merceroura

la rebelión de las palabras


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Ella cuenta historias tristes…


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Ella cuenta historias. Algunas son tristes, otras desesperadas. Siempre llevan prendido un poco de esperanza, aunque sea líquida, aunque sea incómoda, aunque para encontrarla tengas primero que darte cuenta de que llevas siglos en el tramo equivocado de un camino por el que no avanzas… A veces, sólo la ven los que la buscan, otras, sólo los que la encuentran y no sabían que la buscaban.

Ha pasado muchos años ignorando que la querían. Ha pasado muchos años suplicando que la quisieran los que la ignoraban.

Ha pasado demasiados años sin quererse lo suficiente como para construir sus alas… Y ahora va con prisas y acelerada.

Escribe porque las palabras le apaciguan las punzadas que siente en el pecho cuando el mundo da la vuelta y ella se cae, a pesar de agarrarse con fuerza. Escribe porque las palabras calman la angustia… Porque cuando su alma está cansada, las palabras la arrastran y empujan al punto de partida para volver a empezar de nuevo…

Sus historias son el resultado de cada paso que tuvo que dar para poder soportar mil noches sin tregua, de pensamientos cargados de nostalgia, de viento huracanado y de sapos que parecían esconder príncipes pero no escondían nada…

Ella ha aprendido a transformar su dolor en sueño, en una casi belleza desatada y bárbara… En algo asequible para que el mundo se de cuenta de que hay camino por recorrer y de que apenas está al principio. Para que sepa que hay mucho por hacer y que el camino que nos espera es el que nosotros decidamos dibujar.

No sabe nada. No lo sabe hasta que no deja fluir las palabras y les da forma.

Amasa vientos y encierra tempestades en palabras, en frases que se repite cuando tiene frío o está demasiado cansada para esbozar nuevos caminos. Hay noches en que se siente como una araña minúscula intentando recorrer la gran muralla china…

Hay días en que se mete el mundo en el bolsillo y juega con él mientras toma café mirando el manto verde de su montaña.

Cuando está contenta, dibuja lugares que casi no existen y cuentos donde las marionetas bailan sin que nadie mueva sus hilos. Sus personajes son siempre libres, aunque a veces, no lo saben.

Cuando está sola, vive de sueños y si se esfuerza mucho casi los toca. Cuando se aburre, enciende el faro y ve acercarse los barcos a su vera…

A veces es tan arisca que ella misma se araña. A veces, se siente tan diminuta que se cuela por las rendijas de las puertas y las ventanas.

Cuando está emocionada sus lágrimas pesadas y densas arrastran el pedazo de mundo en el que habita. Cuando ríe, un amarillo intenso pinta el cielo y estalla en sus ojos de fiera encerrada.

Ella cuenta cuentos de princesas guerreras y caperucitas malvadas… De lobos que se arrodillan, de brujas hermosas y de bestias cansadas de ser bestias…

A veces, no puede moverse, porque su cuerpo no le pertenece y está demasiado cansada para no recordar dónde empiezan sus dolores y dónde acaban sus ganas eternas de negarlos… No quiere que sus estigmas la persigan, no tolera que su equipaje le recorte la esperanza…

Hay tanta vida en sus pupilas como fuego en sus palabras. Hay tanto sueño en su vida como nieve en su recuerdo y astillas en su alma guerrera.

Ella camina. Quiere llegar pero, sobre todo, quiere sentir. Quiere compartir y notar… Quiere dejar de pensar, un rato. Quiere dejar de esperar y de estar alerta… Quiere soltarse y bailar… Que su cuerpo rígido, sea flexible y mágico.

Ella cuenta historias. Se evade del mundo para contar cómo es el mundo. Se aleja para sentirse cerca. Se escapa para regresar con ganas… Se va para volver sin miedo.

Tantas veces ha quedado hecha trizas que ha cambiado de forma, aunque no de esencia. Tantas veces ha estado rota que atesora con orgullo sus grietas para recordar que supo remendarse.

Lo que no existe, lo inventa…

Lo que no soporta que no exista, lo imagina y lo atrapa.

Cuando ama, un atardecer malva rasga un cielo azul y todas las palomas salen volando buscando un tejado seguro.

Cuando se siente libre, vuela sin apenas levantar la vista.

Cuando se ilusiona, no se nota nada especial porque ella siempre está ilusionada.

Ella cuenta historias tristes, a veces, pero siempre tienen prendido un pedazo de esperanza…

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Siempre depende de ti


AMAPOLA CAMPO

Hay esperanza. Cuesta notarlo, a veces, porque el cansancio apremia y la rutina se come la poesía. Porque la ansiedad desdibuja el perfil de todo lo que nos rodea y lo convierte en desesperación. Porque cuando te sientes hundido vas dando tumbos y te golpeas con el perímetro de todo lo que llena tu vida y no distingues a los héroes de los villanos y algunas veces crees que son lo mismo aunque no sea cierto… Porque intentas sujetarte a algo que creías sólido y resulta que es líquido.

Hay esperanza, pero parece que los lunes se toma un respiro y se escurre entre las estaciones de tren y las caras amargas de los pasajeros. Como si la desesperación la empujara calle abajo y ocupara su lugar para dejarnos los corazones deshilachados, los caminos a oscuras, los bolsillos vacíos.

Hay esperanza, pero queda diluida por los gritos y las ausencias. Cuesta percibirla porque parece que estés dando pasos hacia atrás, aunque en realidad vas hacia adelante, pero pasas por un valle profundo. El camino está repleto de valles, algunos son muy hondos  y casi te pierdes mientras los atraviesas y el lodo te llega a las rodillas. Aunque también a veces te permiten coger impulso para continuar. Encontrar un valle profundo puede ser la mejor manera de remontar aunque no lo parezca. Como topar con una pared y rebotar, como tener que parar para hacer recuento de daños y descubrir que has pasado la linea. ¿Eres de los que jamás superan sus límites o de los que ya no creen que no los tienen? ¿sobrevives o sueñas? Y si sueñas… ¿Actúas o sigues soñando sin atreverte a arriesgar?

Hay esperanza porque mientras algunos fabrican excusas otros inventan razones. Porque mientras algunos esconden las pistas, otros levantan alfombras para que ninguna historia se quede sin el final que merece… Porque siempre hay quien vence la tristeza y sale a la calle a plantar cara a la vida y le sonríe a otro que necesitaba un gesto para poder continuar… ¿A qué grupo perteneces tú? ¿eres la solución o el problema? ¿tejes complicidades o levantas muros? ¿dices que no puedes o te pones en marcha aunque te duela el alma y se te cierren los ojos?

Hay esperanza. A veces, se disipa porque cuando estás a punto de ver algo en el horizonte, el sol se pone y te dicen que esperes a mañana. Y ya no crees que puedas esperar más. Porque hay desengaños que parecen el definitivo y luego, pasados los días, descubres que te quedaban aún más y que no te puedes permitir quedarte sentado esperando una señal para levantarte. ¿Eres de los que esperan o eres de los que caminan? ¿suplicas o reclamas  lo que es tuyo? ¿dejas que el tiempo se te escape de las manos o apuras los segundos?

Hay esperanza porque mientras muchos meten la mano en bolsillo ajeno, otros pasan horas ayudando a personas que no conocen a tener una vida digna. Porque mientras algunas personas a las que les cogemos cariño nos parten el alma y nos decepcionan, otros a las que apenas conocemos, son capaces de sorprendernos y estar a la altura. ¿Eres de los que dan la talla o te escurres en las esquinas y disimulas?

Mientras unos arrasan, otros construyen.

Por cada uno que golpea, hay dos que tienden la mano.

Por cada dos que engendran odio, hay uno que descubre la vacuna. Porque mientras unos fabrican balas, otros edifican puentes.

Hay esperanza porque muchos se sacuden las responsabilidades, pero otros asumen las responsabilidades ajenas sacudidas.

Porque al otro lado de la puerta de un indiferente, hay un implicado. Porque en una esquina espera un déspota y en la otra un empático.

Porque una persona te hace llorar y más tarde otro te consuela.

Porque los que crean oportunidades nunca descansan…

Hay esperanza, pero a veces hay miedo a verla. Hay miedo a abrazarla y luego no poder vivir sin ella. Hay esperanza porque hay muchas ganas, a pesar de que también hay mucha apatía que podría vencerse con palabras. ¿Eres de los que vencen sus miedos o de los que dejan que sus miedos lleven el timón?

Caminando entre cien mediocres, hay algunos genios que buscan respuestas y muchas personas especiales que se hacen preguntas.

Porque el esfuerzo se abre paso entre la incompetencia y la envidia y llega al final del camino.

Porque el “sí quiero” es hermano del “sí puedo” y el “ahora no” y el “más tarde” se borran a cada paso que damos hacia lo arriesgado y lo desconocido.

Hay esperanza porque a veces la desidia no sale de casa y la sana competencia inunda la calle. ¿Te convence la osadía o la ciega obediencia?

Hay esperanza porque cada vez hay más personas que hacen estandarte de sus diferencias. Porque suben listones que ayer eran inamovibles. Porque trazan caminos que ayer no existían. Porque escriben historias imposibles y superan límites inimaginables…

Porque muchas comparten sus miedos y sus conocimientos… Porque han decidido que ya no se esconden y que van a cambiar las reglas para que ya nada sea no apto o incómodo… Para que se midan sueños y empeño y no sólo ganancias. Para que se reconozca el talento y el esfuerzo por encima de la falsa adulación y la rabia contenida.

Hay esperanza porque algunos la buscan como locos cada día y otros la dibujan. Porque si no encuentran puertas, las pintan y si no encuentran palabras, las inventan. Hay esperanza mientras no hay indiferencia… Mientras no hay resignación ni desidia, mientras alguien habla y alguien escucha. ¿Tú eres de los que escuchan a otros o de los que sólo son capaces de oír su propia voz?

Hay esperanza porque muchos se levantan cada día con la necesidad de ser extraordinarios… Y ya lo son, aunque todavía no lo sepan, porque la fuerza con que lo desean les convierte superhéroes. Aunque sea durante un minuto, el tiempo que dura la emoción de creer que es posible.

Hay esperanza, pero no vale con sentarse y esperar a verla o encontrarla, hay que fabricarla. ¿Eres de los que se dan por vencidos o de los que la crean? ¿de los que se quedan sentados a esperar a que otros se la traigan o de los que se ponen en primera fila?

Hay esperanza, pero a veces tiene cara de problema sin solución o de niño dormido. A veces, hay que rascar la superficie de un pintura mediocre para descubrir que debajo hay una obra de arte… Hay esperanza, pero para conseguirla a menudo hay que tragar mucho camino, ensuciarse los zapatos, superar barreras mentales e implicarse hasta las cejas incluso cuando no ves la solución…

Hay esperanza, pero depende de ti… Siempre.


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Para aprendices de sabio…


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Rodéate de personas más inteligentes que tú. Huye de la mediocridad. Sólo los mediocres se rodean de mediocres… Busca personas a las que admirar, no lo veas como un problema, son una inversión, un reto. 

Cuando hablo de personas más inteligentes que tú, no me refiero sólo a más competentes y eficaces, sino también más sabias. Personas emocionalmente maduras, que saben afrontar retos y situaciones complicadas, que luchan, que sobreviven, que son sencillas pero grandes, que son generosas, que comparten, que tienen miedo pero lo superan. Cuando hablo de inversión, me refiero a una inversión emocional. A curarte de personas tóxicas e impregnarte de personas extraordinarias. Acércate a ellas con ánimo de aprender, con necesidad de superarte. No temas, no te harán sombra si se demuestran más hábiles que tú en algunas facetas, te ayudarán a brillar cuando sea necesario. Todos somos buenos en algo, tenemos que conocer lo que nos mueve y apasiona y hacer que crezca y nos haga crecer. Debemos descubrir nuestro talento y darlo a conocer…

Escucha, sé humilde, intenta aprender y entender. Defiende tus ideas y deseos, aunque sean un poco locos e imposibles, aunque susciten mofa y muchos no los entiendan. Aunque a muchos les parezcan ridículos y ni siquiera tú sepas por dónde empezar. El que sabe lo que quiere al final encuentra la manera de conseguirlo…

Comparte conocimiento. No temas. Puede copiar tus textos, tus ideas, pero no tus experiencias. Compartiendo puedes ayudar a otros, aportas valor y generas una cadena que acaba repercutiendo en ti mismo. Si das recibes, siempre… Dar es tanto o más gratificante que recibir. A veces parece que no te aporta nada, pero no es cierto. Nuca es en balde, siempre tiene recompensa.

Sé tú, siempre. Aunque no guste o genere malas caras. Sé tú y respeta a los demás. Vive y aprende. Siempre en positivo, siempre con una actitud abierta. Siempre puesto y dispuesto para aprender, para escuchar, para sentir. Las oportunidades están en una entrevista de trabajo o en el suelo de la estación de tren. Si andas ensimismado pensando que tu vida es horrible, no las verás. Abre los ojos, siente, vive cada momento. Ten una parte del cerebro en el presente y otra imaginando lo maravilloso que puede ser el futuro, recreando lo que sueñas, imaginando cómo llevarlo a cabo. Vive para hoy, para ahora y piensa que lo que haces hoy dibuja tu futuro. Sé capaz de formarte para saber más y ser mejor y al mismo tiempo no descuides que te de el aire y puedas conversar con otros y compartir historias. Sueña y vive.

No hables mal de otros. No plantes las semillas de un fruto que no comerías gustoso. No alimentes chismes ni engendres conflictos. Las mentiras nos estallan en la cara. Las conspiraciones malgastan energía y tiempo. A menudo, criticamos los demás nuestras propias faltas y errores. Atacamos antes de ser atacados y eso genera otra cadena, en este caso de negativa, que no beneficia a nadie. El dolor que causamos nunca es inocuo y siempre vuelve. El odio siempre pudre al que lo genera. Corta con este mecanismo y sonríe, piensa que nunca sabes lo que sufren otros. Ponte en su lugar, intenta comprender y si no puedes, olvida, perdona. Respira hondo y nota que no te afecta. Saldrás ganando y mucho. Perdonar es un don. La empatía es un regalo.

Ten miedo, pero no dejes que te paralice o te dirija la vida. Los valientes tienen mucho miedo pero lo afrontan, se lo comen a bocados mientras siguen su camino. Lo escuchan, lo aceptan, sacan la moraleja que conlleva y caminan. El miedo nos alerta, nos sirve para saber donde pisamos pero no debe evitar que pongamos un pie delante del otro… La vida es un puñado de maniobras y estrategias que inventamos para superar nuestros temores más arraigados. No somos nuestros miedos, somos el resultado de superarlos.

Da lo mejor de ti. Valórate. No te conformes con menos, mereces mucho, pero no te castigues cuando no llegues. Valora el esfuerzo y no la marca conseguida. Mira de dónde vienes y hasta dónde has llegado. Quiérete y sonríe. Muestra tu inteligencia. Esa inteligencia que te permite saber que a veces ceder es necesario, que se puede ganar y quedar el último, que son más importantes las personas que las ideas, que un paso atrás a veces es un paso adelante… Que los verdaderos guerreros luchan con palabras e ideas sin alzar la voz ni la mano. Usa las palabras con inteligencia, son armas arrojadizas y bálsamos que curan.

Equivócate todo lo que puedas. Admite tus errores y ríete de ellos. Ponlos como ejemplos. Escribe un libro para que otros los conozcan. Vívelos como tesoros, como enseñanzas. Apúntalos en tu currículum para que todos sepan que fuiste capaz de caer y levantarte y reconocer tus limitaciones para superarlos.

Ama lo que te rodea, lo que haces, lo que encuentras. Busca el lado hermoso de cada momento y de cada persona que se te acerca. Ama tus recuerdos amargos como si fueran dulces porque así los transformarás en tesoros. Ama tus errores y tus defectos porque te ayudan a superarte. Ama lo que sueñas como si pudieras tocarlo. Ama lo que eres.

Siéntete libre. En una jaula, en un piso diminuto, sujeto a una hipoteca, bajo el yugo de un dictador. No creas nunca que no mereces lo bueno, que lo tienes vetado, que no es para ti. Tú eliges lo que buscas y escribes tus sueños. Tú marcas tu camino.

Y cuando crezcas y seas sabio, recuerda tus responsabilidades. Las personas inteligentes deben administrar su sabiduría,  compartir lo que saben e impregnar al mundo de conocimiento para hacer que sea mejor. No te confundas, no sólo es sabio el que más sabe o el que más presume, a veces lo es el que más busca, el que más se esfuerza, el que más siente.

Y no olvides que todo esto no te hace mejor que nadie, te hace mejor que tú mismo ayer…


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La caja de cerillas


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Nos quejamos mucho. Nos pasamos el día concentrándonos en lo que nos molesta, lo que nos preocupa, lo que nos falta, lo que no nos gusta. Repetimos mil, cien mil veces las mismas frases hasta que se convierten en una plegaria, en un credo… Se meten en nuestra cabeza y en la cabeza de los que nos rodean, como un mantra asqueante que nos reafirma en lo que en realidad queremos alejar de nosotros. Cada palabra que decimos nos hace sentir más dolidos y rabiosos, más resentidos con todo y con todos… Cada palabra que sale de nuestra boca en forma de exabrupto o lamento nos acerca a esa realidad que queremos superar. Y a veces, es una realidad inventada, un recorte de lo que es nuestro mundo. Una versión incómoda y desconsiderada de lo que somos. Un compendio de lo que detestamos sin tener en cuenta todo lo hermoso que nos rodea. Acotamos nuestro mundo a cinco, seis frases hasta que nuestra mente se convierte en un cuarto oscuro desde el que no se ve nada de lo que hay fuera. Los sueños llaman a la puerta, pero no la abrimos porque no vemos lo que deseamos, vemos lo que nos asusta, lo que detestamos… Eso reduce nuestras ganas, nuestras capacidades, nos hace pequeños, mínimos… Y nos convertimos en un ser diminuto intentando abrir una puerta gigante para dejar pasar la luz, para dejar salir los lamentos y dejar que entren algunas alegrías. Sin embargo, ese ser pequeño triste, metido en una caja de cerillas por conciencia, con la luz apagada y los pies fríos no consigue abrir. No puede porque él mismo decidió no poder. Se cargó de dolor y angustia y ese peso aturde cada uno de sus pequeños movimientos. Respira un aire viciado y enrarecido, escucha la misma música triste, mira las mismas caras agrias de siempre, algunas transformadas por su mirada desganada, otras salpicadas por su perorata triste y quejumbrosa. No tiene donde agarrarse para conseguir tomar impulso y salir de la habitación oscura de su cabeza. Cada uno de sus pensamientos tristes y acotados a una realidad restringida y limitada a esas cinco frases de agobio le impiden tener la fuerza suficiente para respirar aire puro… Para salir de sí mismo y su mundo reducido de penas y angustias…

El hombrecillo triste que nos habita no lo sabe pero la solución está a tiro de pensamiento, de palabra. Si por un momento consiguiera dejar de repasar la lista de lo que odia y se concentrara en recitar la lista de lo que ama, si pudiera soñar y ampliar su mundo de quejidos y superarlo, si consiguiera encontrar algo hermoso a lo que sujetarse… Tomaría impulso, daría un gran salto y lograría abrir la puerta. Entraría la luz y se daría cuenta de que la caja de cerillas ha sido siempre una gran llanura con hermosas vistas. Que las caras agrias eran de desconcierto y la música triste eran sus propias palabras…

A veces, desayunamos lamentos y cuando llega la noche nos acostamos con ellos. Nos regodeamos en nuestras miserias y faltas. Nos pasamos las horas mirando en negativo de la foto de nuestra vida. Nos convertimos en aquello que odiamos a base de repetirlo. Nos quedamos sujetos a ello, se nos pega en la espalda y nos acompaña, impregna nuestra existencia y no nos deja ver todo lo demás. Tanto quejarnos, acabamos siendo una sombra triste, un murmullo aburrido y aturdidor… Somos lo que decidimos ser. Nuestra vida son las palabras con que la definimos. A veces, es necesario callar y mirar más allá. Salir de ti mismo y contemplarte con otros ojos. Hacer una lista nueva, sin historias tristes que recordar. Con sueños, retos y risas contenidas esperando salir. Una lista de lo que amas para convetirte en lo que amas y abandonar la caja de cerillas.


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Pensando en mañana


No te das cuenta de lo que tienes hasta que estás a punto de perderlo. Cuando lo sujetas con una mano mientras  el viento lo arrastra en un acantilado imaginario… Entonces, lo miras con ansia y te das cuenta de que era maravilloso, de que no lo has valorado lo suficiente, de que tenías algo especial y no has sabido retenerlo. Maldices y juras. Lloras y te sientes minúsculo. A veces, ya es tarde…

Nos hemos programado tanto para pensar en mañana que el día de hoy se nos esfuma, se va ante nuestros ojos y se escapa sin apenas enterarnos. Y con él, se va todo lo que somos ahora, lo que nos rodea, lo que nos hace ser nosotros mismos. Estamos sentados ante el mar y somos incapaces de verlo porque nuestra cabeza ronda por otros lugares. La brisa suave y salada nos estalla en la cara y no la percibimos…

Hablamos con una persona cercana que nos ayuda y estamos pensando en otra que pensamos que es mejor, más inalcanzable, más deseable. Nos vestimos para mañana y vivimos enfocados en ese día, para luego intentar devorar el siguiente. Tragamos tiempo a velocidades vertiginosas. Nos tragamos nuestra vida sin pensar y, al mismo tiempo, pensando demasiado. Hay días que nos pasan por encima, sobrevuelan nuestras cabezas sobreocupadas en memeces como si fueran pájaros. Ni siquiera los notamos… Vivimos como si fuéramos eternos y nos pudiéramos permitir perder un tiempo que nunca vuelve.

Ni el tiempo ni las personas vuelven. Todo se evapora si no nos esforzamos en retenerlo, al menos en nuestros recuerdos. Gran parte del tiempo, nuestro cuerpo está en un lugar y nuestra mente en otro. Sufrimos por desgracias que aún no nos han sucedido y buscamos excusas para cosas que ni tan sólo hemos decidido si vamos a hacer. No olemos, ni saboreamos, ni gozamos este momento. Nos limitamos a mascarlo como un chicle y lanzarlo a la papelera cuando ya no le queda un sabor que nunca percibimos del todo.

Siempre soñamos que llegará un día en el que esta inercia acabará y dejaremos de pensar en mañana porque ese “mañana” ya será como deseamos. Pensamos que entonces  viviremos con intensidad el día de hoy, el presente. Un día en el que nos sentaremos a notar cómo somos y contemplar lo que hemos conseguido después de tanto buscar y luchar. Ese día nunca llega, nunca ese “mañana” se parece al “mañana”  soñado, ese que está en nuestra mente, el que ansiamos poseer antes de que exista. Nunca somos lo suficientemente buenos para empezar a vivir el momento. Cada día subimos el listón en una escalada de insatisfacción que nos impide notar lo que nos sucede. Nos castigamos sin descanso. Soñamos tanto con la cima que no miramos el camino de ascenso. Sólo de vez en cuando,  si alguno de nosotros cae rodando por la ladera, nos damos cuenta de lo importante que es cada palmo del camino para saber dónde colocar los pies y dar un paso. Nos damos cuenta de que debemos prestar atención a lo que hacemos y vivir cada momento. Y luego se nos olvida, pasados los días, y levantamos la vista y el destino nos vuelve a cegar. Y volvemos a tragar tiempo y devorar vida.

Hay tantas cosas que tenemos y no vemos. Cosas y personas que no valoramos porque siempre están ahí y parecen formar parte del mobiliario de nuestra vida. Las tenemos delante y no las apreciamos. Porque fueron fáciles de conseguir, porque siempre nos dicen que sí, porque no entenderíamos la vida sin ellas y eso parece que nos asegura que deben quedarse…

Y los días vuelan y al final, lo que tenemos delante y no tocamos, también.

Tan importante como el sueño que nos guía es la realidad que lo precede. El reto no es solo llegar a la cima sino vivir el recorrido. Los días que pasas construyendo tu sueño también forman parte de él. Aquellos que nos acompañan cada día son nuestro refugio.

Cada día nos suceden cosas que merece la pena sentir, atesorar y recordar. Cosas no previstas ni tipificadas en nuestras rígidas estrategias de ascenso a la gloria. Cosas que fluyen y pasan sin saber por qué. 

Todo parece inmutable y, de repente, ahí estás tú, a unos segundos de perder una de esas cosas preciosas que hasta hace unos minutos eras incapaz de ver. La tenías ante ti y la apartabas para concentrar la vista en otra cosa que deseabas poseer. Estaba cerca y no la acariciabas… Y ahora, en apenas unos segundos, suplicas que no se te escape de entre las manos, que no se funda y desvanezca mientras la miras y le adivinas una belleza que nunca antes supiste ver.

Te das cuenta de que si se suelta y cae, llegarás a la cima solo. No podrás contemplar la vista porque tendrás los ojos llenos de lágrimas y no tendrás ninguna anécdota que contar sobre el camino porque no lo viviste y nadie podrá reír contigo.

Los retos se viven en presente. Los sueños no pueden hipotecar el ahora. No vivir pensando en mañana no compensa. Mañana no existe. Aún no. Nadie lo tiene asegurado. Mejor seguir el camino a la cima sin perder detalle de lo que nos rodea. Mejor ilusionarse con el futuro y también con el presente. Mejor dejarse llevar y notar la brisa salada y fijar la vista en esas pequeñas cosas que nos habitan la vida cada día y la hacen maravillosa. Mejor aprender a vivir y a soñar al mismo tiempo.

A Berta Álvarez, por recordarme lo hermoso que sucede cada día…

 

 


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Estoy aquí…


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Soy el son que no bailas esperando la canción de tu vida. El día que no sales a la calle porque esperas sentirte con fuerza para encontrar su cara en las esquinas. Soy el sol que no te toca y el viento que no te acaricia. El camino que no transitas mientras esperas el momento justo y el bocado que no tomas esperando la hora correcta. El vestido que no te pones por si es demasiado atrevido y suscita comentarios agrestes. La frase que nunca dices por si molesta.

Soy cada una de las tardes perdidas removiendo recuerdos que laceran tu conciencia. Cada uno de los momentos inútiles escuchando trovadores falsos que te halagan sin haber sondeado en tus sueños y sin saber de tu inteligencia. Soy las casas que no habitas, mientras esperas el palacio dorado y las lágrimas que derramas mientras un millón de carcajadas que no oyes te rondan los oídos. Soy lo que deseas y no te atreves a imaginar que sucede porque te han dicho que no lo mereces y te lo has creído. Tu mirada más caliente y tu sonrisa más gélida. Lo que no le has contado a nadie y lo que necesitas contar porque te arde en las entrañas.

Soy la flor roja que no ves porque contemplas embobada los cardos y el sueño que no sueñas porque no duermes pensando en mañana.

Soy el presente que no vives angustiándote por un futuro que tal vez no llegue, mientras te revuelves en tu propio lodo por un pasado que ya ni siquiera te araña al recordar.

Soy el libro que no lees, con la frase que va a cambiarte la vida, mientras ojeas otros títulos más atractivos en el estante de la biblioteca. El amor que no notas porque te obsesionas con mirar al otro lado esperando un amor que te esquiva.

Soy el océano que no ves porque te obcecas en mirar un charco. La colina que no subes porque esperas a encontrar una gran montaña…

Soy el poema de amor guardado en un sobre que nunca encuentras porque vas tan de prisa que ni siquiera te detienes a notar la vida. El verso que te da la respuesta que buscas y la luz que siempre dejas apagada. Soy el café que te obligará a sentarte un rato y esbozar tu obra maestra en una servilleta y el mensaje oculto en un cajón que no abres porque siempre lo dejas para mañana.

El aroma que nunca hueles porque cierras la puerta cuando empieza a soplar la brisa y la voz que te dice que te escuches a ti misma y que nunca oyes porque el ruido de tu cabeza no te deja oír tus deseos.

Soy todas las oportunidades perdidas y todos los trenes que dejaste pasar sin tomar por miedo al destino y pereza al trayecto. Soy tu temor más grande y tu ilusión más rotunda.

Todas las excusas que fabricaste para no dar un paso y todas las culpas que decidiste arrastrar por los siglos por no haberlo dado.

Estoy en cada uno de tus giros y pasos. En las esquinas de cada calle que transitas y en cada una de las caras que se cruzan con la tuya. Voy atado a tus zapatos y guío todas tus miradas de reojo. Me cobijo en tus ganas de vivir y en las gotas de lluvia que mojan tus cabellos. Cuando te levantas cansada de estar cansada e inapetente de vida, te susurro al oído que no tengas miedo y te suplico que sigas.  Yo te sigo de cerca pero nunca de das cuenta porque no respiras suficientemente hondo, ni caminas lo suficientemente despacio. Porque no crees suficientemente en ti misma, ni tus sueños son suficientemente grandes como para verme y cazarme al vuelo…

Y sin embargo, me buscas, a tu modo, me persigues, sin saber hasta cuándo ni dónde. No lo sabes y ya me tienes. A veces me huyes, porque casi me tocas y el pánico te vence, pero sigues intentando encontrarme…

Para un momento, abre los ojos y despierta… La vida es una sucesión de sacudidas y pasos en falso que llevan a lugares desconocidos y rompen muros. Sin zarandeo, a veces, no hay vida. Sin caer, a veces, no se puede volver a empezar.

Soy esa “tú” que un día tomó otro camino y se atrevió a ensuciarse de vida…

Estoy aquí.

 


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El último día


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Que sepamos agotar la vida hasta la última brizna, hasta el último aliento que deje nuestro cuerpo cansado de batallar y existir. De amar sin preguntar, sin pedir, sin esperar.

Seamos voraces. Que la noche nos pille sin haber decidido aún si somos bestias, pero satisfechos y exhaustos. Que se nos acaben antes las fuerzas que las ganas y el miedo que nos contrae nos deje sueltos para dar abrazos y erguir la espalda para recibir honores justos. Seamos dignos.

Que caminemos sin saber a dónde porque ya sabemos cómo, porque tenemos un sentido y un reto que contar en la punta de la lengua. Que el deseo se acurruque en nuestras entrañas y no deje nunca de morar en ellas para tenernos inquietos y espabilados. Que no importe qué sino cómo y por qué… Porque lo que nos mueva no sea destino sino el paso, el camino, la mirada compartida mientras este viento que arranca conciencias nos sacude ahora las sienes y nos recuerda que el otoño se acerca. Que amemos al otoño como retozamos en la primavera y jaleamos al verano… Que seamos libres, tan libres como nos deje nuestra mente y nos permita la conciencia.

Seamos sublimes. Que el sueño nos alcance la nuca, nos bese tras las orejas y caigamos hechos un ovillo de caricias y de recuerdos aún por engendrar… Llenos de grandes certezas sobre credos inventados, de alegrías por llegar e historias felices que aún tengan que escribirse en mundos que aún no existan pero que podamos soñar sin apenas cerrar los ojos. Y al despertar, que tengamos la risa floja y la mandíbula suelta y ávida de carcajadas sin medida y besos consistentes, de esos que largo rato después de recibirlos aún dejan calor en los labios.

Que el último día nada nos llegue rancio por desuso, que hayamos bebido de todas las copas y surcado todas las gotas de agua que nos quepan en la memoria. Que no haya pedazo de tierra sin pisar o soñar, ni remedio que no hayamos probado contra el desamor y la amargura. Que nadie nos pueda escuchar una mala palabra o un reproche… Seamos justos.

Seamos consistentes. Que los pies estén agotados de baile y los brazos rotos de abrazos. Que los ojos miren aunque ya no vean y los labios busquen beso. Que nos sepamos todas las palabras de todos los libros y todas las melodías que seamos capaces de recordar.

Seamos valientes. Que no nos queden espinas clavadas por lo que podría haber pasado si nos hubiéramos atrevido, que prefiramos acumular fracasos a quedarnos con asignaturas pendientes… Corramos todos los riesgos y caigamos en todas las trampas. Que no nos quede mirada por cruzar ni rostro que escrutar buscando verdades necesarias. Seamos felices… Que nuestro último baile sea el más dulce y frenético, el más sincero. Que se nos rompan las esquinas y las fronteras, que se abran nuestras puertas más cerradas y al aire más puro sondee en nuestros rincones más ocultos.

Seamos eternos. Que nos busquen y ya no nos encuentren porque no quede nada más de nosotros que bruma en el aire y unas huellas en la arena. Seamos mar y que nuestro legado sea la risa y nuestra prenda todo el amor que hayamos dado.