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la rebelión de las palabras


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I love you, you’re perfect… Now, change!


A veces creemos amar a una persona, pero en realidad amamos la imagen ideal que tenemos de ella… La versión de ella que nos gustaría tener a nuestro lado y que nos hiciera sentir maravillosos. Una versión que llenara todos nuestros vacíos y ayudara a olvidar lo poco que nos gustamos a nosotros mismos. Aunque, eso no es amor, es necesidad. Y caemos todos en ello alguna vez, en mayor o menor medida, por ello lo importante es darse cuenta.

No cambiamos a nadie. Las personas cambian si lo necesitan, si quieren realmente, si llegan a ese punto en que lo que viven es tan duro que les compensa intentar verlo todo de otro modo y arriesgarse a hacer aquello que hasta el momento no se atrevieron a hacer.

Para cambiar hay que aprender a pensar distinto y, en consecuencia, actuar distinto. Es decir, cambiar tus esquemas de vida, tus patrones mentales y tus hábitos en consecuencia a ello. Las personas de nuestro entorno nos ayudan a cambiar de muchas formas, a veces poniéndonoslo muy difícil y forzándonos a hacer lo que nunca pensamos que haríamos por pura necesidad y supervivencia. Aunque no cambiamos por ellas, lo hacemos porque lo que vivimos junto a ellas nos hace ver las cosas de otro modo y eso nos abre nuevas posibilidades. Es importante tener claro que nadie cambia porque otro le insista, le haga chantaje emocional o le ponga un ultimátum y, si lo hace como resultado de ello, no se tratada de un cambio real, es una máscara que se puso para ser aceptado y, algún día, se tendrá que quitar.

¿Cambiar a otros por su bien o por el nuestro? ¿Queremos que cambien para ser felices o para que nos hagan felices? ¿Cambiarles cómo? ¿Qué nos hace saber qué le conviene más realmente? Cada persona vive un proceso interno de autoconocimiento y tiene su ritmo, no el nuestro. Tiene derecho a parar, demorarse o decidir no cambiar nunca, aunque nos duela, aunque al mirarle creamos que desperdicia su tiempo o su vida, precisamente porque es suya y no nuestra. Y porque lo que para ti es una pérdida para esa persona puede ser una aprendizaje valioso.

Cuando estamos con otra persona a la que amamos y «necesitamos» que cambie, sin quererlo y sin saberlo, le estamos transmitiendo a cada instante nuestra disconformidad respecto a ella. Le estamos diciendo con nuestros gestos y nuestras miradas que no es correcto tal y como es, que hay algo en él o en ella que no aceptamos, que para que le sigamos amando tienen que ser de otro modo. Le estamos rechazando.

Que quede claro que no me refiero a tener que vivir sin que nadie se adapte al otro un poco, todos nos adaptamos cuando decidimos empezar un proyecto en común. Y tampoco se trata de asumir que la otra persona nos trate mal, no me refiero a eso, cada uno es responsable de sus acto. Aunque incluso en ese caso terrible, hay que tener claro que no va a cambiar y dejar de esperar el milagro mientras sufrimos lo que no merecemos.

Tenemos que ser honestos con nosotros mismos y con las personas a las que amamos y dejar de verlas como un proyecto, como «nuestro proyecto». Dejar de esperar que nos den aquello que creemos que necesitamos y que nosotros no somos capaces de darnos, dejar de esperar que nos completen y permitirles que sean lo que son. Amar lo que es o decidir tomar otro camino. No estar esperando, ni mendigando hasta que sean de otro modo… A que se levanten una mañana y se den cuenta de lo que no se han dado cuenta hasta la fecha y hagan un giro radical en sus vidas. No va a pasar. Y pensar lo contrario hace daño a ambos.

Cuando miramos a otra persona esperando que cambie y pidiéndole que sea de otro modo no solo le estamos reprochando lo que es, la estamos juzgando y etiquetando. Y nuestra mirada de desaprobación también, en cierta forma, le está incapacitando para hacerlo. Le dice que no pasa la prueba todavía, que no llega al listón. Le está llevando a la desconfianza, a sentirse rechazado o rechazada, a sentirse defectuoso, inadecuado, a medias, provisional. Miramos a los demás con desconcierto, frustración, reproche, con rabia, porque no son como deseamos que sean y luego nos sorprendemos de que se sientan frustrados e infelices a nuestro lado, que se alejen y se sientan mutilados emocionalmente.

Cuando ponemos etiquetas a los demás les estamos recortando, estamos construyendo una idea de ellos en nuestra mente que les limita, al menos ante nuestros ojos, y que nos impide ver toda su belleza, todo su potencial, toda su capacidad, porque nos enfocamos en aquello que nos parece erróneo y nos perdemos lo maravilloso. Y si esa persona, que podría decidir no hacer caso, muchas veces se mira a través de nuestros ojos y se deja influir. Y eso sucede en muchísimas ocasiones porque la autoestima escasea y eso hace que conviertan sin percicibirlo en esa etiqueta que les asignamos. Se valoran a través de tus palabras, de tus juicios y de tus miradas. Esa persona a la que amas se siente inútil porque le ves inútil. Se siente de diminuto porque le ves diminuto. Se siente inadecuado porque le ve es inadecuado, insuficiente, insignificante.

Aunque lo hagas sin darte cuenta, sin querer, pensando que lo haces porque le ayudas a mejorar, porque es bueno para él o para ella, porque le quieres… Como si tu criterio fuera el único a considerar y supieras mejor que esa persona lo que le conviene, cuando a duras penas a veces sabemos lo que nos conviene a nosotros mismos. Aunque en realidad lo hacemos porque tenemos miedo… Tienes miedo, admite, porque no te amas y buscas a alguien que se acomode a ti y te haga sentir a salvo. Y no hay nada de malo en querer sentirse a salvo con la persona a la que amas, siempre que sea respetando como es y aceptando su naturaleza.

Si no te gusta como es, tal vez no sea la persona con la que debes estar.

Todos cambiamos cuando estamos con otras personas, pero nunca traicionando nuestra esencia y siempre que el cambio sea voluntario y no fruto de una manipulación. Porque si lo hacemos bajo esa presión y sensación de menosprecio nunca sale bien o vivimos algo que no es real. Tal vez lo mejor es aceptar que la persona es como es y si no nos conviene su compañía alejarnos… Si estamos bien con ella y aceptamos su manera de vivir, si tiene que cambiar algo de ella misma, lo hará si es su momento y nuestra mirada de aceptación la ayudará mucho a ello. Podemos dar mucha fortaleza a otros mirándoles y viendo su lado hermoso, sus capacidades, sus puntos fuertes sin reprochar ni exigir nada…

Lo más triste de todo y lo más irónico, es que cuando miramos a otra persona, en realidad, lo que vemos es a nosotros.

Cuando miras a esa persona te ves a ti. Tu supuesta pequeñez, tu supuesta incapacidad, ese rechazo que sientes por ti mismo o ti misma que se proyecta en todas y cada una de las personas por las que te cruzas, y con las que amas todavía más.

Porque ves en él o ella aquello que hay en ti, por exceso o por defecto, lo mismo o todo lo contrario, lo que envidias o lo que aborreces, lo que te asusta, lo que todavía no has perdonado, lo que te duele.

Y le pides que cambie para que deje de ser un espejo perfecto de eso que no quieres ver en ti. Porque su presencia te araña y te recuerda lo que no quieres recordar.

Esperas que cambie el espejo para que deje de recordarte toda esa tarea pendiente dentro de ti. Independientemente de que esa persona tenga muchas cosas por aprender como tú, muchas cosas por reconocer, mucho trabajo interno pendiente como todos. Precisamente ese trabajo interno que tiene pendiente también se refleja en ti, porque él y ella también proyectan. Y eso os hace a uno y otro candidatos ideales para este experimento en el que uno intenta cambiar a otro y viceversa, mientras evita cambiar él mismo por dentro, porque le asusta demasiado, aún a sabiendas que es lo que realmente solucionaría el problema y terminaría con esta batalla de proyecciones y reproches.

La persona a la que ves ante ti y a la que amas o crees amar es la persona ideal para ser tu experimento, para hacer tu proyecto de cambio, para que sigas intentando que persona a la que amas se convierta en otra que no refleje tu dolor mientras él o ella al otro lado está haciendo exactamente lo mismo.

Cuando miramos a otra persona y no la aceptamos tal y como, le estamos pidiendo que que sea mejor mientras con todo nuestro ser le estamos diciendo que no va a conseguirlo, que nunca va a cambiar suficiente como para gustarnos y satisfacernos, que haga lo que haga siempre se quedará medias, porque lo que realmente necesitamos cambiar es a nosotros mismos. Porque lo que necesitamos de verdad es aprender a mirarnos de otro modo a nosotros y perdonarnos, dejar atrás esa culpa por no ser como pensamos que deberíamos o nos dijeron que era esperable, mirar dentro y abrazar lo que somos. Encontrar esa sombra que llevamos dentro, y que no enseñamos a nadie para que no salgan corriendo y asustados y no nos dejen solos, para abrazarla. Mientras no seamos capaces de reconocernos, de ver lo que no nos gusta en nosotros y aceptarlo, cambiar lo posible y asumir el resto, no podremos liberarnos ni liberar a otros del peso que supone ser nuestro espejo.

Mientras no cambiemos nuestra forma de pensar y pensarnos a nosotros mismos, de mirarnos y hablarnos, seguiremos viendo al mundo y a las personas a las que amamos con el mismo desprecio y exigencias con que nos miramos a nosotros mismos. No importa si es tu pareja, tu padre, tu hermana, tu hijo o tu amigo… Nos vemos en todos ellos y a todos les pedimos que cambien porque nos molesta lo que contemplamos.

Amamos a medias porque nos amamos a medias o casi nada… Porque al mirar a los ojos de nuestro compañero, vemos al monstruo que no queremos reconocer que llevamos dentro… Y que en realidad es un niño o una niña triste y asustado que está esperando ser liberado y reconocido y recibir un abrazo.

Nadie nos hace felices. Solo lo conseguimos nosotros mismos cuando somos capaces de mirar dentro y ya no nos avergonzarnos de nosotros mismos y amamos lo que somos.

Nota : I love you, you’re perfect… Now change! es el título de un musical de Joe DiPietro y Jimmy Rogers, estrenado en 1997, que trata en tono de comedia el mundo de las relaciones…

GRACIAS por leerme.

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Tienes derecho a estar mal


Tienes derecho a estar triste y quedarte un rato a vivir en esa tristeza. Habitarla, comprenderla, casi casi medirla, reconocerla y bailarle el agua mientras no puedas esbozar sonrisa o no te dé la gana.

La tristeza, la desgana, esa pereza inmensa de todo porque tu mundo se cae a pedazos están permitidas y también son necesarias. Sin reproche, sin remordimiento, sin apresurarte a querer saltar al vacío de la felicidad falsa, ni pasar de puntillas por lo que realmente sientes. Sin presionarte por hacer algo para evitar que te señalen con el dedo por flojo o floja, por vago, por frágil, por vulnerable, por no estar haciendo suficiente para salir de ese lugar llamado tristeza que tanto nos cuesta habitar y que tan necesario es conocer y comprender.

Tienes derecho a estar enfadado y rabioso. A enviarlo todo a tomar viento porque tu vida se desmorona a pesar de lo mucho que haces para arreglarlo y lo mucho que te has esforzado por hacerlo todo bien y ser ejemplar, por llenar tu agenda para que no se diga que no haces suficiente para llegar a dónde quieres llegar. Y a pesar de todo, no llegas a nada o eso parece… Tienes derecho a notar esa punzada clavada y reconocerla, a que te parezca horrible sentirla y a lamentarte por ello un rato porque no te parece justo… La única forma de superar el dolor es sentirlo y abrazarlo. Saber de qué está hecho y a qué huele. Reconocer que te invade y notarlo… Tomarte un café con ese miedo atroz a seguir viviendo eso que te gusta tan poco, que es tan incómodo, tan inoportuno, tan duro, tan áspero, tan terrible y saber que no eres tú sino una circunstancia…

Tienes derecho a creer que todo es injusto y dar un portazo. A lamerte las heridas un rato y pensar que a veces el mundo da asco y otras da miedo.

Apresurarse a cruzar el umbral de nuestros miedos y saltarse fases para que esas emociones que duelen no nos arañen no sirve de nada… Solo para cerrar el ciclo en falso, para coser la herida cuando todavía no ha supurado suficiente o poner una tirita sucia… Para quedarse a medias del proceso y enquistar miedos y angustias, para dejar pendiente lo que es inevitable y hacer que se repita… Porque todo lo pendiente vuelve siempre.

Tienes derecho a estar ansioso y desbordado. No hay que forzarse a ser feliz cuando por dentro el llanto es inmenso y la sonrisa que inventamos es demasiado amarga… Sentir tu tristeza, tu rabia, tu miedo, tu frustración también es optimismo, es aceptación, es tomarte tiempo para estar contigo y respetar tu ritmo. No forzar nada. No exigirse ni reprocharse. Sentir lo que en ese momento toca sentir es amarse, respetarse, cuidarse, reconocerse y aprender a usar tus herramientas internas para salir adelante… Y si hace falta, pedir ayuda. Es aceptar tu vulnerabilidad para convertirla en tu fortaleza. Es descubrir que en tu fragilidad hay tanta solidez que puedes permitirte caer, fallar, sentir y reconocer lo que pasa…

Porque sin sentir ese dolor, ese miedo, esa tristeza, esa rabia, jamás podremos usarlas para crecer y ser conscientes de quiénes somos y dónde estamos. Eso sí que es ser positivo. No mirar al futuro y decir desde la ignorancia que todo va a ser de un modo concreto si lo deseamos mucho, sino mirar al presente y ponerte de tu parte y parar para recalcular, para sentir, para tomarte tu tiempo y saber dónde estás y a dónde quieres ir.

Tienes derecho a descansar y no hacer nada. A no producir y que no lo parezca por si critican y hablan mal aquellos que tal vez por dentro también se rompen, pero por fuera disimulan y se hacen fotos maravillosas para mostrar al mundo una vida que no es su vida. Tienes derecho a caer, a fallar y a no ver clara todavía la moraleja del cuento. A no haber aprendido del error cuando acabas de cometerlo. A pensar que tal vez no sea un error sino un paso necesario…

Tienes derecho a no ser feliz ahora y no pasa nada… Tienes derecho a serlo cuando puedas y quieras sin imponerte nada ni machacarte para serlo y parecerlo para que tu infelicidad no moleste e inoportune a otros.

Tienes derecho a estar de mal humor y verlo todo negro y sin sentido. A no querer levantarte por un rato y no superarlo ahora, ni luego, ni mañana… Porque necesitas un tiempo contigo, conectado a ti y desconectado de todo lo que parece que te obliga a no ser tú, a lo que pone barreras entre tu verdad y tu vida. Siendo lo que eres ahora. Notando lo que notas para superarlo y vivirlo, porque sabes que hay instantes en que no hay más remedio que sentir. Abrazar el dolor y convertirlo en catapulta. Sin fingir, sin aparentar… No importa lo que parezca, no importa lo que piensen, no importa lo que opinen… Tu vida es tuya, tu dolor es tuyo, tu tristeza es tuya y los sientes el rato necesario para trascenderlos, para usarlos a tu favor, para descubrir que no eres eso que sientes, pero que puedes darle la vuelta.

Tienes derecho a estar mal, sentirte mal, de bajón y no esconderte ni avergonzarte. No tienes que disimular, ni esforzarte para que no te instiguen a mejorar, ni a salir de casa si no te apetece. Tienes derecho a decir no a los mejores planes de tu vida porque no te apetecen, a no satisfacer a nadie ni aceptar consejos ni falsa empatía basada en la necesidad ajena de no verte mal y solucionar tu vida para no tener que mirar de cerca la suya… Muchos creen que sacándote de casa y obligándote a olvidar tu dolor te curan de golpe, cuando lo que hacen es alejarte de pedir ayuda cuando realmente la busques y hacerte sentir peor contigo mismo, como un lastre, como un parásito, porque te harta y asquea ver en sus ojos el reproche, el escuchar esa cantinela de «deberías esto, necesitas aquello, no te puedes permitir caer y estar de bajón». A veces, las mejores intenciones nos llevan al abismo, como el mono que sacó al pez del agua para evitar que se ahogara… A veces, no necesitas que te salve nadie, solo salvarte tú a ti mismo y cambiar tu forma de mirarte. Y eso no pasa en cinco minutos, es un entrenamiento que requiere de una decisión y no tienes prisa por tomarla, mereces madurarla en ti.

Tu dolor no te hace peor que nadie. Puedes compartirlo ahora o mañana, puedes vivirlo a tu manera… Y recordar que no estás solo, que no eres lo que te pasa, que mereces lo mejor de la vida siempre.

No vale la pena esconderse tras una sonrisa cuando no tienes ganas de sonreír. Las lágrimas son balsámicas. Antes de meter nuevas consignas en tu mente hay que liberarla de la basura acumulada y para hacerlo hay que hacerla consciente y observarla, sentir qué te dice, de dónde viene y dejar que se vaya sin prisa pero con determinación.

No solo tienes derecho a estar triste y decir no a fingir y poner buena cara si hoy no puedes poner buena cara… Es tu trabajo, ser tú ahora. No te sientas obligado a nada.

Con esto, no quiero decir que te quedes siempre ahí y que todo valga, por supuesto, ni que tu vida tenga que ser eso. Todo tiene su duelo, sus fases y hay que darles el tiempo necesario, darte a ti ese tiempo para sentir y superar sin premura, sin urgencia, sin ponerte etiquetas, ni castigarte si crees que no avanzas, sin culparte por dónde crees que ya deberías estar. Es un camino, a veces parar no es estancarse, es tomar aliento y reconocerse, es tomar fuerzas y recuperarse, es decidir cambiar de dirección y verle sentido a lo andado, lo que queda por andar y el momento presente.

Tienes derecho a estar mal sin reproches, sin presiones, sin culpas, sin tener que aguantar encima malas caras… A veces, la única forma de salir del túnel es permitirse estar en él y encontrar la luz. Si no queremos darnos cuenta de la realidad, no podemos superarla y aceptarla.

Y si en algún momento notas que se estás acostumbrando demasiado a ese estado, recuerda que puedes pedir ayuda para salir… Que tienes derecho a estar bien desde ahora mismo.

Tienes derecho a estar mal porque si estás mal es necesario que te des cuenta, que lo notes, que lo vivas, que dejes de creerte que eres lo que te pasa… Tienes derecho a ser lo que eres ahora justo y no querer soñar con nada más ni ponerte más retos ni metas que estar un rato contigo…

Tienes derecho a sentir absolutamente todo lo que ahora estás sintiendo, sin tener que rechazarlo por si no es adecuado, por si parece poco agradable y genera malas caras y críticas, por si molesta, por si no cabe en tu agenda o en la de otros… Tal vez sea la única forma de descubrir tu gran valor y toda la felicidad que puedes darte a ti mismo.

Tienes derecho a sentir lo que sientes y además es necesario.

Porque a veces esa tristeza inmensa es el preludio de una gran paz.

GRACIAS por leerme.

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Dejemos de buscar líderes, vamos a tener que liderarnos nosotros mismos


Nos pasamos el día pidiendo líderes, pero nosotros muchas veces no lideramos nada en nuestra vida…

Me asombra lo bien que entre todos hemos definido el liderazgo en las redes sociales, donde se habla seriamente de este y otros temas sobre gestión de personas, motivación y talento.
Le hemos puesto (yo también, por supuesto) muchos adjetivos… Consciente, saludable, positivo, emocional… Me dejo alguno. Y luego, sales al mundo y las personas que lo ejercen de verdad se cuentan con los dedos de una mano. La mayoría caemos (me incluyo de nuevo) presas del pánico al cambio y con la incertidumbre agarrándonos las muñecas…
Da tanto miedo cambiar por si era una milonga todo lo que nos hemos creído, que siempre esperamos que empiece el otro y luego, si acaso, nos apuntamos.
Y juzgamos a los demás cuando desde nuestra posición, sea la que sea, no lideramos nada. No intentamos ver las circunstancias de otro modo. No escuchamos. No somos ejemplo de lo que esperamos encontrar. No empatizamos. No aportamos nada por temor a que nos copien o por si no hay retorno y lo que damos cae en saco roto. Ni siquiera sabemos qué queremos más allá de sobrevivir…
Nuestro propósito es el «virgencita, virgencita, que me quede como estoy «. Y cuando pides al cielo quedarte como estás sin gratitud ni reconocimiento, sin confianza en ti mismo, la cosa va a peor siempre.

Vamos mendigando, pidiendo que otros hagan lo que nosotros no estamos dispuestos a hacer.

Vamos por la vida sin saber quiénes somos, esperando que otros nos definan con un sueldo, un puesto o incluso con un guiño en la barra de un bar. Sin que nada tenga sentido más allá se soportar el miedo por la que nos cae encima. Sin esbozar por un momento quiénes deseamos ser en función de lo mucho que podemos compartir y no en base a lo que deseamos recibir. Siempre esperando que cambien los demás y que todo sea distinto a como es ahora para dar el primer paso.
Y se comprende. No es fácil. Nuestras creencias nos recortan y limitan. Nos han educado para ser rebaño y para creer que o eres oveja o eres lobo, cuando lo que se trata es de salir del cuento y del redil y arriesgarse a pensar de otro modo.
Buscamos líderes que nos guíen y luego en nuestra vida nos déjanos pisar y pisamos. Somos incapaces de ponernos en piel ajena y enfocarnos en lo que realmente queremos ser.
¿Cómo pedir que otros sean lo que no somos nosotros?

Siempre estamos mirando al mundo y esperando. Siempre esperamos que pase algo que nos cambie la vida. Que llegue algo nuevo ahí afuera que nos salve de ese destino terrible que tanto nos asusta. Siempre buscando algo que no será más que un parche para poder seguir buscando parches en lugar de nuevas formas de ver la vida y de actuar en consecuencia.

Siempre soñando que algo o alguien nos salve de nosotros mismos y nuestro miedo a vivir. Algo que nos dé esa seguridad que nos permita seguir a flote entre tanta incertidumbre, pero no demasiado, no sea que tengamos que replanteárnoslo todo.

Esperamos que otros nos valoren cuando no nos valoramos.

Esperamos que nos traten bien cuando nosotros nos tratamos mal.

Esperamos que otros nos den oportunidades que nosotros ni siquiera visualizamos para nosotros mismos. Siempre esperando que el mundo nos dé lo que nosotros no nos damos.

Yo también lo he hecho y lo hago. A menudo me sorprendo esperando que me lancen un salvavidas para no tener que seguir mirando en mí y descubriendo mis miserias y creencias más arraigadas, para evitar sentir mi miedo y atravesarlo. Me encuentro enfadada porque algo no es como creo que debería y luego me doy cuenta de que no estoy aceptando ni abriendo mi mente para permitir que sea como es.

Dejemos de buscar líderes porque no van a aparecer, a estas alturas ya nos tendríamos que haber dado cuenta. Lideremos nosotros.
No hace falta un despacho, ni una gran empresa. Se lidera a sorbos, a pequeños pasos. Se lidera en silencio. Se Lidera desde todas partes si se decide, pero hay que tomar esa decisión. Hay que usar la inteligencia emocional más allá de cuatro frases que motivan tres minutos y dejan días de desazón y culpa porque no las aplicamos.
Lidera una madre durante la cena con la conversación que tiene con sus hijos… Lidera el panadero cuando mima el pan que vende para ofrecer lo mejor. Lidera el atleta cuando además de llegar a la meta el primero decide llegar bien… Lidera la bióloga en un laboratorio recordando para qué pasa tantas horas investigando y recordando a las personas… Lidera el maestro cuando además de enseñar decide aprender… Lidera la abogada recordando la justicia… Lidera ese niño que va a su compañero que está en un rincón y le pregunta si quiere jugar. Lideras tú cuando sales a la calle cada día y, a pesar de no tener muchas ganas de nada porque tienes mil problemas encima que no sabes cómo solucionar, respiras hondo y das gracias por estar. Y decides confiar en ti.

Lo que nos hace falta es dejar de mirar a otros esperando que sean y ser nosotros lo que buscamos y necesitamos. Y compartirlo. Y transpirarlo. Y ser coherentes. Y caer y equivocarnos pero siendo lo que realmente somos.
Necesitamos conocernos y aceptarnos para respetarnos y respetar a otros.
Así podremos dejar de buscar y concentrarnos en ejercer de nosotros mismos liderando nuestras vidas y aprendiendo por el camino.
Ya basta de mirar fuera esperando la solución… Porque está dentro. Hasta que no nos sumerjamos en nuestra oscuridad, la luz que mostraremos al mundo será una luz de emergencia efímera que pide socorro o deslumbra y no un faro que alumbra y guía en el camino…

Esperamos ser reconocidos cuando nosotros no nos reconocemos y buscamos a alguien que nos guíe cuando no sabemos ni a dónde queremos ir.

Y no hace falta que sea un solo faro, hay miles, millones…

Gracias por leerme… Escribo sobre lo que siento o he sentido y el camino que he hecho hasta llegar aquí (aunque todavía estoy a medio camino de algún lugar). En este camino he aprendido poco a poco a aceptarme y amarme (aún me falta mucho, soy consciente).

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