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la rebelión de las palabras


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La insoportable necesidad de ser normal



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Siempre fui la rara. Al principio pensaba que me faltaba algo y luego creí que me sobraba. No sabía por qué pero siempre me sentí distinta, no encajaba. Como ese juego que les ponen a los niños para que desarrollen su capacidad donde hay que meter el círculo en el hueco del círculo y la estrella en el hueco de la estrella… Yo no tenía hueco o no era capaz de encontrarlo… Y mi forma era rara.

Si tuviera que definir mi infancia usaría una palabra, triste. Me sentía rechazada y pequeña, soñaba con no estar o con vivir muy rápido y abandonar ese estado para poder ser adulta. Me sentía vieja, cansada que buscar mi hueco.

Todo era muy complicado y doloroso. Siempre he estado muy conectada a mi cuerpo y lo he somatizado todo. Por eso, era siempre una niña enferma. Perdía el equilibrio y me pasaba días en casa sin poder tenerme en pie… En mi mundo, todo era muy… Cuesta definirlo pero hay una palabra que  me sirve, INTENSO. Cuando hacía frío hacía mucho frío, cuando algo daba miedo, daba mucho miedo… Cuando dolía, era insoportable. Una palabra me partía el alma en dos… Una mirada me rompía el corazón. Todo parecía una aventura complicada, todo era arriesgado y terrible.

En mi mundo, el invierno era la única estación del año. Siempre olía raro y mi nariz parecía loca llevándome de un lugar a otro… Hay lugares en los que no puedo entrar hoy en día porque ni nariz no me da permiso y me estómago se da la vuelta.

Caminaba encogida y siempre a flor de piel. Mi estómago se zarandeaba fácilmente. No paraba de soñar que todo pasaba, que llegaba un día en que era impermeable al mundo y nada me afectaba. Sin embargo, no llegaba nunca. No es que quisiera que fuera todo perfecto, es que necesitaba que fuera todo normal y nunca lo era, no lo fue, no lo es… Todavía hay ocasiones en que me doy cuenta de que freno mis sueños porque me asusta cumplirlos y ser distinta, especial, porque en el fondo, quiero ser NORMAL. Aunque esa no es mi verdadera forma, es la que todavía sueña la niña que llevo dentro y que no soporta que todo costara tanto de conseguir porque la vida le chillaba con un altavoz gigante. Había mucho ruido en mi mundo. El mundo en sí es un amasijo de ruidos insoportable que a veces martillea mi alma. Y no hablo sólo de mis oídos, hablo de mi piel… Siempre he estado buscando un poco de silencio… Y no podía pensar con claridad aunque tampoco dejaba de pensar… Siempre le daba vueltas a los mismos pensamientos. Los pensamientos se pudren, se acumulan, se corrompen. 

Aunque lo más duro era una pena inmensa que me quebraba por dentro. El mundo me dolía, me duele. Me afecta como si fuera mi sangre y mi carne, tal vez lo es … El dolor ajeno y la fealdad del ser humano me golpeaban las sienes. La injusticia me sacudía tanto ya entonces que era como un grito insoportable de algo que quería evitar y no podía… Tal vez por eso me convertí en gladiadora… Así reaccioné yo durante años al dolor inmenso de sentir que el mundo era un lugar sin alma, atacándolo, luchando, guerreando como una bestia para que se diera cuenta de que no podía seguir así, necesitando cambiarlo… Sin aceptarlo ni poder mirarlo porque me sentía apuñalada.

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Si tuviera que definir mi despertar de todo esto, usaría otra palabra, rabia. Una ira descomunal se adueñó de mí y decidí vengarme de este mundo hostil y perverso. Sin embargo, sólo conseguí hacerme daño a mí misma.

Y el mundo seguía sangrando y sangrándome. Daba vueltas sin mí porque yo me ocupaba de darle patadas. Odié tanto al mundo por no ser amable que me odié a mí… O tal vez primero me odié a mí por no ser normal y encajar y eso me hizo odiar al mundo porque no había un rincón en él que me pareciera acogedor y amable. 

Hasta que comprendí que el mundo es un reflejo de mi alma cansada y que todo lo que hay en él tiene un pedazo de mí misma. 

Hasta que no comprendí que no es malo, sino que sufre, como yo. Que no es cruel, es que tiene miedo, como yo… Que mi sensibilidad e intensidad no eran una carga sino una bendición, un privilegio que me permite tomarle el pulso a la vida y saber qué siente el mundo… Un don para encontrar mi lugar. 

¿Habéis mirado a los ojos a alguien que no conocéis y habéis sido capaces de leer su dolor, de notar qué siente y empatizar tanto que te duela? Seguro, alguna vez. Imaginad ahora que pesara casi siempre, que no lo pudierais evitar y que necesitarais salvarle y decirle que lo notas todo… Que su rudeza fuera más ruda en ti y su miedo más intenso y pudieras casi respirarlo…

Pero ¿Cómo salvar al mundo si no puedes salvarte a ti? ¿Cómo amarle si no te amas porque no encajas en él?

Hasta que decidí que no iba a salvarlo, que iba a salvarme a mí y que si era capaz de conocerme y amarme, puesto que formo parte del mundo y me reflejo en él, sería capaz de curar una parte de él…

Todos somos una de las heridas que hay en el mundo, si somos capaces de cicatrizarlas y dejar que curen, estamos cosiendo una de ellas… Somos mundo y lo que sentimos queda dibujado en él y todo cambia. 

Uno de los privilegios de sentir tanto, de sentirlo todo a flor de piel y percibir el mundo con todos los sentidos y alguno más, es descubrirte conectado a la vida y a las personas. Saber que no estás tan solo y que todos somos diferentes, especiales y en el fondo no encajamos, sólo fingimos un poco para poderlo soportar y evitar que nos señalen con el dedo. Aunque, los dedos que nos acusan en realidad son nuestros propios dedos… 

Me pasé media vida escondiéndome y avergonzándome de mí, hasta que un día decidí empezar a usar mi dolor para hacer belleza, para curarme. Hasta que decidí ver mi «defecto» como una virtud y mi vulnerabilidad como una fortaleza.

Lo que separa a un friki de un héroe es la actitud. Yo no soy una heroína pero a veces siento que tengo poderes. Todos los tenemos, pero no los usamos… Porque nos asusta descubrir que brillamos y somos capaces de mucho… Nos asusta la responsabilidad de saber que nuestra vida en realidad depende en gran parte de cómo seamos capaces de surcarla y percibirla.

Por eso me puse a escribir. Empecé a usar las palabras para sacar el dolor, para mitigarlo y decirle al mundo que me salpicaba…

Yo que me había pasado la vida ocultándome, decidí desnudarme para notar la vida del todo y dejar de intentar ser impermeable. 

Y en las palabras encontré el silencio, la burbuja, el lugar donde encajaba y desde el cuál podía pensar y sentir sin temor.

Y ahora doy gracias por no encajar, por no haber encontrado mi hueco y haber tenido que descubrir que mi hueco era yo misma… Y por haber descubierto que en realidad el mundo es un lugar hermoso, para ver su belleza sólo tengo que amarlo y no juzgarlo… Como tuve que hacer conmigo para descubrir mi poder. Esa es la clave, amar lo que eres, seas lo que seas. 

Escribí este texto para una conferencia sobre Personas PAS (Personas Altamente Sensibles)  en la Universidad de Psicología de Oviedo gracias a Jessica Buelga, gran profesional y buena amiga, una persona que siempre te contagia entusiasmo y energía. Gracias a ella, compartimos el pasado día 27 de octubre qué significa sentir y vivir intensamente, reconocer qué te pasa cuando la vida te afecta demasiado y aprender a existir con esa maravillosa carga de ser PAS que en realidad es un privilegio… Todo lo que nos hace enfrentarnos a lo que nos asusta es un don, una oportunidad… Todo lo que nos duele nos enseña a dejar de resistirnos a la vida… Todo lo que nos pone un obstáculo en el camino, en realidad, nos señala el camino… Mil gracias Jessica, mil gracias a las personas que compartieron conmigo ese momento y abrieron su alma para dejar entrar un poco de la mía y mil gracias a Asturias de nuevo… Te siento muy mía, cada vez más.

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Educando en el pasado


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Dice el coach Raimon Samsó que el 65% de los alumnos actuales de Primaria van a estudiar carreras para puestos de trabajo que no existirán.

No lo dice ahora, ya en su libro “El código del dinero” sobre libertad financiera y cambio personal lo dejaba claro hace años afirmando que si el trabajo que haces lo puede hacer una máquina u otra persona por menos estás perdido. En el que libro ya trata sobre de la diferencia entre vender tu tiempo a cambio de un sueldo o aportar tu valor y ser tu propio jefe.

Hace tiempo que entramos en otra era, pero parece que no nos hemos dado cuenta o no queremos porque nos asusta demasiado asumir el poder de llevar las riendas de nuestras vidas. Fingimos que todo es como antes, trabajos seguros, vidas estáticas… Y nada es así ni lo será. Estamos abocados a  trabajos de subsistencia que no te permiten subsistir o a tomar la decisión de apostar por nosotros mismos y por la excelencia, por aportar el talento y dar un plus… Esos trabajos que tienen que ver con la creatividad, con innovar y servir a los demás son la única baza que tenemos para vivir las vidas que merecemos y encontrar nuestro sitio.…

No educamos a nuestros hijos para que ocupen su lugar en el mundo y entiendan que tiene poder sobre su vida. Les educamos para pelear hasta el absurdo, hasta la extenuación, por algo que ni tan solo saben si desean.

Me decía mi hija el otro día que desde hace un tiempo en la escuela “ya no crea nada nuevo” seguramente porque se hace mayor y han dejado de lado la experimentación para pasar a la fase de almacenaje de datos puros y duros. Y eso que en su escuela transmiten mucho más, están abiertos y los profesores son personas que ponen el alma en lo que hacen, pero lo hacen con las herramientas que les dan y ceñidos a un programa establecido… La verdad es que conocer  es importante, pero no como mero acto de almacenar para luego volcar en un examen sino para comprender y crecer a partir de lo que eso te sugiere. Sabemos mucho de historia, pero está claro que no la hemos interiorizado porque nos dedicamos a repetir los mismos errores…  Hay que aprenderlo, no nos va mal  la gimnasia mental y saber  el origen de todo, pero hay que revisarlo porque hay que trascender la teoría y entusiasmar.  Hace falta incentivar a crear, a cuestionar, a buscar otras maneras, a despegar, a despertar la curiosidad…

Y eso no es sólo trabajo de la escuela, es un trabajo de toda la sociedad, empezando por lo que ven y oyen en casa.

No podemos vivir vidas a medias y esperar que nuestros hijos sepan lo que son vidas enteras.

No podemos conformarnos con pensar dentro de un recuadro y esperar que nuestros hijos entiendan que pueden ir más allá y romper moldes.

Estamos ante un nuevo paradigma y de nada sirve esconder la cabeza y esperar que a que pase, porque no pasará. Hay que enseñarles a pensar y decidir, a asumir, a comunicar, a aceptar y encontrar el aprendizaje, a empatizar con otras personas y a liderar sus vidas.

No podemos educarles como a ovejas y esperar que sean pastores.

Debemos enseñarles a entender a las personas y cooperar con ellas… Eso es el futuro. Las personas… Lo que sueñan y lo que necesitan.

Hay algo que pueden hacer nuestros hijos que otras personas necesitan y pagarán por ello. Hay que darles alas para que lo descubran y desplieguen su valor, para que pongan en práctica sus dones y se enamoren de lo que son capaces de hacer, que lo vivan y lo contagien.

Para que descubran cómo dar servicio a las personas. Cómo entretenerlas, cómo hacerlas pensar, cómo conmoverlas, cómo entusiasmarlas, cómo cuidarlas cuando están enfermas, cómo calmarlas cuando están desesperadas, cómo ayudarlas a planificar su futuro, cómo construir casas mejores para ellas, cómo acompañarlas …

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Como dice  Samsó, cualquier cosa que no haga una máquina.

Cualquier cosa que suponga poner tu talento y tu actitud a su servicio. Que te haga útil y te diferencie de lo que ofrecen los demás. Nuestros hijos triunfarán en sus vidas si reconocen sus diferencias y las ponen a trabajar… Sin embargo, es difícil que lo hagan si nos pasamos la vida inculcándoles que es mejor encajar y pasar desapercibido. Si cuando alguien es distinto, le señalamos con el dedo.

Nos tenemos que plantear ya enseñar a nuestros hijos a tener el poder sobre sus vidas, cómo administrarlas, darles cultura financiera, gestión emocional… Nos falta mostrarles cómo cambiar los dogmas y darles la vuelta, cómo despertar y disolver todas sus creencias limitantes. Aunque tal vez para eso, primero debemos aprenderlo nosotros porque nos movemos como autómatas y vivimos con el piloto automático puesto…

La verdad es que hemos delegado nuestra  tarea como padres porque estamos ocupados pensando cómo sobrevivir y trabajando mil horas para un suelo de miseria… Y eso es lo que ven nuestros hijos… Cansancio, negatividad, pensamientos en bucle corrompidos por ideas que ya eran caducas cuando nacieron porque hablaban de una forma de ver la vida con miedo… Ansiedad, desesperanza, queja constante… Nuestros hijos ven como comemos sin notar que comemos, como dormimos sin dormir, como se nos pasa la vida sin vivirla como merecemos.

Y aprenden a creer que no se merecen más. Y cuando crees que no lo mereces, no lo consigues porque ya no no forma parte de tu vida, porque ya no lo imaginas posible.

No les educamos para quererse a ellos mismos… Cuando un ser humano no se quiere a sí mismo, se conforma con migajas y tolera lo intolerable para él y para otros. No les dejamos experimentar, ni caer, ni ensuciarse ni hacer nada al revés, a ver qué pasa…

Estamos educando a nuestros hijos para tener miedo, con miedos prestados, los nuestros, los de siempre, los de nuestros padres y los padres de nuestros padres.  No les enseñamos a imaginar otros mundos, otras posibilidades, a hacerse preguntas impertinentes… No les enseñamos a crear las oportunidades que necesitan, no les hemos dicho que su vida dependerá de cómo ellos sepan crearla. Les educamos para que sean personas tristes y desesperadas con un futuro triste y lleno de desesperación.

Y en la escuela, les enseñan a ser hombres y mujeres del siglo XX.  Les educan para el pasado… Para ser personas limitadas y determinadas, sin saber gestionar ni sus emociones ni su economía,  con una cultura  basada en callar y obedecer.

Nos obsesiona que dominen la técnica, que sepan qué botón apretar. Y no nos damos cuenta de que cuando sean mayores todo el mundo sabrá qué botón apretar (de hecho, ya casi nadie apretará botones) pero no les preparamos para aguantar la presión que supone apretarlo, decidir cuándo, llevar un equipo de personas, gestionar sus emociones, confiar en sus capacidades, vivir con la actitud necesaria para sentirse capaces de lo que sueñan, ser quienes verdaderamente son y no limitarse.

Les educamos para sufrir como nos educaron a nosotros. Como si sufrir fuera la forma de conseguir lo que quieres, como si sufriendo se acumularan puntos y al final de la partida los pudiéramos canjear  por… ¿felicidad? no, nunca, cuando sufres por algo nunca consigues paz… Tal vez una falsa sensación de perdón o de dejar la culpa un rato. La felicidad es vivir en paz cada día y saber que estás de tu parte, que confías en ti y en la vida, que sabes quién eres y actúas de forma coherente a cada momento.

Falla el sistema, que educa para bajar la cabeza y resignarse. Para pasarse la vida luchando por muy poco y quejándose por no llegar a la cima a pesar de esforzarse al máximo… Nos educan para cargar culpas y obedecemos sin rechistar, nos educan para pensar que no conseguiremos nunca nada y no conseguimos nunca nada…

Nos despojan de nuestro poder al nacer y nos obligan a intentar derribar muros macizos en lugar de decirnos que los podremos saltar si nos dejamos llevar por nuestras ganas e imaginación… Y nos golpeamos una y otra vez porque no sabemos que hay alternativas.

Nos educan para que pensemos que el trabajo es un privilegio y que hay que sufrir mucho en él… Y no disfrutamos haciéndolo porque no nos identificamos… No nos hace sentir que valemos, que aportamos…Y no en consecuencia, no llega la magia que se crea cuando amas lo que haces y brillas.

Triunfar requiere trabajo, cierto, pero con amor, con felicidad, con entusiasmo, con emoción… Se trata de un trabajo interior sobre todo. Eso que hace que parezca un suspiro y cuando llega el lunes estés pensando en el montón de cosas maravillosas que tienes por hacer…

El futuro no debe dolernos… Y para ello no nos debe doler el presente. No tenemos porque ser infelices para ganar una miseria… Seamos felices haciendo lo que amamos y que eso sirva para que otras personas sean felices.

Y mi hija me pregunta… ¿Cómo sabré  qué quiero ser yo de mayor, mamá?

Complicado, pero si te escuchas a ti misma, lo sabrás. Porque es algo que te saldrá solo. Algo a lo que dedicarás horas sin darte cuenta y te sentirás satisfecha. Algo que harías sin cobrar,  pero que tiene mucho valor para los demás y merece el dinero que cobrarás y aún más… Algo que será bueno para otras personas y les aportará beneficios. Algo que te hará vibrar y que te dejará tiempo para ser millones de otras cosas en la vida… Algo que te hará feliz a ti y a demás… Algo que te llenará tanto que no te quedará duda alguna que es tu misión, lo que has venido a hacer a este mundo… Lo sabrás porque todo lo que haces, en el fondo, es lo que tú eres.

 


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Muchas formas de ser maravilloso…


Voy caminando con mi hija, venimos de dar un largo paseo. De repente, me mira y me pregunta “mamá voy a tener que hacer dieta, verdad?”. Y me quedo perpleja. Tiene ocho años preciosos y no le sobra ni el falta nada. Come de todo, hace ejercicio y no para nunca. Es una niña saludable, está maravillosa… ¡No puedo creer que nadie piense que tenga que bajar de peso!! ¡Menos ella!! Me quedo alucinada… Aunque hoy mientras paseábamos un par de personas le han dicho que ha crecido mucho y que se la ve fuerte, al decir esa palabra han hecho esa cara de “digo fuerte como eufemismo”. Una de ellas, se ha permitido rodear su brazo con la mano (lo rodeaba de sobras) y hacer algún comentario sobre lo apretada que está… “Claro, porque come sano y hace mucho deporte-he dicho yo con cara muy seria-eso se llama salud”. Espero que la persona que me lo dice haya notado que no me gusta ese gesto, que mi hija no es una res, ni está esperando a que nadie la tase ni la valore…

Nos han acostumbrado tanto a ver niñas cadáver en los anuncios que si no parece que el niño sea transparente nos permitimos pensar que le sobra peso. Nos han dicho que la belleza son las costillas marcadas, las caras hundidas y pegadas a la calavera y las piernas de palillo… Y nos lo hemos tragado sin rechistar.

Y ahora me doy cuenta de que esas palabras la han afectado, que se ha sentido mal por esos comentarios y cree que le sobran kilos. Se mira la barriga y me mira a mí… Y no le sobra nada. Se lo digo. Le digo que su médico es quién debería decidir si le sobra o no y qué hacer. Que no es el caso, porque ella está en su peso y altura y está maravillosa. Que si come menos, se pondrá enferma porque está creciendo y necesita alimento. Que, en todo caso, podemos hacer algo más de deporte, aunque ella ya hace el suficiente. Le digo que no se preocupe por lo que dicen, que la gente critica porque se aburre, porque no se quiere no lo suficiente y necesita criticar, porque siente que tiene que decir algo… Le digo que  ella nunca ha sido menuda, que está preciosa y se la ve radiante tal como es. Porque cada uno es como es y eso lo hace diferente y que es una suerte. Si todo el mundo fuera igual, el mundo sería terriblemente aburrido. Por eso ella tiene amigas que está más delgadas y otras no tanto y que lo que importa es que estén sanas y se quieran como son.

La miro y veo sus ojos vivos que se fijan en los míos… Sé que me quedo corta, mis palabras no pueden llegar a expresar lo que me atraviesa el alma ahora, me gustaría que por un momento ella sintiera lo que yo siento, que se viera con mis ojos y quedara sorprendida de su asombrosa belleza…

Sus miradas inteligentes… Sus ideas para cambiar el mundo… Su preocupación por personas que no conoce pero que necesita que estén bien… Sus dibujos perfectos… Esa nadadora excelente que lleva dentro… Esa científica brillante que hace experimentos en su habitación…

Sus cabellos llenos de reflejos dorados, sus ojos impactantes, su cara preciosa, su cuerpo sano y perfecto…

Aunque no lo ve. Mis palabras le llegan, pero noto que tengo que borrar de su cabeza las palabras de esas dos personas que la han hecho sentir incómoda con su cuerpo.

¡Cuánto daño podemos hacer en un momento con nuestras palabras! ¡Cuánto dolor juzgando y criticando a los demás en lugar de mirarnos a nosotros mismos y ser compasivos!

Al fin y al cabo, cuando encuentras algo que te molesta en el otro es porque eso te molesta en ti o te preocupa. No nos damos cuenta a veces de la repercusión que tienen nuestros actos, sobre todo cuando afectan a criaturas que aún no son capaces del todo de distinguir entre lo que importa o lo que no, que no saben que es lo esencial y no han aprendido a quererse aún como merecen.

Vale la pena que revisemos entre todos un poco hacia dónde van nuestros valores… Si salimos a la calle y podemos hacer daño aunque sea sin querer para sacar de dentro nuestras frustraciones y aliviar nuestros traumas lanzando la basura acumulada que llevamos dentro sobre otros…Hay temas que no deberíamos tratar a la ligera, cuando afectan a personas vulnerables y no hacerlo sin criterio ni conocimiento suficiente.  Ya es complicado educar y lidiar con la intrusión masiva de imágenes y modelos de conducta que destruyen en dos segundos el trabajo hecho durante días explicando a tus hijos que deben respetar y quererse. Como sociedad tenemos muchos retos importantes, uno de ellos es contribuir a dar herramientas a nuestros hijos para que crezcan sanos y con valores sólidos. Quién no esté dispuesto a ayudar a ello, simplemente que no se meta… Si no puedes construir, mejor quedarte al margen…

Y me doy cuenta. Yo también he  fallado. Aunque he intentado cambiar de tema y he dicho que estaba preciosa ante esas personas, debería haber sido más contundente cuando han empezado a hablar de mi hija como si no estuviera…Debería haberles dicho… “Tú opinión no nos interesa. Estamos fantásticas y sanas. Nos da igual que tú creas que nos sobra por aquí o por allí, no queremos tu menosprecio ni tu risita irónica”.

“Si tienes ganas de desahogarte por tus traumas, te deseamos mucha suerte, te enviamos mucho cariño y te recomendamos que te mires al espejo y te sinceres… Deja de jugar con las emociones ajenas porque ya eres adulto. Mi hija no es tu sparring, ni el pañuelo donde sonar tus mocos”.

Hay gente alta, baja, rubia, morena, musculada, sin muscular, de piel clara, de piel oscura… La belleza no es un estándar. Tiene mil tallas y estaturas, es de mil colores y está por todas partes para quién sabe verla y apreciarla… Es una mezcla entre salud y autoestima… Entre libertad y felicidad. No está en un molde ni proviene de una fórmula matemática… Hay muchas formas de ser maravilloso. Hay muchas clases de belleza…

No tenemos que encajar, tenemos que ser felices.

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Buenos profesionales, grandes personas


Estamos tan preocupados porque nuestros hijos lo sepan todo para hacer que su futuro sea mejor en un mundo competitivo que, a menudo, olvidamos que también deben ser personas.

En la escuela, los profesores dan el máximo, a pesar de que cada vez tienen menos recursos y la dedicación se les presupone. Están sometidos, a menudo, a una vorágine de asignaturas y temarios, sin tiempo para darse cuenta casi de que cada niño o niña es un mundo y que no todos tienen el mismo ritmo, cosa que nos les hace ni mejores ni peores.

No se puede educar a la carta, cierto, pero con más recursos, se podrían detectar problemas y diseñar soluciones. Tener tiempo para planificar nuevas estrategias. Pensar si estamos apostando por todo lo que les hace falta. Dedicar un rato a educar a los pequeños en la autoestima, en la gestión de las emociones, en evitar conflictos…

Y poder transmitirlo a los padres, para que en casa refuercen ese mensaje y eduquen en el mismo sentido. Le pasan tantas cosas a un niño que podrían detectarse con unos minutos más, con más profesionales en los centros, con más horas, con un replanteamiento general de lo que es educar.

Estamos obsesionados con las horas de inglés que hacen nuestros hijos en la escuela, con razón, el nivel con el que salen deja mucho que desear, cierto. Aunque deberíamos darnos cuenta de que como sociedad no podemos educarles para que sean uniformes, debemos despertar su creatividad, su talento, su diferencia. Debemos ayudarles a despertar lo que les mueve, lo que les hace distintos unos a otros, lo que aman y lo que desearán hacer gran parte de su vida. Entusiasmarles para que aprendan a entusiasmarse, para que sean curiosos y busquen respuestas, para que se hagan preguntas sobre la vida y sobre ellos mismos.

Porque el inglés y cualquier tipo de conocimiento académico es importante, pero en un mundo competitivo, lo marcará la diferencia es su empatía. Su capacidad por ponerse en el lugar de otro al trabajar y en la vida, como no. Lo que hará que tengan éxito es que gestionen sus emociones y que aprendan de sus fracasos. Que crezcan a cada golpe… Que se comuniquen con los demás de forma adecuada y con respeto. Que en un momento determinado, a cinco minutos de que pase algo importante, sepan asumir el reto de decidir si o no, blanco o negro, apretar el botón rojo o el azul… Y aguantar esa presión y las consecuencias de sus actos. Trabajar en equipo, liderar, sumar… Que su calidad como ser humano sea aún mejor que su calidad académica, que admitan sus errores y aprendan de ellos. Eso es lo que les dará un futuro…

Debemos ayudarles a enfrentarse a sus miedos. Supongo que muchas personas ya adultas deben pensar que ellos lo hicieron solos y tienen razón. Hay quién pasó una guerra y nunca flaquearon sus valores ni convicciones a pesar de momentos durísimos… Sin embargo, todo está cambiando. Hemos dejado que a nuestros hijos les eduque la Play Station y  Bob Esponja. Les hemos enchufado mil actividades y casi no pueden respirar. Pasamos poco rato con ellos y cuando estamos con ellos, el cansancio nos vence y cedemos. Y a cada cesión les vamos colocando una losa encima que les alejará de la felicidad, del aprendizaje que necesitan a través de la frustración y la superación. Cada vez que buscamos el camino fácil, les complicamos la vida…

Les acabamos premiando por hacer lo básico, por lo mínimo. Aquello por lo que nosotros ni siquiera rechistábamos. Lo que se presupone nadie debería cuestionar. Les educamos para vivir sin esfuerzo ni ánimo de superarse. Sin más metas que no sean materiales, sin enfrentarse a sus miedos por si se asustan demasiado… Nos chantajean y les chantajeamos. Nos gana la culpa ficticia por un trabajo que absorbe, nos gana la falta de horas de sueño, nos ganan sus caritas preciosas suplicando… Nos gana entender el amor como vasallaje… Porque nosotros también necesitamos aprender más sobre gestión de emociones. Nos queda mucho por aprender. Como madre me doy cuenta de que me falta mucho para estar al nivel y me preocupa.

Hoy hablaba con un profesor de primaria. Una persona dedicada a sus alumnos, un hombre inteligente con vocación. En esto, tengo suerte, como madre he topado con buenos y buenas docentes que se preocupan por sus alumnos, personas que ponen empeño en hacerlo lo mejor posible a pesar de que cada año que pasa lo hacen con menos… Él me decía que los niños necesitan la misma dosis de amor que de buenos hábitos y disciplina, porque de nosotros depende cómo serán cuando sean adultos. Y me recordaba algo que olvidamos a menudo, que para ser buen profesional, hay que ser buena persona.  Que la grandeza en el trabajo se corresponde a la grandeza como ser humano… Sin embargo, nos preocupa mucho que aprendan teorías y fechas, que pasen pruebas académicas… Competimos en notas en lugar de fijarnos también en su madurez, en su forma de enfrentarse a los problemas del día a día, en hacer que sean niños pero que se conviertan algún día en adultos sanos y responsables en todos los aspectos.

Hemos olvidado, a veces, los gestos y las palabras. Nos falta charla, mirándonos a los ojos, y nos sobra whatts app. Nos faltan hábitos y nos sobran premios a cambio de que no nos “molesten” un rato cuando el cabeza nos estalla. Nos falta tiempo y nos sobran excusas.

Porque además de decirles a nuestros hijos “estudia” les debemos pedir que traten a los demás como merecen, con respeto, con la dignidad que ellos reclaman… Y sobre todo, dar ejemplo. Ser lo que les pedimos que sean. Vivir cómo les predicamos que deben vivir. Hacer que se sientan orgullosos de nosotros como nosotros nos sentimos orgullosos de ellos… No como algo que exhibir sino como alguien a quién tenemos el honor de educar… Educar para que un día no nos necesiten, pero igualmente nos valoren.

Una tarea apasionante y difícil, en un mundo donde cuando te haces mayor dejas de importar y apenas se te escucha. Donde a los ancianos se le llama viejos como si fueran trastos y, después de trabajar y contribuir toda una vida a la sociedad, se les da una pensión pírrica y se les pide que se callen y no molesten…  Cuando en realidad lo que nos pueden contar es muy valioso y necesario…

En un mundo donde los teléfonos parecen a veces más inteligentes que las personas y han empezado tomar decisiones por ellas. Y que conste que estoy a favor de que los teléfonos sean smart,  porque la tecnología y la ciencia nos ayudan a crear un mundo más fácil… Pero, por favor, sin dejar de lado lo básico, lo humano, lo digno… Sin creer que nuestro teléfono sustituye nuestra capacidad de entender a los demás y nuestra madurez… Porque si no, los teléfonos serán inteligentes y las personas cada vez más mediocres.

En una sociedad diseñada para producir sin parar, para que cada vez más te aísles y pases poco tiempo con los tuyos, para que te sientas culpable y tengas que consumir para saciar ese vacío que te crea no ser como quieres ser, no vivir como la persona en la que sueñas convertirte… Para que pongas excusas para no cambiar todo esto y sigas dando vueltas como un hámster.


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Y tú, ¿no vas a hacer nada?


Algunas personas dicen que tal vez son cosas de niños pero no sabemos nunca cómo empieza el acoso escolar, aunque por desgracia sí conocemos como acaba… Por eso, debemos todos como sociedad estar alerta y manda un mensaje claro :las diferencias son buenas, todas las personas merecen respeto y, sobre todo, hay situaciones que no vamos a tolerar.

Contra el acoso, sólo cabe más y mejor educación por parte de todos…


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Lo que soy


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Foto : Mercè Roura

Soy ese día en que escribí mi nombre por primera vez. Reseguí torpemente cada letra hasta acabar de forma artificiosa, me puse el lápiz en la boca e hice una mueca de felicidad. Aquella era yo. Y la primera ocasión que tuve que salir a la pizarra. El día que supe que podía equivocarme y tuve la ingrata sensación de que iba a suceder a menudo y me sentí ridícula y diminuta.

Soy la mañana en que me tragué las lágrimas en una esquina del patio y la que acabé con las rodillas llenas de rozaduras. Aquel día soleado de excursión recogiendo hojas y dibujando sus relieves en un cuaderno. Aquel beso tibio sin ganas y todos lo que imaginé con ansia y no llegaron.

Hay un pedazo de mí en cada rincón del parque donde jugaba, en cada columpio, en cada banco… Las palomas que te escrutan con la mirada saben cada una de mis pequeñas aventuras…

Soy un poco de esa amiga de infancia que se perdió al cambiar de escuela y a la que no reconocería si tuviera delante… Y un mucho de mi abuela que se nos fue de este mundo después de enseñarme mil refranes… Los oigo todos repetidos con su voz aguda.

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Soy unos zapatos rojos en un escaparate, una bata vieja pero cómoda, el ojo de la cerradura en una puerta secreta. Algo queda de mí en una caja donde ocultar tesoros y en una peonza olvidada que girará eternamente en mis pensamientos.

Se repite incansablemente en mi cabeza una película antigua que acababa en un faro, en el fin del mundo. Es mi faro.

Soy una libreta nueva por empezar y el primer libro que leí entero. El día que supe que muchas veces sería que no, aunque pataleara hasta reventar y el día que fue que sí sin apenas buscarlo. Soy la canción con la que me quedaba dormida cuando era niña. Me pertenece.

Aún respiro el aire mojado de ese día en que recibí una primera rosa y una última llamada. Aún veo escaparse un tren que debí tomar y oigo repetirse unas palabras que me hirieron. Noto como se me clavan… Y si me esfuerzo puedo acariciar en mi mente el surco que dejaron… pero ahora sé que son mías, que forman mi equipaje… Que me han construido y esculpido…

Tengo todavía acumuladas risas de las clases de historia y de las tardes de verano ante una playa… El llanto pendiente almacenado en la garganta, fabricando un nudo, que a veces aprieta y ahoga. Sé que ahora es mi nudo, forma mi historia.

Soy ese día en que fui tremendamente injusta y ese otro en que me tocaron y hundieron hasta dejarme exhausta porque brillaba.

Me quedé pegada a aquel momento en que supe que me él quería y estallé por dentro… Y escapo aún del instante en que adiviné que aquel amor nacía pequeño y deshilachado.

Quedan pequeñas moléculas mías en el aire de una noche en que alguien me escribió desesperado buscando respuestas… Y le dediqué unas palabras. Me quedé corta, pero vacía.

Formo ya parte del segundo en que supe que ella crecía dentro de mí con ganas y aquel mediodía inmenso en que le vi la cara, volví a nacer y supe que aquello iba a ser eterno.

Guardo un manojo de miedos mayúsculos que me surcaron las venas y me dejaron quieta, cansada.

Soy el día que dije no puedo y también el que saqué valor de las tripas para conseguirlo. Soy el agua que dije que no bebería y el silencio que me tragué.

Cada palabra de más, cada palabra de menos…

Acumulo en la memoria cada rincón de mi casa, cada falta de ortografía, cada escalón subido o bajado, cada tertulia.

Soy las caras de los que me precedieron y alentaron, los que hicieron conmigo un tramo del camino y los que se detuvieron.

Es ya mi camino.

Pertenezco a ésta y a todas la veces que me he preguntado quién soy.