merceroura

la rebelión de las palabras


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Nada


Nada es ya sórdido, si estás. Nada muere, si te miro.

Nada es simple, si te acercas. Todo se complica al buscarte. Todo es una carcajada enorme que excita mis neuronas tristes y agotadas. Me acelera el paso, me vence, me atormenta… Me altera por dentro y sacude. Me llena, me llama, me calma, me revuelve. Y cuando estoy extenuada, me convierte en una presencia gaseosa que se filtra en tus rincones con intención de arrancarte las ganas, con el deseo de mecerse en tu boca caliente y  deliciosa. Loca por habitar tus sentidos y llenar tus huecos. Loca por contar tus latidos. Con el único pensamiento de que me pienses, con la única intención de existir en tus pliegues y dobleces.

Nada es ya el recuerdo de mi pasado. Nada es aquel yo de antes, dormido y sosegado. Nada es ya aquella nada inmensa que se gestaba en mi tedio y me convertía en arena gris y plata vieja… En esa figura que fui, muerta por nacer, con esa necesidad de cambiar de forma y poder convertirse en deseo puro y volar. Ahora ya no me resigno, no me doblo, no me quedo postrada… He aprendido a mecerme, a caminar en la cuerda floja, a pisar en falso con la sonrisa puesta y caer al vacío sin tocar fondo. 

Nada de lo que pueda existir es más grande que la angustia de no soñarte… De que llegue un día en que no sienta el dolor que supone no tocarte sin cesar. Las ganas de no parar de devorarte con las pupilas, con las manos… Sentir un escalofrío que me atraviesa el cuerpo, que suplica la clemencia de tu roce con todo lo que me habita y que no sabía que existiese hasta que rondaste mis sueños con tu gesto salvaje. Me has dado forma y me has revuelto las entrañas. Has caminado en mi conciencia y has leído mis secretos y pequeñas miserias. Has abierto la puerta de mi alma para entrar y ahora me miras con cara de sueño y escusas de niño cansado.

Nada fue nada hasta que nací al oírte la voz. Y tus cabellos fueron mis redes y tus palabras mis pulmones. Y yo fui tu aire.

Nada es más eterno que el deseo de eternizarte en el hueco de mi pecho, en el regazo que forma mi vientre, en las espinas que se me forman en el alma al no poseerte. En la escarcha de mis ojos llorosos que vacían mi ansia.

Nada es tan incesante como este deseo, como esta tarde sin respirarte, sin percibirte el olor y buscar con locura tus gestos en esta tu ausencia cóncava y amarga. Como inventar excusas para llegarte a las esencias y esbozar un beso o dedicarte una palabra… Nada es como tenerte sin poderte morder y degustar, sin caminarte sobre la espalda con las manos temblorosas, libarte los miedos y retenerte las miradas implorando tu calor.

Nada es como antes, después de quemarse entre tus jirones y estremecerse bajo tu peso. Nada que no tenga que ver con tus sesos privilegiados, el caoba de tus ojos y tus vaivenes perversos.

Nada es ya nada que no hayas dicho, que no hayas pensado, que no desees contarme, que no pertenezca a tus goces internos o a tus ideas lúcidas. Nada importa ya. Nada que tú no seas y que no sea yo, desde que tú estás en mí y me invades y cauterizas con tu presencia. 

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Sin gravedad


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Soltarse, al fin. Notar que caes, pero saber que flotas. Que vas a sobrevolar el precipicio y ver que el mundo se hace pequeño y te cabe en la pupila. Convertirse en aire, en vapor caprichoso que todo lo acaricia y en todas partes se impregna… permanecer callado oyendo mil voces y ser capaz de distinguir entre ellas un susurro. Dejarse llevar, un poco. Un casi del todo, sin abusar. Como el agua que dibuja su camino buscando surcos y sondeando huecos, pero sin detenerse, con fuerza, con ansia, con inercia.

 Soltarse, sin remedio. Sin gravedad. Respirar hondo y notar como el aire te atraviesa, sin pensar en las muecas, ni las caras, sin escrutar las miradas esperando desacuerdo ni vanagloria. Escuchar sólo ese reloj interior que marca los goces y los sueños, sin tiempo ni prisa, sin más temor que el de dejar de oírlo.

Ser bruma. Espesarse y diluirse al calor. Fusionarse.

 Adivinar las risas. Buscar las risas y detenerse en ellas, un rato largo… Para notar la vida desde los pies a la cabeza. Saber que una carcajada es un universo y que cada lágrima devastaría un imperio. Surcar imperfecciones conocidas sin que se claven en tu puerta con sus hojas afiladas, sin que te ocupen la mente, sin que se conviertan en tu cauce.

 Soltarse, volar. Darse cuenta de que no hace falta ser perfecto para ser mejor. Bailar. Bailar sin parar.

 Soltarse, con ganas. Librar una batalla entre la voluntad de ser y la naturaleza de estar. Ser la nieve sobre una hoja, la mota de polvo errante en el aire  que se distingue al sol… Caminar, bucear en lo más íntimo… Existir como finalidad y como medio. Brillar… Brillar de modo intenso.

 Soltarse, al fin. Saber que no es perfecto, pero que es hermoso. Acabar con la pugna para arrastrar un equipaje pesado y escoger lo necesario para el viaje. Llevarse las caricias y las moralejas… dejar los credos absurdos, los límites inquebrantables y las pequeñas crueldades. Olvidar escudos y caparazones. Mudar la piel y ser elástico… sentirse en calma pero iluso, ardiente… vivo, intenso.