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la rebelión de las palabras


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Cuando aparece el maestro


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Cuando el discípulo está preparado aparece el maestro. Eso es lo que dice el proverbio budista. Confieso que la primera vez que lo oí era muy joven y empecé a buscar a mi alrededor ancianos sabios de mirada profunda. Durante mucho tiempo, imaginé que un día llegaría a mi vida alguien así y me diría las palabras que necesitaba escuchar para activar algo en mí que desencadenara el milagro. Ser feliz, sentirme bien conmigo misma y tenerlo todo bajo control para no sufrir ni exponerme. Confieso también que una parte de mí creía que controlarlo todo me ofrecía muchas posibilidades de conseguir la felicidad, porque el control era perfección y la perfección, pensaba yo, me hacía sentir segura y la seguridad era lo más parecido a la felicidad que yo conocía… Ahora ya sé que no, pero como pasa en todo, cuando llevas años y años estableciendo mecanismos internos para cortarte las alas y rebajando tus expectativas, el camino de vuelta para cambiar esas creencias es difícil… Estamos en ello.

El caso es que encontré algunos profesores y mentores que me inspiraron. Buenos amigos y grandes personas. Algunos de ellos sabían más que yo de todo, estaban más curtidos en la vida y podían hablarme mucho de dolor… Pasé siglos, al menos eso me parecieron, buscando anclas para no dejarme llevar, para no perderme, y barandillas en las que sujetarme y no ir a la deriva. Durante años busqué puntos de apoyo donde sujetarme para soportar el vértigo… Me desesperé y me sentí vacía. Hasta que me di cuenta. Buscaba maestros y había tenido mil. No les había visto. Pasaban ante mí y yo era incapaz de darme cuenta de que cada día, si tienes la actitud necesaria, la mente abierta y los ojos hambrientos, se aprende algo. Cualquiera puede ser un maestro.

En la vida encontramos muchos maestros. Muchos. Uno por cada miedo que nos atenaza. Por cada riesgo que no queremos correr… Por cada fantasma del pasado que preferimos ignorar… Por cada pasión que renunciamos a vivir. Cada maestro viene a ponernos a prueba por algo distinto. A veces, es difícil reconocerlos porque van disfrazados y están ocultos. Un maestro es cualquier persona que nos ayuda a crecer, aunque sea a patadas. Pueden ser personas desagradables, tóxicas e incluso menos evolucionados emocionalmente de lo que nos gustaría. El maestro que esperas puede ser un niño a un anciano. Puede darte la lección que necesitas con una sonrisa y un arrumaco o con un empujón al vacío. Puede que sepa que te ayuda y lo desee. Puede incluso, estos son los que más cuesta de distinguir, que desee hacerte daño y lo consiga. Hay maestros que aspiran a ser amigos y maestros que aspiran a ser verdugos. Y todos nos traen una lección. A veces, esa lección es saber cambiar de dirección a tiempo…

Un maestro es alguien que ha leído cien libros o alguien que no ha leído ninguno. El más cortés o el más impertinente. El más dulce y el más ácido. Hay maestros que tienen como misión ponerte las cosas más fáciles y otros que han venido a ponértelas difíciles o casi imposibles. Hay maestros que vienen a sacarnos de quicio, maestros que vienen a revelarnos alguna gran verdad, maestros que nos regalan su indiferencia… Hay maestros que te dicen que te quieren y mienten. Hay maestros que te quieren y nunca te lo dicen. Hay maestros de hielo y de fuego. Maestros con espinas afiladas bajo pétalos de terciopelo y maestros de mirada severa subidos a altares ficticios. Maestros que te enseñan a sobrellevar el dolor y maestros que te abren heridas. El ser más repugnante y egoísta de los que hay en una reunión puede ser el maestro destinado a mostrarte en lo que no quieres convertirte. A veces, hay maestros que nos vienen a descubrir lo que queremos y no sabemos y otros que nos enseñaran cómo llegar a lugares que desearíamos no pisar jamás. Algunos maestros son modelos positivos y otros modelos negativos de una forma de vida que no queremos emular.

Cuando el discípulo está preparado aparece el maestro… Cuando tienes la capacidad de ver y entender lo que ese maestro viene a mostrarte, aparece. Cuando tienes fuerzas para andar, encuentras el camino. Un maestro muestra un camino, a veces, para llevarte a dónde sueñas llegar. Otras para que te des cuenta de que tu sueño es absurdo y decidas cambiarlo. A veces, el maestro te muestra un camino que no va ninguna parte porque en realidad lo que necesitabas era el tiempo del trayecto para pensar… O quién sabe si encontrar un compañero de andadura en quien confiar.

Cada persona que conocemos es un maestro en potencia. Hay maestros de risa, de llanto, de valentía, de miedo. Hay maestros que te arrancan una parte del alma cuando descubres qué lección han venido a darte. Maestros que te pagan con arañazos las caricias y con indiferencia los favores…Tal vez no saben más y debas aprender a mejorar tu autoestima para soportar la situación y ser capaz de decir “basta”. Hay maestros que vienen a ti para que aprendas a perdonar y maestros que te golpean donde más duele para que aprendas a esquivar sin dejar de confiar… Ellos no lo saben, no tienen ni idea de que son tus maestros porque a su vez ellos están aprendiendo algo de ti. Hay maestros que te avergüenzan y maestros a los que desearías no haber conocido nunca. Eso sería el error…

Los maestros te hacen crecer porque para aceptar su enseñanza y alcanzar la moraleja que traen consigo debes hacer un ejercicio interior que te hace evolucionar. Para darle la vuelta a la situación y descubrir qué podemos aprender de cada momento y de cada persona que se cruza en nuestro camino. Al final, que un cretino se convierta en un maestro depende más de ti que de él… Si lo miramos de esta forma, aquellos que han venido hasta ti para utilizarte pueden acabar siendo utilizados por ti para mejorar… Porque todos necesitamos alguna vez que alguien active ese mecanismo en nuestro interior que nos hace falta para defender nuestra dignidad. Es duro, pero cuanto más angosto y tortuoso es el camino, más se aprende a transitar por lugares complicados.

Hay maestros que nos hacen sufrir y que han venido a enseñarnos que no merecemos ese sufrimiento. Si todo fuera perfecto, si no hubiera conflicto, nada crecería en nosotros.

Alguien debe enseñarnos que la felicidad no es controlarlo todo siempre y que para conseguir lo que quieres hay que aceptar cierto grado de inseguridad. Es saber que sea como sea el camino, te encontrarás con fuerzas para seguir. Esa paz interior que te convierte a ti también un poco en maestro, en uno de los que son un buen ejemplo…

Otra cosa que aprendí, un maestro no es sólo un ancla a la que aferrarse para no ir a la deriva, ni un punto de apoyo en el que sujetarse para no caer. A veces, es todo lo contrario. Es un trampolín desde el que saltar al mundo sin red, un viento que te anima a dejarte llevar y salir de ti mismo, un acantilado desde el que empezar a volar… Tal vez no sea que el maestro aparece cuando el discípulo esté preparado. Es que sólo cuando está preparado es capaz de reconocerlo y aprender la lección.

 

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Aún no lo sabía


Durante mucho tiempo fue una oruga. Era una oruga que se arrastraba por el suelo, como todas las orugas, pero que no dejaba de imaginarse a si misma con alas. Estaba convencida de que si conseguía mirar al mundo desde el aire podría darse cuenta de muchas cosas que ahora le pasaban desapercibidas. Y sabía que no sólo era cuestión de perspectiva física, sino también mental. Por alguna razón, imaginaba-era una oruga que adoraba imaginar-que tener alas no sólo significaba abandonar el suelo, que era como quitarse la venda de los ojos y darse cuenta del tamaño real de las cosas, de su valor y de todo lo que implicaban. Que significaba poder apreciar mucha de la belleza que ahora le pasaba desapercibida, arrastrándose siempre con la cabeza gacha y la vista puesta en el centímetro de tierra que estaba por llegar. Percibía que desde el aire se podían apreciar los colores de las cosas y sus volúmenes. Estaría más cerca de la luz del sol, que a veces le quedaba vetada al pasar por largos trechos cubiertos de altas hojas verdes y maleza espesa… Podría ver la parte brillante de las hojas sin conformarse sólo con el reverso… Las copas de los árboles y sus ramas, las corolas de las flores, las azoteas de las casas, los tejados, el curso de los ríos hasta eso que llaman mar y saber a dónde lleva esa carretera que pocos se atreven a cruzar y que atraviesa su bosque siempre oscuro y eterno. Podría saber qué es lo que ve un pájaro antes de comerse a una oruga como ella y tocar las nubes para descubrir por qué son capaces de almacenar tanta agua y provocar la lluvia. Quería ser hermosa, brillar, deslumbrar a su paso… Que todos pudieran admirarla y seguirla con los ojos hasta ver como desaparecía en el infinito. ¿Infinito? ¿qué es el infinito? ¿dónde acaba el mundo?

Tenía tantas preguntas, tantas ganas de llegar con su rugoso cuerpo a dónde sí llegaba su imaginación. Estaba convencida de que había mucho más de lo que soñaba y deseaba. Se torturaba pensando que no lo podría ver jamás y que su imaginación de oruga no podría ni siquiera acercarse a una versión semejante a todo lo que se perdía por no volar, por no levantar un miserable palmo del suelo y ser capaz de alzar la vista, dejar de arrastrar su presencia vulgar… Eso le dolía aún más, no sólo no poder verlo sino ni tan siquiera poder soñarlo y que su sueño se ajustara a la realidad. Le dolía más la ignorancia que la cegaba que su absoluta vulgaridad.

Algunos días pensaba que tal vez si consiguiera volar, lo que vería podría decepcionarla, desconcertarla… Algunas orugas creen que cuando consigues volar, sólo con alzar el vuelo, eres engullida por algún pájaro o una rana o aplastada por la pezuña de algún mamífero que juega durante la siesta a degustar pequeños bocados…

Aunque eso no le importaba. Prefería mil veces ser arrollada por la realidad más cruel que ignorarla eternamente. Levantar el vuelo y descubrir que no había nada más allá de las hojas de hiedra, los zarzales y malas hierbas que la acompañaban cada día en el camino. Contemplar con sus ojos en perspectiva aérea que los las copas de los árboles son tal vez como sus raíces, que el río no se acaba nunca o que la carretera no lleva ningún lugar… Prefería la decepción a la inopia. El dolor a la ausencia de imágenes con que alimentar sus sueños. El riesgo al desconocimiento.

Prefería mil veces agitar sus alas una única vez y perecer a seguir arrastrándose eternamente y sin ver más allá del pedazo de tierra que circundaba su cuerpo menudo.

Durante un tiempo fue una oruga soñadora que buscaba resquicios de luz entre las sombras del sotobosque y la hojarasca para poder contemplar pequeños retales de un mundo que creía tener vetado. Le pareció eterno aquel lapso de tiempo, esa época entre las sombras fue la más complicada y dolorosa de su existencia…

A veces, cuando lo recuerda, no puede evitar sonreír y recordar con cariño su ignorancia y su deseo enorme de volver a nacer. Todos esos días sufriendo por no poder volar, todos esos días anhelando ser bella sin saber que ya era lo que deseaba ser, que dentro de sí había un ser preparado para conocer el mundo y brillar… Que sólo debía seguir su camino y madurar. Todos esos días acumulando dolor y lágrimas en vano por no tener alas, cuando desde el primer día de su vida estaba destinada a ser una mariposa.

No sabía aún que somos lo que soñamos que somos, que nuestros pensamientos nos cambian y nuestros sueños nos transforman.


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La llave


Nos metemos a veces en una especie de cadena de acontecimientos, sin saberlo, e ignoramos que en un instante podemos sacudir un mundo o echar por tierra un castillo de arena. Andamos buscando algo y estamos inquietos. Ese algo que nos falta, aunque puede que incluso no sepamos qué es. De lo que estamos seguros, sin darnos cuenta casi, es de que ese “algo” es un detonante que nos permitirá acceder a un nuevo nivel. Una señal, una llave que nos dejará abrir una puerta. Al otro lado, entenderemos más cosas o tal vez no, pero encontraremos una pieza más del rompecabezas, nos sentiremos de tal forma que sabremos cuál es el siguiente paso y nos conoceremos más. Hay llaves que abren puertas que llevan al pasado, son puertas nuevas que abrir para cerrar puertas viejas, que quedaron entreabiertas.

Siempre pensamos que cuando no cierras una herida, sigues notando su punzada desde el pasado. A veces, no la notas porque te acostumbras a ese dolor, esa quemazón constante, esa espina clavada que en cierto momento dejas de percibir… Quedas anestesiado, pero sigue clavada, sigue ahí, como los arpones que llevan algunas ballenas. No consiguieron matarlas pero siguen hundidos en ellas, sin dejarles cicatrizar y olvidar.

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Mientras sigues en la búsqueda de llaves para abrir puertas y verlo todo de otra forma, a menudo, tienes la sensación de que vas dando portazos y encontrando ventanas, escotillas, callejuelas sin salida, túneles que llevan al otro lado de realidades que no son la tuya… Como si cada vez que te lanzaran un salvavidas, descubrieras que no flota o no tiene un agujero por el que se cuela el agua.

Como nunca sabes qué forma tendrá esa puerta, no sabes cómo es la llave qué buscas. Puede ser una frase escrita en una pared que ves cada día al pasar caminando y a la que nunca prestas atención, puede que se pronuncie en un discurso o en un anuncio de la tele, en un libro, en un tuit… Puede ser una palabra, sólo una, que la diga alguien, que no tiene por qué ser ni amable ni demasiado lúcido. Puede ser una imagen, una foto, unos ojos que se cruzan contigo en el tren, una escena en una película…

No tiene porque ser ni siquiera algo hermoso, de hecho, puede ser horrible pero conllevar una reflexión que permita extraer algo bueno. Puede ser un golpe en el codo, un escalón clavado en la espinilla, un charco de lluvia mojando tu falda, un desconocido riéndose en tu cara… El azar hace que la llave adopte formas grotescas, inesperadas, absurdas, irreverentes… Es a veces tan complicado entramar este mundo de idas y venidas de mensajes ocultos que nos dan acceso a un cambio que, seguramente, el supuesto destino echa mano de lo que puede acercarte la llave…

Y luego, claro está, hay una segunda fase que a veces falla… A menudo, no nos damos cuenta de que tenemos la llave ante nuestros ojos. Aunque, al final, siempre, cuando buscas, encuentras. Tal vez no donde estás excavando, sino justo al lado, donde hurga otro o una ráfaga de viento deja al descubierto una inscripción o muestra la verdadera forma de algo.

A veces, es todo tan rocambolesco, que pensamos en nuestra vida no está sucediendo nada especial, nada “mágico” desde hace tiempo y en realidad pasa todo lo contrario.

En ocasiones, nosotros somos la llave. Una mirada de cariño, una frase oportuna, una mueca desagradable cuando estamos malhumorados o cansados, un libro olvidado… Con un gesto, podríamos haber levantado y hacer caer imperios. Con la sacudida de un pestañeo podríamos despertar una ilusión o un recuerdo… Despertar a alguien al otro lado del mundo y hacer que alguien descanse esta noche a nuestra vera después meses sin pegar ojo. No hace falta poner intención, ni desearlo, no hace falta ni llegar a saberlo… A veces hacemos bien a otras personas sin querer, igual que otras veces hacemos daño intentando ayudar.

A veces, sin saberlo, tenemos mucho poder. Somos la llave.

Suena bien, aunque cuando estás desesperado intentado aferrarte a “algo” para salir de un infierno, un mal momento o superar una etapa de tu vida, no parece que compense.

Sin embargo, eso nos da una idea de que lo que buscas existe. Lo que necesitas está dentro de ti y sólo requieres de una chispa para que salga… Seguro que llega. Tal vez, está justo ante ti y no la ves… Puede que tenga forma de libro, de velada insufrible escuchando a alguien que no te interesa para nada, de recorrido por la playa, de compañero estúpido que hace chistes sin gracia… De nube, de lluvia, de mirada, de multitud, de soledad, de frío, de canción que suena en una emisora de radio que jamás escuchas.

No sufras. Abre los ojos y respira hondo. Y sé la llave para otros. Tal vez incluso siendo tú la llave para otros puedes encontrar la tuya.

Hay oportunidades y señales en cada esquina, sólo hay que mirar con ojos hambrientos. En el fondo, tú siempre eres la llave para todo. 

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Véndete bien


Si quieres llegar, vas a tener que venderte y venderte bien. Venderse no es rebajarse, ni aparcar la dignidad a un lado, ni ponerse de oferta, ni ser un saldo. Venderse es conocerse, buscarse las diferencias, motivarse… Ser más uno mismo que nunca y superarse. Encontrar tus talentos, potenciarlos y ponerlos en el escaparate. Para que sepan lo que vales, para que conozcan tus puntos fuertes y si necesitan alguien con tus rasgos, te compren. Suena mal, pero es porque estamos acostumbrados a pensar que cuando nos venden nos timan y no es cierto. Nadie nos obliga a vender barato, nadie nos atía a comprar caro. Se trata de buscar las oportunidades. Ser honesto.

Venderse es quererse. Es contar al mundo lo que quieres y lo que buscas y, sobre todo, lo que vales. Desde el primer minuto de nuestra existencia, nos vendemos. Lloramos para que nos amamanten, ponemos caritas dulces para que nos compren golosinas… Nos maquillamos para estar más guapos y nos ponemos nuestro mejor traje para ir a una cita o una entrevista. Hacemos marketing con nuestra sonrisa y cuando hablamos buscamos las mejores palabras, nuestra cara más amable para dejar el efecto de un buen eslogan.

Lo que no podemos es vendernos mal. Venderse mal sería fingir lo que no somos, traicionar nuestra esencia, aparentar. Venderse mal sería decir que sabemos lo que no sabemos, que tenemos lo que no tenemos, que hemos llegado a donde nunca hemos llegado… Ser otros y esperar que nos compren a nosotros. Venderse mal sería aceptar un trato injusto. Que no sea entre iguales. Que tú des mucho y recibas poco. No tiene porque ser dinero lo que recibimos, ni nada tangible o contable. Uno puede dedicar horas a enseñar a cambio de un “gracias” muy sentido y considerarse bien pagado. Otros dar un minuto y cobrar lo que tú y yo ingresamos en un año… Y sentirse maltratados.

El acto de venderse pasa por el trámite ineludible de estimarse, poner aprecio a tus valores y actitudes. A menudo, vende más una sonrisa sincera que una retahíla de explicaciones retóricas. Vende un guiño, una frase de aliento en un momento oportuno. Vende un esfuerzo continuado. Vende un riesgo poco calculado porque la ilusión a veces va más allá que las facultades. Y eso es lo grande y lo que hace que se superen los límites. Vende un fracaso bien asumido. Vende un pequeño logro en un mar adverso. Venden tus talentos y tus actitudes. Vende la aptitud cultivada y la insistencia. Vende la paciencia y la constancia… Venden las ganas de todo. Vende el intento.

Y vende el sueño imposible que se te dibuja en la cara cuando piensas en él. Ese brillo es lo que más vende.


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Vuela


AVES LLUVIA

Sé la sal y la carcajada. Que se note que estás, que si no llegas, te busquen. Que si no te ven, te sueñen y necesiten. Desdibuja tus fronteras. Expande tus ojos hasta donde abarca tu vista. Que no te quede nada por ver y desear.

Sé la risa tonta y el momento que precede al sueño, cuando tu cuerpo cede y todo lo que no es básico ya carece de importancia. Que sepan que te sueltas y te dejas llevar, que te meces en la vida… Que bailas y acompasas tus movimientos al vaivén de tus alegrías. Que dictas tú cada gesto, que te llevan tus ganas… Que obedeces a tus ritmos…

Sé viento y diente de león que se expande y surca el aire y acaba lejos, sin pensar, sin sufrir… Sin casi saber que le espera al otro lado del éter. Confía en lo que ven las esquinas de tus ojos y lo que pueden llegar a abarcar tus manos.

Sé el camino y marca el paso. Sé la lluvia. Crece hasta salir de la casilla que te ha asignado, que no te digan que encojas, ni te recorten las ansias. Colma el vaso, rebosa y pasa los límites que creías tener. No finjas credos, no hagas falsas reverencias, no simules tus afectos. Haz más preguntas, hasta rozar la impertinencia… Hasta romper el esquema y salir del marco. 

Sé el zumbido que saca de quicio. Sé la excepción si es necesario, pero nunca para confirmar un regla sino porque crees que vale la pena desobedecerla. Dí que no y que sí y aprende a distinguir cuando callar y cuando no parar de contar historias. Protagonízalas todas, no por figurar o por ser el centro del mundo, si no por apurar la vida.

Sé la llama. Que el vello de tu cuerpo se erice a cada momento y tu piel note el escalofrío de lo desconocido.

Cambia el camino, muda el vestido.

Salta. Devora. Acaricia. Si te cansas, sigue insistiendo. Si te aburres, para y da la vuelta. No malgastes un minuto con amores que te quedan cortos ni beses sin alma. No pases de largo de nadie, aunque parezca pequeño, no te dejes engañar por la medidas… El tamaño de tus pensamientos puede ser enorme.

Sé grande, gigante. Adquiere la dimensión de lo que sueñas. Sé lo que buscas y busca lo que eres. Sé el equilibrio y aprende a perderlo.

Actúa mientras rezas, si rezas. Busca tus dioses y borra tus demonios. Duda, pero agita tus ideas. Vacila, pero toma las riendas.

Busca y si lo encuentras, agárralo fuerte. 

Sé libre. Y recuerda que ser libre es a veces incluso escoger ser esclavo… Pero decide tú.

Vuela.


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Nacer


Tiene que volver a nacer. Regresar a la vida con ojos nuevos. Borrar los reproches y las angustias. Arrancarse de cuajo la pereza, los esquejes secos e inútiles y apéndices innecesarios… soltar las rémoras y abandonar lastre. Tiene que volver a dibujarse el rostro y escoger delicadamente con quién va a cruzar la mirada, ha perdido mucho de ese brillo especial en los ojos descuidando lo que contemplaba. En ocasiones porque no le presta demasiada atención a lo básico. Otras veces porque ha decidido mirar demasiado rato algo que no merece la pena, aunque fuera hermoso y tuviera un tacto agradable.

Será doloroso, debe serlo. Va a cambiar de forma y de substancia, pero tiene que mantener su esencia. No traicionar sus deseos ni nada que haya construido hasta ahora y que le recuerde quién es y qué busca.

El parto será largo. Nacer de nuevo es más complicado. Siempre se lleva la útil pero pesada carga de la experiencia. Esa voz que te ayuda a confiar y te da acceso a la conciencia, pero que también te predispone al cansancio, al desaliento… al tedio de lo ya conocido. Antes tiene que mudar la piel y eliminar cualquier recuerdo que le impida avanzar. Todo aquello en su vida que no sea un punto de apoyo para lanzarse al vacío. Lo que le haga pensar que no puede, no debe, no hace falta. Acallar las voces estúpidas acumuladas en la cabeza, algunas propias, otras heredadas… Sobre todo las que buscan debilitarla y la hagan sentir poco digna. Sepultar credos falsos y obviar las pupilas de aquellos que la miran con condescendencia y le inhiban las ganas de volar. Debe olvidar aromas cotidianos, dejar atrás palabras tatuadas a fuego, romper promesas que la aten a destinos equivocados y dibujados para conseguir la felicidad ajena… Dejar de amarrarse en puerto seguro y soltarse. Salir de la caverna y notar como el sol acaricia su contorno agrietado y sus cicatrices más antiguas. Cada una de ellas con una historia que olvidar solo a medias. Recordar la moraleja, dejar atrás el dolor, llenar el hueco con un nuevo nido. Dejar de repasar el pasado para encontrar conclusiones distintas cada vez.

Tiene que volver a nacer y le faltan fuerzas todavía. Tal vez durante un rato en esta experiencia que ya se avecina, lo intuye, se arrastrará como un gusano buscando la luz al otro lado. Se deslizará por un paso oscuro e incierto. Se convertirá en un ser maleable que quepa en cualquier agujero y se meta en cualquier espacio por limitado que sea. Cambiará de estado sólido a líquido. Será tan elástica que durante un momento ocupará con distintas partes de su cuerpo los dos mundos. El de antes y el que está convencida que debe ocupar ahora. Durante ese lapso de tiempo, no será casi nada. Un híbrido entre ese ser atado al pasado y un ser casi libre. Querrá volar pero sus alas serán débiles. Querrá tocar el sol pero su mano aún no sobresaldrá del complicado embudo en el que se encontrará mientras el trance no termina. Notará su cuerpo comprimido por todas partes, agarrotado y dolorido. Podrá pedir ayuda, pero el camino lo tendrá que afrontar sola, porque si no el nacimiento será en vano… No servirá de nada porque necesita empezar de nuevo desnuda, sin marcas que le recuerden sus límites. Con gestos nuevos, ojos nuevos, ansias nuevas… para cometer errores nuevos y llorar nuevas lágrimas. Para que todo lo que llegue, la pille virgen y sin una idea preconcebida ya de cómo solucionarlo, de cómo vivirlo.

Y cuando salga, tendrá mucho frío. Notará como le arden los oídos y como los pies se le despegan del suelo. Ligera como una pluma, sin apoyos pero sin cargas. Es posible que tenga miedo, que tenga mucho miedo, pero le consuela saber que no podrá volver atrás porque habrá cerrado puertas. Pase lo que pase, tendrá que mirar hacia adelante. Escabullirse hacia atrás no será ya jamás una opción.


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El derecho a discrepar


Cada día es más difícil decir no. Llevar la contraria y saber asumir las consecuencias, en este momento en el que se compran las voluntades tan baratas y se venden a precio de saldo algunas dignidades, es lanzarse a la nada. Hay que adaptarse, sumergirse y bucear entre los tiburones y saber esconderse de vez en cuando para tomar fuerzas y mantener las ideas intactas. Evolucionar y madurar sí, pero mantener firmes los credos. Estamos sujetos al devenir de los acontecimientos, nos supera todo. El pedazo de tierra que nos colinda muta y gira de vértigo; marea, asusta y detiene. Nos deja paralizados y hechos un hatillo. Invita a decir sí y bajar la cabeza cuando en realidad no queremos asentir. Invita a callar y dejarse llevar porque todo es más complicado cuando se decide llevar la contraria. Invita a diluirse. Adaptarse no significa perder la esencia ni renunciar a ser uno mismo. No es resignarse y desvanecerse. Vivimos en una sociedad dónde sólo se permite discrepar a los genios. A las grandes voces y vanagloriadas plumas… que al paso, se vuelven esclavas de esa discrepancia. Se transforman en siervas de su singularidad, obligadas a discrepar para marcar diferencia, para vender algo impactante y nuevo cada día. Y el resto, debemos atenuar la mirada porque pensar distinto nos marca.

Y a menudo, cuando encontramos a alguien con quien discrepar, y sin embargo mantener el diálogo y la buena sintonía, nos sorprendemos. Siempre he pensado que quien no tolera la discrepancia a su alrededor es porque no tiene las ideas claras o no confía en ellas o ha tomado prestados esos principios… Sin embargo, muchas de esas personas hablan y se explican como si sus palabras sentaran cátedra, fueran ley o sentencias inquebrantables. Como si más allá de sus ideas, se acabara el mundo y sólo quedara una tierra de nadie que no se puede explorar… Y es precisamente lo que en muchas ocasiones deberíamos hacer, explorarla. Pasearse en ella y decidir por nosotros mismos. Pensar distinto, arriesgarse a alzar un poco la voz y decir no o tal vez sí pero no tragarse nada. No esconderse. Que no decidan otros lo que para nosotros es bueno o malo, lo que es “normal” o anómalo, lo que tenemos que creer o decidir… lo que nos merecemos o las culpas que debemos cargar. Creo que debemos escuchar siempre y acatar solo de vez en cuando, si lo que nos proponen no nos corrompe la mirada. Se hace cuesta arriba, cierto. Para discrepar y decir no, en esta sociedad enquistada en la crisis, hace falta estar blindado de miedos y ser inmune a la estupidez, hacer cuentas y saber si llegaremos hasta las últimas.

Decir no es durísimo. Asusta. Asusta mucho. A veces, se hace imposible, porque todos tenemos servidumbres… pero conviene intentarlo, dar pequeños pasos… decir pequeños noes si la cantinela no nos convence… dejar pequeñas semillas, subir montañas diminutas. Discrepar es de sabios. Igual que preguntar, rectificar, equivocarse y empezar de nuevo con ganas casi intactas. La discrepancia es a menudo el motor de pequeños y grandes cambios. Los que se han atrevido a discrepar a lo largo de la historia han sido capaces de cambiar su rumbo. Han zarandeado conciencias y derribado muros. Nos conviene recordar que discrepar es un derecho, no un privilegio. Imprescindible no confundirlos.