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la rebelión de las palabras


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¿Quién es el líder?


Liderar es escuchar. Es motivar. Es decidir. Es observar de cerca y al mismo tiempo tomar la distancia necesaria para visualizar al equipo. Es formar parte del equipo, pero tener claro que se va delante. Es saber que ir delante no significa ser mejor sino tener más responsabilidad.

Liderar es valorar el esfuerzo y a cada persona del equipo desde su punto de partida. Es saber cuándo hay que ser invisible y cuándo es necesario destacar.

A veces, el líder no está, pero sigue presente… Porque el líder es siempre el que más trabaja.

Liderar es encontrar otra forma de hacer las cosas y lidiar con el día a día para que no te borre las ganas de cambiar y te engulla la creatividad. Liderar es abrir camino y dejar que otros también se abran paso.

El líder estimula. Enseña y aprende. Es exigente con todos, e incluso más consigo mismo, pero de una exigencia razonable. El líder siempre te pide más pero te recuerda que puedes, hace que te des cuenta de que puedes.

El líder huye de la mediocridad y busca la inteligencia. Se rodea de personas grandes, enormes, brillantes. No teme que acaben ocupando su puesto o rivalicen con él, al contrario. El líder busca talento, se rodea siempre de él, lo promueve, lo motiva, lo hace crecer… Porque sabe que siempre se aprende, porque siempre suma. El líder mantiene unido al equipo y se relaciona con él con firmeza pero con humildad. Allá donde haya un grupo de personas extraordinarias que trabajan juntas, es que detrás hay un líder.

Busca la armonía y huye del conflicto y la confrontación. Dialoga, negocia, cede. El líder no sólo valora aptitudes sino también actitudes. No busca excusas.

El líder a veces cambia de opinión si es necesario. Porque aunque tenga las ideas claras y la estrategia para conseguir sus metas bien diseñada, sabe que se equivoca, a veces, como todos y lo admite. No se deja llevar por el orgullo, aunque nunca pierde la dignidad. Tiene la mente abierta y busca retos constantemente. El líder no es fuerte, es resistente, es elástico y se adapta.

El líder inspira, suma, multiplica. Es compresivo y altamente generoso. Da mucho y pide mucho, pero hace que el esfuerzo que reclama no se vea como un sacrificio sino como un logro, como una meta conseguida.

El líder no manda, dirige, camina a tu lado, respeta. No da miedo, infunde respeto. No le molesta mezclarse con su equipo pero sabe cuál es su cometido. Es sencillo pero extraordinario. Busca la excelencia, busca talento, lo incentiva, hace que el talento procree aun a riesgo de perder a los miembros de su equipo si destacan… Prefiere tener a los mejores, formar a los mejores y que se vayan a rodearse de mediocres sin ganas.

A veces, el líder se pone en la última fila y se calla.

El líder no sólo valora resultados, tiene en cuenta la trayectoria, el esfuerzo, el camino, la actitud de las personas que le rodean.

El líder tiene valores y los defiende. Encuentra palabras para cada uno y son las adecuadas para motivarles, para recordarles que pueden y que lo conseguirán. El líder gestiona personas y emociones. Se guía por la razón y tiene en cuenta los sentimientos. Se anticipa a las necesidades. Arriesga, innova. Genera nuevas dinámicas y no se deja arrastrar por la rutina. Hace que todo sea más fácil pero huye de lo cómodo. Aprende cada día de todo y de todos. El líder se pasea cada día fuera de su zona de confort y hace equilibrios.

Porque liderar es también acompañar. Por eso, el líder no quiere llegar a la cima solo.

A veces el líder te deja llevar a cabo tareas con las que no está del todo de acuerdo porque confía en ti y valora tu criterio, porque quiere que le sorprendas y le demuestres que tenías razón.

Liderar es asumir. Es delegar. Es resposabilizarse y repartir resposanbilidad.

El líder acelera, si hace falta, pero es un corredor de fondo. Construye cada día.

El líder a veces también se cansa, pero sigue.

Reconoce errores, los exprime hasta que le sirven de trampolín para corregir y mejorar.

El líder no estorba ni hace de muro, hace de puente.

El líder escoge y mide sus palabras. Administra silencios. Espera, transmite calma y paciencia.

El líder también siente miedo y rabia pero los usa como energía para propulsarse.

El líder le da la vuelta a las situaciones adversas y las convierte en oportunidades.

No se es un buen o un mal líder… Los mediocres no son líderes.

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Sería una condena


Lo reconozco, la ilusión me gana… Vivo de ella, es mi alimento básico, mi frontera, mi punto de apoyo para mover este mundo rebelde y descastado. Contamina el aire que respiro y se filtra por mis grietas, me cala los huesos, me llega a cada una de las fibras… Me da el aliento. Me inspira.

A veces, se me pasa. Un poco, un poco muy pequeño. La pierdo de vista unos días, la sustituyo por un dosis de miedo y de rabia, de perplejidad, de cansancio. Se esconde después de esquivar una mirada impertinente, de ver un mal gesto… de oír una palabra de esas que arañan por placer o dolor. Se me acumula en la garganta, deseando decir que sí. En la cabeza, ansiando dejar de pensar. En el pecho, suplicando dejar de sentir y, a la vez, sabiendo que desea sentir aún más.

No puedo, no quiero evitarlo. Me transporta, me revive. Es como luchar contra las mareas o el devenir de los días. Como negar la evidencia o querer detener la rotación de la tierra.

La ilusión altera el estado y el orden de las cosas. Les da la vuelta, la invade… las inunda. Despoja de miedos, aparta las miserias y abre las ventanas para que entre la luz. Lo impregna todo. Convierte lo inútil en necesario, lo trágico en cómico, lo ridículo en adecuado. Embellece lo que afea y escribe sus consignas en paredes blancas para que no puedas dejar de prestarles atención. Le pone sal a las pasiones insulsas y desata a los amantes esclavos que suplican cordura. La ilusión desborda cauces, desborda mentes, desborda leyes… gesta revoluciones. Se te introduce en la arterias, se reproduce, te aniquila los temores más absurdos y te suelta la lengua. Te hace decir esas palabras que creías impronunciables y andar aquellos caminos que considerabas imposibles. Te hace creer que puedes vivir del aire y que el mundo entero te cabe en el pecho.

Lo reconozco, la ilusión me lleva a menudo a tropezar y caer, a pasarme de lista, a quedar como un tonta, a hacer un ridículo sonoro… a sentirme absurda. Aunque prefiero mil veces esa sensación a quedarme vacía, inmóvil, a ser una muñeca hueca, sin alma, sin ansia… sin sentido… sin búsqueda, sin luz.

Porque sé que volveré a levantarme y sentir. Volveré a caer, a bucear en las sombras… y rápidamente fijaré la vista en un punto y las ganas me volverán a invadir. Y todo empezará de nuevo. Y seré otra vez esa chispa, esa marioneta suspendida en el aire, zarandeada por una necesidad inmensa de seguir y sentir… ávida de emociones y con la mirada brillante, agitada y satisfecha. Porque la ilusión genera ilusión… y genera vida. Y eso lo compensa todo.

No sentir eso sería una condena.


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Dos palabras


Justo cuando iba a desmontarse y caer y ya notaba como se le evaporaba la piel… le llegó una palabra. Más tarde, otra. Las había escrito y notaba que ya no eran suyas, que habían quedado expuestas al mundo, separadas de ella abruptamente para el resto de sus días. Había engendrado dos palabras, una tras otra, y las había cedido para siempre. No le pertenecían pero eran su esencia, eran más ella que ella misma. Le volvió la sonrisa, en forma de araña, de mueca inexperta y neonata.

Dos palabras sólo…. pero lo eran todo. Las releía, las miraba con recelo. Le parecían cortas, arítmicas, vulgares… comunes… y maravillosas. No eran más que dos palabras que formaban un mensaje corto, etéreo, escrito sin mucho atino pero con ganas. Un rezo, una súplica. Eran, sin embargo, un mensaje que se convertía en brújula, en recuerdo, en el vapor que desprende un susurro… algo a lo que sujetarse y levantar el ánimo, algo para reconstruir de nuevo su rostro desgajado por las lágrimas. Ahora podía recolocarse las entrañas y levantarse poco a poco y seguir. Le devolvían el latido a las manos y se notaba los dedos, se acariciaba los brazos mientras se miraba con las esquinas de unos ojos que cobraban vida. Había escrito sus primeras dos palabras en siglos. Y sabía que iban a reproducirse y llamar a otras y convertirse en historia. Sabía que las palabras son imparables, que se juntan con otras palabras y crean pensamientos, que los pensamientos son obras, son vida. Que los pensamientos generan realidades y se convierten en materia.

Dos palabras y ya notaba como el suelo era de fuego y el aire le quemaba la cara. Ahora ya no era espuma, era agua. No era arena, era roca. Se sentía sólida y liberada. Ya esbozaba en su mente otras palabras, le salían a borbotones por los poros de la piel, se le escapaban de entre los labios, salpicaban las teclas con sus dedos ávidos de historias… escribía y devoraba formas, vidas, rostros que habían permanecido dormidos en sus neuronas esperando ser descritos, salir al mundo, estar vivos. Tenía cientos, miles, millones de palabras metidas en los pliegues de su cabeza alborotada. Deliraba. Notaba como el aire le ardía en la garganta, encerrada en una atmósfera ultraoxigenada… eufórica, jadeante, esclava… de su necesidad de palabras.

Dos palabras y notaba como su dolor se apaciguaba, las voces callaban, se cerraba la herida… una justicia infinita dejaba en silencio su pecho revuelto y ahora rotundo. Un círculo se cerraba. Un grito ahogado por fin se escuchaba.

Dos palabras, eran el principio. El todo. Sabía que había encontrado el pegamento que iba a sujetar todo su mundo.

“Sin miedo…”