merceroura

la rebelión de las palabras


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La magia de lo imposible


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Toca dar las gracias ahora, por todo lo bueno y por lo que parece terrible pero acabará siendo energía pura para seguir adelante.

Una de las cosas que he aprendido los últimos años es que cuanto más se empeña la vida en golpear, más capacidad de encarar adquieres… Te vuelves flexible, fuerte, valiente, casi casi… perdón por la osadía, un poco más sabio… Y claro, osado. Esa osadía es la que te convierte en alguien distinto. El enorme poder que te confiere sobre ti mismo y sobre tu vida llevar un poco la contraria y no sumergirte en el conformismo… No subsidiarte a ti mismo sino hacerte levantar y seguir… La osadía de preguntarte cosas que parecen no tener respuesta y de meterte en situaciones que dan tanto miedo que a veces, cuando te flaquean las fuerzas, un sudor frío te invade el cuerpo y notas como el corazón se te acelera… Es tu yo asustado y antiguo que intenta que te rindas porque no puede más.

La osadía de creer que tú eres uno de ellos… ¿Quiénes son ellos? Los que llegan, los que lo consiguen, los que se dejan a veces pedazos de vida absurda en el camino y renuncian a su cansancio, a sus ganas de salir corriendo… Renuncian a estar acompañados si esa compañía les araña el alma, aunque hacer el camino solos les mantenga el corazón inquieto y les haga sentir inseguros.

Mejor un alma alborotada que un alma dormida.

Mejor un sueño a medias que una parodia de vida.

Mejor dejar lo que no nos hace bien, que pasarnos la vida justificando lo injustificable y engañándonos pensando que va a cambiar sin que nosotros hagamos nada. Si aceptamos algo que no respeta nuestra esencia, perdemos nuestra esencia… El árbol muerto no da fruto.

Toca dar gracias ahora por haberse dado cuenta de lo que es y lo que no. Por los momentos dulces de caminar en una cuerda tan floja que a veces te encuentras sujeto a ella sin estarlo y te descubres levitando…Con medio cuerpo suspenso y media alma cosida al cuerpo para que no caiga.

Toca dar las gracias porque a menudo cuando te quedas paralizado y se te cierran todos los caminos, te das cuenta de que ha llegado el momento de volar…  Y vuelas. No sabes cómo, pero lo haces. Un día te encuentras haciendo algo que hace veinticuatro horas era impensable, increíble, imposible. Y rompes la cáscara imaginaria de la que no te atrevías a salir. Y sales del círculo que te rodea. Te encoges de frío y de miedo y de cansancio… Y sientes que estás loco y no podrás. Lloras de pánico, pero puedes… No sabes cómo, pero lo haces. Piensas que no puedes hasta que te encuentras haciéndolo y te quedas alucinado contigo mismo mientras las lágrimas de emoción te surcan la cara, que arde intensamente sin saber por qué.

logro

Entonces, ves claro que debías dar ese paso.  Para ser libre hay que tomar decisiones que dan a veces mucho miedo… A menudo, no ves el lastre a soltar para ir más ligero porque está tan incrustado en tu vida que parece una parte de ti y confundes tu miedo con un razonamiento lógico y huyes de él, cuando en realidad, es la puerta a cruzar para poder llegar a tus metas. Llevamos tantas respuestas escritas en la espalda que sólo se ven si sueltas la carga y miras atrás ante el espejo con ojos de sabio… Si te das la vuelta a ti mismo y cambias de perspectiva… La vida siempre te deja escritas  las pistas para pasar sus pruebas en esos lugares que no te atreves a pisar. Como llevar las chuletas escritas al examen y no atreverse a mirarlas… En el fondo, todo es una invitación a salir de ti, a pasar la línea y romper algunas normas absurdas que hace siglos te impusiste y nunca más te has planteado por qué.

Y ves que el triunfo no es la meta, ni el sueño, ni el reto. El triunfo es el salto, el haber salido de ti, el haberte atrevido a romper contigo mismo para encontrarte de verdad. El regalo es esta persona que eres ahora, que vibra en ti y que antes estaba oculta en tus pliegues suplicando salir…

No importa no llegar a  alcanzar tu sueño. Tal vez incluso, al mirarlo, te das cuenta de que ya no brilla tanto… Lo que importa es que tú ya no eres el mismo. Ves más cosas, piensas distinto, sientes distinto… Te miras y ves a alguien capaz, alguien que salta y vuela. Y te da cuenta de que da igual lo que busques, lo realmente importante es quién eres. Tu sueño es casi una excusa.  Ahora puedes decidir seguir si realmente te llena, si te invade de felicidad, si es un sueño de esta nueva versión de ti más lúcida y sabia.

Ahora puedes decidir si era un medio o era fin. Si lo querías para crecer o lo necesitabas para demostrarte algo. Si te representa o te limita… Si va con la nueva persona que te habita o era un peaje de la antigua… Los sueños no están ahí para que brillemos después de conseguirlos, están ahí para que brillemos antes. No son la causa de nuestro cambio, son la consecuencia…

Si te ves en tu sueño todavía después del proceso, tómalo… Lo tienes cerca porque ya eres esa persona que logra sus sueños.

Si te queda pequeño o viejo, suéltalo y siente de nuevo tu camino…En un esquina hay algo nuevo, seguro. La nueva persona que eres se motiva fácilmente porque todo lo que necesita para hacerlo lo lleva dentro.

Te preguntas cómo no pudiste verlo antes, que el regalo por este trabajo complicado eras tú. El premio por manejar tu vida, por responsabilizarte del camino, por tomar decisiones complicadas y soportar el frío necesario para crecer… siempre eres tú.

Ahora toca dar gracias por haber abierto los ojos…Por esa conciencia que ha aumentado de tamaño y esa capacidad de entender que necesitas seguir… Ahora toca volar aún más.

Eres tu gran conquista.

A veces, la vida no te da más opción que intentar lo imposible… Y tú no tienes más remedio que conseguirlo.

A veces, la vida te pide tanto, que te ves obligado a hacer magia.


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No me basta…


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Mi paso es corto pero rápido. Busco imposibles y, tal vez demasiado a menudo, tengo la deliciosa sensación de que voy a conseguirlos. Soy tan insistente que abrumo… Soy tan terca que hastío.

Acumulo ganas de todo y experiencia de sobra para romper un pedazo del mundo y llevarlo en el hatillo. Siempre llevo conchas imperfectas en el bolsillo, porque su imperfección me recuerda que existe posibilidad de mejora. Me vacían más los desengaños que las penas, porque no aprendo a bajar el listón y atenuar mis expectativas… Me vencen las miradas intensas y las injusticias. Tengo los zapatos gastados y la risa floja, flojísima… Aunque me pasa lo mismo con el llanto, sobre todo ese llanto que no se ve y no derrama lágrima. A veces, soy incómoda, lo admito, porque digo cosas que nadie dice, pero la comodidad prolongada, al final, sale cara y te obliga a dejar pasar muchos sueños.

Vivo al lado del mar y cuando no lo veo, lo huelo. Su aroma fresco y salado me persigue por las calles y se me prende en el cabello. Entonces sé que cuando el mar te vence, siempre quedas impregnado por su esencia, siempre eres mar…

El mar siempre me recuerda que todos somos lo mismo, que todos buscamos algo, que todos tenemos miedo… El mar siempre apacigua mi alma guerrera que teme no estar a la altura… Que busca excusas para esconder sus errores y oculta sus heridas para parecer invencible y serena. Para calmar su necesidad de conseguir más de todo lo que no se paga ni acumula… Lo que es tan extraordinario como difícil de encontrar.

He olvidado todas la veces que salté y me golpeé en el ridículo más rotundo. Me he perdonado, aunque a duras penas, de todas la veces que no me atreví y dejé que mi cobardía me convirtiera en mediocre. Nunca necesité piedras porque hace tiempo que escogí las palabras… A veces, se me quedan cortas, porque mi torpeza no sabe usarlas…

El mar es tan grande que me recuerda que soy grande, aunque me hace entender que al mismo tiempo soy pequeña… Tan pequeña que puedo conseguir cosas muy grandes… Tan grande que puedo apreciar las cosas más pequeñas…

Nunca busqué atajos porque siempre supe que el camino era largo y sabría construir mi fortaleza con cada uno de los baches. He construido mi nido con pequeñas ramas y algunas grandes decepciones… Si algo tiene el desencanto es que después de arrasar tu inocencia, lo que viene, es forzosamente bueno. Los rasguños se curan, aunque tu inocencia queda siempre un poco resentida.

A veces, me canso y creo que no puedo, me encojo, me convierto en un bola de carne y hueso y me aparto… No sé cómo, pero siempre vuelvo al camino, y siempre lo hago con la misma sensación de que algo bueno me ronda, algo increíble, algo que parece imposible…

Vivo al lado del mar y cuando no lo oigo, no me desespero, porque lo noto. Lo llevo alojado en mi nariz puntiaguda y en mis genes testarudos… Lo llevo en mi ser y forma parte de sustancia.

Tengo mil miedos, pero mi mayor temor es que esos miedos me venzan y me conviertan el piedra, que me paralicen el alma… Que me dejen tan muda que no sepa contar al mundo que se puede, que debe intentarse… Que el riesgo es la forma en que nuestro mundo crece y nuestra conciencia avanza.

Tengo mil sueños, pero el más enorme de ellos es el de ser capaz de seguir luchando por conseguirlos y  no desistir cuando me sienta agotada…

Tengo mil defectos y el mayor de ellos sería olvidarlo y pensar que ya he llegado a mi meta, que ya no debo seguir esforzándome para no dejar de crecer. Nunca odio, me aprecio demasiado como para hacerme tanto daño y tengo demasiada confianza en las personas como para creer que nada tiene remedio.

No quiero quedarme corta en cariño.

No quiero quedarme corta en ánimo.

No quiero quedarme corta de vida.

No quiero pensar que no creí en el milagro lo suficiente como para que el milagro creyera en mí…

No quiero mirar atrás y descubrir que no pude porque no quise, porque no me empeñé lo suficiente, porque miré a otro lado y no estuve en mi lugar… No quiero pensar que me arrugué.

No quiero dejar de amar nunca, aunque a veces, el amor es un peaje amargo para evitar una soledad necesaria y otras, algo tan inmenso, que te recuerda lo sublime de la existencia. Por eso, prescindo de amores triviales e ínfimos.

Vivo al lado del mar y me alimento de viento…

Nunca necesité halagos porque creí no merecerlos… Nunca busqué más recompensa que la de saber que no desistiría. Nunca dejé de pensar que llegaría a tocar mis sueños porque no hubiera podido soportarlo. Creo que algunas locuras son necesarias y que, de no llevarlas a cabo, la sensatez es capaz de comernos el alma y arrojarnos a un lugar donde lleguemos a olvidarnos de nosotros mismos.

El mar siempre me trae consuelo y me moja los pies cuando me aíslo del mundo, cuando vuelo demasiado y me olvido de tocar con ellos mi suelo y mi cuerpo… Cuando me alejo de mi esencia y vendo mis credos baratos, su soberbia me trae de un golpe a la orilla y me pone en mi sitio.

Vivo al lado del mar y cuando no lo respiro, lo sueño. Eso hace soportable a veces esta jaula opresiva de barrotes firmes en la que imagino fantasías y dibujos mapas de fuga.

Vivo al lado del mar y, cuando no me acuerdo, lloro… Aunque mis lágrimas saladas me traen su recuerdo y su son me calma el desespero de no haber conseguido lo imposible… Todavía.

Vivo al lado del mar más maravilloso pero, a veces, no me basta.

 


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Si quieres


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Si se quiere, casi todo se puede. Todo se alcanza… Todo se inventa. Se acaricia sólo con la intención. Se mira sin abrir los ojos y se suma con el deseo. Se multiplica con el delirio. Se abre de par en par con un rezo. Si se quiere, se puede más de lo que se imagina, tal vez no siempre, aunque valga la pena intentarlo al máximo, por si al final hay magia. Por si resulta que las ideas generan realidades. Por si entre palabras y pensamientos se cambian mundos.

Si lo deseas, con las ganas se descubre un cielo. Se pinta un sol, se amanece, se anochece… Se engendra un universo a través de un pensamiento. Se construye un futuro con una brizna de presente.

Se calma el dolor con un beso. Se fía sin apenas cruzar palabra. Se llora sin lágrima. Se besa, sin beso.

Si se quiere de veras se puede dormir sin cama y soñar sin sueño… Si se tienen ganas se puede morir de risa. Vivir de intentos. Andar con la imaginación. Volar sin alas. Bailar sin música. Cantar sin voz. Reinar sin reino.

Es posible gozar sin roce. Rozar sin piel. Tocar con las puntas de los dedos un rostro al otro lado del océano. Amar sin esperanza de recibir amor. Amar sin apenas conocer. Amar sin saber por qué y sin poder parar de hacerlo.

Se puede escribir sin lápiz y pintar sin pincel. Si hay ganas, a veces pasa, si se quiere… ¿Y si nos sucede a nosotros?

Si se necesita, se puede crecer sin cambiar de tamaño. Ser el gigante más pequeño, el pobre más rico, el joven más viejo. Si el deseo es grande, lo feo es hermoso. Lo roto está entero. Lo frío, arde. Lo oscuro se llena de luz. Lo malo es bueno.

Se puede ignorar sabiéndolo todo. Se puede ser libre estando cautivo y poseer el mundo desde un rincón. Si se quiere… ¿quieres?

Si se quiere se puede, aunque cuesta y a veces el camino cansa. A veces nos rendimos por falta de confianza.

Si se anhela, se consigue. Aunque requiere un gran esfuerzo de imaginar sin nunca deternerse. Un deseo gigante de creer. Una ilusión que no cabe en un pecho pequeño y acostumbrado a reprimir su avidez y comprimir sueños… Por eso hay que ensayar y seguir, hasta ilusionarse y emocionarse casi sin pensar. Hasta que la rutina sean la risa y la esperanza y lo raro la queja y la negatividad.

Si se busca con afán, se encuentra. A veces no lo buscado pero sí lo necesario. No lo esperado, lo mejor… Algo que parece accesorio o pequeño y que acaba siendo básico y perfecto. Si se mete la mano, se saca algo… A veces no lo soñado, tal vez lo que va a cambiar tu existencia.

Si se quiere, se puede todo. Caminar sin camino. Llover sin lluvia. Amanecer sin sol. Sembrar sin tierra. Perdonar lo imperdonable. Tocar lo imposible. Llenar lo hueco. 

Todo es posible si se busca la manera. Aunque no hay nada seguro, nada fácil ni nada hecho. Es un camino que se anda a tientas con los pies cansados. Una travesía larga y tortuosa, que a menudo al llegar a la meta, empieza de nuevo…

Con pensarlo se pueden cerrar heridas sólo con cariño. Reír casi sin ganas. Abrazar sin brazos. Flotar sin aire. Frenar sin freno… Seguir adelante sin pan, suplicando suerte, apurando el tiempo. Todo se consigue si hay hambre. Si hay fuego. Si se siente todo con suficiente intensidad. Si cuando llega el miedo, se suelta una carcajada tan sonora que pasa de largo hasta que queda lejos. De lejos el miedo es pequeño y feo. Y tú eres enorme, si quieres. Sería absurdo no querer o al menos no intentarlo.


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Más palabras para la conciencia


Siempre he confiado mucho en las palabras. Los que me conocen y sondean, lo saben. Confío en ellas sin fisuras. En su valor, en su capacidad de movilizar conciencias, en su elasticidad… En su poder para remover lo intacto y estático y crear algo nuevo, engendrar vida, darle la vuelta a las situaciones. Siempre he buscado locamente las adecuadas. Como si fueran únicas, como si fueran pócimas maravillosas que obran cambios imposibles. Lo he hecho a veces de forma metódica y obsesiva. Con placer, con un deleite máximo al conocerlas y usarlas, como si utilizara un material tan precioso que pudiera desvanecerse o evaporarse, un material escaso, algo que pudiera romperse o desaparecer. Porque es cierto, se evaporan, se funden si no les das importancia, se mueren si no las escuchas y les concedes un minuto para llegar a ti y salpicar tus entrañas. La palabras perecen.

Siempre he pensado que si era capaz de encontrar la palabra que podía llegar al corazón de cada persona sería capaz de tocar su alma. Hacerle entender lo que necesito explicar, hacer que me escuchara… Hacer que el resto de mis palabras llegaran al umbral de sus necesidades y su voluntad. A menudo, rozando la impertinencia. Aunque tal vez me tocó la presunción, las ganas, las ansias de poder cambiar cosas sólo con palabras, algo tan efímero que se borra, se omite, se encadena al viento y se fuga de nuestros oídos y cabezas. Algo que yo creo sólido pero que no tiene densidad ni peso…

Tal vez, he llegado a pensar… Les di demasiado poder porque precisamente siempre tuve presente el poder que tienen las palabras sobre mí. Porque las vivo, las escucho, las leo, las saboreo, las incorporo a mis pasos… Para mí escribir es vivir y dar una palabra, la palabra justa, es dar una parte de la conciencia, un pedazo de algo intocable pero altamente valioso, un contrato de honestidad, de sinceridad, de belleza incluso… La belleza que tiene lo imaginado, lo soñado… Un lugar donde discutir, charlar… Donde reflexionar e intentar ser mejor cada día.

No todos le dan el mismo valor a las palabras y no tienen por qué. No todo el mundo cuando dice “te quiero” ama con la misma intensidad, no todos están dispuestos a dar lo mismo, a recibir lo mismo, a responder de la misma forma y vivir en consecuencia. Hay muchas clases de amigos, de compañeros, muchas clases de vidas y de personas que se cruzan en la tuya.

Palabras como amistad, confianza, lealtad, fidelidad, valor, miedo, cariño, compromiso, promesa, deseo, sueño, felicidad, perdón… Y millones de palabras más no implican a las personas del mismo modo, no las comprometen igual, no las conmueven igual. Al final, nos damos cuenta de que a pesar de compartir complicidades cada día, interactuar y mezclar nuestras vidas con los demás, nos comunicamos usando códigos distintos. Usamos el mismo material para decirnos lo que queremos, buscamos, sentimos, pensamos, necesitamos… Las palabras… Aunque no todos les damos el mismo valor. Y a veces es muy difícil entrar en cabeza ajena y saber qué pasa por ella, interpretar un mal gesto, una mala respuesta, una mirada extraña… El descubrir si alguien te chilla porque no te respeta o es su forma particular de llamar la atención porque cree que tú no le haces caso… Saber si tus escasos “te quiero” son el resultado de una merma en ese sentimiento o tu necesidad de decirlo poco para que el otro sepa que cuando lo dices es verdadero. ¿Verdadero o falso? Se convierten en dos términos relativos depende de que boca salen, qué puño los escribe. ¡Las palabras son tan poderosas y a al vez tan relativas!

Para ir bien por la vida, lo ideal sería encontrar a aquellos que tienen el mismo grado de apego a las palabras que nosotros. Que las viven igual. Que se comprometen con ellas en el mismo grado. Sentarse a compartir un rato con alguien que te dice “me importas mucho” y saber que le importas como tú necesitas importar, que valora tu vida y que su cariño no sólo dura lo que dura el café… O tener claro que a pesar de que no lo dice mucho, cuando lo dice es de veras…

Sería tan fácil colgarse el grado de apego y valor que le damos a las palabras a la solapa como quien se prende un broche para ir a una cita… Codificarse por números o colores… A más color, más intensidad en cada palabra, más compromiso, más valor… Entrar en un lugar y mirar la solapa y la persona y comprobar que estamos hablando con un individuo con el código correcto. Ir con el color rojo reventón o azul eléctrico en la solapa y esquivar a alguien con un gris marengo o un azul celeste… Ahorrarse el dolor, el choque frontal contra la pared del desánimo, la frustración, la decepción, la cara de idiota cuando descubres que un “te necesito” es sólo un “los martes y los jueves si no me sale nada mejor”…  y un “pero a mí no me pidas lo mismo”.

Aunque claro, eso nos ahorraría punzadas en el pecho, pero nos arrebataría la fantasía, la ilusión, el fuego interior… Haría que la búsqueda fuera anodina, rutinaria, falta de magia… Y no nos permitiría aprender, perder, caer, vacilar, descubrir, conocer… Y quién sabe, tal vez vamos por el mundo con un código equivocado, uno que creemos que nos representa porque no hemos conocido otros o es el que nos enseñaron y no tenemos el nuestro propio. Igual necesitamos volver a calibrar las palabras y cambiar el código que llevamos prendido . O tal vez alguien necesita sin saberlo aprender de nosotros a valorar el mundo con otros ojos y tomar prestado nuestro código…

He pensado en ello y lo único que se me ocurre para solucionarlo son más palabras. No doy para más. Me resisto a darme por vencida y perder la confianza en ellas. En ellas y en nuestra capacidad para hacer que todo cambie, cambiar nosotros para modificar lo que hay a nuestro alrededor, hacer que todo sea más fácil al comunicarse… La palabras me mueven, me fascinan y me aturden… Para mí son la medicina contra el desamor, contra la amistad más perversa y egoista y la pena de sentirse vacío, menospreciado, usado hasta las arterias, enroscado en un situación que te deja seco, agotado, asustado… Más palabras, otras palabras… Tal vez menos palabras pero más valientes, más arriesgadas. Las que se nos quedan siempre en la punta de la lengua, las que imaginamos que decimos pero nunca suenan. Las que nos gritan dentro y nos queman suplicando salir. Las que diríamos si fuéramos quién queremos ser si no tuviéramos miedo… Todas ellas juntas… Y más atreverse a mirar a la cara y decir lo que sentimos, lo que queremos, lo que deseamos, lo que nos preocupa y asusta. Y también preguntar qué hay al otro lado, por si resulta que los desapegados en algún momento somos nosotros… Por si en nuestro afán por mirar las solapas correctas, hemos descuidado la conciencia.


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La estatuas de sal no sueñan


El día en que decides que vas a dar un vuelco a tu vida, que vas ponerla patas para arriba y a zarandearla hasta no reconocerla sabes que te expones a todo. Que has puesto en marcha un mecanismo que no vas a poder parar ni controlar. Que acabas de tirar la primera ficha de un dominó enorme que no sabes donde termina y hacia donde se ramifica. Y no sólo desconoces lo que te va a suceder a ti sino también a los que te rodean.

El hecho de que tú seas distinto, hará que ellos también te vean distinto y tengan que hacerse al cambio. Y esa nueva persona, de la que seguramente tú estarás orgulloso aunque esté magullada y cansada por pasar las adversidades propias del riesgo, puede que a algunos les entusiasme y a otros no. Se van a encontrar con alguien nuevo, pero que al mismo tiempo es un viejo conocido. Hay personas que te darán aliento, se reirán contigo, valorarán tu esfuerzo, se alegrarán de ese “tú” nuevo que, aunque tiene momentos de duda, está abriéndose paso. A lo mejor no lo entienden, pero lo aceptan, porque ponen tu felicidad y tu libertad por delante de sus prejuicios. Otras personas no lo verán igual. Son esas personas que viven sujetas a la rutina, no cambian nada para no perder el control y sentir que se acercan al precipicio aunque les atraiga la vista. Son esas personas que no mueven un párpado  aunque el asco les comprima el pecho, porque el miedo las paraliza. No hacen nada que no sepan como acaba…  No prueban nada que no sepan de antemano qué sabor tiene. No tocan sin conocer previamente el tacto… Y la vida, al fin y al cabo, es sorpresa, una compañera tozuda y mandona, y si tú no te mueves, hace que la tierra que te rodea se zarandee para que tengas que caer, tropezar o desplazarte. Para que te des cuenta de que vivir es mutar y mancharte.

Esas personas que nunca se arriesgan no van a querer ver tu nueva cara en su horizonte. Tus ganas de moverte les recordarán que ellos no se mueven. Tu ilusión les recordará que no sueñan. Tu cambio de rumbo les dejará ver que ellos no recuerdan el suyo y se han quedado como estatuas de sal. Ese golpe crudo y duro contra su realidad, les pedirá que te saboteen las carcajadas, los momentos de paz en plena evolución y que menosprecien tu actitud. Les cerrará la boca cuando quieran o sientan que quieren decirte que estás más atractivo, que se nota que estás mejorando en todo, que brillas, que se alegran por ti, que tu esfuerzo es de admirar.

Su corazón latirá por aferrarse a ti y decirte “dime cómo, yo también quiero, estoy en una jaula” pero no lo harán. El miedo les sujeta al metro de tierra que pisan… No hay pegamento más eficaz…

Algunas de esas personas, si te quieren, sabrán aceptar al final ese cambio. Un día, cuando tú ya no esperes su calor, se acercarán a ti y te dirán un tímido “hiciste bien”. Esa será tu recompensa, y aunque ellos no lo sepan, también la suya. Si tú cambias, haces que todo cambie, incluso aquellos a tu alrededor que no tenían en sus planes hacerlo. Tú eres el zarandeo que les envía la vida para que se acuerden de que están vivos. Eres una pieza preciosa e indispensable de un engranaje perfecto encaminado a hacer que el mundo mejore. Tu entusiasmo engendra entusiasmo. Pon un niño a reír en una sala de personas amargadas y espera… Tendrás una sala repleta de niños risueños. Tan sólo necesitan un empujón, un primer arranque para soltarse, olvidar que no pueden y creer por un momento que quieren. Darse cuenta de que su metro cuadrado actual se queda pequeño y corto ante sus fantasías, que no tienen límite, y que la vida se les desborda.

Y también habrá personas que decidirán darte esquinazo. Tienes que hacerte a la idea, eso pasa, todo cambia. No pueden asumirlo, no quieren y si somos sinceros, tampoco les podemos obligar. Es su vida. Tú eliges cambiar la tuya pero no puedes pretender que ellos respondan como tú quieres. Acepta y sonríe. 

Quédate con los que desde el primer día te jalearon para seguir. Guarda los besos, las caricias y reparte. Hoy me decía alguien que cuando encuentras una persona que comparte contigo un momento así,  que vibra con lo que tú vibras, tocas la felicidad. Un instante tan mágico que sabes que pase lo que pase lo guardarás siempre en tu cabeza y podrás recurrir a él. Un ancla para cuando el temporal arrecie. Una palabra para repetir cuando el dolor sea intenso… Una cara que pasará delante de ti al final. Y que nada de esto te frene y decidas volver a tu metro cuadrado y guardar la cola, pedir permiso para soñar y audiencia cada vez que intentas cambiar algo. No te conformes con imaginar que tienes otra vida, pero no dejes nunca de imaginarla. Todo empezó un día, con una idea, un deseo, un sueño… Y podría acabar cambiando un mundo. Lo grande empieza así, con una idea loca, absurda, imposible. Las estatuas de sal no sueñan. Tú no eres una de ellas…


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Volver…


Ha vuelto. Y viene con ganas de risa.

Lleva puesta la misma falda que el día en que se fue y el alma le dio la vuelta. Soñó con volver, pero sabía que no podía hasta haber dejado de lado todo lo que le sobraba.

Ha vuelto y parece hambrienta, ya no enfadada, ni peleona. Sus días de batallas absurdas han terminado. Ahora lucha con ella misma y siempre gana. Gana al cansancio, a las penas atraídas por los momentos bajos. Gana incluso a las caras agrias que no soportan que los demás sobrevuelen el tedio y se levanten al alba para empezar a caminar.

Ha vuelto y quiere quedarse. Sus ojos buscan incansables reencontrar aquellos antiguos lugares donde sus pupilas tristes descansaron para volver a mirarlos ahora y ver de qué color son realmente. Ahora que la tierra no se tambalea a sus pies y sus tobillos son firmes. Ahora que imagina imposibles y los ve razonables. Ahora que consume sueños y consigue no caer cuando no se cumplen… De momento.

Ha vuelto. Y ya no es de mármol transparente. Es de piel suave y caliente. Se ha quitado mil capas por el camino y sólo le queda la esencia. Ha descubierto que tiene una capacidad inmensa para permanecer despierta mientras dura la fiesta y dormir sin cerrar los ojos mientras dura la tormenta.

Ha aprendido a amar la tormenta. Ha paseado bajo la lluvia y ha echado raíces en la tierra más yerma que ha encontrado.

Ha jugado a perder para ganar. Ha vaciado su bolsa de viaje y se ha arrancado los galones para quedar sin pasado, para empezar otra vez a dar vueltas en la noria. Ha soñado que no existía nada y lo ha recuperado todo a base de imaginar que podía. Y ha podido. Ha descubierto que es poderosa.

Ha vuelto. Y ya no necesita ponerse la careta de fiera. No le hace falta porque cuando se la quitó hace poco descubrió que su rostro no era ya el de niña perdida. Ya no tenía la cabeza gacha y ese gesto temeroso que invitaba a los desalmados a clavar las uñas en su piel pálida y despojar su inocencia. No quiere causar espanto para que los que dedican sus vidas a causar malestar ajeno la dejen en paz. Ya no le afecta lo que le digan, no necesita protegerse más que con su mirada satisfecha, sus palabras ágiles y acertadas y su ironía fina. Sus zarpazos desafortunados siquiera la rozan. Los mira de lejos y le parecen gatos en un tejado intentando arañar las nubes sin saber la razón.

Ha vuelto y su cabello es más largo y sus tacones más altos.

Ahora se busca y le gusta lo que ve. Lo quiere todo, pero sabrá aceptar una pequeña porción hasta encontrar la manera de conseguir el resto. No le importa lo que cueste, no le importa lo que tarde, sólo piensa en la recompensa. Acaricia su sueño. Lo nota. Ha empezado a disfrutarlo antes de tenerlo. Ha aprendido a soñar con todos los sentidos. Vivir su deseo. A tocar el cielo con las ganas. A besar de recuerdo…

Sabe que todo es posible. Esperará cuanto haga falta y la luz del día la pillará bailando y con la mirada sedienta.

Antes tenía miedo. Ahora tiene miedo. La diferencia es que ahora no teme a ese miedo y sale a la calle para buscarlo y mirarle a la cara. Y antes, buscaba un rincón.

Ha vuelto. Y ya no se esconde.


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Unos zapatos rojos


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Recogió sus miradas perdidas, sus risas flojas y sus zapatos rojos … Se apartó de ese lado del camino dónde es fácil caer y se acumulan instantes de desesperación máxima. No quería más lamentos, ni quejas, ni excusas, ni historias inventadas. No llevaba nada encima, tal vez ganas de locura, de sorpresa, de perder el aliento y despertar en otro mundo. Ganas de sentirse tan viva que sintiera como si el mundo se hubiera detenido. De gritar para que la oigan los de la última fila que siempre critican, incluso cuando no sale a escena. De salir del escondite y conseguir un imposible. 

Sabía que el camino era largo y que albergaba recodos oscuros, pero estaba segura de haber vaciado lo inútil de su equipaje y haberse quedado sólo lo imprescindible. Lo mágico, lo único… lo bueno. Algunas anécdotas facilonas, dos cuentos tristes, algunos recuerdos de esos que duelen pero emocionan y muchos rostros afables que le daban aliento y serenidad. En el fondo de esa maleta, no podía obviarlo, había quedado alguna migaja de miedo… pero había vaciado el asco y la rabia.

Ahora ya no era de plástico, lo notaba. Era de un material poroso y flexible, capaz de adquirir cualquier forma, altamente maleable, altamente resistente… altamente sensible. Se mecía con el viento y todas las realidades que encontraba en su camino se instalaban en ella, la invadían… pero era una invasión amable. Mientras era de plástico esto no le sucedía, el plástico es impermeable. Nada te agrede ni atraviesa si eres de plástico… nada te llena, nada te impregna ni perturba. El plástico era cómodo pero falto de todo lo que a ella le importaba. Era profiláctico pero frío. No admitía arañazos ni heridas, pero tampoco roces de cariño. No se manchaba, pero tampoco no se reía. No lloraba ni de pena ni de alegría. No podía ahogarse porque flotaba, pero tampoco aprendía nada de lo que era luchar para salir a la superficie. Al final, la carne ganó al plástico y la emoción ganó a la carne… y el miedo se fundió en ganas y deseo y los pies se le escaparon solos por el camino.

No sabía a dónde iba, no sabía del todo qué buscaba pero sí lo que no quería encontrar. No iba prevenida para nada. No se cubriría de la lluvia, ni del viento. Iba a notar el frío y el calor sofocante. Iba a dejarse engañar por confiar. Iba a dejarse querer y odiar. Iba a sentir dolor y placer. Estaba decidida a vivir y a asumir los riesgos que este apasionante ejercicio conlleva. Tal vez volvería a casa sucia, rota, con el corazón desgajado y cubierta de arañazos… como uno de esos gatos que deambulan por los tejados de noche buscando brega… buscando vida.

Lo que le esperaba ahora era incógnita, era sueño, era fiebre, era fuego… un bocado demasiado irresistible como para esperar sentada en el escalón de siempre a que pase el tiempo. Mejor andar, sin parar, encontrarse la vida de cara y darle un buen mordisco. Mejor dejarse llevar por las ganas y los sueños, sujeta al asfalto por sus convicciones y unos zapatos rojos.