merceroura

la rebelión de las palabras


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Comunica con tus ojos


Dicen que el rostro es el espejo del alma y sobre todo esa afirmación se centra en los ojos. Las personas capaces de mantener la mirada transmiten honestidad y confianza. Es un gesto muy importante para establecer vínculos y dar una buena imagen tanto a nivel personal como profesional. Los ojos comunican en todo momento nuestra forma de ser y nuestra actitud ante la vida, nuestra capacidad de afrontar retos y nos ayudan a conectar con los demás.

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Cómo superar tu miedo escénico


A veces, tenemos tanto miedo que no somos nosotros mismos. Nos quedamos paralizados y no podemos ni hablar. Esos nervios son habituales y los tiene todo el mundo, incluso los oradores consagrados, son necesarios para estar alerta. Lo importante es gestionarlos y aprender algunas fórmulas para superarlos y hacer que estén de tu parte. ¿Quieres conocerlas?

 


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Tu talento no existe si no eres capaz de publicarlo


Si no sabes comunicarte no llegarás a donde mereces. El talento mengua si no se expone, si no se da a conocer y no se demuestra. Los grandes comunicadores son aquellos que transmiten emociones, cuentan historias, hacen pensar y sentir. Los que dejan huella porque al comunicar saben transmitir su Marca Personal y sus valores. Si quieres tener éxito debes saber comunicar quién eres y qué puedes ofrecer. Saber exponer tus ideas y conectar con tu público. Debes demostrar lo que vales y seducir a aquellos que te interesa que conozcan tu talento. Si no te atreves a vencer el miedo a hablar en público estás perdiendo oportunidades. No te escondas…

 

 


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Si no muestras tu pasión, no comunicas


Para comunicar y seducir debes darles a los que te escuchan una parte de ti mismo, compartir tu pasión y entusiasmo. Dejar que te conozcan y mostrarte seguro.
Cuando comuniques, cuenta historias, a todos nos gustan las historias. Que se note cómo te emociona lo que dices y cómo te implicas en ello. Y escucha, sin escuchar no se puede comunicar…


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Disfruta de tus errores


Nos comunicamos mejor a medida que evolucionamos como personas. Cuando soltamos lastre y dejamos de avergonzarnos de forma absurda de nosotros mismos. Cada vez que superamos uno de nuestros tabús o saltamos uno de nuestros muros mentales, nuestra capacidad para llegar a los demás aumenta. Madurar nos hace más transparentes, más sencillos, menos retorcidos . La sencillez comunica, conecta, seduce. Y no tiene nada que ver con la simpleza. La sencillez afecta a la forma, la simpleza al contenido. Crecer implica enriquecer nuestros pensamientos pero aprender a ordenarlos de forma sencilla, fácil. Hay mucha belleza en lo sencillo. Las formas hermosas no son retorcidas ni complicadas.

Al fin y al cabo, comunicar es transmitir a los demás lo que llevamos dentro. Conectarnos a ellos y dejarles mirar un poco en nuestras entrañas. Todo lo que no implique ofrecer a los demás una parte de nosotros mismos, no es comunicar. Sólo se conecta a través de la empatía, de encontrar con los demás ese punto de unión, ese nexo que nos lleva a compartir un espacio, un momento… Aunque sea pequeño, aunque sea corto. Si nos escondemos en el fondo de la sala, tras una columna, da igual que dentro llevemos un gran tesoro por compartir, nadie lo verá. Y ser grande por dentro debe forzosamente en algún momento llevarnos a mostrar esa grandeza. Las buenas personas supuran bondad, generosidad, madurez, ternura, energía, ganas de compartir… Lo que llevamos dentro tiene que acabar saliendo por algún lado, en algún momento… Si no tienes ganas de compartir lo que tienes ¿qué tienes?  Si te avergüenzas de lo que puedes ofrecerle al mundo es que no te quieres a ti mismo, no te valoras. Si te privas de ese amor, el más necesario de todos, no comunicas. Te limitas a ponerte ante los demás y repetir palabras. Puede incluso que gusten, puede que te aclamen,  las personas a veces tendemos a valorar los envoltorios brillantes y discriminamos todo aquello que nos cuesta conocer. Si no crees en tu discurso, no emocionas y no llegas. No traspasas esa barrera que todos colocamos cada día y que nos protege y a la vez nos aleja.

Al primero al que le deben gustar la historias que cuentas es a ti. Nadie recomienda un libro que no pudo acabar de leer y si no te soportas a ti mismo, serás como un libro que aspira a ser leído a medias. Lo digo porque cuando comunicamos no nos limitamos a ofrecer un contenido, vamos siempre más allá, explicamos cómo nos afecta ese contenido a nosotros y los que nos escuchan. Si no conseguimos encontrar ese vínculo, nuestro mensaje se pierde.

Plantarse ante los demás y contar historias nos asusta. Tenemos tanto miedo a que se rían de nosotros que preferimos cerrarnos, ocultarnos y dejar que nuestro valor y nuestro mundo interior se pudran. Y en realidad ¿de qué tenemos miedo? ¿de que se rían? Y si se ríen, ¿qué pasa? ¿qué quedará de esa risa en unas horas o en unos días?

Vamos a ponernos en el peor de los escenarios. ¿Cuál es? ¿hacer un supuesto ridículo ante unas personas que tal vez no nos conocen? Y si eso ocurre, ¿importa?

Nos han educado para no exponernos. Para pasar desapercibidos, para no brillar. Durante siglos nos han dejado claro que destacar era negativo, peligroso… Nos han dicho que es mejor callar y asentir y hemos bajado la cabeza y hemos hecho caso. Ahora, sin embargo, estamos en un momento en el que si no destacas, no llegas. No hay nada garantizado y se busca la originalidad, la autenticidad. Justo en este momento, es más necesario que nunca saber comunicar lo que llevamos dentro, cuál es nuestro talento y por qué merecemos la pena.

El caso es que al final, para aprender a hablar en público de forma efectiva hay que equivocarse y mucho. Hay que asumir que haremos el ridículo y que tendremos que superarlo y seguir. Una, dos, tres veces… Hasta que un día, dejas de temerlo y empiezas a sobrevolar la habitación en la que hablas y fluir. Cada una de las veces que te has equivocado te dan un poso especial de superación que hace que se note que “estás de vuelta” y que estás “por encima” de esos pequeños errores y que ya sólo te importa contar una historia y mostrar cómo te emociona. En ese momento justo en el que te importa más llegar a los demás que hacer el ridículo, comunicas. Y esa fuerza interior hace que incluso cuando te equivocas no sea percibido por los demás como error porque lo superas de tal forma que incluso se pone de tu parte porque demuestras tu humanidad. Los grandes sacan ventaja de sus errores. Los demás se aferran a ellos y no avanzan.

Nuestros errores son nuestro patrimonio, nuestro punto de apoyo para llegar a la meta que deseamos… Conviene afrontarlos como algo maravilloso, algo que mostrar al mundo y de lo que sentirse orgulloso y satisfecho.

Preocuparse malgasta tiempo y neuronas que podrían invertirse en prepararse mejor y disfrutar del momento.

¿Os habéis fijado en la cara que hace alguien que no tiene miedo a equivocarse? Alguien que sabe que puede pasar pero no le preocupa porque tiene claro que él es más fuerte que sus errores y que sabrá sacarles partido… Mirad sus ojos, son los de una persona que sabe, que pase lo que pase, sólo aspira a ganar, a crecer, a superarse… Porque incluso si acaba haciendo el ridículo, tomará esa experiencia y la guardará como un tesoro para aprender de ella. Siempre he pensado que los únicos que hacen el ridículo son los que nunca lo hacen. Aquellos que no se atreven a nada y dejan pasar la vida desde un anonimato triste, desde una mediocridad calculada.

¿Sabéis cuál es la diferencia entre el que comunica y el que no?  El error.

Los errores son nuestra arma más poderosa. Nos hacen grandes, enormes, elásticos. Nos ayudan a conseguir imposibles y nos convierten en expertos. El error hace del alumno un maestro y del que se esconde al final de la sala el héroe de la pista. El error nos modela y nos ayuda a volar. Lo único que necesitamos es decir sí y arriesgarnos a cometerlo.

Lo único que hay entre un gran comunicador y tú es su capacidad para superar el ridículo, la dosis de autoestima necesaria para asumir que va a equivocarse y , a pesar de todo, seguir.

Hay que ser valiente para mostrar una parte de ti cuando hablas, cuando comunicas. Dar a conocer tus emociones y decir en voz alta “soy vulnerable” y que no pase nada, que al contrario de lo que pueda parecer, los que te escuchan no se rían sino que te den la mano y te agradezcan la sinceridad. Para conseguir ser honesto cuando comunicas, hay que ser honesto contigo mismo y tener tu interior a punto de revista.

Si no nos atrevemos a mostrar lo que llevamos dentro es que pensamos que no somos lo suficientemente buenos . Cuanto más crezcamos como seres humanos, mejor nos expresaremos y más conexión conseguiremos con los demás.

Si no nos atrevemos a compartir con los demás nuestros conocimientos, si nos cuesta expresar lo que sentimos, es que tenemos una asignatura pendiente :  nosotros mismos.

Y  se trata de una asignatura básica, la más importante, la que no podemos dejar pasar nunca.

La gran noticia es que cuanto mejores personas somos, mejor comunicadores llegamos ser. Y cada vez que subimos a la tarima y nos esforzamos somos mejores…

Por eso, no cabe duda. Si vemos a alguien que convence, seduce y triunfa comunicando, podemos estar seguros de que lo único que dista entre él y nosotros es que hace tiempo asumió el reto de equivocarse, se lanzó y disfruta con ello.

Eso implica saltar obstáculos, vencer miedos y  renunciar a llevar escudos. Eso nos reclama un ejercicio de desnudez virtual, una ceremonia de reconciliación con uno mismo…

La gran ventaja de aprender a comunicar y hablar en público es que también se aprende a vivir. Comunicar mejor, nos hace mejores personas.

Dedico estas líneas a los alumnos del IES Cartuja de Granada con los que estos días he tenido el placer de interactuar y charlar sobre comunicación esta semana.  No tengáis miedo, tenéis demasiado que ofrecer como para no atreveros… Vuestros errores son un material precioso para aprender ¡Disfrutad ellos, os conducirán al éxito!


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El discurso de un líder


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Que tu discurso sea claro y directo.

No sorprendas con palabras rebuscadas, asombra por tu sencillez y humildad. Que emocione e ilusione, que levante, que haga seguir… Que llegue a la materia gris y a la amígdala. Que haga cambiar de rumbo si es necesario, que movilice conciencias si se habían quedado anquilosadas o dormidas. Que haga caer imperios sustentados en delirios y gigantes con pies de barro que pisan ilusiones…

Que tus palabras muevan musculatura y abran camino.

Emociona. Conmueve y genera movimiento. Que sea fácil seguirte, pero sabiendo que se puede ir a tu lado. Que cada frase lleve un poco de tu forma de ver la vida, que todo lo que digas lleve un pedazo de tu alma y de tu esencia. Que al leerte sepan que el texto es tuyo, que lleve tu marca y quede impregnado de todo lo que defiendes y todo por lo que cada día abres los ojos. Que invite a abrir los ojos que están cerrados.

Casi mejor que te recuerden por tus fracasos bien encajados que por tus logros, si los has conseguido solo y a base de arañazos.

Que tu discurso abra puertas, acorte distancias… Reta, conmueve, zarandea… Que tu discurso escandalice o desconcierte si hace falta, que genere preguntas, no ambigüedades. Que remueva por dentro y zarandee vidas grises y estructuradas. Que destroce rutinas y borre malas caras… Sé tan incómodo como puedas si la comodidad está matando la magia y evitando que se hagan preguntas…

No digas lo que quieren oír, diles lo que creas que puede interesarles y dilo como a ti te gustaría oírlo…

No te impongas ni te enfades si no convences. No tienes la razón en todo… Cuida tus gestos. Aguanta la mirada, pero no desafíes, ni menosprecies. Reconoce méritos y agradece esfuerzos. No busques el aplauso, busca el consenso y la complicidad.

Habla en presente, sé imperativo, pero no autoritario.

Que sepan que no hay tiempo que perder, pero que tampoco hay prisa que les obligue a dejarlo todo por ti, ni por satisfacer tus exigencias. Que queda margen para sus opiniones, que te importan sus opiniones, que sus palabras pueden cambiarte y modificar el recorrido de tu camino, aunque tienes claro a dónde vas… Recuerda que hay muchas formas de llegar y que, a veces, para no llegar solo hay que dar algún rodeo…

Que escucharte les haga sentirse reconocidos. Que les haga respirar hondo y ser optimistas. Que tu discurso les acerque a las soluciones y no a los problemas. Que les estimule a buscar oportunidades… Que les deje claro que el camino está por pisar y repleto de grandes momentos.

Habla en primera persona del plural y mételos en tu círculo.

Involucra. Que sepan que te importan y que están involucrados en tu futuro. Que ellos deciden su futuro.

Que a tu lado surjan dudas, no importa si también se despiertan las ganas de despejarlas.

Que a tu lado se despierten temores no importa si reconoces tú también los tuyos y ayuda a disiparlos.

Que a tu lado muchos levanten las alfombras para sacar miserias escondidas o dejen salir a los monstruos de debajo de la cama… Que los armarios se vacíen de fantasmas y las esquinas de esperas eternas… Poco importa que revivan sus miedos, si con tus palabras y tu ejemplo ayudas a que se atrevan a mirarles a la cara.

Poco importa que cuando hables algunos construyan muros de ignorancia o prepotencia,  si lo que dices sirve de puente para los que desean cruzar y dejar vidas sus vidas a apagadas.

Dí lo que piensas, no ocultes lo que sientes… Demuestra tu vulnerabilidad.

Eres humano y falible. Eres vulnerable y eso no te hace menos fuerte. Que vean en cada unos de tus gestos la honestidad que predicas, que sepan que también lloras, que sepan que también te duele, pero que cuando te caes te levantas… Que sepan que caes a menudo y que no pasa nada.

Que cuando hables, no se te olvide decirles que eres uno más. Que un día estabas en su lugar y buscabas respuestas, que no las tienes todas, que  cada vez te surgen más preguntas y que cada vez son más complicadas.

No olvides que ellos son como tú.

Tú estás a su altura y ellos a la tuya. Recuerda que pueden vivir tu sueño y participar de él, pero que tienen los suyos propios. Pregúntales por ellos e interésate por cada detalle… Recuerda siempre que tienen sus vidas y cada uno su forma de enfrentarse a sus miedos… 

No olvides tampoco tus miedos e inquietudes cuando les hables y ten presente cómo los has superado.

Ten presente hacia dónde vas, pero sobre todo, recuerda quién eres y de dónde vienes. 


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Comunica y seduce


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Para comunicar hay que darle a quién te escucha una parte de ti mismo. Para llegar a las personas y saltar barreras no basta con decir las palabras idóneas y dar una información rigurosa. Para eso están los libros. Cuando comuniques, cuenta una historia. Emociona a tu público y que se note cuánto te emociona a ti lo que dices. Que se vea lo que deja en ti cada palabra. Que sepan que eres humano e imperfecto. Que se den cuenta de que estás implicado hasta las cejas en lo que dices… Sé uno con el mensaje.

Mira a los ojos cuando hables. No te dejes a ninguno. Que sepan que no son una masa informe sino un grupo de personas que te importan una a una. Que se sientan reconocidos y apreciados. Que sepan que son necesarios e imprescindibles. Que recuerden que son únicos…

Si te atreves, pregunta, interpela. Sonríe con la mirada y si lo tienes, usa el sentido del humor con cautela. 

Cuando comuniques no olvides nunca quién eres. Habla desde tus valores y principios. Ofrece tu visión de lo que cuentas y personaliza tu discurso. No des demasiados datos porque aturden. No prescindas de ellos tampoco, que no parezca que no te preparas a conciencia.

Sé coherente y honesto. La sinceridad convence más que nada. Recuerda que la mentira se huele desde lejos. Si mientes o no eres sincero del todo con lo que dices, te delatarán tus ojos o tus manos. Somos nuestras palabras, pero también nuestros gestos y muecas, a veces, descontroladas. Nuestro cuerpo usa un lenguaje paralelo. Si coincide, arrasas. Si difiere, incluso el menos docto de tu audiencia sabrá que mientes y todo habrá terminado. Nunca subestimes a las personas a las que te diriges.

Hazlo fácil. Cuando te hablen, no te concentres en dar una respuesta, escucha sus palabras. Que lo que te dicen sea importante, que se note que te importa.

Guíate por tu intuición, pero antes de dar un paso, piensa si pisas o arañas a otros, si en tu camino dejarás migas de resentimiento o invadirás perímetros que otros no quieren que cruces.

Cuando hables de tú a tú y en distancia corta, que lo que salga de tu boca sea hermoso. Si lo que vas a decir duele, busca una forma amable. Si no puedes callar, no calles. Las palabras acumuladas en el pecho se vuelven rabiosas y se convierten en pirañas. No tragues palabras, si no puedes callarlas, intenta que sean sabias y mejoren el momento.

Si lo que dicen otros te hace daño, disculpa su torpeza, tal vez no sepan más. Si saben más, diles que te duele, intenta que lo sepan y pregunta el por qué de sus términos. Si no les importa… ¿Por qué va a importarte a ti lo que digan? Deja que sigan su camino…

No busques excusas, admite errores y lagunas. Aprende de tus pequeños desastres y atesora los grandes para el gran libro de tu vida. No brindes demasiadas explicaciones si no hacen falta, parecerá que buscas coartadas. Y date cuenta de que no eres el centro del mundo. Aunque eres enorme si quieres y aún puedes ser mejor si te lo propones… 

No te creas ni mejor, ni peor. No te hundas, ni te subas al pedestal. Sé uno con tu público. Busca su registro y el lenguaje adecuado para dirigirte a ellos sin traicionar tus formas. Ponte a su altura, pero siéntete distinto. Sé distinto. Busca qué te hace diferente y no lo escondas. Muéstralo, difúndelo, haz que forme parte de la huella que dejas. Recuerda que tu marca personal está impresa en todas tus acciones y está siempre en constante evolución contigo. No seas un logotipo. No te estanques con cuatro premisas sobre ti mismo y acabes confundiendo un medio con un fin. Supérate siempre…

Si tienes que leer una parte de tu presentación, que el papel te sirva para sujetarte y no para envolverte. Úsalo para dar rigor a tus datos. Que sea sólo un recurso. Que puedas soltarlo y seguir sin inmutarte y que sepan que puedes hacerlo cuando quieras.

Mántente erguido, pero no tenso. Suéltate y respira hondo… Deja que el discurso fluya por todo tu cuerpo. Gestiona tus silencios porque marcan tus prioridades, porque dan calado a tu discurso y mejoran tu oratoria. Siente las palabras y piensa qué dices. Marca tus frases y huye de la monotonía. La fluidez convence y la energía seduce.

Que tu discurso sea corto e intenso. Deja con ganas, no hartes. La seducción depende también de no mostrarlo todo de golpe. Deja que imaginen qué más puedes ofrecer, que te busquen, que te reclamen de nuevo.

Arriesga un poco cada vez. Prepara tu riesgo. Ten claro qué vas a decir y busca un hilo conductor para todos los temas que deseas abordar. La improvisación es necesaria, pero debe tomarse a pequeños sorbos, en un margen controlado… A partir de ahí, sube tu listón cada día. Recuerda que sólo se aprende si te pones a prueba, si te expones al fracaso. Haz que tus fallos sean puntos de apoyo.

Piensa en los grandes. Sé tú mismo, pero recuerda qué hacen y cómo lo hacen aquellos que consiguen lo que tú deseas. Aduéñate de sus conocimientos y reconoce siempre sus méritos y autorías. Copia lo bueno y difúndelo. Una vez hayas aprendido de los mejores; innova, crea, arriesga… Los grandes oradores se saltan muchas normas porque su autenticidad está ya fuera de duda.

Sé tú, siempre. Recuerda que es mejor equivocarse siendo tú mismo que acertar intentando ser otro porque te quedarías sin entender la moraleja.

No tengas miedo, todo pasa… Brilla, brilla todo lo puedas como si cada vez fuera la única…

Y ama ese momento… Disfruta, disfruta mucho. Eso se nota y se contagia. Contagia tu entusiasmo…