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la rebelión de las palabras


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¿Y si en lugar de tomarnos la pastilla, nos tomamos la vida?


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Es nuestro temor a no llegar lo que nos hace resistirnos a la vida… Y nos cierra puertas y construye muros… Nos hace creer que todo está en contra y que alguien en el algún lugar mueve los hilos para que todo falle… Y es verdad, hay alguien que hace eso, pero es la persona que vemos en el espejo cada día… La que no confía en sí misma ni persiste lo suficiente como para que el camino dé su fruto… La que mira el obstáculo y no piensa nunca que puede ser un impulso, la que agota la paciencia y se dice si misma palabras que nunca querría oír de otros… Es el miedo al miedo lo que nos aleja de nosotros mismos… Que nos hace creer que no encajamos y vamos a seguir siendo castigados por ello en un mundo en el que nadie encaja en realidad, pero todos fingen porque están demasiado asustados para quitarse la máscara… Hay algo que tienes que saber, nadie encaja… Absolutamente nadie entre todas esas personas que ves cada día en la calle, es normal… Todos tenemos maravillosas rarezas y eso es lo que nos hace maravillosos y nos permite crecer.

Es nuestro temor a no ser lo que nos aleja de ser quiénes somos. Porque vivimos aislados de lo que sentimos, de aquellas emociones que consideramos que nos arañan, que nos recuerdan que tenemos cuentas pendientes con nosotros y en realidad es sólo a través de ellas que podremos llegar a encontrarnos y reconciliarnos con nosotros mismos.

¿Y si nos arriesgamos a sentir el miedo? ¿Y si lo notamos y nos concentramos en él hasta que veamos y percibamos cómo pasa y qué nos dice? ¿Y si en lugar de tomarnos la pastilla, nos tomamos este momento para saber qué sentimos?

¿Y si dejamos de ponernos los zapatos de tacón para sentirnos altos y crecemos por dentro? y luego, nos ponemos lo que queramos, sea alto o bajo, pero que sea cómodo, que nos haga pisar fuerte…. Que nos haga fácil llegar a dónde queremos llegar sin que tengamos que pensar que debemos pagar peajes o dar contrapartidas para tocar lo que merecemos.

¿Y si nos desnudamos y descubrimos que ya somos perfectos? y que llevamos años escondiéndonos de nosotros mismos y dibujándonos sin hacer honor a nuestra verdadera belleza…

¿Y si dejamos de correr para huir y empezamos a correr para sentir, para soltar, para descubrir si correr nos gusta y nos libera?

¿Y si sentimos nuestro miedo de una vez por todas y así lo podemos sacar del armario y no tenemos que volver a pasar por delante con ese pinchazo en la nuca?

¿Y si lo que toca es sentarse a la mesa con nuestros fantasmas y servirles el te? Y mirarles a la cara y decirles que aceptas que sus sombras, que notas sus espinas y ves sus miradas inquisidoras pero que vas a seguir, que ya no eres ese o esa que camina eludiendo problemas y que ahora eres responsable de tu vida…

¿Y si dejamos de resistirnos a vivir lo que la vida nos propone y nos dejamos llevar por aquellas situaciones que evitamos? porque tal vez las respuestas están en ese lugar que nos resistimos a ver y en la conversación con aquella persona a la que no soportamos porque nos recuerda que nosotros también tenemos un lado muy oscuro…

¿Y si nos miramos al espejo y nos reconciliamos con esa persona perdida y cansada de que no la mires a la cara porque le reprochas demasiado? ¿Y si nos amamos sin esperar a que pasa nada ni cambie nada? Basta con decidir ahora que ya somos merecedores de todo lo bueno, sin tener que esperar a hacer algo extraodinario o adelgazar cinco kilos…

No sentir nuestro miedo es querer bailar sin gastar zapatos, respirar sin notar los olores, correr sin sudar, amar sin ser herido a veces, vivir sin ensuciarse… No querer notar lo que somos es renunciar a ser, a conocer… Es perderse a un ser humano maravilloso que cada día llama a tu puerta pidiendo una oportunidad para amarte y tú nunca abres porque temes ver sus defectos… Y cuando no abres, no ves sus ojeras pero tampoco gozas de su mirada brillante… No notas sus abrazos, ni escuchas sus historias ni descubres su inmenso valor…

¿Y si notamos nuestro dolor y nos mecemos en él? ¿Y si nos damos cuenta que lo que realmente nos duele es esquivarlo y rechazar comprender qué viene a contarnos de nosotros mismos? ¿Y si en lugar de meterlo en una caja y fingir que lo olvidamos, le abrimos la puerta y nos tomamos con él un café? ¿Y si le preguntamos qué quiere y le respondemos con lo que nosotros queremos y le dejamos claro que nunca va a mandar?

¿Y si le damos las gracias porque está ahí para contarnos algo de nosotros mismos?

¿Y si en lugar de volver atrás con nuestros pensamientos para recordar lo mal que lo hicimos, volvemos a este momento y damos la gracias por estar aquí?

¿Y si decidimos que no queremos volver a ser víctimas de nada ni de nadie? ni siquiera de nosotros mismos…

¿Y si nos perdonamos de una vez por todas por no haber sido perfectos y gozamos como merecemos de nuestra maravillosa imperfección?

¿Y si nos salvamos de nosotros mismos siendo capaces de amar lo que somos?

Dejando de eludir lo que nos quema, dejando de llevar el fardo de reproches y soltando quejas que solo hacen que recordarnos lo que no somos y nos incapacitan para ver todo lo que hemos conseguido, todo lo que hay en nosotros por el hecho de existir. Para dejar de creer que necesitamos ser algo que no somos y alcanzar una meta que a medida que luchamos por conseguir parece que se aleja… Para comprender de una vez por todas que absolutamente todo lo que hay en nosotros merece la pena… ¿Y si nos reconciliamos con nosotros mismos y empezamos a vivir?

¿Y si afrontamos lo pendiente de una vez por todas?

¿Y si en lugar de tomarnos la pastilla nos tomamos la vida?

 

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El milagro que esperas


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Cuando llegan estas fechas siempre se dice algo trascendente, algo que te hace sentir esperanzado y que te recuerda que la magia es posible…  Lo hacemos porque, a menudo, es nuestra forma de pedir un deseo más, de decir en voz alta que el balance nos sabe a poco… La forma de arañarle a la vida un poco más de felicidad que nos permita sentir que no hemos perdido el tiempo y no nos hemos desviado del camino… Yo este año no quiero hablar de logros ni resultados. No quiero pesar mis días ni ponerles nota, no quiero valorar mi vida por lo que llevo en el saco… Lo maravilloso no se mide ni pesa nada.. Llego a los últimos días tal vez con ese saco más vacío pero con el alma más llena, más en calma, más en paz…

No necesito mirar mi cuenta para saber que soy rica en mil cosas, para darme cuenta de que he conseguido mucho y de que he crecido una barbaridad… ¡Y lo que me falta por aprender, claro! Voy a hacer balance de sensaciones, de momentos en el camino, de risas, de complicidades, de errores que me han ayudado a ver claro lo que tengo que comprender y aceptar, de ganas e ilusiones… No he llegado a mis grandes metas, lo admito, pero el camino está siendo delicioso y está lleno de pura vida… No he encontrado a nadie que me financie, me salve o me arregle la vida, pero he topado con personas fascinantes que me la regalan cada día con su generosidad y alegría… No poseo todavía lo que posee la persona que quiero llegar a ser, lo asumo, pero me siento bien conmigo, me gusta la persona en la que me voy convirtiendo y lo que soy (a pesar de tener mucho trabajo interior pendiente y a veces no ser mi mejor versión). Físicamente, en algunos aspectos puede que esté en el mismo sitio que hace un años, pero por dentro, estoy a millones de kilómetros, más en calma, más en mí… Al final, uno puede estar en el podio triste o no haber ganado y estar ya en el vestuario con los compañeros riendo y planeando salir a tomar algo… Y yo hace tiempo que me di cuenta de que no quiero la medalla, quiero la risa… Porque, al final, uno demasiado a menudo, necesita la medalla para sentirse digno de esa risa, de esa compañía… Y desde el podio, a veces, cuesta acercarse y sonreír… Y no es incompatible, por supuesto, hay momentos para compaginar ambos logros, pero a la hora de hacer balance de tu vida, las risas cuentan y mucho… 

He conseguido muchas pequeñas metas, es verdad, pero cuando miro atrás, quedan eclipsadas por lo que he aprendido de mí y de otras personas… El año que acaba ha sido increíble. Reconozco que venía de un tiempo deliciosamente oscuro y empecé 2017 casi deseando borrarlo todo para poder seguir… Y en el fondo, eso es lo que ha pasado. No creo que haya año en mi vida en el que haya cambiado tanto, siendo muy sincera. Y no es todo mérito de estos doce meses cargados de emociones y momentos de locura, esto ya venía de antes… Uno cambia el día en que decide confiar y creer que es posible. Y va dando pasos… Deja para el final el paso más grande, casi siempre, porque necesita llegar a ese momento en que el dolor de quedarse supera al miedo de irse, cuando la comodidad de no hacer es más lacerante que el temor arriesgarse y saltar… A menudo, esperamos a que el precio que pagamos por no cambiar sea tan alto que asumir el riesgo nos compense… Aunque entonces a veces te has perdido algunas oportunidades.

He dado muchos pasos. Y estoy satisfecha de todos. De los que me llevaron al abismo y de los que me llevaron a mí misma. Este año he aprendido que no importa a dónde vas, sólo importa qué te mueve a ir, qué te hace querer estar ahí… Si eres honesto contigo, el camino no importa, porque al final la vida siempre hace que se cruce con otro camino donde hay algo que aprender y encontrar. ¿Qué más dan los rodeos si al final te das cuenta de que lo que importa es estar en paz contigo? Para mí que me he pasado la vida forzando milagros hasta quedar rota, descubrir que a veces no hay que hacer nada y sencillamente hay que conectar con uno mismo y sentir, ha sido un choque frontal con la realidad… Este año he descubierto que hay mucho que hacer y decir, pero que también hay que callar y esperar, sentarse y observar la vida a ver qué te dice y por dónde respira… Aprender a esperar sin desesperar es la medicina más útil para los ansiosos como yo que todo lo quieren ahora. 

Lo que pasa es que estamos tan llenos de credos rancios y frases hechas que no sabemos qué queremos y así es muy difícil saber si el camino que empiezas te lleva a dónde quieres tú o dónde te han dicho que deberías querer llegar.

Este año me he arrancado algunos de esos credos. Tenía muchos pegados a la conciencia haciéndome sentir culpable casi por existir… Por no ser, por no llegar, por no parecer… Sé que me quedan, aunque los que siguen ahí serán descubiertos, a su tiempo, cuando haya aceptado que están y pueda trascenderlos…

Algunas de esas creencias que llevamos dentro y que tanto nos limitan se confunden con nosotros. Son muy parecidas a pensamientos lógicos y mantras liberadores. Nos hemos agarrado a ellos tanto que cuando hay que soltarlos nos sentimos perdidos… Arrancarlos hace que todo se tambalee, que se caiga el decorado y la vida se muestre tal y como es… Muchos de ellos son cargas pesadas, pero cómodas, muletas que nos evitan asumir quiénes somos y nos alejan de acercarnos a lo más oscuro que hay en nosotros para no tener que verlo… Y no nos damos cuenta, hasta que un día sabes que la verdad más cruda es infinitamente mejor que la mentira más piadosa, porque sin ver, tocar, aceptar y soltar esa verdad terrible, nunca serás libre.

Si no descubrimos que aún estamos heridos no podemos cicatrizar… Si no asumimos que no nos han amado como merecemos, no admitimos que eso nos ha llenado de rabia y no podemos encauzarla y soltarla… Y no consigues darte cuenta de que el amor que necesitas recibir ya está en ti, porque eres tú… Nos gusta esconder ese dolor porque creemos que así desaparece y lo que hace es crecer y hacerse enorme. Los últimos meses he besado a todos mis fantasmas y les he dado las gracias por estar ahí dando la lata continuamente y permitirme conocer mis miedos para enfrentarme a ellos y descubrir que en realidad eran las piezas de un rompecabezas que nunca completaría sin su ayuda… Nuestros miedos son el camino a la paz, a la libertad, a uno mismo…

Como bien dice mi amigo Juan Pedro Sánchez, el miedo es el espantapájaros que nos ahuyenta, pero también aquella señal que nos indica dónde está la cosecha… (No sé si es exactamente así, perdona Juan Pedro si  he estropeado tu genial sentencia un poco parafraseándote) .

Este año, he descubierto que me complico la vida porque estoy programada para creer que la vida es siempre compleja y todo requiere mucho esfuerzo… Que me atado siempre al sacrificio como si sufriendo ganara medallas y méritos… Y así he vivido… Me he dado cuenta de que creía que yo debía tirar del carro y hacerlo todo porque si no saldría mal… Que si era feliz un rato, tendría que pagarlo caro con un castigo de algún dios enfadado por mi osadía… Que creía no merecer y por eso no pedía lo que deseo… Que mi obsesión por los resultados y las medallas me ha alejado de gozar de la carrera y vivir el momento.. 

Este año he viajado más que nunca y he encontrado a personas maravillosas… ¿Sabéis cómo me di cuenta de que estaba cambiando y de que me quería más a mí misma? Porque empecé a ver cada día que las personas que encontraba eran cada vez más extraordinarias… Cada día veo más belleza a dónde voy y encuentro personas más fascinantes… Últimamente es una constante, cada vez pongo menos pegas a nadie, encuentro personas más amables y generosas… Y ese regalo no es una casualidad sino que creo que es un síntoma de haberme aceptado a mí misma y ser capaz de aceptar a los demás y ver su lado fantástico. Nunca vemos belleza en los demás si no hemos encontrado la propia belleza… Y yo veo mucha, mucha. 

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Este año he aprendido a no esperar, a no tener tantas expectativas y a dejar de desear cambiar al mundo. Me he dado cuenta de que lo sabio es aceptar las cosas como son y amarlas… No, no es terrible, es maravilloso… Y no es resignación, es todo lo contrario… Nada transforma tanto el entorno como el amor… Aceptar es mágico. Era (todavía me falta) mi gran asignatura pendiente… No juzgar, no forzar para que todo sea como deseo… Uf… Algo duro para una persona obsesiva como yo que está programada para demostrar, buscar la perfección y asumir el control… Para actuar… Sujeta a resultados y ávida de méritos… Y a soltar… En ello ando, soltar necesidades… Soltar pasado y futuro y quedarse en el presente. Nada calma tanto como aparcar el futuro y vivir el presente. Nada libera tanto como soltar la carga del pasado… Mi culpa, que era tremendamente gorda, inmensa, voraz… Se quedó por el camino y aún rueda colina abajo mientras yo la miro y a veces la echo de menos y me hago un poco la víctima… Este año me he sorprendido viviendo hoy, ahora, este momento, como nunca lo había hecho y me he dado cuenta de que si no consigues eso, no vives, sencillamente te cuelas por una especie de sumidero de tu vida… Un desagüe donde van a parar tus días sin sentido y dónde todo es desesperación… 

Me queda tanto por aprender, tanto… Estoy dejando de pensar en exceso. Me cuesta, lo admito, me regodeo en pensamientos viejos y hurgo en la basura como una profesional… Llevo media vida haciéndolo y se me da muy bien… Y estoy aprendiendo a confiar. En mí, en la vida, en todo… Pensar en exceso es querer controlar todas las variables posibles, caer en la escasez, el miedo a lo desconocido, el apego, la desconfianza para tener que controlar más y obsesionarse más en un círculo vicioso. Cuánto más te preocupas, más cansado estás y menos haces y más culpable te sientes por no estar a la altura… 

He dado muchas vueltas y cuando he parado un momento no sabía quién era, lo reconozco, porque la mujer que se ha quitado tantas capas de piel gastada y de ideas absurdas parecía no ser yo… En algún momento, confundí al personaje que me había inventado para sobrevivir y no afrontar mis limitaciones con lo que soy en realidad… Y cuando me despojé del personaje, me sentí desnuda…

Os voy a decir algo, la desnudez sólo molesta al principio, luego, descubres que sin quitarte todo lo que te oculta no puede volar…

Me queda, me queda mucho por hacer, pero algo que he aprendido este año es que todo llega. No pasa ni antes ni después. Cada día hay milagros… Uno tras otro. Pasan cosas maravillosas mientras cruzamos el semáforo, leemos un libro o vemos atrocidades en televisión… Lo único que necesitamos es verlos y apreciarlos, ser capaces de percibir que suceden… Y a veces no los vemos porque tenemos que aprender a mirar y percibir… Miramos con los ojos del que busca dolor y malas noticias, en lugar soltar la mirada del que admite que no sabe nada, del que ve belleza en los rincones y del que cuando pasa algo es capaz de creer que no es un paso atrás sino una puerta que se abre con algo grande oculto detrás.

Cuando curemos nuestra percepción nos daremos cuenta de que todo lo que buscamos lleva una eternidad a nuestro lado. Cuando aprendas a mirar al mundo te darás cuenta de que el milagro que esperas está en ti. 

Este 2017 ha sido el año en el que dejé de esperar y aprendí a mirar al mundo de otra forma y conseguí ver el milagro… Estaba él ya allí, esperándome a mí y yo no lo veía porque miraba el saco y esperaba la medalla… 

Gracias, gracias, gracias. 


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Fluir… ¿Te apuntas?


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Ya no quiero ser correcta, quiero sentirme viva.

La corrección es enemiga de la belleza, de la sabiduría, de la capacidad de caer y volver a empezar, de la capacidad de transformarse y aprender a quererse.

En un mundo completamente simétrico, seríamos todos sólo un espejo de nuestra cara amable y nos perderíamos esa parte oscura de la que tanto podemos aprender. Nunca veríamos ni abrazaríamos a esa persona que está en nosotros y que cuando somos capaces de asumirla y comprenderla nos transforma la vida… Somos un cúmulo de fracasos maravillosos esperando ser vistos como un campo de flores imperfectas, pero maravillosas. Si cerramos la puerta a lo que nos hace salvajes, estamos poniendo límites a lo que nos convierte en nosotros mismos.

Si huimos de lo que nos asusta, estamos escapando de las garras de la vida, de las infinitas posibilidades de pisar un abismo sin márgenes donde podemos crecer hasta salir de nuestro mapa…

¿Te imaginas ser tan grande que superas a tu sueño? Que ya no hay nada imposible salvo tal vez que vuelvas a ser pequeño, diminuto, que vuelvas a estar asustado a golpe de pensamiento y cedas de nuevo a la creencia de que no llegas y no puedes… Imagina que de una vez por todas sabes que lo que te convertirte en lo que realmente eres depende de ti,  de que te invites a ti mismo a pasar la línea, a cruzar la frontera de lo que crees que eres para llegar a lo que puedes llegar a ser si lo imaginas… ¿Te ves saliendo de ti mismo y mirando al mundo de tú a tú? Como si siempre hubieras llevado un mar inmenso dentro de ti esperando a desparramarse y fluir a la vida, a inundarlo todo con tu recién descubierta belleza.

Yo ya no quiero ya ser perfecta, quiero equivocarme mucho. Todavía más… Hacer tanto lo que se supone que es el ridículo que llegue un momento que ya no sepa qué es correcto y qué no, pero que tenga claro lo que me hace feliz y lo que me arrastra a la rutina. Y que si me miran, no importe, porque al fin y al cabo cuando miras a otro y te ríes de él es porque te duele no ser capaz de mirarte a ti mismo. Los que te juzgan se juzgan a ellos mismos a través de ti… Vivimos en un juego de espejos y reproches que si somos capaces de comprender, nos lleva a darnos cuenta de que perdemos un tiempo maravilloso culpándonos y culpando a otros por sentirnos tan perdidos… 

Quiero respetarme los tiempos y respetar los tiempos de los demás… Sentirme capaz de saltar y de decidir no saltar si me apetece rodear el muro para saborear el roce delicioso de las hojas frotando mis piernas… El beso del viento que siempre sabe por dónde tiene que colarse para llegar a su destino y barrer de un soplo la monotonía. Quiero ser el viento y no tener cauce, no tener que saber por dónde voy a pasar ni medir, ni planificar. 

Amar la incontinencia de mis palabras más empalagosas y mis errores más sonoros. Saber que me equivoqué intentado ser y no aparentar, sin reproche ni llanto acumulado, sin malgastar un minuto en lo que pudo ser.

No quiero huir del lobo, quiero comprenderle. Quiero amar al lobo que hay en mí para que sepa que puede liberarse… Para que aúlle y les cuente a otros lobos que la jaula es imaginaria y los barrotes en realidad están dibujados.

No quiero esconderme de mis monstruos, quiero abrir el armario y mirar bajo la cama e invitarles a salir para que bailen conmigo y sepan que ahora la que manda en mi vida soy yo.

Quiero perder. Ya he perdido, no importa. Así me queda claro que no compito con nadie, que camino y saboreo la vida sin más intención que vivirla y ser yo. Pierdo porque sé que mi victoria es estar y mirar a la cara a la vida aceptando lo que llega, lo que va, lo que sube y lo que baja…

No importa que me miren y no me vean, yo me sé… Soy la punta de un iceberg grandioso que siempre flota. Ese momento de quietud y silencio en el que descubres quién eres de verdad y sientes que eso compensa todo lo pasado… Cuando te das cuenta de que no eras diminuto como creías, sino que eras tan grande que no podías imaginarte, no podías abarcarte con los sentidos y comprenderte en tu magnitud… Cuando pensabas eras un punto en el infinito y en realidad eras el infinito entero, porque tus ojos acostumbrados a la pequeñez no veían lo que tu mente era incapaz de creer… Buscabas una gota y te perdías en el mar de tu inmensidad.

No quiero ser perfecta, quiero ser y participar de cada uno de mis procesos maravillosos y de cada uno de mis momentos como si fuera el primero, como si fuera el último. Con los ojos de una niña y la paz de una anciana. Con la sensación inagotable de saber que ocupo mi lugar en el mundo y que ya no me importa ceder, ni dejar la pelea, porque ya he gané cuando asumí mi propia grandeza y el poder que tengo sobre mi forma de mirar la vida.

No hace falta ser de ningún modo concreto, sólo ser y notar que eres. Lo demás llega de esa plenitud, de esa belleza, de esa sensación sin gravedad de fluir… De aflojar, soltar, dejar ir lo que sobra, dejar de controlar… De dejarse llevar y llegar a donde quieres sin forzar, sin medir, sin esperar nada más que flotar, que sentir… 


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Déjate llevar


Pensamos que la felicidad es control y que si lo controlamos todo en nuestra vida evitaremos que pase lo que no nos gusta. Pensamos que controlaremos el mundo y nuestras circunstancias. No es cierto, el control no existe, es falso. Hay que dejarse llevar por la vida y dejar margen a la sorpresa, porque a veces, en esa sorpresa está lo que esperamos. Debemos abrir la mente para que las oportunidades pasen aunque no las tengamos planificadas. No se puede planificar todo. Aunque seamos disciplinados y nos esforcemos, que es muy necesario, hay que soltarse y dejar margen al error, dejar margen a la vida..

 

 


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Sin gravedad


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Soltarse, al fin. Notar que caes, pero saber que flotas. Que vas a sobrevolar el precipicio y ver que el mundo se hace pequeño y te cabe en la pupila. Convertirse en aire, en vapor caprichoso que todo lo acaricia y en todas partes se impregna… permanecer callado oyendo mil voces y ser capaz de distinguir entre ellas un susurro. Dejarse llevar, un poco. Un casi del todo, sin abusar. Como el agua que dibuja su camino buscando surcos y sondeando huecos, pero sin detenerse, con fuerza, con ansia, con inercia.

 Soltarse, sin remedio. Sin gravedad. Respirar hondo y notar como el aire te atraviesa, sin pensar en las muecas, ni las caras, sin escrutar las miradas esperando desacuerdo ni vanagloria. Escuchar sólo ese reloj interior que marca los goces y los sueños, sin tiempo ni prisa, sin más temor que el de dejar de oírlo.

Ser bruma. Espesarse y diluirse al calor. Fusionarse.

 Adivinar las risas. Buscar las risas y detenerse en ellas, un rato largo… Para notar la vida desde los pies a la cabeza. Saber que una carcajada es un universo y que cada lágrima devastaría un imperio. Surcar imperfecciones conocidas sin que se claven en tu puerta con sus hojas afiladas, sin que te ocupen la mente, sin que se conviertan en tu cauce.

 Soltarse, volar. Darse cuenta de que no hace falta ser perfecto para ser mejor. Bailar. Bailar sin parar.

 Soltarse, con ganas. Librar una batalla entre la voluntad de ser y la naturaleza de estar. Ser la nieve sobre una hoja, la mota de polvo errante en el aire  que se distingue al sol… Caminar, bucear en lo más íntimo… Existir como finalidad y como medio. Brillar… Brillar de modo intenso.

 Soltarse, al fin. Saber que no es perfecto, pero que es hermoso. Acabar con la pugna para arrastrar un equipaje pesado y escoger lo necesario para el viaje. Llevarse las caricias y las moralejas… dejar los credos absurdos, los límites inquebrantables y las pequeñas crueldades. Olvidar escudos y caparazones. Mudar la piel y ser elástico… sentirse en calma pero iluso, ardiente… vivo, intenso.