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la rebelión de las palabras


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Un mapa sin límites


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Cuando somos pequeños trazamos un mapa. Un mapa de deseos, de pequeños y grandes retos… El mapa de nuestra vida. Un baúl que recoge ilusiones y hazañas, un cajón enorme de porqués y cómos, de sonidos y de imágenes deformadas con una mirada infantil. Un camino trazado de todo aquello que queremos que nos suceda. Puesto que somos muy pequeños, nuestro mapa no sólo recoge nuestros anhelos, sino que es también un compendio de lo que hemos oído a nuestros mayores que sería bueno soñar. Es una mezcla entre lo que vemos que buscan nuestros amigos, también en fase de descubrimiento de la vida,  y lo que nuestros padres hacen. Los refranes, las frases hechas repetidas una y otra vez, los reproches y las sentencias aniquilantes que intentan definirnos sin apenas habernos permitido crecer y dar a conocer nuestras múltiples aptitudes. Las quejas y las ansias de perfección propias y ajenas, contenidas y ahogadas. Las frustraciones enconjidas y disimuladas de los adultos… 

Y entonces, dibujamos un futuro para nuestras vidas. Un mapa que queda sellado en nuestras cabezas y oculto en la memoria a modo de brújula. Escogemos un camino que se va modificando mientras nuestras vidas y circunstancias van evolucionando. Aunque aquellas directrices trazadas nos marcan, nos guían, de algún modo nos muestran lo que creemos que está bien o está mal. Lo que pensamos que podemos o no podemos hacer, lo que nos está permitido soñar, lo que se supone que debemos creer. Ese mapa nos define en un momento y una circunstancia, nos da una visión partida, una foto calculada de un instante de nuestra vida… Una mirada rota de lo que podemos llegar a ser y necesitar o sentir. Nos da los parámetros para querer, para enamorarnos, para saber cuando ceder, cuando asentir, cuando negarnos. Nos recuerda quienes somos o quienes creemos ser. Nos dice qué podemos esperar del mundo, un mundo acotado por unos ojos de niño, un niño que puede tener o no nada que ver con el adulto que resulta de su experiencia… Esos caminos trazados están tan enraizados en nosotros que nos llegan a parcelar la realidad y generar ideas y conceptos que subyacen en nuestra conciencia y se convierten en parte importante de nuestro día a día. Son caminos que definen una trayectoria y que por tanto acotan nuestro universo. No tienen por qué estar mal, ni bien, pero son visiones parciales de un mundo inmenso, enorme, inconmensurable a nuestro infantil deseo… La foto de un día que acaba determinándonos durante toda la vida si no decidimos cuestionarla. Y podemos hacerlo y parecernos maravillosa, acertada, adecuada. O pensar que queremos más o queremos otra cosa, que no tenemos que ser como nos dijeron que debíamos ser… O quizá sí, porque eso nos complace y encaja con nuestras experiencias presentes. Y en todo caso, no dejar que nos limiten y nos digan quiénes somos más que para recordar lo que aprendimos en aquellos momentos y cómo eso nos ha permitido evolucionar.

La mirada de un niño tiene mucho de mágico. Es inocente, está limpia, no recorta si no le piden que recorte, no se asusta si no le inculcan que se asuste. Aunque al mismo tiempo, asume como dogmas algunos valores que, llegado este momento del trayecto, no tienen porque ser incuestionables, inquebrantables. No tienen por qué limitarnos el pensamiento y la obra, ni borrarnos las ilusiones ni las ganas de cambio. No podemos cargar toda la vida con una idea de nosotros mismos que recoje las frustraciones de otros. Tenemos derecho al beneficio de intentarlo de nuevo, de redefinirnos y saber si estamos de acuerdo o no.

Tenemos todo el derecho a cuestionar al niño que fuimos sin dejar de quererlo, aprendiendo de él lo mágico, lo maravilloso… Esa inquietud fantástica que lo impregna todo de emoción y entusiasmo. Esa energía que todo lo inunda.

Podemos cuestionar lo que aprendimos porque lo que nos han transmitido, seguro con gran cariño y ganas de llevarnos a la felicidad, admite más lecturas, permite correcciones, ampliaciones y es una parte de un todo complejo y apasionante que vale la pena conocer y redibujar.

Negarnos eso sería como pensar que aún tenemos cinco años y no nos podemos permitir nada que entonces nos estuviera prohibido. Somos ese niño y la suma de sus sueños. Sus desengaños, sus aciertos, sus risas, sus caídas, sus golpes, sus metas conseguidas, sus secretos, sus caricias, sus locuras, sus errores. Esa suma nos ha cambiado. Merecemos releer nuestras vidas con ojos nuevos. Merecemos darnos otra oportunidad para calibrar de nuevo nuestras fuerzas y atinos. Y dejar que el niño nos recuerde esa sensación de novedad, de juego, de empezar en todo sin saber adonde vas y hasta donde llegarás …

Y hacer un mapa nuevo, uno que dibuje lo que ya no tenemos miedo de desear, sin límites absurdos y dogmas que nos digan lo que somos y lo que no. Un mapa trazado por nosotros sin fotos rotas ni ideas prestadas que no nos convencen.

Es el mejor homenaje que le podemos hacer al niño que fuimos. Un mapa de sueños propios. Un mapa sin límites.