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la rebelión de las palabras


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Sobre dolor y belleza…


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La vida es a veces como una escalera. Uno tiene que tener claro por qué la sube y con quién, qué hay al final de ella que valga la pena tanto esfuerzo continuo y sobre todo, qué quiere encontrar y sembrar en cada escalón para que el trance sea dulce. Se debe llevar un candil para iluminar los rincones oscuros y repartir la carga que se arrastra para asegurarse en cada rellano. El peso excesivo la transforma todo y no te deja apreciar las vistas. La escalera tiene tramos angostos, a veces incluso parece que no vas a poder pasar por ella, como si tú mismo fueras un mal trago, una pieza demasiado grande para colarse por un espacio diminuto… Y te das cuenta de que tienes que hacerlo solo. En la escalera hay momentos de soledad sorda, rotunda, gigante. Y sabes que para poder pasar debes cambiar de forma, de estado. Pasar de sólido a líquido, a gaseoso, corriendo el riesgo de evaporarte y que tu esencia se diluya en la brisa. Por eso es importante adaptarse pero no renunciar nunca a lo que somos, lo que nos define, lo que nos mueve a subir y nos da fuerza cuando la cabeza nos empieza a rodar y nos pide descanso, pero sabemos que no podemos parar porque nos engulliría la masa que sigue, la que va tras nosotros y la que baja algunos escalones porque tiene que repetir tramo. Hay tramos que se repiten y tramos que repetimos una y otra vez porque somos presa de nuestra propia telaraña, porque no escuchamos nuestra voz interior y hacemos lo que nos pide. La voz no cesa, se cuela por el hueco de la escalera y reverbera eternamente hasta que le hacemos caso. Es la voz que nos conecta con la conciencia y nunca queda satisfecha si no la sigues.

En esta escalera hay que tener los ojos bien abiertos. Uno puede tropezar y caer, atinar donde se coloca el pie cada vez para que no resbale y no perderse nada de lo que sucede. La belleza no siempre es evidente pero siempre es necesaria. Hay que estar alerta a lo que nos rodea y no dejar de echar una mano, no pasar por alto una mirada, un momento de risa, un segundo de pasión. Las pasiones en las escaleras son intensas. Hay tramos sin ella, faltos de magia y hay que inventarla porque sin pasión no hay sustancia … Hay que echar mano de la memoria y fabricar nuevas ganas, aferrarse a lo bueno y hacer que te ilusione todo pequeño detalle… En esta escalera, hay recodos retorcidos, tramos de caracol que te obligan a girar y virar de repente, perdiendo el equilibrio, superando el vértigo. En los lugares más oscuros, a veces hay dolor. Una dosis de pesadilla oculta, esperando a que pasemos para pegarse a nuestra piel como una garrapata. El dolor es indeseable pero a menudo inevitable, es lo que nos ayudará a superar todos los peldaños al final… Todo dolor lleva su moraleja, su enseñanza. Es lo que hace que nos pongamos a prueba y nos midamos a nosotros mismos. Después de despegarnos cada garrapata, nuestras facciones cambian, nuestras manera fluyen… Nos transformamos y estamos más preparados para seguir siendo capaces de apreciar lo que antes nos perdíamos. 

Los tramos oscuros también esconden alegría. Ocultan sorpresa, ocultan novedad y pueden dar la vuelta a nuestras vidas en un par de escalones. A veces, encuentras a personas en esta escalera que con dos palabras te cambian la vida. Te miran y te tocan con las pupilas. Te leen los sueños, los pensamientos y saben entrar en ti como si tus fibras esperaran sus ojos para abrir la coraza. Hablando de corazas… Podríamos pasar por la escalera con una especie de caparazón, protegernos de caídas, de empujones, de malas miradas, de garrapatas… Y no sentiríamos nada, sería como vivir bajo el efecto de la anestesia, dormidos, vivir sin vivir para que no duela. Como amar sin besos, como acariciar solo con la vista…

El último tramo es el más complicado, aunque nos pilla más preparados, más insensibles a las estupideces y más receptivos  a lo que realmente importa, lo básico, lo necesario. Aunque entonces flaquean las fuerzas, nos encuentra flojos y a veces no recordamos lo que buscábamos, lo que nos ha hecho subir todo el camino.

No importa. Hemos subido. Hemos ganado la partida al asco, al miedo y a la pereza. Hemos vencido al cansancio. Hemos vivido. Nuestra escalera está completa. Nos queda lo que hemos querido, lo que hemos reído… Lo que dejamos de nosotros en cada escalón. Toda la belleza que hemos sido capaces de descubrir ha quedado impregnada en nosotros…

 «Quien sabe de dolor, todo lo sabe» Dante Alighieri .

«Cada cosa tiene su belleza, pero no todos pueden verla» Confucio. 

Gracias por leerme… Escribo sobre lo que siento o he sentido y el camino que he hecho hasta llegar aquí (aunque todavía estoy a medio camino de algún lugar). En este camino he aprendido poco a poco a aceptarme y amarme (aún me falta mucho, soy consciente).

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Hormigas y Cigarras


Vivimos en una sociedad que potencia la mediocridad, se alimenta de ella. Está basada en el principio de la anestesia… en mantenernos dormidos y agotados para que no se nos ocurra salir de esa modorra inmensa, una especie de matriz gigante que engendra seres abúlicos y tristes y los suelta al mundo privándolos de esperanza. Una vez en él, los mantiene ocupados y exhaustos para que no piensen, para que no se detengan a decidir si les gusta, les apetece o les satisface. Parece que todo lo que nos rodea ayuda a caer en el desánimo, la pesadumbre… el mínimo esfuerzo… en el chiringuito montado para que la cigarra patee a la hormiga y la contemple luego muerta de risa… y ante el panorama, la hormiga, a menudo se vuelve vaga y remolona. Se transforma en un ser mediocre. De vez en cuando, algunas voces sabias, nos hablan de hormigas que tras mucho luchar, han salido de esa apatía, han logrado vencer el desánimo y subir el peldaño… se han colado en el mundo perverso de las cigarras… y lo han mutado y mejorado… Entonces, un atisbo de entusiasmo, nos recorre el cuerpo de hormiga cansada… “el sueño es posible” “ yo puedo”… y dura poco, hasta que otra hormiga un poco más grande que nosotras, venida “a más” nos hace bajar hasta en principio de la escalera… nos hace sentir culpables de haberlo intentado… culpabilidad… qué palabra tan horrible… deberían borrarla… lo aniquila todo…

Incluso hay hormigas mezquinas que cuando ven que otras hormigas como ellas, con esfuerzo, ilusión y un aplomo increíbles han empezado a brillar… usan todas sus energías para denostarlas. Las hacen sentir diminutas, inútiles… les dicen que nunca deberían soñar con dejar de ser mediocres… no se dan cuenta de que el triunfo de esas hormigas motivadas es el suyo y de que desperdician energía impidiendo brillar a otras, cuando podrían usarla intentando brillar ellas. Les aterra pensar que otras pueden y lo consiguen. Tanto esfuerzo malogrado…

A veces, somos hormigas caníbales. Engullimos al vigía que nos lleva al final del camino, pisoteamos todo lo que encontramos en él. No lo disfrutamos lo suficiente porque estamos encogidas,dormidas, asustadas ante nuestras propias capacidades y nuestras ansias de volar… nuestros miedos nos limitan. Nuestras limitaciones nos convierten en mediocres. Y la mediocridad lo acaba devorando todo… nos encuentra ella sola las excusas para no despertar, nos allana el camino del inmovilismo, nos ata a ras de suelo y nos corta las alas.

A menudo somos mediocres porque nos hemos dejado… Aunque hay esperanza, cualquier mediocre motivado llega más lejos que un genio al que ya no le quedan ganas… y hay muchas hormigas aún haciendo cola para subir la escalera…