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la rebelión de las palabras


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Por si no existe un mañana


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La primera vez que me interesé por el concepto Mindfulness fue leyendo a mi admirado Mario Alonso Puig. Lo admito, a pesar de que es un gran comunicador, no lo entendí del todo, porque seguramente, el concepto Mindfulness que ahora es objeto de conversación en los lugares más insospechados, era más grande que mi capacidad de imaginar. Cuando, por suerte, pregunté a algunos expertos, me dijeron que se trataba de conseguir la atención plena.  Esta técnica está totalmente asociada a la meditación, a conectar con uno mismo, pero puede practicarse en todo momento.

Pasado el tiempo, después de leer mucho sobre el tema y hacer algún curso (no domino nada aún, lo dejo claro) me he dado cuenta de que la técnica del Mindfulness es una forma de vivir. Una manera de existir que te permite centrarte en el ahora y no ocupar tu mente en un mañana que ni tan siquiera sabemos que vaya a existir.

Dándole muchas vueltas, me he dado cuenta de que nuestros grandes momentos en la vida son Mindfulness porque si no, no tendrían sentido. Y si no lo son, es que la estamos perdiendo a pedazos. Y que la mayoría de problemas y pequeños conflictos que tenemos se deben a no tener esa actitud.

Si focalizas tu atención en dos cosas al mismo tiempo lo más probable es que ninguna de las dos salga bien. Hay tantos momentos en la vida que requieren tener todos los sentidos para vivirlos, que nos arriesgamos a perderlos…

No se puede amar sin notar que amas… Ni bailar. Ni escribir. Ni nada que queramos que se fije en nosotros y perdure. En el fondo, no se puede vivir nada intensamente sin una actitud Mindfulness.

Aunque no es raro que no prestemos la atención necesaria a cada momento que vivimos, porque estamos en una sociedad que da más importancia a hacerse un selfie en una fiesta que a disfrutar de la fiesta y la compañía.

Recuerdo hace años, en un viaje. Me gusta ir por libre cuando estoy de turista, pero contratamos una excursión  para visitar una parte del país que salía del itinerario. Nos hicieron bajar del autocar y nos dieron cinco minutos para hacer una foto a un monumento… Me quedé atónita al reflexionar sobre lo que implicaba aquel gesto y todavía más atónita cuando vi que todos los que nos acompañaban en el autocar, hicieron caso sin planteárselo ni rechistar.

Yo pensé… ¿Por qué? ¿para qué? ¿para recordar un lugar en el que casi no estuve? Donde no viví nada ni noté nada porque permanecí en él sólo cinco minutos… Un lugar en el que sólo pude hacer una foto… Eso es como apuntaren el curriculum una habilidad o formación que no tienes o que no aprendiste porque en lugar de  ir a clase te quedaste en el bar. Estamos obsesionados por atesorar momentos artificiales, nos importa más mostrarnos en la meta que correr la carrera… Si nos dieran el título sin estudiar ni pisar la universidad ¿aceptaríamos vivir en esa farsa sólo por figurar? Si encontráramos un manuscrito hermoso y dijéramos que es nuestro ¿nos creeríamos grandes escritores cuando todos nos dijeran lo bien que escribimos? ¿por parecer que somos lo que no somos? ¿dónde queda el aprendizaje? ¿y el momento vivido? ¿y la honestidad para con nosotros mismos?

Yo creo que Mindfulness es vivir este momento. Notar que vives y acariciar cada momento con las pupilas, con las manos, con el sabor, el olor y la temperatura del aire que te llega al rostro y todo lo que rodea ese momento. Los niños son grandes practicantes de Mindfulness. Les dices que salimos de casa antes de cinco minutos y son capaces de ponerse a jugar o mirar por la ventana sin perder detalle de nada, ignorando que deberían tal vez estar poniéndose la chaqueta, como si no hubiera un mañana… ¡Qué envidia! Intento a veces recordar esa sensación de no preocuparse de antemano por nada, de no vivir una angustia demoledora haciendo cuentas e imaginando posibles escenarios, de no sufrir por algo que apenas sé si pasará… Una angustia que lejos de ayudar a solucionar el problema latente, no hace más que hacerlo grande, enorme e inmenso al hincharlo con angustia y pensamientos negativos y cíclicos.

Mindfulness no significa no pensar en mañana ni dejar de lado los problemas. Significa desintoxicarse de pequeños dramas y tragedias inexistentes aún y tomar distancia. Significa dejar descansar la mente de lo que no está pasando en realidad y resetearla para que esté fresca y creativa, para que esté en forma y, de manera útil, te ayude a buscar soluciones que jamás verías o imaginarías desde la angustia. Mindfulness es poder escuchar los mensajes que te envía tu cuerpo, conectar con él y oír lo que te sugiere y recomienda. Conectar con tu intuición y saber qué necesitas y qué te conviene. Reconciliarte contigo hoy… Confiar. Hemos perdido tanto la confianza en nosotros y en el mundo…

Minsfulness es no perder este momento agobiados por un mañana que tal vez no llegue y que cuando llegue tal vez no sea como hemos preconcebido.

Una vez aprendido el concepto, la práctica es otra cosa, descubrí que hace tiempo, sin saberlo, alguien me ayudó para encontrar una solución aplicando la atención plena. Fue un terapeuta que me trataba algunos problemosde salud. Yo tenía un conflicto y debía decidir. Tenía dos trabajos y necesitaba escoger uno de ellos. Uno me apasionaba más que otro,  pero el segundo me ofrecía estabilidad. Cuando esa persona me dijo que usara la intuición, que hurgara en mí, pensé que si usaba la razón escogería el trabajo seguro y que si me dejaba llevar por el corazón me quedaría con el trabajo que más me apasionaba.

Por eso, cuando me dijo que cerrara los ojos y visualizara las dos opciones y escogiera la que mejor me hacía sentir y más calma me generaba, tuve claro que escogería la pasión antes que la seguridad.

Hice el ejercicio y tomé la decisión. Regresé a ver al terapeuta y antes de decirle nada me dijo que sabía que había escogido la seguridad. Me quedé perpleja. Lo más curioso e impactante, en realidad, es que al conectar conmigo y cerrar los ojos para visualizar, por las sensaciones que vinieron a mí, no había escogido el trabajo seguro porque fuera seguro, lo había escogido porque llegaba el verano y con esta opción podría tomarme vacaciones y con la otra no.

Por un momento, pensé que el terapeuta iba a decirme que había escogido muy mal al no dejarme llevar por la pasión, pero me felicitó. Me dijo que había hecho muy bien el ejercicio porque el objetivo no era la felicidad futura de un trabajo apasionante sino un presente en paz y con salud.

Me dijo que la decisión era el resultado de haber conectado tanto con mi cuerpo que éste me dijo que le daba igual la seguridad o la pasión, que necesitaba parar y vivir para garantizar la salud que ahora peligraba por trabajar siete días a la semana durante meses y meses.

Me dijo que mi cuerpo no vivía para mañana, sino para hoy, y que sabía que por más que le apasionara un trabajo o un proyecto no lo podría llevar a cabo si perecía por el camino. Mi conciencia se conectó con el ahora y respondió y yo conecté con él y le hice caso.

Sufrir hoy para tener un mañana mejor no nos sirve. Esforzarse es necesario, superarse, evolucionar y ponerse a prueba, pero siempre sin exceder nuestra esencia ni sobrepasar nuestra conciencia… Jamás si eso nos hace sentir esclavos de algo o alguien, nunca poniendo en riesgo nuestro equilibrio físico, mental y emocional.

No lo supe entonces, pero aquello fue mi primera gran experiencia Mindfulness. En el fondo, si lo pienso detenidamente, actué como una niña, escogí lo que necesitaba en ese momento sin pensar en nada más…

Tal vez, practicar Mindfulness sea recuperar la niñez. Aquí y ahora, plenamente. Por si no existe un mañana… Y porque si existe, una vez aprendamos a vivir el presente, será mejor.

Comentario final : yo no sé mucho de este tema, soy una aficionada en fase de aprendizaje, como en casi todo, y lo que aquí cuento son reflexiones sobre el concepto, que pueden ser incluso desvaríos… Si realmente queréis aprender os recomiendo leer algunos libros que hay sobre el tema, hacer algún curso y no perderos los blogs de Anaje Ferreiro  o Victoria Ambrós sin dejar nunca de leer a Mario Alonso Puig, por supuesto.

 


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Vuela


AVES LLUVIA

Sé la sal y la carcajada. Que se note que estás, que si no llegas, te busquen. Que si no te ven, te sueñen y necesiten. Desdibuja tus fronteras. Expande tus ojos hasta donde abarca tu vista. Que no te quede nada por ver y desear.

Sé la risa tonta y el momento que precede al sueño, cuando tu cuerpo cede y todo lo que no es básico ya carece de importancia. Que sepan que te sueltas y te dejas llevar, que te meces en la vida… Que bailas y acompasas tus movimientos al vaivén de tus alegrías. Que dictas tú cada gesto, que te llevan tus ganas… Que obedeces a tus ritmos…

Sé viento y diente de león que se expande y surca el aire y acaba lejos, sin pensar, sin sufrir… Sin casi saber que le espera al otro lado del éter. Confía en lo que ven las esquinas de tus ojos y lo que pueden llegar a abarcar tus manos.

Sé el camino y marca el paso. Sé la lluvia. Crece hasta salir de la casilla que te ha asignado, que no te digan que encojas, ni te recorten las ansias. Colma el vaso, rebosa y pasa los límites que creías tener. No finjas credos, no hagas falsas reverencias, no simules tus afectos. Haz más preguntas, hasta rozar la impertinencia… Hasta romper el esquema y salir del marco. 

Sé el zumbido que saca de quicio. Sé la excepción si es necesario, pero nunca para confirmar un regla sino porque crees que vale la pena desobedecerla. Dí que no y que sí y aprende a distinguir cuando callar y cuando no parar de contar historias. Protagonízalas todas, no por figurar o por ser el centro del mundo, si no por apurar la vida.

Sé la llama. Que el vello de tu cuerpo se erice a cada momento y tu piel note el escalofrío de lo desconocido.

Cambia el camino, muda el vestido.

Salta. Devora. Acaricia. Si te cansas, sigue insistiendo. Si te aburres, para y da la vuelta. No malgastes un minuto con amores que te quedan cortos ni beses sin alma. No pases de largo de nadie, aunque parezca pequeño, no te dejes engañar por la medidas… El tamaño de tus pensamientos puede ser enorme.

Sé grande, gigante. Adquiere la dimensión de lo que sueñas. Sé lo que buscas y busca lo que eres. Sé el equilibrio y aprende a perderlo.

Actúa mientras rezas, si rezas. Busca tus dioses y borra tus demonios. Duda, pero agita tus ideas. Vacila, pero toma las riendas.

Busca y si lo encuentras, agárralo fuerte. 

Sé libre. Y recuerda que ser libre es a veces incluso escoger ser esclavo… Pero decide tú.

Vuela.


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El derecho a discrepar


Cada día es más difícil decir no. Llevar la contraria y saber asumir las consecuencias, en este momento en el que se compran las voluntades tan baratas y se venden a precio de saldo algunas dignidades, es lanzarse a la nada. Hay que adaptarse, sumergirse y bucear entre los tiburones y saber esconderse de vez en cuando para tomar fuerzas y mantener las ideas intactas. Evolucionar y madurar sí, pero mantener firmes los credos. Estamos sujetos al devenir de los acontecimientos, nos supera todo. El pedazo de tierra que nos colinda muta y gira de vértigo; marea, asusta y detiene. Nos deja paralizados y hechos un hatillo. Invita a decir sí y bajar la cabeza cuando en realidad no queremos asentir. Invita a callar y dejarse llevar porque todo es más complicado cuando se decide llevar la contraria. Invita a diluirse. Adaptarse no significa perder la esencia ni renunciar a ser uno mismo. No es resignarse y desvanecerse. Vivimos en una sociedad dónde sólo se permite discrepar a los genios. A las grandes voces y vanagloriadas plumas… que al paso, se vuelven esclavas de esa discrepancia. Se transforman en siervas de su singularidad, obligadas a discrepar para marcar diferencia, para vender algo impactante y nuevo cada día. Y el resto, debemos atenuar la mirada porque pensar distinto nos marca.

Y a menudo, cuando encontramos a alguien con quien discrepar, y sin embargo mantener el diálogo y la buena sintonía, nos sorprendemos. Siempre he pensado que quien no tolera la discrepancia a su alrededor es porque no tiene las ideas claras o no confía en ellas o ha tomado prestados esos principios… Sin embargo, muchas de esas personas hablan y se explican como si sus palabras sentaran cátedra, fueran ley o sentencias inquebrantables. Como si más allá de sus ideas, se acabara el mundo y sólo quedara una tierra de nadie que no se puede explorar… Y es precisamente lo que en muchas ocasiones deberíamos hacer, explorarla. Pasearse en ella y decidir por nosotros mismos. Pensar distinto, arriesgarse a alzar un poco la voz y decir no o tal vez sí pero no tragarse nada. No esconderse. Que no decidan otros lo que para nosotros es bueno o malo, lo que es “normal” o anómalo, lo que tenemos que creer o decidir… lo que nos merecemos o las culpas que debemos cargar. Creo que debemos escuchar siempre y acatar solo de vez en cuando, si lo que nos proponen no nos corrompe la mirada. Se hace cuesta arriba, cierto. Para discrepar y decir no, en esta sociedad enquistada en la crisis, hace falta estar blindado de miedos y ser inmune a la estupidez, hacer cuentas y saber si llegaremos hasta las últimas.

Decir no es durísimo. Asusta. Asusta mucho. A veces, se hace imposible, porque todos tenemos servidumbres… pero conviene intentarlo, dar pequeños pasos… decir pequeños noes si la cantinela no nos convence… dejar pequeñas semillas, subir montañas diminutas. Discrepar es de sabios. Igual que preguntar, rectificar, equivocarse y empezar de nuevo con ganas casi intactas. La discrepancia es a menudo el motor de pequeños y grandes cambios. Los que se han atrevido a discrepar a lo largo de la historia han sido capaces de cambiar su rumbo. Han zarandeado conciencias y derribado muros. Nos conviene recordar que discrepar es un derecho, no un privilegio. Imprescindible no confundirlos.