merceroura

la rebelión de las palabras


3 comentarios

Cuando dar es recibir


 

 

 

No es ni siquiera por lo que das, es por lo que agradeces… Es por lo que eres, es por la maravillosa sensación de sentir que mereces, que lo hermoso está en tu vida y en ti. Por mirar alrededor y ser capaz de ver la belleza en cualquier rincón y sentirse tocado por algo más grande que tú, algo compartido, algo precioso que sólo ves cuando decides ver y sólo tocas cuando primero decides que puede ser tocado.
Es la sensación de dar la vuelta a tu vida en un segundo y ver que llueve y sentir la lluvia, en lugar de añoranza del sol… Sentir que casi no cabes en ti mismo porque tu grandeza no se mide, ni tasa, ni encierra en una habitación… Es reconocerla y sentir que la compartes, que cada paso que das adelante es un paso colectivo. Que los que te rodean están igual que tú pero tal vez algunos no se han dado cuenta de lo mucho que valen y pueden aportar. Y tu mirada tal vez se lo haga evidente y puede confortarles si lo desean.
No es para que te den las gracias, es porque sientes la gracia de poder dar y compartir. De acercarte a otro y abrazar su dolor o su tristeza sin dejar de ver su poder, su capacidad, su fortaleza… Mirar al ser humano y no a la circunstancia y compartir desde ahí, no una limosna sino algo que esa otra persona merece de pleno derecho y que temporalmente estaba en tus manos…
Desde ahí se da con toda la consciencia y las consecuencias y lo que se recibe es inmenso, indescriptible, inconmensurable, imposible de definir con palabras… Tiene que ser sentido. Es la inmensa gratitud del que da y nota que no pierde nada, sino que multiplica, que comparte, que devuelve la coherencia y el equilibrio a tu vida porque se siente pleno.

Das porque amas y mientras lo haces recibes mil veces más. Das sin esperar nada porque te sientes tan pleno que no necesitas más. Das acompañando, no desde arriba, como quién se siente superior. No desde abajo, como el que espera ser reconocido y valorado y pide migajas. Das porque eres abundancia y sabes que lo que das está en ti, que lo creas y fabricas y quieres compartirlo, necesitas compartirlo porque sabes que no es sólo tuyo…

Das como algo natural que se deriva de tu condición de ser humano que se siente afortunado, agraciado, que se respeta y se valora, que se conoce y sabe cuál es su lugar.
No es lo que das, es para qué. No para que se sepa, ni se note, ni se te devuelva… Das porque no puedes evitar compartir esa sensación deliciosa de saber que hay para todos, pero no a todos les está llegando y necesitas que pase. Das porque no se trata solo de dar un pedazo de pan ni unas buenas palabras, sino de recordarle a otro ser humano que lo merece, que también es suyo, que no es lo que le pasa, es lo que es… Que su valor está fuera de duda y ahora no lo recuerda, pero merece lo mejor de la vida.
Das porque sientes una gratitud inmensa dentro de ti que pide ser contada y explicada, compartida…
Notas cuando das de verdad, sin artificio, sin pompa ni foto, porque recibes más siempre. Porque te transformas, porque no sientes que pierdes sino que ganas mucho más… Porque repones reservas de entusiasmo, de alegría, de gratitud y de paz de forma inmediata… Porque te sientes inmensamente rico sin tener que comprobar tus cuentas, porque te sientes inmensamente amado estando contigo, porque no piensas que nada te falte…

Vamos por la vida mirando con recelo a los que la comparten con nosotros. Algunos conocidos, otros todavía por conocer. Juzgamos a los demás a través de nuestros miedos, nuestras creencias y nuestras propias limitaciones. Les ponemos etiquetas y les exigimos todo aquello que a veces nos duele tanto exigirnos a nosotros mismos. Nos proyectamos en ellos y les pedimos que nos salven, que nos escuchen, que nos curen, que nos hagan sentir valiosos, que nos respeten… Les pedimos que hagan aquello que a veces no somos capaces de hacer por nosotros mismos, que cubran el vacío enorme que llevamos dentro, que sean la solución a nuestro dolor y el refugio seguro ante nuestro miedo atroz a no llegar, a no parecer, a ser desterrados y no pertenecer… Cuando en realidad, la magia llega cuando hacemos todo lo contrario. Cuando les miramos como soñamos ser mirados, cuando les escuchamos como necesitamos ser escuchados, cuando les damos la oportunidad que no nos damos y tanto merecemos… Cuando les contemplamos sin esperar ni medir, cuando al juzgarles nos damos cuenta de que habla nuestro resentimiento y nuestras creencias y no nosotros mismos y decidimos esperar para conocer… Presumiendo inocencia y cambiando la percepción que tenemos de todo lo que nos rodea. 

Escatimamos incluso nuestro talento porque nos parece que compartirlo es  perderlo, porque tenemos la sensación de que lo podemos perder o lo se pueden aprovechar de él y eso atenúa nuestro brillo… Como si la luz que somos se apagara al usarla para alumbrar a otros y ver que encienden la suya… Como si su luz nos eclipsara. 

Vamos por la vida esperando que otros nos den lo que creemos necesitar cuando en realidad la única forma de conseguirlo es ser nosotros lo que buscamos. Ser nuestro pilar, nuestra fuerza, nuestra alegría, nuestra esperanza y compartirla. Convertirnos en lo que buscamos, ser nuestra propia solución y aportarla… Contagiar aquello de lo que esperamos ser contagiados. Ser la música que deseamos escuchar. 

Dar lo que deseamos recibir porque nos sentimos tan plenos que sabemos que no nos falta. Agradecer lo que vemos, lo que somos, lo que está en nuestra vida… Dar para ser y no para tener, porque reconoces que ya eres eso que buscas y anhelas, porque no esperas que otro te dé lo que tú ya llevas dentro. 

Hace un rato, alguien me contaba una buena noticia. El final de un proceso doloroso, ganado a pulso, superado, vivido como un camino largo pero lleno de esperanza… Y le daba las gracias por ser ejemplo, por ser vida y compartir la vida… Porque cada vez que uno de nosotros da un paso adelante y sube un peldaño más en esta complicada escalera de la vida, lo subimos todos… Cada vez que compartimos, recibimos. Cada vez que somos lo que realmente somos, estamos haciendo camino para que otros sean y ellos a su vez también nos hacen el camino… 

Esta capacidad de dar se concibe solo desde el amor a uno mismo, la autoestima de saberse pleno y permitirse ser, de darse a uno mismo lo que ama y merece, de pensar en lo que se necesita y dedicarse tiempo. Sin ese paso previo, es casi imposible dar y agradecer a la vida lo suficiente como para compartir toda la belleza y abundancia que hay en ella. Para dar hay que sentirse lleno, próspero, amado, respetado, inmenso, repleto… Si no es así, el maravilloso ejercicio de compartir se convierte en una transacción pura, en un intento desesperado de hacerse notar y demostrar algo, de conseguir respeto ajeno, de esperar algo a cambio…

Cuando das porque deseas dar, todo regresa, todo se expande… Nada te hace sentir más tu verdadera grandeza que dar desde la gratitud del que sabe quién es y lo mucho que merece… Del que comparte porque necesita que otros sientan ese mismo amor por la vida… Nada te hace tan grande como la humildad de compartir lo que eres sin esperar nada más que la maravillosa sensación de sentir que compartes. Justo en ese momento mágico, te das cuenta de que desde ese lugar de gratitud inmensa, dar es lo mismo que recibir. 

Nada, nada transforma tanto tu vida. 

 

Gracias por leerme… Escribo sobre lo que siento o he sentido y el camino que he hecho hasta llegar aquí (aunque todavía estoy a medio camino de algún lugar). En este camino he aprendido poco a poco a aceptarme y amarme (aún me falta mucho, soy consciente).

 

Si quieres saber más de autoestima, te invito a leer mi libro “Manual de autoestima para mujeres guerreras”.

 

En él cuento como usar toda tu fuerza para salir adelante y amarte como mereces y dar un cambio a tu vida… Ese cambio con el que sueñas hace tiempo y no llega.

 

Disponible aquí 

 

amazon llibre merce amazon

 

Si quieres saber más de mí, te invito a entrar en mi web y conocer lo que hago. Acompaño a personas y organizaciones a desarrollar todo su potencial a través del coaching, el mentoring y la Inteligencia Emocional. 

 

www.merceroura.es 

 

Tengo un programa para ti para poder tomar decisiones y salir de bucle en que te encuentras. Un entrenamiento para hacer una transformación duradera en tu vida y ver resultados.

 

Consulta aquí 

 


8 comentarios

Eres más grande de lo que imaginas…


diente-de-leon-globo

Vivimos en un universo que nos parece tangible, puramente físico y material. Nos pasamos la vida necesitando tener, poseer, acumular. Y la vida, remolona y silvestre, encuentra la forma de demostrarnos que todo lo que soñamos que es nuestro, en realidad, se puede esfumar en un segundo. No tenemos nada más que lo sentimos…

Cuando nos preguntan quiénes somos, a veces respondemos con nuestra profesión, con nuestro cargo, con nuestras posesiones… Pocas veces con nuestra pasión, nuestro sueño, nuestro empeño. Confundimos el medio con el fin, la posesión con la felicidad, la necesidad con el reto.

No sabemos quiénes somos porque no tenemos clara cuál es nuestra misión o preferimos no saberlo porque eso nos apremiaría a darle un zarandeo a nuestra vida. Aunque lo obviemos, aquello para lo que estamos aquí de paso siempre está ahí, latiendo y buscando la forma de que nos acerquemos a ello. Porque es lo que nos revuelve por dentro, lo que nos llena tanto que haríamos sin pedir nada a cambio.

Cada día que pasa sin hacer lo que nos conmueve por dentro es un día que nos alejamos de nosotros mismos. Cada minuto  que pasa sin que actuemos conforme a nuestra esencia es un tiempo perdido, una distancia entre lo que somos y lo que podemos llegar a ser para sentirnos bien con nosotros mismos.

Si no amamos cada segundo que vivimos, desperdiciamos cada segundo.

Muchas veces porque lo que hacemos para acercarnos a nuestros sueños, a nuestros objetivos, no se toca, no se escribe en un expediente, no se evalúa ni forma parte de un ranking, ni se puede reflejar en el curriculum.

Nos obsesiona tanto el resultado que abandonamos a medio camino para buscar otra meta asequible y acariciable. Y nos conformamos con un sucedáneo de nuestro sueño, porque estamos muy impacientes por saborearlo, por tenerlo, por mostrarlo al mundo y conseguir que nos crea dignos de él que bajamos el listón y recortamos expectativas…

A veces, no perseguimos sueños porque nos hagan sentir felices o enteros como seres humanos, sino porque esperamos la gloria de ser merecedores de ellos. Esperamos que nos reconozcan y nos admiren por nuestros logros para recoger esa admiración ajena y transformarla en autoestima. La autoestima que nos falta, la confianza que no tenemos en nosotros mismos y que pensamos que llegará con el éxito exterior, con el premio del público, con la medalla, con el reconocimiento.

Y si llega, se marcha, siempre.

No llena el vacío porque no nos encuentra preparados para abrazar ese amor que en el fondo creemos no merecer, porque si no ya sería nuestro… Porque el único mérito canjeable por autoestima es interior. Es el trabajo diario de crecer y superar obstáculos. La única carrera que nos reportará felicidad es la que caminaremos hacia nosotros mismos. Porque no necesitamos demostrar nada a nadie más que a nosotros. Porque en realidad no necesitamos tocar para creer. Sin ese paso previo hasta abrazar nuestra esencia y amarla, no habrá camino que nos lleve a nada, no habrá galardón que nos convenza de nuestro valor…

Lo sé, no es fácil. Creo que no lo es casi nunca, porque si fuera fácil no implicaría un aprendizaje. Sólo lo es cuando ya está superado, cuando ya se ha integrado en nosotros. Entonces lo que antes tardaba una eternidad de noches haciéndonos preguntas sin respuesta, entra por la puerta sin aspaviento… Cuando no lo necesitamos para demostrarnos nada, llega sin avisar, en abundancia, con ganas…

A menudo, actuamos con nosotros como actúa el mundo. Si no probamos el oro de la medalla, no nos sentimos dignos. Si no podemos comprar la casa que nos gusta, no nos creemos merecerla. Aunque el camino real es la inversa…

Nos valoramos por lo que nos dicen que somos y parecemos. Aceptamos esa mirada corta y desdibujada. Aunque somos tan intangibles como el universo. Elásticos y etéreos, inconmensurables, inabarcables, incalculables, grandiosos, ilimitados, gigantes…

Hay algo maravilloso en lo que no se toca… Y es que nunca para de crecer y expandirse. Nunca para de cambiar y evolucionar. Lo material, que a su vez es pura energía aunque no lo parezca, se queda corto, pequeño, limitado… No porque lo sea, puesto que puede ser inmenso, sino porque al mirarlo, nuestros ojos cansados  y cerrados a la oportunidad de verlo cambiante y desmaterializarlo, no lo dejan crecer.

Las cosas son como las vemos. La intención con que miramos determina qué vemos y cómo lo vemos.

Nuestras pupilas abren mundos y los cierran continuamente según cómo se posan a nuestro alrededor. La actitud con que miramos decide en qué se convierte lo que vemos.

Vamos transformando el mundo con nuestros ojos a cada instante. Nuestra intención determina nuestra realidad.

Creamos vida a cada instante y matamos posibilidades cada vez que parpadeamos si el desánimo nos arrastra y nos cierra los ojos.

Sembramos con emociones, y si tenemos paciencia, acabamos viendo cómo crecen nuestros sueños, cómo dan sus frutos.

Buscamos que el mundo que nos rodea sea hermoso y nos haga sentir hermosos cuando en realidad somos nosotros quién tiene el poder de hermosear el mundo.

Le damos a las circunstancias el poder de cambiarnos cuando somos nosotros quién puede cambiar las circunstancias o la forma de vivirlas.

Subsidiamos nuestra responsabilidad como creadores de nuestra propia realidad, de nuestra vida…

El miedo nos encoge la capacidad de crear, de ver lo que aún no está pero que ya existe en algún lugar de nuestra conciencia, de nuestro universo interior… Ese rincón maravilloso donde de un momento a otro se gestan tormentas y se construyen realidades paralelas de extrema belleza…

Nos pasamos la vida delegando nuestro poder, sin tomar las riendas… Y la vida se delega en un azar caprichoso que no es azar sino enseñanza pura. Y nos golpeamos una y otra vez con ese aprendizaje pendiente, con ese lado oculto que no queremos ver porque nos supera.

Porque la vida siempre te trae lo que necesitas para construir, para aprender, para expandir ese mundo que llevas dentro.

No te faltan medallas, te falta sólo creer que las mereces.

No te falta mérito, sólo necesitas otorgártelo tú.

Eres el camino porque tú lo dibujas.

No hay nada ahí fuera que te dé o te quite valor, sólo lo hacen tus pensamientos, tus palabras, tus emociones… Tú mismo, recortándote y creyéndote pequeño y diminuto.

Lo más grande está dentro de ti. Es tan enorme, tan inmaterial, tan inmenso, que cuesta entenderlo y abarcarlo con palabras. Cuesta dejar que se expanda, cuesta aceptar su grandeza y rotundidad… Y a veces, nos asusta tanto esa inmensidad que no se ve si no miras con la atención adecuada, que la negamos, la reducimos, la etiquetamos… La convertimos en algo diminuto y la encerramos en una vieja caja de zapatos. Porque amarla nos obliga a ser más libres, ver su poder nos obliga a ser más responsables de su existencia, más sabios, más conscientes de qué implica y a dónde nos lleva…

Nos da tanto miedo ser grandes que decidimos encogernos. Y al final, acabamos pareciéndonos mucho a la copia diminuta de nosotros que tenemos en la mente, una versión ahogada y triste de lo que podemos llegar a ser. Nos vemos pequeños y empequeñecemos para asemejarnos a la idea que tenemos de nosotros, al retrato degradado que construimos en nuestra cabeza.

Nos da miedo darnos cuenta de que lo que somos depende de lo que decidimos que somos. Esa responsabilidad nos aturde, nos desborda… Y decidimos limitarnos para creer que así estamos seguros y somos asequibles y manejables.

Nos da tanto miedo lo que no podemos tocar y comprender que preferimos pensar que no existe. Nos han acostumbrado a medirlo y cuantificarlo todo y esperamos hacer lo mismo con nuestra capacidad, nuestra intensidad, nuestra actitud ante la vida… Y eso es tan grande que se escapa de los parámetros y de los instrumentos para medir… Sólo se siente, se intuye, se percibe cuando se confía, se vive cuando se acepta.

Y cuando dejamos de soñarlo, de imaginarlo, de verlo con  los ojos de la conciencia… Deja de existir. Se pliega sobre sí mismo, da la vuelta y busca otros ojos que sepan verlo, apreciarlo y aceptarlo.

Sólo cuando eres consciente de tu inmensidad empiezas a usarla, a vivirla, a notarla.

Sólo cuando crees que ya eres lo que sueñas, consigues serlo.

Sólo cuando aceptamos lo que somos, aprendemos a explorar las posibilidades que hay en nosotros. No necesitas nada, ya eres lo que buscas.

 

Gracias por leerme… Escribo sobre lo que siento o he sentido y el camino que he hecho hasta llegar aquí (aunque todavía estoy a medio camino de algún lugar). En este camino he aprendido poco a poco a aceptarme y amarme (aún me falta mucho, soy consciente).

Si quieres saber más de autoestima, te invito a leer mi libro “Manual de autoestima para mujeres guerreras”.

En él cuento como usar toda tu fuerza para salir adelante y amarte como mereces y dar un cambio a tu vida… Ese cambio con el que sueñas hace tiempo y no llega.

Disponible aquí 

amazon llibre merce amazon

Si quieres saber más de mí, te invito a entrar en mi web y conocer lo que hago. Acompaño a personas y organizaciones a desarrollar todo su potencial a través del coaching, el mentoring y la Inteligencia Emocional. 

www.merceroura.es