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la rebelión de las palabras


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El maestro


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A veces, el maestro también se pierde en sus lamentos y equivoca el camino…

El maestro que va por la vida predicando que las personas deben callar un rato y escuchar, perderse entre las calles y quedarse embobados mirando la belleza de lo que les rodea, a veces está tan ocupado predicando que no se encuentra a sí mismo… Que no busca tiempo para mecerse en su sombra al sol un rato y ver que en los geranios de su casa hay tallos nuevos y flores todavía más rojas…

Su necesidad obsesiva por compartir con el mundo el mensaje que ha descubierto, como si le hubiera sido entregado como un regalo, como un sueño, como esa misión que todos tenemos en la vida, hace que se pierda entre palabras… Porque las palabras son magia pura si sabes usarlas, habitarlas, vivir en ellas y actuar según las emociones que en ti suscitan…. Si después de recitarlas y sentirlas la próxima vez que dudas decides apostar por ti porque leíste que podías, porque alguien te recordó que merece la pena el riesgo y viste claro que aquello que te decía era bueno para ti…

A veces, el sueño del maestro es, a pesar de que predica lo contrario, salvar al mundo. Habla de que todos somos responsables de nuestras vidas, que el cambio que esperamos empieza por nosotros mismos, que la gran lucha es la paz, que el amor nos va curar de todo (empezando por el amor a uno mismo). Nos pide que aceptemos la vida y aceptemos a los demás tal y como son pero incumple dicha lección cuando obsesionado por salvarnos y compartir sus enseñanzas, insiste y se fatiga y no tiene momento para aceptar que todavía no estamos preparados ni hemos llegado a ese momento en el que podremos aceptar…. Y no se deja margen para él, porque cuando no acepta que no queremos su mensaje, no nos acepta a nosotros y se ve como un fracaso… Y no se ama como se debe amar a sí mismo y no se perdona ni comprende. Hasta que se da cuenta de que se ha perdido y vuelve a su camino, a su mensaje y abraza su frustración para aprender algo nuevo. 

El maestro no sólo debe haber leído libros y acumulado títulos. Debe haber acumulado experiencias y embestidas de la vida, debe haber fracasado ante en todo aquello que predica para comprender cómo sus alumnos se equivocan y tropiezan con todas y cada una de las lecciones que les predica…

Debe ser maestro en errores, en miedos, en haber estado días, semanas, siglos intentando algo del modo erróneo hasta descubrir que en realidad era muy fácil y tenía la respuesta delante y no era capaz de verla… Porque el principal error que comentemos siempre es el de percepción…

El maestro llora y aprende cada día de cada uno de sus alumnos y es a su vez alumno de cada uno de ellos y de otros maestros que se cruzan en su camino…

El maestro tiene que abrir su mente para que durante el camino le lleguen nuevas ideas y aprendizajes que le harán cambiar sus lecciones y su discurso, a veces tanto, que debe tirar sus apuntes… Y no esperar nada de nadie, nada concreto, porque así dejará que la vida le traiga nuevas sorpresas que podrá recibir sin creencias que le limiten y le hagan juzgar lo que pasa y no pierda así la oportunidad de ver la belleza en lo inesperado…

El maestro no puede querer salvar al alumno, debe guiarle para que sea él quién se salva a sí mismo. No lo lleva de la mano, le enseña cómo volar…

El maestro comparte desde la libertad y debe aceptar que sus alumnos decidan no aprender. Asume vivir cada día y cada lección como si fuera la primera vez que la cuenta, que la comparte, con el entusiasmo de un niño, la pasión de alguien que ama lo que hace y lo vive a cada instante y generosidad de alguien que ha descubierto que es más feliz cuando da que cuando recibe y que siempre acaba recibiendo más de lo que aporta si lo hace con ganas.

El maestro es a veces el que más se salta las normas e inventa unas normas nuevas, el más loco, el más rebelde, el que más cuestiona todo lo que nos rodea y nos invita a hacernos preguntas cada día para que sepamos si todavía pensamos lo mismo… Si a la luz de nuestro crecimiento interior, algo de lo que creíamos que era sagrado resulta que ahora vemos que se tambalea o nos parece absurdo…

El maestro tiene miedo también y duda, duda mucho… Cuánto más sabe más duda porque sabe que le queda mucho por aprender y está ansioso por ello, aunque ya sabe que el mejor aliado del que busca es la paciencia infinita y la certeza absoluta de que la incertidumbre es su compañera más leal…

Y sabe que esta puede ser la vencida… Que el tiempo es finito y la vida es un soplo que vale la pena notar y abrazar. El maestro sabe que a menudo para ganar algo mejor hay que perder la partida, la razón, abandonar la pelea y la disputa y quedarse con la paz de no tener que vencer ni demostrar… El maestro nunca se hace viejo, cada día es más joven, más niño o más niña y mira al mundo con ojos más inocentes y más nuevos… Mira y se da cuenta de que desconoce, que no sabe a pesar de todo porque siempre le queda por aprender.

El maestro a veces tiene que retirarse a dejar de pensar un rato para vaciarse de pensamientos gastados y corruptos y dedicarse a percibir… Quedarse callado y conectarse a sí mismo para saber que todavía vive en ese estado de equilibro que todo lo hace más fácil y que no ha perdido el mayor de los tesoros…. Su coherencia.

Gracias por leerme… Escribo sobre lo que siento o he sentido y el camino que he hecho hasta llegar aquí (aunque todavía estoy a medio camino de algún lugar). En este camino he aprendido poco a poco a aceptarme y amarme (aún me falta mucho, soy consciente).

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Cuando el alumno está preparado, aparece el maestro


 

A lo largo de la vida topamos con muchos maestros. Uno por cada miedo que nos atenaza. Por cada riesgo que no queremos correr… Por cada fantasma del pasado que preferimos ignorar… Por cada pasión que renunciamos a vivir. Cada maestro viene a ponernos a prueba por algo distinto. A veces, es difícil reconocerlos porque van disfrazados y están ocultos. Un maestro es cualquier persona que nos ayuda a crecer, aunque sea a patadas.

 


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El arte de entusiasmar


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Siempre ha pensado que la educación es aquello que hace que al final no importe de dónde vienes, sino a dónde vas. La forma más inteligente de justicia social, la que permite que todos tengamos las mismas oportunidades, pase lo que pase, y salgamos de la casilla que salgamos en este juego que es la vida. Por ello creo que como sociedad estamos fallando por estar perdiendo el tiempo y no invertir más en educación. No hablo sólo de dinero, hablo de ideas, de esfuerzos, de proyectos. Hablo de invertir en grandes cambios que propicien mejores resultados, no sólo académicos, también sociales. Y hacerlo a todos los niveles y para todas la edades. Concebir la educación como algo que nos acompaña toda la vida, como una forma más de crecimiento personal que nos permite, además, afrontar el reto de estar en una sociedad cambiante y flexible. Hagamos que ese cambio sea una oportunidad de mejora, no cerremos los ojos a la necesidad de dar un vuelco a la formación para hacerla más adecuada y más humana. Creo en una sociedad en la que se deben tener más en cuenta los méritos, pero para llegar a ella, hace falta primero crear una sociedad justa y llena de oportunidades para todos.

La vida es una escuela constante y debemos irnos preparando para el reto que se nos viene encima a cualquier edad. Debemos aprender siempre… Y no sólo aprender conocimiento sino aprender a aprender, aprender a tener ganas de aprender, aprender a querer ser mejores y despertar a nuevas experiencias. Aprender a pensar y llevar la contraria si hace falta… A asumir riesgos necesarios para calibrar nuestros logros. Aprender a creer en nosotros mismos y en nuestras capacidades… Aprender a hacernos cada vez más preguntas que nos ayuden a evolucionar, a mejorar nuestro entorno. Acabar con la rutina y la resignación, estimularse cada día y darse cuenta de que nunca es tarde. Aprender cómo generar nuevos empleos de calidad para los que no lo tienen y darle la vuelta a las cifras hasta que estén a nuestro favor. Todos salimos ganando.

No hablo sólo de los resultados de informes a nivel internacional (que quizá deberíamos replantearnos) ni de invertir más dinero, tal vez no haga falta, pero sí invertir mejor y dar más herramientas a los formadores para poder evolucionar. No sólo eso, darle la vuelta, zarandearlo todo y cambiar el modelo, empezar de nuevo si hace falta. Buscar la forma de crecer como sociedad, educar como sociedad. No me refiero a tutelar ni a controlar, me refiero a crear las condiciones para que nadie necesite más allá de lo necesario esa tutela y pueda desarrollar sus proyectos de futuro.

Educar es el arte de entusiasmar

Formar a otras personas es algo apasionante, una responsabilidad enorme. El buen maestro entusiasma e ilusiona. Comparte la emoción que siente por lo que conoce y debe encontrar la mejor manera de compartirlo. Por ello, si el maestro está cansado, aburrido o no tiene interés por lo que cuenta porque la falta de recursos le ha agotado el ingenio, nunca será capaz de transmitir conocimiento. El maestro debe motivar y estimular. Contagiar entusiasmo y hacerle ver al alumno que puede y que a donde no llegue, él o ella le contará cómo. Por eso, quién más debe invertir en aprender es el maestro y necesita todo el apoyo para ello. Se debe formar siempre con cursos que le capaciten para motivar, para negociar, para ayudar al alumno a darse cuenta de que tiene talento y saber cómo descubrirlo. Cursos que le ayuden a dar nuevos enfoques a nuevos planteamientos. El docente no sólo da respuestas, invita a hacerse nuevas preguntas… Tal vez, no llegan más lejos los que más saben, llegan más lejos los que lo demuestran y se arriesgan a fallar.

Educar es también enseñar a quererse a uno mismo.

Esta es la asignatura más importante de la vida para todos. Quererse y conocerse. Y eso, claro, no es sólo trabajo de maestros, es un trabajo de las familias que deben ser cómplices, y de la sociedad en general. Todos debemos participar en ello. Individualmente y como padres, madres, amigos, familiares, hermanos, como profesores y desde los medios de comunicación, desde las aulas hasta a las cocinas de cada casa. Todos tenemos un trabajo que hacer para fomentar el desarrollo personal y la autoestima de los más jóvenes. Estoy convencida de que en una sociedad sana donde las personas tuviéremos un índice de autoestima elevado (no hablo de ego, ni de complejo de superioridad) se evitarían grandes atrocidades. Los que no se respetan a sí mismos nunca respetan a los demás.

El maestro siempre es el que más aprende

Todos somos maestros y transmitimos valores cada día. Los formadores de las escuelas también lo hacen cuando imparten conocimientos. Por ello deben de estar más valorados por todos y tener oportunidades para crecer y tiempo para poder hacer las cosas sin precipitarse. Preparar sus clases buscando la mejor forma de atraer e interesar y tener métodos para que sus alumnos desmotivados cambien de actitud. Creo que educar es más guiar que corregir. Es dejar margen para el error y enseñar a sobrellevarlo para aprender de él. Deberíamos, entre todos, educar para aceptar el fracaso y exprimirlo, para aprender de nuestras emociones y exponerlas, no ocultarlas. Educar para aprender y levantarse tras la caída. Educar para vivir en armonía y no sólo para buscar un empleo y hundirse en la rutina y la apatía de la seguridad. Educar para depender de nosotros mismos y saber que toda la vida tendremos que continuar aprendiendo…

Educar es crear oportunidades, enseñar a verlas y encontrarlas, enseñar a fabricarlas.

Cada uno de nosotros es una persona feliz en potencia. Cada alumno debe saber encontrar qué le hace feliz, sea lo que sea. Entre todos tenemos que decirle que puede y que debe, que se lo merece…

Iré aún más lejos. Si les educamos sólo para que tengan conocimientos académicos o dominen algunos idiomas, algo muy necesario, cuando lleven su curriculum a una empresa, no tendrán nada a su favor que les diferencie de los demás, seguirán en una larga fila de aspirantes sin destacar. Por eso, hay que educar en el respeto a la diferencia y potenciarla, para que cada uno sepa lo que le hace auténtico y extraordinario. Para que nadie se sienta excluido. Cada vez, más empresas distinguen a los que se presentan con un curriculum que refleja inteligencia emocional y los separa de aquellos que como los robots  repiten conocimientos. Se buscan líderes y personas que siempre estén en proceso de aprendizaje, se busca el poso que esos conocimientos aprehendidos ha dejado en ellos y sus ganas de experimentar y conocer.

Los reclutadores piden experiencia pero también ganas de crear, imaginación, superación personal… En el panorama actual,  la única forma sana de que las empresas sean más competitivos es a través de la gestión del talento y la motivación.

Piden líderes atrevidos que rompan las normas establecidas si es necesario. No sólo importan las aptitudes, cada vez más se valoran las actitudes y factores como la resilencia, la empatía, la capacidad de comunicar y crear, la asertividad, la capacidad  de innovar y de apasionarse en cada proyecto… Y ¿por qué no nuestros valores y nuestro sentido de la ética? Vamos hacia un mercado laboral de proyectos, a trabajar por ellos y no por horas y por cifras. Vamos hacia la sociedad el talento y tenemos que estar preparados.

Ya no basta el arte de ejecutar a la perfección, sino de generar nuevas maneras, asumir nuevos retos. Eso es lo que se paga, el ingenio, asumir el riesgo en cualquier disciplina, sea humanística o técnica. Eso se aprende desde el primer momento, a base de conocerse y aceptarse, a base de fracasar y perder miedos, a base de enterrar tabús, prejuicios y perezas. Ese es el empleo de calidad al que debemos aspirar. Empleo de calidad y profesionales convencidos y satisfechos con sus vidas porque se sienten realizados. Ese es el gran reto que tenemos y que estamos obviando lamentablemente, aunque hay esperanza porque creo que cada vez hay más personas que se dan cuenta y lo aplican desde su ámbito.

Seamos egoístas, invirtamos en educación

Hay maravillosos maestros y maravillosos alumnos. Y la mejor noticia es que serlo sólo depende de nosotros. Como sociedad tenemos una asignatura pendiente, invertir en presente y futuro, educar y dar las mismas oportunidades a todos. No sólo para evitar una injusticia, sino porque con ello invertimos en nosotros mismos. Ahora mismo, entre los niños y niñas que habitan las clases, hay grandes médicos, investigadores, escritores, emprendedores, periodistas, programadores, juristas, artistas en todas las disciplinas… Lo son en potencia. ¿Vamos a perder todo ese talento? ¿nos lo podemos permitir como sociedad? Ellos y todos los que tal vez no lleguen a la cima o no sean conocidos en sus profesiones pero estén satisfechos con lo que hacen y cada día mejoren la vida de los que les rodean con sus acciones lo merecen. Seamos egoístas, no perdamos ese potencial que nos puede cambiar la vida y darle calidad por no ser capaces de ver más allá de de los libros y los esquemas anticuados. Y sobre todo, no dejemos que nadie pierda la oportunidad de una vida plena y feliz porque no somos capaces de construir nuestro futuro sin prejuicios…

Porque al contrario de lo que decía el refrán, la letra no entra con sangre, entra con esfuerzo, con respeto y con motivación.