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la rebelión de las palabras


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Lo tengo todo


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Sé que no soy fácil. Nadie que haya topado consigo mismo mil veces y se haya atrevido a mirar en el fondo de su alma lo es. No es fácil pasarse la vida intentado no existir a medias y aguantar las miradas de muchos que se conforman con pasar el rato y poner buena cara en la foto de su historia. Yo no soy de poner caras, mejor me hubiera ido… Soy de miradas intensas y palabras a veces crudas, a veces dulces. De saber dónde y por qué y tener claro con quién. Y eso no se cambia si no es por un cataclismo. El cariño no se vende ni se compra. Sencillamente se da y se gana. Como el respecto y la confianza.

A veces insisto mucho en todo, lo sé. Soy cansina con lo que me importa. Tengo el don de la impertinencia y me obsesiono fácilmente. Soy de salir por las puertas y entrar por las ventanas. De que me propongan una locura y de inmediato no pueda evitar imaginarla como algo posible y pensar en la cara pondrán aquellos que no esperan nada de mí. Me gusta escandalizar y remover conciencias. Soy sencilla, pero nunca básica. Me complico la vida y pienso en exceso para llegar al final a la misma conclusión que si hubiera hecho caso de mi intuición al primer impulso. Puedo acostarme sin pan, pero no sin esperanza. Puedo equivocarme pero necesito creer que soy capaz de pegar lo roto y coser lo arrancado. Mi pegamento son las palabras… Aunque no las tengo todas ni sé mucho de nada. Olisqueo de todo y cuando algo me gusta apuro las migajas. A veces poco es mucho y mucho es nada si no sabes apreciarlo.

Todo me parece curioso. Hay mil historias que contar y mil lugares que no he pisado nunca mas que con mis ganas. Lo imagino todo. Lo apuro todo. Eso me calma… Antes era de quedarme corta. Ahora soy de pasarme de largo. No soportaría que me quedara nada por conocer o probar. Saber que si no llego, no será por mí. Eso apacigua mi conciencia. Saber que lo intenté hasta el final. Mejor quedarse en la puerta de la gloria que no atreverse a iniciar el camino nunca. No soporto la palabra «nunca». Me ha sentir pequeña y frágil, me hace pensar que todo está escrito y yo soy de cambiar el guión cada día. Andando se aprende, soñando también. Se aprende incluso cuando no se quiere aprender…

Soy a veces como una selva, lo admito. Bastante oscura y enmarañada. Aunque no tengo mucho secreto ni misterio. Se me conduce con mimo y se me tiene con sólo dedicarme unos minutos. Si me dan uno, devuelvo cien. No cuento los favores ni mido ni peso sentimientos… Quién me quiere, me gana. Y quién me tiene, sabe que si me cuida lo nuestro apuede ser eterno. 

En el fondo, no busco nada que se toque, pero quiero tocarlo. No busco nada que se vea con los ojos, pero quiero mirarlo, degustarlo, vivirlo… Quiero que exista y que su existencia le de la vuelta a todo. Que me deje del revés y me zarandee las entrañas dormidas. Por si se me ocurre ceder al cansancio y contagiarme de esas caras agrias que a veces me rondan buscando anidar en mis neuronas hiperactivas per agotadas. 

Sé que asusto, a veces. Que me meto en mundos que no son gratos. Que me hago preguntas que molestan y que estar a mi lado es contagiarse con ello y puede resultar doloroso. Algunas verdades nos abren más en canal que las dagas más afiladas. Algunas mentiras ocultan falsas piedades. A menudo subsistimos porque retrasamos el momento de decirnos a la cara lo que ya sabemos pero no queremos admitir. Aunque es sólo subsistencia, no vida…

Sé que mucho de lo que me pregunto no tiene respuesta, pero no me importa… Eso asusta más todavía ¿verdad? que no esté en esto tanto por el resultado como por el propio juego. No me conformo con poco, lo busco todo pero quiero aprender a sentir abundancia con lo mínimo. Y así siempre seré rica e inmensamente afortunada.

Deseo mucho. Sueño sin medida. A veces duele, a veces consuela. En alguna ocasión si me hubiera quedado sin sueños hubiera dejado de existir. Hubiera cambiado de forma. Hay veces en las que se tiene que echar mano de la imaginación para burlar realidades muy sórdidas. Lo importante es ser consciente y distinguir cuando deliras. Saber si te agarras a una cuerda imaginaria para no caer y si los que te acompañan son de fiar. En eso, soy partidaria siempre de pensar que sí, que no van a darme la espalda i que puedo fiarme de las personas aunque luego tenga que curarme heridas. A veces cuando alguien a quien adoras te falla, hay que pasar un tiempo viviendo casi sin recordar. Caminar sin sentir demasiado y subsistir hasta poder poco a poco dejar un rincón a la fantasía. Ser superfluos y acariciar lo básico. Ser básicos y creer que todo es superfluo.

Sé que soy directa, demasiado. Lo sé. Los rodeos sin sentido me aturden. Soy impaciente, aunque no me importa esperar cien años o dar mil vueltas, pero necesito saber qué van a algún lugar y que tienen un por qué. Soy tanto de forma como de contenido. Creo que sin envoltorio no hay caramelo, que sin cómo no hay qué y que a veces hay que empezar por la risa y luego contar la anécdota porque las risas ahuyentan las penas… Que hay que bailar sola y salir a la pista antes de encontrar pareja de baile porque la inercia hace que las cosas pasen y la intención es un arma poderosa. Sé que hay que romper la cáscara sin saber qué te espera en la vida y hay que saltar si realmente crees que hay fondo aunque mil voces digan que no. Y con el tiempo, me he dado cuenta de que llevar la contraria es bueno, saludable, necesario, pero hay que hacerlo con sentido y conciencia porque si no puedes pasar de rebelde a estúpido y de auténtico a superficial.

Tengo la sensación de que a menudo perdemos grandes pedazos de vida buscando unas respuestas que ya sabemos pero que no nos atrevemos a decir en voz alta. Y vemos en los demás todas esas odiosas manías que nosotros también tenemos. Les criticamos para vaciar nuestras frustraciones. Nos engañamos. Siempre esperamos a mañana para cambiar y ser felices. La felicidad asusta y mucho. Hay que cazarla al vuelo y eso requiere maña más que fuerza. Porque no sabemos qué nos hace felices realmente. Porque la respuesta a esa pregunta podría conllevar cambiar de vida. Porque tenemos miedo a encontrar esa felicidad y perderla y no poder soportarlo. Porque ser infeliz es una buena excusa para dejar de hacer muchas cosas.

A veces soy demasiado contundente y me pierde la necesidad de encontrar aquello que me impulse a seguir a pesar de las decepciones. Aquello que me dé el aliento para levantarme a pesar de recibir como todos algunos golpes y creer por momentos que no podré superarlo. La fuerza, la intención, el deseo, la cara de las personas a las que amas que te piden que no abandones, la locura pendiente, la locura que no deseaste cometer. Lo hecho y lo que aún necesitas hacer y todo lo que has aprendido equivocándote y acertando. Cada sacudida, cada esquina, cada carcajada, cada lágrima que cargas a tu espalda. Lo que te ha construído y lo que casi te destruye. Lo que te conmueve y lo que te repugna. Lo justo y lo injusto. Lo que te deja frío y lo que te calienta la sangre. Tú… Todo eso que hace que tomes empuje y no te despeñes por un barranco imaginario. Y cuando cierro los ojos y sé que ya lo tengo. Todos lo tenemos. Todo lo que necesito lo llevo dentro. Es mi equipaje, mis fracasos, mis recuerdos, mis ganas gigantes de todo…  Lástima que no siempre lo veo. Lástima que no siempre lo recuerdo. Suerte que en momentos como éste me doy cuenta de que está ahí y de que lo tengo todo.

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Acompaño a personas y organizaciones a a desarrollar su #InteligenciaEmocional a través de formación, conferencias y #coaching

Escribo libros sobre autoconocimiento y autoestima. 

Te acompaño en este cambio, para que el proceso sea más fácil…

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Sin pedir permiso


Vuelta a empezar. Otro año. Otra oportunidad de sacudirse las penas de encima y construir algo nuevo. Algo nuestro, algo hermoso. Poner el contador de angustias a cero y dejar atrás el lastre de todo lo que no salió bien. Que todo lo que no acertamos quede asumido y guardado en la memoria para saber cómo no se hacen las cosas. Pensar que nuestros fracasos han sido necesarios y valiosos. Concentrarnos en el camino que se abre ante nosotros, con sus incógnitas, sus recovecos, sus sorpresas. Pensar que nos espera algo maravilloso. Algo que puede estar escondido tras un episodio de aparente rutina o en la medianoche del que crees es el peor día de tu vida. Los momentos son a menudo como las hojas, tienen reverso… Cuando la cosa se pone fea, tienes que intentar darle la vuelta al lado rugoso y buscar el lado brillante, el lado suave y sin espinas.

Haremos buenos propósitos. Caemos en ello todos. A veces, más por la necesidad de soñar que de conseguir. Por tener metas que nos ayuden a poner el pie en la calle y aguantar sonrisas falsas y zapatos prietos. Para tener un refugio, un plan b ante la nube gris que se cierne sobre nuestras cabezas… Por pensar que un día tendremos el valor de salir de nosotros mismos y existir sin pedir permiso ni perdón. Sin excusarnos por nuestras rarezas.

Seguramente, pasaremos unos días con la mirada brillante, cambiada, intensa. Habremos hecho balance y apuntado en nuestra cabeza algunos retos para este año. Cuánto correr, qué comer, qué dejar, qué asumir, qué empezar, qué terminar, qué pensar, qué o a quién olvidar… Nos pondremos un montón de normas que creemos que nos van a mejorar la vida y empezaremos a andar, con ganas, con ilusión, con la emoción del niño que abre la libreta nueva y la encuentra inmaculada. Ya lo sabemos, en pocos días, estará llena de enmiendas y frases tachadas. El brillo se que nos esculpía la mirada se esfumará por las esquinas…

Descubriremos que tal vez tanto correr… Sin apenas pensar, con tanto que asumir, tanto que borrar… Ese amasijo de propuestas del “ nuevo yo” podría asfixiarnos. Y la nube gris no marcha. Continua sobre nuestras sienes marcando territorio. A veces nosotros mismos nos metemos en sendas insufribles porque no soportamos como somos ni el rumbo que toma nuestra vida.

Queremos ser otros porque no nos aceptamos. Queremos mirarnos al espejo y no ser quienes éramos para poder tener una vida distinta a la que teníamos. Y en lugar de cambiar nuestra forma de ver la vida, nuestra actitud, pretendemos cambiar el sólo paisaje… Cambiar el entorno ayuda, pero la vuelta y media que necesita nuestra existencia se da sólo desde el interior. Porque en realidad el cambio no está en lo que miras sino en cómo lo ves, cómo lo observas, cómo lo almacenas en tu conciencia y lo sientes. Sin embargo, queremos seguir siendo los mismos sin mutar en nada y maquillamos nuestra vida para que parezca otra. Ser otros, con otras caras que no nos recuerden a nosotros pero caer en las mismas rutinas. Queremos otra vida sin dejar la comodidad de ésta, sin arriesgar nada, sin ceder. Queremos ser felices sin levantarnos del sofá para abrir la puerta. Pretendemos tener un pie en cada uno de los mundos por si la nueva aventura no sale bien. Y la aventura nunca sale bien con un pie en el pasado y sin soltar amarras. Queremos dibujar una nueva historia con los pensamientos de la pasada y el dibujo nos sale limitado, torpe, gastado. Seguimos con nuestras emociones antiguas y queremos vivir experiencias nuevas que no nos llenan, porque no salen de nosotros mismos. Porque no las hacemos con nuestra esencia y necesidad, sino con la conciencia de otros. Tomanos emociones prestadas de otras personas porque nos gusta la cara que ponen cuando ellos las viven. Y no nos preguntamos qué nos apetece hacer a nosotros. Vivimos en una galería, en un escaparate donde vendemos una imagen de nosotros que es ficticia y que al final nos resulta asqueante.

Nos forzamos a hacer cosas que no nos hacen sentir bien, en lugar de hurgar en nuestras cabezas, corazones y entrañas para saber qué desean y qué buscan… Y escuchar. Y que digan lo que quieren, aunque sea loco, aunque suponga dar un giro a tu propio globo terráqueo, un vuelco a tu vida planificada… Ese es el cambio. Eres tú. Cambiar de verdad es en realidad ser más tú que nunca. Escucharte. Encontrarte y ser tú con todas sus consecuencias.

Si quieres que te sucedan cosas que no te suceden habitualmente, tienes que hacer cosas que no haces habitualmente. Cosas que de verdad te recuerdan que estás vivo. Nunca nada que te ate o te ponga un corsé que estrangule tus deseos y tus ganas. No para ser lo que quedaría bien que fueras, sino para ser lo que nunca te has atrevido ser, pero te mueres de ganas de intentar.

Y tal vez, en lugar de correr prefieras caminar o bailar o dejarlo todo y acabar en el otro lado de mundo. Puede que en lugar de restringir, lo que te toque sea abrir. En lugar de dejar de pensar, ocupar la mente en algo nuevo. Quizás debas permitir que tus ojos den una vuelta más y se detengan donde nunca lo hacen y encuentren más belleza de la que puedas imaginar.

Y una vez sepas lo que te llena, lo que te define, estará bien esforzarse porque tendrás tu recompensa. No será una recompensa que llegue al final del camino, sino la de cada uno de los pasos que lo conforman porque harás lo que te gusta, porque gozarás cada momento.

Ahora que cambia el calendario, es el tiempo para ser tú mismo, no una mala copia de alguien que un día pensaste que estaría bien imitar. Sondea tus sueños, acalla tus miedos y alivia tus ansias siendo quién sueñas. No tomes prestado el manual de funcionamiento de otros para ser tú. No te confundas con el atrezzo porque tú eres el protagonista. Con nube o sin nube. Sea gris o blanca.

Y cuando te contemples en el espejo, no pretendas ver otros ojos que no sean los tuyos, busca sencillamente otra mirada… Una mirada intensa que te cale y te sorprenda. Una mirada auténtica, sin complejos ni vergüenzas absurdos. Sin aderezos ajenos ni límites. La mirada de alguien que ha encontrado lo que busca y se siente bien en su piel. La mirada de alguien que se hartó de ser sólo la sombra de lo que podía llegar a ser y de tocar sólo el reverso rugoso de las hojas. Sin pedir permiso a nadie.


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La primera de mil locuras pendientes


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¡Venga, hazlo!

No lo pienses. Suéltate. Lánzate. Si es necesario, golpéate contra el muro si no aciertas. Trágate el miedo. Que te quede la cara casi rota, el alma hecha jirones, el cuerpo revuelto. Queda en suspenso por el susto. Cae, haz el ridículo más espantoso que imaginas. Que se rían en tu cara, si quieren. Que cuenten la historia de tu desdicha y mala suerte hasta que revienten. Que se convierta en leyenda urbana tu osadía, tu cara de pez al chocar con la realidad más cruda, tu batacazo supremo… Que repitan una y otra vez que lo intentaste. Que no pudo ser. Que al otro lado no había red, que el paracaídas mental que creías llevar no existía, no había nadie tras la puerta y lo imaginabas. Que no servías para lo que pensabas que estaba destinado para ti. Que fuiste demasiado inocente, demasiado crédulo, que te venció la ilusión y te dejaste llevar por tu entusiasmo de niño.

Que te duela. Que durante semanas creas que deberás esconderte en las catacumbas de tu alma para no salir al mundo que aún se cachondea. Que desees huir y no lo consigas. Que las comisuras de tus labios se cierren, que tus ojos se queden secos de tanta lágrima. Que te lleguen mensajes de “ya te lo dije” “¿En qué pensabas?” o “¿cómo haces esas locuras?…Debes ser más previsor”.

Que te miren de soslayo y murmuren. Que te arrastren las pupilas por la cara como quién escoge armas para un duelo. Que te claven las palabras en la nuca y esquiven tu saludo al cruzar tu camino.

Sabes que te pondrán mote y corregirán y aumentarán tu desatino. Que buscarás amarre para tu pena y todo será mar abierto. Y navegarás contra viento hasta encontrar un faro y una vez allí descubrirás que el único faro eres tú.

Y que tengas claro que pensarán que eres idiota, pero que sólo lo hacen porque está programados por su propia cobardía para pensarlo. No ven más allá de su ignorancia. No se lo tengas en cuenta.

Ten presente también, sin embargo, que se comerán las uñas pensando cómo pudiste y de dónde sacaste la fuerza y las ganas. Se escudriñarán esos sesos vagos y perezosos que pueblan su cabeza jibarizada imaginando cómo conseguiste aguantar el momento y el ridículo. No sabrán cómo, ni por qué. No entenderán tu necesidad de equivocarte y fracasar. No pueden o eso creen. Ellos no. Viven de seguros. Viven de perfecciones. Sólo prueban cuando el nivel marca el cien por cien de posibilidades y arriesgan cuando la ganancia está asegurada. Y su riesgo, no es riesgo, es rutina.

Si además supieran que tú ya sabías todo lo que podías perder cuando lo intentaste, morirían sólo con imaginarlo. Sus mentes tediosas no pueden concebir que saltes al vacío sin saber qué hay en el fondo y arriesgues tu seguridad para tocar el cielo.

No lo admiten ni admitirán, pero te admiran. No lo saben pero te envidian. Ellos no saben que pueden, aún. Sueñan con el precinto de garantía puesto. Tienen sueños asequibles, accesibles, profilácticos. No les duelen las vísceras después de soñar porque lo soñado se compra en grandes almacenes.

Por eso ríen de otros porque no sabrían cómo llorar por ellos. Por eso se mofan de sueños ajenos, porque no tienen sueños propios… Sueños de esos que hacen que un día te levantes y sepas que vas a fracasar, pero decidas lanzarte. Y que el fracaso sea dulce porque también lo era el deseo y el sueño. Porque sabes que no te puedes permitir no ir a por todas. Porque no eres de los que siempre imaginan, eres de los que hacen. Porque eres verbo y tu vida es tuya. Porque necesitas saber que has hecho todo cuanto estaba a tu alcance para tener lo que quieres. Porque nunca te quedas corto y crees que es mejor el exceso que el defecto. Porque pasarse la vida pensando qué podría pasar no es cordura sino estupidez. Cordura es cierta dosis de locura controlada, sabiendo con qué curarás las heridas y pensando que la alternativa a la acción es casi la muerte. Loco es el que no se lanza y no vive. Loco es el que no sueña y vive en un metro cuadrado de monotonía.

Los que critican tu afán y tu locura, envidian tu deseo, tu valor para salir del metro cuadrado asfixiante que te encoje las emociones y las aventuras. Ellos no tienen tus heridas ni notan el dolor de tu golpe, pero les falta la repuesta que tú tienes. Viven con la incógnita eterna de si ellos podrían conseguirlo. Sueñan, a veces, en la lejanía de su escaso apego a la ilusión, con ser tú y vencer el murmullo, saltar, arriesgarse, vencer el pánico y vivir. Su miedo se mastica.

Si supieran que ya sabías que saldría mal de antemano, llorarían por no tener tu valor.

Si supieran que a pesar de todo consideras que tu fracaso es un triunfo, que volverías a hacerlo de nuevo aún sabiendo que tendrías en mismo resultado… Se les acabaría el aire.

Si supieran que ya preparas la próxima y que un día lo conseguirás, se quedarían mudos.

En el fondo, tu caída les duele más a ellos que a ti, porque es la muestra más evidente de su incompetencia para vivir.

Hazlo… No tienes nada que perder. Soñar es gratis. Vivir es urgente.

Que sea la primera de mil locuras pendientes.