merceroura

la rebelión de las palabras


10 comentarios

Cien mil palabras


Cien mil palabras. Las que me quepan en un vida, larga o corta, espero que lo primero… No tengo ganas de partir sin haberlas dicho todas. Y que me de tiempo a contar historias y cerrar heridas. Cuando me aferro a las palabras siento que floto, que todo encaja y toma forma.

Parecen muchas, pero son pocas. Se me quedarán cortas. Lo veo venir. A todas ellas las llevo dentro y claman esperando salir. Y cuando salgan, habrá más. Llegarán otras pidiendo paso y acurrucándose en mis esquinas. Formarán una marea enorme que pasará por encima de todo.

Las necesito. Necesito muchas palabras para describir el amasijo de emociones que arde entre mis paredes. Quiero usarlas para seguir mi camino y explicar lo que me retuerce y salpica, compartir mi esencia, derramar mis temores hasta que se hagan chicos y desaparezcan. Necesito palabras como el aire que respiro. Busco palabras que nadie jamás haya dicho para conseguir que pasen cosas que jamás han sucedido. El murmullo que forman todas ellas encerradas en una antesala de mis labios, de mis dedos antes de teclear, es a veces un grito, un canto, una sirena atronadora que no para.

Quiero rebuscar entre mi baúl de palabras para acariciar conciencias, empezando por la mía, y cambiar inercias. Darle la vuelta a pequeños mundos contenidos en éste que pisamos y que a veces parece inabarcable y otras diminuto. Y siempre falto de cariño, de risa, de sorpresa. Nuestro mundo toma forma con las palabras que elegimos para describirlo. Nuestro rostro es como decidimos llamarlo. Nuestra vida es todos y cada uno de los adjetivos que escogemos para hablar de ella… Somos nuestras palabras.

Y yo las busco incansable porque creo que si encuentro las correctas serán el detonante para ponerme en marcha. Para activar un mecanismo que no tenga marcha atrás. Para no olvidar nunca todo lo bello, todo lo importante, todo lo esencial. Palabras que me recuerden quién soy y lo que no estoy dispuesta a sacrificar. Palabras capaces de amar al ser oídas, de sofocar llantos, de hacer crecer raíces y brotar tallos con su sola mención. Sin duda, busco palabras ambiciosas. Palabras que creen, que construyan.

Nada cura tanto como decir en voz alta lo que te duele, que algo te abrasa. Que llevas una verdad dentro que quema y que cada noche cuando duermes sueñas que sale y descansas… Es sólo sueño… Amanece y esa palabra está por pronunciar. Cada palabra pendiente es una bala en el pecho.

Nada alivia tanto al alma como un verso, un pequeño párrafo, incluso una sola palabra. La justa, la medida, la necesaria. Una palabra, a veces común, a veces extraña, que explique cómo estás de revuelto por dentro, cómo buscas la salida y la puerta se cierra si no logras pronunciarla.

Vamos justos de tiempo en la vida, el mundo gira, el momento pasa. Y si no encuentras la forma, el pez se queda en la arena intentando volver al mar y perece.

Nada calma tanto como sentarse, sumirse ante sus ojos y ser capaz de encontrar la manera de explicar lo que sientes. Aunque sea un susurro, un gemido endeble, aunque nadie en este mundo perfecto y satisfecho de todo oiga nada. El mundo está sordo, a veces. No escucha si lloras, sólo te busca cuando cantas… El mundo gira, el tiempo se escapa. Nos rodean personas que también buscan palabras.

Cien mil palabras. Parecen muchas pero se me olvidan antes de empezar. Las veo perecer esperando salir de mi boca, llegar al papel, buscando turno para causar su efecto y quedar retenidas en la memoria. Palabras que se disiparán por el aire sin parar, hasta el fin de los días, hasta que no exista una molécula en la que rebotar.

Nada tan agradable como oír la palabra que deseas de quién deseas que te hable. Y notar como esa sola palabra te llena, te recorre el cuerpo con un calambre dulce y te saca las espinas clavadas y las lágrimas contenidas esperando rodar.

Cien mil palabras acumuladas buscando labios, buscando oídos, buscando páginas. Vagando por mi cabeza, esperando flotar y que sucumba, que las deje salir y morar en otras conciencias, otras cabezas, otros sueños.

Muchas palabras. Algunas casi rotas de golpearse en el muro de mis entrañas y la censura de mis miedos y complejos ancestrales.

Palabras imprudentes, algunas. Lo reconozco. Siempre preferí pasarme que quedarme corta… Palabras mordaces. Palabras cargadas de ironía, de cansancio acumulado, de polvo o de escarcha en esta noche fría que parece que no acaba.

Palabras ridículas y altamente necesarias. Palabras básicas y sencillas. Palabras calmantes, impertinentes, sarcásticas. Dulces, cariñosas, seductoras, divinas y humanas.

Palabras cargadas de sueños inconfesables y de tempestades y vientos helados. Palabras de lluvia, de sol, de niñez y de fantasía absurda. Palabras duras con sal, a veces, para heridas recientes. Palabras picantes. Palabras amables. Palabras locas…

Cien mil palabras. Se me van a quedar cortas. Lo sé…


11 comentarios

El derecho a discrepar


Cada día es más difícil decir no. Llevar la contraria y saber asumir las consecuencias, en este momento en el que se compran las voluntades tan baratas y se venden a precio de saldo algunas dignidades, es lanzarse a la nada. Hay que adaptarse, sumergirse y bucear entre los tiburones y saber esconderse de vez en cuando para tomar fuerzas y mantener las ideas intactas. Evolucionar y madurar sí, pero mantener firmes los credos. Estamos sujetos al devenir de los acontecimientos, nos supera todo. El pedazo de tierra que nos colinda muta y gira de vértigo; marea, asusta y detiene. Nos deja paralizados y hechos un hatillo. Invita a decir sí y bajar la cabeza cuando en realidad no queremos asentir. Invita a callar y dejarse llevar porque todo es más complicado cuando se decide llevar la contraria. Invita a diluirse. Adaptarse no significa perder la esencia ni renunciar a ser uno mismo. No es resignarse y desvanecerse. Vivimos en una sociedad dónde sólo se permite discrepar a los genios. A las grandes voces y vanagloriadas plumas… que al paso, se vuelven esclavas de esa discrepancia. Se transforman en siervas de su singularidad, obligadas a discrepar para marcar diferencia, para vender algo impactante y nuevo cada día. Y el resto, debemos atenuar la mirada porque pensar distinto nos marca.

Y a menudo, cuando encontramos a alguien con quien discrepar, y sin embargo mantener el diálogo y la buena sintonía, nos sorprendemos. Siempre he pensado que quien no tolera la discrepancia a su alrededor es porque no tiene las ideas claras o no confía en ellas o ha tomado prestados esos principios… Sin embargo, muchas de esas personas hablan y se explican como si sus palabras sentaran cátedra, fueran ley o sentencias inquebrantables. Como si más allá de sus ideas, se acabara el mundo y sólo quedara una tierra de nadie que no se puede explorar… Y es precisamente lo que en muchas ocasiones deberíamos hacer, explorarla. Pasearse en ella y decidir por nosotros mismos. Pensar distinto, arriesgarse a alzar un poco la voz y decir no o tal vez sí pero no tragarse nada. No esconderse. Que no decidan otros lo que para nosotros es bueno o malo, lo que es “normal” o anómalo, lo que tenemos que creer o decidir… lo que nos merecemos o las culpas que debemos cargar. Creo que debemos escuchar siempre y acatar solo de vez en cuando, si lo que nos proponen no nos corrompe la mirada. Se hace cuesta arriba, cierto. Para discrepar y decir no, en esta sociedad enquistada en la crisis, hace falta estar blindado de miedos y ser inmune a la estupidez, hacer cuentas y saber si llegaremos hasta las últimas.

Decir no es durísimo. Asusta. Asusta mucho. A veces, se hace imposible, porque todos tenemos servidumbres… pero conviene intentarlo, dar pequeños pasos… decir pequeños noes si la cantinela no nos convence… dejar pequeñas semillas, subir montañas diminutas. Discrepar es de sabios. Igual que preguntar, rectificar, equivocarse y empezar de nuevo con ganas casi intactas. La discrepancia es a menudo el motor de pequeños y grandes cambios. Los que se han atrevido a discrepar a lo largo de la historia han sido capaces de cambiar su rumbo. Han zarandeado conciencias y derribado muros. Nos conviene recordar que discrepar es un derecho, no un privilegio. Imprescindible no confundirlos.