merceroura

la rebelión de las palabras


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Permítete olvidar


A veces no paramos de viajar a nuestro pasado para revivir una y otra vez nuestras tragedias. Nos golpeamos con los mismos muros y seguimos sin aprender. Nos aferramos al dolor y somos incapaces de ver el aprendizaje y dejar esa emoción lastimosa que nos provocó en el pasado vivir esa experiencia. No sabemos olvidar. Crecer y madurar como seres humanos es un trabajo duro pero nos debemos sentir orgullosos de quiénes somos y de cómo hemos vencido ese dolor. Y al recordarlo, ver la victoria y mirarnos como somos ahora, no como fuimos ni retozar en el fango de ese dolor del pasado. Una vez me dijo un sabio que para ser feliz hay que tener buena salud y mala memoria, Permítete olvidar lo malo y quedarte con la belleza que has conseguido… Sé que puedes y que sabes…
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Mala memoria


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Una vez oí decir a un sabio que para ser feliz hace falta tener buena salud y mala memoria. Dijo que los dos conceptos estaban intrínsecamente relacionados. Para estar sano es necesario soltar todo lo que nos amarra al sufrimiento, al dolor, a la frustración, al miedo y al resentimiento. Impedir que el recuerdo nos reconcoma… 

Yo siempre he tenido en mi vida muy presente mi pasado y, en aquel momento, pensé que me iba a ser muy difícil. Levar anclas es un trabajo arduo cuando llevas años hundiéndolas para no perder el amarre por temor… Curiosamente, no hacía demasiado, alguien que no era sabio sino todo lo contrario, se había despedido de mí para siempre con una frase como “quiero que olvides el pasado, no vivas pendiente de él porque te impide ver el presente”. No sé por qué lo dijo, no creo que me hubiera conocido lo suficiente como para saber de mi querencia a los recuerdos y a la pátina dolorosa que a veces siguen encerrando. Ni siquiera creo que su inteligencia emocional estuviera lo suficientemente crecida como para entender el significado extraordinario de la sentencia con la que me dejaba atrás… Con el tiempo, he llegado a creer que era un bárbaro con un momento de lucidez ilustrada inexplicable. Nunca se sabe… Tal vez la oyó en alguna película y la memorizó para decirme algo impactante como despedida. Quizás no supe valorarle. El caso es que mi consejero involuntario me regaló desde la ignorancia un hermoso regalo de adiós. Y durante muchos días, puesto que el mensajero era un poco limitado en esto del desarrollo personal, lo admito, valoré aquella sentencia sin justa medida… Pensando que lo que viene de un tonto, tontería es.

Hoy en día, yo he madurado un poco (eso creo) . Y no sólo sé que la vida está llena y repleta de héroes involuntarios que te salvan sin querer y que, como he dicho en alguna ocasión, no es necesario que tus maestros sean más sabios y emocionalmente desarrollados que tú. Y ya no llamo a nadie tonto, por respeto. Procuro buscar en él siempre algún tipo de inteligencia, todos la tenemos, como mi ignorante necesario.

Aunque, vuelvo al sabio. Mala memoria para ser feliz. Luego me di cuenta, consiste en olvidar lo que duele. Recordar de lo ocurrido esa parte blanda y dulce o esa parte amarga que lleva consigo un aprendizaje valioso. Y borrar culpas, resentimientos, rabias y asco acumulados. Nada cura más que el perdón a quien lo concede… Y es tan complicado de aplicar, a veces. Sobre todo el perdón a un mismo por los desatinos, por las faltas, por no cumplir expectativas que nada tienen que ver con nosotros, por no saber reconocer nuestra autenticidad…

Buena salud y mala memoria. Vivir el día a día. Planificar cosas maravillosas sin agobiarse ni obsesionarse. Tener claro a dónde vamos, pero sin dejar de mirar al paisaje…  Con los pies en el suelo y las manos tocando el cielo…

Olvidar el zarpazo y quedarse con el proceso de superación que nos conllevó cerrar la herida. Olvidar las malas caras y las malas intenciones y quedarse con el resultado del proceso, nosotros ahora, nuestra versión mejorada. Somos el resultado de todos esos golpes.

Y no recrearse en la caída, mejor recordar la bravura que tuvimos al levantarnos. La valentía, la fuerza, las ganas… 

No somos el que cae, sino el que se levanta. No somos el que queda en evidencia, sino el que se atreve a pedir lo que quiere. No somos el que se pone enfermo, sino  el que se cura. No somos el que llora, sino el que consigue volver reír. No somos el que  se equivocó, somos el que aprendió de su fracaso. No somos el que perdió la carrera, somos el que fue capaz de enfrentarse a ella y superarse a cada paso.

Y mi héroe involuntario no es el que me dejó, es el que me dijo la frase mágica que me llevó a olvidar un poco el dolor.

Y Yo… Yo no soy la que no sabía cómo enfrentarse a la vida pendiente de pasado angustioso, soy la que aprendió a hacerlo poco a poco e insiste cada día para superarse.

Mala memoria de la buena…

Como las madres que cuando miran a sus hijos no recuerdan el dolor del parto o la gran espera hasta poder adoptarlos sino la felicidad de tomarlos en sus brazos por primera vez y quererlos sin límites… 

O como las águilas, que me contó una buena amiga que viven setenta años y al llegar a los cuarenta vuelan hasta una cueva  para renovarse por completo y dejar atrás su cuerpo cansado. Allí se golpean el pico hasta arrancarlo, para luego, con el pico nuevo poder arrancarse las uñas y, con ellas renovadas, las alas. El proceso dura cinco meses y cuando termina, el ave se ha desprendido de lo viejo y está totalmente renovada y preparada para vivir treinta años más. Sin lastre… Porque a veces, hay que arrancar lo viejo y gastado que hay nosotros y renovarse. Sacarse los pensamientos tristes y amargos de encima y empezar otra vez… Hace falta tenacidad para dar el vuelco… Porque ser feliz es una tarea de gran envergadura… Las águilas se atreven y lo consiguen.

Buena salud y mala memoria… ¡Qué gran sabio! 

Por cierto,  el sabio era el prestigioso psiquiatra Luís Rojas- Marcos, al que tuve el placer de escuchar en una conferencia hace unos años.

El héroe involuntario… ¿importa? ya sólo existe en mí a través de su frase… ¡Gracias a ambos!


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Una vida… Sin paliativos


Esta fiesta dura poco y no es casi fiesta. Es una carretera corta pero intensa. Está llena de baches y curvas, de rincones oscuros y recovecos perversos. Llena de llanuras y paisajes perfectos. Llena de pequeñas alegrías. Es un morir de risa y luego revivir de puro pánico. Es la montaña y el valle, la violenta sacudida del agua que rebosa la presa y el meandro del río que lame el cauce. El tiempo que se retiene en el ojo la chispa de un artificio, el estallido de la pólvora y el ¡ooh! coreado por la muchedumbre. Una punzada de dolor al comenzar la aventura de existir y otra de cansancio que marca la hora postrera. Y entre ambas, un suspiro, un jadeo… un acorde de guitarra y un paso de baile. Una palabra que te perturba y remueve por dentro, una tarde de risas en el parque y otra de sollozos encogidos. Esa canción que siempre te recuerda lo que fuiste, ese espejo que te dice lo que nunca serás. La conciencia que desdibuja tu pasado y se te acurruca en la espalda y pesa, cuánto pesa…

Una fiesta corta, sin duda.

Como ese instante en que te sumerges en el mar y crees que no podrás soportar que esté tan frío y el de esa mirada cruzada con ese alguien especial en la que el uno al otro os decís “¿Y si?” y luego faltan la fuerzas o no acompañan las circunstancias… o se os escapan los deseos por el patio de luces y encuentran otros amantes más fieros con más ganas o más desesperación.

Una fiesta con espectáculo y máscara. Con entrada para permanecer sentado o subir a escena. Con posibilidad de transgredir y cambiar el papel secundario por el de protagonista, el de tragedia en comedia… el de villano en héroe…, con aplauso clamoroso o sin público.

La realidad nunca cumple las expectativas pero, a menudo, las supera.

Dura poco y mientras dura no es siempre amable. A veces es una espera larga, otras un trance rápido, súbito, trágico… un apurar la esquina antes de cruzar la calle y saber que se acaba el mundo, tu mundo… y un saber que al otro lado empieza algo nuevo, mágico, inesperado. Un golpe o una caricia. Nunca se sabe que depara la ruleta.

Es ese zambullirse en el agua en doble salto mortal. Un espasmo, un guiño, un roce, un portazo, una contracción… Y también un grito, un beso, un chasquido, el sonido de una cremallera que se cierra y el de un tren que marcha.

Ese lapso de tiempo en el que acabas de saber que él también te quiere y la felicidad es inmensa, rotunda, desorbitada.

Y notas que ese instante se esfuma y hay que apurarlo. Lo inspiras con ansia, para que no se escape y te pertenezca siempre. Y la arena de ese reloj no se detiene y esa sensación única se evapora y pasa a ser un recuerdo, ya no lo manipulas, ya no te habita… más que en un rincón de tu cabeza y se ha integrado en ti.

Suplicas que vuelva. Anhelas recuperar esa sensación maravillosa… y entonces te das cuenta de que si pudieras revivirla a cada momento, ya no existiría de la misma forma. Su gran valor es efímero. Su sentido real es que sea fugaz. Que se desvanezca, que se acabe… que sepas que nunca se va a repetir de la misma manera. Que tengas claro que si no lo absorbes totalmente en la memoria, dejará de existir. Y aún así, ya es pasado. No cabe la duda, hay que devorar la vida.

La fiesta es efímera y justamente por eso debe ser una fiesta.


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Memoria de pez


La crisis nos ha puesto a prueba. Nos ha hecho tambalear esa hoja de ruta que llevábamos escrita y en la que decía cómo queríamos que fueran nuestras vidas los próximos años. Nos ha arrebatado el espejo complaciente en el que nos mirábamos y lo ha substituido por uno de esos espejos que te deforman la cara y te achican las gracias. Todo se ha convertido en extremo, en frágil o extremadamente duro, de un duro que se rompe… en cóncavo o convexo… en maravilloso o repugnante.

La crisis nos ha dicho que nada es seguro, que nada es eterno, que nada es cómo era antes ni mucho menos cómo habías pensado que sería. Los cómplices son ahora traidores y algunos amores que iban camino de eternos son casi ráfagas, momentos de calor súbito combinados con ansia, miedo, premura y pura necesidad de cariño. Y los amigos se han convertido en enigmas, en mapas. Y son mapas complicados que llevan a lugares inhóspitos. Algunos de ellos han alterado sus facciones y los gestos y ahora no parecen lo que fueron… o tal seamos nosotros los mutantes y son ellos los que permanecen sin cambiar. Amistades selladas a fuego perecen, otras, sin embargo, a pesar de estar inmersas en este laberinto de vanidades y aspavientos, resisten y se hacen más y más fuertes. Algunos conocidos nos han mostrado sus entrañas y nos traen buenos augurios… algunos hermanos nos han mostrado los dientes. Algunas verdades inquebrantables son ahora ilusiones ópticas, algunos juicios dudosos son ahora dogmas.

Muchas lealtades se rompen.. El mundo se centrifuga. La crisis da pasos de gigante y nos obliga a modificar constantemente la hoja de ruta, la biblia, ese pacto con nosotros mismos… mientras miramos alrededor y no reconocemos nada… y esa nada tampoco nos reconoce a nosotros. Todo es efímero, todo se construye cada día y se desmorona cada noche. Generamos dioses a tiro de soplo y les hacemos caer del pedestal a golpe de tuit. Cada día nos tragamos un pedazo inmenso de lo que fuimos y tenemos que escribir un pedazo nuevo de lo podemos llegar a ser. Nos hemos convertido en peces, con memoria efímera, gastando cada día un nuevo cartucho de vida… apurando oxígeno, quemando vida… con cuerpos hábiles para bucear en este mar agitado y cambiante. Adaptarse es bueno, necesario… pero con tanta prisa estamos olvidando lo que fuimos, lo que aprendimos y la cara que teníamos antes de empezar a transformarnos. Tenemos raíces y tenemos esencia… No somos peces, somos personas.


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Lo que soy


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Foto : Mercè Roura

Soy ese día en que escribí mi nombre por primera vez. Reseguí torpemente cada letra hasta acabar de forma artificiosa, me puse el lápiz en la boca e hice una mueca de felicidad. Aquella era yo. Y la primera ocasión que tuve que salir a la pizarra. El día que supe que podía equivocarme y tuve la ingrata sensación de que iba a suceder a menudo y me sentí ridícula y diminuta.

Soy la mañana en que me tragué las lágrimas en una esquina del patio y la que acabé con las rodillas llenas de rozaduras. Aquel día soleado de excursión recogiendo hojas y dibujando sus relieves en un cuaderno. Aquel beso tibio sin ganas y todos lo que imaginé con ansia y no llegaron.

Hay un pedazo de mí en cada rincón del parque donde jugaba, en cada columpio, en cada banco… Las palomas que te escrutan con la mirada saben cada una de mis pequeñas aventuras…

Soy un poco de esa amiga de infancia que se perdió al cambiar de escuela y a la que no reconocería si tuviera delante… Y un mucho de mi abuela que se nos fue de este mundo después de enseñarme mil refranes… Los oigo todos repetidos con su voz aguda.

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Soy unos zapatos rojos en un escaparate, una bata vieja pero cómoda, el ojo de la cerradura en una puerta secreta. Algo queda de mí en una caja donde ocultar tesoros y en una peonza olvidada que girará eternamente en mis pensamientos.

Se repite incansablemente en mi cabeza una película antigua que acababa en un faro, en el fin del mundo. Es mi faro.

Soy una libreta nueva por empezar y el primer libro que leí entero. El día que supe que muchas veces sería que no, aunque pataleara hasta reventar y el día que fue que sí sin apenas buscarlo. Soy la canción con la que me quedaba dormida cuando era niña. Me pertenece.

Aún respiro el aire mojado de ese día en que recibí una primera rosa y una última llamada. Aún veo escaparse un tren que debí tomar y oigo repetirse unas palabras que me hirieron. Noto como se me clavan… Y si me esfuerzo puedo acariciar en mi mente el surco que dejaron… pero ahora sé que son mías, que forman mi equipaje… Que me han construido y esculpido…

Tengo todavía acumuladas risas de las clases de historia y de las tardes de verano ante una playa… El llanto pendiente almacenado en la garganta, fabricando un nudo, que a veces aprieta y ahoga. Sé que ahora es mi nudo, forma mi historia.

Soy ese día en que fui tremendamente injusta y ese otro en que me tocaron y hundieron hasta dejarme exhausta porque brillaba.

Me quedé pegada a aquel momento en que supe que me él quería y estallé por dentro… Y escapo aún del instante en que adiviné que aquel amor nacía pequeño y deshilachado.

Quedan pequeñas moléculas mías en el aire de una noche en que alguien me escribió desesperado buscando respuestas… Y le dediqué unas palabras. Me quedé corta, pero vacía.

Formo ya parte del segundo en que supe que ella crecía dentro de mí con ganas y aquel mediodía inmenso en que le vi la cara, volví a nacer y supe que aquello iba a ser eterno.

Guardo un manojo de miedos mayúsculos que me surcaron las venas y me dejaron quieta, cansada.

Soy el día que dije no puedo y también el que saqué valor de las tripas para conseguirlo. Soy el agua que dije que no bebería y el silencio que me tragué.

Cada palabra de más, cada palabra de menos…

Acumulo en la memoria cada rincón de mi casa, cada falta de ortografía, cada escalón subido o bajado, cada tertulia.

Soy las caras de los que me precedieron y alentaron, los que hicieron conmigo un tramo del camino y los que se detuvieron.

Es ya mi camino.

Pertenezco a ésta y a todas la veces que me he preguntado quién soy.