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la rebelión de las palabras


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Vivir sin manual


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Este año he perdido el control.  Desde el punto de vista de alguien que necesita saber qué pasa y por qué en todo momento, resulta insoportable. Tener el control es vivir en una calma tensa siempre. Ponerse trampas y chivarse dónde están. Nadar en un vaso de agua y naufragar en la orilla. Cruzar el desierto de un metro cuadrado de arena y vivir una aventura sentado en el sofá… Tener el control es una alucinación, una forma de vivir en una tranquilidad falsa.

Controlar agota. Primero porque te supone estar siempre pendiente de qué sucede y llevar encima la carga de intentar estar perfecto. Segundo, porque el universo tiene sentido del humor y se asegura de que nunca lo tengas todo controlado. Por suerte, siempre hay mil cosas que se escapan a las redes imaginarias que vas tejiendo para asumir el duro trabajo de controlar…

Un tren que tarda, un niño que derrama un refresco en esa falda que debes llevar, el viento que te despeina, el amigo que te deja colgado, el teléfono que no suena, la lluvia insistente que cae con unas ganas locas para recordarte que tú no mandas en nada ni nadie…

Yo he estado un siglo intentado controlarlo todo para que nada se escapara de mi vista… Me inventé unas normas que seguir y me castigué cuando no lo hacía, sin darme cuenta de que mis descuidos y quebrantos de esas normas eran magia, eran mi oportunidad de crecer…

Controlar asfixia… Ahoga, comprime, reduce, aniquila la imaginación y te pega al suelo.

De muchas maneras, ser riguroso e intentar hacer las cosas lo mejor posible es algo bueno, claro. El problema surge cuando eso se convierte en un credo inquebrantable, en una religión. Cuando que esté bien es más importante que vivirlo. Cuando que sea perfecto te impide acabarlo o sentirlo… Cuando controlar no te deja fluir… Como bailar contando siempre pasos o tener que contar las gotas de lluvia de un aguacero que nunca termina. Uno puede intentar controlar sus emociones y aprender de ellas pero no puede pretender controlar toda su vida a cada momento…

El Universo es caprichoso. La vida es así. Te trae a menudo lo que necesitas, aunque no lo parezca. Otras veces, suceden cosas, algunas terribles, de las que es poco probable encontrar un lado bueno… Lo que no significa que no nos ayude a crecer y aprender. Todo lo que nos pone a prueba tiene su recompensa, aunque nos cuesta verlo .

A veces, no nos dejamos llevar y nos aferramos a lo que éramos y da la sensación de estamos repitiendo siempre la misma prueba. Como si el universo conspirara para que diéramos un paso e hiciera todo lo posible para precipitarlo. Y puesto que no lo damos, nos sigue poniendo la zancadilla una y otra vez en lugares parecidos para que nuestra estabilidad se tambalee y sepamos que hay que moverse, que hay que bailar.

Y cuando te obsesionas por el control, las leyes de la causalidad confabulan para que todo suceda al revés de cómo imaginaste o creías necesitar para demostrarte que no puedes controlar nada. Aún más, para decirte que lo que deseas conseguir puede encontrarse de mil formas y no sólo gracias al rígido manual que has diseñado para vivir tus días…

Los manuales rígidos que no dejan margen para la sorpresa ni el error conducen al pozos sin fondo, a una rutina que te borra la imaginación y te mata el entusiasmo.

El caso es que uno puede pasarse años y años sin que suceda nada en su vida (a menudo, ya nos aseguramos de ello porque los cambios nos asustan) y luego de repente en dos meses sucede todo. Porque encontramos a alguien que nos dice algo que necesitábamos escuchar. Porque topamos con un realidad alternativa ese día que hacemos algo poco habitual. Porque el Universo es testarudo y no para hasta que entiendes que hay cosas que van contigo y cosas que no, que cuando no vives según lo que dictan tus entrañas estás condenado a sufrir por no ser lo que quieres, que debes escuchar a tu conciencia y ser libre… Que has nacido para ser feliz y no puedes conformarte con sucedáneos insulsos… Que la perfección no es belleza. Que la calma exterior no es alegría… Que tenerlo todo controlado no es vida…

Por eso, cada vez que vuelves a las andadas y recuperas el manual rígido para una vida perfecta, la vida te sacude.  Te pone rígido a ti para que notes cuanto te perjudicas y te dejas las cervicales hechas un desastre. Te dibuja un contratiempo en la agenda, te vacía la cuenta con una factura, te estropea el coche…

Yo este año he perdido el control. Lo reconozco, ya llevaba tiempo con el manual escondido, sin seguirlo a rajatabla porque me había dado cuenta de que era un incordio, porque me había percatado que cuando me dejaba llevar un poco sin seguir siempre sus normas al pie de la letra pasaban cosas maravillosas…. Y, de repente, un día, me levanté con muchas ganas y al ver un contratiempo, en lugar de buscar la página del manual dónde indica que hacer en estos casos, decidí tirarlo por la ventana. Mi guía práctica y completa para vivir sin perder el control cayó al vacío…

Justo en ese momento, ante lo que algunos calificarían de gran temeridad, me di cuenta…  No lo necesitaba. No lo había necesitado nunca.  Para seguir mi camino sólo era necesario dejarme guiar por lo aprendido hasta ahora y seguir mi intuición.

Cuanto más aplicas el manual, menos arriesgas y menos aprendes porque no aplicas tu criterio sino aquello que crees que haría una persona cuerda y prudente en tu lugar… Porque el manual para mantener el control es una guía completa para prudentes, para cautos, para previsores, para personas que llevan una falsa vida de ensueño y quieren que permanezca así siempre (no lo saben pero incluso si quieres que todo sigan igual, de vez en cuando tienes que hacer cambios porque si no el agua se estanca).

El manual es para personas que no quieren llorar, ni notar las sacudidas, ni ensuciarse, ni despeinase… La mayoría de veces no porque les disguste sino porque necesitan tanto la aprobación de los demás que buscan una perfección que les haga adorables. Tienen miedo. Creen que si lo controlan todo nunca harán el ridículo ni estarán fuera de lugar… Que nunca serán criticados ni menospreciados…

Por eso yo tiré el manual. No mentiré, acto seguido tuve un ataque de pánico que me dejó medio lela… Después de tanto tiempo con ese libro en mis manos, al desaparecer, me sentí desnuda, desprotegida, vulnerable… Aunque, dejar de controlar es algo mágico. Entrar en un lugar y saber que sólo debes obedecer a ti mismo y al respeto que les tienes a los demás. Soltarse. Caer. Caminar hacia atrás. Dejarse llevar por una simpleza y reír sin pensar qué cara pones… Lo tiré porque siempre que lo escondía acababa recuperándolo y quise asegurarme de no volverlo a tener en mis manos. Lo tiré porque después de un siglo siendo prudente sin más resultado que una vida anodina, pensé que había llegado el momento de arriesgar…

Sin esta guía absurda, nunca sabes qué va a pasar y te das cuenta de que, en el fondo, antes tampoco. El control de todo era una ilusión, un espejismo creado por tu necesidad de vivir pensando que llevabas la vida que debías, aunque no la que querías….

Y acabar el día llorando y riendo, con las medias rotas, el pelo alborotado, sin saber qué va a pasar mañana y habiendo hecho el ridículo, tal vez.  Sin más guía que tú mismo, que tu sabiduría acumulada, tus errores y tu necesidad de vivir con intensidad. Perder el control y que pase lo que pase, aunque no depende de ti, creas que seguro será bueno… Otra prueba, otra experiencia, otro sueño… Sin manual, sin red…

Y dejar que llueva. Y notar que llueve.

 

 


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Cuando ya no te importa perder


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Al final, en la vida, las personas son lo único. Lo que importa. Lo que nos hace mover cada día. Las personas a las que amamos y a las que vamos esquivando porque nos hacen tropezar, pero que también forman parte de nuestros días.

A medida que evolucionamos y maduramos, las personas que nos rodean, cambian. Algunas persisten siempre porque las llevamos enraizadas en nuestra esencia. Otras van y vienen. Muchas no pasan de la primera curva… Y me he dado cuenta de que cuanto más arriesgas y más te metes por caminos nuevos, más personas afines encuentras. A medida que te expones a perder y decides salir de tu círculo para encontrar nuevas experiencias, eres capaz de encontrar a personas que están en tu órbita, personas que como tú asumen que para ganar hay que arriesgar, que para aprender hay que salir de la burbuja.

No sé por qué. Seguramente por la misma razón por la que cuando llevas mucho tiempo buscando una respuesta y estás atento, la encuentras. Está en un libro, en un anuncio de una valla publicitaria, en una mirada, en el camino que nunca transitas porque es más largo o en una papel tirado en el suelo que no verías si no hubieras perdido el tren. A veces, da la sensación de que el universo conspira para que sepas lo que buscas, lo que necesitas, para que encuentres la forma de  conseguirlo… Y otras veces, para que lo pierdas, porque en realidad, necesitas perderlo. Esa sensación de que todo pasa por algo y de que lo que sucede a tu alrededor es justo lo que hace falta que suceda para pasar de pantalla en este juego complicado, para aprender lo que te falta por saber y subir un peldaño más de escalera, para ser más sabio y poder escoger mejor la próxima vez… Cada prueba superada te lleva a un tramo nuevo donde necesitas de esas nuevas habilidades adquiridas gracias al trance anterior.

Y lo mismo sucede con las personas que te encuentras. Cuanto más creces, más maduras son algunas de las personas con las que te encuentras, como si compartierais un espacio común… y más cuenta te das de que hay otras que no te hacen bien, que te intoxican y de las que debes alejarte porque no te ayudan a ser mejor.  Aunque incluso estas últimas, parece que están allí, esperando a que las encuentres para poder escoger no quererlas cerca, para certificar lo que quieres y lo que no, para poner a prueba el nuevo aprendizaje, para que te des cuenta de que tal vez en el pasado habrías caído y ahora no…

Y lo ves claro. Cuánto más dispuesto a perder estés, más ganarás.

Ganarás por tu actitud, por tu forma de ver la vida que te hace mover y no quedarte quieto. Ganarás porque en ese camino que recorrerás hasta llegar a la gloria o estrellarte, aprenderás mucho y conocerás a personas que están en el mismo punto que tú… Ganarás porque en una de sus esquinas hay algo precioso que tal vez te guste más que lo que crees que te espera en la meta. Ganarás porque al terminar el proceso serás mejor y estarás preparado para volverlo a intentar con más habilidad y certeza.

Por eso, me gustan los perdedores. No los que se encogen en el sofá y piensan que el mundo conspira contra ellos, ni los que se quejan y lamen heridas esperando que caiga una solución del cielo… Ni los que esperan, ni los que ya saben que el mundo no les dará nada… Me gustan los perdedores de verdad… Los que han apostado al máximo para conseguir algo y se han dado de bruces… Los que atesoran sus errores como oro puro y recuerdan sus fallos con una sonrisa en la boca porque son su patrimonio, su legado de aprendizaje, su pozo de sabiduría.

Me gustan los que se ríen cuando caen y no les importa si les miran. Los que se quedan a un milímetro del éxito y se levantan. Los que prefieren perder a quedarse quietos…

Personas que cuentan historias con los ojos. Que llevan un pedazo de vida prendido en la mirada y se puede leer cuando te clavan las pupilas o te dedican unas palabras.

Personas que están dispuestas a ayudarte porque sí , porque hace siglos que superaron el peldaño de la generosidad y porque saben que compartir les hace grandes.

Todas esas personas que han decidido que aunque las noticias digan que todo va mal, están dispuestas a demostrar que hay esperanza y llevar la contraria.

Hay tantas personas que últimamente me han ayudado a encontrar respuestas… Personas que han decidido que tal vez para conseguir más libertad debían apostarlo todo, aún sabiendo que podrían perder… Porque saben que lo que importa es saber que haces lo que necesitas hacer, lo que te ayuda a crecer… Que haces no tanto lo que debes sino lo que te debes a ti mismo, que no te engañas ni renuncias a ti mismo, que vives lo que hace falta que vivas para llegar a encontrar la paz interior.

Y que saben que en realidad la pérdida es una ganancia enorme, porque el aprendizaje es incalculable y les convierte en personas más válidas y preparadas para la siguiente prueba.

Y en este camino ando,eso intento, con mucho que aprender, y me doy cuenta de que si me cruzo con ellas es porque las necesito, porque son mis lecciones pendientes, mi material valioso de estudio en la vida, mi compañía en este tramo complicado y maravilloso…

Porque cuánto más arriesgas, más cambia tu decorado y quién habita en él. Más vueltas da todo y más te expones a encontrar… Y encuentras. Encuentras a lo que sujetarte para no caer y lo que te hace tambalear y casi salir del camino… Y notas que a pesar del miedo, eres capaz de reírte de ti mismo y disfrutar de tu caída sin red porque la has escogido tú… Porque has apostado por ver el mundo a tu manera y creer en él, aunque muchos te miren como si estuvieras loco. Porque hay tardes en las que tú mismo lo pensarías si no fuera porque lo que hacías antes de esta locura, te vaciaba el alma…

Y cuando caes… Cuánto más pierdes, más te das cuenta de que esa pérdida era necesaria.

Porque tu forma de ver la vida ha cambiado y lo que antes te parecía importante, ahora te parece superfluo. Lo que te daba miedo, ahora es altamente necesario… Lo que creías imposible es ahora cotidiano.

Cuantas más imprudencias cometes, más convives con la magia… Y mientras decides que te da igual que el mundo te llame intrépido o temerario…  Justo en ese momento, cuando ya no te importa perder, cuando te das cuenta de que perder y ganar son dos palabras que ya no tienen para ti el mismo significado que antes, entonces… Sólo te queda vivir.

A veces, la diferencia entre que te consideren un héroe o un insensato, es tan sólo el resultado… Aunque eso, a ti, ya no te importa.

 

A  ti, amiga, por tenderme la mano mientras el decorado cambia y me flaquean a veces las piernas. 

Gracias por leerme y compartir. Si quieres saber más de este maravilloso trabajo de autoestima, te invito a leer mi libro

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Acompaño a personas y organizaciones a a desarrollar su #InteligenciaEmocional con formación, conferencias y #coaching

Escritora y apasionada de las #palabras

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Amo la imprudencia de mis palabras…


FOTO PORTADA LLIBRE GUAICuando era una niña y todo se ponía negro y lúgubre, escribía. Imaginaba historias y apuntaba algunas palabras que me venían a la cabeza en una pequeña libreta. Era un proceso mágico. Aquello me hacía soportar los pequeños tropiezos del día a día. No sólo porque calmaba mi necesidad de explicar al mundo mis miedos y compartirlos, sino porque pensar que algún día podría llegar a escribir un libro me daba esperanza. Era como una forma de demostrar que podía, un reto por el que luchar y seguir. Tomar el dolor y fabricar algo bueno y bonito con él. Dejar escuchar mi voz, una voz que estaba siempre bastante callada. Yo era una niña tristona y poco atrevida. Una de esas niñas que se ocultan y no osan a decir nada para no molestar.

Y pasé años sin molestar. Creo que hubiera podido reventar por acumular dolor, rebeldía  contenida y ganas de gritar al mundo lo que no me gustaba si no hubiera sido por las palabras… Por los miles y miles de palabras que escribía. Poemas, reflexiones, cuentos, novelas absurdas… Nada que pensara que valía la pena, pero para mí su valor no era literario sino terapéutico.

Acumulaba hojas que se iban marchitando y se ponían  amarillentas hasta que el ordenador llegó a mi vida. Mi corazón soñaba con escribir y publicar, pero jamás me atreví a mostrar nada.

Pasaron los años… Y seguí con mi terapia de palabras para curar penas y derrochar ese dolor que me sobraba porque mi mundo, a menudo, era oscuro porque yo no me atrevía a abrir las ventanas y dejar entrar el sol. Decidí que quería ser periodista porque pensé que escribir era lo único que podía hacer y que sería la forma de dedicarme a lo que realmente me gustaba y cobrar por ello. Con ello disfruté mucho… Era un reto, la niña que se escondía, hablando por la radio, haciendo preguntas impertinentes… Y luego, la televisión… Uf, aquello ya era una barbaridad. Me demostré a mi misma que puedes darle la vuelta a todo tu mundo sin perder la esencia, sencillamente sacando tu yo más intenso y oculto.  Comunicar me encanta, me apasiona… Considero que dominar la comunicación lo cambia todo y aporta un valor exponencial a las personas…

Aunque cuando llegaba a casa y escribía seguía siendo la niña huidiza, torpe, miedosa… Cuando estaba ante la cámara me transformaba, pero era aún incapaz de mostrar lo que escribía a no ser que fuera por trabajo. Me había convertido ya en una mujer creo que bastante fuerte y había superado, como muchas otras personas, algunas pruebas muy duras…

Y hace cuatro años empecé un blog.  Lo hice porque estaba en un momento de tránsito mental. Porque mi relación con las palabras era una asignatura pendiente de sacar a la luz. Les tenía que dar lo que les debía… Y ya que por mi trabajo no quería escribir sobre política para no perder mi necesaria neutralidad (yo lo veía así, hay quién sí opina y me parece bien) decidí escribir sobre la vida, sobre personas. Contar lo que sentía, lo que me motivaba, lo que importaba, lo que comentaba con mis amigos, lo que me decía gente que sabe de la vida y que ha acumulado dolor como yo y tantos otros… Decidí mostrarme tal y como soy.

Las palabras me han dado mucho y quería compartir con todos que me había dado cuenta de que curan, que ayudan a unir y sacar el asco de dentro para tomar el control de tu vida…

Me desnudé de forma integral. Me hice una autopsia y escribí de la forma más sincera que pude. Lo hice convencida de que otras personas podrían sentirse como yo y esto les serviría de compañía, para demostrar que no estamos solos y que todos somos un poco lo mismo…

¡Cuánto miedo tenemos! Y cómo ese miedo absurdo a quedar mal, a hacer el ridículo, a sentir, a no sentir, a soñar y no conseguir, a tener y perder nos puede cortar las alas… Cómo ese miedo nos sesga la vida, cómo la limita y encierra en una jaula…

Y a medida que escribía decidí salir de la jaula más y más. Mi mundo se tambaleaba y en lugar de volver al rincón y encerrarme en esa niña triste, decidí plantar cara y seguir… Perdí casi toda la vergüenza y dejé que las palabras fluyeran a través de mí.

Escribí sin parar. Aún lo hago. Y muchas personas me siguieron con cariño y con ganas enormes de plantar cara también… Hubo magia en todo esto, mucha. No sé cómo ni por qué. Personas dándome las gracias por escribir cuando era yo la que estaba agradecida de merecer que me leyeran. Conecté muchas veces y aprendí millones de cosas de charlas improvisadas, mensajes, correos… No nos damos cuenta pero en el mundo hay mucha gente maravillosa que no lo sabe, que ignora su belleza y su valor  y que necesita un empujón para notarlo. A veces es una palabra…

Cuando la gente se motiva y deja de lado miedos y derriba muros… Es increíble, saca lo mejor de sí y brilla. Yo me he sentido capaz de volar cuando algunas personas me han dado las gracias … Y he tenido que dar millones de gracias por su apoyo… Eso me hace muy afortunada, lo digo de corazón.

Cuando conectamos con otros y nos mostramos tal como somos, brillamos. Y cada una de las personas que me han leído, sea una o mil, todas importan y merecen mi agradecimiento, me han dado alas y ánimos.

Y gracias a ellas, a todas, a las que les ha gustado y a las que no, el lunes día 30 se hace realidad mi primer libro. Como decía el otro día, un sueño que huele a libro… Parte de su mérito es de aquellos y aquellas que me leen. Quién escribe no es nadie si nadie le lee… Y tampoco sin que nadie le publique y en eso también he tenido suerte y he encontrado quién confíe en mis palabras y quiera compartirlas más allá de las redes sociales.

Mi libro saca a la niña del rincón y le dice que puede, que por fin su dolor y el de muchas otras personas sale a la luz y tiene forma, que tiene sentido, que ha valido la pena porque le ha permitido madurar  y aprender.

Un puñado de reflexiones que no sé si son acertadas, algunas sí y otras tal vez no, pero que están escritas con el alma desnuda y la osadía al límite, con toda la pasión posible…

Un puñado de palabras impertinentes, irreverentes y sobre todo, imprudentes… Porque ya nada se puede callar y todo debe poder decirse desde el respeto y las ganas de crecer. Porque lo que se calla araña y quema por dentro.

Seamos imprudentes y atrevidos, no nos quedamos a medias en nada porque la vida está para vivirla  por entero. No nos quedemos con las ganas ni pidamos perdón por existir ni permiso para actuar… No molestamos nunca. No sobramos. No nos compensa el miedo más que a tener miedo… No nos encerremos en nosotros mismos ni fabriquemos nuestras propias jaulas… Corramos el riesgo de hacer lo que nos hace felices, aunque para ello tengamos que cambiar todo nuestro mundo establecido y calculado.

Me costó mucho pero ahora, de verdad, amo la imprudencia de mis palabras… Son vuestras también… Y prefiero pasarme a quedarme corta, a quedarme con las ganas, a existir a medias, a vivir a través de una burbuja.

Lo que más feliz me hace no es sólo ver hecho realidad este sueño, sino hacerlo con buenos compañeros de viaje, personas que me han apoyado y dado fuerzas cuando las mías flaqueaban. Quién tiene a su lado personas que le dan aliento y cariño tiene lo más grande… Un tesoro impagable que mantener y hacer crecer. El amor que damos y el que recibimos son nuestra motivación. Nuestros sueños ponen en marcha esta máquina maravillosa que somos nosotros mismos y creamos aquello en lo que creemos.

Muchas gracias por compartir este camino. Muchas gracias por leer mis palabras imprudentes…