merceroura

la rebelión de las palabras


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El juego de los contrarios


Propongo un ejercicio complicado, aunque muy útil. Lo practican los sabios, los que saben a dónde van y los que deciden escuchar esa voz interior que les hace de guía. Es un ejercicio para faltos de rencor y personas capaces de seguir y perdonar… Para aquellos que no esperan permiso de los demás para ser felices.

A partir de ahora, cuando te humillen, les dedicarás una sonrisa. Y cuando te digan que cansas, bostezarás para ser cómplice de su cansancio. Demostrarás que no te duelen ni te arañan, que no te sobran aunque digan que les sobras, porque estás por encima de su juego de menosprecios y batallas. Porque no te crees ni por un momento sus desaires de reyes flojos que necesitan imponer y mandar para conseguir respeto.

Cuando te nieguen, les dirás que sí con ímpetu y les abrazarás con fuerza para que noten tus ganas de aceptarles como son, a pesar de sus miradas sin vida para decirte que no cuentas, que no sirves, que no te buscan y que se desesperan si te encuentran. En realidad, no va contigo, va con ellos… Están perdidos, y el niño chico que les habita da golpes al muñeco para descargar sus frustraciones…

Busca para ellos una palabra hermosa y repítela millones de veces, para que cuando su oscuridad sea infinita tengan algo a lo que agarrarse. Sé su guía para encontrar la dignidad que pierden cuando creen que te la roban a ti… Para que puedan construir un mundo a partir de una pequeña idea. Para que tengan un sueño y les cambie la vida…Para que deseen ser mejores y lo consigan.

Dales las gracias, y cuando te miren con desgana, regálales besos y flores. Diles cuanto valen, que merecen cuanto sueñan y que hay momentos en que, cuando no están de pose, casi brillan si no fuera por sus ganas de pelea.

Se les pasarán las ganas de llamarte loca, porque reirás con entusiasmo de tanta falta de tacto, tanta falta de cordura, tanta necesidad de cariño por su parte, tanto miedo escondido tras una careta de orgullo. Tanta flojera oculta en cada golpe sobre la mesa…

Cuando te adviertan, les recordarás que a veces te rondan. Cuando te aparten, te quedarás a primera vista, para que sepan que sigues a su lado, que les observas y que te necesitan, que tú resistes más que ellos porque te quieres y aceptas. Que no necesitas morder para saber que estás viva, que no necesitas rebajar a otros para sentirte por encima… Ya estás por encima, porque amas.

Cuando te rehuyan, llénales de besos, ponte pesada y cariñosa. Les devolverás la risa, el sueño, el placer, el rezo y las ganas de seguir caminando por este sendero revuelto.

Cuando te suban la voz, dedícales un jadeo, un gemido que les recuerde que habitas tus días y noches, que existes, que reinas. Y hazlo con alegría, con ganas, sin perder ese semblante sereno que siembra tus ojos y hace que brillen tus pupilas porque sabes que puedes y te conoces. Porque hace tiempo descubriste que te querías y valorabas y que no eras mejor que nadie… Sino mejor que tú misma, cada día.

Si te giran la cara, ríe o busca la suya y que te brote de dentro un “buenos días” convencido. Que noten que no te achicas ni pierdes comba cuando susurran. Que cuando ellos pisan, tú sobrevuelas. Que cuando ellos murmuran, tú cantas y espantas tus fantasmas, ya cansados de buscarte y ver que no te asustan… Porque te tienes y contigo hay un batallón de personas que como tú saben que nunca tendrán frío si les arde el alma… Que han aprendido a vivir de cara y encajan los malos momentos sin ir a la deriva. Personas que saben querer y tender la mano si hace falta.

Cuando te cierren la puerta, llama de nuevo o busca la ventana. Ellos no deciden si entras o sales. No dibujan tu vida. Y al entrar, busca tu mejor sonrisa. Que el entusiasmo te esculpa, que te salga por los poros la guasa… Y hazlo sin acritud, no como venganza sino como caricia, no como huracán sino como brisa… No como castigo sino como juego. Un juego de contrarios que poco dura, al final. Ellos siempre desisten si no te inmutas. Siempre caen, si tu no caes. Siempre se desesperan si tú no te desesperas. Siempre cambian de rumbo y buscan otra presa, porque tú no eres presa ni víctima. No sigues el destino que han designado para ti. Porque ellos necesitan vivir sus vidas a través de las miserias de otros y de generar angustias. Porque están siempre pendientes de los demás y sus existencias están vacías… Porque han vivido para denostarte y sólo pueden conseguirlo si tú se lo permites… Y tú, vives por ti y de contagiar una alegría que te desborda. Porque tú reinas en cada paso y hace tiempo que asumiste que no importa lo que te pasa sino la forma en que eres capaz de sobrevolarlo… 


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Lo que soy


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Foto : Mercè Roura

Soy ese día en que escribí mi nombre por primera vez. Reseguí torpemente cada letra hasta acabar de forma artificiosa, me puse el lápiz en la boca e hice una mueca de felicidad. Aquella era yo. Y la primera ocasión que tuve que salir a la pizarra. El día que supe que podía equivocarme y tuve la ingrata sensación de que iba a suceder a menudo y me sentí ridícula y diminuta.

Soy la mañana en que me tragué las lágrimas en una esquina del patio y la que acabé con las rodillas llenas de rozaduras. Aquel día soleado de excursión recogiendo hojas y dibujando sus relieves en un cuaderno. Aquel beso tibio sin ganas y todos lo que imaginé con ansia y no llegaron.

Hay un pedazo de mí en cada rincón del parque donde jugaba, en cada columpio, en cada banco… Las palomas que te escrutan con la mirada saben cada una de mis pequeñas aventuras…

Soy un poco de esa amiga de infancia que se perdió al cambiar de escuela y a la que no reconocería si tuviera delante… Y un mucho de mi abuela que se nos fue de este mundo después de enseñarme mil refranes… Los oigo todos repetidos con su voz aguda.

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Soy unos zapatos rojos en un escaparate, una bata vieja pero cómoda, el ojo de la cerradura en una puerta secreta. Algo queda de mí en una caja donde ocultar tesoros y en una peonza olvidada que girará eternamente en mis pensamientos.

Se repite incansablemente en mi cabeza una película antigua que acababa en un faro, en el fin del mundo. Es mi faro.

Soy una libreta nueva por empezar y el primer libro que leí entero. El día que supe que muchas veces sería que no, aunque pataleara hasta reventar y el día que fue que sí sin apenas buscarlo. Soy la canción con la que me quedaba dormida cuando era niña. Me pertenece.

Aún respiro el aire mojado de ese día en que recibí una primera rosa y una última llamada. Aún veo escaparse un tren que debí tomar y oigo repetirse unas palabras que me hirieron. Noto como se me clavan… Y si me esfuerzo puedo acariciar en mi mente el surco que dejaron… pero ahora sé que son mías, que forman mi equipaje… Que me han construido y esculpido…

Tengo todavía acumuladas risas de las clases de historia y de las tardes de verano ante una playa… El llanto pendiente almacenado en la garganta, fabricando un nudo, que a veces aprieta y ahoga. Sé que ahora es mi nudo, forma mi historia.

Soy ese día en que fui tremendamente injusta y ese otro en que me tocaron y hundieron hasta dejarme exhausta porque brillaba.

Me quedé pegada a aquel momento en que supe que me él quería y estallé por dentro… Y escapo aún del instante en que adiviné que aquel amor nacía pequeño y deshilachado.

Quedan pequeñas moléculas mías en el aire de una noche en que alguien me escribió desesperado buscando respuestas… Y le dediqué unas palabras. Me quedé corta, pero vacía.

Formo ya parte del segundo en que supe que ella crecía dentro de mí con ganas y aquel mediodía inmenso en que le vi la cara, volví a nacer y supe que aquello iba a ser eterno.

Guardo un manojo de miedos mayúsculos que me surcaron las venas y me dejaron quieta, cansada.

Soy el día que dije no puedo y también el que saqué valor de las tripas para conseguirlo. Soy el agua que dije que no bebería y el silencio que me tragué.

Cada palabra de más, cada palabra de menos…

Acumulo en la memoria cada rincón de mi casa, cada falta de ortografía, cada escalón subido o bajado, cada tertulia.

Soy las caras de los que me precedieron y alentaron, los que hicieron conmigo un tramo del camino y los que se detuvieron.

Es ya mi camino.

Pertenezco a ésta y a todas la veces que me he preguntado quién soy.

 

 


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Que el futuro nos pille siendo niños


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Cuando era niña las horas eran eternas. Sesenta minutos sentada ojeando un libro, fijándome en las comisuras de sus páginas, pasando los ojos por sus dibujos, siguiendo con las pupilas las letras… Eludiendo pensamientos eran una vida. Mis ojos lo escrutaban todo. Las formas caprichosas de las baldosas en el patio, la incandescencia de las bombillas, el reverso de las hojas de los árboles, los dibujos que formaban las nubes… todos los tenues quejidos que de noche se oían en casa. Lo pequeño era grande, enorme… Digno de ser analizado hasta saciar la curiosidad. Y lo mejor, siempre parecía nuevo, sorprendente.

Cuando era niña notaba el calor del abrigo y el frío del helado. Los percibía intensamente con toda mi escasa materia, me calaban por dentro, me reseguían las esquinas… Cada pequeña sensación era un tesoro, una experiencia capaz de transformar mi esencia, de mutarme, de hacerme más alta, más lista… más curiosa. Y siempre tenía espacio en mi dermis para una sensación más, un pedazo de vida nuevo… Un camino distinto. Todo era gigante pero cabía en una caja diminuta.

Cuando era niña me bastaba con levantar la vista y buscar a mi madre y saber que era mi casa. Un par de besos eran una escuela, un palacio, un planeta. Mi cabeza sobrevolaba montañas y desiertos desde un sofá, mi pensamiento era de chicle, mis manos tenían magia para cambiar el mundo. Cuando era niña era de goma y de sueño, de pedazo de selva y de barco en el mar. Vivía en un castillo y era capaz de zamparme cualquier cosa que pudiera imaginar… Y lo imaginaba todo y todo me cabía entre las manos.

Cuando eres niño todo es nuevo, eterno, intenso. Todo supone un pequeño reto, todo es asumible… Todo se puede recortar y pegar. Y los esfuerzos tienen grandes recompensas…

Y maduramos o eso creemos. Aunque a veces, lo que hacemos es crecer por fuera; ponernos corbata o tacón alto, dejar el castillo, seguir un camino predeterminado. Nos ponemos rígidos como un palo y forzamos la sonrisa… Porque no entendemos nada. El ejercicio de ser adultos debería suponer poder guardar esa capacidad de verlo todo cada día como si tu mirada fuera virgen pero almacenar una conciencia sabia. Descubrir que no somos el ombligo del mundo y volver a mirar el reverso de las hojas…Recuperar el juego.

Saber que no todo va ser como deseamos, pero que quizá pueda ser mejor. Recordar que no todo se ve y se toca, que no todo se alcanza con la mano pero que está a tiro de pensamiento. Y que cuando toca lluvia, hay que mojarse.

Que el próximo minuto nos encuentre un poco vírgenes de pensamientos tristes… Que el futuro no pille siendo niños.