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la rebelión de las palabras


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No vamos a conseguir todo lo que soñamos y no pasa nada…


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El otro día escribía Elena Arnaiz sobre dejar de decirle a la gente que todo es posible siempre, porque genera mucha frustración… Además es obvio que hay miles de personas que nunca llegan a cumplir sus sueños… La verdad es que yo creo que no hay nada imposible, pero no todo ni todos vamos a conseguirlo y hay que darse cuenta de que no podemos exigirnos sin piedad ni culparnos por no llegar… Al fin y al cabo, lo que realmente importa no es conseguir algo concreto si no llegar a sentir esa emoción que asociamos con ello… Paz. plenitud, felicidad. Y todas esas sensaciones tienen que ver con lo que llevamos dentro,  con la forma en el que nos vemos a nosotros mismos. Lo que hay ahí a fuera es sólo un estímulo que nos muestra un cambio que en realidad se ha gestado en nuestro interior. Con ello no quiero decir que conseguir metas no sea maravilloso, lo es, pero la vida nos enseña que sin conocernos y amarnos, las metas se quedan cortas siempre y el vacío regresa.

El verdadero triunfo es conseguir ese estado de plenitud que deriva de hacer el camino hacia lo que deseamos y ver cómo crecemos sin apegarnos a lo que podremos conseguir. Y será entonces, cuando entre en juego algo que me parece primordial para vivir con sentido y ser feliz, la aceptación… Aceptar es aprender a vivir. Diré más, osaré pensar y creer que aceptar es la única forma de permitir la magia…

Soñamos y eso es necesario, básico… Aunque, tal vez no llegaremos a dónde deseamos y ¿sabes qué? No pasa nada. Nada es para siempre, nada es definitivo, nada es inmutable… Todo cambia si quieres, si eres capaz de comprender que puedes. Si aceptas que no todo va a ser como quieres porque hay mil cosas que no puedes controlar. Porque no todo depende de ti, pero tú sí, tu actitud, tu percepción del mundo, tu interior. 

Porque lo que realmente cuenta es estar bien contigo y evolucionar. Para conseguirlo, hay aprender a gestionar lo que sentimos y asumir que el fracaso forma parte del aprendizaje y que es primordial para tener éxito.

A menudo, no conseguir lo que soñamos es una bendición que no sabemos valorar. La lección que entraña aceptar que de momento no es posible, que no está pasando tal y como desearías, que la vida es incontrolable y que es mejor así es bárbara, inconmensurable… 

¿Significa esto que ya no creo en la magia? ¡No!! Creo siempre… Creo cada vez más y en los milagros, hay miles cada día… Lo podemos contar a puñados… Sin embargo, la vida no nos da lo que queremos sino lo que somos, lo que creemos que somos y pensamos que merecemos, lo que atraemos y, a veces, por más que luchemos por algo y nos dejemos la piel, no pasa. Y no me malinterpretes, no quiero decir que no podamos llegar a todas nuestras metas, pero no siempre tenemos la actitud ni sabemos generar las oportunidades y eso no nos hace culpables de nada… A veces, no conseguimos lo que perseguimos porque antes necesitamos aprender algo que está en ese rodeo que la vida nos obliga a dar… Otras porque desistimos antes de tiempo o porque no confiamos en nosotros mismos.

Porque hay que actuar para llegar,  pero hay que hacerlo con enfoque y con la mentalidad necesaria…

Porque hay que crear el estado de ánimo que te lleva a conseguir y afrontar esos momentos, vaciarse de creencias que te limitan y de las ataduras del pasado… No lo sabemos, pero estamos programados para perder una y otra vez porque no nos creemos ganadores… Y si no somos capaces de detectarlo, estamos dando pasos adelante y pasos atrás al mismo tiempo. Nos saboteamos los planes… 

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Y ¿qué es ganar? ¿a caso la victoria no es crecer y aprender? ¿qué precio le ponemos a crecer, al camino recorrido y sus risas, sus momentos deliciosos, sus pequeños tesoros…?¿Cuántas veces has encontrado un sueño nuevo y maravilloso justo cuando perdías el que estabas buscando? ¿No podemos dejarnos sorprender por otras propuestas que nos trae la vida y que no esperamos?

Si no llegas a la final, pero te lo pasas en grande intentándolo ¿de verdad has perdido? ¿no te sientes ganador? ¿No miras atrás y ves que has podido? ¿Necesitas el podio para sentir que has hecho una gran carrera? Y no te pido con esto que corras para perder y no busques medalla, te digo que valores cada momento y no te quedes amarrado al resultado ni condicionado por el premio… Porque si no, sólo serás feliz y estarás satisfecho si llegas primero. ¿No te das cuenta de que el que corre por el placer de aprender corriendo gana siempre? llegue el primero o el último… Y si además supera su marca y sube al podio, seguro que sabrá gestionar esa grandeza porque nace de humildad de no necesitar nada que la demuestre, de no pretender demostrar nada. Por experiencia sé que a menudo los sueños que perseguimos para demostrar al mundo nuestro valor se vuelven inalcanzables… Y cuando los tocas, saben amargo y se desvanecen o se hacen pequeños porque lo que buscabas no era el sueño en sí mismo, sino la prueba tangible para decirle al mundo que tienes valor, para tapar ese vacío que hay en ti porque te ignoras a ti mismo… 

A veces, no conseguimos lo que deseamos porque para ganar hay que aprender a perder y mucho… Diría más, sólo se gana de verdad cuando no te preocupa el resultado. Si te aferras a él y eres incapaz de ver más allá, tu triunfo es algo pasajero porque no conlleva aprendizaje…

No vamos a conseguir todo lo que soñamos y no pasa nada… Es maravilloso, en realidad. Sin embargo, eso no significa que no vamos a intentar y conseguir mucho. No vamos a dejar de soñar a lo grande, grandísimo, enorme, descomunal… Hasta que la palabra imposible no exista en nuestro vocabulario… Pero sabremos aceptar lo que suceda porque parte del logro del sueño es el recorrido, el cambio de mentalidad que experimentamos andando hacia él. 

Y si no lo consigues, si no llega, dará igual porque ya eres otro y eso te capacita para levantarte al día siguiente y alcanzar algo que no soñabas, pero que también te fascina. Y será más fácil, porque ya eres un experto en aceptar y seguir.

Aceptar tiene magia, la tiene toda. Es el paso previo para conseguirlo todo, la antesala de éxito más rotundo… Ese lugar donde aguardan los ganadores para pasar a recibir el premio. En la aceptación hay un mar de paciencia y una montaña alta, altísima de sabiduría. Es el acto más mágico posible… Porque cuando algo llega nuestras vidas, hay que bucearlo, sondearlo, vivirlo y sentirlo… No huir, no desistir, no arrugarse… Está ahí para desenvolverlo y asumirlo, para ver qué significa y sacarle el sentido y la moraleja, como a los cuentos infantiles… Aceptar cómo eres, lo que implica, cuál de tus miedos saca a la luz, cómo te incomoda… Mirar cómo es tu vida, lo que hay en ella, cambiar tu mirada… Aceptar sin batallar de forma absurda, pero sin resignarse. Asumir que el regalo es tu actitud ante las cosas y no el resultado. Dejar de lado el marcador, la medalla, el premio… Dar las gracias por la adversidad, por la sombra, por el miedo que te paraliza y abrazarlo hasta que desparece o se hace tan pequeño que se esfuma si soplas… Amar al obstáculo porque es un trampolín… Unirse a él, bailar bajo la lluvia y decir sí a lo que más te asusta. Y justo al darse cuenta de que no te importa el resultado porque la actitud es la victoria, dejar que llegue la magia… 

A veces, no conseguimos lo que soñamos porque no aceptamos las etapas previas, porque no nos damos cuenta de que nos equivocamos y no queremos ver que fallamos, que somos vulnerables y que eso en realidad es un regalo.

No vamos a conseguir todo lo que soñamos, pero nos pondremos manos a la obra, que por nosotros no sea, que no nos quede la espina clavada ni pasados los años pensemos que nos quedamos cortos… Y lo haremos sin ansiedad, desde el amor y la paz interior, desde la confianza en nosotros mismos.

No vamos a conseguir todo lo que soñamos porque a veces nuestros sueños son los de otros y los hemos tomado prestados. Han nacido del qué dirán, del querer aparentar y demostrar que somos sin pensar en lo que sentimos. Porque no nos conocemos suficiente como para descubrir qué talento ocultamos y qué podemos aportar al mundo… Porque los hemos escrito a partir de dogmas falsos y prejuicios… Porque los queremos usar para amarnos, porque los vemos como medallas que colgarnos para conseguir un amor que nosotros no nos sabemos dar… Porque no hemos visto qué nos hace distintos y únicos y nos empeñamos en parecernos al vecino… No vamos a conseguir todos nuestros sueños, pero conseguiremos muchas cosas que jamás nos atrevimos a imaginar y que son grandiosas, mágicas… A nosotros mismos. 

Porque hay cosas que no son, que no pasan, porque es necesario que así sea para que nos demos cuenta de muchas otras a las que no prestamos atención… Porque antes tenemos algo que aprender y la vida nos obliga a repetir esa asignatura que se nos resiste. Porque tenemos que entender que hay cosas que no podemos controlar, que casi no podemos controlar nada y que cuando creemos saberlo todo es cuando menos aprendemos en realidad.

A veces cuando sueltas la necesidad de conseguir, te transformas en esa persona que ya es lo que sueñas y todo llega, de repente… Y si no, ¿qué importa? ¿no te has conseguido a ti mismo? ¿no eres a caso una mejor versión de ti?

Es verdad, creamos lo que creemos pero el verdadero sueño es lo que esa creación hace en ti… Si lo imaginas, lo haces posible, pero tienes que ser honesto contigo… Si no comprendemos eso, jamás llegamos a la meta porque es el último empujón que necesitamos. Si no nos damos cuenta de que en realidad la meta es una excusa para crecer, nos apegaremos tanto a ello que nunca podremos alcanzarla.

No vamos a desistir si realmente lo que soñamos nos hace sentir vivos, si nos entusiasma, si va con nuestra esencia, pero aceptaremos lo que sucede porque eso nos permitirá llevar las riendas de nuestras vidas…

No vamos a conseguir todo lo que soñamos, por suerte, porque así nos daremos cuenta de que lo importa es vivir… Porque nos espera algo mucho mejor… Y aceptarlo es hacer magia. Y la magia es la que consigue los imposibles… 


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Hechizo de amor para la noche de San Juan


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Estamos hambrientos de magia… De llenar con fantasía lo cotidiano, lo rutinario, lo que nos parece gris porque cuando lo hacemos se nos ha gastado el entusiasmo…

Buscamos en las estanterías de las librerías libros que nos hablen de cambiar nuestras vidas, rebuscamos en las redes las fórmulas mágicas para atraer a nuestra vida lo que soñamos, lo que nos morimos casi por acariciar… Queremos que la pasión nos vuelva locos porque necesitamos una excusa para soltar lastre y vivir de una vez esa vida que tenemos pendiente…

Nos pasamos la vida escondiéndonos de la vida, arrancándole los botones a la camisa para quedar desnudos y luego nos tapamos porque nos asusta esa desnudez… Queremos que alguien nos salve, nos saque del marasmo de miedos que nos oprimen la garganta, que nos llenan la cabeza pensamientos tristes y opacos… Queremos bailar pero nunca nos calzamos las zapatillas ni salimos a la pista.

Nos apuntamos a mil cursos para que otros que se han decidido a vivir nos cuenten cómo lo consiguieron, pero sabemos que nunca estaremos dispuestos a hacer sus renuncias ni tomar las decisiones que ellos han tomado porque nos parecen bárbaras…

Queremos aventura de salón, vida de armario, pasión de vagón de tren, contenida y ahogada mirando un cristal mientras imaginas que vives y vuelves a casa pensando que algún día, que tal vez, que cuando ya no puedas más te atreverás y serás capaz…

Nos ahogamos en nuestros suspiros, nos desvanecemos entre nuestros abrazos imaginarios y en cada uno de los besos sin destino que no damos…

Y la noche de San Juan nos volvemos locos quemando en la hoguera nuestras vidas perdidas, achicharradas por nuestra cobardía, por nuestros deseos reprimidos, por ese vacío tan grande que nos habita…

Encendamos nuestra hoguera imaginaria o real… Lancemos al fuego las penas y las miserias… Veamos como se consumen nuestros lamentos y quejas… Quememos las culpas y desnudemos nuestra sombra para ver que en realidad es hermosa y mágica… Que nuestra plegaria se oiga en todos los cielos y llegue a oídos de todas las piedras… Que el mundo sepa que estamos cansados de vagar y no sentir… Pidamos libertad para decidir sobre nuestras vidas y sabiduría suficiente para usarla sin temor a caer, a perder, a vacilar y equivocarnos…

Hagamos cuántos rituales necesitemos para ser auténticos, para atrevernos a salir del cascarón,  y valor para abandonar la crisálida eterna en que nos hemos encerrado nosotros mismos…

Encendamos la velas para nuestro conjuro de amor… Supliquemos al cielo que esa persona nos ame para siempre por completo… Escribamos su nombre en un papel para que arda con intensidad y luego entréguemoslo a la noche para que obre el milagro… Para que haga su magia… Pero asegurémonos que el nombre que hemos escrito es el nuestro, porque es la única forma de que surta efecto la magia… Empezar a querernos, a amarnos sin tregua, a encontrarnos las alas y a dar el paso para aceptarnos de forma incondicional, con una sonrisa en los labios, con el corazón ardiendo por saber que ya somos todo lo que necesitamos… Y saber que nos tenemos para lo que haga falta… Ese es el gran ritual a repetir todos los días… Amarse. Ese es el gran hechizo que consigue transformar todos los días y las noches de tu vida, el que perdura, el que te lleva a vivir con ganas e impregnarlo todo de alegría, de fantasía, de belleza… 

Y así decidir que la magia somos nosotros… 


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Magia


AL REVÉS

“Solo hay dos formas de vivir tu vida. Una es pensar que nada es un milagro. La otra es pensar que todo es un milagro” Albert Einstein. 

¿Cuál te quedas? ¿Cuál de las dos visiones de la vida te cala dentro? Lo digo porque siempre he pensado que de existir la magia, no será algo que se pueda entender con los sentidos, sino una sensación que te invada y zarandee por dentro…

Esos momentos en los que sabes algo, pero eres incapaz de entender por qué. Sin embargo, dentro de ti hay una certeza absoluta difícil de explicar.

Hay magia, mucha. Lo que ocurre es que para notarla primero hay que creer en ella. Justo todo lo contrario de lo que nos han enseñado hasta ahora. Ya sé, alguien dirá que eso es porque participamos de una especie de sugestión colectiva para poder soportar la rutina asfixiante que se nos come el entusiasmo y nos llena de desesperanza… Y nos recordará, con razón, que medio mundo sufre una situación de injusticia crónica. Sin embargo, no puedo más que certificarlo porque me encuentro con ella en todas partes… Y al final, he llegado a la conclusión de Einstein, las señales que veo y las “demasiadas coincidencias para ser casualidad” que invaden mi vida pueden ser nada o serlo todo.

Hace un siglo que no creo en las casualidades. Todo tiene una causa, todo lleva un mensaje. Todo llega por algo, incluso lo que te deja extenuado en un rincón suplicando que pase. No es castigo ni plaga bíblica, es consecuencia de lo que sientes, lo que piensas y lo que eres.

Cuando cambias tus pensamientos, cambias todo lo que te rodea. Lo que pensamos y sentimos se acaba manifestando en nuestra vida aunque no nos apetezca. Donde pones la intención, acabas fabricando algo. Lo hacemos nosotros. Somos fabricantes de alegrías o de tragedias. Y en esto, no hay culpa, saquémonos de encima de una vez por todas esa sensación de haber llegado a la vida manchados y tener que arrastrar una carga… Nuestros errores son nuestra forma de vivir, de nada sirve cargarlos como una cruz en la espalda, es mejor afrontarlos y entender, pedir perdón si hemos hecho daño y responsabilizarnos de una vez de nuestra vida.

La magia no es a veces lo que ocurre, sino tu capacidad para atraerlo y darle significado. La sincronía de hechos fantásticos en un mundo que lucha por negarlo y demostrar que nada tiene sentido y al mismo tiempo te vende fórmulas mágicas sin magia para soportarlo.

Para entender la magia tienes que estar conectado contigo mismo y con lo que te rodea, si no, no funciona… La magia es compromiso… Y no es porque cuando no confías la magia te abandone, es sencillamente porque no puedes verla ni sentirla.  Porque cuando entras en la sala con la cabeza gacha no ves una mirada inesperada de alguien que estaba allí para decirte “sigue adelante” o cuando no te atreves a hacer algo, no puedes descubrir que de haberlo hecho estabas a cinco minutos de conseguir uno de tus sueños… A veces, la magia se caza al vuelo y te pilla sin las botas puestas.

Nos pasan cada día mil cosas difíciles de explicar, pero en ocasiones no las vemos porque nos encuentran ocupados llorando porque no nos pasa nada… Como si al frotar la lámpara y ver al genio, nos pasáramos un buen rato contándole que estamos desolados porque nunca nos sucede nada extraordinario… Aunque en esas ocasiones, la verdad, tampoco estoy segura de que su objetivo fuera ese… A veces, perdemos oportunidades diminutas porque nos aguardan cosas más grandes. Quiero decir que, tal vez, al perderte ese sueño por no ser capaz de darte cuenta, acabas haciendo algo que necesitabas aprender antes de abrazarlo totalmente… ¿Quién sabe si eso era necesario para que pudieras apreciar ese sueño como el regalo que es? ¿y si formaba parte del plan un primer intento fallido? ¿Y si la magia no era la oportunidad perdida sino la motivación que nace en ti al saberla perdida para intentar algo nuevo? ¿Y si perdernos las señales forma parte del plan? ¿Cómo sabemos si un rechazo es en realidad lo que necesitamos para desistir de algo que no encaja con nosotros y encontrar un sueño distinto que nos lleva a ser felices? ¿Y si una mala noticia es el mejor de los regalos al final para que tomes un camino que nunca hubieras explorado?

Es como tomar un camino y equivocarse en uno de sus cruces… ¿Y si el error es la magia? ¿Y si gracias al error consigues el mapa que lleva a tu tesoro? ¿Y si topar con un muro es el mensaje para que entiendas que no es tu camino y vuelvas atrás?

Voy más allá… ¿Y si da igual el camino porque hagas lo que hagas habrá una magia que te lleve a lo que necesitas? Y cuando haga falta un error para aprender, te ayudará a cometerlo. Y cuando necesites un impulso, habrá un atajo, un acantilado que lleva a un mar inmenso para que aprendas a nadar… Y cuando haga falta que entiendas que no necesitas a nadie, de repente descubrirás que haces ese camino solo… Y cuando tengas que superar tu miedo, tal vez, encuentres un candil o incluso te quedes sin él porque debes amar la oscuridad antes de llegar a la luz…

Y no, no me refiero a que todo esté escrito. Y si lo está, es porque a cada paso, escribimos una línea de nuestra vida… Somos libres de entender y aceptar, porque la magia de la que hablo, en el fondo, sale de dentro.

Es una conexión difícil de explicar. Es la que te lleva a ti. A ese yo limpio y sin más pretensión que la felicidad. A esa persona que te habita y busca amar y ser amada como merece. Ese yo que conecta con todo, con cada fibra de este universo que vibra y nos sacude para que entendamos que no sólo estamos en él sino que formamos parte de su esencia.

Ese yo enorme y a la vez extraordinariamente humilde. Ese yo que se da cuenta de que todo pasa por y para algo…

La magia pasa a través de nosotros para que podamos ejercer de nosotros mismos, para que cumplamos nuestra misión… Para que cambiemos el mundo gracias a cambiar nuestros ojos al mirarlo… Para que seamos un peldaño más en esta escalera eterna que lleva a conocerse y comprender.

La magia está siempre que no se la espera. Subyace en todo. No se la puede ver pero se la puede sentir… Y sentimos tan poco, porque no dejamos de pensar en bucle, sin sentido, sin esperanza… La magia te calma cuando te encuentra en calma… Te aquieta el alma cuando consigues primero que tu alma esté quieta para poder apreciarla.

Se manifiesta muy rápido cuando no tienes prisa.

Le da la vuelta a tu mundo cuando ya no necesitas que lo haga porque has descubierto que te tienes a ti mismo.

Obra el milagro un segundo después de que descubras que ya no te importa si habrá milagro porque confías en ti.

La magia esquiva la impaciencia y la desconfianza. Para la partida cuando ganabas porque en algún instante dejas de creer que te lo mereces. Te obliga a mostrarte cuando te escondes…

La magia aleja los sueños de quiénes no se consideran dignos de ellos… Dibuja en el mundo una réplica exacta del mundo que llevamos dentro… Lo reproduce con tanta fidelidad que puedes saber exactamente cuánto te amas, al observar la distancia que hay entre ti y tus metas… Te cambia las preguntas cuando encuentras respuestas para que sigas creciendo…

Dibuja puertas en las paredes que sólo se abren cuando realmente estás convencido de que son tus puertas.

Teje redes justo después de que des el gran salto sin importante si hay red. Te hace crecer las alas medio minutos después de que decidas que pase lo que pase vas a volar.

La magia va inventando el camino a medida que tú lo vas imaginando y visualizando, y se vuelve sólido a cada paso que das hacia lo desconocido.

Ama a los osados y les deja pistas por todas partes para que sepan que pueden seguir. Escribe mensajes en el reverso de las hojas de los árboles cuando estás cansado y te sientas bajo ellos a la sombra…

Hay magia, mucha, mucha, pero pide confianza y compromiso.

La fe ciega en ti y la deliciosa locura de negar a veces tus sentidos y creer lo que nadie ve y sentir lo que nadie más siente.

Hay magia, pero pide paciencia eterna.

Alguien muy sabio me recordó el otro día “No esperes nada… No esperes nada de nada ni de nadie”y es verdad, la magia ama apasionadamente a aquellos que dan sin esperar nada cambio y no se apegan al resultado…

Tal vez, la magia no sea esa sincronicidad en la que a veces nos encontramos inmersos o esos hechos sucesivos que algunos llaman casualidades y otros causalidades… Tal vez la magia sea lograr primero esa confianza en ti mismo y esa paciencia que te permitan llegar a dónde quieres y tocar al milagro.

Quizás la magia no es el milagro sino el proceso interior que se obra en ti para conseguirlo.

Hay mucha magia en todas partes, respira hondo y deja que te invada y habite.

Tal vez, la magia eres tú cuando aceptas de una vez  por todas tu grandeza y decides que ya nunca volverás a resignarte con una vida mediocre.

Sincronicidad : la simultaneidad de dos sucesos vinculados por el sentido pero de manera acausal,  Carl Gustav Jung.

 


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La magia de lo imposible


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Toca dar las gracias ahora, por todo lo bueno y por lo que parece terrible pero acabará siendo energía pura para seguir adelante.

Una de las cosas que he aprendido los últimos años es que cuanto más se empeña la vida en golpear, más capacidad de encarar adquieres… Te vuelves flexible, fuerte, valiente, casi casi… perdón por la osadía, un poco más sabio… Y claro, osado. Esa osadía es la que te convierte en alguien distinto. El enorme poder que te confiere sobre ti mismo y sobre tu vida llevar un poco la contraria y no sumergirte en el conformismo… No subsidiarte a ti mismo sino hacerte levantar y seguir… La osadía de preguntarte cosas que parecen no tener respuesta y de meterte en situaciones que dan tanto miedo que a veces, cuando te flaquean las fuerzas, un sudor frío te invade el cuerpo y notas como el corazón se te acelera… Es tu yo asustado y antiguo que intenta que te rindas porque no puede más.

La osadía de creer que tú eres uno de ellos… ¿Quiénes son ellos? Los que llegan, los que lo consiguen, los que se dejan a veces pedazos de vida absurda en el camino y renuncian a su cansancio, a sus ganas de salir corriendo… Renuncian a estar acompañados si esa compañía les araña el alma, aunque hacer el camino solos les mantenga el corazón inquieto y les haga sentir inseguros.

Mejor un alma alborotada que un alma dormida.

Mejor un sueño a medias que una parodia de vida.

Mejor dejar lo que no nos hace bien, que pasarnos la vida justificando lo injustificable y engañándonos pensando que va a cambiar sin que nosotros hagamos nada. Si aceptamos algo que no respeta nuestra esencia, perdemos nuestra esencia… El árbol muerto no da fruto.

Toca dar gracias ahora por haberse dado cuenta de lo que es y lo que no. Por los momentos dulces de caminar en una cuerda tan floja que a veces te encuentras sujeto a ella sin estarlo y te descubres levitando…Con medio cuerpo suspenso y media alma cosida al cuerpo para que no caiga.

Toca dar las gracias porque a menudo cuando te quedas paralizado y se te cierran todos los caminos, te das cuenta de que ha llegado el momento de volar…  Y vuelas. No sabes cómo, pero lo haces. Un día te encuentras haciendo algo que hace veinticuatro horas era impensable, increíble, imposible. Y rompes la cáscara imaginaria de la que no te atrevías a salir. Y sales del círculo que te rodea. Te encoges de frío y de miedo y de cansancio… Y sientes que estás loco y no podrás. Lloras de pánico, pero puedes… No sabes cómo, pero lo haces. Piensas que no puedes hasta que te encuentras haciéndolo y te quedas alucinado contigo mismo mientras las lágrimas de emoción te surcan la cara, que arde intensamente sin saber por qué.

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Entonces, ves claro que debías dar ese paso.  Para ser libre hay que tomar decisiones que dan a veces mucho miedo… A menudo, no ves el lastre a soltar para ir más ligero porque está tan incrustado en tu vida que parece una parte de ti y confundes tu miedo con un razonamiento lógico y huyes de él, cuando en realidad, es la puerta a cruzar para poder llegar a tus metas. Llevamos tantas respuestas escritas en la espalda que sólo se ven si sueltas la carga y miras atrás ante el espejo con ojos de sabio… Si te das la vuelta a ti mismo y cambias de perspectiva… La vida siempre te deja escritas  las pistas para pasar sus pruebas en esos lugares que no te atreves a pisar. Como llevar las chuletas escritas al examen y no atreverse a mirarlas… En el fondo, todo es una invitación a salir de ti, a pasar la línea y romper algunas normas absurdas que hace siglos te impusiste y nunca más te has planteado por qué.

Y ves que el triunfo no es la meta, ni el sueño, ni el reto. El triunfo es el salto, el haber salido de ti, el haberte atrevido a romper contigo mismo para encontrarte de verdad. El regalo es esta persona que eres ahora, que vibra en ti y que antes estaba oculta en tus pliegues suplicando salir…

No importa no llegar a  alcanzar tu sueño. Tal vez incluso, al mirarlo, te das cuenta de que ya no brilla tanto… Lo que importa es que tú ya no eres el mismo. Ves más cosas, piensas distinto, sientes distinto… Te miras y ves a alguien capaz, alguien que salta y vuela. Y te da cuenta de que da igual lo que busques, lo realmente importante es quién eres. Tu sueño es casi una excusa.  Ahora puedes decidir seguir si realmente te llena, si te invade de felicidad, si es un sueño de esta nueva versión de ti más lúcida y sabia.

Ahora puedes decidir si era un medio o era fin. Si lo querías para crecer o lo necesitabas para demostrarte algo. Si te representa o te limita… Si va con la nueva persona que te habita o era un peaje de la antigua… Los sueños no están ahí para que brillemos después de conseguirlos, están ahí para que brillemos antes. No son la causa de nuestro cambio, son la consecuencia…

Si te ves en tu sueño todavía después del proceso, tómalo… Lo tienes cerca porque ya eres esa persona que logra sus sueños.

Si te queda pequeño o viejo, suéltalo y siente de nuevo tu camino…En un esquina hay algo nuevo, seguro. La nueva persona que eres se motiva fácilmente porque todo lo que necesita para hacerlo lo lleva dentro.

Te preguntas cómo no pudiste verlo antes, que el regalo por este trabajo complicado eras tú. El premio por manejar tu vida, por responsabilizarte del camino, por tomar decisiones complicadas y soportar el frío necesario para crecer… siempre eres tú.

Ahora toca dar gracias por haber abierto los ojos…Por esa conciencia que ha aumentado de tamaño y esa capacidad de entender que necesitas seguir… Ahora toca volar aún más.

Eres tu gran conquista.

A veces, la vida no te da más opción que intentar lo imposible… Y tú no tienes más remedio que conseguirlo.

A veces, la vida te pide tanto, que te ves obligado a hacer magia.


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Amo la imprudencia de mis palabras…


FOTO PORTADA LLIBRE GUAICuando era una niña y todo se ponía negro y lúgubre, escribía. Imaginaba historias y apuntaba algunas palabras que me venían a la cabeza en una pequeña libreta. Era un proceso mágico. Aquello me hacía soportar los pequeños tropiezos del día a día. No sólo porque calmaba mi necesidad de explicar al mundo mis miedos y compartirlos, sino porque pensar que algún día podría llegar a escribir un libro me daba esperanza. Era como una forma de demostrar que podía, un reto por el que luchar y seguir. Tomar el dolor y fabricar algo bueno y bonito con él. Dejar escuchar mi voz, una voz que estaba siempre bastante callada. Yo era una niña tristona y poco atrevida. Una de esas niñas que se ocultan y no osan a decir nada para no molestar.

Y pasé años sin molestar. Creo que hubiera podido reventar por acumular dolor, rebeldía  contenida y ganas de gritar al mundo lo que no me gustaba si no hubiera sido por las palabras… Por los miles y miles de palabras que escribía. Poemas, reflexiones, cuentos, novelas absurdas… Nada que pensara que valía la pena, pero para mí su valor no era literario sino terapéutico.

Acumulaba hojas que se iban marchitando y se ponían  amarillentas hasta que el ordenador llegó a mi vida. Mi corazón soñaba con escribir y publicar, pero jamás me atreví a mostrar nada.

Pasaron los años… Y seguí con mi terapia de palabras para curar penas y derrochar ese dolor que me sobraba porque mi mundo, a menudo, era oscuro porque yo no me atrevía a abrir las ventanas y dejar entrar el sol. Decidí que quería ser periodista porque pensé que escribir era lo único que podía hacer y que sería la forma de dedicarme a lo que realmente me gustaba y cobrar por ello. Con ello disfruté mucho… Era un reto, la niña que se escondía, hablando por la radio, haciendo preguntas impertinentes… Y luego, la televisión… Uf, aquello ya era una barbaridad. Me demostré a mi misma que puedes darle la vuelta a todo tu mundo sin perder la esencia, sencillamente sacando tu yo más intenso y oculto.  Comunicar me encanta, me apasiona… Considero que dominar la comunicación lo cambia todo y aporta un valor exponencial a las personas…

Aunque cuando llegaba a casa y escribía seguía siendo la niña huidiza, torpe, miedosa… Cuando estaba ante la cámara me transformaba, pero era aún incapaz de mostrar lo que escribía a no ser que fuera por trabajo. Me había convertido ya en una mujer creo que bastante fuerte y había superado, como muchas otras personas, algunas pruebas muy duras…

Y hace cuatro años empecé un blog.  Lo hice porque estaba en un momento de tránsito mental. Porque mi relación con las palabras era una asignatura pendiente de sacar a la luz. Les tenía que dar lo que les debía… Y ya que por mi trabajo no quería escribir sobre política para no perder mi necesaria neutralidad (yo lo veía así, hay quién sí opina y me parece bien) decidí escribir sobre la vida, sobre personas. Contar lo que sentía, lo que me motivaba, lo que importaba, lo que comentaba con mis amigos, lo que me decía gente que sabe de la vida y que ha acumulado dolor como yo y tantos otros… Decidí mostrarme tal y como soy.

Las palabras me han dado mucho y quería compartir con todos que me había dado cuenta de que curan, que ayudan a unir y sacar el asco de dentro para tomar el control de tu vida…

Me desnudé de forma integral. Me hice una autopsia y escribí de la forma más sincera que pude. Lo hice convencida de que otras personas podrían sentirse como yo y esto les serviría de compañía, para demostrar que no estamos solos y que todos somos un poco lo mismo…

¡Cuánto miedo tenemos! Y cómo ese miedo absurdo a quedar mal, a hacer el ridículo, a sentir, a no sentir, a soñar y no conseguir, a tener y perder nos puede cortar las alas… Cómo ese miedo nos sesga la vida, cómo la limita y encierra en una jaula…

Y a medida que escribía decidí salir de la jaula más y más. Mi mundo se tambaleaba y en lugar de volver al rincón y encerrarme en esa niña triste, decidí plantar cara y seguir… Perdí casi toda la vergüenza y dejé que las palabras fluyeran a través de mí.

Escribí sin parar. Aún lo hago. Y muchas personas me siguieron con cariño y con ganas enormes de plantar cara también… Hubo magia en todo esto, mucha. No sé cómo ni por qué. Personas dándome las gracias por escribir cuando era yo la que estaba agradecida de merecer que me leyeran. Conecté muchas veces y aprendí millones de cosas de charlas improvisadas, mensajes, correos… No nos damos cuenta pero en el mundo hay mucha gente maravillosa que no lo sabe, que ignora su belleza y su valor  y que necesita un empujón para notarlo. A veces es una palabra…

Cuando la gente se motiva y deja de lado miedos y derriba muros… Es increíble, saca lo mejor de sí y brilla. Yo me he sentido capaz de volar cuando algunas personas me han dado las gracias … Y he tenido que dar millones de gracias por su apoyo… Eso me hace muy afortunada, lo digo de corazón.

Cuando conectamos con otros y nos mostramos tal como somos, brillamos. Y cada una de las personas que me han leído, sea una o mil, todas importan y merecen mi agradecimiento, me han dado alas y ánimos.

Y gracias a ellas, a todas, a las que les ha gustado y a las que no, el lunes día 30 se hace realidad mi primer libro. Como decía el otro día, un sueño que huele a libro… Parte de su mérito es de aquellos y aquellas que me leen. Quién escribe no es nadie si nadie le lee… Y tampoco sin que nadie le publique y en eso también he tenido suerte y he encontrado quién confíe en mis palabras y quiera compartirlas más allá de las redes sociales.

Mi libro saca a la niña del rincón y le dice que puede, que por fin su dolor y el de muchas otras personas sale a la luz y tiene forma, que tiene sentido, que ha valido la pena porque le ha permitido madurar  y aprender.

Un puñado de reflexiones que no sé si son acertadas, algunas sí y otras tal vez no, pero que están escritas con el alma desnuda y la osadía al límite, con toda la pasión posible…

Un puñado de palabras impertinentes, irreverentes y sobre todo, imprudentes… Porque ya nada se puede callar y todo debe poder decirse desde el respeto y las ganas de crecer. Porque lo que se calla araña y quema por dentro.

Seamos imprudentes y atrevidos, no nos quedamos a medias en nada porque la vida está para vivirla  por entero. No nos quedemos con las ganas ni pidamos perdón por existir ni permiso para actuar… No molestamos nunca. No sobramos. No nos compensa el miedo más que a tener miedo… No nos encerremos en nosotros mismos ni fabriquemos nuestras propias jaulas… Corramos el riesgo de hacer lo que nos hace felices, aunque para ello tengamos que cambiar todo nuestro mundo establecido y calculado.

Me costó mucho pero ahora, de verdad, amo la imprudencia de mis palabras… Son vuestras también… Y prefiero pasarme a quedarme corta, a quedarme con las ganas, a existir a medias, a vivir a través de una burbuja.

Lo que más feliz me hace no es sólo ver hecho realidad este sueño, sino hacerlo con buenos compañeros de viaje, personas que me han apoyado y dado fuerzas cuando las mías flaqueaban. Quién tiene a su lado personas que le dan aliento y cariño tiene lo más grande… Un tesoro impagable que mantener y hacer crecer. El amor que damos y el que recibimos son nuestra motivación. Nuestros sueños ponen en marcha esta máquina maravillosa que somos nosotros mismos y creamos aquello en lo que creemos.

Muchas gracias por compartir este camino. Muchas gracias por leer mis palabras imprudentes…

 


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Darle la vuelta al mundo


Hace un rato he estado charlando con una persona increíble. Hay tantas personas increíbles, algunas, como ella, ignoran aún en su totalidad lo maravillosas que son.

Hemos hablado de “discapacidades” y problemas físicos. De lo difícil que es a veces sobreponerse a los tabús de esta sociedad que no ve más allá de la superficie. ¡Cómo son las palabras! Yo siempre digo que curan, pero a veces son mordiscos, arañazos, losas que nos pisan las ilusiones, que nos meten en recuadros, que nos ponen un número y nos colocan en un catálogo. Las palabras pueden llegar a bloquear a las personas porque se transforman en emociones negativas y nos aniquilan por dentro. De eso hemos hablado…

¡Qué repugnantes algunas palabras cuando se usan para limitar a las personas! Cuando se usan para cerrar puertas y, aún peor, cerrar mentes y obligarnos a que todo sea hastiosamente gris y estandarizado, asqueantemente “normal” como dicen algunos…

Lo normal es enemigo de lo mágico, de lo maravillosamente distinto, de lo deliciosamente extraordinario… La rarezas nos obligan a cambiar y dar pasos de gigante… Los grandes remedios y descubrimientos de la humanidad los han llevado a cabo los raros, después de probarlo todo mil veces y acabar rompiendo moldes, superando patrones… Dejando la normalidad a un lado y el miedo encerrado en un armario.

Por eso, cuando nos hemos puesto a hablar con esa persona maravillosa de su discapacidad, he pensado que era imposible que ella pudiera definirse con esa palabra. ¿Discapacitada? ¿por qué? ¿quién lo decide? ¿cómo se mide la capacidad? ¿cómo se mide la belleza?

Si me falta una pierna ¿soy menos persona? ¿y un brazo? ¿y si… ? Si soy bajo, gordo, si voy en silla de ruedas, si no oigo o no veo, si no llego a resolver los grandes paradigmas matemáticos, si no encuentro las palabras necesarias para explicarme a veces, si no tengo memoria, si queda claro que no descubriré la penicilina, si no me puedo mover porque mi cuerpo está atenazado por el dolor… ¿soy menos que otros? ¿menos que quiénes? ¿Que los que no saben amar? ¿Que los que no saben perdonar, ni valorar a los demás, ni aprender de sus errores? ? ¿quién pone las normas para decidir qué seres humanos merecen la pena y cuáles no?

Lo digo porque la persona con la que estaba hablando, con una discapacidad, se había superado tanto a si misma que si tuviera que definirla jamás usaría esa palabra terrible. La llamaría genio, sabia, magnífica, fascinante…

Alguien que nos puede dar lecciones de todo. Lecciones de vida. Y me hablaba de algunos que la habían rechazado por los problemas físicos generados a causa de su enfermedad… Esos sí que son discapacitados, discapacitados emocionales. Personas sin capacidad para entender y empatizar, sin posibilidad de ver más allá de la superficie ni ganas de explorar lo mejor que le pueden ofrecer otros seres humanos… ¡Qué pena! Debe tratarse de personas “normales”. Ese tipo de personas que nunca ha cruzado la línea de lo mágico, de lo que no está escrito ni preparado, que nunca se ha dejado llevar ni ha asumido sus rareza. Personas que se creen perfectas y que ignoran que la perfección, de existir, sería de todo menos deseable.

Todos somos discapacitados. Todos somos imperfectos y nos equivocamos. Todos andamos a ciegas en algo y necesitamos ayuda para hacer mil cosas. Todos tenemos faltas. Todos caemos. Todos tenemos defectos… Aunque nada de todo esto es lo que nos define, lo que nos convierte en personas válidas es la forma que tenemos de vencer esas vicisitudes, de plantar cara a los problemas y superarnos. Lo que nos hace mejores es la inteligencia que nos lleva a hacer de nuestros defectos pequeños trampolines para tomar impulso y crecer.  Una inteligencia que va más allá de repetir fechas y nombres, la inteligencia de los que saben soñar y sentir. La inteligencia de los que saben escuchar y no arrasar con los demás… La inteligencia de los generosos y los humildes. La inteligencia de los que saben perdonar y quieren conocer.

A veces, lo que nos falta, actúa como estímulo para darnos un talento extra si sabemos no rendirnos… Nuestros defectos nos ayudan a madurar. Lo que creemos que nos convierte en discapacitados, en realidad, nos hace ser grandes. Lo que a ojos del mundo podría hacernos “no válidos” nos transforma en seres prodigiosos… ¿Qué importa lo que diga el mundo que somos? ¿qué más da lo que diga un papel que podemos o no podemos hacer? Somos más que un informe, que una categoría o un síntoma. Somos más que una patología o su consecuencia. Llevamos en nuestro interior algo que no se mide ni cataloga, que no se vende ni se encierra… Somos más que nuestras circunstancias porque cada día las superamos y damos un paso más allá de lo que está escrito que podemos hacer.

Salimos de los esquemas. Rompemos moldes y prejuicios. Saltamos lo que era insaltable y llegamos a donde nadie creía que éramos capaces de llegar. Superamos metas inalcanzables y borramos los límites que alguien que no nos conoce había dibujado para nosotros. Somos ilimitados. Somos lo que podemos imaginar. Lo que podemos soñar. Lo que hemos decidido que queremos tocar y disfrutar. Y nuestras discapacidades son el impulso, la energía, lo que nos llena del ímpetu necesario para construir alternativas, para reírnos de lo que dicen las normas y los catálogos… Para salir del mapa reducido y limitado que otros han trazado y que parece nunca podíamos abandonar.

Sólo hay que darse cuenta del valor que llevamos dentro esperando a ser mostrado y compartido y no dejarse encarcelar por las palabras, ni por las personas que no saben ver más allá. Porque lo merecemos… Para que los que esperan poco de nosotros vean que se equivocan,  llevémosles la contraria a los que sólo ven nuestras discapacidades, salgamos del mapa que se nos queda corto y démosle la vuelta al mundo…


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Sola


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Estaba tan sola, que sólo la miraban los cerrojos de las puertas y la acompañaban los búhos imantados de la nevera.

Tan sola que notaba los bocados del viento frío en sus piernas cuando se quedaba dormida ante la ventana y sus ojos tristes atraían a las hojas secas del otoño que flotaban perdidas en el aire…

Tan sola que la niebla se le había metido en los pliegues y era capaz de percibir en su piel el olor fresco de la hierba mojada.

Soñaba que conversaba, que reía, que alguien curioseaba en su nuca esbozando un beso dulce, una mañana de domingo… Que alguien la miraba mientras cruzaba el parque surcado de hojas ocres un martes por la tarde cuando el sol se ponía y su mente volaba.

Soñaba que corría apartándose las ramas de los árboles y que tomaba aliento ante una fuente de piedra donde una madre le acariciaba la cara a su hija y apartaba de su frente un mechón de cabellos amarillos. Soñaba que podía retenerlas en su memoria para echar mano de ellas y de su felicidad inmensa cuando volviera a esconderse en ese zulo interior donde todo es siniestro o está marchito…

Soñaba que alguien se quedaba para poder ver su rostro cuando llegara la mañana y encontrarla despeinada.

Aunque era sueño, era bruma… Porque estaba tan sola que notaba el vaivén de las olas de un mar antiguo que hacía eternidades que no pisaba.

Era tan fuerte que sólo podía romperse desde dentro.

Era tan frágil que podría desvanecerse si una ráfaga de viento le trajera a la memoria un nombre inadecuado, proscrito, oscuro, sombrío…

Eran tan hermosa, que su belleza era un secreto y su beso un rezo que susurrar a oscuras.

Acumulaba una pena dulce en su boca amarga.

El otoño entraba en su pecho y el lecho de hojas rojas y ocres inundaba su cama solitaria…

Con ganas de salir aunque sea para entrar en otro marasmo.

Con ganas de romper aunque le suponga romperse…

Con ganas de cambiar aunque sea para mal, aunque acabe dándose un golpe de realidad y le queden los dientes en una carretera imaginaria y deba pagar un peaje inasumible.

Con ganas de rumba, aunque no suene nunca rumba. Con deseo de furia para liberar toda la rabia contenida en su garganta silenciosa y abnegada…

Con ganas de probar aunque el sabor sea acerbo y la textura áspera.

Estaba tan sola que podía oír el eco de su respiración… Tan sola que sólo la abrazan las sillas y la acarician las sábanas. Sus labios de flor común no buscan más besos que las palabras y bailan tristes suplicando plegarias repetidas y gastadas.

Tan cansada que le pesan las pupilas. Tan triste que ya no le quedan lágrimas.

Tan helada que sólo la traen a la vida las tazas de café.

Abre la ventana. Un hilo de aire helado de este otoño amarillo se cuela en su blusa y dibuja un escalofrío en su espalda… Tan suave como una mano soñada, tan lúgubre como una tarde de lluvia eterna ante una historia triste en una novela que no se acaba…

Tan sola como una playa desierta o una rosa roja entre un puñado de rosas blancas… Tan desgajada del mundo como una nube perdida en una cumbre  o una encina centenaria.

Tan mustia como el tallo desnudo de lo que fue una flor en un jarrón olvidado.

Tan rotunda como una luna eclipsada y roja… Tan desesperada, que no tendría reparos en tomar sonrisas prestadas.

Tan encogida, que nadie le habla por si no existe. Aunque suplique ser bendecida por las palabras…

Y justo cuando ya no lo soporta,  mira a lo lejos, en esta tarde que acaba… El último rayo de sol dibuja una sombra y le devuelve una brizna de esperanza… Tan amarilla como este otoño amarillo y caprichoso. Tan tenue que se abalanza para agarrarla por si desaparece.

Entonces, lo sabe… Vive porque imagina, porque sueña, porque es capaz de sentir intensamente y volar de recuerdo. Porque no deja la mente quieta ni se da por vencida nunca, aunque la arena se convierta en piedra y el agua sea plata… Porque después de llorar, se lava la cara y esboza una sonrisa falsa para tomar aliento… Por si el gesto llama a la alegría… Porque está segura de que encontrará al forma de salir de este acertijo…

Sabe que no puede controlar el otoño, ni las hojas que bailan. No puede convertir la indiferencia de otros en cariño, ni llenar su habitación vacía. Todo lo que excede de su perímetro, escapa a sus deseos… Aunque, a partir de ahí,  en su reino, en su cabeza y en su pecho, ella es la que manda… No puede cambiar sus ojos pero si decidir cómo son sus miradas y a qué las dedica.

Lo sabe. Sabe que, a veces, sobrevive porque tiene un mundo interior enorme donde todo es posible si lo sueña e imagina. Porque sabe inventarse momentos felices de la nada y tragarse realidades crudas con un pedazo de pan y una pizca de magia…

Porque un día de estos encontrará la manera de darle la vuelta a todo y conseguir que la marea que ahora la arrastra la empuje a la orilla, y tomará toda su tristeza acumulada para fabricarse un paracaídas.