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la rebelión de las palabras


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El centinela cobarde


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Cuando nos encontramos a nosotros mismos. Cuando estamos a punto de sacar de dentro esa persona que somos al sentirnos acordes con lo que tenemos y buscamos. Cuando tenemos la sensación de que vamos por el camino correcto para conseguir lo que deseamos… El centinela absurdo y cobarde que habita en nosotros se despierta. Es un guardián celoso de todo lo oscuro, lo triste, lo retorcido. Todo lo que nos asusta y nos reprime. Lo cómodo, lo que te permite lamentarte y despreocuparte de seguir, de luchar, de coger el timón de tu vida. Lo que no requiere esfuerzo y te permite observar sin mojarte, sin caer, sin saltar, sin decidir. Todo lo que te hace sentir pequeño y torpe, lo que te hace callar y tragar, lo que te obliga a permanecer quieto y soñar pequeño.

Llevas largo tiempo intentando llegar a tu primera meta. Ya la acaricias. Es un primer lugar donde ser más tú, donde te has permitido soñar y pedir, un espacio donde esa persona que lucha por salir y no tener miedo puede pensar y crecer, donde arriesga y gana… Donde arriesga y pierde pero asume la pérdida como una parte importante de una inmensa ganancia llamada aprendizaje. Un lugar interior al que llegas después de topar contra muros mentales y conseguir descubrir qué quieres y adónde vas, qué buscas y qué clase de persona quieres ser el resto de tu vida. En esa primera meta del camino eres un poco más parecido a esa persona ilimitada, aún no eres ella del todo pero empiezas a notar que puedes, que te transformas, que llegado el momento sabrás cómo. Es un lugar donde el acierto es sólo un paso más y el error es un material extremadamente valioso.

Y cuando más satisfecho te sientes por el esfuerzo, por el cambio y el camino recorrido, más inquieto tienes al centinela. Está enfadado. Se agita, se pone nervioso y te contagia su ansiedad. Te recuerda lo fácil que era ser tú cuando no soñabas con librarte de él. Te pasa la película de tus tardes de lamento y tus excusas sin freno. Te pide pista para quedarte dormido, te pide sueños asequibles y noches plácidas. Te cubre la mirada de lágrimas y te eriza la piel para que tengas presente que fuera de sus fronteras hace frío. Que sin él, tal vez estés solo… Te invade de dudas, te arrolla con pensamientos oscuros y te reclama pánico. A veces, incluso te baja las defensas y te mete en la cama.

El centinela cobarde que controla que vivas a medias te busca sueños alternativos, diminutos, facilones. Te trae a la cabeza, agotada de ideas funestas, los nombres de otros cuyos centinelas cobardes han ganado la batalla. Te muestra lo felices que son con sus vidas asequibles y limitadas, con sus parodias de ilusión programada, sus miradas congeladas, sus risas de lata… Con sus existencias de plástico y sus pasiones colocadas en el horario a modo de receta. Los martes toca caricia, los jueves beso… El fin de semana tal vez incluso conversación. Sin desbordarse demasiado, sin pensar en exceso, sin plantearse nada incómodo.

El centinela está asustado. Sabe que en este momento, aún puede tenerte en sus manos, pero también sabe que si no lo consigue, corre un gran riesgo de perderte. Sabe que cada vez te domina menos, que ese tú asustadizo que piensa que no lo conseguirá está quedando en evidencia cada vez que el tú que se dibuja de nuevo sale cada día a la calle y logra vencer miedos. Cada vez que descubre que hay otra forma de ver las cosas, que lo que creía que era un obstáculo es una plataforma para lanzarse, que si miras con atención hay más barandillas a las que agarrarse… Que más veces de las que crees, cuando saltas caes de pie, porque hay riesgos necesarios, errores necesarios, dolores ineludibles y tramos estrechos del camino por los que debes pasar aunque los arbustos te arañen las piernas.

El centinela sufre. Se le acaba el tiempo y decide embestirte. Te tiene calado. Sabe qué hacer para frenar tu ansia de ser libre, de sentirte pleno, de escoger el camino. Hace salir a la fiera de dentro, al esclavo de sí mismo, al amargado, al envidioso, al perfeccionista enfermizo, al que siempre dice sí aunque no quiera, al que siempre dice no aunque se muera de ganas… Al que pone en cuarentena los deseos, al que siempre está cansado y dolorido. Al receloso, al susceptible que cree que el mundo urde tramas en su contra, al inseguro que no se atreve a existir, al de la autoestima baja que se pisa antes de que le pisen por no osar a vivir… Al que araña antes de ser arañado por si acaso, al que llora por adelantado…

Todos esos personajes que habitan en ti y en todos, en mayor o menor medida, y que se van apagando cuando les muestras que su forma de ver la vida ya no te sirve. Que su desdicha no te alimenta.

Y después de tanto trabajo por reconstruirte y dejarles atrás, el centinela es más duro, más agresivo. Parece a veces que arranque de cuajo todo lo que llevas tiempo cambiando, que el trecho andado hasta el nuevo tú se achique… Que haya vuelto a construir el hotel de los horrores que derribaste en el precioso campo de amapolas que quedó libre donde te tumbas a imaginar imposibles…

Sin embargo, no ha construido nada, no sabe, no es capaz porque sólo se construye con esfuerzo y con ganas y el centinela cobarde no los posee. Tan sólo dibuja formas, espejismos alimentados a ráfagas de pánico y momentos de debilidad. Le pone filtros a la realidad para deformarla y hacer que parezca terrorífica. Crea vacíos, arrastra tempestades a lugares donde reina la calma.

No sabe más, tiene miedo de desaparecer, de despertar de su sueño incapaz, de descubrir que ha vivido engañado y engañando.

Casi te vence, está apunto. Su triunfo es tu propia desesperación, tu rendición, tu mirada atrás pensando que no vale la pena, que no lo conseguirás. Sin embargo, su lucha, su asedio a tu nueva forma de vivir es a la vez la muestra más evidente de tu victoria. Porque sabe que te has dado cuenta de que ya no te intimida, ya no te importa lo que piensa, porque sabe que pierde la batalla. Su miedo es la evidencia de tu cambio. Su cobardía es la muestra de tu valentía. Cuánto más apenado y asustado está el centinela cobarde, más cerca estás de ti mismo… Si le ves atacar ahora, mira adelante, toma impulso y no aflojes, es que vas ganando. 

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Dentro de diez años


Una persona a la que quiero me dice siempre “si lo que ahora te preocupa no te importará de aquí a diez años, no pierdas el tiempo pensando en ello”. Es una gran máxima. Cuando estoy agotada de darle a esa máquina que no cesa en mi cabeza, y en mi caso va cada día a más revoluciones, intento recordar esta frase y valorar si eso que tengo entre manos va a marcar mi vida o no. Si lo que da vueltas en mi conciencia merece una década de recuerdos. A veces es difícil de valorarlo, un guiño, un saludo, un gesto a tiempo, pueden cambiar el rumbo de nuestras vidas… Lo pequeño es importante. Nos puede modificar las facciones y las teorías que hemos construido para vivir cada día sin que nos estalle la cabeza. Y al final, las estupideces, también. Aunque no lo harán por si mismas, sino por la categoría que les damos ahondando en ellas y convirtiéndolas en dogmas, en lemas, en máximas que nos complican la vida y nos hacen tomar caminos estrechos para satisfacer nuestros ego. El ego es un personaje orondo, enorme, busca carnaza y acumula capas de malos momentos, de pequeños orgullos disfrazados de dignidad, de iras contenidas, de rabias alojadas en algún lugar de la memoria esperando salir a airearse y clavar bocado.

Nos agarramos a menudo a pequeñas miserias, nudos insignificantes que hemos atado nosotros con incomprensión y ganas de mal rollo… Porque estamos cansados, porque hoy creemos que nos merecemos más, porque quién deseamos que nos mire no nos mira, porque quién nos observa creemos que lo hace con malos ojos… Y partir de la estupidez, la frase desafortunada o el guiño inoportuno vamos tejiendo una telaraña pegajosa que nos acaba atrapando a nosotros mismos y nos convierte en consentidas víctimas de nuestra tragedia inventada. Nos dejamos dibujar por nuestros miedos…

Con tantos motivos para reír y nos exprimimos hasta encontrar lágrimas agrias con que justificar nuestra inmadurez.

Con tantos motivos reales para llorar y penamos por ridiculeces, por malos entendidos que ya nos van bien para saciar esas ansias de brega, de soltar rienda al viento contenido que tenemos en la antesala del asco, de soltar en la cara de los demás lo que en realidad nos diríamos a nosotros mismos.

No nos enfadamos porque nos regalen una mala cara o nos suelten una palabra desafiante. Nos enfadamos porque no nos queremos lo suficiente a nosotros mismos como para escuchar esos reproches o encajar esas miradas como torpeces, tonterías… Como para saber que el que las dice tiene las mismas ganas que nosotros del salir del hoyo y da bandazos y golpes porque no soporta su existencia. Somos seres encriptados, a veces, hablamos en un lenguaje absurdo que sólo conocemos nosotros y pretendemos que el mundo calle para escucharnos. Somos egocéntricos y queremos que el mundo nos quiera incluso por encima del amor que nos profesamos a nosotros mismos, que a menudo es demasiado poco.

Y nos aferramos a la coma para borrar la frase. Nos aceleramos por un gesto y somos incapaces de dedicar una caricia… Una a quién la pide y otra a quién más la necesita… Nosotros mismos.

A veces, acabamos convirtiendo la estupidez y la anécdota en casi una religión… Reservemos a los dioses para lo grande y seamos grandes con lo pequeño.

Esa ira y esa rabia roen por dentro como un fuego espinoso y consumen las grandes ideas, esas que nos sacan de los apuros y estimulan la imaginación. Esa ira y esa rabia contenidas que no son más que dolor y frustración podrían convertirse en la fuerza necesaria para encajar según que pequeños golpes que de aquí a diez años estarán perdidos en la memoria y nos harán reír. Usemos el huracán para derribar el muro, la rabia para movernos y generar inercia que nos lleve al otro lado, al de la risa.

Si en diez años, no va a importante… ¡Suéltalo!.

Per tu,  ja saps…


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¿Recuerdas?


Vuelves a ser una niña.

Silvestre, ilusionada, rebelde… Sin más dueño que la risa ni más patria que ese rincón donde te escondes a soñar.

¿Recuerdas?

Un ramo de brezo, una pizca de sal… El aroma contenido en el armario de todas las pastillas de jabón de rosa que impregna la ropa. Olor a tarde húmeda de otoño y a sueño. El calor que cabe en la almohada de una siesta y el sabor robado de un caramelo de café. El mar encerrado en una concha. Las puntillas rotas y deshilachadas de la falda de tanto correr por el campo y pisar la hierba… De recoger flores y caracoles que escapan tras la lluvia, encontrar cantos de río de formas extrañas y soplar dientes de león esperando que tus deseos se hagan realidad.

Los pequeños tesoros en tu casa, escondidos y preciados. La magia de las pequeñas cosas. Lo inesperado, lo brillante… Lo que siempre estaba allí y tenía que perdurar. Lo que nunca hubieras sospechado que iba a desaparecer…

¿Recuerdas? Todo era eterno y parecía inmortal. Todo estaba detenido el tiempo y era asequible y cálido.

Y ahora… Todo se mezcla, todo vuelve… Comprimido en un instante, esperando en una esquina a que decidas ser capaz de mirar al pasado, de encarar el futuro sabiendo quién eres y por qué apuestas, qué arriesgas, qué cedes, qué dejas atrás. La escuela de tus tropiezos queda descubierta, cada arañazo en las rodillas es un peldaño nuevo hacia algo más grade y rotundo. Cada paso es una espina menos clavada en alguna de tus recónditas entrañas… Una pluma más en tus alas nuevas e inexpertas que ansían volar y no saben cómo. Tu piel nueva es a veces más amarga, más áspera… Aunque cuando imagina roce es suave y perfecta, se vuelve tersa y perfumada… Porque busca caricia, quiere acurrucarse y erizarse, añora emoción y sentimiento. Porque ya no se asusta cuando siente.

Ahora es uno de esos momentos en que te detienes y cuentas las migas de pan que has dejado tras de ti, miras si los pájaros ávidos y ajenos a tu rumbo se las han llevado, si fue el viento… Si dejaste poco de ti en casa palmo del camino o arrasaste con todo. Si quedaste a deber abrazos y agradecimientos que ahora ya no puedes dar porque sus destinatarios marcharon para no volver.

¿Has sido el caracol que ha cargado siempre con su casa y su carga? ¿has sido el león que devora? ¿La sirena orgullosa y descastada? ¿Has sido erizo que se asusta? ¿dónde has acumulado tus faltas? ¿dónde han recaído tus iras? ¿dónde han muerto tus sueños? ¿dónde han nacido tus miedos? 

Cada vez que has pisado ¿qué perseguías? Cada vez que has llorado ¿qué deseabas? ¿qué maldecías? Cada vez que caías, ¿por qué te levantabas? Cada vez que huías… ¿qué querías no volver a encontrar?

Ahora que sabes que siempre acabas tropezando de nuevo con cualquier cosa de la que huyas…

Que si no cumples tus sueños, se convierten en pesadillas…

Que cuando no escuchas a tu alma, tu cuerpo enferma y grita para que te detengas…

Que a veces, lo roto por el uso es más hermoso que aquello que nunca llegas a tocar…

Todos los caminos que has tomado te llevan a sentirte insatisfecha porque no has llegado al final… Porque todo lo que callas es lo que necesitas gritar. Todos las miradas que esquivas llevan tu mirada reflejada y una verdad latente que te persigue…

Todos los besos que repeles son los que más necesitas recibir…

Todas las palabras que no deseas escuchar son las que te darán la llave que abre la puerta hacia ti misma, esa que no abres porque te da miedo enfrentar.

Todas las disculpas que no has pedido laten dentro de ti como un tambor que no calma ni cesa…

Lo que te destruye, te recompone. Lo que te seduce, te ata. Lo que buscas es de lo que más huyes.

No te engañes, sin noche no hay día… Sin verdad, aunque sea cruda, no hay evolución.

Aquellos sueños que dejas atrás conducen a ti. Todos tus miedos han compuesto a pedazos tu esencia, tu fotografía actual… Tus facciones rotas y tus ojos escarchados por el tiempo y la falta de ironía… Tu dolor ha sido tu escuela. Tu tristeza alimentó tu felicidad. 

Lo que te hace llorar… Al final, te conducirá a la risa.

Lo que te asusta, te hará brillar. Sólo tienes que acercarte, con el alma desnuda y empezar… Decidir que se ha acabado toda prórroga para evitar la madurez, cualquier moratoria para no tomar las riendas y postergar la felicidad. Te toca, ahora. Asume, decide.

¿Recuerdas?

Un ramo de brezo y una pizca de sal. Un diente de león con un deseo por pedir y un caracol que escapa de la lluvia buscando un manto verde donde descansar.


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Sin prisas


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Tienes prisa para todo. Necesitas que el mundo gire, que acelere su marcha porque hay mucho por hacer y cuando lo terminas, enseguida se te ocurre algo nuevo por lo que batallar. Vives de esa emoción que surge en ti cuando buscas y encuentras.

Cuando te sientas en la silla, tus piernas se balancean como las piernas de los niños que no tocan el suelo cuando están sentados… Quieres levantarte… Necesitas pasar a la acción y caminar. Necesitas estar en eterno movimiento. Lo haces con los pies y con la cabeza. Que nunca para. Siempre inventa. Genera posibilidades. Busca oportunidades y, cuando el día está complicado y no las encuentra, las inventa.

Eres de esas que miran un vertedero y ve el paraíso que podría montarse allí si todos tuviéramos tus ganas y tu energía.

Te ilusionas. Eres adrenalina pura, viento, fuego. Estás hecha de un material irrompible, incorruptible, poroso… Lo quieres todo ahora.

Tanto vivir al borde del sueño y con los pies colgando de una silla enorme te ha acelerado. Necesitas parar y suplicarle a la peonza que deje de girar un minuto. Para saborear el instante que vives darte cuenta de lo que tienes alrededor.

Detenerte cinco minutos no hará que pierdas el tren, sobre todo porque la mayoría de trenes a los que subes te los has inventado tú, los has generado en esa máquina potente y preciosa que es tu mente.

La vida es una mezcla entre hacer que las cosas que quieres sucedan y dejar espacio y tiempo para que otras, que ni imaginas y también son buenas, puedan pasar.

Tu impaciencia ha puesto al máximo de revoluciones a la máquina que genera realidades nuevas y has forzado las cosas. Todo tiene su ritmo… Todo tiene su tiempo. Hay cosas que necesitan un empujón y otras que tienen que funcionar por inercia. Para poder escuchar, observar, sentir, notar.

Un día, no hace mucho, una mujer muy sabia que me dijo “si dominas tu impaciencia, dominarás el tiempo”.

¿Dominar el tiempo? pensé yo… Nadie domina el tiempo…

El tiempo del que ella me hablaba era el del devenir de las cosas, el que necesita todo lo que se mueve para ponerse en marcha y funcionar. El engranaje hace que la vida siga su curso. El tiempo que se genera entre dos miradas que se cruzan. El de asustarse, el de enamorarse, el de derramar una lágrima y el de sonreír. El recorrido interior que te lleva a superar una decepción o ese trayecto dulce entre que cierras los ojos y alcanzas el sueño.

Lo he entendido, al final. Puedo pedalear más rápido mi bicicleta para llegar a la meta antes, pero jamás podré acelerar el ciclo lunar. Porque nadie le dice a la luna que se apresure.

Hay cosas por cambiar y cosas por aceptar… Situaciones a las que podemos darles la vuelta y situaciones que nos hacen dar la vuelta a nosotros y modificar nuestro rumbo. A veces, no se puede ir en linea recta, aunque sea el camino más corto. Hay ocasiones en las que tendrás que correr y otras en las que tendrás que quedarte quieta.

No será fácil, pero si eres paciente, tal vez recogerás los frutos de tu espera. Aprenderás a dominar el tiempo. Conseguirás ese complicado equilibrio entre coger y soltar, entre caminar y saber cuando parar… Entre existir y soñar.


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Verano


El tiempo es elástico. Se escurre y se estira. El verano se cuela por debajo de la puerta hasta la noche, dilatando las horas de sol hasta extenuar la pupilas y vencer al sueño. Todo es intenso, todo sublima. Todo se expande, todo resucita para quedar agotado al instante buscando aire fresco y encontrando aliento cálido. El viento se empapa de sal y agita las ramas de los pinos para esparcir su aroma. Le invade el olor a mar que se mete por sus orificios y surca su rostro. Se siente ingrávida y al mismo tiempo corpórea. Camina por las dudas hasta llegar a una esquina y doblarla con temor, por si se encuentra a ella misma, con cara de risa y ganas de fiesta. Por si cede al calor y al misterio, por si acaba bailando toda la noche sin parar y sube al tren en la estación equivocada. Por si acaba cometiendo errores imperdonables y purgando penas aún no conclusas.

El fruto está maduro, tiene la sazón templada y necesaria para caer y sucumbir a su destino. Todo llega a su punto álgido, todo se dilata, todo explota, todo se agita. La luz agoniza dando al horizonte un color malva y dibujando relieves oscuros y sombras recortadas. En un momento así, piensa, cualquiera se equivoca y dice sí cuando debería decir no o no dice nada pero acaba cerrando los ojos y soltando la razón para que ruede por el suelo. Y se pierde por el camino…

Aún queda un hilo de luz que le permite distinguir entre el eco y la voz, entre el deseo y la realidad…

A pesar de todo, sabe que se dejará llevar y bailará toda la noche hasta que salga el sol y sus primeros rayos agrestes y tibios le acaricien la cara. Ella estará dormida, exhausta, envuelta en jirones de piel, al otro lado del mapa… Donde no conoce ni la lengua, ni el rezo y donde no recordará como llegó pero sabrá por qué. Abrirá los ojos hasta llenar la habitación de verde con su mirada dormida. Notará el sabor de la noche en sus labios y las horas de baile en los pies. Será verano.

A Ana I Agudo @Superana27 por sus palabras


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Sólo queda un escalón


Aquel escalón de la entrada que era enorme y descomunal ahora es chico. Aún conserva algunas muescas en las esquinas y tiene las baldosas agrietadas… Pero es el mismo, ahora visto a través de unas pupilas adultas, sin miedo pero sin magia.

Mamá era aquella casa. Cada esquina y cada rincón huelen a ella, retienen su esencia… Retienen el sonido de sus pasos, conservan el toque de sus manos… El quicio de la puerta tiene escrito su nombre. Allí había esperado muchas tardes de verano ver regresar a su padre. Le divisaba en el horizonte por su forma de andar, su gesto cansado y su cabeza gacha. Una figura tristona y recortable en el infinito… de la medida del dedo pulgar… Papá era el resto del mundo. El abismo, lo desconocido, lo que estaba por llegar, el futuro, no tenia lugar. El viento se acerca hasta la puerta y el sueño se desvanece en un leve parpadeo… todo se acaba, todo se escapa de sus manos, todo se revuelve. Una risa infantil se apaga, se funde con un suspiro adulto.

Lo único que queda es un escalón. Más pequeño que antes, más gastado por los días, distinto… Pero le sirve de ancla. La conecta al pasado, le recuerda que hubo otros momentos y que ella fue otra persona, menos ajada pero más inquieta.

El tiempo pasa rápido. Se nos come los días, nos apacigua las ansias, nos devora y consume algunos recuerdos. Nos agrieta por dentro y por fuera… pero nos calma. No cura nunca, reseca. No borra, aplaca. Nos señala con el dedo y nos arrastra a otro día y nos pone a cero el alma… Para empezar de nuevo. Todo lo consume y lo marchita. Devasta lo hermoso y juega con ventaja.

El tiempo camina si callas y si paras. El tiempo cabalga si te detienes a llorar y lamentarte y cuando necesitas sosiego… baila. Vuela, se ríe en tu cara. Agoniza y revive. Se escabulle, jamás se estanca. Nunca es cómplice, ni se acompasa a tus inquietudes, nunca cede…

El tiempo engulle vida hasta que se atraganta. Lo hace todo más sabio y pequeño. Te arrodilla y desgasta. Y esta tarde de noviembre fría y soleada, que se acaba en un par de latidos, forma ya parte de la nada.

El tiempo es el escalón que permanece mientras todo lo demás escapa.


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Retrato de una fiera


Voy a hablar de mi abuela. Un relámpago, un trueno. Un poderoso animal, cansado pero peleón. Un árbol sin hojas, pero de ramas fuertes. 

Soy la última persona a la que miró en la vida, medio minuto antes de que la morfina le nublara las pupilas cansadas y ya borrosas por unas cataratas que nunca se operó… Las listas, ya se sabe, son largas y no privilegian a los ancianos.

Mi abuela, 95 años de cuerpo cansado pero sano, sano hasta al final, sólo doblegado por una neumonía primaveral .

95 años con ganas de arañar momentos de vida aún… hasta el postrero. 95 años de pensamientos y contradicciones, de lecciones tristes y carcajadas, de pasos en falso, de miradas certeras… 95 años de pelea y genio, mucho genio, y lengua larga…muy larga, que me lo digan a mí, que me la dejó en herencia.

95 años de batalla sorda contra adversidades y pequeños inconvenientes, tragándose las ganas de relajo y las intenciones, buscando respuestas y olvidando ya casi las preguntas. Son muchos años para quien se ha tragado una guerra, ha dejado su casa y se ha reído del mundo que se reía de ella… muchos años para continuar sonriendo y buscando pequeños retos. 95 años cargando la historia de un país, recontada mil veces… con heridas abiertas y sollozos silenciados.

Mi abuela es un recuerdo agridulce. Una tarde de historias y otra de reproches. La mirada esquiva de una anciana sabia que te mira y te cala y te dice lo que no te gusta… y nunca gusta.

Es un golpe en la cabeza que te pone en tu sitio, una bocanada de realidad en un aire superficial y cosmético … un plato de lentejas en un mundo de platos pre-cocinados. Un jersey de lana, una camisa planchada… una silla de mimbre rota, un molinillo de café.

¿Qué se le puede contar a alguien que ha vivido 95 años y lo ha enterrado todo? Alguien que ha dicho adiós mil veces y que se ha tragado mil palabras… alguien que ha dejado de dormir mil noches y se ha sentido morir mil veces más. Alguien roto y cosido mil veces, que se tiene en pie porque la mala leche es más fuerte que la parca. Mil veces más fuerte…

Mi abuela; un búnker, una roca, un ejército imbatible. Asida a la vida porque pertenecía a una generación que no buscaba excusas, actuaba. Porque la educaron en el verbo, no en el substantivo.

Mi abuela; arbusto de margen resistente, soldado de trinchera, camino recto. Tierra indómita. Me dijo adiós con los ojos. Esbozó una pequeña sonrisa y bajó la guardia, por última vez. Se fue luchando, plantando cara, echando el resto… contenida, cansada pero serena… como solo lo hacen las grandes fieras.

Pasaría una tarde de domingo como ésta… moliendo café… y si leyera esto diría que soy faltona, “hirienta” y deslenguada… ¡Y sería cierto!

Sirva este pequeño retrato un poco “faltón” como homenaje a todos aquellos que como mi abuela se tragaron un guerra y la sobrevivieron.¿Vamos a rendirnos ahora nosotros?