merceroura

la rebelión de las palabras


20 comentarios

Heridas


people-2604159_640

A veces siento que me he cosido a mí misma. Como si fuera una muñeca de trapo remendada por todos los costados… Se me caía un ojo y lo cosí. Se me salía el relleno e hice un apaño. En ocasiones, el remiendo ha quedado perfecto, como nuevo. Otras veces, no he encontrado el mismo color o no he sabido reparar lo roto con la misma destreza con la que estaba hecho en un principio y ando por la vida con un ojo de cada color y algunas cicatrices. Soy un ser asimétrico y deshilachado, pero estoy aquí.

Durante mucho tiempo, me he mirado a mí misma y me he visto una muñeca rota, cuando en realidad era una muñeca que ha sabido curarse a sí misma, que ha encontrado la forma de seguir a pesar de los accidentes, los obstáculos y todas la veces que no ha sabido saltar y ha tropezado o ha caído. Cuando he mirado al espejo a esa muñeca, he sido a menudo incapaz de ver el valor de lo reconstruido, de lo remendado… He visto la torpeza y el dolor, el miedo a ser una muñeca usada y olvidada por no ser la muñeca más hermosa, por ser una muñeca cada vez más antigua… He visto las cicatrices sin darme cuenta de su extraordinaria belleza, de su valor, de la importancia que tiene para cualquier ser humano amar sus grietas y rincones más oscuros para poder así dejar que su luz salga al exterior…

A veces, me miraba y no me veía porque estaba demasiado ocupada ocultando mis heridas e imperfecciones… Tapándome con la máscara para que nadie viera que mi sonrisa era una mueca de dolor, de miedo, de soledad infinita… La soledad de alguien que hace tiempo decidió que estaba sola y nunca nadie iba a poder ayudarla, la soledad de alguien que renunció a la esperanza porque conservarla le hacía demasiado daño… De alguien que se cansó de esperar una mano amiga que nunca llegó… Ahora lo tengo claro, esa mano no podía llegar. No podía porque ella no permitía ayuda, porque había instalado la soledad muy dentro y había decidido que era responsable del mundo y de llevar su peso y su cargo… Nadie puede ayudar a alguien que se obsesiona con no ser ayudado y cuando lo hace, esa ayuda no llega o no se ve. Esa ayuda no podía llegar porque sus pensamientos habían decidido por ella que nunca llegaría… Y además, la vida siempre te pone a prueba y te deja solo para que entiendas que ya lo tienes todo, que en realidad nunca estás solo si te amas y confías… Pero para entenderlo tienes que aprender a mirar las cicatrices y ver en ellas un logro, un regalo, una muestra más de tu capacidad de crecer y adaptarte… Un destello de luz que descubre tu enorme poder para seguir a pesar de todo y descubrir que la esperanza no es algo que se espera, es algo que ya se tiene, que está en ti, que vive dentro de ti… Que no se trata de esperar en realidad, sino de vivir intensamente cada instante y dejar que llegue lo que llegue, porque no hay más remedio que estar a todas y darle la vuelta a las situaciones y encontrar el reverso suave de las hojas… Y construir con las piedras del camino, con los palos que te dan en la espalda, darle la vuelta a los sueños no cumplidos como si fueran calcetines y descubrir que en realidad son el primer paso a otros sueños mejores y más grandes… Convertir tus lágrimas en posavasos y tus miedos en catapultas… Darte cuenta de que todo tiene sentido, en realidad, que todo encaja pero que tu forma de verlo y percibirlo es la que te juega malas pasadas… Que el espejo sólo te muestra lo que te predispones a ver, a sentir, a ser… Y que lo que encuentras en el camino son en realidad tus pedazos por recomponer, pistas para descubrir qué te ocultas a ti mismo, qué no te atreves a decirte todavía y que es tan necesario para poder unir las piezas y sentirte tú, sentirte libre. El camino te cuenta historias para que tú escribas tu historia, para que tomes del pasado las lecciones y con ellas dibujes tu presente… Porque a veces las heridas son caminos que te llevan a ese lugar que buscas y que ya está en ti pero no puedes encontrar porque miras con dolor y con miedo… Sin presente no hay futuro. Por ello, no hay nada peor que tragarse este momento sin vivirlo esperando que el tiempo pase y todo cambie, sin notar la vida ni sentirla… Porque sólo llega el futuro que esperas si construyes el presente que con vida, con ganas, con alegría… Si miras y eres capaz de ver la belleza que hay en ti… La de verdad. 

swan-293157_640

El otro día alguien le dijo a la muñeca zurcida algo maravilloso… “En realidad tus sueños ya se están cumpliendo, pero no lo ves porque no confías, porque esperas.”

Y es cierto, el error es el primer paso para llegar al sueño. La duda es el reverso del acierto. Estás en la primera página del libro y no ves el final y crees que has abierto el libro equivocado pero te falta paciencia y te falta sumergirte en las páginas del libro y vivirlas y sentirlas y disfrutarlas… El día que hoy eliges vivir es una réplica del día que vivirás mañana. Con cada decisión que tomas, replicas un momento futuro, marcas un rumbo, escoges un sentido, un para qué… Y hoy gozas, aunque no veas a dónde te llevan tus pasos porque lo que buscas no llega, mañana gozarás…

Ya estás tocando lo que deseas, pero no lo ves porque miras con los ojos del que no sabe lo mucho que merece, del que no se acuerda de que jamás estás solo, del que tiene miedo a descubrir su propia grandeza…

Y si ahora eliges ser feliz pase lo que pase, qué importa qué pase… Este es el sueño. Esta es la mirada de la muñeca rota que se cose y decide comprender lo mucho de lo que es capaz en lugar de perder el tiempo, las ganas y la energía recordando el pasado y llorando por sus heridas. La muñeca a la que ya no se le escapa este momento pensando en lo que vendrá… Que ya no espera porque ya es lo que quiere ser. 

Anuncios


10 comentarios

Cien mil palabras


Cien mil palabras. Las que me quepan en un vida, larga o corta, espero que lo primero… No tengo ganas de partir sin haberlas dicho todas. Y que me de tiempo a contar historias y cerrar heridas. Cuando me aferro a las palabras siento que floto, que todo encaja y toma forma.

Parecen muchas, pero son pocas. Se me quedarán cortas. Lo veo venir. A todas ellas las llevo dentro y claman esperando salir. Y cuando salgan, habrá más. Llegarán otras pidiendo paso y acurrucándose en mis esquinas. Formarán una marea enorme que pasará por encima de todo.

Las necesito. Necesito muchas palabras para describir el amasijo de emociones que arde entre mis paredes. Quiero usarlas para seguir mi camino y explicar lo que me retuerce y salpica, compartir mi esencia, derramar mis temores hasta que se hagan chicos y desaparezcan. Necesito palabras como el aire que respiro. Busco palabras que nadie jamás haya dicho para conseguir que pasen cosas que jamás han sucedido. El murmullo que forman todas ellas encerradas en una antesala de mis labios, de mis dedos antes de teclear, es a veces un grito, un canto, una sirena atronadora que no para.

Quiero rebuscar entre mi baúl de palabras para acariciar conciencias, empezando por la mía, y cambiar inercias. Darle la vuelta a pequeños mundos contenidos en éste que pisamos y que a veces parece inabarcable y otras diminuto. Y siempre falto de cariño, de risa, de sorpresa. Nuestro mundo toma forma con las palabras que elegimos para describirlo. Nuestro rostro es como decidimos llamarlo. Nuestra vida es todos y cada uno de los adjetivos que escogemos para hablar de ella… Somos nuestras palabras.

Y yo las busco incansable porque creo que si encuentro las correctas serán el detonante para ponerme en marcha. Para activar un mecanismo que no tenga marcha atrás. Para no olvidar nunca todo lo bello, todo lo importante, todo lo esencial. Palabras que me recuerden quién soy y lo que no estoy dispuesta a sacrificar. Palabras capaces de amar al ser oídas, de sofocar llantos, de hacer crecer raíces y brotar tallos con su sola mención. Sin duda, busco palabras ambiciosas. Palabras que creen, que construyan.

Nada cura tanto como decir en voz alta lo que te duele, que algo te abrasa. Que llevas una verdad dentro que quema y que cada noche cuando duermes sueñas que sale y descansas… Es sólo sueño… Amanece y esa palabra está por pronunciar. Cada palabra pendiente es una bala en el pecho.

Nada alivia tanto al alma como un verso, un pequeño párrafo, incluso una sola palabra. La justa, la medida, la necesaria. Una palabra, a veces común, a veces extraña, que explique cómo estás de revuelto por dentro, cómo buscas la salida y la puerta se cierra si no logras pronunciarla.

Vamos justos de tiempo en la vida, el mundo gira, el momento pasa. Y si no encuentras la forma, el pez se queda en la arena intentando volver al mar y perece.

Nada calma tanto como sentarse, sumirse ante sus ojos y ser capaz de encontrar la manera de explicar lo que sientes. Aunque sea un susurro, un gemido endeble, aunque nadie en este mundo perfecto y satisfecho de todo oiga nada. El mundo está sordo, a veces. No escucha si lloras, sólo te busca cuando cantas… El mundo gira, el tiempo se escapa. Nos rodean personas que también buscan palabras.

Cien mil palabras. Parecen muchas pero se me olvidan antes de empezar. Las veo perecer esperando salir de mi boca, llegar al papel, buscando turno para causar su efecto y quedar retenidas en la memoria. Palabras que se disiparán por el aire sin parar, hasta el fin de los días, hasta que no exista una molécula en la que rebotar.

Nada tan agradable como oír la palabra que deseas de quién deseas que te hable. Y notar como esa sola palabra te llena, te recorre el cuerpo con un calambre dulce y te saca las espinas clavadas y las lágrimas contenidas esperando rodar.

Cien mil palabras acumuladas buscando labios, buscando oídos, buscando páginas. Vagando por mi cabeza, esperando flotar y que sucumba, que las deje salir y morar en otras conciencias, otras cabezas, otros sueños.

Muchas palabras. Algunas casi rotas de golpearse en el muro de mis entrañas y la censura de mis miedos y complejos ancestrales.

Palabras imprudentes, algunas. Lo reconozco. Siempre preferí pasarme que quedarme corta… Palabras mordaces. Palabras cargadas de ironía, de cansancio acumulado, de polvo o de escarcha en esta noche fría que parece que no acaba.

Palabras ridículas y altamente necesarias. Palabras básicas y sencillas. Palabras calmantes, impertinentes, sarcásticas. Dulces, cariñosas, seductoras, divinas y humanas.

Palabras cargadas de sueños inconfesables y de tempestades y vientos helados. Palabras de lluvia, de sol, de niñez y de fantasía absurda. Palabras duras con sal, a veces, para heridas recientes. Palabras picantes. Palabras amables. Palabras locas…

Cien mil palabras. Se me van a quedar cortas. Lo sé…


20 comentarios

Amanece


Escribo cada semana, en ocasiones varias veces… Y no conozco vuestras caras, ni vuestras vidas. A veces, intuyo algunos de vuestros sueños y quebraderos de cabeza, comparto vuestras angustias y os transmito muchas de las mías a través de mis palabras. A veces, las palabras son lo único que me queda para sacar de dentro lo que arde y corroe. Como si fuera arrancando pequeñas espinas clavadas y suturando heridas.

A menudo, siento que tengo que soltar ese lastre que quema dentro, dejarlo marchar para que se aleje un poco de mí y mi pecho quede quieto un rato para encontrar un poco de silencio y oírme la voz y saber que existo más allá de la desidia de mis penas, que a veces todo lo inundan… Aún siendo medio ficticias y creadas por un corazón asustadizo y agotado de librar batallas consigo mismo. Y durante un rato, me siento en calma. Me noto el cuerpo, me reconcilio con mi esencia, me ilusiono… Hasta que mi cabeza, siempre revuelta y acelerada, vuelve a meterme dentro cada una de esas palabras y vuelvo a rebosar de ansia, de necesidad de compartir mis ideas locas, mis pensamientos confusos, mis deseos, mis pequeñas manías absurdas… Nuestros pensamientos a menudo obran en nuestra contra, son nuestros más crueles enemigos, ejercen la más cruda de las tiranías contra su propia naturaleza… Nos invaden de quejas y nos niegan sosiego.

Os cuento mis reflexiones. Compongo una realidad paralela con pedazos de vida, algunos míos, otros prestados, pero todos ciertos, vividos, intensos. Os explico lo que busco, lo que siento, casi casi desnudo mi alma… Nunca del todo, quizás… Nunca hasta quedar tan expuesta que las miradas pudieran arañarme… Aunque bajando mucho la guardia, mostrando más las cicatrices que las heridas, los sueños que los desengaños, las miradas que las pupilas… Enseñando más a la mujer que a la niña, a la loca que a la cuerda… A la que esconde, que busca, la que sobrevive de emociones y es capaz de dar la vuelta a cualquier situación.

A veces os busco y estoy cansada, descompuesta, desencajada, revuelta. A veces estoy tan desdibujada que solo me noto a medida que escribo y veo como el dolor se escapa por la ventana. A veces, no mentiré, siquiera os escribo a vosotros, me escribo a mi misma. Tengo tantas verdades que decirme a la cara, tantas cosas de las que no me doy cuenta hasta que les pongo nombre, hasta que las digo en voz alta…

Otras veces, le escribo a aquellos que no me escuchan, entes sin cara o con cara difusa, personas sin oídos a las que tomaría de la mano y les mostraría las paredes desnudas de mi conciencia, de mi casa, de mi pecho y les pediría que entraran en mi historia para que por fin oyeran mis súplicas. Y les diría que la indiferencia es el peor de los venenos…

No las he visto, pero puedo imaginar vuestras miradas y vuestras muecas y quiero que lo que cuento sea compartido… Que alguna de mis palabras os sirva para liberar también vuestras angustias, para solapar vuestras risas con mis risas y vaciar desaires y lágrimas contenidas. Ser la puerta que se abre de un dique lleno que necesita soltar materia… Liberar miseria…

Y le escribo al mundo, también. Tal vez, sólo a mi mundo, para que no se rompa. Para que se puedan pegar sus trozos esparcidos vayan a parar a donde vayan a parar una vez estalle…

Espero que mis palabras sean el pegamento. Que sean como esas migas que todos dejamos para no perdernos, que sirvan para sujetarnos y saber que una vez han salido de nuestras cabezas, el miedo afloja y amanece.

Gracias


15 comentarios

A los caballeros y a los dragones


A los que me quieren. Los que me aguantan las ironías y las quejas, las miradas corrosivas, el humor casi negro y las risas socarronas. Los que me recuerdan el camino y me dan el empujón que me hace falta. Los que me esperan y me zarandean si me pongo irreverente y pierdo el norte. Los que me sujetan cuando caigo, me secan las lágrimas y me estimulan las sonrisas.

Los que me miran y me ayudan, pero en lugar de unirse a mis miserias y halagarme las virtudes, me cantan los defectos y me tienden la mano, sin dejar que me regodee en las penas, sin permitirme revolcarme en el lodo y congerle el gusto a volverme arisca y huraña. 

Los que me hacen pensar y los que me piden que, de vez en cuando, frene esa máquina incesante que tengo en la cabeza y que no para nunca. Los que caminan a mi lado y a veces saben ir delante y otras detrás. Los que ponen zancadillas y han hecho que sepa caer y levantarme. Los que se ríen cuando me equivoco, los que me buscan, los que me encuentran y los que siempre intuyen donde estoy, aunque esté perdida en un viaje interior. Los que me señalan con el dedo, para bien o para mal o para nada…

A algunos les han bastado dos minutos para bucear en mi mundo y a otros mil años arañarme el alma… pero todos han llegado a mis arterias. Los que me aguantan la impaciencia… 

A las pirañas.

A los que me han regalado su tiempo y el lujo de sus palabras, conscientes de que para mí son un antídoto para todo lo que corroe y desgasta. A los que me buscan las cosquillas para darme luego besos y a los que las buscan porque son como garrapatas… Algunos me buscan el cuerpo y otros el alma… pero todos han hecho de este pequeño pedazo de vida lo que es ahora, una contadora de historias, una adoradora de palabras, alguien que se levanta cada día para engendrar de sí misma una versión mejorada.

Los que me han herido buscando la llaga y los que lo han hecho sin darse cuenta. Los que me despedazan y los que me reconstruyen… todos han dibujado mi cara, me han dado la fuerza para sentirme más aguda, a veces más ridícula, a menudo más humana. Me han hecho crecer, caer, morir, nacer y volver con más ganas… siempre sin dejar de sentirme pequeña pero con el ansia de ser gigante, al menos por dentro, y guardar un alma grande en un cuerpo pequeño.

Los que me han visto de cerca y me han querido lejos. Los que me han temido y los que han sufrido mi garra experta. Los que pisan y los que arrastran… quedan chicos ante los que me sonríen con la mirada y me estimulan. Los que me soportan el mal genio y el sarcasmo y a pesar de eso me encuentran la gracia.

Los que me han dado un pedazo de cielo… y han recibido de mi parte sólo una migaja.. porque no siempre he estado serena, ni tranquila, ni en paz…y tengo la lengua larga.

A los que me ven hermosa en el peor de mis días.

A todos los que conociéndome y habiendo probado mi veneno aún vienen a por mí buscando magia.

A los caballeros y a los dragones.

A todos, gracias.