merceroura

la rebelión de las palabras


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La vida a veces…


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La vida a veces te muestra lo que no quieres para que digas que no… Para que veas que ese camino no es tu camino y ese dolor no es tu dolor. Para que reafirmes tu deseo de no volver a lo que ya dejaste atrás… La vida te mete en un laberinto de zarzas que te sujetan y tiran de ti para que no te vayas para que digas en alto y claro “me voy, no quiero estar aquí”. Te envuelve en la niebla para que salgas de ella y busques la luz… Para que descubras que tú eres la luz.

La vida a veces te cubre de escamas para que encuentres tu piel. Te apaga la luz para que sepas que incluso a tientas puedes llegar a ti. Te arrebata el suelo para que vueles, te deja sin zapatos para que sepas que hay momentos en los que tienes que parar… Te obliga a quedarte quieto para que te aburras un rato y te fijes en todo lo que hasta ahora has sido incapaz de ver…

La vida a veces llena tu casa de gritos y de grillos para que aprendas a amar tu silencio… Te abarrota el sendero que sigues de mariposas para que sepas que tú también te vas a transformar… Llena tu cabeza de pensamientos amargos para que dejes de pensar y vuelvas a sentir…

Te ata las manos para que uses los pies… Te ayuda a perderte para que puedas encontrarte y sepas a dónde ir.

La vida a veces dice que no para que entiendas cuál no es tu camino… Y a veces lo hace para que entiendas que tal vez lo es pero vas a tener que vivirlo de otro modo… Y vas a tener que saltar y aceptar.

A veces, la vida te deja en casa para que leas ese libro pendiente o te cierra la puerta para que tengas que entrar en ese bosque tan oscuro que hace tiempo que sabes que debes recorrer y no te atreves… La vida te pone fácil que sientas y difícil que huyas. Te pone casi imposible que llegues al otro lado para obligarte a buscar tus alas, te cuenta historias tristes para que comprendas que no son tus historias.

La vida a veces te acerca a personas que pisan para que decidas que no quieres que te pisen… Te pone en el camino a personas que sonríen para que recuerdes que tú también tienes una sonrisa… La vida te pide que te muevas y bailes, porque sabe que te asusta el baile.

Ay, la vida… Te llena el cielo de nubes para que comprendas que no importan las nubes, para que superes las circunstancias y descubras que tu paz interior no se vende, ni alquila, no depende de lo que pasa sino de lo que eres… La vida pone en tu camino los árboles más altos para que aprendas a tener paciencia… Llena del lecho del río de guijarros para que nades y dejes de quejarte por el dolor que notas en los pies… Te tira al suelo y te deja un rato tumbado para que no tengas más remedio que mirar hacia arriba y descubrir tu cielo, descubrirte a ti.

La vida a veces se pone muy oscura y angosta para que no tengas más remedio que salir a mar abierto y navegar. Para que dejes lo que haces y sueltes lo que no eres. Para que tengas que arriesgar.

La vida te para en este segundo para que no te quede otra que vivirlo y dejar de pensar, dejar de dar vueltas a lo que no se puede cambiar y puedas mirar en ti y cerrar heridas y decir no a los fantasmas de una vez.

Pone ante ti personas que no saben quererte para que aprendas amarte, para que sepas que debes reconocerte y valorarte.

La vida a veces te baja al infierno para que comprendas que el cielo está  en ti. Te rompe para que sepas que eres indestructible… Te derrumba para que sepas que puedes levantarte. Te ata para que te liberes… Te pone ante el precipicio para que decidas no quieres dejarte caer.

La vida a veces te muestra lo que te asusta para que comprendas que no hay nada que temer y te atrevas a avanzar y sentir. Te da lo que pides para que te des cuenta de que no es lo que realmente deseas y necesitas. La vida a veces te muestra tu lado más oscuro para que descubras que ya no eres esa oscuridad. 

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No eres tú, soy yo…


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Un día me dí cuenta de que la mayoría de personas que me encontraba por el camino eran maravillosas. Las miraba y veía en ellas su valor, bondad, belleza, actitud, su capacidad para compartir… En ese momento pensé “menuda suerte, cuando no sepas qué camino escoger o la duda te asalte, ellas te ayudarán”. Me ilusionaba pensar que era fruto de haber aprendido por el camino a buscar personas que aportan y cuánto podía aprender de ellas y lo mucho que iba a crecer a su lado… Mi cabeza que siempre da vueltas a todo, demasiadas, de hecho, la gente que me lee ya sabe que pensar es un hábito que estoy dejando a favor de sentir, empezó a preguntarse por qué.

No podía comprender cómo había pasado de ir por la vida encontrando a personas injustas, crueles, con maneras de actuar retorcidas o personas tristes, cansadas, hartas de sufrir, asustadas y con la esperanza perdida a topar ahora con personas llenas de alegría e ilusión… ¿Qué podía haber supuesto el gran cambio de escenario en mi vida, el pasar de encontrar personas rotas y con ganas de romperse más a personas que se habían cosido a ellas mismas e iban por la vida enseñando a otras a coserse solas? ¿Qué me llevó de encontrar dolor y sufrimiento a calor y esperanza…?

Intentaba recodar en qué momento activé el mecanismo que convirtió a las personas que me rodean en sabios que comparten su capacidad y aprendizaje, en personas amables que desean aprender, en personas que dan y se alegran de tus logros y que te cuentan historias hermosas y llenas de valor, en personas humildes llenas de ganas de seguir a pesar de las contrariedades, en personas que te escuchan y te preguntan y que te hablan con palabras hermosas…

Y la respuesta no tardó en llegar. Había sido yo. Todo pasa dentro, no hay nada ahí afuera que pueda perturbar tu esencia si realmente estás contigo y te aceptas en toda tu totalidad… Nada perturba ni ensombrece a un corazón que ha decidido escucharse y empezar un camino en busca de su valor…

Era yo, que me amaba y supe ver ese amor en los demás y apreciarlo. Era yo que tenía esperanza y atraje a mi vida gente esperanzada que también tenía ganas de aprender y hacerse preguntas. No es que no se acercaran personas sombrías, es que a los cinco minutos ya se daban cuenta de que no tenían nada que vender… Era yo que dije no a los que pisan para sentirse falsamente dignos y los que se engañan pensando que tanto sus penas como las soluciones vendrán de otros y no de ellos mismos (eso hice yo durante mucho tiempo). Era yo que dejé de culpar y culparme y entonces dejaron de aparecer culpables… Que en lugar de monstruos vi maestros y en lugar de salvadores vi compañeros. Era yo que miré hacia dentro y busqué mis heridas para cerrarlas y dejé de huir de las personas reconstruidas a pedazos… Que dejé de apuntar con el dedo a los demás como autores de mis males para acariciar mi alma cansada y decirme “no pasa nada, volvemos a empezar”.

Era yo que abracé mi sombra y puede entonces abrazar todas las sombras y dejar de topar con la misma piedra… Era yo que vi mi luz y empecé a ver la luz en todos los que me rodean. Que me miré con los ojos de la comprensión y encontré mi belleza y desde ese día nunca he visto a nadie que no sea hermoso…

Era yo que decidí que perdonaba y ahora sólo recuerdo la lección y no veo al verdugo.  Yo dejé de resistirme a la vida y de empujar… Y la vida me mostró sus infinitas posibilidades.

Me tomé el antídoto y el veneno de la envidia dejó de surtir efecto cuando miraba a otros conseguir lo que yo soñaba y la injusticia latía en mí… Como no tuve que competir, todos fueron mis aliados. Como no tuve que juzgar, dejé de ser juzgada y cuando lo fui ya nunca me importó… Como no tuve que engañarme más a mí misma, todos los que se toparon conmigo vivían una verdad sincera… Como ya no tuve que culpar a nadie, empecé a encontrar personas cien por cien responsables de sus vidas.

Porque fui capaz de coserme las heridas a mí misma a base de perdón, ya jamás he tenido la tentación de volver a herir a nadie, ni siquiera a mí de nuevo.

Porque ya no me dolía la indiferencia del mundo, ya no tuve que mostrar mi corazón abierto en canal para llamar la atención ni pasarme los días susurrando quejas y lamentos… Y mis palabras fueron tan hermosas que crearon realidades nuevas y mundos paralelos donde descansar un rato cuando este se pone gris… Y algunos pudieron usar mis palabras como bálsamo… No se me ocurre nada más hermoso que pueda suceder con lo que escribes, dices o cuentas…

Era yo que superé el miedo y entonces me di cuenta de que todos eran valientes.

Yo solté a los que creían que necesitaban arañarme para quedarme con los que dan abrazos. Y nos es que no haya voluntarios para herir, es que no me encuentran tan dispuesta a la riña y sí para la risa y salen corriendo…

Algunos se fueron de golpe. Otros se desvanecieron sin darme cuenta… Muchos persisten pero parecen otros porque cuando les miro sólo veo su cara amable y les siento todavía más cerca, más grandes, más extraordinarios.

Era yo que dejé de llorar y quejarme y al levantar la cabeza vi que todo era distinto.

Cuánto cambian las personas cuando tú cambias… 

Y muchos son nuevos. Llegaron a mi orilla con ganas de compartir, comprender y evolucionar para que yo aprenda de ellos. Su sola presencia en mi vida, sea por una hora o por una eternidad, es un regalo… Una muestra de que sigo el camino que lleva a ser libre, el que ve oportunidades y no conflictos, el que ve aprendizajes y no errores… El que mira con compasión y no con miedo, el que lleva a uno mismo.

Vemos lo que somos, lo que llevamos dentro por coser y remendar, lo que más nos asusta ver para poder arreglarlo y curarlo… Vemos lo que esperamos encontrar, tanto si es desde el amor como si es desde el miedo… Vemos lo que esperamos no volver a ver, porque así podemos afrontarlo… Vemos lo que soñamos,  tanto si es cielo o es pesadilla, para poder asumir desde el valor…

Vemos lo que está en nuestro lado opuesto para poder equilibrar nuestra balanza interior y dejar de aferrarnos a todo. Vemos lo que detestamos para que lo podamos asumir y abrazar. Vemos lo que amamos para poder lanzarnos a ello, aunque esté lejos y tengamos que dar un salto tan grande que nos asuste caer… Vemos lo que no hemos soltado todavía para que sepamos que lo hemos de dejar ir... Vemos lo que damos y lo que no estamos dispuestos a dar… Vemos lo que vibramos, sentimos y escondemos para poder comprender qué camino tomar.

Nunca fueron ellos, siempre fui yo… No eres tú, soy yo que ahora te veo y no tengo miedo de que tus ojos me digan lo que escondo y lo que me asusta… Soy yo que ya no temo tus palabras ni me duelen tus logros porque he encontrado mis propias metas y me siento libre de ir a por ellas… No eres tú, soy yo he aprendido a mirarte y he descubierto que eres grande después de encontrar mi grandeza.. 


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No me ofendo


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Es mi responsabilidad. Aunque a veces tenga ganas de gritar y decirle a más de uno cuatro cosas que no son bonitas y que no me hacen una persona mejor… Soy responsable de si me dejo herir por sus palabras y de si me dejo ofender por su forma de mirarme. Eso no significa que no miren o no digan cosas que no son agradables ni que no tengan que asumir las consecuencias de ir por la vida juzgando y tratando a los demás como no merecen… Y que paguen sus deudas. Allá ellos y su conciencia, eso no forma parte de mi camino. La puerta que tengo que abrir no es la suya sino la mía. Mirar dentro y descubrir por qué me duele, por qué me molesta, por qué dejo que la opinión de otros haga mella en mi actitud, en mi motivación y mi modo de ver la vida… Por qué dejo que me sus palabras me arañen y sus miradas me transformen…

Y voy a ir más allá. Qué dice de mí lo que ellos dicen de mí. Qué hay en mi sombra que resuena cuando llaman a su puerta para que yo me ponga guerrera y se me erice el vello, para que me sienta cuestionada. Tal vez sus ofensas sean una oportunidad para descubrir que mi reino controlado tiene fugas, tal vez sean una señal para que me de cuenta de que no puedo controlarlo todo y de que voy a tener que soltar es necesidad y ese dolor… Que voy a tener que borrar esa expectativa que tanto me zarandea y llena de desasosiego.  Esto que pasa quizás sea para que sepa que me creo algo de lo que dicen cuando quieren herirme y tengo que comprenderlo, soltarlo, borrarlo de mi vida… Darme cuenta de que la única persona que le da crédito soy yo, que yo lanzo el combustible a la hoguera y ellos sólo se ocupan de traer las cerillas.

Insisto, la razón por la que vienen a mí para encender fuegos ahora no importa, esto es un trabajo con uno mismo, personal, intransferible, imposible de delegar en alma ajena. Sé que si no lo hago hoy, ahí se queda, esperando a que otra persona o situación vuelva a mí y la historia se repita, porque siempre se repite… Hasta el infinito, hasta que comprenda que la que se apunta con el dedo soy yo y los demás sólo me ayudan a darme cuenta.  Cuanto antes lo solucione, cuanto antes saque de mí esa mirada que me juzga sin compasión, antes callarán, antes callaré mis reproches… 

Ellos están ahí para que yo me conozca y me de cuenta de que todavía no me amo suficiente. Para que advierta que no confío en mí como merezco y que cuando me presionan todavía hay en mí alguien un poco resentido y rabioso que quiere responder con la misma violencia… Y no pasa nada, saberlo es comprender y aceptarlo es dar el paso para poder soltar esa rabia. Para decidir que cuando estás en paz contigo no importa que fuera se libre la más dura de las batallas porque eso no perturba tu calma… Y eso no significa no hacer nada o quedarse a esperar el golpe, significa saber cuál es tu centro y qué líneas no estás dispuesto a pisar pase lo que pase. Saber que no te vas a tragar el dolor ni la mentira y que por más que te digan tú sabes quién eres y lo que hay en ti no se vende, no se arrastra, no se desgasta por más que otros intenten socavar tu autoestima.

A través de sus palabras te curas para poder vivir a pesar de sus palabras. Los que te atacan te dan el antídoto para que sus ataques no te duelan y al final dejen de existir porque cuándo descubran que ya no te afectan ni te duelen, te dejarán en paz… Porque cuando hayas aprendido a soltar la necesidad de ser aceptado por todos, cuando hayas hurgado en tus entrañas y hayas visto tu sombra y comprendido lo que aún no eres capaz de decirte a la cara, no hará falta que venga nadie más a destapar tus debilidades… Cuando descubrimos que en realidad esas debilidades son fortalezas, no solamente dejan de usarlas los demás para golpearnos con ellas sino que nosotros empezamos a utilizarlas como catapulta para crecer, evolucionar, para alcanzar nuestras metas…

Al final, el que te grita tus miedos a la cara te regala la oportunidad de conocerlos, asumirlos, enfrentarte a ellos y cerrar la puerta. El que te restriega tus defectos te concede el privilegio de comprender que en realidad son puntos de apoyo, pedazos de ti que asumir y abrazar para fortalecer tus grandes dones… El que te dice en voz alta lo que callas, lo que tú crees que eres y no te atreves a reconocer te ofrece en bandeja la posibilidad de dejar de ocultarte tras una máscara para descubrirte a ti mismo y mostrar al mundo tu verdad.. Sin tener que aparentar y esconder, sin tener de demostrar nunca más, sin avergonzarte ni falsear nada en ti puesto que eso que te parece tan terrible es en realidad una herramienta maravillosa para alcanzar tu paz, tu meta, tu destino…Si dejas de creer que no vales nada, nadie podrá hacerte creer que no vales nada… Si dejas de pensar que mereces ser ofendido, nada que nadie diga podrá ofenderte… Las ofensas llegan para que notemos que todavía no nos queremos suficiente, no nos aceptamos suficiente, no nos conocemos suficiente… Si no te ofendes cuando alguien te dice algo con ánimo de hacerte daño es porque ya hace tiempo que tú dejaste de decírtelo por dentro, y esa persona te usa para tapar su dolor, para no tener que mirar en su interior y descubrir que es el cazador cazado, el monstruo del que huye, el fantasma que ve en el espejo en el que teme mirar para no ver su reflejo. Porque actúa asustadizo viendo su sombra y buscando coartadas para pensar que es la de otro. 

Si no sacas a la luz lo que te asusta mostrar, nunca puedes usarlo para crecer… Si no reconoces tu dolor, no podrás convertirlo en belleza. Si no miras qué hay dentro, nunca podrás mirar fuera sin dolor. 

Las ofensas que creemos recibir son a veces la forma en que la vida nos pone delante la oportunidad de borrar, de perdonar y perdonarnos, de curar nuestros miedos y hacer las paces con nosotros…Son un espejo de todo lo que llevamos todavía bajo la piel y nos quema por dentro y supura por nuestras costuras y espera que sepamos soltar para eliminar ese sufrimiento, para que aprendamos a ponernos de nuestra parte… Y es algo entre tú y tú mismo… Los demás tienen su camino. Que se preocupen ellos de descubrir su sombra y su oscuridad y saber por qué van por la vida cómo van… Por eso lo que importa es dejar de mirarles y de sentirnos pequeños ante ellos y centrar la atención en nosotros para descubrir qué podemos hacer y comprender. Y asumir que tenemos el poder de hacer de nuestra vida una experiencia maravillosa… No hay nada ahí a fuera que te perturbe si no está en ti esperando liberarse… 

Nada te ofende si tú no te ofendes, si no llevas dentro una ofensa pendiente guardada esperando salir a la luz pero que ahogas porque no te sientes preparado para asumir… Nada significa nada si tu dolor no le da significado… 


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Ante el espejo


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Lo reconozco. Durante muchos años mi autoestima estuvo floja, por no decir rota y casi sin aire. Me avergonzaba de mí y de todo lo que salía de mí para el mundo… Nada era suficiente. Nada era hermoso, ni sencillo, ni fluía… Todo parecía ser enormemente pesado, complicado, triste… Vivir en mí era un ejercicio agotador y extenuante. Todo dolía demasiado como para quedarse… Incluso indagar en mí para descubrir mi verdad… Cuando vemos dolor en el mundo siempre estamos contemplando nuestro dolor, en realidad. 

Hubo un tiempo en que no hice nada por superarlo. Me limitaba a ir por la vida al final de la cola y resignarme no quedarme con nada porque sentía que nada me tocaba a mí, que no me pertenecía un pedazo de eso que todos codiciaban. En mi lucha había algo parecido a la paz, se llamaba resignación… Es terrible lo sé pero para el que nada bueno espera, decidir dejar de esperar es un bálsamo. Y no está mal dejar de esperar de otros, siempre que sepas que mereces lo mejor siempre, pero yo lo ignoraba. 

Así crecí y fui acumulando tiempo y una sensación de sueño permanente por dejar hacer sin esperanza, sin ilusión… Vivía dormida suplicando que nada ni nadie me despertara porque siempre que pasaba era para recibir mofa o burla. Ser el foco de atención era un castigo, por eso me escondía. 

No sé cómo, seguramente porque durante ese tiempo acumulé tanta ira y rabia dentro que o salían por mi boca o explotaban en mi estómago… Y decidía empezar a usar las palabras.

Estaba tan harta de tragar asco y dolor que empecé a defenderme del mundo… Y decidí darle una lección. Durante años viví bajo la premisa «Ahora os vais a enterar». Y me dediqué a mostrarme siempre perfecta, siempre queriendo más para obtener aplauso y ser aceptada… Decidir que te vean y juzguen es un castigo también si lo que piensan los demás te importa demasiado y hace que lo que piensas tú de ti mismo no te importe.  

Durante aquellos años, muchas personas se acercaron a mí con cariño, pero yo no supe recibirlo porque la imagen de persona fuerte, atenta, siempre alerta, siempre eficaz, era falsa… Y cuando venían a mí para darme un abrazo, yo no sentía que abrazaran a esa persona que parecía que era sino a la niña dormida del final de la fila que nada bueno espera… Era como si creyera que al besar a la princesa descubrirían que en realidad era un sapo. 

Cuando alguien me declaraba su amor, yo era incapaz de comprender qué veía en mí, qué amaba, porque yo veía todavía a la niña cansada y nunca hermosa y , en el fondo, pensaba que se reía de mí…

Y de la niña cansada de no despertar, pasé a la mujer rota y agotada por estar siempre alerta, siempre vigilando, intentando controlar al mundo para que nada fallara, para ser perfecta, para ganarse en derecho de ser como los demás acumulando méritos. Me sentía exhausta, me arrastraba buscando fuerzas para seguir. Lo leí todo, lo cursé todo, me tomé todas las vitaminas que hay en el mercado para subir los peldaños de mi día a día con un poco de energía… De nada servía porque la escalera que subía iba hacia fuera y la que necesitaba empezar a recorrer iba hacia mí. 

Las críticas me desgarraban el alma. Nunca nada era suficiente. Siempre necesitaba ser mejor, parecer mejor, recibir más elogios que siempre sabían a poco o parecía vacíos porque mientras ellos veían a alguien valioso yo me sentía miserable.

Tenía tanto miedo de que todos volvieran a verme como yo me veía… Era como llevar siempre una máscara que me asfixiaba. Si quería respirar podía quitármela pero entonces tenía que asumir el alto precio de ser vista y observada. A menudo pagamos altos peajes por no decidir ser nosotros mismos. Por no asumir y aceptar y soltar la necesidad de ser perfectos o ser como los demás quieren que seamos (o como pensamos que quieren que seamos). La máscara es cómoda pero te obliga a vivir a medias, a respirar a medias, a estar en una sombra constante.

Doy gracias al dolor. Siempre hubo dolor, emocional y físico, mucho. Y una vez resultó insoportable. Era como si mi propia mirada se hubiera transformado en cuchillo y me desgajara de arriba abajo. Era eso, yo hiriéndome a mi misma a través del mundo. Yo mirando al mundo con recelo porque pensaba que el mundo me miraba así a mí. Yo peleándome contra el mundo y haciéndome daño en un ataque de ira… Volviendo mis garras hacia mí… Odiando al mundo y descubriendo que odiar al mundo es odiarse a uno mismo… Porque en realidad en nuestro inconsciente cuando alguien nos critica sabemos que esa crítica nos duele porque le damos veracidad, porque usamos las palabras de esa persona para decirnos lo que sentimos y todavía tenemos que curar en nosotros… Yo miraba al espejo y lo rompía en mil pedazos esperando que cambiara el reflejo y con eso sólo conseguía miles de pequeños espejos reflejando lo mismo. 

Y entonces sucumbí y me partí en pedazos. Y me di cuenta de que para pegarlos y coserme no iba a servirme la estrategia del miedo al mundo, la de la lucha constante, la de pasarme los días y las noches en vigilia, controlando qué piensa el mundo de mí…

Llegó el momento de decidir si me elegía a mí o al mundo… Y doy gracias de nuevo por un momento de lucidez en el que me arranqué la máscara y vomité todo mi dolor en las páginas de los libros…

Y pasado el tiempo, a medida que he ido quitándome capas de miedo y de necesidades inventadas, me he dado cuenta de que aquel día no escogía entre el mundo y yo, porque son lo mismo… Porque el mundo es lo que tú eres, lo que imaginas que es, porque en el fondo lo dibujas tú…

Elegí en realidad entre el amor y el miedo… Entre seguir mirando con odio o comprender desde el amor. Entre esperar que cambie el mundo o cambiar yo…

Entre mirar hacia afuera o mirar hacia dentro.

Y miré en mí y vi que el mundo y yo éramos una copia exacta. Y la compasión para verlo, me llevó al amor…

Empecé a mirarme de otro modo y sin demora el mundo me pareció un lugar donde había espacio para la belleza.

Y cuando alguien se me acercaba con amor, veía su amor y sentía el mío.

Lo que recibía del mundo era una copia de lo que yo me daba a mí misma, que es al fin y al cabo, lo que le daba a él…

Nadie nos puede hacer daño si nosotros no estamos dispuestos a hacérnoslo primero. No hay ofensa que te invada el alma si no se lo permites.

Lo que damos a otros nos lo damos a nosotros mismos… Nos pasamos media vida intentando coser el roto en otro cuando en realidad la herida está en nosotros. Vemos el reflejo, cuando en realidad proyectamos nuestras inseguridades y flaquezas… No vemos nada que no llevemos dentro, aunque sea en forma de temor. Cuando vemos al otro capaz de herirnos es porque entre nuestros miedos está que nos hiera, porque en el fondo, nos estamos hiriendo nosotros mismos… 

Nos asaltan los prejuicios y destierran de nosotros un mundo de posibilidades que se abre cada día cuando nos cruzamos con otras miradas… Esperamos dolor y recibimos dolor, buscamos refutar en el otro la imagen que tenemos de nosotros mismos… Debemos dejar de culpar y de intentar curar al espejo de nuestro dolor y empezar a comprendernos y aceptarnos a nosotros mismos. 

Vemos en el mundo nuestra propia desconfianza.

Y el reflejo nunca decepciona… 

Pido perdón por todos los arañazos que he infligido a otros durante el camino mientras en realidad me arañaba a mí.


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El cielo que llevamos dentro…


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Todo está en ti.

Lo que buscas y aquello de lo que huyes… Cuando juzgas al que grita es porque sofocas tus gritos y te muerdes las uñas.

Cuando miras con recelo al que miente es porque alguna vez te mientes y autoengañas fingiendo que no te pasa nada, cuando tienes mil emociones sofocadas dentro de ti por descubrir, comprender y trascender.

Te molesta ese compañero rabioso porque tú tienes tanta rabia acumulada que detestas que él la suelte e invada la habitación con ella cuando tú la almacenas esperando estallar…

Lo que te asusta, está en un rincón esperando que lo descubras para que te des cuenta de que es en realidad más pequeño y manejable de lo que imaginas.

La vida cada día nos da pistas para encontrarnos en lo que vemos y olemos. Nos da pequeñas sacudidas para que nos sacudamos a nosotros mismos. Para que nos zarandeemos antes de dormir y salgan los recelos y los miedos afuera.

Somos lo que amamos y lo que detestamos. Somos lo que abrazamos y lo que dejamos para más tarde. La belleza que podemos ver y la decadencia que nos asusta percibir.

Somos el árbol que nos tapa la vista perfecta del balcón porque nosotros tampoco nos permitimos ver lo que buscamos, lo que no deseamos mostrar al mundo.

Somos el amanecer en el mar cubierto de un cielo malva que acaricia un sol tímido que nace.

Somos el anciano que tanto sabe y nos cuenta sus batallas y nos cuesta escucharle, porque nos recuerda que el reloj corre y nos hacemos viejos… Y apenas hemos sido nosotros mismos y no estamos viviendo la vida que deseamos.

Somos la luna más rotunda y preciosa que jamás hemos imaginado pero no nos damos cuenta.

Somos la vecina cotilla que cree que todo lo sabe, porque no soporta vivir su vida vacía y pasa los días hurgando en vidas ajenas esperando encontrar más dolor que en la propia… Aunque nunca se sacia y siempre está angustiada.

Somos el niño que teme ir al colegio porque hay dos compañeros que le humillan. Somos su pánico al rechazo y también somos las ganas de los que le someten cada día porque llevamos dentro una ira immensa por soltar.

Somos ese recién nacido que huele a vida y todo lo vuelve hermoso y feliz.

Somos el que aparenta porque teme mirar y no tener y el que no tienen ni siquiera ganas de parecer nada, porque está roto y cansado de no encontrar el camino.

Somos el artista que no triunfa porque le asusta brillar y el que ha hinchado tanto su ego que nada más verle te das cuenta de que va a estallar.

Somos la niña que juega en la arena de una playa y sonríe tanto y que consigue que el tiempo se detenga.

El mendigo que no quieres ver en la esquina te recuerda que tú también mendigas y no lo ves…

Somos el viento fresco que llega cuando caminas cansado y te acaricia la cara.

Somos el que da lecciones de moral y luego hace trampa y esconde la mano…

Somos todo lo que no podemos admitir y lo que queremos esconder… Y gracias a ello, cada día damos un salto. Gracias a ser capaces de dejar de ocultarlo y empezar a afrontarlo, podemos soltar nuestro temor a ser. Gracias a navegar en el cieno conseguimos encontrar el mar… Gracias a admitir que nos da miedo, le ponemos un nombre y aprendemos a mirarlo a la cara…

Y nos damos cuenta de que está ahí para abrazarlo y admitirlo. Para darnos cuenta de que existe en nosotros y descubrir que no pasa nada… Que todo tiene sentido y está ahí cumpliendo su función… Que llega para marcharse cuando lo asumimos y dejamos de avergonzarnos de ello. Que viene a mostrarnos el espejo para que nos reflejemos en él veamos que somos maravillosos…

Para que sepamos que la belleza no es perfección sino coherencia…

Que ya basta de brillar a medias por miedo a ofender o decepcionar.

Que no necesitas pedir perdón por ser tú, sino perdonarte por esa culpa que arrastras y que no es tuya.

Que no llegarás a todo y eso te hace fantástico y te da la oportunidad de seguir mañana.

Que eres tus sueños, pero también tu forma de superarlos y amar tus debilidades.

Que eres tus cicatrices y tus manías que te convierten en alguien distinto.

Al final, bendeciremos al captor porque nos ha ayudado a sentirnos libres…

Al traidor porque demostrarnos que sólo necesitábamos sernos fieles a nosotros mismos.

Al violento por mostrarnos la rabia que llevamos dentro.

Al manipulador por hacernos ver que no queríamos ser responsables de nuestras vidas.

Al que nos ha rechazado porque nos ha ayudado a comprender que somos nosotros quienes nos rechazábamos…

Al que no supo amarnos porque nos enseñó que no sabíamos amarnos a nosotros y buscábamos amor por ahí fuera sin que saber que estaba dentro. Todo lo que parece que nos rebaja no nos deja más alternativa que crecer, que aumentar de tamaño. Todo lo que nos oprime, no nos deja más remedio que volar… Y así descubrimos que el poder es nuestro.

Así es la vida… Nos pone delante lo que necesitamos ver…

Gracias por poner ante nosotros lo que hacía falta para conocernos y descubrir que en realidad ya somos lo que buscamos y sólo debemos quitarnos esa máscara de niños asustados. Que lo que nos faltaba era mirar de otro modo lo que nos rodea para descubrir que la belleza está siempre primero en los ojos del que mira porque si no, no la ve… Que en el fondo, no nos hace falta cambiar sino desnudarnos de hipocresía y vivir sin corazas… Que buscamos fuera y la respuesta está dentro…

Gracias por hacernos de espejo y ayudarnos a descubrir que no alcanzábamos lo que queríamos porque alargábamos la mano hacia el cielo cuando lo que debíamos era fijaros en el interior y descubrir que lo que necesitamos para vivir intensamente ha estado allí siempre… Gracias por mostrarnos el mapa del tesoro que buscábamos y permitirnos ver que en realidad lo llevábamos tatuado en la piel… Gracias por demostrarnos que perseguíamos el reflejo en lugar de la luz. 

Gracias por ayudarnos a ver que buscamos el cielo y en realidad lo llevamos dentro…