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la rebelión de las palabras


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Has ganado…


Has ganado. Lo sientes, lo notas, algo te dice que  acabas de dejar atrás una etapa complicada y te abres paso en tu camino.

Lo sabes porque por primera vez en siglos te notas con más energía  y eres consciente del espacio que ocupas en el mundo… Te ves desde fuera, sin depender de nada ni de nadie para seguir más que de ti mismo.
Porque tienes ganas de reírte sin saber por qué y no te importa si no llega el motivo… El motivo de todo eres tú y esa sensación que te acompaña ahora y va contigo a todas partes… Entereza, sosiego, paz… Porque ya no necesitas motivos añadidos para nada, ni excusas, ni recuerdos en los que refugiarte para saber quién eres.

Lo notas porque no ves caras, ves personas. Y ya no las juzgas como antes. Te puedes poner en su piel y comprender que a veces están tan perdidas como tú y también se equivocan cuando se desesperan y se sienten solas. A todos nos pasa, cuando nos alejamos de lo que somos en esencia y nos sentimos sin nuestro propio abrazo, acabamos siendo siervos de un yo pequeño y asustado que te lleva a situaciones terribles… Como si le dejaras las llaves de tu casa a un niño que se cree el emperador y planea una venganza contra el mundo…
Sabes que has ganado porque te has dado cuenta de que en realidad tu meta es vivir y estar presente en tu vida sin tener que aferrarte a ningún resultado.
Porque ya no compites.
Porque no necesitas que nadie entienda lo que quieres, ni valide tu esencia.

Porque sabes que lo único que necesitas es creerlo. Tocar sin tocar y sentir antes de ser incluso capaz de entenderlo.
Vaciar la mente de todas esas ideas prestadas que dicen que sobras, que no llegarás, que nunca serás, que no mereces, que no sirves… Volver al niño que creía que todo era posible e imaginaba historias fantásticas sin salir de las cuatro paredes de su habitación. El que era capaz de crear un mundo con una caja de cartón y sentirlo tan real que notaba la magia.
Sólo necesitas aceptar que a veces el camino que lleva a la luz es tremendamente oscuro y solitario. Que a veces no hay tregua para el que ha tomado la decisión de encontrarse y ser él mismo hasta que deja las batallas absurdas y empieza a usar su poder real… Que el mecanismo para oír tu voz es primero callar… Que para poder olvidar el dolor primero hay que dejar que te habite y comprender qué significa… Que el que vence no es el que pelea y el que llega antes no es siempre el que va más rápido sino el que sabe dónde pisa…

Has ganado porque sabes cuál es tu lugar en el mundo y todo tiene sentido para ti. Porque has juntado por fin las pistas del puzzle y ves que lleva tu cara. Y no sales a la calle a buscar que te quieran sino a compartir lo que llevas dentro.
Porque has soltado tanto el lastre que flotas, que vuelas y mientras surcas tu cielo particular eres capaz de verlo todo desde ese punto en el que tienes claro que no hay batallas ni guerras… Que todo es hermoso aunque tenga espinas, que todo es magia aunque parezca gris. Que la vida cambia dependiendo de si abres mucho la ventana o decides seguir encerrado a oscuras en ti.

Porque ahora te oyes.
Ya no lloras sin lágrimas pidiendo que te vean, que te sientan, que se den cuenta de lo mucho que sueñas y todavía lo poco que abarcas. Porque no necesitas llamar la atención de nadie porque tienes la tuya…
Ya no suplicas al mundo que deje de ser mundo y se meta en tu piel gastada de romper burbujas asfixiantes y andar caminos a tientas.
Ya no pides que la sombra que te habita se desvanezca y puedas encontrarte de nuevo y saber a dónde vas. Aunque ya lo sabes, pero no te atreves a imaginarlo… Ya no te asusta salir de ti y descubrir todo lo que puedes llegar a ser ni evitas mirar en el fondo de tus ojos para no verlo y luego soñarlo y necesitarlo… Porque cuando sabes que podrías si quisieras, la conciencia ya no te da vacaciones y te impulsa a seguir. Porque si te ves siendo lo que tanto deseas, sabes que ya no serás capaz de volver a tu caparazón triste y encontrar sueños encogidos que se adapten a ti, a ese tú diminuto y resignado que ya no eres.

Porque te entretienes tanto amando cada milímetro del camino que a veces no recuerdas a dónde vas, pero no te importa, porque sabes que tu destino está siempre dentro de ti.
Porque funcionas sin estimulantes ni placebos y ya no causan ningún efecto en ti los anuncios donde te prometen una nueva vida a precio de perfume o de coche rápido.
Porque no esperas llamadas ni seguros ni aceptas ningún tipo de chantaje.
Has ganado porque cuando decides bailar no necesitas música y no buscas público que te aplauda para calmar tu sed de amor.

Porque te ves.
Porque ya no miras sin ver y  ni abrazas sin notar… Y el abrazo más dulce te devuelve el recuerdo más amargo de un amor que salió por la ventana y se rompió contra el suelo y se fundió en un lecho de hojas secas. Y eso ya no importa…

Has ganado porque no necesitas gritar para oír tu voz porque te escuchas.
Porque has descubierto que eres responsable de tu vida y de todo lo que hay en ella.
Porque sabes que no hay nada fuera de ti que pueda trastornarte si no dejas que lo haga…
Lo percibes porque cada vez eliges más tu estado de ánimo, porque te permites ser y confías en ti.
Ha sido largo y complicado llegar a ese estado pero ahora cada paso te compensa…
Has ganado porque no te importa que cambien las circunstancias ni las reglas, porque siempre permaneces tú…
Has ganado porque no esperas ni buscas… Eres, estás, sientes.

Porque te encuentras.
Estás ahí, entre las tripas de los monstruos más rotundos y terribles que te has inventado. Cubierto de escamas y con la cara sucia y llorosa, pero te levantas y sigues. Porque ya no importan los baches ni los golpes… Porque sabes que puedes aunque te encuentres más de una vez dudando de ti y nadando en la hojarasca de un otoño plácido, cómodo y casi eterno que nunca se agota ni va a parar a nada nuevo si tú no decides que así sea… Y lo decides porque ahora escoges tu vida.

Ya no miras los relojes porque hace tiempo que paraste el tiempo y empezaste a vivir.
Has ganado porque asumiste que podías perder y que el riesgo valía la pena.


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Cuando ya no te importa perder


Al final, en la vida, las personas son lo único. Lo que importa. Lo que nos hace mover cada día. Las personas a las que amamos y a las que vamos esquivando porque nos hacen tropezar, pero que también forman parte de nuestros días.

A medida que evolucionamos y maduramos, las personas que nos rodean, cambian. Algunas persisten siempre porque las llevamos enraizadas en nuestra esencia. Otras van y vienen. Muchas no pasan de la primera curva… Y me he dado cuenta de que cuanto más arriesgas y más te metes por caminos nuevos, más personas afines encuentras. A medida que te expones a perder y decides salir de tu círculo para encontrar nuevas experiencias, eres capaz de encontrar a personas que están en tu órbita, personas que como tú asumen que para ganar hay que arriesgar, que para aprender hay que salir de la burbuja.

No sé por qué. Seguramente por la misma razón por la que cuando llevas mucho tiempo buscando una respuesta y estás atento, la encuentras. Está en un libro, en un anuncio de una valla publicitaria, en una mirada, en el camino que nunca transitas porque es más largo o en una papel tirado en el suelo que no verías si no hubieras perdido el tren. A veces, da la sensación de que el universo conspira para que sepas lo que buscas, lo que necesitas, para que encuentres la forma de  conseguirlo… Y otras veces, para que lo pierdas, porque en realidad, necesitas perderlo. Esa sensación de que todo pasa por algo y de que lo que sucede a tu alrededor es justo lo que hace falta que suceda para pasar de pantalla en este juego complicado, para aprender lo que te falta por saber y subir un peldaño más de escalera, para ser más sabio y poder escoger mejor la próxima vez… Cada prueba superada te lleva a un tramo nuevo donde necesitas de esas nuevas habilidades adquiridas gracias al trance anterior.

Y lo mismo sucede con las personas que te encuentras. Cuanto más creces, más maduras son algunas de las personas con las que te encuentras, como si compartierais un espacio común… y más cuenta te das de que hay otras que no te hacen bien, que te intoxican y de las que debes alejarte porque no te ayudan a ser mejor.  Aunque incluso estas últimas, parece que están allí, esperando a que las encuentres para poder escoger no quererlas cerca, para certificar lo que quieres y lo que no, para poner a prueba el nuevo aprendizaje, para que te des cuenta de que tal vez en el pasado habrías caído y ahora no …

Y lo ves claro. Cuánto más dispuesto a perder estés, más ganarás.

Ganarás por tu actitud, por tu forma de ver la vida que te hace mover y no quedarte quieto. Ganarás porque en ese camino que recorrerás hasta llegar a la gloria o estrellarte, aprenderás mucho y conocerás a personas que están en el mismo punto que tú… Ganarás porque en una de sus esquinas hay algo precioso que tal vez te guste más que lo que crees que te espera en la meta. Ganarás porque al terminar el proceso serás mejor y estarás preparado para volverlo a intentar con más habilidad y certeza.

Por eso, me gustan los perdedores. No los que se encogen en el sofá y piensan que el mundo conspira contra ellos, ni los que se quejan y lamen heridas esperando que caiga una solución del cielo… Ni los que esperan, ni los que ya saben que el mundo no les dará nada… Me gustan los perdedores de verdad… Los que han apostado al máximo para conseguir algo y se han dado de bruces… Los que atesoran sus errores como oro puro y recuerdan sus fallos con una sonrisa en la boca porque son su patrimonio, su legado de aprendizaje, su pozo de sabiduría.

Me gustan los que se ríen cuando caen y no les importa si les miran. Los que se quedan a un milímetro del éxito y se levantan. Los que prefieren perder a quedarse quietos…

Personas que cuentan historias con los ojos. Que llevan un pedazo de vida prendido en la mirada y se puede leer cuando te clavan las pupilas o te dedican unas palabras.

Personas que están dispuestas a ayudarte porque sí , porque hace siglos que superaron el peldaño de la generosidad y porque saben que compartir les hace grandes.

Todas esas personas que han decidido que aunque las noticias digan que todo va mal, están dispuestas a demostrar que hay esperanza y llevar la contraria.

Hay tantas personas que últimamente me han ayudado a encontrar respuestas… Personas que han decidido que tal vez para conseguir más libertad debían apostarlo todo, aún sabiendo que podrían perder… Porque saben que lo que importa es saber que haces lo que necesitas hacer, lo que te ayuda a crecer… Que haces no tanto lo que debes sino lo que te debes a ti mismo, que no te engañas ni renuncias a ti mismo, que vives lo que hace falta que vivas para llegar a encontrar la paz interior.

Y que saben que en realidad la pérdida es una ganancia enorme, porque el aprendizaje es incalculable y les convierte en personas más válidas y preparadas para la siguiente prueba.

Y en este camino ando,eso intento, con mucho que aprender, y me doy cuenta de que si me cruzo con ellas es porque las necesito, porque son mis lecciones pendientes, mi material valioso de estudio en la vida, mi compañía en este tramo complicado y maravilloso…

Porque cuánto más arriesgas, más cambia tu decorado y quién habita en él. Más vueltas da todo y más te expones a encontrar… Y encuentras. Encuentras a lo que sujetarte para no caer y lo que te hace tambalear y casi salir del camino… Y notas que a pesar del miedo, eres capaz de reírte de ti mismo y disfrutar de tu caída sin red porque la has escogido tú… Porque has apostado por ver el mundo a tu manera y creer en él, aunque muchos te miren como si estuvieras loco. Porque hay tardes en las que tú mismo lo pensarías si no fuera porque lo que hacías antes de esta locura, te vaciaba el alma…

Y cuando caes… Cuánto más pierdes, más te das cuenta de que esa pérdida era necesaria.

Porque tu forma de ver la vida ha cambiado y lo que antes te parecía importante, ahora te parece superfluo. Lo que te daba miedo, ahora es altamente necesario… Lo que creías imposible es ahora cotidiano.

Cuantas más imprudencias cometes, más convives con la magia… Y mientras decides que te da igual que el mundo te llame intrépido o temerario…  Justo en ese momento, cuando ya no te importa perder, cuando te das cuenta de que perder y ganar son dos palabras que ya no tienen para ti el mismo significado que antes, entonces… Sólo te queda vivir.

A veces, la diferencia entre que te consideren un héroe o un insensato, es tan sólo el resultado… Aunque eso, a ti, ya no te importa.

 

A Paz, con cariño, por tenderme la mano mientras el decorado cambia y me flaquean a veces las piernas. 


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Vivir sin paraguas…


Sabes que has madurado porque te importa más lo que sientes que lo que piensas. Porque has aprendido que en realidad son “los medios los que justifican el fin” y que “lo bueno si es breve es un fastidio”. Porque llevas siempre la sonrisa puesta por si acaso y de quién más te ríes es de ti mismo…

Te has hecho mayor porque cuando caminas estás tan pendiente de lo que ves que a veces olvidas a dónde vas pero siempre llegas. Porque persigues lo que quieres con ganas, pero nunca permites que el esfuerzo te borre el entusiasmo. Porque para ti es tan importante disfrutar como conseguir tu sueño.

Sabes que has crecido como persona porque ya no te peleas ni empiezas batallas para demostrar quién eres, ni lo que vales. Porque no necesitas que te entiendan y no te importa lo que piensen de ti.

Porque te aceptas y te quieres tal y como eres. Porque madurar es aprender a quererte y respetar tu esencia. Porque lloras más pero es de emoción y alegría.

Has cambiado porque dices mucho más que “no” que antes y ya no besas sapos esperando encontrar príncipes… Porque ya no buscas príncipes sino parejas de baile… Has cambiado porque ahora encuentras belleza en todas partes y no alcanzas a comprender cómo no te diste cuenta antes de lo hermoso que eras.

Has madurado porque ya no necesitas ganar para sentir que mereció la pena la carrera. Porque encuentras oportunidades a puñados cada día en los lugares más comunes y sabes que puede haber magia en todos los rincones.

Has crecido porque ya no esperas que te llegue la inspiración, la fabricas. Porque te has dado cuenta de que prefieres los zapatos gastados a los zapatos nuevos, porque cuando quieres algo lo pides y no estás sujeto a un pasado que te golpea y limita.

Porque madurar es entrar por la ventana y nunca cerrar la puerta…

Eres mayor porque luchas por conseguir lo que sueñas pero valoras lo que tienes. Porque cada día te gusta más jugar y arriesgar y estás dispuesto a superarte. Porque cada vez que caes, no buscas la salida para huir sino que prefieres quedarte y dar la cara… Porque valoras los fracasos tanto como los triunfos y sabes que si no caminas por la cuerda floja nunca aprenderás a tener equilibrio. Porque has descubierto que todo lo que realmente importa se consigue dando pasos en falso y corriendo el riesgo de fallar.

Porque para ser, no necesitas aparentar. Porque para llegar no necesitas pisar a otros. Porque no temes mostrarte y no te importa que las miradas de otros no te aprueben.

Has cambiado y ya no quieres gustarle a todo el mundo, ya no lo necesitas… Y te das cuenta de que cada vez estás más dispuesto a hacer el ridículo por lo que crees o quieres.

Porque madurar es a veces quedar en evidencia y decir en voz alta lo que muchos sólo se atreven a susurrar.

Sabes que has cambiado porque el deseo supera el miedo y todo lo que ahora te parece coherente antes pensabas que era una locura. Porque no tienes que esperar a que suene la música para dejarte llevar y a pesar de tu impaciencia has aprendido a esperar lo bueno.

Porque madurar es vaciar el equipaje y arriesgarse a seguir el camino sin paraguas. Madurar es aprender a vivir sin paraguas…

Madurar es quitarse el abrigo y salir de la cueva, tocarlo todo aunque tenga espinas, ensuciarse y salir a la calle para que te toque el sol y la lluvia te inunde los sentidos. Madurar es arriesgarse con la partida perdida de antemano y ponerse en primera fila… Madurar es mostrar lo que eres sin temor a brillar ni destacar, llevar la contraria y aguantar la embestida, si hace falta, para no vivir una vida que no te llena.

Porque cuánto más creces más niño eres y más historias fantásticas imaginas…

Sabes que ya eres esa persona que deseas ser porque cada día tienes miedos nuevos y desconocidos pero consigues que ninguno de ellos te paralice… Porque has abandonado la concha y aunque hace frío, no te planteas volver a esconderte.

Has dado el gran vuelco porque sabes que pase lo que pase, tendrás fuerza para superarlo aunque ahora no sepas cómo. Porque tus amigos son personas extraordinarias y sencillas y escoges a tus compañeros de viaje por las risas… Ya no esperas demasiado, pero sueñas mucho… Y la mayor parte de tus sueños no son nada que se pueda tocar o meter en una caja.

Porque madurar es sentirse cada día más joven y más libre, más ligero, menos sujeto a la gravedad…

Sabes que has cambiado porque has dejado de pensar demasiado y dejas que tu cuerpo se estremezca con nuevas sensaciones… Porque te lo replanteas todo, incluso aquello que pensabas que era inmutable y se había convertido en credo. Porque te apasionas por todo, sea grande o pequeño…

Te has hecho mayor y más sabio porque has aprendido a dominar tus silencios y escoger tus palabras…

Eres grande porque te das cuenta de que las únicas cadenas que te pueden atar son las que te pones tú mismo. Porque nada te ciñe a ningún destino, ni siquiera tus prejuicios ni tus temores más profundos…

Has madurado porque amar te hace tan feliz como ser amado…

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El gran reto


FOTO MONTAJE

El mundo que nosotros conocimos y casi inventamos hace tiempo está cambiando. Cambia ante nuestra cara incrédula y zarandea nuestras rutinas y hábitos. Ya nada volverá a ser igual que antes, nada. Todo se mueve constantemente y da vértigo. Y nosotros podemos verlo como algo terrible que nos obligará a ponernos manos a la obra para cambiar nuestra manera de trabajar y de vivir o como un apasionante reto que nos prepara para una nueva era de oportunidades. Una era de conexión entre las personas, de valores, de coherencia… Una era donde se premia el esfuerzo y el camino andado, pero también el entusiasmo y la creatividad. Donde se valora la capacidad de asumir riesgos y la valentía para afrontar miedos. Un momento en el que se puede llegar a millones de personas en un instante y osar cambiar el mundo desde el lugar más pequeño de la tierra. Un buen momento para agitar los cimientos de lo establecido y salir reforzados de este desafío.

Entre todos estamos generando un nuevo espacio de colaboración en el que nada es fijo, todo se mueve.  Nuestros hábitos, nuestra forma de conocer a otras personas, nuestras relaciones y nuestros puestos de trabajo. Ya nada es igual que antes. Tenemos que adaptarnos, tenemos que diversificarnos y asumir multitareas sin perder la cabeza, sin perder el entusiasmo, sin dejar de ser lo que somos ni acabar vendiendo nuestros sueños a precio de saldo. El gran reto es adaptarse sin dejar de soñar. Ser resistente y ser elástico, al mismo tiempo. Soñar a lo grande y dar cada día un paso que nos acerque a lo que buscamos.

Es el momento de reinventarse y conectar con nosotros mismos. Con ese “yo” esencial que sabe lo que quiere y está dispuesto a sudar y dejarse la piel para conseguirlo. Sin rebajarse y empujar, sin pisar a nadie, sin perderse en sucedáneos. El tiempo de las envidias, rabias, prejuicios y discriminaciones agoniza porque no puede sobrevivir en un mundo interconectado en el cada vez se demandan más el talento  y el esfuerzo vengan de dónde vengan. Las rutinas tóxicas deben acabar para dar paso a un mundo de conexión y aprendizaje mutuo. Eso es lo que buscarán las empresas, personas capaces y con actitud sanamente competitiva. De otro modo, no podrán seguir con esquemas del pasado en un universo tan cambiante.

Lo que ahora es tendencia es compartir información, generar inercias para colaborar. Darle la vuelta a lo que conocemos para cuestionarlo.

Se lleva potenciar nuestra marca personal. Lo que mostramos de nosotros mismos y que habla de nuestros valores, nuestros logros, nuestros deseos, nuestra forma de ver la vida. Siempre con honestidad y sin artificios. Se lleva la sencillez…

Lo que ahora se lleva es la verdad, pura y dura. Cogerla entre las manos y mirarla a los ojos. Para asumirla y cambiarla, para no esconderla y esperar a que se disuelva.

Se lleva llamar a los problemas oportunidades e intentar resolverlos desde muchos ángulos. Con la lógica, con la razón, con la emoción… Peguntarse por todo y creer en imposibles.

Se lleva tener a mano todos los recursos y nuevas tecnologías para trabajar en el día a día y darse a conocer, mostrarse al mundo y posicionarse. Se lleva borrar fronteras.

Se lleva conectar y difundir lo bueno, lo que vale la pena. Se lleva alegrarse por los logros ajenos y difundirlos, incluso si son de profesionales que compiten contigo, porque eso es bueno para ellos y te hace mejor a ti como profesional, porque te estimula, y como persona, porque te hace grande.

Se lleva soñar y ponerse el listón muy alto. Esforzarse y superar tus límites. Se lleva no tener límites para crecer.

Se lleva que el jefe te pregunte qué opinas y escuche tu respuesta. Se lleva que el jefe se convierta en líder. Se lleva que tú seas tu propio jefe, que seas un líder…

Se lleva potenciar tus rarezas y diferencias.  Exponerte  y no pedir permiso para brillar y actuar ahora como la persona que deseas ser. Se lleva no esperar el momento propicio para lanzarse. Se lleva lanzarse… Siempre le podrás poner peros a los momentos.

Se lleva sobrellevar la incertidumbre apostando por muchos proyectos al mismo tiempo. Se lleva organizarse y priorizar.

Se lleva admitir errores y profundizar en ellos para que no te aten, sino para que te den alas.

Se lleva caer y levantarse.  Rodearse de personas inteligentes y escuchar. Se lleva la inteligencia emocional.

Se lleva mostrar las emociones y también saber gestionarlas. Se lleva ser vulnerable y dar la cara.

Se llevan el talento y se llevan las ganas de superarse.

Se lleva negociar y se lleva ceder. Se lleva perder para ganar.

Es el momento de la empatía, de la comunicación, de la imperfección. De soltarse, de revolucionarse, de regresar a tu esencia y hacer locuras necesarias.

Se lleva la autoestima, el aprendizaje continuo, el hambre por conocer…

Ahora, se llevan las personas…

Ojalá entre todos superemos este gran reto que se plantea ante nosotros, nos lo merecemos…


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Negociar, dialogar, ganar y perder…


Me recordaba hace poco alguien que para negociar hay que estar dispuesto a ceder. Esto que parece tan básico, a veces, es difícil de conseguir. Dialogar y llegar a acuerdos es un arte y lo dominan las personas que saben perder. Diría aún más, aquellos que saben perder y no ven esa pérdida como una derrota, porque saben que para ganar no hace falta figurar o quedar el primero. Porque ponen la vista en objetivos  pero también en valores y buscan el consenso, la concordia, la sintonía o el buen ambiente. Saben que la victoria no es sólo un resultado, que no es un número, que no siempre se cuantifica. Que puedes salir de la contienda vencido, sin nada más en las manos de lo que tenías al entrar, pero con una sensación de triunfo agradable porque has crecido, porque has conseguido hacer que una de tus propuestas se tenga en cuenta. Porque los resultados a valorar no son sólo activos o pasivos, haberes o deberes, son sensaciones, son alianzas, son emociones, son proyectos y principios de algo grande que nunca de sabe dónde puede llegar. Esa sensación de estar en algo bueno, de haberse metido en algo difícil pero que gratifica a nivel humano o profesional, que puede mejorar la vida de a las personas o dar un pequeño paso… Eso es la victoria para ellos.

Saben que ceder no les hace débiles, sino fuertes y que les ayuda a ganar el respeto de los demás. El respeto sólo se gana siendo justo y poniendo esfuerzo, nunca engendrando miedo, nunca atacando, cohibiendo o coartando la libertad… Saben que para negociar y llevar a buen puerto un bien superior, hay que valorar al oponente, no dejarse avasallar ni menospreciarle. Estar dispuesto a escuchar e incluso aprender de él, creer que un día puede estar en el mismo bando… Quien dialoga con éxito, piensa que tal vez no tiene toda la razón, sabe que al otro lado puede haber ideas interesantes por conocer  y, sobre todo, sabe escuchar. El buen negociador tiene los oídos y la mente abiertos. Respeta las razones ajenas. Su recompensa es el pacto aunque el resultado de su victoria tal vez se aleje de sus expectativas iniciales, pero lo ve como una concesión necesaria, como un triunfo. A veces, ganar es perder a conciencia para poder pacificar, para poder encontrar un punto de encuentro. Renunciar a una parte de ti mismo para obtener un bien común.

Los que saben dialogar dan pasos atrás para poder dar pasos adelante más tarde, esperando el momento propicio. El buen negociador calcula los tiempos, sabe esperar sin desesperar y tomar impulso cuando hace falta. Sabe retirarse para dejar paso, dar la cara y levantar la vista. Sabe encajar y disculparse cuando no acierta. Los que dialogan bien no sólo calculan el gasto sino también las emociones. Valoran los daños y el estropicio que suponen sus acciones y palabras. Usan adecuadamente las palabras porque saben que tienen poder y hay que administrarlas con cordura y prudencia, pero sin temor.

Para negociar hay que salir de uno mismo y meterse en la cabeza del antagonista, notar cómo siente, saber cómo piensa y conocer sus puntos fuertes y sus puntos débiles. Saber qué necesita y qué está dispuesto a soltar… Dominar el arte de planificar y al mismo tiempo dejarse llevar. Tirar y aflojar. Ser firme y contundente, pero también generoso y amable. Y usar dos de las grandes capacidades que poseemos como seres humanos, la intuición y la empatía. La primera nos dirá cuándo actuar y la segunda cómo, para no pasarnos de listos ni quedarnos cortos, para no tirar tanto que la cuerda se rompa, para no arañar ni hacer daño, para no ceder más de lo necesario ni quedar a un milímetro del pacto. El buen negociador seduce, persuade, convence, nunca somete ni chantajea. El buen negociador sabe que las formas son tan importantes como el contenido de sus mensajes. El buen negociador siempre sale de la reunión sabiendo que no ha hecho nada que le impida aguantarle la mirada a su adversario la próxima vez.


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Cuestión de suerte


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¡Menuda suerte haber nacido con ganas de más y no saciarse nunca! Levantarse al primer latigazo solar y mirar el mundo con ojos hambrientos. Retener aún esa mirada brillante de niño que todo lo puede y recuperar el placer intenso de todas las primeras veces.

¡Menuda suerte no poder parar de hacerse preguntas e irlas cambiando al encontrar respuestas! Para vivir en el constante reto de saber qué haces en el mundo y cómo cambiarlo. Notarse cansado, vencido, revuelto y alzar la vista para volver a empezar. Saber que la noche siempre se acaba. Que las cicatrices nos hacen sabios.

¡Menuda suerte que casi nada fuera fácil! Que algunas puertas estuvieran cerradas y hubiera que buscar rendijas por dónde colarse. No ser siempre el primero para no sentirse solo y alejado del pelotón. Que el camino fuera largo y tortuoso y haber podido mirar atrás para sentirse satisfecho.

Suerte que las cadenas fueran pesadas y los obstáculos casi insuperables. Que el viento soplara intensamente y la lluvia no cesara nunca. Y saber encontrar el sol…

Suerte haber podido tocar fondo y haber probado el sabor del suelo frío, haber notado el pulso en las sienes y haber sabido que para levantarse hacía falta mucho valor y mucho miedo de permanecer tirado en la cuneta, si no hacías un gesto de ánimo.

Suerte no haber estado en la cima, alejado del mundo, y haber sabido encontrar otras miradas también deseosas, llenas de inquietudes, con las que compartir este trecho complicado.

¡Menuda fortuna saber confiar a pesar de las puñaladas y las decepciones! No haber olvidado credos y tener la certeza de que las personas son lo único.

Suerte haber perdido el tren y haber tenido que aprender a volar para poder llegar al destino. Haber sabido cómo multiplicar panes y peces, acompasar las risas a los temores y alargar las sobremesas en las tardes frías.

Suerte haber tenido miedo, mucho miedo, y también la fuerza necesaria para mirarle a la cara y comérselo, medirlo y convertirlo en poco más que una mascota. Tener memoria selectiva para olvidar el dolor y quedarse con la moraleja…

Haber tenido que dar tres vueltas más antes de poder entrar, haber soñado mil veces más con lo que casi no podía tener y haber descubierto que al final no era imposible.

Suerte haber perdido para valorar ahora tener. Haberse equivocado para saber ahora por dónde no pasar. Suerte inmensa amar sin poder parar y conocer el valor de recibir amor.

Suerte de no ser perfecto para anhelar cambiar y haberse podido reinventar y crecer. Y poder percatarse de lo maravillosa que es esa imperfección. Perdonarse, aceptarse y expiar fantasmas ocultos en los pliegues del alma.

Suerte de tener esta suerte. Suerte de haberse dado cuenta y encontrar las palabras para contarlo.