merceroura

la rebelión de las palabras


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El arte de quererse


Todos buscamos que nos quieran. Que nos admiren. Todos queremos destacar en algo. Brillar y demostrar al mundo que podemos hacer cosas buenas para mejorarlo. Eso está bien, nos hace superarnos si somos capaces al mismo tiempo de apreciar lo que tenemos y vivir intensamente cada pequeño logro. A veces, algunos de nosotros, usamos esta maniobra para superar nuestra baja autoestima. Querernos a nosotros mismos es una asignatura que tenemos que ir trabajando durante toda nuestra existencia. Es tal vez una de las moralejas más difíciles que debemos descubrir y aprender. Encontrar el punto justo y hacerlo de forma “sana” no es fácil. Nos engañamos mucho a nosotros mismos para superar situaciones que creemos que no podemos soportar. Vemos lo que queremos ver y sentimos sin analizar nuestras emociones y aprender de ellas. A veces nos dejamos llevar por la ira y otras nos escondemos en un caparazón fabricado con falsa indiferencia y miedo. Buscamos querernos sin casi conocernos, sin hacer el esfuerzo de hurgar en nosotros mismos e ir más allá de cuatro tópicos que hemos adoptado para mostranos al mundo. Esperamos a ser otros para querernos en lugar de amarnos tal como somos y desear ser nuestra mejor versión…

Algunas personas se pasan la vida intentando dejar claro a los demás que son dioses. Su ego roza la impertinencia y la vergüenza ajena. Son el centro de su universo y esperan que los demás orbitemos a su alrededor como si también fueran el centro del nuestro. Esperan admiración ciega, adulación sin límite, vasallaje… Toda situación que tiene lugar a su alrededor tiene que ser enfocada desde su punto de vista. Lo protagonizan todo, incluso las situaciones ajenas. Cuando te acercas, si creen que eres inferior a ellos, te tratan despóticamente . Si piensan que puedes competir con ellos, aunque no lo reconozcan por miedo, usan la condescendencia y te pisan porque tenem tu brillo. Se convierten a veces en una caricatura de ellos mismos, en un esperpento…

Aunque hay otras que hacen algo que yo, humildemente, creo que es más humillante. Aspirar a buscar reconocimiento o cariño no desde la admiración sino desde la pena. Los primeros al menos tienen claro que deben ser amados por algo positivo, aunque tengan que hinchar su ego… Los segundos aspiran a la lástima y el llanto. Confunden el amor y la amistad con la compasión…

Todos hemos caído en ello alguna vez, es una tentación cómoda y fácil. El problema es cuando se cronifica. Para algunas personas sufrir es como un deporte. Se retroalimentan de desgracia. Se focalizan en ella y la hacen crecer. Se entrenan cada día para batir sus propias marcas en melodrama. Se esfuerzan por superarse en penalidades y contratiempos con los que competir con otros y arrasar. Les duele, pero la adrenalina que les llega a la venas pensando en lo trágica que es su vida, cómo van a disfrutar contándolo y la piedad que van a suscitar, les compensa. Para esas personas, el sufrimiento parece una droga. Ser víctimas les hace sentir protagonistas. Adquieren, o eso imaginan, un protagonismo que nunca obtendrían destacando por algo. Compiten el fatalidades y es imposible discutirles que tal vez haya otras personas que estén peor. Se ofenden, se retuercen y revuelven sobre ellos mismos porque no soportan que les arrebates lo único que creen que tienen, su dolor, su desgracia… A menudo buscan pelea. Quieren que les digas lo horribles que son sus vidas porque de ese modo tienen más argumentos para dar lástima, para mostrar al mundo lo cruel que es con ellos. Si intentas ayudarles, arañan. Te odian porque quieres mejorar su situación y llevarte lo única cosa por la que destacan o creen que pueden destacar.

Y luego hay personas que por falta de autoestima se pasan la vida pensando que sobran. Que molestan. Que no sirven. Van encogidos y con una sensación grande de frío en el pecho. Cuando ven a dos que susurran, creen que lo que se cuentan al oído es algo contra ellos. Cuando ven a dos que ríen, creen es de ellos porque habrán hecho el ridículo… Estas personas, sencillamente, esperan no destacar. Quieren pasar desapercibidas y confundirse con el paisaje. Que no les vean ni pregunten. No quieren exponerse, ni ser objeto de comentarios. No quieren brillar, ni seducir, ni conectar… Quieren huir y evadirse del mundo porque no esperan de él nada bueno ya que creen que no están a la altura.

Al final, todos queremos que nos quieran y pedimos a gritos que nos reconozcan. Los primeros, nosotros mismos. Todos suplicamos cariño y diseñamos una estrategia para conseguirlo. Aunque sea intentando comprar admiración, mendigando compasión o buscando un escondite donde nadie pueda vernos ni mostrarnos cómo somos, para aspirar a no molestar.

Encontrar ese punto justo entre amarnos, aspirar a más y respetar a los demás es complicado, a menudo. Pensar que mañana podemos llegar a ser mejores que hoy sin dejar de mirar lo bueno que tenemos… Mostrarnos tal como somos y pasar de risas y comentarios…. Darle la vuelta a las situaciones y lograr que los obstáculos sean nuestros puntos de apoyo para seguir… Quererse es al final un arte que hace falta practicar a diario… Un trabajo duro, aunque seguramente el más necesario e imprescindible de nuestra vida.

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Es la hora


Clockworks

Hay momentos en los que parece que no pasa nada. Casi no estás. Nada te toca, nada te sorprende, nada te conmueve. Vives en una vigilia constante esperando un buen momento, un día en el que tomes energía y te veas capaz de vivir con los cinco sentidos. Notas que los días pasan como si un túnel se los tragara, como si fueran señales de tráfico que te ordenan que moderes tu velocidad y no pudieras poner el freno. Te mueves por inercia, como si dentro de ti la máquina estuviera tan acelerada que si te detuvieras pudiera explotar.

Acumulas pensamientos y dilemas que vas dejando en un baúl gigante, se van agolpando unos tras otros pendientes de decisión. Cuando tienes cinco minutos, sacas uno al azar y, si no te gusta o te supone mucho dolor tenerlo en cuenta, lo guardas de nuevo como si fuera un caramelo.

Y un día, te das cuenta de que han pasado cien días, doscientos… Y siguen ahí mirándote el cogote cuando te sientas a intentar calmar el tren que llevas dentro y que no para ya en demasiadas estaciones. ¡Hay tantos ya! Hay cosas que debiste decir y no tuviste valor, disculpas, reproches enquistados, palabras a medias, sentimientos retraídos que se te quedan en la garganta y no te dejan a veces ni hablar ni respirar. Hay quejidos sordos, hay lamentos pendientes. Hay sensaciones que esperas tener algún día si es domingo, hace sol y tienes valor de tomar el camino o hacer esa llamada de teléfono mil veces postergada. Hay locuras guardadas haciendo cola como nadadores que esperan para lanzarse en un trampolín. Hay besos por dar, viajes, un par de zapatos de tacón alto atrevidos y arriesgados que se quedaron en un escaparate porque no te decidías… Lugares a los que no has ido más que con la imaginación, abrazos que sólo has dado de memoria. Todo por decidir y por hacer.

Hay momentos en los que no pasa nada. No hay magia. No distingues un día de otro más que por alguna ráfaga de viento o o alguna portada de periódico. Caminas y no ves nada. Pasas por una especie de trance que te aisla de todo, te hace impermeable a lo que te rodea. No estás bien, pero tampoco estás mal. No sueñas, pero no sufres. Estás a años luz de cualquier arañazo. No te salpican las historias tristes ni te emocionan las historias felices. Sabes que es de noche porque cierras los ojos y que es de día porque vas en autobús. De vez en cuando, topas con alguna cara que busca tu complicidad y eludes sus miradas, las lanzas al baúl y sigues tu camino. Para que llegue un día en el que ya decidirás si respondes, si accedes a contestar, si te dejas convencer, si quieres acercarte y arriesgar.

Y un año más tarde, tu baúl está aún más lleno y algunas de las cosas pendientes que había en él empiezan a desaparecer, se desvanecen. Algunas oportunidades han pasado y se han perdido para siempre. Ya no tendrás que pedir disculpas porque a quién debías pedírselas ya no está. Ya no puedes reprochar nada porque ni recuerdas qué era. Ya no tiene sentido decir “te quiero” porque ya no sabes qué sientes y aquel amor se esfumó y cambió de ciudad. El bar donde tomábais café ha cerrado… Aquellos zapatos ya no están en el escaparate y las conversaciones pendientes han caducado.

Te quedan aún un par de viajes, dos locuras por definir, una cita pendiente a colocar en tu agenda y un mensaje por contestar. Y ya no puedes esperar a un domingo soleado para tomar ese camino o hacer esa llamada porque amenaza lluvia.

Los días pasan, las señales se suceden una tras otra. La locomotora que guardas en el pecho no para, el impermeable que llevas para ir por la vida se te queda corto. El paso del tiempo se dibuja en tu rostro. El café se queda frío. Donde antes había un puente, ahora hay un muro. El árbol donde una tarde escribiste tu nombre es ahora una plaza de parquing. La hiedra ya no trepa por las paredes porque han fijado vallas publicitarias… Los pensamientos pendientes se desgastan. Las decisiones que no tomas echan raíces. El mundo no para mientras tú te detienes. El tiempo le cambia la cara a tu mundo… 

Es la hora de abrir el baúl.


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Tantos besos…


beso

Hay besos de cielo, de esos soñados y esperados… Esos besos que empiezan a sentirse antes de que los labios se rocen y sepas qué pasa por tu cabeza. Besos de fuego, intensos y apresurados. Besos de piraña, esos que besos que causan al final más dolor que placer,  más placer que sentimiento. Besos de verano fugaces, besos desesperados de invierno. Besos de arena que se escurren entre tus labios, besos de sal y de media tarde en la playa. Besos esponjosos y besos sumamente arriesgados. 

Hay besos para olvidar y para recordar. Besos que se borran en alguno de los pliegues de tu tiempo y caen un día de tu memoria como los pétalos prensados entre las páginas de los libros viejos. Besos de terciopelo rojo y suave. Besos sabrosos y besos insípidos. Hay besos de esquina poco transitada y besos anónimos entre multitudes. Besos perfumados de menta y de flores frescas de campo. 

Algunos besos son de risa, otros de pena… Hay besos que se te quedan prendidos y jamás te dejan. Esos que querrías repetir a todo costa, pero sabes que es imposible porque ya nunca sentirás lo mismo otra vez. Hay besos de pantera y de rana. De príncipe azul trasnochado y de caballero de armadura abollada y vaso de gin tonic. Hay besos de luna, ásperos y fríos pero estimulantes. Besos de amigo, de roca, de pez, de viento que sopla y te arrastra aunque no lo desees y se ríe en tu cara. Besos de última vez y de primera, de peldaño de escalera y columpio en el parque…

Hay besos de un país lejano donde el cielo nunca es gris y se habla un idioma extraño. Besos de repente, sin pensar, sin esperar, rápidos y casi volátiles. Besos de camino largo, de aburrimiento, de broma y de efervescencia máxima.

Hay besos de adiós, de remordimiento, de “no tengo ganas pero vale” de “no te acuerdas nunca de mí” y de “no me has llamado desde hace días”. Besos compactos y besos con alma. Besos con chispa, con prisa… Con mordisco y con calma.

Hay besos de tarde-noche de domingo de invierno melancólicos y acongojados. De “a ver si así me dejas tranquila” o de “ya tenía muchas ganas”. De pasión, dulces y salados, de hielo, fríos y contundentes, de tormenta y atormentados. Suaves, etéreos y deshilachados.

Hay besos que nunca llegan a ser besos, que no existen más que en nuestro pensamiento… Son besos soñados. Siempre perfectos, siempre deliciosos y nunca decepcionantes.

Hay besos de amor intensos y alocados. Besos de sentimiento puro y de cáscara rota, de abrigo verde, de botas altas, de compromiso y de mañana en el campo bajo un árbol de frondosas ramas.

Besos de barco que se aleja de la orilla, de confeti, de seda, de camisa de fuerza y de gala… De hojas secas de otoño, de escarcha y de mermelada.

Hay tantos besos como personas que besan, como sueños, como historias que se empiezan y acaban.

Tantas clases de besos como momentos de cada vida, como súplicas, como ventanas en el alma por las que el recuerdo de esos besos pasados se escapa.

Hay tantas clases de besos como montañas. Como astillas clavadas y cantos de río. Como granos de arena y gotas de lluvia.

Hay tantos besos por ahí esperando… Tantos por dar y por recibir. Tantos buscando dueño… Surcando conciencias y alentando deseos. Contando las horas y rebotando en los espejos. Meciéndose entre las ramas de los árboles y haciendo cola atados a las patas de la cama… Nos miran desde las azoteas y flotan en el aire. Esquivan nuestras mejillas esperando un mejor final y susurran a nuestros oídos palabras de aliento para dar el paso y acariciar el cielo. Son besos huérfanos que buscan morada, presos de noches frías y tardes eternas, esclavos de bocas perezosas y miedos ocultos en cada mirada. Besos cansados de vagar y esconderse en nuestros pliegues construyendo fantasías y eludiendo lágrimas.

Hay tantos besos perdidos, tantos besos encerrados… Liberémoslos… Sucumbamos. Consumamos todos esos besos por si un día se escapan y no vuelven…


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El amor lo cambia todo


PAREJA BANCO

El amor lo cambia todo. Cambia nuestra forma de ver el mundo y de mirar a las personas. A veces, nos cubre la mirada de un velo que no nos deja contemplar más allá de la nariz. Otras, nos concede el gran poder de ver más allá de la superficie de las cosas, de entrar en las fibras de cada ser humano y encontrar lo hermoso, lo eterno. El poder de ver almas en las pupilas y tocar sin usar las manos. 

El amor lo potencia todo, lo intensifica todo, lo puede todo. Hace que todo brille y se transforme, que nuestro aire se llene de una cantidad de oxígeno superior y al respirar tengamos la sensación de estar capacitados para volar y soltarnos a un vacío desconocido y esperar lo mejor… A pesar del pánico y la náusea por topar con la rutina más gris si ese sentimiento se acaba. El amor hace de altavoz de nuestra música interior, esa que a menudo no suena porque nos quedamos en silencio intentando descubrir a dónde nos conduce este mundo maltrecho y hermoso. Porque el ruido nos deja sordos ante esa voz que nos dice lo que realmente deseamos. 

En los momentos difíciles, hacemos recuento de nuestros amores, de todas aquellas personas que se dejan querer, que nos permiten entrar en su mundo y que nos importan. Esas personas cuyos rostros nos vienen a la cabeza cuando la tierra tiembla y todo a nuestro alrededor se tambalea. Cuando nos llega un torbellino ante la puerta de casa y nos arrastra hacia no sabemos dónde. Esas personas son a lo que nos agarramos con fuerza para no salir despedidos al abismo, para no perdernos de nosotros mismos y encontrar el hilo para volver a nuestra vida cuando todo se ponga en su sitio de nuevo. Sin embargo, cuando todo vuelve a estar en su sitio, siempre hay algo distinto, algo que no regresa, que se ha reubicado. A veces, ese objeto fuera de su lugar habitual somos nosotros. Ya no somos lo que éramos antes. El camino recorrido nos cambia y cuando regresamos a nuestro pedazo de realidad de siempre, a veces, no encajamos. El amor deja en nosotros una huellas imborrables, nos toca, nos hace mutar y crecer.

Cuando amas, sea cuál sea el tipo de amor que sientes, siempre tienes la sensación de estar un paso por delante del mundo y al mismo tiempo estar perdiéndote algo que todos saben y tú no. Una mezcla extraña entre ignorancia y sabiduría, como estar en un limbo acogedor esperando un cielo cálido que no llega, pero ser capaz de vivir de imaginarlo, como quien sueña con bailar antes de que suene la música. Cuando amas todo parece terciopelo aunque esté lleno de espinas. Un cuarto diminuto es un palacio, un charco es un mar en la memoria, un beso es un destino delicioso y una caricia el refugio esperado. El amor hace del mundo un lugar más soportable y acogedor.

Cuando amas tienes que hacer un esfuerzo para pisar la tierra y notar que la realidad pesa como una losa sobre tu cabeza. Cerrar los ojos y ser capaz de distinguir entre tus compañeros de baile en la vida y adivinar qué esconden sus miradas. Y lo más complicado aún, distinguir si esas precauciones son avisos de que las personas a las que amas no son lo que aparentan o la muestra del miedo más puro a dar cariño y no recibir. El temor a perder amigos, hermanos, compañeros de viaje… Y perderlos después de haberles contado lo más íntimo y haberles mostrado tus entrañas de par en par. El vértigo a pensar que con todo lo que saben de ti podrían golpearte en lo más hondo y dejarte seco y sin poderte levantar. Dar es una operación de riesgo máximo, amar es un acto temerario pero necesario para respirar, para seguir, para que todo tenga sentido. Cerrar los ojos y mostrar la yugular y esperar que lo que viene del otro lado no sea un zarpazo sino un abrazo, una muestra de cariño, una mirada cómplice que te recuerde que has acertado. Amar es dejarse llevar y agarrarse a uno mismo, a la vez. Ceder libertad pero mantener dignidad. Sostener sin apretar. Mantener la forma pero ser elástico. Ser tú y todas las personas a las que quieres al mismo tiempo.

No hay seguros para el amor. Es un material precioso y perecedero como la propia vida. Como intentar mantener hasta mediodía la escarcha de la mañana en un día de sol… Como esperar que el viento no sacuda todos los dientes de león de nuestra ladera para se mantengan intactos. El amor demasiado intacto se estanca y enmohece. Lo único que se puede hacer para que el amor dure es esforzarse para ser mejor contigo mismo y con los que amas, pensar cómo les afecta cada uno de nuestros actos, ponerse en su columna vertebral un rato de vez en cuando, y notar como les duele la vida e imaginar qué necesitan de nosotros. Y preguntar y decir en voz alta “te quiero” todas la veces que haga falta… Dar y recibir. Los amores que no reciben se quedan secos como los girasoles, que con tanta devoción al sol perecen. Los que reciben demasiado y no dan corren el riesgo de ver como dejan sin aliento al ser amado, como le enjaulan esperando una señal y muere entre los barrotes suplicando cariño.

El amor es libre y eso lo hace maravilloso. No hay nada más hermoso que saber que alguien está contigo por su propia decisión. Aunque a veces sea la misma pasión que parece que te obligue a no poder separarte de esa persona. Una mezcla entre libertad y adicción, un no poder evitar y no querer evitar… Una droga dulce que se mete en tus venas y desdibuja tu entorno. 

El amor lo cambia todo. Lo cura todo. Lo arriesga todo. Lo cubre todo de un halo imperceptible a los ojos que impide a veces tocar la realidad. Cuando amas a menudo no eres del todo dueño de tus percepciones y algunas verdades se te escapan por la puerta mientras miras embelesado por la ventana pensando que no existe nada más…

Pensándolo bien… ¿Existe algo más? ¿hay algo más que nos mueva que todos los amores posibles que tenemos el honor de experimentar durante nuestra vida? ¿Hay algo más que el amor en todas sus acepciones? Si no nos amamos y respetamos a nosotros mismos, ¿quiénes somos? Si jamás amáramos ¿por qué existiríamos?

Sin amor ¿qué nos queda? una nada inmensa que se nos traga la risa. Una mirada sórdida. Una niebla pedajosa que nos invade de asco. Un muro gris contra el que topar, una tarde lenta que pasa sin alma ni sal, una noche sin sueño imaginando un beso que no llega… Una vida entera sin esperanza. Una búsqueda insaciable de recuerdos para llenar un vacío que cada día se acrecenta. Aunque sea en vano, siempre es mejor amar. El que ama, vive. Hay tantas maneras de amar como amantes. Tantas como personas que ahora se abrazan y prometen amor. Tantas como personas que ahora se despiden y miran atrás. 

El amor lo cambia todo, lo inunda todo. Lo demás es el tiempo que se gasta esperando amar y ser amado… La cara más insoportable del amor, su ausencia.


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No…


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No… A quedarse sentada deseando probar sin decidir, soñando que pasa sin dar el paso…Tragando noche y suplicando que llegue el día. Viviendo sólo de recuerdo y fantasía. Dejándose siempre llevar por la marea, sin apenas remar contracorriente, sin atreverse a llevar la contraria, sin salir de tus muros y dejar que el sol te cale y te muestre la sombra y te calme el ansia. No a permitir que sólo te acaricie el silencio y el aire viciado de una habitación oscura. A sobrevivir de cuentos rancios con moralejas deprimentes y a comerse el tiempo esperando un castigo por atreverse a ser distinta y dibujar tu misma el camino que pisas.

No… A caminar en círculo, a morderse la cola y entrar en una espiral de quejas que sólo llevan a más quejas que acaban engendrando realidades sórdidas y lágrimas absurdas. A retorcerse de envidia porque otros dan el paso, a minimizar las ganas y cerrar la puerta a nuevas vidas. No a pescar sin remendar las redes y olvidarse de dejar las entrañas en todo lo que hagas. A vivir encogida, asustada, enclaustrada en una mente que apenas imagina, que no se atreve a creer y necesitar, que se traza círculos que no quiere cruzar y comprime sus ideas.

No a recordar hasta caer. A regodearse en el fango de la culpa y serpentear por la orilla de la autocompasión. A llevarse a la boca palabras de reproche y soltar la rabia acumulada en tus esquinas.

No a cubrirse de caparazones propios o prestados para no notar abrazos ni caricias, para no sentir y no perder, para no ser feliz por si se acaba. No a los besos contenidos y almacenados, a los amores a medias, de mentira, de plástico… Amores por horas y de fin de semana. Esos que gastan tiempo y suprimen vida. Que vacían de todo y nunca llenan nada.

No a decir sí a todo sin importar por qué. No a decir no por miedo y falta de esperanza. No a cambiar de amigos cuando sus miradas te reclaman y vender compañía barata a cambio de tolerancia.

No a nada que te haga sentir diminuta, que te convierta en mota de polvo y te haga flotar hasta desaparecer cuando alguien abra una puerta y el aire pase. No a vivir la vida de otros y arrastrar sus penas y amarguras, a verse obligada a aceptar sus credos y superar sus pruebas pendientes.

A ver pasar la conga y oír la fiesta de lejos. No a perder la risa y vivir a través de la ventana. A dejarse comprimir y almacenar para quedar en espera a que otros decidan si te quieren o necesitan. No a reprimir caricias y pasar de puntillas por tus pasiones. No a desterrar a tu deseo y encerrar tus preguntas pendientes para no causar molestia.

No… A callar y bajar la cabeza. A atrincherarse en verdades absolutas e historias viejas. No a opiniones sin matices y a un mundo de blancos y negros sin resquicios por donde encontrar acuerdos.

No a quedarse de brazos cruzados mirando como la vida se escurre y tu mundo se achica. No a mirar desde abajo ni desde arriba, sino de frente y de tú a tú. No a pedir permiso para pensar.

No a nada que duela demasiado y erosione tu dignidad aunque la recompensa sea grata, por si cuando llega te encuentra rota… No a heroicidades absurdas sin más sentido que calmar a las malas lenguas y apaciguar conciencias. No a ser marioneta, ni juguete roto, ni candela olvidada que usar sólo en caso de tormenta. No a soñar sólo posibles y a vivir en una caja de cerillas.

No a demasiada cordura, por si la espera te hace perder el brillo. Por si la locura es tan dulce que dejarla escapar puede ser una condena.

No a intentar encajar a costa de todo y perder la esencia…

No a todo y a nada. 

 


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Algunos apuntes sobre lo verdadero y lo falso


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A veces, lo que no te conviene es altamente hermoso y apetecible. Tiene la apariencia de algo que has deseando por los siglos de los siglos. Huele a gloria, viste largo y elegante, camina sin vacilar. Es un bombón con el corazón de hiel, una rosa con espinas ocultas pero envenenadas con un opio que te envuelve y adormece, el entrañable cachorro del animal más salvaje y despiadado que puedas imaginar…

Es muy complicado saber cuándo decir sí o decir no ante ese esplendor. Hay muchas cosas buenas que nos llegan a las manos disfrazadas de aparentes fracasos, segundas oportunidades, juguetes viejos, casi saldos. Y luego resulta que les das la vuelta, les limpias la cara y sacas brillo y son un sueño, un tesoro… Si sabes apreciar lo que te aportan te das cuenta de que has dado en la diana de lo más grande de tu vida. Hay que saber apreciarlo y no perder esos golpes de inmensa suerte ocultos tras rostros polvorientos y envueltos en papel de periódico viejo.

En ocasiones, sin embargo, nos llega algo enorme y rotundo. Envuelto en lazo rojo y papel deslumbrante. Algo brillante, de un brillo que ciega a simple vista. No de ese brillo que se descubre al cruzar unas palabras, sino de ese que no te deja ver más allá. Y lo tomas gustoso. Lo haces porque te mereces algo hermoso. Porque estás cansado de ruinas y falsas promesas, porque es la oportunidad que buscabas y crees que es el resultado de tus múltiples esfuerzos. La recompensa a tu trabajo y tesón. El resultado de amar sin pedir… La meta tras un carrera de fondo, el premio tras una búsqueda sin tregua. Eso que brilla puede ser un trabajo fantástico, un amigo nuevo, un amor apasionado, un nuevo lugar donde aterrizar y conocer otras personas, un viaje emocionante… Es delicioso, fragante, sonriente… Huele a triunfo, a cariño, a belleza en estado puro en un mundo a veces sórdido y bastante sucio… Parece auténtico, saludable, rentable, amable, suave, dulce. Y esa dulzura no te deja ver las aristas afiladas, las fauces y las garras o sencillamente los contras de algo que parece grande y justo para ti. Te lo mereces. Lo quieres. Lo has buscado. Lo necesitas.

De repente, te das cuenta del precio a pagar por vivirlo, tenerlo, poseerlo. Ves que el peaje por adquirirlo es excesivo. Que en muchas ocasiones, el esfuerzo no compensa, pero no puedes renunciar porque es tu sueño. Sabe a tu sueño. Tiene la apariencia que tenía tu sueño. Huele a tu sueño. En todo es casi idéntico, excepto en el dolor y la renuncia que acarrea. Entonces piensas que es justo, que para tener lo que quieres tienes a veces que dejar de lado muchas cosas. Dejar de ver amigos, perder intimidad o vida familiar. Renunciar a algunos principios. Vulnerar algunas de tus concepciones básicas de lo que es la vida… Y te preguntas si vale la pena, aunque ya sabes la respuesta pero no puedes verla ni aceptarla. Has generado un apego a lo hermoso que no te deja desprenderte de ello. Piensas que tiene que compensar porque es tu sueño. Aunque cuando estaba en fase imaginaria, no dolía, no agotaba, no te hacía llorar, no te hacía renunciar a ti…

Y no sabes si dejarlo o pensar que los sueños no son perfectos. No lo sabes, pero lo intuyes, lo notas. Te duele dejarlo porque tiene muchas cosas buenas. A menudo, no sólo es bonito sino que es rentable y te abre un mundo al que nunca has tenido acceso. Un mundo de privilegio que también brilla y mucho. Y aguantas, mientras tienes la sensación de tragarte cada día un baúl de lamentos, algo que no puedes digerir ni soportar. Vas acumulando quejas y desaires. Vas cediendo. Vas desdibujándote a ti y a tu sueño. No te reconoces, no te aguantas la vista y no soportas que los que te conocen de verdad te miren a la cara y lean lo que hay en ti… Por si descubren que escondes amargura tras esa careta de alegría que llevas siempre puesta. Y un día todo es una pesadilla.

 A veces lo que no te conviene es precioso, magnético, tan hermoso que lo necesitas… Que necesitas pensar que lo tienes porque te lo mereces. Lo amas profundamente. Lo quieres tanto que sueñas con cambiarlo y conseguir que sea mejor, que tenga alma, que no esté vacío ni al darle la vuelta sea de cartón… Es tan dulce que si lo sueltas no sabes si podrás encontrar nada mejor… Entonces es cuando sabes que no puedes dejarlo pero que no puedes seguir. Porque te ha revuelto y hecho renunciar a todo lo que eras. Porque el sueño es pesadilla y a pesar de su aspecto maravilloso y su aullido ensordecedor, no es bueno para ti.

No es tu sueño. Sólo lo parecía. Los sueños no arañan. No tienen dos caras. Tenías tantas ganas que confundiste algo mediocre con algo verdadero. Tantas ganas que compraste humo para tener algo hermoso que acariciar… Que te lanzaste sin red y te metiste un caballo de Troya en el corazón y ahora te estalla.

Parecía bueno pero era falso. Una persona buena para ti no te hace sufrir ni te hace olvidar quién eres. No te hace renunciar a lo que te define como ser humano. No juega contigo. No te hace llorar.

Lo bueno te hace sentir bien. Te hace madurar y cambiar para ser mejor, no te hace renunciar a ti mismo. Lo bueno te hace grande y valora tus deseos y necesidades. Lo bueno no es fácil pero sus dificultades se ven compensadas por su valor. Lo bueno te hace sosegar y no angustiar. Te hace pensar y no detestar. Lo bueno a veces no parece tan hermoso ni fascinante pero acaba llenándolo todo. 

Si te supone dejar de ser tú mismo sin que desees dejar de serlo no es bueno. Si golpea lo más sagrado para ti no es bueno. Si no está a tu altura como persona no es bueno… Por más perfumado y sabroso que sea…

Cuesta tanto decir no a lo hermoso… Aunque decirle sí es negarte a ti mismo.

Al final, no pasa nada. Lo dejas y sientes pena pero inmediatamente el dolor y la angustia que acarreaba cesan. Dices que no. Lloras cien días y almacenas la experiencia para sacar de ella lo más valioso. Piensas “me cegó el brillo pero supe darme cuenta a tiempo”, La próxima vez le darás una oportunidad al sueño que iba envuelto en papel de periódico viejo. Hurgarás sin pausa para distinguir lo verdadero de lo falso.

Todo suma, al final. Mejor haberse lanzado y luego decir no que haberse quedado con las ganas. Y no hay que preocuparse por hacer el ridículo, es muy necesario. Si no lo haces a menudo es que no estás viviendo con la intensidad que mereces. Y no lo dudes, mereces lo bueno, lo mejor. No se trata de conformarse sino todo lo contrario, subir el listón y buscar lo auténtico. Tenga el aspecto que tenga… 


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Cuando la intención se queda corta


Ser la noche que te espera tras la puerta de una tarde casi rota, despedazada por un momento turbio, una mirada esquiva, una respuesta lacerante.

Ser la sal y la cuerda que te ate al presente. Sin más amarre que tus ganas. Sin más imposición que la de tus pupilas saltando en mis pecas diminutas. Sin más empuje que el deseo…

Y nunca soltarte.

Buscar el verso y el rincón. Repetir el rezo hasta que parezca una canción monótona, un mantra necesario, una risa apagada. Pedir por ti, porque sepas llegar hasta mi noche sin perderte, sin asustarte al ver que mi cabeza torpe da vueltas a todo y busca sentido donde sólo hay laguna y encuentra arena donde había agua. Para que dejes de temer meterte en mi mundo de porqués y te sumerjas en mi silueta retorcida.

Ser la percha donde colgar tus miedos y desvelos. La escalera por la que subas a mi cielo templado, mi mar salado, mi alma agitada y las cortinas de mis ojos cansados que piden sol pero que lloran al encontrarlo.

Y nunca dejar de soñarte.

Ser el fuego con que quemar lentamente tus pensamientos agrios, las sacudidas de conciencia que te pega este camino que nunca será recto. Ser el zarandeo que te recuerda que estás vivo, el golpe que te hace darte cuenta de que el dolor te sobra siempre… El vaivén que mece tu sueño.

Ser la rotonda en la que gires siempre buscando la señal y el beso que te llegue antes de que abras la boca sin saber qué palabra pronunciar.

Y nunca, nunca dejar de buscarte.

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Enloquecer sabiendo que la sábana no llega a cubrirnos la cabeza para poder mirarnos a los ojos y contar secretos, desnudar mentiras y encontrar adjetivos nuevos para describir nuestras caras… Después de cada baile, después de cada salto, de sortear cada piedra del camino y recibir cada bofetada.

Ser la esquina de la cama que habitas, el pomo de puerta traviesa que muestra tu hombro desnudo, el espejo donde retener tu cara mojada y tu mirada tosca.

Ser la calle que se achica a tu paso lento y el aire espeso que cruza tu rostro recién lavado. Ser todas las luces y las sirenas que brillan y suenan. Todas las gotas de lluvia que caben en una tormenta que llega a ti sin avisar, las ráfagas de viento que arrastran esta noche que hemos dibujado lenta pero que pasa a ritmo de suspiro.

Nunca dejar de tocarte.

Andar por tu conciencia y quedarme en tu memoria. Esculpir mi sombra en tu recuerdo. Y que me busques hasta más no poder pensando que debiste sondearme más y revolverme menos. Que persigas mi sombra después de despreciarla y te des cuenta de que estoy tan metida en tu esencia que es imposible borrarme sin vaciar una parte de la tuya.

Ser el cielo que te mira sin parar y te ve pequeño, humano, que te podría tomar entre sus manos y mecerte, acariciarte…

Nunca perderte…

Ser el canto rodado de tu lecho de guijarros. La espina necesaria que te recuerde que muerdes y arañas… Ser la risa y la monotonía de un silencio que buscas y esquivas. Tenerte cerca, tocarte, masticar tu esencia… Enloquecer por notar tu presencia y asimilar tus latidos porque con la intención ya no basta y el sueño se queda corto.

Nunca dejar de bucearte… ¡Nunca!