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la rebelión de las palabras


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Un mundo de frikis


MUJER FRIKI SOMBRERO

Pensamos a lo corto. Imaginamos a lo pequeño. Vivimos a lo reducido. Nuestras ideas se circunscriben a una casilla. No pasamos las líneas rojas, no las pisamos. No sabemos casi por qué, pero nacimos pensando que estaba mal ir más allá, pensar más, imaginar más, soñar a lo grande. Lo supimos al llegar al mundo, nos lo dijeron nuestros padres y todo lo que nos rodea está pensado para que nos quede claro que la divergencia sale cara. Nos pasamos la vida enmendándonos para no pasarnos, para no llamar la atención y tener ideas fuera de nuestra casilla predeterminada, de nuestro rectángulo, más allá de la línea que  separa de lo que está bien de lo que está mal. Nos aterra lo desconocido, lo que no controlamos. Todo lo que es nuevo  y que no va en cajas ni envuelto en papel de regalo nos causa pánico. Los nervios se nos comen las uñas y nos agujerean el pecho si no seguimos el protocolo, si cedemos a la magia, si nos dejamos llevar por la pasión y entonces nos inventamos una marea imaginaria que nos arrasa los castillos de arena que construimos cada noche cuando se nos sueltan el ingenio y el deseo.

Imaginamos castigos divinos y humanos si abandonamos el rectángulo de nuestra existencia limitada. Vivimos en círculo. Nos ponemos la zanahoria ante la cara y la seguimos para no buscar otros caminos ni caer en la tentación de tener ideas propias. Respiramos sin hacer ruido. Lloramos dentro burbujas de pena contenida y reímos a carcajadas calculadas. Controlamos nuestras muecas y abrazos. Amamos a ráfagas. Buceamos en las miserias ajenas y nos vetamos pensar las propias por si no podemos soportarlas. Aunque a veces, decidimos centrarnos en ellas y pasarnos el día en una queja constante. Somos de extremos. Nos pesamos como si sólo fuéramos carne. Nos medimos como si sólo fuéramos la sombra que proyectamos cuando sale el sol. Nos convertimos en números y nos quedamos dormidos esperando la siguiente sacudida que el destino tenga preparada para nosotros. Sin intentar llevar el timón ni saber de dónde sopla el viento para definir una estrategia.

Vivimos sin aspaviento. Nos hacemos viejos sin llegar nunca a ser jóvenes… Gritamos bajito a los que nos dominan, sin escándalo, para que nadie se enfade cuando reclamamos nuestra vidas. Sin embargo, reprochamos a pleno pulmón a los que caminan a nuestro lado no ser perfectos… Somos mezquinos porque nos vendemos fácil y señalamos con el dedo a otros que también lo hacen para aguantar el peso de sus vidas monótonas. Nos enfadamos mucho con nosotros mismos por consentir estas privaciones y nos recortamos las emociones con las que íbamos a desahogarnos y expresar el dolor que tenemos acumulado…

Nos odiamos por no ser y no tener… Y enfermamos de asco, de miedo, de rabia, de envidia… Nos puede el apego, la necesidad de ostentación máxima de algo que ni siquiera es mérito nuestro… Nos vence el duende criticón que llevamos dentro y que hace guardia esperando a que otros bailen sin miedo, a que otros triunfen y sonrían… Porque siempre hay a nuestro lado  alguien que sueña más grande, que vive más intensamente, que camina hasta llegar más lejos y piensa más allá de la casilla asignada. Y nos reímos de él, le ponemos motes y le colgamos una etiqueta. Los que abandonan el rectángulo asignado son raros, frikis… Algunas cosas de su forma de vivir nos gustan, pero no lo decimos en voz alta para no tener que llevar prendida la misma etiqueta que ellos. Admiramos su valentía, pero nuestra cobardía cómoda nos resulta más gratificante, porque no estamos dispuestos a asumir la responsabilidad de intentar seguir sus pasos y vencer la adversidad que ellos han tenido que soportar.

Nosotros le ignoramos, le despreciamos y, mientras, el supuesto friki,  maquinando sin parar y con entusiasmo,  descubre algo nuevo, porque es capaz de cambiar las normas y borrar lo que creía saber por lo que ignoraba y construir algo diferente… Se expone al mundo y acepta las miradas críticas y los abucheos.

Y tal vez cura a miles de personas, inventa un artilugio que hace ganar miles de millones, pone en marcha una iniciativa que cambia el mundo o sencillamente hace que ese mundo caiga a sus pies porque crea belleza.

Nuestro friki es capaz de imaginar una realidad paralela y defender su forma de ver la vida. Se traga insultos y se arranca las etiquetas. Asume las risas y levanta la cabeza… Piensa en grande e imagina barbaridades, locuras… Reivindica sus diferencias y las convierte en su marca, en su forma de llegar a los demás, en su bandera.  Mientras, nosotros nos reímos de alguien que es capaz de dar la cara por lo que cree y siente.

Él hace tiempo que pasó la línea y dejó su casilla para atreverse a entrar en la zona desconocida. Y cuando la primera marea arrastró su primer castillo de arena, sonrió y volvió a construirlo, porque supo que aquello era sólo un prueba más.

Los frikis sueñan y eso les hace más tolerantes al fracaso, al desaliento, al desengaño… Resultan inasequibles a la pereza, a la modorra. Por eso triunfan, como nuestro presunto friki que mientras yo escribo, ya está pensando en algo mejor que lo que ha creado antes… Y entonces, los demás, le miramos y decidimos ponerle la etiqueta de genio. Su genialidad nos fascina, nos abruma, nos provoca envidia… Aunque tampoco estamos dispuestos a abandonar nuestra cobardía cómoda y mullida para crear nuestra propia realidad  y convertirnos en genios como él. Demasiado compromiso. Preferimos mirar y criticar…

Y lo consigue, no porque llegue a la meta o alcance el sueño, muchas veces no sucede, porque su éxito es el disfrute, el proceso de crear y aportar a otros… El camino repleto a superación, de risas, de alegrías, de creatividad… ¿Qué más? ha ganado no porque llega primero, sino porque tenía un propósito, una visión, una misión que le llenaba de gozo mientras otros sólo criticaban. Porque se ha puesto al servicio de la vida para cambiar vidas gracias a su ingenio… Porque mientras otros se quejan de cómo es el mundo, él ha dado un paso adelante para intentar algo nuevo, para intentar mejorarlo con ideas y valor.

A veces, después de tanta hipocresía, nos duele el estómago o notamos una presión nos oprime el pecho y nos acelera el corazón. Lo llamamos ansiedad, estrés, agobio, pero en realidad son rabia y cobardía concentradas y acumuladas de tanto fingir y disimular.

Al final, quién se ríe es él, pero no por burlarse de nosotros, se ríe de alegría. Ojalá el mundo estuviera repleto de frikis…

friki

(Del ingl. freaky).

1. adj. coloq. Extravagante, raro o excéntrico.

2. com. coloq. Persona pintoresca y extravagante.

3. com. coloq. Persona que practica desmesurada y obsesivamente una afición.

 

Gracias por leerme… Escribo sobre lo que siento o he sentido y el camino que he hecho hasta llegar aquí (aunque todavía estoy a medio camino de algún lugar). En este camino he aprendido poco a poco a aceptarme y amarme (aún me falta mucho, soy consciente).

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El derecho a discrepar


Cada día es más difícil decir no. Llevar la contraria y saber asumir las consecuencias, en este momento en el que se compran las voluntades tan baratas y se venden a precio de saldo algunas dignidades, es lanzarse a la nada. Hay que adaptarse, sumergirse y bucear entre los tiburones y saber esconderse de vez en cuando para tomar fuerzas y mantener las ideas intactas. Evolucionar y madurar sí, pero mantener firmes los credos. Estamos sujetos al devenir de los acontecimientos, nos supera todo. El pedazo de tierra que nos colinda muta y gira de vértigo; marea, asusta y detiene. Nos deja paralizados y hechos un hatillo. Invita a decir sí y bajar la cabeza cuando en realidad no queremos asentir. Invita a callar y dejarse llevar porque todo es más complicado cuando se decide llevar la contraria. Invita a diluirse. Adaptarse no significa perder la esencia ni renunciar a ser uno mismo. No es resignarse y desvanecerse. Vivimos en una sociedad dónde sólo se permite discrepar a los genios. A las grandes voces y vanagloriadas plumas… que al paso, se vuelven esclavas de esa discrepancia. Se transforman en siervas de su singularidad, obligadas a discrepar para marcar diferencia, para vender algo impactante y nuevo cada día. Y el resto, debemos atenuar la mirada porque pensar distinto nos marca.

Y a menudo, cuando encontramos a alguien con quien discrepar, y sin embargo mantener el diálogo y la buena sintonía, nos sorprendemos. Siempre he pensado que quien no tolera la discrepancia a su alrededor es porque no tiene las ideas claras o no confía en ellas o ha tomado prestados esos principios… Sin embargo, muchas de esas personas hablan y se explican como si sus palabras sentaran cátedra, fueran ley o sentencias inquebrantables. Como si más allá de sus ideas, se acabara el mundo y sólo quedara una tierra de nadie que no se puede explorar… Y es precisamente lo que en muchas ocasiones deberíamos hacer, explorarla. Pasearse en ella y decidir por nosotros mismos. Pensar distinto, arriesgarse a alzar un poco la voz y decir no o tal vez sí pero no tragarse nada. No esconderse. Que no decidan otros lo que para nosotros es bueno o malo, lo que es “normal” o anómalo, lo que tenemos que creer o decidir… lo que nos merecemos o las culpas que debemos cargar. Creo que debemos escuchar siempre y acatar solo de vez en cuando, si lo que nos proponen no nos corrompe la mirada. Se hace cuesta arriba, cierto. Para discrepar y decir no, en esta sociedad enquistada en la crisis, hace falta estar blindado de miedos y ser inmune a la estupidez, hacer cuentas y saber si llegaremos hasta las últimas.

Decir no es durísimo. Asusta. Asusta mucho. A veces, se hace imposible, porque todos tenemos servidumbres… pero conviene intentarlo, dar pequeños pasos… decir pequeños noes si la cantinela no nos convence… dejar pequeñas semillas, subir montañas diminutas. Discrepar es de sabios. Igual que preguntar, rectificar, equivocarse y empezar de nuevo con ganas casi intactas. La discrepancia es a menudo el motor de pequeños y grandes cambios. Los que se han atrevido a discrepar a lo largo de la historia han sido capaces de cambiar su rumbo. Han zarandeado conciencias y derribado muros. Nos conviene recordar que discrepar es un derecho, no un privilegio. Imprescindible no confundirlos.


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Incómodamente harto


Harto de las mismas caras tristes y airadas en las noticias. De frases vacías y eslóganes absurdos.

Harto de primas de riesgo y bancos malos. De bonos, de rescates y encuestas. De catálogos.

Harto de excusarse en la crisis incluso cuando la crisis es la excusa.

Harto de anuncios. De caras simétricas. De personas que ríen y caminan por grandes avenidas y lanzan consignas.

Harto de que todo esté a la derecha o a la izquierda y sea blanco o negro, bueno o malo, día o noche. De vivir sin matices.

Harto de ineptos y descastados.

Harto de oír mucho hablar de dinero y poco de compromiso. Mucho de números y poco de palabras. Nada de ética. Nada de sentido común. Nada de valor y mucho de precio.

Harto de definirse en los curriculums como si fueran su código de barras. De repetir que es responsable y que está disponible desde ya.

Harto de buscar ofertas y encontrar saldos.

Harto de noches sin dormir y días dormitando.

Harto de encontrar desidia por la mañana y pasar la tarde intentando despegársela de la espalda…

Harto de que le evalúen y pesen, que le calculen y le pongan en la lista. Harto de sentirse una pegatina.

Harto de tomar una pastilla para olvidar por qué la toma.

Harto de pancartas. De autobuses saturados de carne humana y caras avinagradas. De bocinas, de silbatos, de sirenas, de timbres… Harto de oír gritar al vecino y nunca poder escuchar cantar al gallo.

Harto de planchar las camisas para no sacarse nunca las americanas. De pasar por la vida sin apenas catarla.

De buscar abrazos y encontrar risas forzadas. Harto de querer encontrar un camino y de que todos quieran venderle un atajo.

De buscar sirenas seductoras que cantan y sólo encontrar merluzas.

Harto de amaneceres grises y tardes cobalto. De cansarse de todo y no saciarse de nada. Harto de luna llena y poco sosiego.

Harto de ganas. De deseo de salir de su rutina y colgar las ojeras y las legañas… harto de chismes y voceros. De mentiras y de sombras alargadas. De rituales absurdos y malentendidos.

Harto de buscar la sal en todo y encontrar un mundo insípido.

Harto de eludir espejos y esquivar miradas. De quedarse con los titulares y consumir debates tontos. Harto de ser audiencia.

Harto de repetirse esta retahíla cada día y no ser capaz de decir NO. Insaciablemente harto. Incómodamente harto.