merceroura

la rebelión de las palabras


13 comentarios

Vivir sin manual


nino-lluvia

Este año he perdido el control.  Desde el punto de vista de alguien que necesita saber qué pasa y por qué en todo momento, resulta insoportable. Tener el control es vivir en una calma tensa siempre. Ponerse trampas y chivarse dónde están. Nadar en un vaso de agua y naufragar en la orilla. Cruzar el desierto de un metro cuadrado de arena y vivir una aventura sentado en el sofá… Tener el control es una alucinación, una forma de vivir en una tranquilidad falsa.

Controlar agota. Primero porque te supone estar siempre pendiente de qué sucede y llevar encima la carga de intentar estar perfecto. Segundo, porque el universo tiene sentido del humor y se asegura de que nunca lo tengas todo controlado. Por suerte, siempre hay mil cosas que se escapan a las redes imaginarias que vas tejiendo para asumir el duro trabajo de controlar…

Un tren que tarda, un niño que derrama un refresco en esa falda que debes llevar, el viento que te despeina, el amigo que te deja colgado, el teléfono que no suena, la lluvia insistente que cae con unas ganas locas para recordarte que tú no mandas en nada ni nadie…

Yo he estado un siglo intentado controlarlo todo para que nada se escapara de mi vista… Me inventé unas normas que seguir y me castigué cuando no lo hacía, sin darme cuenta de que mis descuidos y quebrantos de esas normas eran magia, eran mi oportunidad de crecer…

Controlar asfixia… Ahoga, comprime, reduce, aniquila la imaginación y te pega al suelo.

De muchas maneras, ser riguroso e intentar hacer las cosas lo mejor posible es algo bueno, claro. El problema surge cuando eso se convierte en un credo inquebrantable, en una religión. Cuando que esté bien es más importante que vivirlo. Cuando que sea perfecto te impide acabarlo o sentirlo… Cuando controlar no te deja fluir… Como bailar contando siempre pasos o tener que contar las gotas de lluvia de un aguacero que nunca termina. Uno puede intentar controlar sus emociones y aprender de ellas pero no puede pretender controlar toda su vida a cada momento…

El Universo es caprichoso. La vida es así. Te trae a menudo lo que necesitas, aunque no lo parezca. Otras veces, suceden cosas, algunas terribles, de las que es poco probable encontrar un lado bueno… Lo que no significa que no nos ayude a crecer y aprender. Todo lo que nos pone a prueba tiene su recompensa, aunque nos cuesta verlo .

A veces, no nos dejamos llevar y nos aferramos a lo que éramos y da la sensación de estamos repitiendo siempre la misma prueba. Como si el universo conspirara para que diéramos un paso e hiciera todo lo posible para precipitarlo. Y puesto que no lo damos, nos sigue poniendo la zancadilla una y otra vez en lugares parecidos para que nuestra estabilidad se tambalee y sepamos que hay que moverse, que hay que bailar.

Y cuando te obsesionas por el control, las leyes de la causalidad confabulan para que todo suceda al revés de cómo imaginaste o creías necesitar para demostrarte que no puedes controlar nada. Aún más, para decirte que lo que deseas conseguir puede encontrarse de mil formas y no sólo gracias al rígido manual que has diseñado para vivir tus días…

Los manuales rígidos que no dejan margen para la sorpresa ni el error conducen al pozos sin fondo, a una rutina que te borra la imaginación y te mata el entusiasmo.

El caso es que uno puede pasarse años y años sin que suceda nada en su vida (a menudo, ya nos aseguramos de ello porque los cambios nos asustan) y luego de repente en dos meses sucede todo. Porque encontramos a alguien que nos dice algo que necesitábamos escuchar. Porque topamos con un realidad alternativa ese día que hacemos algo poco habitual. Porque el Universo es testarudo y no para hasta que entiendes que hay cosas que van contigo y cosas que no, que cuando no vives según lo que dictan tus entrañas estás condenado a sufrir por no ser lo que quieres, que debes escuchar a tu conciencia y ser libre… Que has nacido para ser feliz y no puedes conformarte con sucedáneos insulsos… Que la perfección no es belleza. Que la calma exterior no es alegría… Que tenerlo todo controlado no es vida…

Por eso, cada vez que vuelves a las andadas y recuperas el manual rígido para una vida perfecta, la vida te sacude.  Te pone rígido a ti para que notes cuanto te perjudicas y te dejas las cervicales hechas un desastre. Te dibuja un contratiempo en la agenda, te vacía la cuenta con una factura, te estropea el coche…

Yo este año he perdido el control. Lo reconozco, ya llevaba tiempo con el manual escondido, sin seguirlo a rajatabla porque me había dado cuenta de que era un incordio, porque me había percatado que cuando me dejaba llevar un poco sin seguir siempre sus normas al pie de la letra pasaban cosas maravillosas…. Y, de repente, un día, me levanté con muchas ganas y al ver un contratiempo, en lugar de buscar la página del manual dónde indica que hacer en estos casos, decidí tirarlo por la ventana. Mi guía práctica y completa para vivir sin perder el control cayó al vacío…

Justo en ese momento, ante lo que algunos calificarían de gran temeridad, me di cuenta…  No lo necesitaba. No lo había necesitado nunca.  Para seguir mi camino sólo era necesario dejarme guiar por lo aprendido hasta ahora y seguir mi intuición.

Cuanto más aplicas el manual, menos arriesgas y menos aprendes porque no aplicas tu criterio sino aquello que crees que haría una persona cuerda y prudente en tu lugar… Porque el manual para mantener el control es una guía completa para prudentes, para cautos, para previsores, para personas que llevan una falsa vida de ensueño y quieren que permanezca así siempre (no lo saben pero incluso si quieres que todo sigan igual, de vez en cuando tienes que hacer cambios porque si no el agua se estanca).

El manual es para personas que no quieren llorar, ni notar las sacudidas, ni ensuciarse, ni despeinase… La mayoría de veces no porque les disguste sino porque necesitan tanto la aprobación de los demás que buscan una perfección que les haga adorables. Tienen miedo. Creen que si lo controlan todo nunca harán el ridículo ni estarán fuera de lugar… Que nunca serán criticados ni menospreciados…

Por eso yo tiré el manual. No mentiré, acto seguido tuve un ataque de pánico que me dejó medio lela… Después de tanto tiempo con ese libro en mis manos, al desaparecer, me sentí desnuda, desprotegida, vulnerable… Aunque, dejar de controlar es algo mágico. Entrar en un lugar y saber que sólo debes obedecer a ti mismo y al respeto que les tienes a los demás. Soltarse. Caer. Caminar hacia atrás. Dejarse llevar por una simpleza y reír sin pensar qué cara pones… Lo tiré porque siempre que lo escondía acababa recuperándolo y quise asegurarme de no volverlo a tener en mis manos. Lo tiré porque después de un siglo siendo prudente sin más resultado que una vida anodina, pensé que había llegado el momento de arriesgar…

Sin esta guía absurda, nunca sabes qué va a pasar y te das cuenta de que, en el fondo, antes tampoco. El control de todo era una ilusión, un espejismo creado por tu necesidad de vivir pensando que llevabas la vida que debías, aunque no la que querías….

Y acabar el día llorando y riendo, con las medias rotas, el pelo alborotado, sin saber qué va a pasar mañana y habiendo hecho el ridículo, tal vez.  Sin más guía que tú mismo, que tu sabiduría acumulada, tus errores y tu necesidad de vivir con intensidad. Perder el control y que pase lo que pase, aunque no depende de ti, creas que seguro será bueno… Otra prueba, otra experiencia, otro sueño… Sin manual, sin red…

Y dejar que llueva. Y notar que llueve.

 

 

Anuncios


37 comentarios

Cuando ya no te importa perder


milan-2698731_640

Al final, en la vida, las personas son lo único. Lo que importa. Lo que nos hace mover cada día. Las personas a las que amamos y a las que vamos esquivando porque nos hacen tropezar, pero que también forman parte de nuestros días.

A medida que evolucionamos y maduramos, las personas que nos rodean, cambian. Algunas persisten siempre porque las llevamos enraizadas en nuestra esencia. Otras van y vienen. Muchas no pasan de la primera curva… Y me he dado cuenta de que cuanto más arriesgas y más te metes por caminos nuevos, más personas afines encuentras. A medida que te expones a perder y decides salir de tu círculo para encontrar nuevas experiencias, eres capaz de encontrar a personas que están en tu órbita, personas que como tú asumen que para ganar hay que arriesgar, que para aprender hay que salir de la burbuja.

No sé por qué. Seguramente por la misma razón por la que cuando llevas mucho tiempo buscando una respuesta y estás atento, la encuentras. Está en un libro, en un anuncio de una valla publicitaria, en una mirada, en el camino que nunca transitas porque es más largo o en una papel tirado en el suelo que no verías si no hubieras perdido el tren. A veces, da la sensación de que el universo conspira para que sepas lo que buscas, lo que necesitas, para que encuentres la forma de  conseguirlo… Y otras veces, para que lo pierdas, porque en realidad, necesitas perderlo. Esa sensación de que todo pasa por algo y de que lo que sucede a tu alrededor es justo lo que hace falta que suceda para pasar de pantalla en este juego complicado, para aprender lo que te falta por saber y subir un peldaño más de escalera, para ser más sabio y poder escoger mejor la próxima vez… Cada prueba superada te lleva a un tramo nuevo donde necesitas de esas nuevas habilidades adquiridas gracias al trance anterior.

Y lo mismo sucede con las personas que te encuentras. Cuanto más creces, más maduras son algunas de las personas con las que te encuentras, como si compartierais un espacio común… y más cuenta te das de que hay otras que no te hacen bien, que te intoxican y de las que debes alejarte porque no te ayudan a ser mejor.  Aunque incluso estas últimas, parece que están allí, esperando a que las encuentres para poder escoger no quererlas cerca, para certificar lo que quieres y lo que no, para poner a prueba el nuevo aprendizaje, para que te des cuenta de que tal vez en el pasado habrías caído y ahora no…

Y lo ves claro. Cuánto más dispuesto a perder estés, más ganarás.

Ganarás por tu actitud, por tu forma de ver la vida que te hace mover y no quedarte quieto. Ganarás porque en ese camino que recorrerás hasta llegar a la gloria o estrellarte, aprenderás mucho y conocerás a personas que están en el mismo punto que tú… Ganarás porque en una de sus esquinas hay algo precioso que tal vez te guste más que lo que crees que te espera en la meta. Ganarás porque al terminar el proceso serás mejor y estarás preparado para volverlo a intentar con más habilidad y certeza.

Por eso, me gustan los perdedores. No los que se encogen en el sofá y piensan que el mundo conspira contra ellos, ni los que se quejan y lamen heridas esperando que caiga una solución del cielo… Ni los que esperan, ni los que ya saben que el mundo no les dará nada… Me gustan los perdedores de verdad… Los que han apostado al máximo para conseguir algo y se han dado de bruces… Los que atesoran sus errores como oro puro y recuerdan sus fallos con una sonrisa en la boca porque son su patrimonio, su legado de aprendizaje, su pozo de sabiduría.

Me gustan los que se ríen cuando caen y no les importa si les miran. Los que se quedan a un milímetro del éxito y se levantan. Los que prefieren perder a quedarse quietos…

Personas que cuentan historias con los ojos. Que llevan un pedazo de vida prendido en la mirada y se puede leer cuando te clavan las pupilas o te dedican unas palabras.

Personas que están dispuestas a ayudarte porque sí , porque hace siglos que superaron el peldaño de la generosidad y porque saben que compartir les hace grandes.

Todas esas personas que han decidido que aunque las noticias digan que todo va mal, están dispuestas a demostrar que hay esperanza y llevar la contraria.

Hay tantas personas que últimamente me han ayudado a encontrar respuestas… Personas que han decidido que tal vez para conseguir más libertad debían apostarlo todo, aún sabiendo que podrían perder… Porque saben que lo que importa es saber que haces lo que necesitas hacer, lo que te ayuda a crecer… Que haces no tanto lo que debes sino lo que te debes a ti mismo, que no te engañas ni renuncias a ti mismo, que vives lo que hace falta que vivas para llegar a encontrar la paz interior.

Y que saben que en realidad la pérdida es una ganancia enorme, porque el aprendizaje es incalculable y les convierte en personas más válidas y preparadas para la siguiente prueba.

Y en este camino ando,eso intento, con mucho que aprender, y me doy cuenta de que si me cruzo con ellas es porque las necesito, porque son mis lecciones pendientes, mi material valioso de estudio en la vida, mi compañía en este tramo complicado y maravilloso…

Porque cuánto más arriesgas, más cambia tu decorado y quién habita en él. Más vueltas da todo y más te expones a encontrar… Y encuentras. Encuentras a lo que sujetarte para no caer y lo que te hace tambalear y casi salir del camino… Y notas que a pesar del miedo, eres capaz de reírte de ti mismo y disfrutar de tu caída sin red porque la has escogido tú… Porque has apostado por ver el mundo a tu manera y creer en él, aunque muchos te miren como si estuvieras loco. Porque hay tardes en las que tú mismo lo pensarías si no fuera porque lo que hacías antes de esta locura, te vaciaba el alma…

Y cuando caes… Cuánto más pierdes, más te das cuenta de que esa pérdida era necesaria.

Porque tu forma de ver la vida ha cambiado y lo que antes te parecía importante, ahora te parece superfluo. Lo que te daba miedo, ahora es altamente necesario… Lo que creías imposible es ahora cotidiano.

Cuantas más imprudencias cometes, más convives con la magia… Y mientras decides que te da igual que el mundo te llame intrépido o temerario…  Justo en ese momento, cuando ya no te importa perder, cuando te das cuenta de que perder y ganar son dos palabras que ya no tienen para ti el mismo significado que antes, entonces… Sólo te queda vivir.

A veces, la diferencia entre que te consideren un héroe o un insensato, es tan sólo el resultado… Aunque eso, a ti, ya no te importa.

 

A  ti,  por tenderme la mano mientras el decorado cambia y me flaquean a veces las piernas. 


35 comentarios

Amo la imprudencia de mis palabras…


FOTO PORTADA LLIBRE GUAICuando era una niña y todo se ponía negro y lúgubre, escribía. Imaginaba historias y apuntaba algunas palabras que me venían a la cabeza en una pequeña libreta. Era un proceso mágico. Aquello me hacía soportar los pequeños tropiezos del día a día. No sólo porque calmaba mi necesidad de explicar al mundo mis miedos y compartirlos, sino porque pensar que algún día podría llegar a escribir un libro me daba esperanza. Era como una forma de demostrar que podía, un reto por el que luchar y seguir. Tomar el dolor y fabricar algo bueno y bonito con él. Dejar escuchar mi voz, una voz que estaba siempre bastante callada. Yo era una niña tristona y poco atrevida. Una de esas niñas que se ocultan y no osan a decir nada para no molestar.

Y pasé años sin molestar. Creo que hubiera podido reventar por acumular dolor, rebeldía  contenida y ganas de gritar al mundo lo que no me gustaba si no hubiera sido por las palabras… Por los miles y miles de palabras que escribía. Poemas, reflexiones, cuentos, novelas absurdas… Nada que pensara que valía la pena, pero para mí su valor no era literario sino terapéutico.

Acumulaba hojas que se iban marchitando y se ponían  amarillentas hasta que el ordenador llegó a mi vida. Mi corazón soñaba con escribir y publicar, pero jamás me atreví a mostrar nada.

Pasaron los años… Y seguí con mi terapia de palabras para curar penas y derrochar ese dolor que me sobraba porque mi mundo, a menudo, era oscuro porque yo no me atrevía a abrir las ventanas y dejar entrar el sol. Decidí que quería ser periodista porque pensé que escribir era lo único que podía hacer y que sería la forma de dedicarme a lo que realmente me gustaba y cobrar por ello. Con ello disfruté mucho… Era un reto, la niña que se escondía, hablando por la radio, haciendo preguntas impertinentes… Y luego, la televisión… Uf, aquello ya era una barbaridad. Me demostré a mi misma que puedes darle la vuelta a todo tu mundo sin perder la esencia, sencillamente sacando tu yo más intenso y oculto.  Comunicar me encanta, me apasiona… Considero que dominar la comunicación lo cambia todo y aporta un valor exponencial a las personas…

Aunque cuando llegaba a casa y escribía seguía siendo la niña huidiza, torpe, miedosa… Cuando estaba ante la cámara me transformaba, pero era aún incapaz de mostrar lo que escribía a no ser que fuera por trabajo. Me había convertido ya en una mujer creo que bastante fuerte y había superado, como muchas otras personas, algunas pruebas muy duras…

Y hace cuatro años empecé un blog.  Lo hice porque estaba en un momento de tránsito mental. Porque mi relación con las palabras era una asignatura pendiente de sacar a la luz. Les tenía que dar lo que les debía… Y ya que por mi trabajo no quería escribir sobre política para no perder mi necesaria neutralidad (yo lo veía así, hay quién sí opina y me parece bien) decidí escribir sobre la vida, sobre personas. Contar lo que sentía, lo que me motivaba, lo que importaba, lo que comentaba con mis amigos, lo que me decía gente que sabe de la vida y que ha acumulado dolor como yo y tantos otros… Decidí mostrarme tal y como soy.

Las palabras me han dado mucho y quería compartir con todos que me había dado cuenta de que curan, que ayudan a unir y sacar el asco de dentro para tomar el control de tu vida…

Me desnudé de forma integral. Me hice una autopsia y escribí de la forma más sincera que pude. Lo hice convencida de que otras personas podrían sentirse como yo y esto les serviría de compañía, para demostrar que no estamos solos y que todos somos un poco lo mismo…

¡Cuánto miedo tenemos! Y cómo ese miedo absurdo a quedar mal, a hacer el ridículo, a sentir, a no sentir, a soñar y no conseguir, a tener y perder nos puede cortar las alas… Cómo ese miedo nos sesga la vida, cómo la limita y encierra en una jaula…

Y a medida que escribía decidí salir de la jaula más y más. Mi mundo se tambaleaba y en lugar de volver al rincón y encerrarme en esa niña triste, decidí plantar cara y seguir… Perdí casi toda la vergüenza y dejé que las palabras fluyeran a través de mí.

Escribí sin parar. Aún lo hago. Y muchas personas me siguieron con cariño y con ganas enormes de plantar cara también… Hubo magia en todo esto, mucha. No sé cómo ni por qué. Personas dándome las gracias por escribir cuando era yo la que estaba agradecida de merecer que me leyeran. Conecté muchas veces y aprendí millones de cosas de charlas improvisadas, mensajes, correos… No nos damos cuenta pero en el mundo hay mucha gente maravillosa que no lo sabe, que ignora su belleza y su valor  y que necesita un empujón para notarlo. A veces es una palabra…

Cuando la gente se motiva y deja de lado miedos y derriba muros… Es increíble, saca lo mejor de sí y brilla. Yo me he sentido capaz de volar cuando algunas personas me han dado las gracias … Y he tenido que dar millones de gracias por su apoyo… Eso me hace muy afortunada, lo digo de corazón.

Cuando conectamos con otros y nos mostramos tal como somos, brillamos. Y cada una de las personas que me han leído, sea una o mil, todas importan y merecen mi agradecimiento, me han dado alas y ánimos.

Y gracias a ellas, a todas, a las que les ha gustado y a las que no, el lunes día 30 se hace realidad mi primer libro. Como decía el otro día, un sueño que huele a libro… Parte de su mérito es de aquellos y aquellas que me leen. Quién escribe no es nadie si nadie le lee… Y tampoco sin que nadie le publique y en eso también he tenido suerte y he encontrado quién confíe en mis palabras y quiera compartirlas más allá de las redes sociales.

Mi libro saca a la niña del rincón y le dice que puede, que por fin su dolor y el de muchas otras personas sale a la luz y tiene forma, que tiene sentido, que ha valido la pena porque le ha permitido madurar  y aprender.

Un puñado de reflexiones que no sé si son acertadas, algunas sí y otras tal vez no, pero que están escritas con el alma desnuda y la osadía al límite, con toda la pasión posible…

Un puñado de palabras impertinentes, irreverentes y sobre todo, imprudentes… Porque ya nada se puede callar y todo debe poder decirse desde el respeto y las ganas de crecer. Porque lo que se calla araña y quema por dentro.

Seamos imprudentes y atrevidos, no nos quedamos a medias en nada porque la vida está para vivirla  por entero. No nos quedemos con las ganas ni pidamos perdón por existir ni permiso para actuar… No molestamos nunca. No sobramos. No nos compensa el miedo más que a tener miedo… No nos encerremos en nosotros mismos ni fabriquemos nuestras propias jaulas… Corramos el riesgo de hacer lo que nos hace felices, aunque para ello tengamos que cambiar todo nuestro mundo establecido y calculado.

Me costó mucho pero ahora, de verdad, amo la imprudencia de mis palabras… Son vuestras también… Y prefiero pasarme a quedarme corta, a quedarme con las ganas, a existir a medias, a vivir a través de una burbuja.

Lo que más feliz me hace no es sólo ver hecho realidad este sueño, sino hacerlo con buenos compañeros de viaje, personas que me han apoyado y dado fuerzas cuando las mías flaqueaban. Quién tiene a su lado personas que le dan aliento y cariño tiene lo más grande… Un tesoro impagable que mantener y hacer crecer. El amor que damos y el que recibimos son nuestra motivación. Nuestros sueños ponen en marcha esta máquina maravillosa que somos nosotros mismos y creamos aquello en lo que creemos.

Muchas gracias por compartir este camino. Muchas gracias por leer mis palabras imprudentes…

 


20 comentarios

Corramos el riesgo


acantilado-chico

Corramos el riesgo de quedar atrapados por nuestros deseos, de tener que dar la cara  por nuestros errores y salir al mundo a respirar hondo para volver a empezar.

Vivamos tanto que al acostarnos no recordemos lo que teníamos en la cabeza al levantarnos y casi no nos importe. Que los días nos queden tan cortos como los suspiros… Que este instante sea eterno y todos los recuerdos que llevamos en el equipaje salgan por la ventana.

Corramos el riesgo de pasarnos de largo y caer en plancha. Que nos digan que estamos locos y nos miren de reojo. Seamos los raros, los que dan la nota, los que siempre lo apuran todo y siempre se ríen de ellos mismos.

Crucemos tanto la línea que separa lo razonable de lo deseable que acabemos borrándola y empecemos a guiarnos por nuestros instintos y a vivir para ser felices y dejar algo que valga la pena… Vivamos sin certificados ni tarjetas, sin máquinas expendedoras ni envoltorios que nos recuerden lo que no podemos sentir ni soñar. Vivamos sin precio ni a sueldo de nada ni nadie… Guiémonos por el respeto a los demás y por el respeto que nos debemos a nosotros mismos. No hagamos nada a otros que no soportaríamos, no peleemos por nada que no nos pertenece… Que no nos pertenezca nada que nos ate ni sepulte… Que no nos sepulte nada que no valga la pena recordar… Que todo lo que hagamos tenga poso y hable bien de nosotros.

Bailemos y esculpamos en nuestras caras la sonrisa que merecemos.

Saltemos sin perder comba y caigamos de pie con los ojos serenos… Corramos el riesgo de que nos digan que no cuando ya celebrábamos el sí, que nos echen cuando necesitábamos quedarnos… Que nos despechen cuando nos hayamos enamorado…

Seamos el que cae en el lodo, el que ríe a destiempo, el que hace el ridículo, el que despierta murmullos… Digamos lo que otros no dicen y piensan, hagamos lo que pensamos que debemos hacer… Callemos lo que sepamos que duele porque el mundo ya arrastra muchas llagas. Nunca edifiquemos nuestra felicidad en la desdicha ajena…

Corramos el riesgo de romper muros y bajar de los altares si nos hemos endiosado. Que no queden más títeres que los títeres, ni más secretos de los que sean necesarios para soportar la rutina.

Seamos el que acaba solo aguantando la vela de un barco que naufraga si creemos que ese es nuestro lugar. Que nos tomen el pelo, si hace falta, por defender lo justo y por perdonar lo casi imperdonable. Que sepamos distinguir las batallas innecesarias de las inevitables… Que veamos la viga en el ojo propio sin acomplejarnos ni herirnos. Que sepamos decir basta antes de que ya no tenga remedio. Que los que desean ser mediocres no nos hagan creer que no podemos brillar. Que los que desean resignarse no nos desgasten las ganas.

No tengamos fugas en nuestra coherencia… Seamos tan vulnerables como sea necesario para ver nuestras faltas. Seamos tan elásticos como haga falta para cambiar nuestro rumbo si el camino no nos lleva a nuestros retos o si nos perdemos andando en círculo persiguiendo algo que brilla pero que está vacío por dentro.  Seamos tan imprudentes como nos marquen nuestros corazones ávidos de emociones. Que la pasión nos corrija el camino y la ilusión nos dibuje el contorno. Que la desvergüenza anide en nuestros sesos invadidos por la rutina y la osadía brille en nuestros ojos cansados por el miedo… Que no podamos oír reproches porque escuchemos el silbido de nuestra imprudencia que nos llama y reclama para dibujar nuestro futuro.

Seamos nosotros mismos aunque nadie en el mundo lo entienda. Acariciemos lo extraordinario. Seamos la excepción.

Busquemos lo sencillo, pero compliquémonos la vida deseando la excelencia…

Corramos el riesgo de que se rían de nosotros por lo que pensamos y defendemos. Que nos pongan motes y etiquetas y nos adjetiven sin motivo… Cuánto más nos critiquen los absurdos más cerca estaremos de los grandes.

No olvidemos nunca que nosotros podemos ser grandes… No olvidemos nunca que también podemos ser absurdos.

No seamos nada que no somos, no finjamos nada que no sintamos… No desistamos de ver el mundo como nosotros lo vemos. Cabemos todos, que se aparten un poco los que no entienden de sueños y nos dejen paso…

Que nos sentemos a contemplar como gira el mundo sin bajarnos nunca de él. Que nunca dejemos de agarrarnos a la esperanza por si cae el cielo o el viento nos arrastra más allá del andén… Que siempre nos quede otro tren por si se nos escapa éste… Que sepamos subirnos a él a tiempo para apurar cada oportunidad.

Corramos el riesgo no ser perfectos para poder explorar el placer de ser humanos y reconocerlo.

Consigamos la paz que buscamos sin dejar de luchar por lo que deseamos, encontremos la quietud sin dejar de movernos.


12 comentarios

Manifiesto


Agua by Samuel Scrimsha

Foto : Agua by Samuel Scrimsha

Prometo llevar la contraria siempre que sea necesario.

Prometo decir no, cuando crea que no puedo quedarme quieta ante una injusticia o asumir una conducta que no me define. Prometo decir sí, cuando nadie lo diga…

Prometo un poco de selva verde en un pedazo de asfalto gris y un universo entero contenido en una mirada.

Prometo presentar batalla con mis palabras y la humildad de mis gestos. No achicarme ante las sombras ni esconderme entre mis pliegues ante los problemas cotidianos.

Prometo no contenerme. Vaciarme, expandirme, inundar lo que amo y envolverme de cielo…

Prometo mar y olas y arena tibia bajo los pies en mil tardes de verano… Prometo lumbre para el invierno y castillos ocres de hojas secas en los otoños más melancólicos. Prometo fuego en el inviero más  largo y severo.

Prometo dejarme llevar por la música y amansar a la fiera que me habita. Prometo sacar a la bestia apasionada que duerme en mí para comerme la vida… Prometo intensidad y efervescencia.

Prometo risa y buena locura controlada. Prometo irreverencia  para decir lo que tengo que decir y llegar hasta donde me dicte la conciencia. Prometo pasarme y no quedarme corta.

Prometo dudas e inquietudes…

Prometo silencio y prometo palabras.

Prometo quedar agotada intentando conseguir mis metas. Quedar exhausta y tan solo parar para tomar aliento y no perderme los rostros de las personas que están a mi lado y que me acompañan.

Prometo cariño aunque está cansada. Prometo aguantar noches en vela dando la mano y tardes de conversación sin tregua.

Prometo esfuerzo y voluntad de hierro, de ese hierro candente que también se doblega y adapta.

Prometo abrigo cuando se cuele el invierno en el alma y viento fresco cuando el aire se corrompa y el agua esté estancada.

Prometo trabajar mi carácter irascible y mi mente agitada. Buscar la calma que apacigüe mi impaciencia y sosegar mi conducta impertinente. Prometo abandonar al centinela que llevo dentro y que controla que no me desborde ni me suelte…

Prometo sentirme libre cuando me aten.

Prometo no atarme a nada más que mi cordura y mi conciencia.

Prometo dejar de tender al sol mis reproches y lamentos,  dejar de doblarme cuando según qué ojos me miran y de agachar la conciencia si me soslayan por las esquinas para ignorar mis pupilas deseosas.

Prometo no esquivar…

Prometo paciencia, aunque se me haga una montaña abrupta. Prometo seguir ilusionándome, aunque tenga que aprender a no esperar nada.

Prometo toda la imprudencia y osadía necesarias para fabricar mundos y desdeñar existencias sin substancia.

Prometo ser un incordio, si hace falta hasta el último día, ante aquellos que le buscan atajos a la decencia o le ponen riendas a la libertad.

Prometo volver locos a los que sólo critican, ignorando sus miradas de asco y prestar atención a los que miran con ojos bondadosos… Prometo contar historias con protagonistas asequibles y cuentos con finales sin perdices.

Prometo llegar al último día dispuesta y con cara de guasa.

Prometo mucha ironía fina y sinceridad descontrolada… Seguiré sin poner puertas a mi campo de flores rojas y sin quitar las espinas de mi lengua avispada e irreverente.

Prometo humildad y firmeza.

Prometo alegría y esperanza.

Prometo abrazos y algún corte de mangas… Sábanas limpias, ventanas abiertas y versos sin rimas forzadas.

Prometo valor y perseverancia. Prometo no olvidar quién soy, ni vender mis principios en los mercados o dejar caer mis valores en las charcas.

Prometo quedarme prendida en un rama antes de caer al vacío y ser la roca que deja que las olas la esculpan con la marea más brava.

Prometo ser también la marea y la rama.


33 comentarios

La necesidad de perder el control


globosLo queremos controlar todo. Saber hacia dónde nos lleva cada paso que damos, sin apenas notarlo y vivirlo.

Somos peces. Damos vueltas a la mismas ideas de siempre. Vivimos en un bucle mental, en una espiral de modorra y rutina.

Buscamos respuestas en los libros para liberarnos de nuestras ataduras mentales y, a pesar de que nos parecen necesarias, no las aplicamos nunca.

Nos compramos una chaqueta nueva porque pensamos que si cambiamos por fuera, eso nos dará fuerzas para cambiar por dentro. Queremos ser otros sin dejar de hacer lo mismo de siempre… Somos nuestras propias marionetas.

Nos apuntamos a un curso para aprender a respirar, a descubrir quiénes somos y ponernos objetivos en la vida, mientras retrasamos el momento de empezar a vivir.

Nos equipamos para correr maratones y nunca llegamos más allá de la esquina.

Llamamos a un amigo al que hace tiempo que no vemos y le contamos nuestras penas sin escucharle. Le intoxicamos con nuestras palabras tristes y nuestros pensamientos viejos y usados, cuando en realidad lo que necesitamos es dejarnos llevar por sus ideas nuevas y frescas.

Nos repetimos mucho. Nos pasamos el día justificándonos por no decidirnos, por no llegar, por ser… Para no tener que dejar de controlar.

Fabricamos excusas para que nuestra existencia no tenga estridencias, ni sobresaltos. Nos inventamos dolencias imaginarias como coartada para no tener que superar nuestros límites.

Nos ponemos unos zapatos distintos para tener la sensación de que nos llevan por otro camino. Aunque nunca nos alejamos del perímetro que nos hemos trazado…

Nos comparamos con otros cuando nuestras vidas y puntos de partida no son comparables. Como si cada ser humano no fuese único.

No olemos el mar porque nos hundimos en la arena… Porque nos blindamos en nuestros caparazones. Nos perdemos cualquier cosa que implique poner un pie más allá de las fronteras de nuestros miedos.

No amamos por si duele. No sentimos por si el sentimiento caduca. No nos damos por si no se nos dan. No salimos de nuestra habitación interior por si al volver todo está revuelto.

No nos ponemos ese vestido atrevido que nos gusta porque nos da vergüenza. No nos lo podremos nunca porque somos de esas personas que cuelgan sus deseos en un armario y jamás se los ponen.

Tenemos prisa siempre para vivir y dejarlo todo en suspenso, en una suspensión concreta y conocida.

Vivimos en un limbo emocional donde transitamos sin pena ni gloria, a cambio de pasar por la vida sin demasiado riesgo ni conmoción.

Huimos de los laberintos y los acertijos. Cuando sucede algo fuera de nuestros planes, saltan la alarmas y nos metemos en nuestros cascarones.

Perseguimos hologramas de nosotros mismos. Nos engañamos diciendo que vamos a por todas, que queremos devorar la vida, y en realidad, ni siquiera le damos pequeños mordiscos.

Nos adjudicamos vidas anodinas y nos ponemos retos asequibles para no tener que notar el frío de de nuestros pasos imprudentes.

Cuando nos caemos, miramos de reojo aterrorizados por si alguien nos observaba, porque vivimos en un escaparate asfixiante…

Nos ahogamos en gotas de agua y convertimos un pequeño conflicto en unas arenas movedizas.

No osamos. No preguntamos. No nos atrevemos a insinuar que nos gusta. No pedimos lo que queremos por si no queda.

Nos quejamos en voz alta para buscar la compasión fingida de otros que se quejan también en voz alta y que como nosotros tampoco nos escuchan porque para hacerlo tendrían que dejar de lamentarse.

Nos mordemos la cola y tropezamos con la misma piedra… Vivimos en una caja  y nos conformamos con lo que vemos a través de las ventanas… Confundimos la desidia con la paz y la resignación con la adaptación. Nos ilusionamos con el mando a distancia y calculamos nuestras carcajadas porque consumen calorías.

De vez en cuando, queremos romper con todo y cambiar, pero lo hemos convertido también en una rutina para no tener que asumir esa necesidad de renovarnos, para convertir nuestro cambio en algo inmutable y cíclico. Para poder continuar soñando que cambiamos sin tener que movernos ni un milímetro y sin correr el riesgo de romper las costuras de ese traje a medida que nos hicimos para no transformarnos.

Y sin embargo, ya tenemos todo lo que necesitamos y somos todo lo que buscamos.

Sólo hace falta seguir el camino más abrupto, escoger la opción más complicada y arriesgarse, pedir el deseo más grande y subir a la cumbre más alta.

Hacer la pregunta impertinente que nos ronda por la cabeza. Pisar la zona prohibida. Levantar la cabeza y osar soñar con retos más altos y rotundos… Abandonar la cola donde esperamos a que repartan lo que siempre pedimos y dar la vuelta para encontrar algo inesperado…

Cambiar de pensamientos, cambiar de palabras y salir del decorado.

Hacer algo que no hemos hecho nunca pero que siempre hemos deseado intentar.

Cumplir con disciplina los consejos de los sabios… Y si nos parecen consejos cómodos y asequibles, cambiar de sabios.

Sentarse donde nuestro mundo se tambalea y perder el control de lo que nos sucede… Atrevernos a cuestionar quiénes somos y lo que hacemos. Ahondar en todas nuestras inseguridades y caer en todas las trampas que pusimos para quién quisiera flanquear nuestras defensas y entrar en nuestras almas.

Dejar de quejarnos y borrar esa cara agria que dibuja la rabia acumulada y nos aleja de aquellas personas a las que realmente nos iría bien acercarnos. Huir de todas esas caras grises que nos recuerden lo que fuimos para dejar de relacionarnos con personas que buscan vidas controladas.

Dejar de mirar a los demás por encima o por debajo, buscar su mirada y conectar…

Aceptar y adaptarse. Y, si hace falta, esperar hasta poder cambiar lo que queremos cambiar.

Andar por ese sendero de tu vida donde no sabes si habrá barandilla…

Gestionar tus emociones y aprender de ellas.

Abrazar lo sencillo y recrearse en lo básico. Encontrar el punto entre fluir y estar. Encontrar ese lugar salvaje que habita tu conciencia más indómita y dejarse llevar… Abandonarse a los sentidos sin que tu yo más inflexible pierda del todo el equilibrio.

Ser curioso e irreverente. Descubrir lo necesario que es a veces perder el control para descubrirte a ti mismo. Nuestros grandes talentos están a veces ocultos en nuestras grandes flaquezas, en nuestros temores, en el ángulo muerto de nuestra visión disciplinada y formal.

Despertar un día y no reconocer nada de lo que te rodea y que no importe. Saber que nada te une al decorado de tu vida por decreto ni obligación. Que no sigues más guión que el que escribes cada día… Que más que posesiones tienes vivencias… Que tú escoges tus arraigos y echas tus raíces. Que, si es necesario, cada día construyes tu hogar en un lugar distinto del camino… Que cada día construyes el camino.


17 comentarios

Voy a escribir sobre belleza


 

Voy a escribir sobre belleza. Me lo pidió un compañero de historias imposibles, un loco que se deleita como yo con las palabras y le da la vuelta a las cosas complicadas para convertirlas en sencillas. Al final, lo sencillo es lo más hermoso. Y la belleza es omnívora, omnipotente, omnipresente… Ineludible, inabarcable, atrevida, indiscreta, insensata…

Adoro la belleza, le dije. Siempre la busco y siempre la encuentro. Tengo esa suerte, la verdad. A veces es una pátina que está en todo, que lo cubre todo, que lo transforma todo. No siempre se ve, pero está. En ocasiones puedes contemplar algo durante siglos y no verla. Entonces, de repente, te distraes con otra cosa un segundo, y al volver a posar la vista la descubres. Estaba allí, era tan evidente que su obvia presencia casi ofende tu inteligencia. Aunque la belleza no es sólo para inteligentes o al menos no para los que todo lo saben. Es para los que todo lo buscan y lo notan. Es más para insatisfechos que se derriten por las migajas que para colmados de satisfacciones. No es para los que aman sin quitarse la ropa, ni para los que se ponen guantes para tocar. A veces hay que escarbar y arañar una superficie gruesa para encontrarla o dejar que llueva mucho para que el vaho la dibuje en los cristales. La belleza se oculta a la vista de los que intentan cogerla y poseerla, los que quieren quedársela para mirarla sin vivirla y se convierte en el maná de los que la comparten. Se esconde ante las pupilas avariciosas y se desnuda ante las miradas hambrientas de alegrías, de aventuras, de cariño… Los ojos de los que quieren encontrar y mostrar al mundo un destino distinto. Aquellos que osan cambiar las normas y están tocados por la imprudencia. La belleza ama a los irreverentes y los que no tienen miedo de mostrar sus rarezas a un mundo que no siempre las comprende.

La belleza no es para sabios ni para ignorantes, es para desesperados por conocer y saber. Para deseosos de encontrar la forma de contar que hay más que el pan, el dolor y la rabia acumulados en nuestras entrañas. Es para los que miran un puente y ven un acuerdo. Para los que miran una casa y ven una familia… Los que prefieren pasarse a quedarse a medias. Los que no se calman cuando llegan al final y enseguida buscan otro reto. Los que no esperan casi nada.

Amo la belleza. La busco y la encuentro a menudo en una palabra imprudente pero necesaria. En un silencio que cuenta una historia desesperada. En el eco de una soledad tan áspera que al encogerte en un rincón notas como el alma se te astilla pero busca remedio… El sonido insistente de una gota que cae sobre el agua cóncava a punto de rebosar… Una puerta que se cierra y te obliga a imaginar.

A veces la belleza es tan intensa que nos golpea la cara con su esplendor y nos deja tan atónitos que no la reconocemos. La confundimos con cualquiera de los malabarismos que nos hace la vista cuando nos dejamos llevar por reglas absurdas que nos dicen lo que es hermoso y lo que no. Otras veces, está disfrazada de angustia, de miedo, de pájaro mojado por la lluvia o de maleta vacía esperando llenarse.

La belleza real, la que a menudo no vemos porque no nos contemplamos con los ojos de la conciencia, está incrustada en los parques infantiles y mira a los niños a la cara cada día. Está en las estaciones de tren y dice adiós con la mano. Se lleva prendida al cordón umbilical y se te ata a los zapatos cuando pisas la hierba. Se te cosió a la falda una tarde cuando fuiste capaz de pedir perdón y se te pegó al pecho el primer día que amaste y supiste que no lo podías remediar. Está en los labios del amigo que te da aliento, en el abrazo delicioso de tu hija maravillosa, en la mesita de noche donde tienes ese libro a medias que cuenta tu historia sin que lo sepa nadie, a veces ni siquiera tú. Hay personas que la llevan impregnada por todas partes y no lo saben. La desprenden cada vez que se te acercan y encuentran la palabra que necesitas escuchar o te preguntan qué te pasa. La tienen los que bailan, los que ríen, los que sueñan con decirte que te quieren y nunca se atreven porque piensan que tú no sientes nada. Está en un grano de arena y en la torre más alta que rasga el cielo si en ella hay alguien que sueña y mira hacia abajo imaginando que vuela.

Aunque la belleza más ignorada siempre es la propia. La que está metida en cada una de tus espinas y escamas. La que te come el alma a bocados si no la sueltas. La que escondes tras unas gafas o un gesto adusto. La que no puedes ver porque estás ocupado buscándola en otros rostros que parecen perfectos pero que están deshabitados. La belleza propia es tímida, remolona. A veces llama a la puerta de tu conciencia y te pide que la saques a caminar, que la muestres al mundo, que la reconozcas. Tiene un tacto rugoso pero agradable. Huele a tierra, a mañana imperfecta, a café con espuma, a salitre de marea baja y flor común de tallo grueso. Una de esas de color amarillo que los niños le dan a mamá para que se la prenda entre la oreja y el pelo. Esa belleza que sabe a beso largamente esperado, a galleta, a uva de fin de año y al vino de la cena de una noche perfecta… Y tiene la cara que sueñas tener, si te amaras como debes, si te disculpas las faltas y te contemplas con los ojos del tiempo.

Aunque no la veamos no importa, ahí sigue. La belleza de verdad te busca a ti, siempre se hace más grande con el tiempo, aumenta de tamaño y se desparrama. Invade tu espacio y lo toca todo hasta que se te hace imposible no encontrarla…

Y un día cualquiera, vuelves la vista y topas con ella y ves que es enorme y es tan grande que te abraza.

Está en lo más diminuto y en lo más rotundo. En lo más absurdo y lo más importante. Es un pedazo de pan, un trozo de mar que recorta el horizonte, una tela de araña, una voz que te canta para que duermas o una guitarra que suena en la memoria. Es un recuerdo al que aferrarse, una tarde ante un café y un mensaje de alguien que te recuerda que puedes cambiar el mundo si hoy estás con ganas.

Dedicado a Alberto Busquets y Paz Robledo, belleza en estado puro y sin filtros… ¡Gracias!