merceroura

la rebelión de las palabras


24 comentarios

Cicatrices


Tengo una nueva cicatriz. Tiene forma de sonrisa cansada. Surca mi piel y mi pasado. Posee la belleza de lo roto, de lo cosido y de lo remendado. Sé que estará ahí para siempre para recordarme que es el final de una batalla ganada. Para que cuando la mire y siga su cauce con mi dedo índice recuerde que pude, que supe, que tuve el valor, que cuando confío soy un ser mejor, capaz de todo. Para que sepa que los momentos más oscuros preceden a la luz más intensa, que sé manejarlos porque aprendí cómo hacerlo andando a tientas, con un miedo atroz pero con ganas infinitas de arrancármelo de dentro y buscando la manera de poder continuar sin parar… Para que me vengan a la cabeza de repente todas las palabras que he tenido que usar para sobreponerme y sobrellevar la situación. Para que no me pierda, cuando el pánico me invada los sentidos y la noche sea muy larga… Las noches largas están llenas de momentos en los que ese tú más cobarde te roba los sueños y las ganas y los sustituye por pesadillas y desesperanza.

Esta cicatriz será un refugio, un hatillo de palabras y pensamientos amables, destinados a confiar en mí y en mi capacidad de encontrar la moraleja que subyace en las cosas, el lado bueno, el chiste malo que te ayuda a limar las aristas que se clavan en ti cuando algo va mal…  Será un amuleto para alejar la tristeza y cauterizar el dolor… Será un antídoto contra la desgana y el miedo de afrontar, de seguir… Será el espejo en el que mirarme cuando me caiga, un espejo donde mi imagen siempre estará de pie, con cara de victoria y dignidad infinita.

Será  como una medalla que recuerda la carrera luchada. Una barandilla en la que sujetarse para no caer y mirar al mar y al mundo con unos ojos renovados. Para ahuyentar a los fantasmas que a veces nos rondan y buscan nuestras rendijas para colarse dentro y decirnos que no podemos, que no sabremos, que no llegaremos…

Mi cicatriz será el punto de partida de un mapa nuevo en mi cuerpo, un mapa que lleva a mí misma, sin más cimas que las que yo dibuje, sin más mares que los que me atreva a surcar para llegar a mi sueño. Y cada vez que la mire, sabré que he llegado. Más cansada, más dolorida, más gastada por el uso de mis días, pero infinitamente orgullosa de haber soportado la presión y ganado la batalla.

Me recordará cómo he cambiado para soportarlo. Cómo he tenido que inventar historias hermosas para llegar sin partirme en dos, cómo me he sujetado a mí misma para no caer en un marasmo de angustia y perder mi norte… Me recordará que yo tengo la brújula y marco el camino. Que cuando quiero soy grande, enorme, increíble… Que todos los somos si queremos y lo creemos.

Y le daré las gracias. Por estar. Por existir. Por encontrar en mí la prueba definitiva de que estoy viva y a punto para continuar.  Por marcar un punto y parte en mi camino, una cordillera que separa lo vivido, un antes y un después en mi aprendizaje, en la necesidad de conocerme y amarme. Daré las gracias por la oportunidad de darme cuenta de cómo cambia el mundo cuando tú cambias para poder estar a la altura, para no caer al vacío. Por todo lo que aprendí mientras luchaba por no dejarme llevar por el miedo en un camino oscuro y largo… Daré las gracias por la vida, por notar el sol y al aire y el peso de mis pies en la arena de esa playa que me busca cuando no la visito.

Aquí estoy, me diré, zurcida como un calcetín, remendada como las redes de pesca para salir al mar… Para poder seguir dando gracias, asida a la vida con ganas porque es el material más precioso y deseado. Con rendijas y recovecos, más fuerte, más suelta que nunca… Más sólida y a la vez más ingrávida… Más yo que nunca.

Y ya nada será igual. Y si en algún momento flaqueó y se me olvida lo bella que es la vida, surcaré mi cuerpo menudo para buscarla. Será mi remedio contra la estupidez pasajera, contra la bobada máxima, contra todos los domingos por la tarde de ñoña y desgana… Para que me cuente cómo pasó, para que me recuerde cómo lo conseguí, para que me ate a la vida y me quite a golpe de realidad todas la tonterías que acumulo en la cabeza.

Para que no vuelva sobre mis pasos y pierda fuerza.

Para que no pierda la confianza…

Para que nunca más corra el riesgo de olvidar quién soy.

Nuestras cicatrices están ahí para recordarnos el camino vivido, el recorrido de la evolución que hicimos en nuestras horas más bajas… Para que sepamos para siempre que saltamos, que fuimos capaces de agarrarnos con fuerza a nosotros mismos y vencer al gigante. Con miedo, con recelo, con los ojos llorosos y el corazón casi encogido, tal vez, pero lo que cuenta es el gesto, el ánimo, el salir de la cueva para ver el mundo aunque sepamos que en el mundo nos aguardan momentos duros… Saltar sin saber con certeza si hay suelo… Andar hasta quedar agotado sin conocer cuántos kilómetros quedan para la meta. Confiar…

Ahí estoy ahora. Con un nuevo trofeo de vida que me surca y me dibuja de nuevo… Yo misma, un kintsugi humano, una muestra de ese arte japonés que repara lo roto y agrietado con polvo de oro porque cree que así es más hermoso… Porque le da valor a todo lo que te marca y te deja huella. No hay duda, soy más hermosa, porque nada hay más hermoso que estar vivo…

Gracias.

GRIETA


12 comentarios

El lado asombroso de la vida


tarro-girasol

A menudo, me doy cuenta de que he perdido mucho tiempo pensando en el pasado. Dando vueltas y más vueltas a ideas repetidas y recalentadas. Sin tener el consuelo de buscar en ellas nada nuevo, sin esperar respuesta, sin aspirar a añadir nada que, terminado ese proceso, fuera a ser útil.

Recordamos mal, a veces. Nos abrimos las heridas sin compasión. Rememoramos las palabras más terribles que nos han dicho, las sensaciones más espantosas, las emociones más lacerantes… Y nunca extraemos de ello algo bueno, porque nos quedamos con el dolor sin ir más allá. Nunca revivimos el momento desde la distancia, como narrador y no como protagonista. Nunca pensamos “pasó y fue duro pero estoy aquí y lo he superado”. Nos engancha eso de sufrir, a veces. Suena mal, ya lo sé pero ser víctima de algo o de alguien es una experiencia dura pero cómoda. Y lo siento porque no está bien generalizar. Hay muchas víctimas reales que luchan por no serlo… Sin embargo, en muchas ocasiones, nos gusta saltar al lodo del recuerdo y rememorar ese dolor. Y ensuciar con él todo lo que rodea nuestro presente. Y aunque hayamos superado el tema, al revivir esas emociones terribles y dejar que nos desborden sin ponerles límites ni malearlas, ni gestionarlas, ni reconocerlas, dejamos que vuelvan a herirnos. Es como si cada vez que recordáramos un accidente nos lanzáramos contra el muro para partirnos la ceja o rompernos la cara y conmemorar la ocasión.

Dicho así parece un ejercicio bárbaro. Si lo hiciéramos físicamente, nos asustaríamos a nosotros mismos. Sin embargo, no dudamos en hacerlo emocionalmente. Ponemos en riesgo nuestra salud emocional y, en consecuencia, física, aferrándonos a nuestras tragedias. Y sobre todo haciéndolo como el primer día, con ojos de sorpresa, con dolor, con miedo, sin superarlas, sin ganas de oponer resistencia a esa sensación que nos hace sentir como carne de cañón a merced del destino… Nos impregnamos de pasado y de sus males sin tomar distancia, sin ser capaces de aceptarlo con ojos de persona madura que ha sobrellevado esa experiencia y la ha superado. Viajamos a otro tiempo sin ponernos el chubasquero de la madurez, sin llevar en el equipaje nuestras nuevas herramientas de persona evolucionada, sin saber  por qué ni con intención de cerrar página.

Miramos a nuestros miedos desde abajo. Regresamos al pasado siendo niños y descubrimos el pecho ante los fantasmas, nos empequeñecemos ante lo que pasó…Volvemos a repetir aquel comportamiento que nos llevó al llanto, a quedar paralizados, a salir corriendo sin afrontar.

Perdemos la perspectiva. A veces, porque es difícil dejar de visitar esas lagunas que tenemos en la mente donde parece que no ha pasado el tiempo, esos recuerdos que tenemos guardados en una parte de nuestra cabeza y que nos hacen saltar como tigres cuando algo activa nuestros dolores pasados…

Otras veces porque nos han educado para que sufrir sea una especie de mérito. Como si por el hecho de regodearse en tu miseria fueras a ganar puntos para conseguir una gloria que tendrías vetada si nadie te pisa o hace sentir mal. Por eso, muchas veces, cuando conversamos, acabamos protagonizando con otros competiciones para descubrir quién lo ha pasado peor en su vida o es más desdichado.

Lo que cuenta no es el sufrimiento, es la alegría.

Estoy deseando el día que en una de esas conversaciones alguien diga… No quiero hablar del mi dolor sino de lo que conseguí gracias a superarlo. De mi evolución. De lo feliz que soy porque me convertí en una persona increíble saltando obstáculos… Porque cuando recuerdo lo que pasó, me veo enorme, gigante… Miro al niño que fui y le abrazo y le digo que podrá y que descubrirá cómo salir del laberinto. Porque no viajo mucho al pasado pero cuando lo hago, sonrío. Se me dibuja una sonrisa en los labios porque me veo ahora y me doy cuenta de que he caminado mucho y soy un superviviente. Porque estoy aquí gracias a mi esfuerzo y el de muchas personas que me han ayudado a ser como soy… Algunas queriendo, otras intentando lo contrario, pero no hay rencor. Hay gratitud. Hay ganas de seguir y olvidar. De engancharme al lado bueno, al lado que me hace crecer y sentir bien conmigo mismo… Al lado hermoso de la vida, a es parte preciosa que tiene todo lo que duele una vez lo superas, aunque parezca imposible…

Como si tuviera metidos los recuerdos en tarros y durante mucho tiempo, después de acumular dolor y pensamientos tristes, hubiera conseguido cambiarles las etiquetas. Cambiar las palabras que asocio a mi vida para cambiar la imagen y las emociones que la habitan, para ser capaz de ver su lado mágico, su lado sorprendente, su lado asombroso.

Donde ponía “el día que me humillaron en la escuela” puse “ cuando descubrí mis superpoderes”.

Donde había escrito “mis monstruos” ahora pone “mis motivos”.

Y me acuerdo de que el tarro que lleva escrito “el amor de mi vida” era antes uno donde ponía “esa chica que siempre me lleva la contraria y no sé por qué”.

Encontré un tarro con la etiqueta “aquella vez que estuve en el hospital muy grave” y recordé que “allí conocí a quién sería mi mejor amigo”.

Donde estaba mi sueño perdido de “ser piloto” por problemas de visión, hay una pegatina muy divertida que pone “soy pediatra y adoro lo que hago”.

A algunos, lo reconozco, me costó cambiarles la etiqueta porque habían sido golpes duros de esos de los que no acabas de reponerte nunca y siempre te hacen saltar las lágrimas. Aunque, a pesar de ello, también los reescribí…

Donde había escrito “Carlos se fue” ahora pone “tengo un ángel de la guarda” y una de las etiquetas más complicadas de reescribir… “Quimioterapia” que ahora se llama “batalla ganada”.

Tal vez sea un iluso, un ingenuo, un loco, pero me gusta verlo así. Doy gracias por ser capaz.

 

 

Si quieres más información de mi trabajo, te invito a entrar en mi web.

Acompaño a personas y organizaciones a desarrollar todo su potencial a través del coaching, el mentoring y la Inteligencia Emocional. 

 

www.merceroura.es 


8 comentarios

El juego de los contrarios


Propongo un ejercicio complicado, aunque muy útil. Lo practican los sabios, los que saben a dónde van y los que deciden escuchar esa voz interior que les hace de guía. Es un ejercicio para faltos de rencor y personas capaces de seguir y perdonar… Para aquellos que no esperan permiso de los demás para ser felices.

A partir de ahora, cuando te humillen, les dedicarás una sonrisa. Y cuando te digan que cansas, bostezarás para ser cómplice de su cansancio. Demostrarás que no te duelen ni te arañan, que no te sobran aunque digan que les sobras, porque estás por encima de su juego de menosprecios y batallas. Porque no te crees ni por un momento sus desaires de reyes flojos que necesitan imponer y mandar para conseguir respeto.

Cuando te nieguen, les dirás que sí con ímpetu y les abrazarás con fuerza para que noten tus ganas de aceptarles como son, a pesar de sus miradas sin vida para decirte que no cuentas, que no sirves, que no te buscan y que se desesperan si te encuentran. En realidad, no va contigo, va con ellos… Están perdidos, y el niño chico que les habita da golpes al muñeco para descargar sus frustraciones…

Busca para ellos una palabra hermosa y repítela millones de veces, para que cuando su oscuridad sea infinita tengan algo a lo que agarrarse. Sé su guía para encontrar la dignidad que pierden cuando creen que te la roban a ti… Para que puedan construir un mundo a partir de una pequeña idea. Para que tengan un sueño y les cambie la vida…Para que deseen ser mejores y lo consigan.

Dales las gracias, y cuando te miren con desgana, regálales besos y flores. Diles cuanto valen, que merecen cuanto sueñan y que hay momentos en que, cuando no están de pose, casi brillan si no fuera por sus ganas de pelea.

Se les pasarán las ganas de llamarte loca, porque reirás con entusiasmo de tanta falta de tacto, tanta falta de cordura, tanta necesidad de cariño por su parte, tanto miedo escondido tras una careta de orgullo. Tanta flojera oculta en cada golpe sobre la mesa…

Cuando te adviertan, les recordarás que a veces te rondan. Cuando te aparten, te quedarás a primera vista, para que sepan que sigues a su lado, que les observas y que te necesitan, que tú resistes más que ellos porque te quieres y aceptas. Que no necesitas morder para saber que estás viva, que no necesitas rebajar a otros para sentirte por encima… Ya estás por encima, porque amas.

Cuando te rehuyan, llénales de besos, ponte pesada y cariñosa. Les devolverás la risa, el sueño, el placer, el rezo y las ganas de seguir caminando por este sendero revuelto.

Cuando te suban la voz, dedícales un jadeo, un gemido que les recuerde que habitas tus días y noches, que existes, que reinas. Y hazlo con alegría, con ganas, sin perder ese semblante sereno que siembra tus ojos y hace que brillen tus pupilas porque sabes que puedes y te conoces. Porque hace tiempo descubriste que te querías y valorabas y que no eras mejor que nadie… Sino mejor que tú misma, cada día.

Si te giran la cara, ríe o busca la suya y que te brote de dentro un “buenos días” convencido. Que noten que no te achicas ni pierdes comba cuando susurran. Que cuando ellos pisan, tú sobrevuelas. Que cuando ellos murmuran, tú cantas y espantas tus fantasmas, ya cansados de buscarte y ver que no te asustan… Porque te tienes y contigo hay un batallón de personas que como tú saben que nunca tendrán frío si les arde el alma… Que han aprendido a vivir de cara y encajan los malos momentos sin ir a la deriva. Personas que saben querer y tender la mano si hace falta.

Cuando te cierren la puerta, llama de nuevo o busca la ventana. Ellos no deciden si entras o sales. No dibujan tu vida. Y al entrar, busca tu mejor sonrisa. Que el entusiasmo te esculpa, que te salga por los poros la guasa… Y hazlo sin acritud, no como venganza sino como caricia, no como huracán sino como brisa… No como castigo sino como juego. Un juego de contrarios que poco dura, al final. Ellos siempre desisten si no te inmutas. Siempre caen, si tu no caes. Siempre se desesperan si tú no te desesperas. Siempre cambian de rumbo y buscan otra presa, porque tú no eres presa ni víctima. No sigues el destino que han designado para ti. Porque ellos necesitan vivir sus vidas a través de las miserias de otros y de generar angustias. Porque están siempre pendientes de los demás y sus existencias están vacías… Porque han vivido para denostarte y sólo pueden conseguirlo si tú se lo permites… Y tú, vives por ti y de contagiar una alegría que te desborda. Porque tú reinas en cada paso y hace tiempo que asumiste que no importa lo que te pasa sino la forma en que eres capaz de sobrevolarlo…