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la rebelión de las palabras


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La caja de cerillas


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Nos quejamos mucho. Nos pasamos el día concentrándonos en lo que nos molesta, lo que nos preocupa, lo que nos falta, lo que no nos gusta. Repetimos mil, cien mil veces las mismas frases hasta que se convierten en una plegaria, en un credo… Se meten en nuestra cabeza y en la cabeza de los que nos rodean, como un mantra asqueante que nos reafirma en lo que en realidad queremos alejar de nosotros. Cada palabra que decimos nos hace sentir más dolidos y rabiosos, más resentidos con todo y con todos… Cada palabra que sale de nuestra boca en forma de exabrupto o lamento nos acerca a esa realidad que queremos superar. Y a veces, es una realidad inventada, un recorte de lo que es nuestro mundo. Una versión incómoda y desconsiderada de lo que somos. Un compendio de lo que detestamos sin tener en cuenta todo lo hermoso que nos rodea. Acotamos nuestro mundo a cinco, seis frases hasta que nuestra mente se convierte en un cuarto oscuro desde el que no se ve nada de lo que hay fuera. Los sueños llaman a la puerta, pero no la abrimos porque no vemos lo que deseamos, vemos lo que nos asusta, lo que detestamos… Eso reduce nuestras ganas, nuestras capacidades, nos hace pequeños, mínimos… Y nos convertimos en un ser diminuto intentando abrir una puerta gigante para dejar pasar la luz, para dejar salir los lamentos y dejar que entren algunas alegrías. Sin embargo, ese ser pequeño triste, metido en una caja de cerillas por conciencia, con la luz apagada y los pies fríos no consigue abrir. No puede porque él mismo decidió no poder. Se cargó de dolor y angustia y ese peso aturde cada uno de sus pequeños movimientos. Respira un aire viciado y enrarecido, escucha la misma música triste, mira las mismas caras agrias de siempre, algunas transformadas por su mirada desganada, otras salpicadas por su perorata triste y quejumbrosa. No tiene donde agarrarse para conseguir tomar impulso y salir de la habitación oscura de su cabeza. Cada uno de sus pensamientos tristes y acotados a una realidad restringida y limitada a esas cinco frases de agobio le impiden tener la fuerza suficiente para respirar aire puro… Para salir de sí mismo y su mundo reducido de penas y angustias…

El hombrecillo triste que nos habita no lo sabe pero la solución está a tiro de pensamiento, de palabra. Si por un momento consiguiera dejar de repasar la lista de lo que odia y se concentrara en recitar la lista de lo que ama, si pudiera soñar y ampliar su mundo de quejidos y superarlo, si consiguiera encontrar algo hermoso a lo que sujetarse… Tomaría impulso, daría un gran salto y lograría abrir la puerta. Entraría la luz y se daría cuenta de que la caja de cerillas ha sido siempre una gran llanura con hermosas vistas. Que las caras agrias eran de desconcierto y la música triste eran sus propias palabras…

A veces, desayunamos lamentos y cuando llega la noche nos acostamos con ellos. Nos regodeamos en nuestras miserias y faltas. Nos pasamos las horas mirando en negativo de la foto de nuestra vida. Nos convertimos en aquello que odiamos a base de repetirlo. Nos quedamos sujetos a ello, se nos pega en la espalda y nos acompaña, impregna nuestra existencia y no nos deja ver todo lo demás. Tanto quejarnos, acabamos siendo una sombra triste, un murmullo aburrido y aturdidor… Somos lo que decidimos ser. Nuestra vida son las palabras con que la definimos. A veces, es necesario callar y mirar más allá. Salir de ti mismo y contemplarte con otros ojos. Hacer una lista nueva, sin historias tristes que recordar. Con sueños, retos y risas contenidas esperando salir. Una lista de lo que amas para convetirte en lo que amas y abandonar la caja de cerillas.


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El eco de tu soledad


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A veces, te sientes tan sola que puedes oír tu ruido interior. Una especie de sirena que reverbera dentro de ti, con un sonido desgarrador en insistente. Un zumbido continuo y perenne que, a menudo, durante largo rato, no consigues escuchar, porque se integra en tus fibras y estructuras. Y cuando llueve y te da por recordar, suena con una insistencia impertinente, como si tu corazón fuera de metal y tu cuerpo una morada vacía. Tus manos buscan manos, tus ojos deambulan por la habitación intentado encontrar unas pupilas amigas donde posarse. Tu voz busca unos oídos amables que la escuchen, para contar sus historias y abrir la puerta de tu mundo. La soledad es tan hueca que grita, te deja tan sordo, mudo y cobarde que temes levantar la voz, levantar la cabeza y pedir. Si no pides, no tienes. Si no das, no recibes. Aunque a veces este mecanismo se te oxida, se desdibuja tras tus lamentos. Entonces te miras y no recuerdas quién eres porque te has convertido en tus quejas, tus dolores, tus angustias, tus ansiedades de madrugada y tus limitaciones imaginarias. Eres lo que lamentas ser. Lo que has pensado que nunca serías pero has imaginado con insistencia que ya eras… Ese retrato temible que has pintado en tu pensamiento y que no consigues ahuyentar…Y además lo sabes y te culpas. Y la culpa teje una telaraña en tu mirada y tu pecho que no te deja brillar ni respirar.  

A veces, tu soledad es tan rotunda que silba…

Enciendes el televisor, buscas la complicidad de la radio, abres la ventana para que el tráfico te recuerde que existe un mundo y que no es para ti. Que cuando cierras los ojos continua y late, sin tu mirada, sin tu risa. Que podrías desaparecer y desvanecerte y no se inmutaría. Que una losa de tiempo pasado te cae encima y no puedes levantarte… El mundo respira sin ti. El mundo existe sin ti. Y no es cierto, no lo es… Sólo lo piensas tú…

Aunque, a veces, lo sé, tu soledad es tan desmedida que ronronea en tu hombro…

Buscas un lugar donde ya no quepa nadie, repleto de voces y pensamientos. Un lugar donde recordar que formas parte de un todo imperfecto pero necesario. Donde puedes ser la pieza de un engranaje enorme. Y allí tu soledad es rotunda, gigante, descomunal… Suena una especie de gong tremendo que te zarandea de arriba abajo y te recuerda que vayas donde vayas, esa sensación te acompañará siempre… Porque la llevas dentro, porque la alimentas, la construyes, la consientes y la mimas hasta convertirla en tirana… Contigo misma.

A veces, tu soledad es gigante y brilla. Y tú gritas para poderlo superar y eco te devuelve los gemidos de una mujer desesperada y perdida que se busca y no se encuentra. 

A veces te sientes tan sola que te golpearías para notar tu perímetro, delimitar tu contorno y no fundirte con el paisaje… A veces te notas tan lejos de todo que crees que no respiras el mismo aire que el resto del mundo.

Has sido tú, que te imaginaste en una burbuja, que te dibujaste sola en un camino sin más compañía que el sol y un par de nubes. Eres tú quien cuando sueña se pone vallas a los sueños, los acota y reduce hasta ser sutiles fantasías y les pone la etiqueta de imposibles.

Eres tú quien ha acumulado la arena que te rodea para estar en tu desierto particular…

A veces te sientes tan sola y tus paredes reverberan tanto… Que no nos oyes llamarte y suplicarte que nos mires. Estamos ahí… No te compadezcas más de tu sombra, quiérete e imprégnate de ese mundo que parece que te aparta. Ama tus pecas, atesora tus derrotas y camina…

Lo sé… A veces, tu soledad es tan grande que te susurra al oído canciones de amor…