programa de televisión donde la dignidad se colgaba tras la puerta… Y sabremos que todo pasa por algo, que todo es causal y la vida se vuela a tramos y se muerde a bocados.

Nos salvarán los payasos que llevamos dentro, cuando paseando les veamos de reojo en los charcos y no podamos reprimir saltar y ensuciarnos el traje de personas serias y reprimidas. Nos ayudará el talento que tengamos para construir emociones y confiar en nuestras posibilidades… La empatía para conectar con otros  y contarles historias y la autoestima para no vendernos a cambio de nada.

Nos redimirá que sabemos admitir errores y, a pesar de encerrarnos en el caparazón para protegernos, salimos de vez en cuando, a por provisiones. Y cuando notamos la brisa y encontramos otras caras, nos damos cuenta de que en realidad estamos hechos para afrontar más que para huir… Que es mejor caer y perder que pasarse la vida encerrado.

Nos curarán nuestros hijos con sus muecas preciosas y sus palabras inoportunas e irreverentes. Nos recordarán que la osadía es necesaria, que el miedo a menudo casi se mastica pero también se escupe y que los villanos no siempre fueron villanos, porque hace tiempo querían ser héroes pero no fueron capaces de esforzarse por cambiar el mundo y meterse en un traje tan ajustado.

Nos apaciguarán la rabia y la ira contenidas aquellos que cuando hablan susurran y nos recuerdan que hubo un día en que fuimos libres y no estábamos sujetos a emociones bárbaras. Los que, a pesar de las prisas, nos dedicarán un tiempo a recordarnos que podemos y nos dirán “te quiero” y además será cierto…

Y cuando nos duela el alma por algún desengaño, que pasará seguro, los que nos amen nos llevarán a ver el mar y nos dirán que es nuestro y que somos absurdos si no nos damos cuenta de que podemos escoger si rabiar o sonreír. Si llorar o bailar, si levantarnos o quedarnos dormidos esperando un despertador que nos recuerde que el mundo gira aunque hayamos decidido apearnos de él porque la pena nos comprime el pecho y nos achica la alegría y nos dirige los pensamientos hasta un vertedero de vanidades maltrechas.

Nos salvará la risa y el esfuerzo que hagamos por mantenerla y hacer que nos recorra el cuerpo y la conciencia. Nos curarán los libros y las palabras que encontremos al azar en las redes, en las esquinas, en las recetas de cocina y escritas en la arena de esa playa que nos pertenece, aunque la tengamos olvidada. Nos curarán los abrazos y los besos. Nos consolarán los rayos de sol y los recuerdos dibujados en la memoria que aún vibran, aunque a veces, aún nos rasguen y zarandeen. Nos curarán los sabios cuando nos den ejemplo y nos muestren sus cicatrices… Nos sanará que sepamos quiénes somos, aunque el mundo nos encierre en una caja y nos chille consignas vacías para vendernos algo que no nos hace falta…

Nos curará el amor, cuando lo sintamos sin atadura y siempre sin descuidar el propio, sin regatear cariño ni buscar migajas… Cuando sepamos que guardamos mucho y merecemos lo máximo.

Nos aliviará la lluvia cuando caiga con fuerza para recordarnos que todo cambia y todo se borra. Nos apaciguará el viento, cuando limpie el aire corrupto de nuestros pensamientos tristes y encriptados que sólo sirven para que creamos que no somos capaces de algo para lo que hemos nacido…

Nos salvarán los sueños que nos sujetan a la vida. Nos salvará la vida que nos aferrará a las nuestras metas más firmes…

La felicidad será notarnos las puntas de los dedos y sentirnos llenos de nosotros mismos y de todos aquellos que nos caben en el pecho y se pasean por nuestra cabeza con permiso. Saber que podremos resistir porque estamos en paz con nosotros mismos y que fabricaremos la manera de seguir adelante incluso cuando el cuerpo no nos acompañe…

Y saber cuándo aceptar lo que viene y sacarle punta y cuándo batallar para darle la vuelta. Cuándo mutar por dentro lo suficiente para cambiar nuestro mundo e impregnar todo lo que nos rodea… Cuándo ponernos las gafas que nos permiten descubrir más posibilidades donde parece que sólo hay un camino o un barranco… Cuándo dibujar oportunidades para vivir otras vidas soñadas y abrir puertas donde otros sólo ven paredes blancas.


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Los medios justifican el fin


feliz

El problema es que nos desesperamos con el resultado. Apostamos nuestra estabilidad emocional a un número, a una ventaja, a una resolución o una posibilidad. Nos perdemos el momento. Dejamos al río de lado y nos centramos en el mar… Perdemos las raíces por las ramas. Y nosotros somos más que el resultado, somos un proceso maravilloso y apasionante. Somos nuestras metas antes de conseguirlas. Somos nuestros sueños incluso si no llegamos a conseguirlos porque nuestros sueños nos cambian.

Normalmente, nos pierde esa necesidad de controlarlo todo. De no bajar la guardia en ningún momento. Esa lucha interior para tener clara cada etapa del proceso. Y con esa batalla dentro de nosotros, lo fastidiamos todo porque lo forzamos. Le damos a la máquina una vuelta de tuerca más y se rompe. Nos han enseñado en el cine que las cosas pasan cuando se cambia el plano y que cuando suena la música todo es posible… La verdad es que todo es posible, pero no siempre está a tiro de piedra. Y no siempre podemos forzar las cosas… Hay que esperar mientras se trabaja, se imagina, se buscan más posibilidades.

No es malo lanzarse. A veces, hay que hacerlo y no pensar demasiado si lo tienes claro. A mí me gusta actuar y tomar las riendas, pero tenemos en la cabeza un cuento de hadas prefabricado y vamos moldeando nuestra vida para que se cumpla. No nos damos cuenta de que tal vez vaya a ocurrir lo que deseamos que ocurra (tal vez no sea lo que nos hará felices, tampoco) pero lo hará a su ritmo.

La cosas tienen un tiempo. Es difícil darse cuenta cuándo actuar y cuando esperar. A mí me devoran esos pensamientos que me hacen creer que no hago lo suficiente para conseguir lo que sueño. Y un día a media noche, desesperada porque pase lo que quiero que pase, doy un paso en falso y hago algo que precipita las cosas y todo sale al revés. Me doy cuenta de que tal vez si hubiera esperado, todo habría llegado a término como yo deseaba. Lo que tampoco certificaría mi felicidad.

Aunque el azar es tan caprichoso que quizás mi metedura de pata forma parte de su plan, porque antes de conseguir lo que quiero todo tiene que saltar primero por los aires.

Vamos que, a veces creo que, al final, no hace falta preocuparse mucho por si actuamos o esperamos porque incluso eso puede que forme parte del plan. Lo realmente importante es no depender del resultado, no vivir anclado a un recuerdo pero tampoco a nada que necesitemos que pase en el futuro.

Desearlo con todas nuestras fuerzas y hacer lo posible pero sin quedarnos vacíos si no pasa, al menos, por ahora.

Nos bastamos y sobramos con lo que somos. Porque ya somos un poco el resultado de nuestro sueño. Somos el cambio que ese sueño obra en nosotros cada vez que nos ponemos a construirlo. Todas nuestras noches escribiendo, pintando, creando, proyectando… Todo eso no pasa en balde, nos convierte en nuevas versiones de nosotros mismos más capacitadas y preparadas para llegar.

El sueño es el cambio que haces en ti mismo para acogerlo, para recibirlo, para vivirlo. Las ganas de tocarlo. Cada una de las modificaciones interiores que ese sueño engendra en tu arquitectura como ser humano para ser capaz de vivirlo, de sentirlo, de llevarlo a cabo. El sueño modifica nuestras neuronas ya existentes y crea algunas neuronas nuevas. Nuestros sueños nos modelan, nos convierten en seres plásticos y nos hacen evolucionar. Cuando imaginas tu reto, te preparas para él, te entrenas, te conviertes en esa persona que está a punto de conseguirlo.

Cuando llevas un tiempo entrenándote para llegar a la meta, aunque parezca que nunca llegas, no estás en el punto de partida. Ya nunca estarás allí de nuevo. Jamás volverás a ser el mismo. Nuestros retos nos hacen muscular las emociones, hacen que nuestro talento se expanda… Y él solo encuentra otro destino durante ese camino si no puede alcanzar esa meta… Se trata de una manera de quedarse en el ahora y vivirlo y dejar que esa magia llamada neuroplasticidad haga el resto… Como dice mi querida Anaje Ferreiro @anajeferreiro  en su artículo Mindfulness, ofrécete esperanza Vivimos programados para el mañana, preguntando a la agenda sobre lo que nos tiene preparado, preocupados por lo que será y lo que tememos que será aunque haya pocas probabilidades de que suceda”.

A veces, en el camino a nuestras metas encontramos nuestra vocación. Otras, llegamos a la meta y satisfechos nos damos cuenta de que ya éramos grandes antes. La grandeza está en la gimnasia de imaginar que somos, que conseguimos, en el puro ejercicio de soñar y modelarse a uno mismo para vivir ese sueño.

Somos el resultado de muchos días de trabajo intenso para construirnos a nosotros mismos.

¿Qué importa el resultado? Los grandes cuando pierden una partida, buscan otra y otra hasta que llegan a algún lugar donde todo tiene sentido. Seguramente porque se han dado cuenta de que lo que obra maravillas en nosotros es el trabajo, ese proceso, ese esfuerzo, esa predisposición y esa ilusión…

Por eso vale la pena enfocarse en ese trayecto, en ese trabajo hasta la cima para aprovecharlo y disfrutarlo.

Y llegar la final, aunque sea a destiempo y llegues el último. ¿Quién sabe si has vivido más el camino que quién llega el primero? ¿Y si te ha cundido más?

Nuestra obsesión por controlarlo todo nos enfoca al resultado. Nos impide sentir el camino y fijarnos en los detalles… No nos deja notar los días y hace que las horas se nos escapen.  Y al final, te sientes absurdo porque has estado intentando controlar algo que nunca sabes por dónde se escapará y cuando actúas no tienes ni idea si pones en marcha en el universo una fuerza contraria a la que quieres activar…

Por tanto, pensar qué deseas y planificar… Aunque dejándose llevar un poco  porque tanto si actúas como si esperas nunca sabes si el camino que escoges te lleva o no a dónde deseas llegar. Quizás mejor tomar el camino que te ayude a crecer y sentir porque seguro que compensa, lleve a donde lleve, al final.

Para que, como he pensado siempre, los medios justifiquen el fin.