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la rebelión de las palabras


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Insufrible perfección


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Ya no quiere ser perfecta. Lo quiso, intensamente, hace tiempo. Casi lo fue, al menos eso pensaba… Llegó a tocar la perfección y llegó a creer que el mundo la querría más si llegaba a ser aquella imagen que tenía de ella misma mucho más presentable e idílica. Una mujer de sonrisa incrustada, siempre atenta, siempre con la respuesta apunto y la mirada limpia… Sin un cabello alborotado escapando de su óvalo dibujado con precisión, ni una mácula en su piel tersa y pálida. Lo intentó con tanta fuerza que casi enloquece. Lo calculó todo. Lo tuvo todo controlado y le estalló el alma en pedazos, algunos fueron enormes y pudo recomponerlos, otros eran pequeñas astillas que quedaron clavadas en sus pensamientos… No pudo recomponerlos y su esencia se dividió en porciones. Tuvo la sensación que en lugar de saltar aquel obstáculo, se lo había tragado entero… Que iba a tener que digerir sus sueños, demasiado ambiciosos, demasiado elevados, grandes, enormes, descomunales para una mujer menuda y cansada. Para un alma rota que busca consistencia.

Hubo una época en la que fue presa del cálculo, de una férrea vigilancia que la dejaba exhausta y que no era menos cruel por nacer de ella misma. Sus propios ojos la escrutaban, eran perversos jueces de sus pequeños deslices. La falta de sueño le devoró las ganas, tenía la sensación perenne de haber echado raíces en un lugar oscuro y no poder huir de él. Y de que ese lugar lúgubre y falto de aire puro era ella misma. La sensación terrible de desear escapar de una misma por ser el origen de sus desvelos. Y a la vez, sin dejar de escuchar a su necesidad loca e insana de complacer y ser quién en realidad no era, su deseo insaciable de ser aprobada por miradas ajenas.

Al final la perfección era una carga pesada, una especie de condena. El deseo gigante de acercarse a ella lo más posible, de tocarla, nos convierte en esclavos de nosotros mismos. La necesidad de que todo esté en su sitio, todo controlado, todo ejecutado con una exactitud pavorosa, que nada esté al azar por si el azar decide girarnos la cara… Esa ansiedad insalubre gestada a base de pedirnos más y nunca saciarnos. Ese reclamo diario de atención, sin descanso, sin pausa, sin tregua. El jadeo de arrastrarse hasta más no poder y perder el aliento y aún así castigarse.

Tanta insatisfacción por no poder llegar a ser la idea que tenemos de nosotros mismos y a veces de los demás es agotadora. Porque además ese anhelo nunca queda saciado, nunca es suficiente. Cuando te marcas una meta, sube el listón. Cuando llegas a la salida del laberinto, te das cuenta de que entras en otro. Y miras atrás, un día y te das cuenta de que deseas algo que no te hace feliz, porque no existe, porque no es alcanzable, porque si pudieras poseerlo, notarías que es altamente insoportable, aburrido, asfixiante. La perfección es el resultado de asumir que ya no te queda nada que buscar. Si crees que eres perfecto, tal vez es que deberías volver a empezar porque no has entendido nada. El anhelo de perfección es un lastre. La perfección mata la motivación y las ganas. Mata los deseos y las pupilas inocentes. Consume los músculos y los nervios sometidos a presión para controlar todo detalle sin que nada se escape a su mirada omnipresente, omnipotente, omnívora.

La insufrible perfección y sus ganas insaciables de catalogarlo todo, de hacer que todo sea puntuable, que todo tenga una fecha, una marca, un punto de salida y uno de llegada. Mata al sueño, al deseo, mata las maravillosas rarezas que nos hacen insustituibles. Mata esas pequeñas cosas que hacen que me queje de como eres pero no pueda soportar tenerte lejos. Mata tu esencia, lo que amo en ti porque eres distinto… Mata la diferencia.

Ahora ya no desea ser perfecta. Descubrió que para dejar de desear ser perfecto es necesario dejarse llevar. Soltar a la muñeca rígida de sonrisa vacía y agarrarse a la mirada caótica de esa persona que es y que a veces no logra mirar ante el espejo porque le reprocharía demasiado. Y dejar de controlar. Dejar de contar, de escrutar cada momento para castigarse por si la respuesta no era la más adecuada. Dejar de buscar los defectos y sumirse con ellos en una batalla para encontrar como sacarles partido. Encontrar su valor, lo que hace que pueda brillar y nunca pueda compararse a otros y ellos no se puedan comparar a ti… Porque ella es un pequeño universo.

Y se percató de que dejar de soñar con ser perfecto no significa dejarlo todo al destino, ni dejar de luchar por encontrar ese yo maravilloso que oculta. Significa seguir luchando sin castigarse, sin someterse a la esclavitud de una imagen equivocada que nos pide que no seamos nosotros mismos. Quererse lo suficiente para asumir que ser mejor cada día no es ser perfecto. Significa esforzarse para darlo todo con ilusión sin esperar el flagelo de la propia mirada cuando te crees que no lo consigues. No flagelarse, no morderse la cola persiguiendo una sombra.

Y descansó. Cortó las raíces absurdas que había echado en tierra yerma y buscó el sol. Se perdonó por no ser otra y se limitó a gozar de existir. Y cuando algunas veces tiene la tentación de reprenderse sin cariño, sin encontrarse valor, en lugar de huir se mira al espejo. Desde que no lleva la carga de intentar ser perfecta, es más hermosa.

Gracias por leerme… Escribo sobre lo que siento o he sentido y el camino que he hecho hasta llegar aquí (aunque todavía estoy a medio camino de algún lugar). En este camino he aprendido poco a poco a aceptarme y amarme (aún me falta mucho, soy consciente).

Si quieres saber más de autoestima, te invito a leer mi libro “Manual de autoestima para mujeres guerreras”.

En él cuento como usar toda tu fuerza para salir adelante y amarte como mereces y dar un cambio a tu vida… Ese cambio con el que sueñas hace tiempo y no llega.

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Incómodamente harto


Harto de las mismas caras tristes y airadas en las noticias. De frases vacías y eslóganes absurdos.

Harto de primas de riesgo y bancos malos. De bonos, de rescates y encuestas. De catálogos.

Harto de excusarse en la crisis incluso cuando la crisis es la excusa.

Harto de anuncios. De caras simétricas. De personas que ríen y caminan por grandes avenidas y lanzan consignas.

Harto de que todo esté a la derecha o a la izquierda y sea blanco o negro, bueno o malo, día o noche. De vivir sin matices.

Harto de ineptos y descastados.

Harto de oír mucho hablar de dinero y poco de compromiso. Mucho de números y poco de palabras. Nada de ética. Nada de sentido común. Nada de valor y mucho de precio.

Harto de definirse en los curriculums como si fueran su código de barras. De repetir que es responsable y que está disponible desde ya.

Harto de buscar ofertas y encontrar saldos.

Harto de noches sin dormir y días dormitando.

Harto de encontrar desidia por la mañana y pasar la tarde intentando despegársela de la espalda…

Harto de que le evalúen y pesen, que le calculen y le pongan en la lista. Harto de sentirse una pegatina.

Harto de tomar una pastilla para olvidar por qué la toma.

Harto de pancartas. De autobuses saturados de carne humana y caras avinagradas. De bocinas, de silbatos, de sirenas, de timbres… Harto de oír gritar al vecino y nunca poder escuchar cantar al gallo.

Harto de planchar las camisas para no sacarse nunca las americanas. De pasar por la vida sin apenas catarla.

De buscar abrazos y encontrar risas forzadas. Harto de querer encontrar un camino y de que todos quieran venderle un atajo.

De buscar sirenas seductoras que cantan y sólo encontrar merluzas.

Harto de amaneceres grises y tardes cobalto. De cansarse de todo y no saciarse de nada. Harto de luna llena y poco sosiego.

Harto de ganas. De deseo de salir de su rutina y colgar las ojeras y las legañas… harto de chismes y voceros. De mentiras y de sombras alargadas. De rituales absurdos y malentendidos.

Harto de buscar la sal en todo y encontrar un mundo insípido.

Harto de eludir espejos y esquivar miradas. De quedarse con los titulares y consumir debates tontos. Harto de ser audiencia.

Harto de repetirse esta retahíla cada día y no ser capaz de decir NO. Insaciablemente harto. Incómodamente harto.