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la rebelión de las palabras


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Vivir sin manual


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Este año he perdido el control.  Desde el punto de vista de alguien que necesita saber qué pasa y por qué en todo momento, resulta insoportable. Tener el control es vivir en una calma tensa siempre. Ponerse trampas y chivarse dónde están. Nadar en un vaso de agua y naufragar en la orilla. Cruzar el desierto de un metro cuadrado de arena y vivir una aventura sentado en el sofá… Tener el control es una alucinación, una forma de vivir en una tranquilidad falsa.

Controlar agota. Primero porque te supone estar siempre pendiente de qué sucede y llevar encima la carga de intentar estar perfecto. Segundo, porque el universo tiene sentido del humor y se asegura de que nunca lo tengas todo controlado. Por suerte, siempre hay mil cosas que se escapan a las redes imaginarias que vas tejiendo para asumir el duro trabajo de controlar…

Un tren que tarda, un niño que derrama un refresco en esa falda que debes llevar, el viento que te despeina, el amigo que te deja colgado, el teléfono que no suena, la lluvia insistente que cae con unas ganas locas para recordarte que tú no mandas en nada ni nadie…

Yo he estado un siglo intentado controlarlo todo para que nada se escapara de mi vista… Me inventé unas normas que seguir y me castigué cuando no lo hacía, sin darme cuenta de que mis descuidos y quebrantos de esas normas eran magia, eran mi oportunidad de crecer…

Controlar asfixia… Ahoga, comprime, reduce, aniquila la imaginación y te pega al suelo.

De muchas maneras, ser riguroso e intentar hacer las cosas lo mejor posible es algo bueno, claro. El problema surge cuando eso se convierte en un credo inquebrantable, en una religión. Cuando que esté bien es más importante que vivirlo. Cuando que sea perfecto te impide acabarlo o sentirlo… Cuando controlar no te deja fluir… Como bailar contando siempre pasos o tener que contar las gotas de lluvia de un aguacero que nunca termina. Uno puede intentar controlar sus emociones y aprender de ellas pero no puede pretender controlar toda su vida a cada momento…

El Universo es caprichoso. La vida es así. Te trae a menudo lo que necesitas, aunque no lo parezca. Otras veces, suceden cosas, algunas terribles, de las que es poco probable encontrar un lado bueno… Lo que no significa que no nos ayude a crecer y aprender. Todo lo que nos pone a prueba tiene su recompensa, aunque nos cuesta verlo .

A veces, no nos dejamos llevar y nos aferramos a lo que éramos y da la sensación de estamos repitiendo siempre la misma prueba. Como si el universo conspirara para que diéramos un paso e hiciera todo lo posible para precipitarlo. Y puesto que no lo damos, nos sigue poniendo la zancadilla una y otra vez en lugares parecidos para que nuestra estabilidad se tambalee y sepamos que hay que moverse, que hay que bailar.

Y cuando te obsesionas por el control, las leyes de la causalidad confabulan para que todo suceda al revés de cómo imaginaste o creías necesitar para demostrarte que no puedes controlar nada. Aún más, para decirte que lo que deseas conseguir puede encontrarse de mil formas y no sólo gracias al rígido manual que has diseñado para vivir tus días…

Los manuales rígidos que no dejan margen para la sorpresa ni el error conducen al pozos sin fondo, a una rutina que te borra la imaginación y te mata el entusiasmo.

El caso es que uno puede pasarse años y años sin que suceda nada en su vida (a menudo, ya nos aseguramos de ello porque los cambios nos asustan) y luego de repente en dos meses sucede todo. Porque encontramos a alguien que nos dice algo que necesitábamos escuchar. Porque topamos con un realidad alternativa ese día que hacemos algo poco habitual. Porque el Universo es testarudo y no para hasta que entiendes que hay cosas que van contigo y cosas que no, que cuando no vives según lo que dictan tus entrañas estás condenado a sufrir por no ser lo que quieres, que debes escuchar a tu conciencia y ser libre… Que has nacido para ser feliz y no puedes conformarte con sucedáneos insulsos… Que la perfección no es belleza. Que la calma exterior no es alegría… Que tenerlo todo controlado no es vida…

Por eso, cada vez que vuelves a las andadas y recuperas el manual rígido para una vida perfecta, la vida te sacude.  Te pone rígido a ti para que notes cuanto te perjudicas y te dejas las cervicales hechas un desastre. Te dibuja un contratiempo en la agenda, te vacía la cuenta con una factura, te estropea el coche…

Yo este año he perdido el control. Lo reconozco, ya llevaba tiempo con el manual escondido, sin seguirlo a rajatabla porque me había dado cuenta de que era un incordio, porque me había percatado que cuando me dejaba llevar un poco sin seguir siempre sus normas al pie de la letra pasaban cosas maravillosas…. Y, de repente, un día, me levanté con muchas ganas y al ver un contratiempo, en lugar de buscar la página del manual dónde indica que hacer en estos casos, decidí tirarlo por la ventana. Mi guía práctica y completa para vivir sin perder el control cayó al vacío…

Justo en ese momento, ante lo que algunos calificarían de gran temeridad, me di cuenta…  No lo necesitaba. No lo había necesitado nunca.  Para seguir mi camino sólo era necesario dejarme guiar por lo aprendido hasta ahora y seguir mi intuición.

Cuanto más aplicas el manual, menos arriesgas y menos aprendes porque no aplicas tu criterio sino aquello que crees que haría una persona cuerda y prudente en tu lugar… Porque el manual para mantener el control es una guía completa para prudentes, para cautos, para previsores, para personas que llevan una falsa vida de ensueño y quieren que permanezca así siempre (no lo saben pero incluso si quieres que todo sigan igual, de vez en cuando tienes que hacer cambios porque si no el agua se estanca).

El manual es para personas que no quieren llorar, ni notar las sacudidas, ni ensuciarse, ni despeinase… La mayoría de veces no porque les disguste sino porque necesitan tanto la aprobación de los demás que buscan una perfección que les haga adorables. Tienen miedo. Creen que si lo controlan todo nunca harán el ridículo ni estarán fuera de lugar… Que nunca serán criticados ni menospreciados…

Por eso yo tiré el manual. No mentiré, acto seguido tuve un ataque de pánico que me dejó medio lela… Después de tanto tiempo con ese libro en mis manos, al desaparecer, me sentí desnuda, desprotegida, vulnerable… Aunque, dejar de controlar es algo mágico. Entrar en un lugar y saber que sólo debes obedecer a ti mismo y al respeto que les tienes a los demás. Soltarse. Caer. Caminar hacia atrás. Dejarse llevar por una simpleza y reír sin pensar qué cara pones… Lo tiré porque siempre que lo escondía acababa recuperándolo y quise asegurarme de no volverlo a tener en mis manos. Lo tiré porque después de un siglo siendo prudente sin más resultado que una vida anodina, pensé que había llegado el momento de arriesgar…

Sin esta guía absurda, nunca sabes qué va a pasar y te das cuenta de que, en el fondo, antes tampoco. El control de todo era una ilusión, un espejismo creado por tu necesidad de vivir pensando que llevabas la vida que debías, aunque no la que querías….

Y acabar el día llorando y riendo, con las medias rotas, el pelo alborotado, sin saber qué va a pasar mañana y habiendo hecho el ridículo, tal vez.  Sin más guía que tú mismo, que tu sabiduría acumulada, tus errores y tu necesidad de vivir con intensidad. Perder el control y que pase lo que pase, aunque no depende de ti, creas que seguro será bueno… Otra prueba, otra experiencia, otro sueño… Sin manual, sin red…

Y dejar que llueva. Y notar que llueve.

 

 

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Para héroes


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Sufrir es fácil. Hay incluso grados de sufrimiento. De soportable hasta altamente lacerante. Todos sufrimos. Nos golpeamos en la cabeza una y otra vez porque no aprendemos. Aprender es lo difícil. Sacar algo bueno del dolor. Usarlo como palanca para subir un eslabón más en nuestra evolución como seres humanos. Dejar de ser “el despedido”, “la enferma”, “la del corazón roto”, “el que nunca encuentra nadie que le quiera”… Arrancarse la etiqueta que tú mismo, a veces con la nada menospreciable ayuda de otros, te has puesto y dar la vuelta a todo. Coger esa sensación pegajosa y altamente adherente que es el dolor y todos sus acólitos (la pena, el asco, la baja autoestima) y utilizarlos para conseguir la gloria. Saber remover entre esa masa amorfa y encontrar un hilo del que tirar para construir, para levantar una fortaleza, para sacarte de encima una coraza más y no para poner una nueva… Cuando nos hacen daño, debemos sacarnos las corazas porque si las ponemos de nuevo no superaremps la prueba y seguramente volveremos a caer…

Llorar es fácil. Lo duro es convertir las lágrimas en perlas, como las ostras. Encerrarse lo mínimo necesario para recapacitar sobre los daños sufridos, curarse, encontrar un abrazo tibio de alguien querido y luego tomar impulso. Coger esa pena enorme que te hunde los hombros y fabricar algo hermoso. Coger la rabia acumulada y usarla como energía, como una fuerza extraordinaria para levantarse, ni que sea para llevar la contraria al mundo o a uno mismo, a esa parte de ti que cree que no volverás a confiar ni amar sin red. Ese tú que te traiciona y se apunta a criticarse cuando otros te infravaloran, que les allana el camino cumpliendo las expectativas que han pensado para ti sin apenas conocerte.  Ese enemigo silencioso que se queda en casa amargándose, que se esconde, que se cree inferior a no sé qué ser maravilloso que algún día creyó ver. Esa persona que a veces te habita pero que no te quiere como debe, como podría y como mereces. Ese tú que te traiciona y da la espalda…

Ponle a trabajar para ti. Toma su asco, su rabia, sus ganas de fastidiarte y haz que barra tu interior, que se lleve la porquería de la que lo ha cubierto durante mucho tiempo, que limpie cada rincón y te ayude a dar el salto hacia ti mismo. Construye con el material que sea, con lo que pilles, pero construye. Toma dolor y transfórmalo en belleza… Hay tantos tipos de belleza que seguro que tú dominas uno… Hay tantos talentos como seres humanos, seguro que tú tienes talento para mucho.

Sufrir es fácil. No te queda más remedio que sentir. Sacar de ello una oportunidad para crecer y evolucionar es para héroes. Para esas personas corrientes que en realidad son extraordinarias pero no lo saben . Esas que después de caer ya buscan la forma de volver a la carga.

Hay muchos tipos de dolor y todos llevan consigo un mensaje, una moraleja. Aunque no nos guste, aunque no queramos volver a sentirlo porque no lo merecemos… Aunque una vez está ahí, ignorarlo no sirve nada porque nunca se esconde lo suficiente y acaba saliendo a la superficie con más ganas. Es mejor oír su canto, escuchar ese ruido interior y usarlo para salir de esa masa espesa de dolor que nos escama la piel y nos cubre de negatividad.

Sufrir es fácil, terrible pero fácil. Sumirse en ese dolor y quedarse en silencio. Un silencio interior que nos convierte con recipientes vacíos, en almas convexas que repelen y rechazan todo lo bueno que llega por temor a que se esfume, por temor confiar y perder…  Ver como el mundo va de prisa y tú no lo alcanzas. Permanecer callado cuando todos hablan porque en tu cabeza oyes mil pensamientos que te acaban agotando y que se repiten y repiten sin parar. Salir corriendo para encontrarte a ti mismo, encerrarte y rendirte ante la comodidad de no tener que figurar ni sonreír…

Lo complicado es quedarse y no correr. Preguntarse por qué duele y pensar cómo resolverlo. Sentir el vacío e imaginar cómo llenarlo de forma coherente y sin apaños, sin medias tintas, sin remiendos extraños… Y no repartir culpas ni ahogarse en las quejas, por más justas que sean. Aunque otros hayan pateado tus derechos y hayan jugado contigo. Las culpas no sirven de nada. Si les das eses poder, ellos serán incapaces de darse cuenta del daño que hacen y seguirán pateándote y tú perderás la oportunidad de asumir la responsabilidad de dirigir tu vida y cerrarles la puerta. Cierra la puerta y ya está. Olvida. Que en tu mundo no quepan pateadores, farsantes, jugadores con corazones ajenos, arrogantes, maltratadores, ni nadie que no sepa estar a la altura de lo que mereces como persona.

Y luego, convierte el dolor en  belleza, en segunda oportunidad, en algo que mate de una vez tus complejos estúpidos, en el  salvapantallas de tu nueva vida, la energía que construye y abre puertas…

Escribe, dibuja, explica, baila, corre, juega, esculpe, proyecta un edificio maravilloso, crea una red de personas que cambien el mundo… Hazlo con la máxima intensidad, con toda la emoción posible, con todas la ganas que almacenas y eres capaz de sembrar en lo que haces… Ama cada momento que dediques a no pensar en tu tragedia. Cierra  los ojos y date cuenta… La suerte es este ejercicio, este momento. Darse cuenta a tiempo de que puedes, para descubrir cómo y tener claro por qué. Reinventarte. Coger las piedras del camino para construir tu fortaleza. Como usar la fuerza del viento para mover el molino… Como recoger la lluvia para llevar el agua a la tierra más yerma.

Sufrir es fácil. Pocos se escapan. Edificar algo sólido y bello sobre ese dolor es sólo para los que no huyen, para los que son capaces de sobreponerse y levantar la cabeza. Para ti también, aunque a veces lo olvidas y la capa de dolor que te cubre no te deja ver lo mucho que brillas cuando te sacas el disfraz de segundón en tu vida… Usa el bache para tomar impulso…

Sufrir es fácil, lo hacemos todos en algún momento, lo complicado es no convertirlo en forma de vida ni quedarse pegado a ese sufrimiento sino usarlo para fabricarse unas alas.

Eres un héroe, te tienes en pie pase lo que pase… 


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Disfruta de tus errores


Nos comunicamos mejor a medida que evolucionamos como personas. Cuando soltamos lastre y dejamos de avergonzarnos de forma absurda de nosotros mismos. Cada vez que superamos uno de nuestros tabús o saltamos uno de nuestros muros mentales, nuestra capacidad para llegar a los demás aumenta. Madurar nos hace más transparentes, más sencillos, menos retorcidos . La sencillez comunica, conecta, seduce. Y no tiene nada que ver con la simpleza. La sencillez afecta a la forma, la simpleza al contenido. Crecer implica enriquecer nuestros pensamientos pero aprender a ordenarlos de forma sencilla, fácil. Hay mucha belleza en lo sencillo. Las formas hermosas no son retorcidas ni complicadas.

Al fin y al cabo, comunicar es transmitir a los demás lo que llevamos dentro. Conectarnos a ellos y dejarles mirar un poco en nuestras entrañas. Todo lo que no implique ofrecer a los demás una parte de nosotros mismos, no es comunicar. Sólo se conecta a través de la empatía, de encontrar con los demás ese punto de unión, ese nexo que nos lleva a compartir un espacio, un momento… Aunque sea pequeño, aunque sea corto. Si nos escondemos en el fondo de la sala, tras una columna, da igual que dentro llevemos un gran tesoro por compartir, nadie lo verá. Y ser grande por dentro debe forzosamente en algún momento llevarnos a mostrar esa grandeza. Las buenas personas supuran bondad, generosidad, madurez, ternura, energía, ganas de compartir… Lo que llevamos dentro tiene que acabar saliendo por algún lado, en algún momento… Si no tienes ganas de compartir lo que tienes ¿qué tienes?  Si te avergüenzas de lo que puedes ofrecerle al mundo es que no te quieres a ti mismo, no te valoras. Si te privas de ese amor, el más necesario de todos, no comunicas. Te limitas a ponerte ante los demás y repetir palabras. Puede incluso que gusten, puede que te aclamen,  las personas a veces tendemos a valorar los envoltorios brillantes y discriminamos todo aquello que nos cuesta conocer. Si no crees en tu discurso, no emocionas y no llegas. No traspasas esa barrera que todos colocamos cada día y que nos protege y a la vez nos aleja.

Al primero al que le deben gustar la historias que cuentas es a ti. Nadie recomienda un libro que no pudo acabar de leer y si no te soportas a ti mismo, serás como un libro que aspira a ser leído a medias. Lo digo porque cuando comunicamos no nos limitamos a ofrecer un contenido, vamos siempre más allá, explicamos cómo nos afecta ese contenido a nosotros y los que nos escuchan. Si no conseguimos encontrar ese vínculo, nuestro mensaje se pierde.

Plantarse ante los demás y contar historias nos asusta. Tenemos tanto miedo a que se rían de nosotros que preferimos cerrarnos, ocultarnos y dejar que nuestro valor y nuestro mundo interior se pudran. Y en realidad ¿de qué tenemos miedo? ¿de que se rían? Y si se ríen, ¿qué pasa? ¿qué quedará de esa risa en unas horas o en unos días?

Vamos a ponernos en el peor de los escenarios. ¿Cuál es? ¿hacer un supuesto ridículo ante unas personas que tal vez no nos conocen? Y si eso ocurre, ¿importa?

Nos han educado para no exponernos. Para pasar desapercibidos, para no brillar. Durante siglos nos han dejado claro que destacar era negativo, peligroso… Nos han dicho que es mejor callar y asentir y hemos bajado la cabeza y hemos hecho caso. Ahora, sin embargo, estamos en un momento en el que si no destacas, no llegas. No hay nada garantizado y se busca la originalidad, la autenticidad. Justo en este momento, es más necesario que nunca saber comunicar lo que llevamos dentro, cuál es nuestro talento y por qué merecemos la pena.

El caso es que al final, para aprender a hablar en público de forma efectiva hay que equivocarse y mucho. Hay que asumir que haremos el ridículo y que tendremos que superarlo y seguir. Una, dos, tres veces… Hasta que un día, dejas de temerlo y empiezas a sobrevolar la habitación en la que hablas y fluir. Cada una de las veces que te has equivocado te dan un poso especial de superación que hace que se note que “estás de vuelta” y que estás “por encima” de esos pequeños errores y que ya sólo te importa contar una historia y mostrar cómo te emociona. En ese momento justo en el que te importa más llegar a los demás que hacer el ridículo, comunicas. Y esa fuerza interior hace que incluso cuando te equivocas no sea percibido por los demás como error porque lo superas de tal forma que incluso se pone de tu parte porque demuestras tu humanidad. Los grandes sacan ventaja de sus errores. Los demás se aferran a ellos y no avanzan.

Nuestros errores son nuestro patrimonio, nuestro punto de apoyo para llegar a la meta que deseamos… Conviene afrontarlos como algo maravilloso, algo que mostrar al mundo y de lo que sentirse orgulloso y satisfecho.

Preocuparse malgasta tiempo y neuronas que podrían invertirse en prepararse mejor y disfrutar del momento.

¿Os habéis fijado en la cara que hace alguien que no tiene miedo a equivocarse? Alguien que sabe que puede pasar pero no le preocupa porque tiene claro que él es más fuerte que sus errores y que sabrá sacarles partido… Mirad sus ojos, son los de una persona que sabe, que pase lo que pase, sólo aspira a ganar, a crecer, a superarse… Porque incluso si acaba haciendo el ridículo, tomará esa experiencia y la guardará como un tesoro para aprender de ella. Siempre he pensado que los únicos que hacen el ridículo son los que nunca lo hacen. Aquellos que no se atreven a nada y dejan pasar la vida desde un anonimato triste, desde una mediocridad calculada.

¿Sabéis cuál es la diferencia entre el que comunica y el que no?  El error.

Los errores son nuestra arma más poderosa. Nos hacen grandes, enormes, elásticos. Nos ayudan a conseguir imposibles y nos convierten en expertos. El error hace del alumno un maestro y del que se esconde al final de la sala el héroe de la pista. El error nos modela y nos ayuda a volar. Lo único que necesitamos es decir sí y arriesgarnos a cometerlo.

Lo único que hay entre un gran comunicador y tú es su capacidad para superar el ridículo, la dosis de autoestima necesaria para asumir que va a equivocarse y , a pesar de todo, seguir.

Hay que ser valiente para mostrar una parte de ti cuando hablas, cuando comunicas. Dar a conocer tus emociones y decir en voz alta “soy vulnerable” y que no pase nada, que al contrario de lo que pueda parecer, los que te escuchan no se rían sino que te den la mano y te agradezcan la sinceridad. Para conseguir ser honesto cuando comunicas, hay que ser honesto contigo mismo y tener tu interior a punto de revista.

Si no nos atrevemos a mostrar lo que llevamos dentro es que pensamos que no somos lo suficientemente buenos . Cuanto más crezcamos como seres humanos, mejor nos expresaremos y más conexión conseguiremos con los demás.

Si no nos atrevemos a compartir con los demás nuestros conocimientos, si nos cuesta expresar lo que sentimos, es que tenemos una asignatura pendiente :  nosotros mismos.

Y  se trata de una asignatura básica, la más importante, la que no podemos dejar pasar nunca.

La gran noticia es que cuanto mejores personas somos, mejor comunicadores llegamos ser. Y cada vez que subimos a la tarima y nos esforzamos somos mejores…

Por eso, no cabe duda. Si vemos a alguien que convence, seduce y triunfa comunicando, podemos estar seguros de que lo único que dista entre él y nosotros es que hace tiempo asumió el reto de equivocarse, se lanzó y disfruta con ello.

Eso implica saltar obstáculos, vencer miedos y  renunciar a llevar escudos. Eso nos reclama un ejercicio de desnudez virtual, una ceremonia de reconciliación con uno mismo…

La gran ventaja de aprender a comunicar y hablar en público es que también se aprende a vivir. Comunicar mejor, nos hace mejores personas.

Dedico estas líneas a los alumnos del IES Cartuja de Granada con los que estos días he tenido el placer de interactuar y charlar sobre comunicación esta semana.  No tengáis miedo, tenéis demasiado que ofrecer como para no atreveros… Vuestros errores son un material precioso para aprender ¡Disfrutad ellos, os conducirán al éxito!


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Vivir sin paraguas…


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Sabes que has madurado porque te importa más lo que sientes que lo que piensas. Porque has aprendido que en realidad son “los medios los que justifican el fin” y que “lo bueno si es breve es un fastidio”. Porque llevas siempre la sonrisa puesta por si acaso y de quién más te ríes es de ti mismo…

Te has hecho mayor porque cuando caminas estás tan pendiente de lo que ves que a veces olvidas a dónde vas pero siempre llegas. Porque persigues lo que quieres con ganas, pero nunca permites que el esfuerzo te borre el entusiasmo. Porque para ti es tan importante disfrutar como conseguir tu sueño.

Sabes que has crecido como persona porque ya no te peleas ni empiezas batallas para demostrar quién eres, ni lo que vales. Porque no necesitas que te entiendan y no te importa lo que piensen de ti.

Porque te aceptas y te quieres tal y como eres. Porque madurar es aprender a quererte y respetar tu esencia. Porque lloras más pero es de emoción y alegría.

Has cambiado porque dices mucho más que “no” que antes y ya no besas sapos esperando encontrar príncipes… Porque ya no buscas príncipes sino parejas de baile… Has cambiado porque ahora encuentras belleza en todas partes y no alcanzas a comprender cómo no te diste cuenta antes de lo hermoso que eras.

Has madurado porque ya no necesitas ganar para sentir que mereció la pena la carrera. Porque encuentras oportunidades a puñados cada día en los lugares más comunes y sabes que puede haber magia en todos los rincones.

Has crecido porque ya no esperas que te llegue la inspiración, la fabricas. Porque te has dado cuenta de que prefieres los zapatos gastados a los zapatos nuevos, porque cuando quieres algo lo pides y no estás sujeto a un pasado que te golpea y limita.

Porque madurar es entrar por la ventana y nunca cerrar la puerta…

Eres mayor porque luchas por conseguir lo que sueñas pero valoras lo que tienes. Porque cada día te gusta más jugar y arriesgar y estás dispuesto a superarte. Porque cada vez que caes, no buscas la salida para huir sino que prefieres quedarte y dar la cara… Porque valoras los fracasos tanto como los triunfos y sabes que si no caminas por la cuerda floja nunca aprenderás a tener equilibrio. Porque has descubierto que todo lo que realmente importa se consigue dando pasos en falso y corriendo el riesgo de fallar.

Porque para ser, no necesitas aparentar. Porque para llegar no necesitas pisar a otros. Porque no temes mostrarte y no te importa que las miradas de otros no te aprueben.

Has cambiado y ya no quieres gustarle a todo el mundo, ya no lo necesitas… Y te das cuenta de que cada vez estás más dispuesto a hacer el ridículo por lo que crees o quieres.

Porque madurar es a veces quedar en evidencia y decir en voz alta lo que muchos sólo se atreven a susurrar.

Sabes que has cambiado porque el deseo supera el miedo y todo lo que ahora te parece coherente antes pensabas que era una locura. Porque no tienes que esperar a que suene la música para dejarte llevar y a pesar de tu impaciencia has aprendido a esperar lo bueno.

Porque madurar es vaciar el equipaje y arriesgarse a seguir el camino sin paraguas. Madurar es aprender a vivir sin paraguas…

Madurar es quitarse el abrigo y salir de la cueva, tocarlo todo aunque tenga espinas, ensuciarse y salir a la calle para que te toque el sol y la lluvia te inunde los sentidos. Madurar es arriesgarse con la partida perdida de antemano y ponerse en primera fila… Madurar es mostrar lo que eres sin temor a brillar ni destacar, llevar la contraria y aguantar la embestida, si hace falta, para no vivir una vida que no te llena.

Porque cuánto más creces más niño eres y más historias fantásticas imaginas…

Sabes que ya eres esa persona que deseas ser porque cada día tienes miedos nuevos y desconocidos pero consigues que ninguno de ellos te paralice… Porque has abandonado la concha y aunque hace frío, no te planteas volver a esconderte.

Has dado el gran vuelco porque sabes que pase lo que pase, tendrás fuerza para superarlo aunque ahora no sepas cómo. Porque tus amigos son personas extraordinarias y sencillas y escoges a tus compañeros de viaje por las risas… Ya no esperas demasiado, pero sueñas mucho… Y la mayor parte de tus sueños no son nada que se pueda tocar o meter en una caja.

Porque madurar es sentirse cada día más joven y más libre, más ligero, menos sujeto a la gravedad…

Sabes que has cambiado porque has dejado de pensar demasiado y dejas que tu cuerpo se estremezca con nuevas sensaciones… Porque te lo replanteas todo, incluso aquello que pensabas que era inmutable y se había convertido en credo. Porque te apasionas por todo, sea grande o pequeño…

Te has hecho mayor y más sabio porque has aprendido a dominar tus silencios y escoger tus palabras…

Eres grande porque te das cuenta de que las únicas cadenas que te pueden atar son las que te pones tú mismo. Porque nada te ciñe a ningún destino, ni siquiera tus prejuicios ni tus temores más profundos…

Has madurado porque amar te hace tan feliz como ser amado…

 


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Sé valiente y confía


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Hay una frase que recuerdo siempre y que un día tuiteó mi admirado Josh Bulriss.  Dice algo así como “hay personas que llegan a tu vida como una bendición y otras que llegan como una lección”. Adoro esa frase. Me hace pensar que a veces llegan a tu vida algunos momentos duros que pueden transformarse en buenas lecciones y por tanto en oportunidades. Me hace levantar del lodo y tener ganas de caminar, a pesar de que todo se tambalee, aunque se me hunda la vida y mire alrededor y sólo vea paredes blancas que se van acercando. Hay momentos en que seguir se hace cuesta arriba. Momentos en los que sabes que hay una moraleja que aprender, pero por más que buscas no la encuentras… Son bocados amargos que acaban siendo dulces al final, aunque parezca imposible, obstáculos necesarios, personas que llegan a tu vida para hacerte cambiar aunque sea porque te hacen daño, voluntaria o involuntariamente…

Siempre he pensado que a veces conocer a lobos con piel de cordero acaba siendo muy útil para madurar y superarse, para aprender. Y no hablo de aprender a no fiarse, porque eso nos hace perder la oportunidad de conocer a personas maravillosas más adelante. Hablo de aprender a sobrellevar que alguien en quien confías te decepcione o soportar que alguien a quién quieres no sienta el mismo cariño por ti. Levantarse una mañana y ver que has expuesto tu alma a otra persona, que le has dado tu amistad y ha jugado con ella. Descubrir que eras una marioneta… Salir de ese callejón de ridículo, decepción y dolor te obliga a crecer mucho. Al final, aprendemos igual de los lobos que de los corderos. Porque tanto de unos como de otros sacamos algo bueno, porque eso que es bueno ya estaba en nosotros y ellos vienen a alumbrarlo, a ayudarnos para que salga fuera y nos demos cuenta del valor que acumulamos. A menudo, los que se cruzan en nuestro camino y nos lo ponen difícil nos obligan a poner en marcha nuestro talento, nuestras aptitudes, algunas de las cuales permanecían ocultas.

Luego, los corderos se quedan y los lobos se van. A veces, incluso, sin querer, tu compasión y forma de querer acaba amansando a los lobos y les hace percatarse de que no pueden ir por la vida disfrazados y devorando la autoestima de los demás. Tú también les alumbras… Y si puedes, les perdonas y tu perdón les ayuda a crecer, si quieren. Entonces puedes ver que ellos también sufren y dejas que se queden… Porque tú para ellos eras un cordero necesario, una bendición. Al final, a unos y otros, les debemos dar las gracias por la gran aportación que hacen a nuestras vidas…

Porque… ¿Qué es una lección sino una bendición también?

Lo difícil es confiar después. Sobre todo porque igual que hay muchos lobos con piel de cordero, también hay muchos corderos que van disfrazados de lobo salvaje para ahorrarse volver a caer, volver abrirse al mundo y recibir un golpe.

Hay personas que no son lobos ni corderos. Están sentados al margen y siguen a la masa. Si toca pan, comen pan. Si tocar reír, se ríen sin haber entendido la gracia. No lloran para desahogarse sino para llamar la atención esperando que el mundo tenga misericordia y les haga el trabajo sucio y complicado porque les da pereza vivir y descubrirse a ellos mismos. Siguen la corriente aunque lleve al abismo, aunque al final de ella haya un precipicio o se vean obligados a traicionar sus valores. Tienen demasiado miedo a mostrarse cómo son, a ser distintos, a decir en voz alta qué piensan y llevar la contraria. Van por la vida tomando prestadas ideas, moralejas y sueños ajenos. No es porque no tengan los suyos propios, es porque les asusta conocerlos y admitirlos, porque les fatiga luchar por ellos y les avergüenza darlos a conocer. Se sientan en entre la muchedumbre y esperan a que otros digan qué quieren y se convencen de que ellos desean lo mismo. No tienen valor ni ganas de adquirirlo. Se acaban cruzando contigo y haciéndote creer que eres tú el absurdo por querer algo distinto y mostrar lo que sientes…

No caigas, no renuncies a ti mismo. No seas arrollado por un batallón mediocre que no busca más que convertir al mundo en un reducto gris y uniforme porque ellos no quieren destacar.

Si consigues que no se te lleven y no acabas haciendo cola para sumergirte en su maraña, habrás superado un obstáculo más.Y sigue confiando en las personas, sobre todo, en ti mismo.

Tú también puedes ser una lección para ti mismo. De hecho, la mayoría de respuestas a las grandes preguntas no tienen una solución correcta o incorrecta, tienen tú solución. Tú eres quién decide si araña o acaricia. Si dice sí o no. Si ama y perdona o guarda metida la traición en un hueco de tu alma. Eres tú quién sabe cuándo hace bien o mal, según tus valores. Tú decides si sacas una lección de todos los muros que saltas o si te quedas sentado lamentándote. Eres tú quién reconoce si vive la vida que quiere o la que quieren los demás. Eres tú quién escoge si se disfraza o se muestra tal como es ante el mundo y es capaz de defender lo que cree hasta el final… Eres tú quién decide si brilla o se esconde y apaga para no destacar. Tú decides si confías… Sé valiente y confía.

 


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Hagamos el ridículo


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A veces, hay que hacer un poco el ridículo. Más que útil, es necesario. Te da una perspectiva distinta de la vida y de todo lo que te rodea. Al principio, te hace sentir minúsculo y vulnerable, pero es sólo algo momentáneo. Las personas que han sabido hacer el ridículo, aquellas que han soportado durante días y días las miradas de otros y sus cuchicheos, jamás vuelven a su tamaño normal. Cambian, se expanden, se convierten en gigantes aunque contengan toda su nueva enormidad en un cuerpo pequeño. Aunque no se note a simple vista, son grandes…

Se sienten más elásticos, más resistentes, como si fueran de un material irrompible, maleable e imposible de corromper con palabras absurdas e ideas estúpidas. Los que han hecho el ridículo y no se avergüenzan de ello llevan dentro de sí el antídoto contra la memez ajena, son impermeables a la necesidad de ser aceptados por otros y correr el riesgo de vivir según sus reglas.

Los que han hecho el ridículo y han sobrevivido brillan. Tienen algo especial. Desprenden una especie de entusiasmo que puede contagiarse. Se les nota en la forma de mirar, porque clavan sus ojos en ti y te impactan. No te miran como si fueran mejores ni peores, te miran con esperanza.Te contemplan sin resistirse, sin esperar que asientas con la cabeza, sin buscar nada que no desees mostrar.

Los que han hecho el ridículo y son capaces de recordarlo sin sentir náuseas son más flexibles, menos rígidos… Dan pasos más certeros aunque no sepan a dónde van. Son capaces de sentir sin ocultar, de vivir sin pedir permiso, de decir “te quiero” sin esperar respuesta ni caricia.

Los que han hecho el ridículo y caminan con la cabeza alta vuelven cuando tú vas pero te observan sin juzgar. No necesitan que sepas que superaron la prueba, que vencieron las miradas malintencionadas y que ahora se respetan más.

Ya nunca señalan a otros con el dedo ni se esconden antes de cruzar la esquina porque les da igual con qué caras se van a encontrar. Ya no pisan ilusiones ni fabrican monstruos para excusarse en ellos y quedarse sentados a esperar para no tener que mojarse y vivir. Cuando más miedo tienen, más avanzan. Cuantas más caras les censuran, más sonríen. Cuanta más mezquindad reciben, más brillan… Cuando más difícil es, le ponen más ganas. 

Los que hicieron el ridículo y no se arrepienten, a veces parece que pueden volar. Fueron capaces de vencer resistencias, seguir con su camino a pesar de las críticas, cayeron rodando ante cien mil caras… Son los que iban contracorriente, los que opinaban distinto y supieron seguir sin vender sus principios y sin claudicar. Son los que gritaron “te quiero” cuando sabían que no les querían, los que supieron perder y aguantaron hasta el final a pesar de los abucheos.

Están blindados ante todas nuestras groserías y bromas absurdas, nuestras pupilas insidiosas y nuestras ganas de hacerles temblar. No les venceremos porque no luchan contra nosotros. No les someteremos porque no se dejan avasallar. Ya no volverán a caminar por el camino que trazamos ni a pedir perdón por equivocarse.

A veces, hay que hacer un poco el ridículo y caer. Confiar aunque te traicionen, creer aunque te fallen, amar sin recibir respuesta. Aguantar el chaparrón y esperar a que amaine. Sujetar aunque sepas que tus manos no lo suportarán, correr aunque la meta esté demasiado lejos, salir a escena y resistir las carcajadas… Los que hicieron el ridículo y se sienten libres para contarlo lo saben. Tal vez, los ridículos seamos nosotros, bajando la cabeza, sin arriesgar nada para evitar miradas incómodas y pidiendo permiso para vivir.


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Volver a empezar


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Todos necesitamos una vez en la vida encontrar un amor loco. Una pasión ciega y desbordada. Un deseo bárbaro que nos arrastre a un cruce caminos, en una esquina oscura a la que nunca debimos llegar. Todos soñamos con abrir una puerta prohibida, beber una pócima desconocida que nos transforme y nos haga sentir…Todos buscamos una mirada cálida que nos arranque la monotonía de las pupilas y la pereza de las alas…Y dejarnos llevar por ella hasta un precipicio del que no vemos el final.

Todos buscamos alguna vez caer en la trampa, dejar a un lado la cordura, montar al caballo salvaje, bailar bajo la lluvia más intensa… Morder cuando esperan una caricia, besar cuando esperan un saludo, reír cuando las lágrimas tendrían que cubrirnos el rostro…

Todos deseamos llorar cuando otros ríen, alguna vez, y escondernos cuando otros nos obligan a dar la cara.

Todos queremos un minuto de gloria y una noche mágica que recordar. Queremos perdernos en un camino sin destino, que acaba en una charca de barro llena de ranas que nos miran con los ojos fijos y nos recuerdan que no debimos ceder. Y saber que nos equivocamos buscando el mar, pero teniendo claro que de poder volver atrás no cambiaríamos nada.

Todos tenemos derecho a recibir un consejo sabio de un amigo bueno al que decidamos no escuchar, seducidos por otras voces menos honestas. Todos soñamos un abrazo largo, una caricia lenta y una palabra dulce para poder seguir.

Alguna vez en la vida todos necesitamos mentirnos y pensar que nos quieren cuando sabemos que no es verdad. Lo hacemos porque recibimos tanta indiferencia que deseamos cerrar los ojos y y construir una realidad paralela para poderlo soportar. Todos suplicamos cariño y bajamos el listón de nuestra tolerancia alguna vez. Todos, de vez en cuando, nos hacemos los tontos y aceptamos menos de lo que merecemos para no perder algo que, en el fondo, no nos hace felices.

A todos, en ocasiones, nos gusta pensar que no vemos lo que vemos. Necesitamos, a veces, ver lo que no está.

Todos, alguna vez en la vida, callamos cuando deberíamos hablar y usamos palabras duras cuando tendríamos que optar por el silencio.

¿Quién no sueña con ser libre para gritar aquellos pensamientos que oprimen su garganta? ¿quién no fantasea como pisar tierra prohibida?

Todos perdemos la paciencia, construimos el muro, cerramos nuestras puertas y nuestras mentes y, un día, decidimos aislarnos y dejar de pensar.

Todos somos injustos un día y tragamos injusticia cien días más.

Aunque nosotros no somos esos días, ni nuestras dudas. No somos nuestros momentos de ridículo, ni los de gloria. No somos esas personas que tienen miedo, que están cansadas de esperar, que suplican amor y reciben un sucedáneo, que se conforman con disimular porque no se atreven a pedir… Esas que alguna vez son injustas, que son infieles, que no saben a dónde van, que se esconden, que sueñan con otras vidas mientras la rutina se les come la conciencia. No somos nuestro pasado, somos nuestro presente.

Somos el resultado de cada una de nuestras torpezas y moralejas. Lo que somos capaces de sentir después de cada paso en falso y de cada camino que no lleva a ninguna parte, pero no hay nada que nos ate a esas personas que fuimos y que deseamos dejar atrás.

Somos lo que decidimos que queremos ser. Empezamos cada día un camino nuevo, no importa lo que hemos dejado atrás. No estamos obligados a arrastrarlo. Nada nos condena a repetir nuestras acciones ni a culparnos por ellas. Podemos quedarnos con lo que aprendimos y lo que nos hizo reír y soltar todo lo demás. Pensemos en nuestras equivocaciones como pequeños tesoros, porque son los cimientos de quiénes somos ahora y deseamos llegar a ser. Nuestros errores necesarios para aprender a vivir. Hay un día en que todos necesitamos despertar y no reconocernos a nosotros mismos para poder volver a empezar…